Disclaimer: Nada de lo que podáis reconocer a continuación me pertenece, tan sólo juego con los personajes de las CLAMP
CAPITULO 3
Sakura
Vi cómo me miraba de arriba abajo con escrutinio, y yo me sonrojé por ir como iba: llevaba el vestido que mi jefa nos había ordenado que nos pusiéramos, rojo con motivos en color blanco, un gorrito de Santa Claus cuya borla, también blanca, había quedado casi apresada por la espada. Era bonito, en cierto modo, y bastante rimbombante, a decir verdad; me recordaba a uno de los vestidos que me hacía Tomoyo para cazar las cartas cuando estaba en el colegio.
De repente recordé por qué estaba pensando en los vestidos de Tomoyo y negué con la cabeza repetidas veces, queriendo quitarme esos pensamientos que no me servían para nada en esos momentos.
—¿Có-cómo…? —Estaba sorprendida, y sentía algo moverse a la altura de mi estómago. ¡Oh, no!
—¡Deja a Sakurita en paz! Vas a tener que luchar conmigo si crees que… —dijo Kero una vez hubo salido del bolsillo de mi uniforme, flotando entre nosotros.
Me eché una mano a la cabeza: a veces no podía ser más inoportuno.
Había alzado los puños en pose amenazante y tenía los ojos entrecerrados. No puedo evitarlo, ¡lo quiero tanto! Digo, sé que es pesado y que muchas veces me dan ganas de usar la carta «Silencio» con él, pero estoy segura de que lo daría todo por mí. Bueno, quizás su nuevo videojuego no, pero cuando ganara, seguro que sí.
Y otra vez mi mente vuelve a irse en un momento tan extraño.
—Oh, vaya —susurró Kero con asombro, bajando los puños y mirando fijamente a Shaoran. Parecía que ya se había dado cuenta de quién era.
Me sonrojé al pensar cómo habíamos llegado a esa situación. Yo me encontraba trabajando en el centro comercial y era el fin de mi turno cuando de repente sentí magia. No magia cualquiera, magia poderosa. Ya llevo algunas semanas sintiéndome parecida, pero esto era diferente, no era del mismo tipo. Así que sin quitarme el uniforme, salí corriendo para no perder el rastro.
¡Hey! No es mi culpa ser tan curiosa, pero creía que me conduciría a algo que explicara lo que pasaba últimamente.
Juro que cuando vi la espada sentí toda la sangre abandonar mi cuerpo y el miedo apoderarse de mi mente, pero después de esperar unos segundos me di cuenta de que no estaba muerta. Me levanté y ahí estaba, mirándome con el ceño fruncido y en posición de defensa. En ese momento me dio miedo.
Ya, ya sé que soy muy miedosa y que al principio no lo había reconocido. ¡Tampoco tardé tanto! Pero es que ha cambiado mucho. O no tanto, en realidad. Sus ojos siguen siendo iguales y su rostro parece un poco más adulto que como lo recordaba, el pelo lo tenía revuelto y en su cara había una expresión dura. Creo que fue esa expresión la que me hizo reconocerlo: era la misma que me dedicó en el colegio aquella vez que me acorraló para que le diera las cartas.
Además, es muy alto, apenas le llego por la nariz.
Me encontraba sorprendida y algo incómoda, a decir verdad. No sabía qué hacer ni qué decir y la situación se estaba volviendo de lo más extraña, es decir, me encuentro con un ex compañero de clase y de «caza» y en vez de saludarnos con normalidad me pone una espada en la cara.
—¡Qué mona estás! —gritó una voz aguda y chillona mientras que un fuerte abrazo hacía que cayéramos al suelo, haciendo que mi problema sobre cómo actuar quedara un poco al margen.
Está bien, estoy aturdida. ¡Tiempo muerto! Suficiente por hoy. ¿Qué demonios significa esto? Y lo más importante: ¡¿Quién me acaba de hacer un placaje?
—Meiling… —oí que murmuraba una voz, y, al reconocer ese nombre, sonreí.
—¿Meiling? —pregunté para cerciorarme, emocionada.
Ella se levantó, aún más sonriente que yo, y me ayudó a ponerme en pie.
Me siento una niña. ¡Está guapísima y muy crecida! Aunque ahora no lleva el pelo tan largo, le llega un poco más abajo de los hombros, y sus ojos parecen más rasgados que antes, lo que le favorece mucho. Sin duda alguna, está mejor que como la recordaba. Sigue teniendo ese aire de madurez y superioridad tan característico de ella.
—¡Sakura, hacía tanto tiempo que no sabía de ti! Tenemos que ponernos al día —dijo riendo y después me guiñó un ojo.
—¿Por qué nos estabas siguiendo?
La voz de Shaoran interrumpió a su prima antes de que volviera a hablar, e hizo que los colores se me subieran a la cara nuevamente. Dicho así, sonaba muy mal, a nadie le gustaría que le siguieran.
De todas formas, yo tendría que preguntarle por qué casi me corta en rodajitas, si nos ponemos así. Pero sé que lo empecé yo. Después de tantos años lo primero que se me ocurría para recibirlos era montar una investigación de lo más tonta.
En mi defensa, diré que no sabía que eran ellos.
—Yo… yo… —¡Hoe! Mirándome así me pone nerviosa, se ve demasiado serio.
—¿Y bien? —apremió cruzándose de brazos. No estaba siendo para nada simpático.
Ya, la situación no es ideal y todo eso, pero hacía mucho tiempo que no nos veíamos, lo mínimo era «Me alegro de verte, ¿qué tal?». O al menos eso pensaba yo.
Junté los dedos índices de ambas manos mirando hacia abajo. Habíamos sido amigos, ¿por qué no parecía que él lo recordara? Me estaba tratando como si fuera una desconocida, o peor aún, su enemiga.
Meiling se había quedado callada y miraba la escena con gesto pensativo, Kero no sabía qué decir, estaba dando vueltas alrededor de Shaoran, como si no creyera que era él de verdad y murmurando cosas como «¿De verdad es el mocoso?». Y, a pesar de eso, yo podía sentir la densidad del ambiente.
Me recriminaba como si no hubieran pasado siete años desde que se fuera. Me hacía sentirme tan pequeña…
—Estaba trabajando y noté magia —expliqué en voz baja, tenía la impresión de haber hecho algo malo y que me estuvieran riñendo—. Últimamente me ha pasado mucho, pero nunca veo a nadie, es muy raro. Era el fin de mi turno, así que me puse a seguir el rastro y…
—¿Que te ha pasado mucho, dices? —me interrumpió con gesto sorprendido.
—Bueno, sí, es que desde hace unas semanas…
De repente paré de hablar y me llevé una mano a la cabeza. El cansancio me había golpeado de repente, como si me hubiera venido de pronto mucho sueño acumulado, y me mareé. Parecía como un remolino de colores que giraba a toda velocidad, y, de cuando en cuando, pude ver algunas imágenes sueltas que no tenían demasiado sentido para mí: gente en trajes tradicionales antiguos, música popular, suaves risas y susurros. Algo parecía llamarme, una voz cálida y abrazante, envolvente, parecía llevarme consigo, y yo no me negaba.
Hasta que paró de golpe, y me sentí liviana. Pero pareció como si absolutamente todo hubiera cesado y yo hubiera regresado a la normalidad.
Miré confundida a mi alrededor, sin recordar cómo era que había cambiado de posición, aún más aturdida que antes, y pude ver a Meiling con un brazo extendido y expresión de susto, a Kero soltándome un sermón que casi no oía, y a mi lado Shaoran, manteniéndome. Y, de nuevo, mi rostro completamente rojo. Había estado a punto de pasarme lo de la otra tarde y él me había salvado de caer.
—¡… aprender a avisar cuando te sientas mal, Sakura! ¿Sakurita, me estás escuchando? —La voz de Kero pareció sacarme de mi ensoñación.
—Yo… lo siento —dije aturdida alejándome de Li. Qué bochornoso.
—No es normal que pase dos veces en una semana. Sakura, ese trabajo te va a matar.
Negué con la cabeza. Necesitaba el trabajo, y él lo sabía. Kero no tendría que insistirme tanto, sabe que no lo puedo dejar así como así. Además, no era culpa del trabajo, por más que se empeñaran él y Tomoyo.
—¿Ya te había pasado antes? —preguntó Shaoran una vez que Meiling hubo llegado cerca de nosotros. Yo asentí como una autómata, sin demasiada fuerza en esos momentos como para dar ninguna explicación que tuviera un mínimo de sentido, y él no volvió a decir nada, sólo se quedó mirando al vacío con gesto preocupado y pensativo.
—¿Por qué no vienes con nosotros? Vamos al hotel. Allí puedes tomar algo para despejarte —sugirió Meiling muy suavemente.
¡Qué vergüenza! La primera vez que los veía después de tanto tiempo y me pasaba todo esto. Primero, los había seguido como una espía, y después estuve a punto de desmayarme. Desearía que la tierra me tragara. ¡Ya!
—No, no hace falta —reí nerviosamente y moví los brazos de arriba abajo—, ya estoy bien, ¿ves?
—¿Estás segura? —inquirió, no muy convencida con mi exhibición.
—Sí, no te preocupes.
Un carraspeo terminó nuestra conversación. Además, justo a tiempo, porque Meiling parecía querer replicar.
—Ten cuidado —miré a Shaoran y vi que había recobrado su gesto serio, aunque parecía un poco sonrojado—. Algo raro está pasando aquí.
Ahora sí que me recordaba al niño que había conocido, serio y noble, siempre preocupándose por los demás antes que por él mismo. Le sonreí un poco y le dije a Kero con un pequeño gesto que viniera.
—Espero que podamos vernos otra vez. Estoy segura de que Tomoyo se alegrará mucho cuando sepa que estáis aquí —dije con total garantía de que eso era verdad.
Sólo esperaba que no se le ocurriera traer también a su «novio», porque últimamente, menos en el instituto, parecía que estaban pegados con pegamento extrafuerte.
—Por supuesto, Kinomoto —rió Meiling, recordándome a su anterior estancia en Tomoeda—. ¿Qué tal si quedamos mañana? En el centro donde trabajas.
—¡Encantada! —creo que lo he dicho con demasiada efusividad, porque ha soltado otra risita—. Bueno pues… Por la tarde, si no estáis ocupados, os puedo guardar una mesa en la cafetería en la que estoy.
—¿Y esa cuál es?
—No tiene pérdida, créeme. Somos los únicos que vamos vestidos de «elfos de Santa Claus» —le expliqué, algo cohibida. Sí, mi jefa es cruel.
—Así que era eso… —Oí susurrar a Shaoran, pero al parecer notó que me había dado cuenta y volvió a sonrojarse un poco.
Por muchos años que pasaran, Shaoran Li no dejaría de ser ni tímido, ni noble, ni serio, y tan sólo unos minutos de reencuentro me habían hecho verlo. Pensando eso, sonreí.
Después de que Kero revolotease unos minutos más alrededor de Meiling y Shaoran, cerciorándose de que eran de carne y hueso, me despedí de ellos y me puse a caminar en dirección a casa. Kero iba demasiado callado para mi gusto, como pensando en algo importante, y no se hizo esperar: después de unas cuantas calles, expresó sus pensamientos.
—¿Para qué habrán vuelto los Li a Tomoeda? —preguntó llevándose una de sus patitas al mentón, y con eso hizo que me parase.
No les había preguntado qué era lo que hacían en Tomoeda, ni tan siquiera si sólo habían venido para un par de días o para más tiempo. ¿Qué era lo que les habría traído aquí, de nuevo? Quizás por eso Shaoran había sacado la espada en vez de cerciorarse de que no había ningún peligro. Pero, ¿por qué podría ser?
—No lo sé —respondí, también pensativa.
No, no lo sabía, pero lo iba a averiguar. ¡Como que me llamo Sakura Kinomoto!
Sólo espero no tener que cambiarme el nombre.
Cuando llegué a casa vi la moto de mi hermano aparcada en la calle, y supe que al fin había llegado para las vacaciones de navidad. ¡Me alegro muchísimo de que esté aquí! Además de que sólo quedan tres días para navidad y la tiene que celebrar con nosotros, ¡por supuesto! Más ahora que el abuelo ha decidido pasar estas fechas con nosotros.
Oí voces en la cocina, así que, ignorando mi anterior mareo y susurrando a Kero que subiera a mi habitación, corrí para llegar a ella. Hacía mucho tiempo que no veía a mi hermano —tres semanas, que aunque siempre se meta conmigo, lo echo de menos—, y tenía muchas ganas de verlo.
—¡Hermanito! —exclamé con mi mejor sonrisa, a pocos metros de abrazarlo…
…Hasta que él, como siempre, alzó un brazo para frenarme y puso cara de suficiencia. Después, una sonrisa malévola se extendió por todo su rostro, y yo no pude evitar un escalofrío.
—Ni con un vestido tan feo pareces sutil. Esas pisadas de dinosaurio hacen que recuerde por qué eres un monstruo.
Yo fruncí el ceño y le di una patada, seca pero certera, cerca del tobillo. Oh, sí. Lo echaba de menos, pero era satisfactorio ver su cara de dolor. Y si no, que no me hubiera dicho Monstruo.
Aún así, conseguí abrazarlo (pese a que él no me devolvió el abrazo), y después fui a saludar a papá y al bisabuelo, que estaban preparando la cena.
La verdad es que mi familia no es muy grande, pero se expande un poquito más el día de navidad: Yukito viene a cenar con nosotros, por eso de la amistad tan grande que tiene con Touya, y también Tomoyo y su madre, normalmente acompañadas por el abuelo. Aunque, este año, el abuelo ya estaba aquí. Y no sólo ese era el cambio, sino que habría un nuevo miembro en la cena: Daisuke.
¡Ni que no tuviera sitio donde cenar! Es decir, tiene que tener alguna familia, ¿no? entonces, ¿por qué no va con ellos? Porque me parece muy bien que sea el novio de Tomoyo y que se lleve bien con toda —y en «toda» se incluye a Touya— mi familia, pero no sé por qué tiene que estar siempre pegado a ella. ¿Es que no se cansan? Y yo… Hoe, de verdad que me alegro mucho por ellos y que me encanta la pareja que hacen, y también que siempre hay un aura de paz y tranquilidad a su alrededor que no está en ningún otro sitio, pero no sé, a veces echo de menos un día sólo chicas, como antes.
Bufé exasperada y algo culpable. Daisuke me caía bien, así que no venía al caso tener ese tipo de pensamientos, debería alegrarme porque Tomoyo había encontrado a alguien que le hiciera sentirse especial y preguntarme cuándo me pasaría eso a mí, en vez de estar atacándolo en mi mente.
—Sakura, ¿por qué no subes a cambiarte de ropa? Cenaremos en unos minutos —sugirió mi padre, sacándome de mi remolino mental.
Asentí y subí las escaleras que llevaban al segundo piso, abrí la puerta de mi habitación y me encontré con una escena muy extraña. Demasiado extraña, a decir verdad.
—¡¿Qué está ocurriendo aquí? —pregunté preocupada.
—Sakurita, menos mal que ya llegaste —jadeó Kero, intentando quitarse todos los peluches que le habían caído encima.
El libro donde se guardaban las cartas brillaba mucho y flotaba en el centro de la habitación, haciendo que todo se viera de un color rosáceo. Algunos peluches se habían hecho más grandes y otros se habían encogido, al igual que, en intervalos de escasos segundos, la habitación se quedaba a oscuras o iluminada totalmente. Parecía como si mis cartas se hubieran vuelto locas de repente.
Avancé hasta el libro, que aún seguía brillando, y lo abracé, como si así pudiera calmar toda la magia que parecía querer desatarse.
—Cartitas, ¿qué ocurre? —susurré, esperando que ellas me dieran la respuesta de alguna manera.
Poco a poco, parecieron ir calmándose, quizás porque se sentían arropadas por mí y por mi propio poder, y yo no pude evitar derramar algunas lágrimas. No sabía qué había pasado hacía unos segundos, pero tampoco recordaba que hubiera pasado nada similar ninguna otra vez.
—Ya está —susurré de nuevo, sin saber si lo que intentaba era tranquilizar a las cartas o a mí misma—. Todo irá bien.
Cuando abrí los ojos, vi que Kero se había acercado a mí y me miraba con gesto contraído. Sabía que estaba preocupado, y con sólo verle los ojos, supe que él tampoco comprendía por qué mis cartas se habían puesto tan nerviosas.
Shaoran
Estaba tumbado en la cama, disfrutando de la penumbra de la habitación, mientras oía a Meiling corretear de un lado a otro. A pesar de que esa noche había dormido de un tirón, me encontraba agotado y sin ánimos de nada, simplemente de continuar echado durante toda la tarde, pero no podía: tenía algo que hacer en Tomoeda y no debería permitirme malgastar el tiempo así como así.
Cerré los ojos y suspiré fuertemente. El día anterior había sido duro y raro: primero, por el viaje en avión y en taxi, que había sido agotador; segundo, por el encuentro fortuito con Sakura Kinomoto. Se había vuelto muy fuerte y su poder había crecido muchísimo en todos esos años, pero tenía toda la pinta de seguir siendo tan niña como cuando yo estuve aquí. Al principio me había costado reconocerla, sobre todo por el traje tan extraño que llevaba, que de tan rojo parecía una guindilla. La verdad es que me dejó preocupado porque todo lo que había dicho calzaba con lo que yo buscaba, ¿eso significaba que a ella también le afectaba? Y lo más preocupante: ¿hasta qué punto? Porque si era capaz de disminuir la concentración de magia natural, no quería ni imaginar qué estragos podría causar en una persona normal.
—Xiao Lang, vístete. ¡Nos vamos al centro comercial! —Su gritito de emoción hizo que saliera de mis pensamientos bruscamente y, por unos segundos, me sentí aturdido.
—Yo no iré, tengo que investigar. Ya te lo he dicho. —«Como quinientas veces», me faltó añadir.
Meiling frunció el ceño y me miró con reproche, puso sus manos en forma de jarra sobre sus caderas y comenzó a dar pequeños golpecitos con un pie en el suelo. Oh, sí, yo sabía exactamente qué era lo que significaba eso y, todo sea dicho, cuando se ponía así me daba miedo.
—Mira, sé que tu misión es muy importante y todo eso —comenzó haciendo aspavientos con las manos, dándome a entender que yo exageraba—, pero creo que, por mucho que te empeñes, no vas a poder resolverlo en un día.
Iba a abrir la boca para replicar, pero ella alzó un brazo para indicarme que me mantuviese callado.
—Yo voy a estar aquí pocos días y, aunque digas que no estás aquí de vacaciones, por pasar un par de horas conmigo no te va a pasar nada. Y sabes que por muchas horas que le eches seguirás en el mismo punto, porque no tienes nada sobre lo que empezar.
Esta vez ni siquiera intenté hacerla entrar en razón porque había dicho algo cierto: no tenía un punto base, sólo sabía lo general y, siendo así, era realmente difícil comenzar a investigar. ¿Por dónde empezar, qué buscar?
Suspiré y, al ver cómo Meiling volvía a sonreír, supe que se había salido con la suya.
—Aún así —dije yo después de una especie de gruñido—, no creas que quiero ir al centro comercial.
—Xiao… —Vi su expresión dubitativa, como si por lo que yo había dicho le hubiera recordado algo de lo que habría preferido no acordarse—, ¿por qué reaccionaste así ayer?
Tragué pesado. Sabía a qué se refería, porque no había tenido demasiadas reacciones el día anterior. Sin embargo, eso no significaba que fuera más fácil para mí hablar de… bueno, de mí. Nunca lo había sido y creo que, después de todos estos años, puedo asegurar que tampoco lo será.
—No sé a qué me estoy enfrentando ni contra qué tengo que luchar —expliqué quedamente, examinando la punta de mis zapatillas. En ese momento me parecían de lo más interesantes—. Sentí magia y creía que podrían ser enviados para atacarnos.
Ella asintió con la cabeza y, después de unos segundos, volvió a hablar.
—Pero, ¿por qué después seguiste tan a la defensiva?
Me llevé las manos a la cabeza y me alboroté el pelo, como siempre que estaba nervioso y no encontraba una respuesta adecuada. Alcé los ojos para encontrarme con los de mi prima, que me miraba inquisitiva.
—No lo sé. Al principio había pensado que podría estar en nuestra contra o que quería atacarnos.
—Eso es imposible —me reprochó, aunque me pareció ver un atisbo de inseguridad en sus ojos.
Yo me levanté de la cama. Mejor sería ponerme algo para salir a la calle, después de todo ya me había convencido.
—Supongo —dije tomando una camisa y unos vaqueros—. Hace muchos años que no la vemos y no sabemos cuánto ha podido cambiar —fijé la vista sobre uno de los botones, que tenía un hilo suelto. Estaba incómodo y no me ayudaba que Meiling no apartara la vista de mí—. Qué sé yo, Meiling. No sabía cómo comportarme.
Cuando empezó a sonreír decidí que ya había hablado demasiado y, pasando por su lado sin hacer el menor caso a su boca abierta (que auguraba que quería seguir hablando), entré en el cuarto de baño para cambiarme. Sentí mis mejillas arder, y cuando me miré en el espejo comprobé que estaban arreboladas. Eché agua en mi cara con fuerza, casi violentamente, desquitándome por todas las dudas y frustraciones que habían surgido en las últimas horas. Menos mal que esto sólo sería temporal.
Suspiré y miré la ropa que había cogido: una camisa negra, sin ningún tipo de adorno, y unos vaqueros oscuros. Quizás debería llevar también un jersey, porque ayer casi me congelé en cuanto salimos del taxi. Qué más daba, cualquiera serviría. Total, iba obligado, no tenía por qué pensarlo demasiado.
—¡Xiao Lang, te he sacado un jersey blanco monísimo, que hace mucho frío! —gritó mi prima desde el otro lado de la puerta. Juro que si hubiera sido uno de los personajes de esos mangas para chicas que leía ella, habría caído hacia atrás de la impresión—. ¡Y date prisa en salir, estoy impaciente por llegar al centro!
Me di un par de cabezazos en la pared y una vez me hube puesto la ropa que había entrado conmigo, salí a la habitación de nuevo. Miré con algo de recelo el jersey que estaba sobre mi cama, pero al ver la mirada insistente de Meiling decidí que era mejor ponérmelo sin rechistar. Una vez los dos estuvimos listos, cogimos nuestros respectivos abrigos y salimos de la habitación rumbo al centro comercial.
El camino se me hizo considerablemente más corto que el día anterior, aunque también podía ser porque no nos habíamos cruzado con nadie que nos estuviera siguiendo. Íbamos en silencio, aunque de vez en cuando Meiling comentaba algo de las calles. Yo, por mi parte, observaba todo lo que nos rodeaba. En realidad no había cambiado tanto, sólo que había más edificios, más coches y más personas. El clima de navidad se notaba en el ambiente y los cartelitos y los acebos colgaban de las puertas de todas las tiendas. Se notaba que Tomoeda iba cobrando importancia poco a poco y que ya era una pequeña gran ciudad.
En pocos minutos más ya habíamos llegado a las grandes puertas del centro comercial. La verdad es que, para estar donde estaba, era muy grande. No tanto como el de Hong Kong, como recordé que dijo Meiling el día anterior, pero aún así tenía un tamaño considerable.
—¿Vamos? —oí que me preguntaba, y vi que realmente estaba emocionada.
Bufé y murmuré un par de palabras ininteligibles para ella mirando hacia otro lado, pero entré con ella. Una vez dentro, una ráfaga de aire caliente hizo que nuestros abrigos sobraran inmediatamente, así que nos los quitamos y comenzamos a andar.
Tiendas de ropa, más tiendas de ropa, más tiendas de ropa… Una tienda de zapatos y tiendas de ropa. Ahora que me fijaba, entendía por qué mi prima parecía haberse vuelto loca el día anterior.
Subimos a la segunda planta, que era donde se encontraban algunas cafeterías y restaurantes y, como Sakura nos dijo, diferenciamos la suya en un instante: tanto el pintoresco nombre como la extravagante fachada de aspecto occidental llamó nuestra atención, y ver a un par de chicos vestidos como la vimos a ella hizo que lo confirmáramos; ahí era donde estaría ella.
Me sentía un poco nervioso, pero ¿quién no? El día anterior me había comportado como un absoluto idiota y aún seguía sin idea de cómo debía comportarme con nadie. Todo era demasiado confuso, y se me había juntado en apenas horas.
—Mei, yo… —Cuando levanté la vista del suelo vi que no había nadie, y me puse a buscarla nerviosamente por todos lados, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¡¿Qué dices? —exclamó ella, ya sentada sobre una mesa. De verdad, Meiling… ¡Tienes que empezar a respetarme un poco!—. ¡Ven aquí, lento!
Con un suspiro de desánimo me acerqué y me senté donde me indicaba, colocando el abrigo en una silla desocupada. Al instante una chica rubia se acercó a nosotros, parecía tener nuestra edad, más o menos.
—Buenas tardes, y feliz navidad —dijo sonriente, pero cuando giró la cabeza hacia una señora mayor y algo regordeta que le asentía sin parar, su gesto cambió a uno hastiado—. Feliz navidad. Ho, ho, ho. —Y juro que, en vez de alegría, a cualquiera le darían ganas de suicidarse—. Bienvenidos, ¿qué puedo servirles? —Meiling abrió la boca, pero antes de contestar, la chica se le adelantó. Creo que empieza a caerme bien, ni yo puedo hacer que ella se calle así como así—. Hoy la especialidad es tarta de duendecillos y pan de jengibre con café de regaliz.
Siendo sincero, esa especialidad hizo que mi boca se abriera en el signo de sorpresa más común de toda la humanidad, y cuando miré a mi prima vi que se encontraba en la misma situación. ¿Es que en esa cafetería ningún nombre podía ser normal? Sí, vale que estuviéramos en navidad y todo eso, pero… esos nombres eran una completa tontería. Y si no fuera por mi prima, ya habría salido corriendo de esa cafetería de locos.
—Pero si queréis un consejo, pasad de todas esas tonterías y pedíos la tarta de fresas. Está buena. —Parecía que la chica rubia, que había tenido un momento de incomodidad, ahora estaba divertida con nuestras expresiones.
Creo que si yo estuviera en su lugar, también lo estaría.
—Ponme una de esas. Y un té, por favor —pidió Meiling después de carraspear suavemente. Ahora ella también estaba sonriendo.
—Yo no… —Sí, lo sé. No debería haber levantado la vista y así podría haber salido sin tomar nada, pero Meiling me obligó con la mirada. Y es muy convincente—. Lo mismo que ella —dije, frunciendo el ceño, y acto seguido la camarera que nos había atendido se fue.
Después de unos cuantos segundos en los que tuve que estar soportando a mi prima quejarse y preguntar sin cesar cuándo aparecería Sakura, noté su presencia y giré la cabeza hacia el mostrador. Parecía que acababa de llegar, ya que aún no se había puesto el ridículo gorro que llevaban todos. Se encontraba hablando con la chica que nos había servido y parecía que le estaba diciendo algo interesante.
—Parece que ya ha llegado —anuncié a Meiling, regresando mi atención a ella.
—¿Sí? ¿Dónde está? —preguntó sonriente. Yo le hice un gesto con la cabeza, indicándole dónde estaba—. Vaya, parece que nos va a atender ella.
En efecto, se acercaba a nosotros con el mismo vestido ridículo y vaporoso con el que la habíamos visto el día anterior y una bandeja en la mano con el pedido que habíamos realizado.
—¡Buenas tardes Meiling, Shaoran! —saludó efusivamente, mirándonos alternativamente y sonriendo.
En realidad no parecía haber cambiado tanto, destilaba alegría y candidez, y si dijera que me recordaba demasiado a la pequeña niña que había sido cuando yo estaba allí, sería poco. Sus ojos estaban tan vivos como siempre, transmitiendo todos los sentimientos que parecían pasarle en ese momento, el rostro, algo más alargado y menos infantil, también indicaba que se encontraba muy contenta. Parecía una niña, de todas formas. Lo único que había cambiado drásticamente era su pelo. Recordaba que, en casi dos años que había estado en Tomoeda, siempre lo mantuvo corto, y ahora parecía tenerlo más largo que Meiling en sus buenos tiempos.
¿Qué tanto habría cambiado su personalidad? No sabía si detrás de su sonrisa había algo más. No sabía si podía confiar en ella, si no estaría bajo las órdenes de alguien más. No sabía si era la misma Sakura que Meiling y yo dejamos años atrás.
Fijé mi vista en el té que me había puesto delante, observando cómo el vaho iba subiendo lentamente hasta el borde y, después, se mezclaba con el aire que nosotros mismos respirábamos. Mi mente vagaba perdida en los recuerdos que se arremolinaban inevitablemente en mi cabeza: cómo quise volver después de irme, cómo éramos amigos, cómo la recordé hasta los catorce años, cómo la quería.
Fruncí el ceño, sin dejar de prestar atención al vaso que había frente a mí, concentrándome en dejar de complicarme la cabeza, aunque sólo fuera un segundo. Cuando estuve en Tomoeda la primera vez, era un niño; Sakura y Tomoyo habían sido, prácticamente, mis únicas amigas, era normal que las quisiera. Pero, ¿qué podía saber de querer a esa edad? Eran amistades infantiles que no sobrepasaban eso, la amistad. Era normal que me hubiera sentido confundido y hubiera pensado otras cosas. Quizás, incluso, había pensado en eso por Meiling y mis hermanas, que cada vez que tenían oportunidad aprovechaban para preguntarme por ella, por cuándo seríamos novios o tonterías similares.
En los dos años siguientes de haber regresado a mi hogar, la rememoraba como si fuera un ser etéreo e intocable, cándido, dulce y celestial. La había canonizado en mi mente, pero, por unas cosas u otras, terminamos rompiendo la comunicación, y yo me vi obligado a madurar rápidamente.
Habían pasado tantos años, que no sabía exactamente qué era lo que Sakura había sido para mí. Habían pasado tantos años, que no sabía si ella seguía siendo la misma o si, por el contrario, era una persona completamente diferente.
Y por eso no podía depositar en ella toda mi confianza.
—¡Xiao Lang! —Un grito me sacó de mi ensimismamiento e hizo que parpadeara algunas veces, intentando descubrir qué era lo que sucedía—. Por fin reaccionas, parecía que habías entrado en algún tipo de trance.
Prácticamente, así ha sido, Meiling.
—Sakura nos estaba diciendo que Tomoyo también va a venir y que tiene ganas de vernos. —Sus ojos se clavaron en los míos como dagas, intentando descubrir el mar de confusión que yo era en esos instantes—. Creo que la has hecho sentir ignorada, ¡sólo mirabas la taza!
Me removí incómodo y le quité la vista de encima.
Había deseado con tanta fuerza durante los primeros años de mi regreso a Hong Kong que me permitieran venir a Japón de nuevo que ahora esto parecía una broma del destino de mal gusto. Muy mal gusto.
—Qué bien —musité, refiriéndome a lo de Tomoyo.
No es que no me alegrara de verlas, al contrario: habían formado parte de mi vida y habían sido muy importantes para mí. Pero ahora la situación había cambiado.
Iba a un instituto en Hong Kong, donde tenía mis propios amigos y lo que vendría a ser una amiga. Una amiga con derecho. ¡Que me gustaba, vamos!
Me faltaba poco y nada para ser el mejor de mi clase y que me aceptaran en cualquier universidad que eligiera. Tenía mi propia vida formada allí y ya no echaba de menos mi estancia en Tomoeda. He de admitir que vivir aquí dos años hizo que me sociabilizara bastante, que apreciara unos buenos amigos y que entendiera que no todo eran obligaciones. Sí, vivir aquí me marcó mucho. Y, ahora, por culpa de lo que fuera que estaba aniquilando la magia que había aquí, tenía que volver a cambiar de vida, dejarlo todo y empezar desde cero, sin oportunidad de elegir nada relacionado con mi futuro, porque como decía mi madre, «Xiao Lang, tienes responsabilidades que son más importantes que sacar plaza para estudiar en una universidad. Has sido dotado con magia y tienes que agradecer con todo lo que puedas hacer que poseas ese maravilloso don», y cosas por el estilo.
Desearía poder ser por una vez en mi vida una persona normal, joder.
Sakura
Como siempre, llegaba algo tarde al trabajo. Pero no era mi culpa, si puedo decir algo: Kero se había empeñado en que lo trajese a la cafetería para hablar con Shaoran y «dejarle claro a ese mocoso que no se creía que estaba en Tomoeda para tomar el fresco». Si tengo que ser sincera, prefiero hablar primero yo con él. Ayer me dejó muy preocupada y todavía en mi mente flotaba la misma pregunta: ¿Qué hacía allí y por qué se había portado así?
Cuando llegué, me puse el uniforme lo más aprisa que pude y recogí mi pelo en un moñete algo desarreglado, pero como el gorrito lo taparía no me esmeré demasiado. Roja por la falta de aire, me detuve unos segundos frente a la puerta que me daría paso a la cafetería y entré.
—¡Sakura! —Giré mi rostro para ver a la portadora de la voz que había llamado mi atención—. ¡Por fin llegas! He quedado con algunas amigas y creo que llegaré algo tarde.
Pese a que su tono de voz no era lastimero ni denotaba enfado, sabía que no estaba del todo contenta. Después de todo, me había cubierto mientras que yo no llegaba.
—Lo siento mucho, Ayane —me disculpé mientras hacía una reverencia torpe—. Intentaré que no vuelva a ocurrir.
—No seas tan formal. —Su regaño iba cargado de alegría, y yo la miré algo confundida. ¿Ahora qué le pasaba?—. Además, gracias a tu retraso crónico he podido ver a un chico guapísimo. —Abrió sus ojos un poco y cambió su sonrisa amable por una traviesa—. Está para comérselo —dijo articulando mucho la última palabra y remarcando cada sílaba.
Alcé una ceja, intrigada. Más que nada, porque si era tan guapo como ella decía y encima de todo seguía su canon de belleza (rubio-ojos azules-alto-carita angelical), merecería la pena verlo.
Y no es porque yo estuviera interesada en los chicos ni nada de eso. ¡Ni hablar! De momento, Sakura Kinomoto tenía cosas más importantes en las que pensar. Como, por ejemplo, dejar de hablar de sí misma en tercera persona.
—Mira, es ese de ahí. —Seguí con la vista el camino que había marcado con sus ojos.
Me quedé muy sorprendida: para empezar, no era rubio ni tenía el pelo rizadito, como a ella le solía gustar. Y, cuando se dio la vuelta, pude ver que tampoco tenía los ojos azules ni carita angelical. Poco después, se giró de nuevo. Sí, parecía guapo, pero… ¡Un momento…!
—¡¿Hoe? —exclamé no muy fuerte, amortiguando el grito con mis manos y sintiendo cómo la sangre me subía a la cara.
—¿Sakura? ¿Qué te pasa?
Su voz me llegaba algo distorsionada, pero yo no podía dejar de mirar alternativamente a Ayane y al «chico guapo».
—Es… es que él… él… —Frené mi patético discurso y cerré los ojos. Tragué saliva y me repetí mentalmente que no tenía diez años para estar balbuceando cosas sin sentido—. Él es un… viejo amigo.
Ladeé la cabeza y dejé de observarlo. No debería de haber tardado tanto en reconocerlo, después de todo lo vi ayer.
—¡¿Cómo? ¿Conoces a un chico así y ni me lo dices?
—En realidad llegó ayer a Tomoeda. Hacía años que no lo veía.
Ayane se acercó un poco a mí, como si estuviéramos contando secretos, y procurando que nadie más nos viera hizo que las dos volviésemos a mirarlo.
—Pues si no lo quieres, dámelo —bromeó haciendo que mi rostro ardiese de nuevo—. Creo que no tendré esa suerte, pero la esperanza no se pierde.
Después de decir eso, me guiñó un ojo y se marchó de allí, dejándome con el pedido de la mesa de Meiling y Shaoran en la mano y una expresión que indicaba una enorme confusión.
Me acerqué a su mesa y les di las porciones de tarta y el té. Conversé con Meiling algunos minutos, pero no podía evitar mirar de reojo a Shaoran de vez en cuando. ¿Por qué ni siquiera me miraba? Quizás… ¿Habría hecho yo algo malo y él estaría enfadado por eso? ¿Sería por la tarde anterior?
Algo decepcionada, avisé a Meiling de que Tomoyo llegaría pronto y que yo terminaría mi turno muy tarde.
Últimamente me encontraba muy agotada y lo único que quería era llegar a casa para caer a la cama y rendirme en las sábanas, pero hacía tantos años que no la veía… que creía un desperdicio no aprovechar las horas que pudiera para ponerme al tanto con ella.
Por supuesto, también me alegraba mucho ver a Shaoran, pero estaba tan distante que no sabía cómo tenía que portarme exactamente. Habría deseado abrazarlo tal y como abracé a Meiling, pero creo que él rechazaría cualquier muestra de afecto, al igual que rechazaba ahora mi mirada.
Después de una hora de repartir pedidos y encargar algunos, hablando entre minuto y minuto con Meiling, volví a mirar a su mesa, pero mi vista se desvió a la puerta de entrada, por la que estaban pasando en ese momento Tomoyo y Daisuke.
¡Tendría que haberlo imaginado! Parece que son siameses, no se separan por nada. De verdad, ¿es físicamente posible? Me acerqué a ellos poco después, y sus sonrisas cálidas me acogieron, como siempre.
—¡Sakurita! Qué emocionada estoy —dijo Tomoyo con los ojos brillantes y agarrando con mucha fuerza la mano de Daisuke. Juraría que había cortado la circulación del pobre chico—. ¿Dónde están?
Me reí un poquito ante esa muestra de efusividad. Tomoyo solía ser una persona calmada y tranquila, con un aura de paz a su alrededor que sería capaz de detener una guerra, pero en esos momentos parecía una chiquilla hiperactiva. Daisuke sólo tenía una sonrisa inquieta, y no pronunció ni una palabra.
—Ven, están aquí —indiqué, poniéndome a caminar en dirección a la mesa de los dos primos. Una vez allí, Tomoyo soltó la mano de Daisuke, dejándolo a mi lado, y se encargó de mostrar a Meiling y a Shaoran que ya había llegado.
Los abrazó fuertemente y sin previo aviso, y ellos le dedicaron una sonrisita. Incluso Shaoran.
¡¿Por qué? ¿Por qué parece alegrarse de ver a Tomoyo y cuando nos encontramos nosotros parecíamos rivales? Definitivamente, tenía que haber hecho algo. Quizás fue algo que dije y le sentó mal, o mi forma tan extraña de descubrirme. A lo mejor era el hecho de haberlos seguido, o…
—Sakurita, ver a Tomoyo así me asusta —susurró Daisuke, llamando mi atención.
Esto… yo había dicho que Daisuke me caía bien, ¿verdad? Vale, mejor borrad eso, porque… ¡Odio que me llame Sakurita! Me trata como si fuera una niña y sé que lo hace a propósito, porque sabe que me fastidia que lo haga. De hecho, creo que se lleva bien hasta con mi hermano por su costumbre de hacerme enojar. Pero fuera de eso, podría decirse que me cae bien.
—Oh, lo siento —se disculpó Tomoyo al oír las palabras de su novio, y le sonrió cálidamente para volver a girarse a Shaoran y Meiling, que lo miraban inquisidores.
Yo me sentía un poco apartada, y dentro de poco debería volver al trabajo o mi jefa sería capaz de hacerme trabajar el día de navidad. Hablando del día de navidad… ¡Aún no tenía los regalos!
Pero ese no era momento de lamentarme; al día siguiente cogería todo el dinero que tuviese y me lanzaría de cabeza a las tiendas para comprar algún que otro detalle para mi familia. Devolví mi atención al momento que parecía querer llegar de un momento a otro: la presentación.
—¿Tú quién eres? No me suenas —preguntó Meiling bruscamente, frunciendo el ceño y mirándolo desde todos los ángulos posibles.
Daisuke cambió su tranquila sonrisa a una expresión algo avergonzada. Vaya, no puedo ser tan buena… ¡Estoy empezando a compadecerme de él!
—Es Daisuke, mi novio —explicó Tomoyo, tan tranquila como siempre. Meiling y Shaoran se miraron extrañados, pero no tengo ni idea de por qué lo habrán hecho—. Daisuke, ellos son Meiling y Shaoran Li: unos viejos amigos.
Él los saludó educadamente, y creo que ya se los ha metido en el bolsillo. Meiling y Shaoran hablaban con Daisuke como si lo conociesen de toda la vida, y Tomoyo miraba la escena enternecida. Yo estaba por avisar de que seguiría trabajando, porque la escena había dejado de gustarme. Estaba molesta.
Es decir, ¡no estaba molesta!, lo que ocurría era que estaba muy confundida. Meiling se había comportado muy amable conmigo, al igual que con Tomoyo y su novio, pero Shaoran… Él se comporta amable también, como si se alegrara de volver a verlos. Al contrario que como se comportó al verme a mí. ¿Tan poco se había emocionado por el reencuentro?
Sentí cómo mi expresión cambiaba a una más sombría, y me esforcé por quitarla en vano, así que opté por lo más fácil: cubrí mis ojos con el flequillo tanto como pude y creé una sombra que no permitiera ver la tristeza que sentía en esos momentos. Era como si nuestra amistad no hubiera significado nada para él, o como si yo hubiera hecho algo realmente malo como para que él no se sintiera feliz de que volviésemos a vernos. Me sentía un poco infantil, a decir verdad, pero había sido mi mejor amigo cuando era niña y habíamos compartido muchas experiencias juntos. ¿Por qué, entonces, se comportaba así?
—¡¿Cómo que en un hotel? Sakurita, ¿has oído lo que acaban de decir? —Tomoyo se giró hacia mí con sorpresa dibujada en el rostro, y yo cambié inmediatamente mi expresión por una sonrisa forzada. En realidad, no había oído nada, pero asentí—. Bueno, entonces no queda más remedio, ¿verdad, Sakura? —preguntó de nuevo, suavizando su tono de voz y sonriendo cálidamente. Volví a asentir, aunque seguía sin saber qué me había perdido en los instantes de reflexión que había tenido—. ¡Entonces vendréis a casa a celebrar la navidad con nosotros y nuestra familia! Y… ¡Podré grabarlo todo en video y así tener un hermoso recuerdo!
En esos momentos, no supe cómo reaccionar. No era lo más normal invitar a alguien a quien volvías a ver tras años a cenar con tu familia en navidad, pero la felicidad que desprendía Tomoyo por ver a nuestros antiguos amigos era impagable. Sonreí de nuevo, ahora más animada. Sí, seguro que podríamos pasar todos juntos una bonita velada, y a nuestros padres no les importaría que ellos viniesen.
Dejé de saltar de alegría interiormente cuando un nuevo problema llegó: los regalos. Ahora también tendría que comprar para Meiling y Shaoran… ¡Hoe!
—Será mejor que vayamos a hacer compras y a avisar a nuestras familias —avisó Tomoyo haciendo que nuestros imprevistos invitados se levantaran de sus sillas.
¿Se los iba a llevar? ¡Yo quería hablar con Li para preguntarle el porqué de su vuelta a Tomoeda! Y, quizás, ver si se seguía comportando igual que antes.
—¡Esperad, yo…! —callé de repente, pues ellos se habían despedido rápidamente y ya habían salido de la pequeña cafetería.
Al parecer, tendría que dejar mis dudas para otro día. Suspiré fuertemente, volviendo a mi puesto tras la barra.
Definitivamente, esas vacaciones no serían las de siempre.
Notas de autor: No sé si alguna de mis lectoras seguirá por ahí, y si es así, espero que haya gustado el capítulo :) Después de un gran descanso en el mundo de fanfiction me puse a leer lo que tenía escrito y descubrí que nunca subí este capítulo, no sé por qué. Además, tengo uno a medio escribir de hace ya tiempo xD Esto no significa que vaya a actualizar dentro de poco, quiero ser sincera y desde ya aviso que no sé cuándo podré escribir, la universidad y mi vida personal no me dejan tiempo para nada. Pero creía que después de tanto tiempo, de conocer a tanta gente maravillosa gracias a este fic y de pasar ratos geniales frente al ordenador, os debía esto. Espero que os haya gustado, en serio, y espero podar retomar algún día este fanfic. Lo echo de menos y os echo de menos, echo de menos todo esto, muchísimo.
Comprenderé si no me dejáis reviews, aunque ya sabéis que siempre animan y hacen que entren ganas de escribir ;)
Cuidaos mucho, un beso muy grande.
Odisea.
