Hola a todos, esto que ven aquí es mi aportación en el "Intercambio por el 3er aniversario" del foro I am sherlocked.

Ya todos ustedes lo saben pero por si acaso, nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Sir Arthur Conan Doyle, Mark Gatiss, Steven Moffat, la BBC y no tengo idea de quien más. Salvo John que es mío y Sherlock que es de Violette Moore (ya quisiéramos).

Aclaro que la imagen que acompaña esta historia no es mía, tampoco y no sé de quien es, solo la encontré en internet, pero si alguien sabe a quien le pertenece para darle el crédito por su excelso trabajo.

Ya saben, si han leído alguna otra historia mía, que soy dada a tomarme "licencias creativas", o sea, adaptar las cosas para que concuerden con la historia, pero que en realidad no pasan como yo las explico, imaginen junto conmigo que el mundo es tal y como lo platico, usen su imaginación, o aténganse un poco a la mía.

Este fic es el regalo para Maye Malfter, cuyo prompt era el siguiente:

"Sirenlock/Sailor!John. Final feliz. John es un marinero que queda atrapado en una tormenta, su barco se hunde pero él sobrevive milagrosamente. Cuando despierta, recuerda haber sido salvado por una extraña y hermosa criatura marina, pero de seguro fue un sueño. ¿O no lo fue?"

El beteo de esta historia es obra de mi querida Violette Moore, gracias por todo.

Que lo disfruten...


Capítulo IV

Sherlock

por

Adrel Black

Edición

Violette Moore


Al levantarse Watson, ni bien ha despertado va hacia la roca en la que su visitante nocturno estuvo, al pie encuentra un cambio más de ropa, y una especie de placa pequeña de nácar, lo toma entre las manos, en la placa se puede ver un conjunto de puntos, durante un segundo se desconcierta, ¿aquello es un lenguaje? Un momento después quisiera darse de topes contra la roca, cualquier persona pensaría que son solo puntos al azar, pero un marino entendería, que aquello representado es la constelación de piscis.

Sonríe un poco, un calor poco conocido le recorre el pecho, se acerca hacia el hueco de roca y con el cuchillo tasajea una de las mantas hasta arrancar una tira de tela, luego alrededor de la placa envuelve un par de tiras y por último la deja colgando como si fuera un dije, y se lo lleva al cuello.

Se sienta en la laguna, mirando el agua calma, de pronto aquello le parece el paraíso, de pronto estar en una isla silenciosa, perdido en compañía de una especie de ángel acuático, no parece tan malo, de hecho parece ser lo mejor que le ha ocurrido en la vida.

—Gracias. —Le dice al agua, toma el dije entre las manos y lo mira, la constelación de piscis perfectamente definida tal y como se ve en el cielo despejado. —Es muy bello.

Suspira y mueve los pies en el agua, creando olas y salpicando alrededor, se siente como un niño, pero espera que el otro entienda que está feliz.

Lleva la navaja en la mano y se decide por fin a deshacerse de la barba y el bigote lo mejor que puede, la hoja es afilada y aunque le raspa un poco, lo prefiere antes que seguir cargando con el escozor que le causan.

—Tengo pensado ir un poco hacia arriba, ahora que aún es temprano y ver que encuentro al otro lado de la isla, —silencio, nada se mueve, pero siente que le escuchan, es un sensación difícil de describir, incluso le parece ver una sombra moverse en la parte más alejada del fondo del lago, sonríe aún más.

Se pone de pie y se alista para lo que será un arduo camino, sierra una rama baja de un árbol con ayuda del cuchillo y la utiliza como bastón improvisado, luego con nada más que eso comienza a caminar hacia el Este.

—Volveré para el atardecer. —Dice a su visitante, sin saber si le ha escuchado o no.

Luego de un camino de varias horas la pierna le duele y palpita, aun así ha llegado a lo que cree es el extremo más alejado de la isla, que quizás tenga una extensión de unos quince kilómetros, si no calcula mal, es difícil saber, con sus piernas en condiciones es capaz de recorrer entre cinco o seis kilómetros en una hora, pero con su pierna tan maltrecha es difícil calcular.

Tal y como sospechó, la isla asciende hacia el Este para terminar en un escarpado precipicio, de entre las rocas puede ver un saliente, más o menos a la mitad del acantilado, crea una pequeña cascada. Muy seguramente las aguas de la laguna hayan horadado la roca y creado esa vertiente para regresar al mar.

Es hermoso, aun así, no ha encontrado nada fuera de lo común, la fauna se compone al parecer por tortugas, cangrejos y aves marinas, a su alrededor solo hay agua, no pueden verse ni desde lo alto más islas, tampoco pueden verse barcos, nada, solo una extensión inalterada de azul contra azul, el agua confundiéndose con el cielo.

Una sensación de pesadez le invade el estómago, la inmensidad de su aislamiento, a pesar de la compañía es abrumadora, mejor regresar a la laguna, ha estado pensando durante todo el camino sobre el obsequio que le han dado. Toma la constelación entre los dedos y le da vuelta, los colores tornasol brillan a la luz radiante del sol, quisiera entregar algo, algo de sí, obviamente es complicado ya que no tiene nada. Nada de sí mismo se salvó del naufragio.

Solo la ropa que llevaba puesta aquel día.

El camino de vuelta a la laguna le toma mucho menos tiempo, probablemente debido a la inclinación natural del terreno. Aun así llega cuando el sol ya está declinando.

Al otro lado de las rocas mira un macizo de flores, no tiene idea de qué sean, parecen orquídeas azules, el pensamiento desequilibrado de dejar unas pocas al pie de la roca a la que su visitante viene pasa por su mente, pero la desecha de inmediato. Las flores se usan para cortejar mujeres, éstas se las prenden del cabello o las ponen en jarrones, pero para él, para ese ángel quisiera algo más, algo distinto.

Watson se deja caer en el hueco, entre las mantas, está exhausto. Toma el saco que llevaba el día del naufragio, había sido hermoso, grueso hecho de lana y en una de las mangas dos letras pequeñas grabadas, enlazadas, una J y una W en hilo dorado. Ahora claro se ha decolorado con la sal del mar, tiene una gran quemadura que ha hecho un agujero en el lado izquierdo y parte de la manga. Luego, de pronto una idea vino a su mente, es una estupidez, pero aun así…

Con ayuda del cuchillo cortó el pequeño rectángulo alargado que contiene sus iniciales. Fue casi al anochecer cuando terminó, encendió la fogata mientras comía algunas bayas. Lo que daría por un poco de pan.

A la luz de la fogata quemó los extremos de la tela para evitar que se deshilara y le hizo un orificio en una de las esquinas, luego, con otro trozo de la misma lana cortó un cordel largo y lo quemó también, ató el rectángulo con el cordel como si fuera una especie de escapulario.

Caminó un poco y cortó una sola orquídea, dejó el conjunto al pie de la roca y se alejó para esperar que aquel ángel llegara.

.o.O.o.

Fue muy entrada la noche cuando el sonido del agua siendo perturbada le indicó que tenía visita. Siempre venía hasta que la fogata se había extinguido, cuando la luz de la luna y de las estrellas no podía definirle.

Watson podía ver desde el hueco que no estaría a más de tres metros como aquel ser se inclinaba a mirar lo que le había dejado. No podía ver bien, la oscuridad le presionaba los ojos y los rescoldos de la fogata no ayudaban en nada.

—No es nada, —dijo, sintió más que ver que aquel ángel le miraba, en silencio. —Tampoco es tan bello como lo que me trajiste. —Más silencio —pero de alguna manera, quería darte algo, que tuvieras algo mío. —Se sentía tan estúpido, se sentó contra la pared de piedra, aun cubriéndose con la manta, le parecía que se colgaba su tonto escapulario al cuello y el corazón le dio un vuelco. —Son mis iniciales, JW, por John Watson, ése es mi nombre.

—John. —Susurró el ser, desde su asiento en las rocas.

—Sí, —el corazón casi se le salió del pecho habían pasado años desde que alguien le había llamado así, quizás desde que su madre había muerto, todos los demás le llamaban Capitán Watson, o Watson a secas, pero John, sonaba exquisito en esa voz. —Así puedes llamarme: John.

—John. —repitió y John sonrió.

—¿Puedo saber tu nombre? —preguntó el marino envalentonado por la risa que flotaba en la voz del otro, se acercó un poco hacia la laguna. —No te vayas por favor, —John sintió, como el ser se tensaba. — No voy a hacerte daño, no voy a acércame más si no quieres. —Se dejó caer aun a metro y medio de distancia, sin embargo, la sombra se ha hecho más nítida. —¿Me puedes decir tu nombre?

—Sherlock.

John vuelve a sonreír.

—Sherlock —repite y escucha cómo sus palabras resuenan contra las rocas creando un eco que las multiplica, el sonido espanta a unas pocas de gaviotas de los árboles cercanos.

—¿Por qué siempre vienes de noche?

—La luz del sol me lastima. —Murmura —porque no estoy acostumbrado a ella.

—Entiendo, ¿podría encender la fogata?

—No lo hagas. —Responde Sherlock.

— ¿También la luz de las llamas te molesta?

—No, la luz del fuego es hermosa, no tenemos fuego en el lugar del que yo vengo.

—Bien. —Responde John a falta de otra cosa. —Entonces ¿por qué no quieres que la encienda?

—No quiero que me mires.

—¿Por qué no?

—Los hombres hacen cosas malas cuando nos miran.

—¿Saltar de los barcos? —pregunta John recordando las historias de los marinos enloquecidos por las sirenas.

—Sí, yo nunca lo he visto, nunca ningún humano me ha visto…

—Yo te he visto.

—Estabas medio muerto cuando me viste, no creo que cuente.

—No estoy a bordo de un barco, ahora. —Insistió John.

—Probablemente te tirarías de cabeza a esta laguna, siguiéndome.

Ambos se quedaron callados un momento.

—Sé a lo que te refieres —murmura John tocándose las palmas de las manos, donde se había hecho daño con sus propias uñas al intentar evitar acercase mientras Sherlock cantaba. —Hace unas noches, quería correr hacia dónde estabas cantando. Era una sensación incontenible, más una necesidad que una sensación.

—Es eso a lo que me refiero, yo solo estaba cantando…

—Pero lo controlé, puedo controlarme.

Sherlock sopesó sus palabras, él también quería mirar a John, lejos del velo de la oscuridad, lejos del velo del agua clara, mirarlo sería también para Sherlock impresionante, nunca había estado tan cerca de un humano y este humano en particular le parecía tan… interesante.

Sherlock siempre vagaba por aquellos mares mirando con asombro a los hombres, los barcos que construían eran extraordinarios, la forma en que se las arreglaban para que funcionaran y no solo eso, los hombres habían sido capaces de entender las mareas, los vientos, los usaban para su provecho, los hombres habían sido capaces de aprender el movimiento de las estrellas para navegar. Eran dignos de ser observados.

Todo lo contrario a su propio pueblo que simplemente se dedicaban a vagar por los mares, flotando de un lado a otro sin motivo alguno la mayoría del tiempo; mirando con aprensión, siempre temerosos.

Algunas veces las mujeres salían a la superficie y cantaban, a pesar de que estaba prohibido, Sherlock siempre había pensado que era un gesto banal, por algún motivo les gustaba la idea de que los hombres se lanzaran por la borda por ir tras ellas, vanidad pura.

Sin embargo ahora entendía un poco, en algún lugar recóndito de su ser le encantaría ver a John lanzándose al mar tras él, imaginarlo desesperado por encontrarlo, cada vez que venía y lo sentía calmarse ante su voz, cada vez que John le hablaba aun sin saber que estaba escuchando, el poderío que esos gestos simples generaban en el pecho de Sherlock era inigualable, se volvía una adicción.

Una adicción que contrario a lo que decían las leyendas no era unilateral, se había sorprendido a sí mismo pensando en John con desespero. Desde el momento en que mientras miraba con ociosidad el galeón navegar con tranquilidad, había sido testigo de cómo los piratas le había interceptado al anochecer y luego había visto, desde cerca, con admiración, el sacrificio de John por su tripulación al renunciar a la única oportunidad de escapar. Y al final, había visto también como se inmolaba junto con su galeón para detener a aquellos piratas, eso había creado en el corazón de Sherlock un sentimiento nuevo. Un sentimiento que ha estado vedado a su pueblo desde muchos años atrás, cientos, miles incluso, un sentimiento que sólo uno de su especie alguna vez se atrevió a experimentar y que terminó con una masacre.

Un escalofrío recorrió la columna de Sherlock, sacude la cabeza intentando volver de sus pensamientos hacia el presente, John sigue sentado frente a él respetando la distancia y la oscuridad que Sherlock ha impuesto. Su hermano, Mycroft, dice que los hombres no pueden resistir el llamado de sirenas y tritones, sin embargo aquel hombre lo está haciendo, aunque puede notar su incomodidad y sus ansias de acercase. Sherlock ve, con sus ojos que penetran la penumbra, como aprieta los puños y permanece, muy tieso y estoico sentado contra la roca. Sherlock siente el pecho latir aún más. Si tiene que ser sincero consigo mismo, sus dedos están deseosos de saber si el tacto de aquel hombre es como el suyo, si su cabello se siente como el suyo, si tiene que ser completamente sincero, la vista del cuerpo desnudo de John le ha hecho sentir un calor que jamás había experimentado, en el vientre y un cosquilleo en los labios que no acaba de entender.

—Prometes, —susurra Sherlock. —Que te mantendrás alejado. —Silencio. —Si enciendes el fuego y me miras, aun así te mantendrás alejado.

—Lo prometo, —respondió John con la voz ronca.

—Hazlo.

John se mueve muy despacio medio tropezando en la oscuridad, trae algunas ramas secas y las apila justo a medio camino, entre el hueco en la roca y la piedra en la que Sherlock yace sentado.

Las manos de John se mueven con gracia, es obvio que a pesar de la oscuridad él sabe lo que hace. Frota dos rocas hasta que consigue una chispa y las ramas secas mezcladas con piel de coco y maleza comienzan a arder, luego, sopla encima de las brasas hasta que estas se convierten en llamas vivas, lo que John ve en aquel momento lo deja mudo.

Aquel ser que está frente a él con el escapulario colgando alegremente en su pecho es, sin dudas, algo mitológico.

John piensa que si tuviera que elegir describirle diría que está más cerca de ser una criatura celestial que un ser humano. Los ojos son tal como los recuerda, como el cielo estrellado y su cabello es del mismo color que la noche que les rodea. El marino se aleja y vuelve a su puesto respirando entrecortadamente, le tiemblan los hombros y la sensación en su cuerpo es que debe aproximase, que debe estrechar a aquel ser, que necesita tocar sus pómulos y acariciar su pecho, pega la espalda contra las rocas e intenta serenarse, mientras Sherlock le mira con curiosidad.

—¿Estás bien? —pregunta el tritón, a lo que John solo asiente, aun medio temblando.

—Sí, solo —niega un poco con la cabeza. —Es una sensación extraña que tu cuerpo quiera hacer algo por su propia cuenta.

—¿Puedes acercarte? —Pregunta Sherlock, algo en el pecho del tritón arde, un sentimiento desconocido.

John se acerca aun tembloroso, siente miedo de no poder controlarse, la luz de las llamas se refleja en sus caras y lanza sus sombras contra las rocas. Las manos de Sherlock, alargadas y pálidas, tocan el rostro de John en cuanto está a su alcance, le acarician. El Capitán aferra sus manos en puños cerrados, las palmas le sangran a causa de las uñas que se clavan en ellas, pero aun así él no es consciente del dolor, solo del tacto fino y húmedo en su rostro.

—Nunca estuve cerca de un humano. —Murmura Sherlock.

—¿Porque?

—Dicen que si te acercas a un humano ya nunca podrás alejarte. —John está tan perdido, embriagado en el ambiente, en el silencio, en la voz de Sherlock, —creo que tienen razón.

Están tan cerca ahora, John pega su frente contra la de Sherlock, sus ojos son incluso más abrumadores desde más cerca, no puede resistirlo, no quiere resistirlo, si se lanza a la laguna y se ahoga, no importa, John hace las paces con cualquier destino inminente que pueda venir luego de su movimiento precipitado y cierra el espacio que le separaba de aquel ángel.

Por fin, el sabor salobre de sus labios, es como el nirvana, John sonríe, Sherlock sonríe.

Todo por fin está en su lugar.


Como me encanta cuando en mis historias llego hasta este punto, se siente como la cosa más correcta del mundo.

Adrel Black