Aquí está el cuarto capítulo! Y espero que esto sea una historia larga, porque me aburro y no tengo nada más que hacer. Y, ya que estamos, BETEO (traducción por Bing: soy beta Reader)
Disfruten x 2 (porque antes no se los dije ;))
Queonda (ahora con mayúsculas!)
Disclaimer: dbz no me pertenece, es propiedad de Akira Toriyama y los dueños y socios legales de la misma.
Este capítulo se basara en:
—recuerdos (cursiva)
—Actual (normal)
Al abrir sus ojos, su vista se fijó en el rostro de una mujer. Era lo más hermoso que había visto en su vida.
La puerta del ascensor se abrió, y como una ráfaga corrió hasta el inicio de las escaleras, donde los ojos de todos los que se encontraran allí apuntaban. Entonces, sus ojos vieron la escena más horrorosa de su vida. Sus piernas no dejaron de temblar hasta lograr debilitar su cuerpo. Cayó sobre sus rodillas y sollozó, demostrando menos de lo que su mente sentía.
Al cerrar los ojos, pudo ver un tornado. La oscuridad de lo más profundo de su ser emergió y comenzó a ahogar el lado racional de su cuerpo. Pude verse a sí mismo siendo despojado de su alma vilmente.
Los rasgos de la figura frente a él se dibujaba a medida que iba recobrando el conocimiento. Unas mejillas rojas e hinchadas, unos ojos claros y alegres y una sonrisa más que encantadora. Su cabello azul caía en sus hombros, rebelde y despeinado.
Un fuerte dolor invadió su frente y, al intentar tocarla, el dolor fue aún mayor. Su mano demostraba sangre, lo cual lo alteró notablemente. Una suave mano le limpió la sangre y se dispuso a cambiar las vendas.
—Qué caída — exclamó la joven, con su voz que, en sus oídos, sonaba a miel. —Si yo no hubiese estado ahí, creo que tu futuro no sería el mejor, ¿No?
Ella rió algo nerviosa, antes de volver a su seriedad. Le colocó un paño húmedo en la frente y lo calmó al ver su reacción con su dolor.
Intentó decir algunas palabras, pero sus cuerdas vocales parecían no responder, y él sabía por qué. Esa niña lo ponía ciertamente nervioso.
—olvida el dolor— le profirió ella, acariciando su cabeza — no has dicho nada. Empecemos, ¿Cuál es tu nombre? — el hizo ademán de mover sus labios, pero ninguna palabra salió de su garganta. —Soy Lunch— una sonrisa iluminó s rostro. Ella se levantó, dispuesta a dejarlo descansar.
Él se aferró al delantal en la falda de la niña y susurró, con toda la fuerza de voluntad que pudo.—Ten Shin han.
Ella lo miró con curiosidad antes de sonreír y seguir su camino —okay, Tien.
Esa risa angelical lo invadió mientras poco a poco volvía a caer en la inconsciencia.
Él tapó sus ojos con sus manos y dejó salir el grito de impotencia y desdicha más grande, provocando que las personas a su alrededor se sintieran deprimidas.
Escuchó llegar al encargado del edificio y decir algunas palabras, pero ninguna pudo ser captada en su mente. Solo cerró sus ojos y volvió a ingresar en el ascensor, llegando a la habitación hasta acostarse en su cama y dormir.
Abrió sus ojos, sintiendo la luz de la luna acariciar su rostro. Tomó fuerzas para levantarse, y se asomó por la ventana. Podía notar que estaba en alguna clase de templo, en uno de los últimos pisos. Su frente lastimaba, pero no le dio importancia; después de todo, él no recordaba más que su caída por haberse resbalado de la punta del árbol más alto.
Sus ojos estaban cansados, pero aun así notaban la presencia de una muchacha, sentada en las escaleras. Se veía incómoda.
Él casi no recordaba lo que le había pasado, ese golpe había sido muy intenso. El ver a sus alrededores no lo ayudaba a colocarlo en un espacio y tiempo determinado. No sabía cuánto tiempo había estado desmayado, pero estaba seguro de que necesitaba una ducha.
Ten Shin Han no era un joven temeroso, no temía tener que enfrentarse a cualquiera rápidamente, sin importar la edad o el tamaño del atacante. Era todo un temerario. Cruzaba el mundo a pie, siendo recibido en cada pueblo de forma honorífica. Le gustaba ser un héroe, su especialidad era deshacerse de los que solían molestar a los aldeanos, y así lograba labrarse una reputación, y siendo un chico de sólo quince años, era algo que ningún aldeano podía creer.
Se sentó al lado de la ventana y observó el cielo oscuro y brillante de la noche. Al mirar hacia las escaleras, la muchacha ya no estaba.
Su mente estaba adolorida, y pequeños fragmentos de recuerdos volvían a su mente. Recordaba una batalla en la que él estaba desventajoso, y luego una caída. Lo siguiente que lograba recordar eran unos hermosos ojos azules que habían entibiado su corazón.
Su figura permaneció allí, en el marco de la ventana, hasta entrada el alba.
La puerta de nogal resonó fuertemente, quizás no por la fuerza del golpe, sino por el tamaño de la puerta. Ten Shin Han estaba tirado en su cama boca arriba, cuando dio un salto al escuchar el estruendo de la puerta. Se colocó en una posición de ataque mientras la puerta se abría y dejaba ver a una pequeña niña con el desayuno en las manos. Una risa salió de los labios de la joven al verlo en esa pose tan extraña sobre la cama.
Él no pudo evitar sonrojarse al máximo antes de volverse a sentar. La chica entró y posó el desayuno en la cama. A continuación, se sentó a su lado, invitándolo a sentarse junto a ella también.
Esa niña se mostraba tan alegre y complacida de que Tien estuviese allí.
—Y dime— cortó el silencio el hombre, sin saber qué decir luego — ¿Dónde estamos?
Ella se levantó y se colocó en la ventana. —Estos son los territorios del rey Mono. Nosotros somos la capilla de monjes. Yo soy la pequeña del dueño, mi padre. Por cierto, él te invita a quedarte el tiempo que desees, la comida va en cuenta nuestra.—le dedicó una sonrisa, más brillante que la anterior. —¿Recuerdas algo de lo que te pasó?
—No mucho, sólo estar peleando contra un enemigo poderoso, por encima de las colinas, y luego la caída.
—Bueno, no puedo decirte mucho —replicó ella desde la puerta, saliendo.—Pero debes tener cuidado, tenemos muchos enemigos.
Y se fue.
La mirada de Tien quedó concentrada en la puerta hasta un rato después de que ella saliera. No lo admitiría, pero era la niña más hermosa que sus ojos hayan tenido la oportunidad de ver. Hasta creía escuchar un tintineo de campanas y risas cada vez que su cabello se movía.
Pero tenía cosas más graves de las cuales preocuparse. Comenzó a comer seriamente, cuando notó que sus waffles formaban un rostro sonriente y la leche con chocolate formaba un corazón. Eso le sacó una sonrisa.
En la tarde, él salió con una vestimenta prestada, que incluía una seria cantidad de telas sobre su torso, y unos pantalones holgados. Recorrió los pasillos, viendo a los monjes charlar, pensar, y saludarlo con una sonrisa repleta de sabiduría. Salió al frente, desde donde podía observar su ventana. Bajó las escaleras en las que había encontrado a esa niña de cabellos ondulados, y cruzó el arco de piedra que mostraba la salida del templo. Frente, el bosque se alzaban frente a sus ojos, con robles altos e impenetrables. Se quitó los zapatos y corrió.
El viento chocaba en su cara, y las vendas que cubrían su frente se sacudían. El dolor lo carcomía, pero no dejó de correr hasta llegar a un claro, frente a la corriente de un río. Ajustó las tiras que sostenían la ropa en su lugar y comenzó a dar patadas en el aire.
Su mente comenzó a ver, a recordar de pronto. Un dolor punzante atravesó sus sienes. Casi podía ver al joven que lo había lanzado a la pérdida de la memoria. Veía al chico de sonrisa brillante y ojos atentos. No podía evitar enviar miradas a su cabello, despeinado y enredado en la forma más extraña que había visto. Era un pequeño de diez años, de no más de un metro treinta de alto.
Y, aun así, recordaba esa tremenda patada entre los ojos.
—Woah, tienes habilidad —una dulce voz pronunció.
Ten Shin Han volteó sus ojos cafés hacia la muchacha, Lunch, sentada bajo la sombra de un árbol, con una corona de flores y una canasta de picnic. Su rostro se tornó completamente rojo, y de un movimiento torpe, cayó de bruces al suelo. La risilla de ella lo sonrojó aún más.
—No hablas. Supongo que quieres saber más de dónde vienes. Sé lo que es no recordar lo que hiciste. Además, esta zona está llena de gente rara.
La niña que parecía tener su edad no dejaba de hablar mientras Tien tomaba asiento junto a ella y picaba unos sándwiches.
Hablaron toda la tarde, y así fue su costumbre todas las tardes durante un mes. Hablaban de cosas triviales, sobre las cosas que él recordaba sobre otros lugares, de las cosas que ella solía hacer cuando era más chica. Esa tarde fue atípicamente especial.
—... y así fue como le di una paliza a ese cerdo.
—¿Tienes muchos enemigos? O me equivoco.
— es normal, cuando vagas de tierra en tierra, pasando entre aldeas que son gobernadas por idiotas.
— Yo también tengo muchos enemigos.
Tien estaba visiblemente sorprendido. Ella quedó mirando hacia el horizonte. ¿Qué enemigos podría hacerse una chica de quince años con ese aspecto?
Ella volteo su mirada a él, y quedaron hipnotizados. Sus rostros comenzaron a acercarse lentamente. Entonces, un aire fresco hizo volar el cabello de la cara de Lunch. Su nariz se torció, y sus ojos se cerraron. Ella tapó su nariz con un dedo y salió corriendo.
Ten Shin Han no lo notó, estaba hipnotizado.
Ese día no volvió a ver a la señorita de cabello azul. Pasó la mayor parte de la tarde buscándola en los alrededores y dentro del templo, pero nadie la había visto. Un fuerte dolor en su corazón se presentó. Subió al techo como solía hacer, y se sentó. La soledad calmaba su mente.
Entonces, la vio. Esa mujer que aparecía todas las noches frente a las escaleras, que nunca sabía de dónde venía o hacia dónde se dirigía, estaba allí. De un gran salto, la luna iluminó su sombra hasta caer al suelo. Él se paró detrás de ella, quien no pareció oírlo caer. Ten Shin Han podía apreciar la dulce figura de esa joven. Su cabello rubio aterrizaba sobre sus hombros y se deslizaba por su espalda hasta llegar a su cintura.
Apoyó su mano derecha sobre el hombro de ella, y la joven dio un respingo, antes de voltear, alejarse y sacar un arma, todo en un parpadeo. Tien levantó las manos y se agachó
—Hey, cuidado, señorita, podría lastimarse
—¡No me diga qué hacer, a menos que quiera comer balas! Tarado, como me vuelvas a tocar, te juro que—
—¡Conozco esa voz!— exclamó, quitando las manos de su nuca e incorporándose.
De pronto, frente a los ojos de ella, el chico frente a ella tomó altura. Era un hombre fornido, y la luz de la luna hacía brillar sus ojos. Su rostro se notaba sorprendido. Ella bajó el arma por unos segundos. Ese hombre era como ninguno que ella hubiese visto.
—No lo creo. No quieras hacerte el listillo conmigo, no soy una cualquiera.—su voz titubeaba, y sus ojos bajaban y subían por su cuerpo musculoso.
—Lunch, reconozco tu timbre de voz dulce, ¿Qué te sucedió? Te gusta más el rubio, ¿O no?
Él le envío una mirada amiga, dulce y cálida. Ella le apuntó un poco, pero él no demostró terror. Bajó la ametralladora y volvió a sentarse, junto a ese hombre que hacía que sus piernas temblaran.
— Siento lo del arma. Parece que no me conoces. Cada que me ve intenta matarme, me buscan en cada pueblo de esta capital. Hay imágenes en las comisarías con mi rostro ofreciendo dinero por mi cabeza y por mi botín. Los jefes más poderosos me la tienen jurada. Incluso hasta el Rey Vegeta me busca. Jah!
Parecía toda una temeraria. Creía haber escuchado algo sobre una rubia en algunos pueblos, pero no le prestaba atención. Además, nadie sabía el nivel de locura que tenía el Rey con ella.
—Pues creo que yo sería tu enemigo —interrumpió el silencio — yo solía salvar pueblos, por lo poco que recuerdo. También tenía muchos enemigos.
—pero no como los míos. ¿Sabes quién es Bulma Briefs? Le robé su auto — y comenzó a reírse. Su risa le sacó una sonrisa al guerrero.
—¿Y yo? ¡Golpeé a la hija del rey de la montaña de fuego! ¡Y ni siquiera recuerdo por que!
Y compartieron risas toda la noche. El viento, las estrellas, y las charlas los movieron uno más cerca del otro. El cabello de ella rozaba la nariz de Tien, haciéndolo olvidar que siquiera le había preguntado a esa criminal su nombre. Algo en sus ojos le sonaba familiar. Ella abrió la boca un momento, cuando se descubrió sintiendo sus labios más húmedos y cálidos. Se inclinó hacia atrás, con una expresión de sorpresa exagerada en sus ojos. Ten Shin Han se había abalanzado a besarla. Deslizó su mano por la cintura para acercarla, sintiéndola tensa y nerviosa, pero no la soltó.
Ella sacó una navaja de entre su ropa y la apuntó contra el estómago del joven. Su mano titubeaba. Sus ojos buscaban desesperadamente los del otro. Sintió su espalda semi desnuda por el tope que solía usar apoyada contra el frío escalón. Ella cortó el beso para respirar.
Ninguno se movía. Sólo navegaban entre los ojos del otro. Sus cuerpos estaban enroscados en una agonía serena y lenta, que los iba consumiendo de a poco. Ella notó que no tenía su amada navaja entre sus finos dedos, solo para realizar que los labios del joven sostenían el arma con recelo, para escupirlo a un lado.
—¿Crees que no lo había notado?
Ella sólo calló. Las manos firmes del hombre comenzaron a recorrer el torso de la muchacha por fuera de la ropa, palpando cada parte de ella, buscando, de algún modo, la aprobación de su parte para lo que él le hacía.
Él abrió un cajón de su oscura habitación, llena de escrituras y números extraños que nadie sabía qué significaban. Era la cuenta más importante que Ten Shin Han había llevado: era cada persona que estaría dispuesta a matar a su mujer. Intentó lo que restó de su vida en deshacerse de esas personas que serían capaces de poner un dedo sobre la piel suave de la chica que había cambiado su mundo. Las paredes estaban ocupadas con fotos tachadas con rojo, la misma sangre de las personas que allí aparecían. El piso tenía suciedad y bolsas con los dedos de las víctimas.
Pero ella desconocía todo esto.
Sacó una pequeña navaja desafilada y con el mango gastado. Iluminó su rostro y se reflejó con ella. Las lágrimas golpearon la hoja del cuchillo cuando un golpe fuerte sonó en la puerta. Sus ojos rápidamente miraron la puerta, y con la navaja en su espalda caminó sigilosamente hasta la puerta. Tomó el pomo con su mano izquierda y preparó su mano derecha para arrancarle el cuello. Entonces, abrió la puerta.
Se levantó de un salto y estiró sus brazos. Pero no pudo levantarse de la cama, ya que algo lo retenía. Sacó la sábana y encontró a la rubia abrazada a sus piernas, como si intentara mantenerlo allí. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Él la corrió hacia las almohadas y la dejó descansar, no sin antes darle un cálido beso en la nariz.
Entonces, ella despertó. Un segundo después, un mínimo estornudo salió de su nariz. Los ojos de Ten Shin Han no podían creerlo.
Allí estaba su dulce Lunch, mirándolo con ojos inocentes y curiosos, tapando su torso con la sábana. Ella pestañeó varias veces, como si no recordara quién era o dónde estaba. Él no lo creía. Había sido cuestión de segundos y ¡paf! Ya era otra persona. No supo qué decir, más que:
— Sabía que tu voz me resultaba familiar.
De pronto, ella reaccionó. Sus ojos se abrieron grandes como la luna llena, y rápidamente salió de la cama, dejando las sábanas volando en el lugar. Ella tomó su ropa y se la puso lo más rápido que podía. Ten Shin Han notó eso y se enojó. No iba a dejar que esa niña se fuera de sus manos.
Saltó a sostenerla de las manos, pero ella se deslizó como la seda y corrió hacia otro lado. Él la corrió por toda la habitación, saltando sobre la cama cuando ella la pasaba, evitando que entrara a otra habitación o que escapara por la ventana. Con sus piernas rápidas, Lunch corrió hasta la puerta, en donde de la nada apareció Tien. Ella dio un pequeño grito y cayó de rodillas al piso, tapando su rostro con sus finos y largos dedos.
—Lunch, ¿Por qué corr…?—
—¡No es la primera vez que esto me ocurre!— gritó, sintiendo su voz quebrada completamente. El corazón de Tien se estrujó.
—¿Cómo?
—No es la primera vez que despierto con alguien a quien Lunch conoció en mi ausencia.
— Sabía que esa eras tú. Yo sabía que esa muchacha de ojos saltones eras tú. Pero no entiendo, ¿Qué rayos acaba de suceder?
Ella se sentó en la cama, limpiando sus lágrimas saladas de sus ojos hinchados.
—Desde que era niña, nunca recuerdo lo que sucede luego de estornudar. Y, de pronto, aparezco en lugares extraños, con dinero robado y armas cargadas y usadas. Es como si llevara dos vidas, siempre me dije. Siempre escucho que la gente, mirándome como si fuera un insecto caído de los cielos, se pregunta dónde está la rubia. Cuando la gente reconoce mi cara, intenta matarme. La gente hace cosas terribles cuando encuentra lo que busca.
Se quedó callada, mirando el suelo, temblando. Él no sabía si abrazarla o dejarla sola. Se sentía un monstruo. Pedirle disculpas sería en vano, el daño ya estaba hecho.
—Escucha, Lunch, yo no dudé ni dos veces que esa rubia eras tú. Hablabas tan familiar, que sólo creí que todo estaba bien, que tú aprobabas todo lo que yo hacía.
—Tien, esto no es por lo tuyo, solamente. La gente me busca, y yo vuelvo en mí en lugares asquerosos, oscuros, donde ni siquiera puedo imaginar lo que me pudo haber ocurrido.
Y era cierto. Cada brisa que pasaba bajo su nariz la infundía en un huracán de terror y desesperación, solo para esperar abrir los ojos y encontrarse con cosas que nadie podría soportar.
Él sabía lo que era eso, quizá no lo que significaba no saber lo que pasaba cada vez que cerraba sus ojos, pero sí sabía lo que era despertar todas las mañanas en lugares asquerosos, rezando porque ese sarpullido en su codo fuera eso: sólo un sarpullido. Se acercó a ella y la rodeó con sus cálidos brazos, hasta que ella dejó de llorar. Tien ya había hecho mucho daño sin planearlo, la culpa lo mataba. Tomó su rostro con ambas manos y besó esos labios dulces y rosados. Ella se estremeció, pero respondió al beso con amor y pasión, como si ya lo hubiese hecho (cosa que realmente había).
—No quisiera generar más molestias aquí. Gracias por la hospitalidad, y agradécele a tu padre. Me gustaría volverte a ver.
Ajustó su cinto de tela y marchó por la ventana, saltando hasta el frente de la casona. Sin mirar atrás, caminó, ante la atenta mirada de Lunch, quién lo seguía hasta perderse en el frondoso bosque. Ella sonrió y salió de la habitación con un profundo dolor en el estómago. Otra vez, había perdido a un hombre.
—Quisiéramos hablar con usted sobre la muchacha del primer piso — dijo Yamcha, el encargado, con los ojos algo brillantes y junto a su pequeño gato, sobre brazos, y con el otro joven de unos pisos más arriba, de nombre Goku. Escondió la navaja en su cinto y salió junto a ellos.
Bajaron la escalera, donde aún permanecían en la oscuridad los jóvenes ocupantes del apartamento. Sentada en la escalera, con el cabello de su sedoso flequillo entre sus dedos, estaba Chichi; Contra la pared, se encontraba cruzado de brazos el joven Vegeta, pensando hacia sus adentros cosas que nadie debería saber; hablando por teléfono con la empresa de luz, estaba una nerviosa Bulma, que buscaba la forma de culpar a la empresa por esa desagradable muerte.
—Iré a ver la térmica de la luz, a ver si todo anda bien —contestó Yamcha a una pregunta que nadie le había hecho, y siguió su camino por las escaleras de servicio. —La policía llegará en poco tiempo.
Goku se sacudió el cabello, asomándose por la ventana que daba la única luz posible. Pensaba, reflexionaba acerca de toda la relación entre lo sucedido. Había sido algo que lo había tomado por sorpresa, no sólo a él.
—Oh, dios santo.— exclamó el moreno, dejando caer su mano de su cabeza torpemente, mientras miraba un punto fijo.
—¿Qué? ¿Acaso nunca viste la luna antes?—le respondió el rockero malhumorado, quien se acercó a Goku con cierta curiosidad escondida.
—Miren.
Los tres restantes se acercaron y miraron hacia donde la mano de Goku apuntaba, como si hubiera visto un fantasma.
—Alguien...— comenzó Chichi.
—... alguien nos vigila.— terminó Bulma. Y de hecho, allí, en uno de las ventanas del edificio del frente se asomaban unos binoculares apuntando directamente hacia la ventana.
