NdA: aquí vamos ´u` Por cierto, para los que no hayáis visto o leído La Niebla de Stephen King -yo vi la peli durante un Halloween muy loco-, solo tenéis que saber dos cosas; 1) el protagonista mata a todos sus seres queridos al final para que no mueran a mano de los monstruos y justo entonces, los monstruos desaparecen y 2) a Isayama le gustaría que SnK acabara por el estilo, textualmente, así que olvidemos lo que acabo de decir y disfrutemos del domingo :D

Ah, y sois geniales. Gracias por acompañarme en esta aventura ´u`


Hijo(s) de hombre

La Avenida Principal del Distrito Karanese es un hervidero a esas horas de la tarde.

Los niños salen de la escuela, la gente concluye su jornada laboral y aprovecha para hacer unas compras antes de volver a casa. La camarilla de soldados medios dirigidos por Eren Yeager se mantiene unida para no dispersarse con la muchedumbre que va y viene. Se encaminan al Tribunal Militar local. Por lo visto una cadete le ha calentado la cara a su superior a base de bien, lo cual se habría quedado en un parte disciplinario si en la revisión médica posterior no le hubieran encontrado a la chica unas marcas escalofriantes en el cuello y la espalda. El veredicto de la evaluación psicológica había sido "depresión ansiosa, estrés crónico, claustrofobia e insomnio regular. Causa: agresión sexual continuada".

La muchacha no se había atrevido a denunciarlo hasta que la Teniente General Ackerman le puso la mano en el hombro y le prometió que no volverían a ponerle un dedo encima nunca más.

Junto a su denuncia se habían acumulado otras nueve. Tres de chicos y seis de chicas. El más joven tenía doce años.

Armin había tenido que apelar a los Derechos Fundamentales, al Pacto Contra la Tortura del 768, al Protocolo de las Garantías del Detenido, a la derogación de los castigos militares en casos excepcionales y a toda su paciencia para que Eren y Jean no escupieran sobre la presunción de inocencia del acusado y este fuese hallado destripado en una cuneta dos días después.

Jean había suplicado que "por una vez en tu vida, Armin" le dejase hacer justicia con "esos monstruos asquerosos y enfermos", lo cual había derivado en aquella ocasión en la que tuvieron que disfrazarse de Historia y Eren. Armin todavía no levantaba metro y sesenta y poco del suelo y había llorado de la humillación, como si se le derramara el mar por los ojos, y Jean había creído que se asfixiaría del odio y la repulsa. Había dicho "yo me encargo", con la mirada turbia y como vacío por dentro, y lo último que había visto Armin había sido a su agresor atado, porque lo único que quería era salir rápido de allí y frotarse los brazos con una esponja hasta volver a sentirse limpio y a salvo de nuevo.

Al día siguiente, en el Diario de Karanese había un artículo sobre un hombre de mediana edad al que habían encontrado con traumatismos en las costillas, la mandíbula y los brazos en un almacén de trigo. En estado crítico. Armin reconoció su cara en la ilustración a carboncillo y nunca le dio las gracias a Jean. Seguramente aquel tipo no lo denunció porque entonces tendría que haber explicado por qué se había visto involucrado con menores de edad.

O por miedo a Jean.

Armin y él se habían pasado una semana gritándose a voz en cuello cosas sobre el instinto y cómo las personas debían tener la capacidad de sobreponerse a él. Jean se defendió alegando que no todos los instintos eran malos, que Armin era un cabrón por compararlo con ese lunático y que había hecho lo que tenía que hacer. Armin no había cedido, convencido como estaba de que aniquilar a un ser humano era siempre una elección y no una solución.

Dos semanas después aquella mujer había apuntado a Jean con un rifle que apestaba a pólvora y a sangre y Armin se había manchado las manos para protegerlo.

Desde lo de aquel tío, Jean había adquirido una sensibilidad especial para con según qué temas, y lo primero que había pensado Armin cuando lo habían nombrado Comandante era lo difícil que iba a ser mantenerlo a raya para que no despellejase vivo a nadie. O quizá eso fue lo cuarto. Lo primero había sido "siempre he estado orgulloso de ti, estás radiante, me alegro tanto, te mereces todo lo que tienes", lo segundo "gracias por quedarte a mi lado" y lo tercero "ojalá la ceremonia no se alargue mucho, porque como sigas estrechando manos con esa entereza y ese gesto grave, como me vuelvas a guiñar el ojo desde la otra punta del pabellón y me sonrías con el filo de los dientes, el mechón más largo del fleco cayendo a un lado de la nariz, malcriado e incorregible, te prometo que no respondo, Jean".

Eren recuerda cómo se enteró de que esos dos canallas estaban juntos y revueltos. Era de noche y no tenía ni pajolera idea de cómo despejar la incógnita de aquel problema -sobre un titán de catorce metros, un árbol de veinte y un humano; varón, de setenta y cinco kilos, a punto de saltar desde lo alto del primero- que debían entregar al día siguiente. Decidió buscar a Armin después de preguntarse por décima vez de qué iban a servirles, exactamente, esas jerigonzas para machacar a los titanes. Iba a paso rápido por la galería de uno de los barracones. Llovía como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos grises y gélidos, recortados como el algodón contra el cielo color índigo.

Había distinguido una silueta espigada correteando por el patio con algo en las manos. "En las zarpas", se había corregido Eren en cuanto había reconocido el perfil de Jean. Eren había sopesado preguntarle si había visto a Armin, pero Jean había berreado "esto te pasa por ponerte chulito con mi velocidad lectora, Arlert. ¿No decías que Tarzán era una lectura rápida? Pues ya te puedes poner las pilas, porque va a ser tan rápida que no la vas a recuperar hasta que amanezca".

Y se había reído ladrando, lamiendo la lluvia como un mil leches.

Eren se había encendido como un fósforo cuando había distinguido la forma del libro en las garras de ese zopenco, porque a pesar de que hacía casi un año que Jean y él eran amigos, Armin era su hermano y Jean estaba portándose como un idiota con él. Iba a dar un paso al frente cuando Armin había salido escopeteado por el mismo pasaje por el que había aparecido Jean, renqueando y farfullando "Kirschtein, que está hecho de papel, que está diluviando, que me lo des, que no seas crío" y lo había perseguido en círculos hasta que Jean se había dado la vuelta de pronto, solo para levantar a Armin por los aires.

Y entonces Eren pensó que se le saldrían los ojos de las cuencas, porque lo que pasó a continuación fue, ATENTOS, Armin Arlert, su Armin, tan listo él y tan prudente, tan de hacer cosas lógicas y agitar las compotas antes de abrirlas y doblar las mantas con precisión clínica, Armin le había plantado un morreo de los que marcan época a Jean Kirschtein, que llevaba demasiados meses sin ponerse de los nervios cuando Mikasa le dirigía la palabra.

El apático, bueno improvisando, sarcástico hasta la médula, el IMBÉCIL de Jean.

PERO QUÉ. Qué. Cuándo. Por qué. Qué cojones pasa. A Eren se le habían ocurrido tantas preguntas simultáneamente que creyó que le explotaría el cerebro, lo cual habría estado bien, porque Jean y Armin no paraban de enredarse como culebras y susurrarse cosas con las que Eren todavía tiene pesadillas, y nada tenía puto sentido en absoluto y el mundo se iba a la mierda sin remisión, porque Armin no era de esas personas que uno imaginaba besuqueando a otras, como si de verdad no le molestara que Jean le sostuviera contra él agarrándolo del culo.

–¿Y el Comandante Kirschtein? –inquiere Morris El Pecoso. No es que Eren lo llame así en público, pero siempre ha sido un entusiasta de los motes y total, así suple unos apellidos que se le suelen olvidar–. ¿No se supone que para el juicio tienen que estar el máximo rango del ejército y los Jefes de las Divisiones Especiales?

–Ya aparecerá.

Salvo que. Durante ese último año Armin había pasado mucho más tiempo con Jean que con él, por toda aquella movida de los Reiss, y después de echarles la bronca a los dos por crearle un trauma nuevo para su colección, después de eso, Mikasa había hablado con él y le había espetado "no van a dejar de ser tus amigos por salir juntos, Eren", Eren había balbuceado algo que sonaba a "traición" y "amotinamiento" y Mikasa le había preguntado que si no se alegraba de que Armin hubiese encontrado a alguien que lo cuidase. "¿Qué? ¿Se cuidan? ¿Ellos? Yo solo los he visto comerse la boca".

"Son más fuertes juntos", había aseverado Mikasa.

Eren los había observado durante dos semanas enteras, como si fueran iguanas en un terrario.

Y lo había visto.

Cómo se pasaban la sal, cómo Jean estaba siempre fuera de la habitación de Armin, esperándolo antes que él para desayunar, cómo Armin le retiraba las ramitas del pelo a Jean después de practicar con el equipo de maniobras en el bosque, cómo Jean le daba un pisotón a Armin para que abriese la boca y se tragara media naranja con la que Jean aseguraba no poder mientras le rugía el estómago. Cómo planeaban una emboscada casi sin mirarse. Cómo Jean lo entrenaba personalmente. Cómo Armin le leía, y cómo Jean lo escuchaba, casi quemando de la admiración. Cómo se cubrían las espaldas en las misiones. Y de repente, no le pareció tan sorprendente que Armin se hubiera puesto delante de Jean con una cuchilla para salvarlo de aquel titán, ni que lo hubiese empujado para evitar que lo aplastase una roca, o que no se quejara nunca siempre que Jean le revolvía la melena corta.

–¿Qué es eso? –pregunta Diana Paletas Separadas, señalando un punto por encima de sus cabezas-. ¿No se supone que está prohibido usar el equipo en áreas urbanas salvo en caso de emergencia?

Eren sigue la dirección que marca su dedo, y la escena le es tan familiar que casi le parece tener quince años otra vez.

El primero en doblar el recodo es Jean. Los vendedores de los puestos de verdura y fruta se hacen visera para verlo. "Mira cielo, es el Comandante". "El Comandante Kirschtein". La gente le aplaude mientras Jean sobrevuela la calle con destreza y cierta fanfarronería, los garfios del equipo de maniobras clavándose en los recovecos de los ladrillos como una extensión natural de su cuerpo.

–¡Me estoy quedando dormido, Arlert! Pensaba que íbamos a echar una carrera, no a dar un paseo.

Armin aparece apenas dos segundos después, naturalmente. Coge carrerilla desde una azotea cercana y se lanza como una flecha detrás de Jean. El pelo rubio flota como una nube cuando ejecuta una voltereta, sin rastros de la fatiga de antaño. Eren se pregunta cómo se habrá dejado liar por Jean.

–Esto es el calentamiento, Kirschtein. Todavía quedan quinientos metros hasta el Tribunal Militar, así que no te hagas muchas ilusiones. ¡Hola, Eren! –Lo saluda, risueño–. ¡Os esperamos en el Tribunal Militar!

–¡Patéale el culo a ese capullo! -lo anima Eren, levantando el puño.

Jean le saca la lengua. Proyectan sombras gigantescas sobre el asfalto.

–¡Tú a callar, que te suspendo de empleo y sueldo un mes! –y desaparece por la esquina de una callejuela, seguramente en pos de un atajo.

Armin opta por seguir el curso de la avenida, raudo como una ráfaga de viento tropical.

A Eren le gustaría participar, pero sospecha que se trata de uno de esos piques cursis que terminan con él sujetando velas, y de todas formas tiene una responsabilidad con la que cumplir. Otra vez será.

Sus amigos se sonríen antes de perderse de vista, y hay un millar de cosas que no se dicen pero que Eren comprende solo con mirarlos, y solo espera que no cambien nunca. Exudan ganas de vivir, y se los ve tan jóvenes, tan insuperables y felices a rabiar que no debería ser de otra forma.

Los soldados que acompañan a Eren están boquiabiertos. Él los insta a retomar la marcha, correspondiendo los saludos de los mercaderes. Se detienen para dejar pasar un carruaje. Un padre ayuda a subir a sus dos niños.

Eren suspira, esbozando una sonrisa diminuta.

Críos.

Ahora entiende mejor al Capitán Levi. Ahora entiende muchas cosas.

Se encuentran con Hannes de frente. El hombre -con el pelo ralo cada vez más teñido de plata- guía a un grupo de recién graduados que se ha unido a las Tropas Estacionarias. Eren lo abraza propinándole tres palmaditas en la espalda baja. Charlan brevemente, despidiéndose con la promesa de una cerveza al acabar la jornada.

–Nunca pensé que llegaría el día en que te vería beber cerveza -le sonríe Hannes con afecto.

–Cerveza con limón –recalca Eren.

Hannes no puede contener la risa llena de años y de júbilo.

–Sigues siendo un niño.


Derecha. Arriba. Abajo. Izquierda. Otra vez izquierda. Armin perdió la batalla desde que se separaron ahí atrás. Jean lo sabe. Se conoce la ciudad como la palma de su mano y Armin va a morder tan fuerte el polvo que Jean se va a poner celoso de él.

Esquiva un cordel con bragas y fajas tendidas. Piensa en la pose que va a adoptar para recibir a Armin, en alguna frase memorable como "¿cómo estaba el tiempo por ahí atrás?" o "¿vienes en son de paz, viajero de la prehistoria? Porque fue en esa época cuando empezamos esta carrera", o si sería mejor picarle con el clásico "¿qué pasa, Arlert? ¿Es que te pesa el culo?" porque el culo de Armin es uno de sus temas de conversación favoritos, y suele desembocar en una de sus actividades favoritas.

Está ante la sede del Tribunal Militar. Es uno de los edificios más altos del núcleo urbano. El sol se está poniendo, rehogándose en matices rojos y púrpuras como un caramelo colosal. Se impulsa hacia arriba, apuntalando a los cielos con las rodillas, calculando la posición correcta de la columna para aterrizar limpiamente.

–Hombre Jean, ¿tú por aquí? Ya creía que te habías perdido.

Armin lo espera sentado en el alféizar de la azotea. Piernas cruzadas, hombros distendidos, sonrisita triunfal y tocapelotas marca Arlert. Ni un solo pelo rubio fuera de su sitio. Qué me estás contando.

–¿Cómo cojones has hecho eso?

–¿Te refieres a los rollitos de col y zanahoria del almuerzo o a mi victoria aplastante? –se coloca el cuello de la camisa, abre la boca y arquea las cejas–. Quién sabe, Jeannie... a lo mejor estás perdiendo práctica.

Será tío repelente. Mi victirii iplistinti.

La sonrisa de Armin es tan tenue que parece difuminada sobre un lienzo. Jean quiere morderla hasta convertirla en un borrón blanco y rojo, doblarlo en dos y clavarle los dedos en la espalda, en la barbilla. Los ojos de acuarela lo retan en silencio. Como si de verdad tuvieran dudas sobre lo que Jean acaba de preguntarles. Porque esa es la especialidad de Armin: saber cosas que el resto de mortales ignora y reducirlos a un amasijo de nervios antes de soltar la lengua, dejar que se desesperen por él. Al muy cabrón le encanta. Es el típico que te observa con toda la parsimonia mientras las pasas canutas montando una estantería y justo cuando has encajado la última repisa y estás sudando fatiga saca un tornillo de la nada y dice "oye, te ha faltado esto, ¿no? Y además creo que ese tablón va al revés".

Se muerde el labio sin dejar de sonreírle, y Jean termina de perder el norte con un simple gesto. Armin baja la mirada, arrastrándola hasta las puntas de sus zapatos polvorientos, y Jean se siente desnudo porque hay metros infames entre ellos pero Armin lo acaricia sin tocarle, y cuando vuelve a subir la cara se le ha oscurecido el azul de los ojos y Jean no puede más.

–Yo sí que te voy a aplastar.

Y se abalanza sobre él. Devora la distancia que los separa como el fuego consume el oxígeno. Lo acorrala contra el muro, le derrite los labios de tanto comérselos y le saca los faldones de la camisa del pantalón reglamentario. Le separa las piernas con la rodilla, "te crees muy bueno, ¿verdad? A quién vas a engañar, Arlert. Te has hecho profesor y crees que puedes tratarme como a uno de tus chicos, ¿no? Fingiendo que hablas de una cosa cuando en realidad estás hablando de otra, y que voy a mirarte con ojos enormes y pensar que eres listo y encantador, y que ojalá me besaras sobre tu escritorio y me susurrases shhhh, buen chico mientras me bajas la cabeza hasta tu polla con delicadeza, como si tuvieras reservas, cuando en realidad solo quieres que te pida que hagas lo que quieras conmigo".

Jean le habla dentro de la boca, lento y obsceno, y Armin cree que se sale de su cuerpo varias veces solo para volver a entrar más pesado, con los dedos de los pies hormigueando. Ya no están sobrevolando la ciudad, pero nota el vértigo con cada beso y es como si jamás hubiesen dejado de correr, porque meterse mano con Jean siempre es así, un juego de pies, un baile frenético de salón, un torbellino del que no puedes escapar, y que obliga a Armin a levitar y caer sobre sus rodillas segundo a segundo.

Trata de resistirse al cataclismo que es Jean con el flequillo pegado a la frente, las cejas fruncidas y la yugular palpitando de ganas. Y no puede, y tampoco es que quiera, y Jean no para de embestir sobre el pantalón y de besarle con lengua tras el oído "mira que eres niñato. Que he perdido práctica. Todo lo has aprendido conmigo, Arlert, sinvergüenza de los cojones".

Podrían verlos. En cualquier momento. El Comandante y el Jefe de la División de Arqueros, hechos un ocho a metros de magistrados y jueces que sentirían la tentación de ponerles cadena perpetua, porque se tocan casi a golpes, y los besos de Jean no deberían ser legales.

Y Jean realmente solo quiere dejarlo cachondo perdido y un poco jodido, porque tienen un juicio al que asistir, lo único que pretende es Armin que cierre el pico pero el asunto se le complica cuando Armin gruñe "conque esas tenemos" y le hunde sus dedos de pianista en el antebrazo y en la cintura, besando sin parar, lleno de saliva. Armin lo hace trastabillar hasta que es Jean quien se apoya en la pared, y todo se funde bajo su lengua, porque la piedra arde contra sus omóplatos después de acumular rayos de sol durante todo el día, Armin arde contra sus caderas y Jean las siente crujir contra las suyas. ArminArminArmin aquí no, no seas cabrón degenerado.

–Tiene narices que seas quien me llame sinvergüenza, Kirschtein –le raspa con su ridícula perilla. Jean siempre sugiere lo mucho que se parece a una cabra con ella, (y lo triste que es que Armin se la deja solo porque es el único área de su cara en la que crece vello) pero le vuelve loco y el muy hijo de la gran puta lo sabe. Lo sabe y nunca le recuerda a Jean lo penoso que fue cuando él hizo lo mismo hace años, antes de que le saliera la barba y se inflara como un pavo, a pesar de que luego se afeitó hasta convertir la barba en una sombra encantadora que ha mantenido desde entonces. Armin nunca le dice "Jean, tú también tuviste perilla, no seas hipócrita". En lugar de eso apoya la barbilla en su clavícula, le mete la mano en el pantalón y se ríe despacio cuando lo nota caliente y rígido, vibrando como la tierra por dentro, y le arrastra la perilla por el tendón del cuello, susurrando ya no soy un crío Jean, ahora mando yo, sé un buen chico, vamos, y Jean se maldice porque Armin siempre ha aprendido demasiado rápido, demasiado perfecto y doloroso, quiero correrme ya, pesado, y ni siquiera le da tiempo de echar la cabeza hacia atrás cuando le mancha los dedos a Armin. Cae de rodillas como postrándose ante una deidad y le abre la cremallera con los dientes, besando y lamiendo bajo su ombligo antes de metérselo en la boca.

Ah. La adrenalina le colapsa las venas, las revienta como si fueran tuberías.

JeanJean vamos Jean y Jean se venga por esa carrera saboteada, por todas sus provocaciones, y se la chupa tan lento que nota cómo a Armin se le va la vida por la boca, cómo se le crispan las manos que acarician los libros como si los venerara, cómo le clava los nudillos en los hombros para no tirarle del pelo, porque Armin es capaz de contenerse aunque casi se le vaya el alma por la nariz congestionada de aguantarse tanto las ganas, y Jean le coge la mano con la que no le está masturbando y se la pone en la cabeza, lo mira desde abajo, entornando los ojos hasta que Armin suspira DiosJeanJean y un segundo después Jean le coge la cara y le abre la boca con la lengua, y todo se reduce a sal y saliva espesa y a "por qué eres tan bueno, Arlert".

Y así es como Jean lo felicita por haberle ganado. Así es como reconoce que el aprendiz supera al maestro alguna vez, besando y mojándole las comisuras de los labios, haciéndole cosquillas en las mejillas con las pestañas, apretándolo contra su cuerpo, "volando es como único te vas a escapar de mí, granuja. Y porque te dejo".

Armin se ríe con suficiencia, cansado, "solo me escapo para dejarme atrapar, Jean, parece mentira que no lo sepas".


Bueeeeeno. Pues eso. Habréis notado que a pesar de no seguir el canon en cuanto a muertes de personajes, me gustan demasiado ciertos momentos épicos del manga protagonizados por Jean y por Armin, así que digamos que en nuestra historia tuvieron lugar sin que nadie estirara la pata en el proceso, para simplificar.

Wordswithglitter: MI AMOOOOOOOL :´D qué alegría verte por aquí después de tantísimo tiempo, no dudes que esta semana me conectaré para marearte un poco. Muchísimas gracias por darle una oportunidad a esta historia y por no olvidar GdG, de verdad que he dado vueltas por el suelo como buen rollito de canela hijo de vecino cuando he visto que eras tú. NO VEAS EL MANGA. No hay nada que ver, honestly. Los que lo seguimos lo hacemos por drogadicción pura y dura: sabemos que nos está arruinando la vida pero seguimos chutándonos directamente en la vena. Nos vemos en Facebook dentro de muy poquito, I promise C: Un besote enorme y en serio, gracias por ser genial.