Sí, ya me he dado cuenta de que hoy no es domingo, jeje. Pero es que el domingo me voy de fiesta y no podré publicarlo, así que antes de haceros esperar por él, prefiero adelantarme con la actualización. ^^ Cada vez que leo vuestros reviews se me enciende la cara como si fuese una bombilla y una sonrisa enorme aparece en ella. Todo gracias a vosotros. Muchas gracias de verdad. Me alegra un montón que os haya gustado el capítulo anterior y que la historia os esté llamando. Está consiguiendo robarse mi corazoncito poco a poco, hasta el punto de empezar a introducir extras (nuevos personajes) como yo los llamo. Quizás unos se ganen el cariño de la gente, y otros su odio. Ya me iréis contando que os parecen. :) Este fin de semana, no habrá nueva poll. Intentaré poner otra el domingo que viene. Podéis seguir votando en esta todos los que tengáis cuenta de fanfiction y no hayáis votado ya. Animaos. ^^


Disclaimer: Glee no me pertenece de lo contrario, Quinn saldría en todos los capítulos de la nueva temporada.


Capítulo 4: La Ratita Presumida

Su madre la ayudó a recorrer el pasillo que llevaba al baño y a desvestirse lentamente. Entrando luego en la ducha con sumo cuidado y abriéndola, dejando que las gotas de agua caliente recorriesen su piel, calmándola por fin. Curándola y reconstituyéndola.

Sí, necesitaba una ducha más que nada. Y también necesitaba mantenerse alejada de él.

—Mamá... —La llamó, al cerrar el grifo del agua caliente.

—¿Sí?

—¿De dónde sacaste estos albañiles? —Preguntó, enredando ya su toalla alrededor de su cuerpo y saliendo con cuidado de la ducha con la ayuda de su madre.

—¿Por qué lo dices?

—¿Son de fiar? —Volvió a preguntar, nerviosa. Esperando que sus temblores no la traicionasen.

—Lo son, cariño. Sam es el hijo de los Evans.

—¿Los Evans? —No pudo evitar que sus ojos se abriesen como platos ante la revelación de su madre.

—Sí. La familia que vive al lado de la abuela. Sam fue el que cambió su bañera por una ducha el año pasado.

Oh, no.

¿El mismo Sam Evans al que le había dado plantón meses atrás para quedar con Calvin?

Su abuela les había organizado una cita a ciegas, pero ella no había acudido. Disculpándose con ella al día siguiente, la anciana le había propuesto que quedasen una segunda vez, pero Mercedes lo había rechazado de nuevo, escudándose en que no tenía el suficiente tiempo para salir con nadie.

¡Era Sam Evans! Y ella había estado a punto de salir con él.

Su abuela no dejaba de hablarle de él cada vez que la visitaba. A sus ojos, el chico era un joven especial, fantástico, amable, delicado y como si no fuera de por sí ya evidente, el chico que todas las abuelas querrían para sus nietas.

¡Genial! Ahora no solo su madre lo adoraba, sino también su abuela... ¿Qué veían en él?

Si era un insolente, un estúpido y un arrogante. ¡Se creía el ombligo del mundo! Y estaba tan equivocado...

—¿Qué ocurre, cariño? —Su madre no dejaba de mirarla, preocupada. Probablemente consciente de que su hija estaba perdiendo la razón.

—Nada mamá —respondió, mientras continuaba vistiéndose, como si realmente no hubiese ocurrido nada.

¡Pero sí había sucedido!

Hasta el momento, ella no había tenido idea de quién era él, pero Sam lo había sabido todo el tiempo.

¡Desde el principio! La casa de su abuela estaba llena de fotos de ella. Y él había tenido que verlas claramente en cada una de las visitas que le hacía.

Entonces... ¡Su primer encuentro en el supermercado! Él la había reconocido. Por Dios Santo, ¡sabía quién era ella y no se lo había dicho!

Mercedes se quedó inmóvil durante unos segundos, comprendiendo todo aquello. ¿Y si lo que él pretendía era vengarse de ella por haberle dado plantón? ¿Y si por eso mismo se reía de ella? ¡Qué rencoroso! ¡Ella no tenía que salir con nadie con quién no quisiese!

Aunque más le hubiese valido acudir a aquella cita, de haberlo hecho quizás ahora no estaría esperando el bebé de Calvin.

—Las cosas de la vida... —Dijo en voz alta, haciendo que su madre la mirase como si fuese un bicho raro.

—¿Quieres que te acompañe a tu habitación? —Le preguntó, preocupada.

—No. Gracias, mamá. Voy a quedarme un rato aquí.

—Está bien, pero ten cuidado —Susurró, dándole un beso y saliendo del baño para dejarla sola.

Sam Evans.

Samuel Evans, el digno aspirante a ser su novio según su abuela. El caballero de encanto sureño según su madre y el estúpido idiota del supermercado según ella misma. ¿Cómo una sola persona podía generar reacciones tan distintas?

¡La había besado tres veces! Había permitido que él la besase hasta tres veces sin detenerle. ¿Qué le estaba pasando?

Era obvio que el "no te acerques a ella" que le había dicho y casi gritado a Jimmy, implicaba un "solo yo puedo reírme de ella". Pero estaba muy equivocado si creía que se dejaría pisotear tan fácilmente. Ni por uno ni por el otro. No se dejaría. No volvería a cometer errores como el de Calvin. Ese había sido el último y una hermosa criatura nacería a causa de ello.

Durante un segundo, se imaginó qué habría sucedido de no haber quedado con Calvin esa noche. Habría cenado con Sam y quizás ahora el bebé que crecía en sus entrañas no existiría.

¡Qué distintas habrían sido las cosas!

Pero el destino no había querido que aquello sucediese. Había decidido poner en su vida al cobarde de Calvin para dejarla sola con un bebé y huir sin mirar atrás. Y ahora, le había puesto al arrogante de Sam Evans delante de sus narices. ¿Para qué? ¡Estúpido destino que no dejaba de fastidiar su vida!

Mirándose en el espejo largo rato, todavía no podía creer que él supiese quién era ella.

¿A qué jugaba y por qué no le había dicho nada? ¡Solo había sido un plantón! ¡Un jodido plantón! No había ido a su cita, no lo había hecho. ¿Y qué pasaba con eso? ¿Tanto le había dolido que ahora quería hacerle la vida imposible? ¿O lo que pretendía era enamorarla y luego plantarla como había hecho Calvin? Dios Santo, ¡no! una vez podría soportarlo, ¡dos no!

¿Dos? ¿Acaso contemplaba enamorarse de Sam Evans?

Ni en la peor de mis pesadillas.

Eso no sucedería. ¿Cómo podría enamorarse de alguien que disfrutaba haciéndole la vida imposible? ¿Era masoquista acaso? ¡Enamorarse de Sam Evans! ¡Ni de broma!

Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos, mirándose por última vez en el espejo.

—¡Ya salgo! —Chilló, echando en el cubo de la colada su pijama y su ropa interior. Y salió del baño, encontrándose de frente con él.

Mercedes dudó durante un instante, soltarle un "¿como huelo ahora?" pero lo descartó de inmediato. Ambos sabían cuál sería la respuesta de él y no tenía ganas de oírle. Permitiéndole que entrase en el baño, ella se dirigió hacia el final del pasillo, directa a su habitación. Pero no llegó a entrar, el idiota de Jimmy la detuvo, imposibilitándole seguir su camino y la miró de arriba abajo.

—He estado pensando... —Empezó a decir.

¿Tú piensas? ¡Nunca lo habría jurado!

Mercedes trató de no reírse enfrente de él, recordándose que esa misma mañana él la había llamado horrible.

—Que tú, Mercedes... y yo, Jim —continuó, señalándolos a ambos con su dedo índice—, podemos ir a cenar esta noche.

Apoyándose en el marco de la puerta, se inclinó deliberadamente sobre ella, pegándose más de lo permitido.

—¿Qué me dices? —Preguntó, arqueando una ceja, convencido de haber desplegado todos sus encantos.

—Oh... la verdad es que...

Dile que ni de broma saldrías con él, Mercedes. Ni aunque te pagase. No con un gilipollas que solo quiere probar el sexo con una embarazada. Dile que tienes buen gusto, que no te dejas engañar. Dile que... ¡que eres una tonta y te estás dejando engañar por su jefe!

Su jefe... Él ya había salido del baño y se dirigía hacia ellos.

Como un resorte, el idiota de Jimmy se había separado de ella rápidamente, tratando de disimular lo que estaba haciendo. ¿Le tenía miedo? ¿A Sam? A juzgar por el lenguaje corporal, el chico estaba aterrorizado.

—La verdad es que... agradezco tu invitación, pero... ya tengo planes —le respondió ella finalmente, a la vez que Sam llegaba donde ellos y pasaba de largo sin detenerse—. Quizás otro día.

Mercedes le sonrió, esperando que el chico volviese su vista hacia ella.

—Oh, claro... —Tartamudeó él—. Sí, otro día.

—¡Jim! —Le oyeron gritar desde el interior del baño.

—Tengo que trabajar —susurró el muchacho, encogiéndose de hombros.

Parecía un crío. ¿Cuántos años tendría? ¿Diecinueve, veinte? ¿Cuántos tendría Sam? Probablemente fuese de su misma edad o un poco mayor. ¿Llegaría a los veintiocho?

Mercedes siguió su camino directa a su habitación, intentando no echar un vistazo rápido al baño donde había entrado Jimmy, pero no pudiendo evitarlo. Haciéndolo justo en el momento en el que el muchacho le pasaba una de las herramientas a Sam y éste casi se la arrancaba de las manos.

¿Qué era lo que le pasaba? ¿Estaba celoso del chico? ¿O furioso de que él lo desafiase y se acercase a ella a pesar de lo que Sam le había dicho? Si así lo era, obviamente se refería al hecho de robarle la diversión, pues Mercedes dudaba de que en realidad lo hiciese para protegerla.

No lo olvides, Mercy. Es Sam Evans, le diste plantón y está jugando contigo. No se lo permitas.

Ni a él, ni a Jimmy se lo permitiría. Debería habérselo dejado claro ya al chico, pero saber que Sam estaría escuchándole le había hecho cambiar de opinión. ¿O es que era ella la que quería ponerle celoso?

Oh, Mercedes. ¿Por qué? Si es un estúpido.

Lo era. Un estúpido, un insolente, un arrogante y el hombre que no podía sacar de su cabeza desde hacía dos días. ¡Dos! ¡Estaba loca! No podía haberse encaprichado de un hombre en dos días y menos de alguien como él. ¿En qué estaba pensando?

Oh, Señor. Bórramelo de la cabeza.

Le había dicho que estaba horrible y que olía fatal. La había llamado Bestia y aún así ella suspiraba por él. ¡Dichosas hormonas que la hacían enloquecer! No hacían más que decirle "Acuéstate con el chico malo, Mercedes" y ella las escuchaba, hipnotizada, siéndole imposible resistirse a sus encantos. Hasta que él mismo la volvía a la realidad con otra ofensa.

¿Si quería burlarse de ella a causa de su plantón porqué le soltaba esas cosas? ¿Y si era así? Un niño rebelde. Un chico insolente que no podía quedarse callado.

—¿Lo estoy defendiendo? ¿Qué será lo siguiente?

Cerró la puerta de su habitación y se dispuso a arreglarla, asustada por sus propios pensamientos. Su teléfono móvil escogió precisamente ese momento para sonar, a punto de causarle un infarto del susto.

Dando gracias, después, de que al menos tuviese algo que la distrajese durante unos minutos.

—Mercedes —dijo, sin mirar la pantalla del teléfono.

—¡Hey! ¡Desaparecida! —Gritaron del otro lado.

—Liberty...

—Sí, soy yo. Tu mejor amiga, ¿te acuerdas de mí?

—La verdad es que no —rió.

—Ya... Me lo imaginaba. Escucha... Robyn, Destiny y yo nos vamos a comer fuera, ¿te vienes?

—¿A comer? —Preguntó, renuente.

—¡Sí! ¡Venga! Y nos ponemos al día.

—Al día... —Ya claro.

Se refería, por supuesto, a que ellas hablarían de sus últimos ligues, mientras ella se dedicaba a escuchar toda su conversación sin abrir la boca, o haciéndolo, solo para soltar monosílabos que indicasen lo mucho que le importaba aquello. Todavía recordaba la última conversación que habían tenido las cuatro chicas. Mercedes les había dicho que se había quedado embarazada y ellas habían tardado, exactamente, unos tres minutos en cambiar el tema, después de ver sus caras de lástima. Al parecer, el ex novio de Robyn quería volver con ella y no sabía si darle o no una segunda oportunidad.

En otro momento cualquiera, probablemente hubiese dicho que no a esa comida, pero no ahora. Necesitaba salir de esa casa cuánto antes, no podía estar cerca de él. ¡Terminaría volviéndose loca! Así que, tragando saliva, aceptó la invitación de su amiga.

—Vale, ¿cómo quedamos?

—¿Te paso a buscar en media hora?

—¿En media hora?

¿Pero qué hora era? ¿Se le había pasado toda la mañana en la cama sin darse cuenta? ¡Sí! De hecho, sí. ¿Cómo podía haber permanecido casi toda la mañana en la cama?

—No sé si estaré lista para esa hora y no quiero hacerte esperar. Dime el lugar y conduciré hasta allí.

—Es el restaurante de la última vez, ¿te acuerdas?

—Sí... —Susurró.

—Te esperamos entonces.

—Hasta luego —dijo, antes de colgar.

—¡Hasta luego, Mercedes! —Se oyó gritar del otro lado.

¡Genial! El restaurante de la última vez... ¿No podían elegir una cafetería normal? No, por supuesto que no.

Abrió el armario, buscando su vestido favorito, y lo dejó sobre la cama mientras se arreglaba el pelo.

Cuando regresase a casa, se encargaría del desastre que era su habitación en ese momento.

...

Quince minutos más tarde, su madre llamaba a su puerta, entrando en el cuarto.

—¿Vas a salir?

—Voy a comer con las chicas.

—Oh, cariño. ¿Por qué no me avisaste? Te había preparado una rica ensalada de-

—Razón de más para irme —susurró, esperando que su madre no la oyese—. Se me pasó avisarte, mamá. Me han llamado ahora. Además, solo iremos a comer, volveré dentro de nada.

—Estás preciosa —su madre la miró, orgullosa.

—Es uno de los que aún me puedo poner. Tengo que comprarme ropa nueva.

—No te preocupes, iremos un día de esta semana.

—Gracias, mamá —la chica se acercó para darle un fuerte abrazo.

—Oh, Mercy. No me las des —le pidió, secando sus lágrimas. Al parecer no era la única sensible en esa habitación.

—Te quiero.

—Y yo a ti, cariño. Pero apúrate o se te hará tarde. ¿Lo tienes todo?

—Sí —respondió su hija, tomando su bolso y comprobando su contenido.

Su madre ya le había abierto la puerta esperando a que saliese y Mercedes lo hizo, intentando no cruzarse con ninguno de ellos, pero mirando hacia el interior del baño a pesar de todo.

—Ya se han ido a comer —le oyó decir a su madre.

—Ah.

¿Ya se habían ido a comer? ¡Vaya! Ella deseaba que la viesen con ese vestido... ¡Qué mala suerte! Quizás cuando volviese...

Oh, Mercedes. ¡Deja de pensar él!

Sosteniéndose en el pasamanos para mayor seguridad, bajó ya las escaleras.

—¿Estás bien? No sé si sea buena idea que tú conduzcas hasta allí. Yo puedo llevarte.

—No, mamá. No te preocupes. Puedo yo sola, de verdad.

—Ten siempre el teléfono contigo y si te sientes mal, me llamas sin dudar —le pidió, abriéndole la puerta de la entrada.

—Sí... —Respondió ella, estirando la palabra y despidiéndose de ella con la mano.

No estaba cometiendo ninguna estupidez, solo iba a comer con sus amigas y ponerse al día de lo que había ocurrido con sus vidas. ¿Qué les diría ella esa vez? ¿Qué había conocido a un albañil guapísimo y sexy que vivía empeñado en reírse de ella continuamente? ¡No! ¡Claro que no! Ni siquiera le diría que se había besado tres veces con él o que él había sido el que la había atacado esas tres veces. Se reirían, claro que sí. Ni ella misma entendía cómo había podido permitírselo.

Aparcando unos minutos después cerca del restaurante, se dio prisa por llegar a tiempo. Pero ellas ya estaban allí.

El camarero no tardó en darle los buenos días, preguntándole si tenía mesa reservada. Al tiempo que Liberty la saludaba a lo lejos con la mano en alto, tratando de llamar su atención.

—Acompáñeme por favor —dijo él, abriéndose paso entre las otras mesas.

—Claro.

—¡Mercy! —Chilló Liberty, corriendo a abrazarla. Ni siquiera la había dejado llegar a la mesa.

—Hola de nuevo —sonrió Mercedes, fijándose en cómo la gemela de Liberty, y Robyn se levantaban también.

—Buenos días, Mercedes —Destiny la saludó cordial—. Siéntate aquí.

—Hola chicas —respondió ella, saludando en general a las dos.

Ni siquiera le dio tiempo a sentarse. Robyn apareció delante de ella sorprendiéndola y asustándola ligeramente, y empezó a sobar su vientre de embarazada.

—¿Qué-

—He oído que tocarlo da suerte y lo necesito. Estoy esperando una llamada de Rick y-

Rick, claro. Su ex novio...

Ante la atónita mirada de las tres chicas, Robyn no dejó de tocar la barriga de Mercedes.

Te voy a cortar las manos.

—¿Qué ha pasado con Allan? —Le preguntó Mercedes, esperando que ella separase sus manos por fin. Cosa que no sucedió.

—Oh... se ha quedado en casa. Ya sabes...

¿Qué era lo que tenía que saber? ¿Qué mientras el atento y adorable Allan se quedaba en casa, su novia le ponía los cuernos con el impresentable de Rick? Sí, lo sabía. Robyn quería suerte para que su ex novio la llamase, ¿no veía que la suerte ya la tenía en casa? ¡Qué injusticia!

¡Saca tus zarpas de mi bebé ahora mismo!

Pensó Mercedes, tratando de relajarse.

Ella quería suerte y suerte iba a tener. ¡Pero mala!

Robyn no sabía que a Mercedes se le había roto un espejo esa misma mañana. La posibilidad de que los siete años de mala suerte que ahora pesaban sobre ella, pasasen a Robyn la hizo calmarse unos segundos. El tiempo justo para que Robyn retirase la mano antes de que ella lo hiciese. No la soportaba, esa era la realidad. Al contrario que Robyn, que probablemente la viese como una perdedora más.

Se sentó por fin, preparada para otra comida llena de monosílabos. Había salido de casa hacía poco y ya tenía unas ganas de enormes de volver a ella. Su estómago se le había revuelto por la falta de comida y todo lo que pidiese en ese momento, probablemente terminase cayéndole todavía peor. Para colmo, había tenido que aguantar las manos de Robyn en su vientre. ¿Suerte? ¡Ojalá le pasase toda la suerte que ella tenía! Se había dejado engañar por Calvin, se había quedado embarazada y ahora, Sam Evans había aparecido en su vida para volverla loca. ¿Quería suerte? ¿La necesitaba? ¡Que se la llevase toda! Mercedes no quería saber nada acerca de la suerte. Solo necesitaba que el embarazo fuese perfecto y su bebé viniese al mundo sano y fuerte. Era todo lo que le importaba.

—Has estado muy callada durante la comida, Mercedes. ¿No tienes nada para contarnos? —Habló Robyn, con cierto retintín.

—La verdad es que no —respondió la chica, tratando de no perder la compostura.

—Oh... —La arpía abrió la boca asombrada y las gemelas la miraron, con ganas de asesinarla lentamente.

—Bueno, otro día será —encogié—. Es Rick —susurró, cambiando rápido el tono de voz—. Hola, cariño. Sí... aquí, con unas amigas. ¿Hoy? Me viene perfecto... ¿Ahora? Sí, sí. Dame unos minutos.

¡Perfecto! Ahí se había ido la buena suerte de Mercedes.

Robyn colgó finalmente, mirándola de arriba abajo.

—Tienen razón. Tocar a una embarazada da buena suerte —empezó a levantarse, recogiendo su bolso y su chaqueta—. No tengo tiempo a despedirme, ya me diréis cuánto os debo.

Y ante la atónita mirada de las tres chicas, Robyn se marchó del restaurante.

¡Genial!

Ahora tendrían que pagar su plato también.

Apenas había comido, estaba cansada y nada le entraba en su cuerpo. Pero ya Robyn se había encargado de comer por ella y por sus amigas. ¿Dónde se suponía que metía todo lo que comía? ¡No engordaba ni un gramo!

—Dime que nos veremos pronto —le pidió Liberty, una vez habían pagado y dejaban ya el restaurante.

—Lo haremos, te lo prometo —respondió Mercedes, abrazando a las gemelas.

—Ve con cuidado, ¿vale?

Asintiendo con la cabeza, volvió al coche, tratando de no llorar antes de llegar a él, y de no hacerlo tampoco durante todo el trayecto a casa. No quería que el poco maquillaje que llevaba se le estropease. Podía aguantar, podía luchar contra las ganas de derramar aquellas lágrimas. Solo hasta llegar a casa.

...

—¡Jimmy! ¡Deja de jugar con la pintura por el amor de Dios! —Chilló Sam, tratando de contener sus risas—. ¡Estate quieto!

Fue lo que oyó Mercedes al subir las escaleras directa hacia su cuarto. No había llorado finalmente, y las ganas de dormir habían ganado la batalla. Se recostaría un rato, tratando de dormir a pesar del estruendo que había en el baño de al lado.

—Sammy, Sammy, Sammy —rió, burlón.

—¡Jim! —Gritó él, justo en el instante en el que Mercedes cruzaba por delante de ellos—. ¡No!

¿No qué? ¡Oh, Dios!

Solo pudo cerrar los ojos antes de que el cubo de pintura que Jim cargaba en sus manos impactase directamente contra su vestido favorito, estropeándolo por completo.

El chico había resbalado con los papeles de periódico que cubrían el suelo y había perdido el control del cubo, trastabillando con sus pies hasta vaciárselo a la altura de sus pechos.

—No... —Se lamentó la chica.

Y las lágrimas que había intentado detener, empezaron a salir, crueles.

—¡Oh, Dios mío! —Exclamó Sam, tratando de acercarse a ella, a la vez que la chica se alejaba.

—Mi vestido favorito...

Lloraba mientras las gotas de pintura se deslizaban por la prenda y caían al suelo. Lloraba mientras ellos la miraban fijamente, asombrados. Lloraba y no podía dejar de hacerlo.

No había querido la buena suerte y Robyn se la había llevado toda. ¡No era justo!

—Mercedes —Sam pronunció su nombre con cariño, como esa mañana cuando se lo había susurrado.

—No... No te acerques.

—¿Mercy? Mercy, cariño, ¿Estás bien?

Su madre apareció como caída del cielo y la abrazó, recostándola sobre su pecho sin importarle mancharse de pintura como ella. Mercedes era lo más importante. Ella y su bebé. Su familia.

—Mamá —sollozó, abandonándose entre sus brazos.

No la avergonzaba llorar delante de ellos, no después de lo que había sucedido ese día. Quizás el más horrible de su vida y esperaba que el único.

Tenía que marcharse de esa casa, irse de allí mientras la reforma se llevase a cabo o la vida del bebé correría peligro. Tenía que salir de esa casa.

—Mamá...

—¿Sí, cariño?

Separándose y dejando que su madre le secase las lágrimas, la miró a los ojos, orgullosa de la gran madre que Dios le había dado.

—Necesito... necesito irme de aquí.

—Cariño...

—Me voy a la casa de la abuela unas semanas —dijo, mientras su madre asentía con la cabeza—. No puedo estar aquí —susurró, sin dejar de mirarle a él.

...

Y hasta aquí el capítulo de esta semana... Animaos a dejar un review comentando lo que os ha parecido o tirándome tomates... ya sabéis xD

Nos vemos el próximo domingo :) Sed buenos y disfrutad del fin de semana.

Besos

Syl