Capítulo IV: Triángulo
La mayor de los Granger se levanta del sofá y sale para la calle. Es una actitud algo ajena a aquella muchacha, pero el amor se ha apoderado de ella y los impulsos la manejan como una graciosa marioneta. En plena guerra ¿A quién se le ocurriría salir de esa forma? Sólo a esta loca enamorada que no le importa la traición, que sólo sabe que entre Remus y ella existe amor. Ese amor imposible por el que ella está dispuesta a arriesgar todo para que sea "posible". Pero tal vez Hermione no sabe, o ni bien ignora que el camino a la felicidad es largo, sinuoso y con curvas muy pero muy peligrosas.
Llega a la casa de Bill, al confirmar que es quien en realidad dice ser, éste la deja pasar.
Pasa sin saludar, al hacerlo, todos los presentes se dan cuenta de que algo anda mal con la joven Granger. Avanza hacia la habitación dónde según un además tímido de Charlie, están Remus y Tonks. Se dispone a abrir la puerta cuando una voz la detiene.
—Hermione —la llama Ginny— ¿Qué haces?
—Recupero lo que era mío—dice la castaña dispuesta a pasar.
—Hermione ¡No! —reprende su amiga, poniendo su mano sobre la de Hermione, para evitar que cometa una locura.
—Ginny, escúchame —intenta explicar ella, pero la pelirroja tiene un carácter de los mil demonios y sobre todas cosas lo único que busca la pequeña Weasley es proteger a su amiga de un triángulo que terminará con la Hermione que ella tanto adora.
—No, escúchame a mí. Tonks se siente mal y... —dice sin poder terminar de hablar, allí se iba a desatar una discusión.
—¡Es con Remus con quien quiero hablar! —espeta con ira. Está harta de que siempre haya alguien más entre los dos.
—Está bien —accede Ginny al ver que no va a lograr detenerla—. Pasa.
Ginny se va del corredor a la cocina, deja sola a Hermione en aquel oscuro pasillo. Hermione sabe que Ginny se preocupa por ella y que no la quiere ver mal y se lo agradece enormemente pero esta es una batalla en la que debe luchar sola.
Toca la puerta, los modales aprendidos durante toda una vida no se olvidan tan fácilmente.
Al abrirse la puerta, Hermione se encontró con un Remus de mirada triste y cansina. Él cierra la puerta detrás de él y la abraza muy fuerte.
—Perdón —susurra él mientras siente el calor de ambos cuerpos al unirse en tal muestra de afecto.
—No digas nada—le dice ella al separarse y casi por necesidad busca su boca. Él la besa con la pasión acumulada durante las horas que la angustia parecía hacer eternas.
—¿Cómo estás Tonks? —pregunta, no olvida que a pesar de las circunstancias Tonks fue su amiga.
—Bien, sólo un poco alterada por todo esto—explica él mirando el suelo con mero interés.
Hermione le toma la barbilla con suavidad y lo obliga a mirarla.
—¿Qué piensas hacer? —inquiere muy seria.
Remus la mira unos momentos a los ojos. Esos ojos que ya no son los mismos de antes, que ahora están cansados de llorar y buscan una respuesta como si su vida dependiera de ella. Baja la mirada al suelo, una vez más, no quiere contestar o no sabe que decir. Se siente atormentado y necesita espacio para respirar.
—Yo... aún... creo que es mejor que... —balbucea sin saber exactamente que rumbo tomar.
—No sabes que hacer ¿verdad?
—No —confiesa con el poco de orgullo que le queda, herido.
Remus se debatía entre sentimientos contradictorios. Por un lado, el orgullo de saberse un buen padre al quedarse junto a Tonks para que nada malo le pasara a ella ni a su hijo y por otro lado sentía la necesidad de estar con Hermione, no era ambicioso de dinero, porque no lo tenía, simplemente era ambicioso de amor, necesitaba sentirla cerca suyo para dormir tranquilo durante las noches. Entre dos dilemas completamente opuestos ¿Qué camino iba a tomar si apenas sabía dónde estaba parado? Quería escaparse de todo ese torbellino de problemas que su idiotez había provocado, quería poder volver atrás el tiempo, pero aquello era imposible y ahora debía afrontar las consecuencias de sus actos.
De pronto, una chispa se encendió en sus ojos, como el espectador al encontrar la pregunta del millón.
—Huyamos.
Continuará…
