lV.

Oikawa no recuerda haber odiado nada en toda su vida.

No es lo bastante débil emocionalmente para dejarse llevar por una pasión tan baja, pero sí que ha experimentado aborrecimiento por ciertas cosas, como Tobio, la secuela de Pocahontas, Tobio, el pez-mantequilla en el sushi, Tobio, la gente que va a cámara lenta por los pasos de peatones, Tobio, el –insultante– final de Expediente X, Tobio y la información no clasificada. Y Tobio.

Es más. Si hay algo que Oikawa Tooru aborrece más que la información no clasificada es la información no clasificada de dudosa veracidad.

Al principio no le da importancia a la conversación con Takeru. Lo que le da es un puntapié, y echa una alfombra sobre ella, como hace uno siempre con esos bártulos diminutos con los que no sabe muy bien qué hacer, y que por sí mismos no parecen gran cosa, pero que con la alfombra encima forman un bulto con el que puedes tropezar y caerte de boca y darles una alegría a tres dentistas distintos.

Se mantiene ocupado con lo suyo. Entrenando a niños, escribiéndole correos a su monitor de la autoescuela e incordiando a Makki por Line, quemándose las pestañas en el entrenamiento del Miyagi, buscando partidos de Ushiwaka por Youtube solo para darles dislike, desmintiendo en su club de fans de Instagram que prefiere los gatos de angora antes que los siameses –no quería revelar una información así de crucial tan a la ligera, pero le han insistido mucho últimamente, y a Oikawa le duele tener angustiados a sus seguidores–, empapándose el programa sobre ocultismo que dan después de las noticias y yendo a dar una vuelta tras las clases con ese grupo tan majo en el que se integró el mismo día que pisó la Facultad de Medicina de Miyagi.

Sigue sentándose con Sakura y con Minaka durante las clases que tienen juntos, aunque ya no puede mirarlas sin pensar en el alegato de Takeru y eso hace que le cueste un poco seguirles la conversación y ellas parecen darse cuenta, pero no se lo reprochan, porque verdaderamente son un cielo.

Aún así, todo parece marchar moderadamente bien hasta que ese jueves noche habla con Iwa-chan por Skype y lo escanea sin darse cuenta, como si fuera un oponente. Su Iwa-chan. Es decir, vale, Oikawa espera que se enfrenten en la cancha próximamente, y nunca está de más anotar sus progresos.

Y por eso no tiene sentido analizar su lenguaje corporal fuera del terreno de juego. Pero lo hace constantemente durante esa noche, y también la noche del viernes, esperando leer en las expresiones de su rostro o en el pentagrama de sus palabras una especie de confirmación que nunca llega. Solo hay piel morena y cejas graciosas y ojos de un verde oliváceo y metálico, y su sequedad ocasional habitual y un tabique nasal demasiado recto, y como un tonelaje de temperamento cuando Oikawa le busca las cosquillas con demasiada insistencia, además de esa creatividad tan mal encauzada que Iwa-chan emplea a muerte en los insultos, como si aspirara a crear una nueva rama de poesía urbana y barriobajera. Y la sensación de encontrar un hogar lejos de casa.

Eso es Iwa-chan para él.

"Te gusta Iwaizumi. Y a Iwaizumi le gustas tú. Le gustas un montón. Ya os dáreis cuenta".

Pues claro que le gusta Iwa-chan. Por algo es su mejor amigo. Pero Takeru asegura que le gusta en plan tal, y opina que no solo es recíproco, sino que a Iwa-chan le gusta un montón. En plan Jack Dawson y Rose DeWitt Bukater o Han Solo y Leia o Jasmín y Aladdín. En plan alfombras voladoras y lámparas mágicas y barcos titánicos hundiéndose y guerras galácticas. Esa clase de montón.

¿Lo peor? Que Oikawa no sabe cómo sentirse al respecto. No le parece tan descabellado, a fin de cuentas. Llevan toda la vida juntos y han elegido conjuntamente la ropa para sus tres graduaciones, tienen discusiones aburridas sobre la temperatura idónea para freír un huevo en aceite de girasol, y cuando se quedan en el apartamento de Oikawa de la Universidad de Miyagi se pelean porque solo hay una tele y el WiFi de Oikawa va un poco como el culo y acaban enfadados viendo la teletienda, como los matrimonios viejunos.

Esas cosas solo sabe hacerlas con él. Soportarse y hacerse compañía sin un pretexto especial, buscar la reconciliación cuando se enfadan, como si fuera un mecanismo natural, en vez de hartarse y decir "hasta aquí", así que si con Iwa-chan puede hacer cosas que no sabe hacer con nadie más, tal vez no se les dé mal hacer lo que Oikawa ya ha hecho con un número considerable de chicas.

Iwa-chan es un chico. Oikawa no sabe qué hacer con los chicos. Se pregunta si Iwa-chan tampoco. Podrían darse un pico como las quinceañeras modernas, a ver qué sucede. Se pregunta cómo reaccionaría Iwa-chan si se lo propusiera. Si le atizaría muy fuerte o se quedaría del color de la leche agria o se sentiría traicionado. Oikawa no quiere herirle o que piense que se le ha ido la pinza, porque Iwa-chan siempre ha cuidado de los dos, y Oikawa se prometió que no volvería a darle un disgusto mayor del que pudiera soportar desde que a los catorce años sufrió una bajada de tensión que le hizo ver blanco tras los párpados y precipitarse al suelo de rodillas.

Había vuelto a sobreesforzarse en los entrenamientos del Kitagawa Daichi, porque a pesar de que Iwa-chan le había dado un cabezazo de antología y le había cantado las cuarenta, a pesar de que Oikawa pensó "oye, pues tiene razón", quiso demostrarle que se equivocaba, que podía lidiar con todo. Que él también podía ser el fuerte de los dos si se lo proponía.

Tuvieron que llevarle al hospital para coserlo a inyecciones e Iwa-chan le obligó a zamparse dos chocolatinas Snickers y cuatro Mars, y le compró un zumo de melocotón en la cafetería, y cuando los médicos salieron a recibir a la madre de Oikawa, Iwa-chan se puso muy rojo y lo cogió de las solapas de la camisa y le dijo "para ya. Oikawa. Joder, para ya. Me va a dar algo contigo. Dame un respiro. Joder" y le temblaban tanto las manos y la voz y pestañeaba tan rápido que Oikawa se sintió fatal y le guardó un poco de zumo.

Pero ahora es distinto. Ahora son mayores de edad y conocen sus límites.

Francamente, ¿qué sería lo peor que podría pasar? ¿Que no les gustara a ninguno de los dos? Eran adultos, ¿no? Podrían esconder la experiencia bajo la alfombra y seguir tan pichis. Y si salía bien, pues eso que se llevaban. Se ahorrarían un montón de presentaciones familiares incómodas, fingir en las primeras citas y la preocupación por la primera impresión y a Oikawa no lo dejarían porque "pasas más tiempo con él que conmigo" o porque "es que hablas mucho de vóley" o por ambas, que le había pasado hasta en tres ocasiones.

Seguro que Iwa-chan ponía cantidad de pegas al respecto. No debería montar en cólera. La mitad de las amistades heterosexuales del planeta habían intentado buitrearse alguna que otra vez, y no había ardido Troya ni nada por el estilo. Si colaba, colaba y ya, y aquí no ha pasado nada.

No tenía por qué ser difícil si ellos no querían. Oikawa no tenía experiencia más allá de acariciar justo sobre la línea del sujetador de las chicas, trazando patrones tentativos hasta el centro del escote, presionando un poco con los dedos en la humedad entre las piernas, por encima de la ropa interior. Pero era bueno con los besos. Con todos. Con aquellos que rozan la boca como fantasmas hechos de calima, con esos que se les caen a las chicas de los labios y con los que se dan con las lenguas por fuera de la boca.

Iwa-chan era un chico. Podrían funcionar igual. O parecido.

No debería querer experimentar con algo así. Está lidiando con el tema fingiendo que es como echarle remolade al perrito caliente en vez de barbacoa, tipo "ah, pues si sale mal la próxima vez vuelvo a la barbacoa", diciéndose que es algo sencillo cuando sabe que no lo es, porque hay pasos que solo pueden darse hacia adelante. No debería darle importancia a las palabras de un niño de ocho años, pero la semilla echó raíces hace días y Oikawa no puede dejar de comerse el tarro divagando sobre si habrá alguien más que piense que se gustan, y, de haberlo, si será eso indicativo de que es verdad.

La mayor parte del tiempo ni siquiera lo considera una posibilidad real, pero es difícil no pensar en otra cosa cuando Iwa-chan arquea las cejas mientras hablan por Skype y se rasca la nuca, en gestos que Oikawa se sabe de memoria, y solo puede pensar en que a pesar de que conoce a Iwa-chan como nadie, tiene lagunas importantes respecto a él, como por ejemplo si le rasparía la barbilla al besarlo, o si sería agradable tocarle como toca a las chicas. Si a él le parecería bien.

El problema es que cuando queda con él el sábado todos esos dilemas confluyen y le licuan el cerebro, porque Iwa-chan lo abraza con un poco de rigidez y es tan tangible y tan valioso y tan antipático que todo adquiere un cariz de solidez densísimo que le hace tener miedo de meter la pata y perderlo.

En público todo sigue igual que siempre, pero cuando se quedan solos en el piso de Iwa-chan, Oikawa es un manojo de iniciativas contradictorias. Por una parte quiere ser sincero con él. Necesita ser sincero con él. Por otra se pregunta hasta qué punto es esencial contarle a Iwa-chan tooodo lo que se le ha pasado por la cabeza durante esos dos días y medio que parecen milenios, o si podría guardarse algo.

Y después está esa parte que lo hace sentir un niñato vulnerable y que se superpone a las demás en los momentos críticos. Lo hace reaccionar por inercia cuando Iwa-chan entra en la habitación.

Oikawa se da la vuelta. Algo en su organismo chilla "que no lo vea", y Oikawa no sabe qué debería esconder exactamente y solo atina a ocultarle los puntos blandos a su mejor amigo como si fuera un gato al que han apaleado demasiadas veces.

–¿Estás enfadado? –le pregunta después de comer, con la toalla sobre los hombros y el mechón más largo del pelo goteando sobre su nariz. Han comido en silencio, y aunque Iwa-chan sigue pareciendo irritado, Oikawa le ha robado una de sus camisas viejas (la verde pistacho con la silueta de Godzilla en negro que tiene un agujerito junto a la etiqueta) y se la ha puesto después de ducharse, porque lo hizo una vez para tratar de iniciar una guerra de almohadas, pero en lugar de enfurecerse Iwa-chan lo miró de arriba abajo, masculló "¿para qué traes tanta ropa si después te pones la mía, tarado?" y se dio la vuelta en la cama. Así que bueno, a veces se pone su ropa cuando la pifia con él. Para aplacarlo. Suele funcionar. Oikawa supone que es como enseñarle el cuello al perro alfa y cascarrabias de la jauría, dejando de lado que si formasen parte de una manada Iwa-chan sería su súbdito y no al revés.

Iwa-chan le clava la mirada. Da un sorbo corto a su zumo de papaya.

–Me molesta que te hagas el sueco.

Oikawa ya tiene la justificación preparada.

–Es que no quería que me vieras el pelo del pecho.

Iwa-chan suelta una risita desdeñosa.

Se ha amansado en menos de un minuto. Perfecto. Oikawa se felicita interiormente. Deberían llamar al Ayuntamiento de Tokio para pedirle que tire un par de fuegos artificiales en su honor.

–¿A eso le llamas pelo?

–Tendría más si no me lo arrancases –se defiende Oikawa.

–Es visualmente irritante. Básicamente te sale un pelillo aleatorio cada seis meses –Iwa-chan se encoge de hombros–. Y desentona.

Oikawa podría espetarle "tu cara sí que desentona", pero le ha visto subir el Tupper de las Paridas al piso y dejarlo en la repisa del vestíbulo, así que prefiere no tentar a la suerte.

–Yo friego los vasos –anuncia, porque los compañeros de piso de Iwa-chan no le dejan hacer mucho cuando se queda a pasar el fin de semana, y ahora que están ausentes tiene que aprovechar.

Iwa-chan se estira en la silla, llevando el brazo derecho hacia atrás hasta que el codo apunta al cielo y le cruje la columna. Bosteza algo sobre recoger la mesa y Oikawa se adelanta hacia la cocina. Está enjabonando el vaso de Pikachu de Iwa-chan, que en su día fue un tarro de Nutella bastante codiciado, preguntándose cómo es posible que el lavavajillas* de ese apartamento huela a naranja de una forma aceptable, porque normalmente a Oikawa los detergentes le dan arcadas y tiene que ir corriendo a frotarse las uñas con un cepillo especial después de usarlos.

–Te has olvidado las tijeras, memo –Iwa-chan lo rodea con un brazo y deposita unas tijeras negras y plateadas entre los vasos cubiertos de espuma blanca. Desprende un calor envolvente.

–¿Están manchadas?

–De ketchup –responde Iwa-chan. Sus antebrazos se tocan un momento mientras Iwa-chan mete la mano bajo el chorro, frotando en círculos concéntricos con los dedos para retirar la salsa. Oikawa nota el tacto de sus vaqueros contra la cadera, su voz ligeramente hosca caracoleando por encima del hombro–. Y aunque no lo estuvieran, ¿sabes por dónde pueden haber pasado esos sobres? Si las usas para abrirlos tienes que lavarlas después. Cortamos el pescado y la ternera con ellas.

Oikawa no sabe por qué lo hace. Vira un poco la cabeza. Se encuentra de frente con la mirada inquisitiva de Iwa-chan. Parece retarlo a que le discuta sobre la importancia de desinfectar los utensilios de cocina, pero Oikawa no dice nada. Se pregunta si a él le quedarían igual de bien las camisetas de manga hueca, si le aportarían la misma consistencia a sus hombros que le aportan a Iwa-chan, siempre tan bronceado, como si trabajara de socorrista en lugar de estudiar su primer año de carrera.

–¿Nunca te has planteado ser socorrista?

–De pequeño me llamaba la atención, pero crecimos y te volviste un atontado de primera, y ahora tendría que estarte salvando el culo todo el día. Llegaría muy estresado a mi jubilación.

–Pero si me estuviera ahogando irías a rescatarme.

–Te hundiría el pecho de una patada para que vomitases el agua y me hicieses caso la próxima vez que te advirtiera "eh, ese sitio tiene corriente".

Quizá no debería dejarlo caer. Serían tres insinuaciones en lo que va de día, y a pesar de que Iwa-chan se ha criado acostumbrándose a ellas, Oikawa imagina que tiene su cupo. Y el tupper está sin estrenar. Seguro que se muere por sangrarlo sin compasión. Están demasiado cerca para que la atmósfera no se vuelva un poco incómoda después del comentario. Duda si soltarlo.

Por qué no.

–Ahora vas de duro, Iwa-chan –musita Oikawa. Despacio. Tanteando. Sin perder la sonrisa–, pero seguro que si tuvieses que sacarme inconsciente del mar me acostarías en la arena como si fuera de cristal y me harías el boca a boca.

Iwa-chan se queda lívido. Algo se enrosca y se expande dentro de sus ojos. Ahora. Ahora es cuando debería darle un capón y exclamar que no lo tocaría ni con un palo. Es lo que haría un amigo normal.

–Pues sí –admite Iwa-chan en voz baja. Sin una sola gota de violencia–. Lo haría. Así que ahórranos el trauma a los dos y quédate cerca de la orilla.

Su aliento le da directamente en la cara, como si se le estuviera derramando el alma por la boca.

A Oikawa casi se le escapa. La pregunta. La del millón de yenes. La tiene atascada en la garganta. ¿Tengo que estar al borde de la muerte para que me beses o no hace falta?

Y esa es la primera vez que piensa realmente en besarlo, porque Iwa-chan está justo ahí, siendo cálido e irónico, y a pesar de que Oikawa acaba de cargar una bola de munición altamente inflamable en su catapulta especial cabrea-Iwa-chans y lanzársela directamente a la cara, su amigo no le está partiendo el cuello, y tiene una cualidad intensa en la mirada que, objetivamente, lo hace bastante besable, porque Oikawa ha tenido delante muchos pares de ojos –de pestañas más largas y ocasionalmente maquillados de azul ahumado o rosa chicle– que lo miraban así justo antes de enrollarse con él.

Podríamos intentarlo, ¿no? Ya casi no dejas los ojos en blanco cuando me pongo un gorro de papel de plata para ver las noticias, porque tengo muchos y muy buenos motivos para pensar que el gobierno estadounidense y el japonés poseen una alianza para intentar controlar nuestras mentes a través de los informativos.

Podríamos darnos un beso. Eso sería mucho más normal. Por lo menos para la mayoría de la gente.

Oikawa se imagina cómo sería. Besar a su mejor amigo. Sin teorizar sobre lo que le conviene en la vida o sobre si estaría bien. Besarlo de verdad. Poniéndole una mano con espuma en la nuca. Tirando un poco del pelo castaño. Cerrando los cuatro centímetros que los separan en horizontal, inclinando apenas la cara, porque Iwa-chan es mucho más alto que todas las chicas a las que les ha abierto los labios con la lengua, pero sigue siendo cinco centímetros más bajo que él.

Y es horrible y maravilloso, como colarte en el cementerio de noche y deambular entre flores e incertidumbre.

–Vale –susurra, con una ingravidez plomiza en el estómago–. Vale. Me quedaré cerca.

Iwa-chan se va a pasarle un paño a la mesa de la terraza. Vuelve a la cocina en dos ocasiones más, cargado de envases de aluminio y servilletas pringadas de aceite de mala calidad, y todo se queda enrarecido entre ellos hasta que recogen los pocos deberes que les da tiempo a adelantar (del escritorio de Iwa-chan y la mesa de la terraza, respectivamente), cuando empieza a oscurecer y se preparan para quedar con Mattsun y con Makki.

–¿Llevas sudadera? –le pregunta Iwa-chan, colgándose la bandolera de vóley al hombro. El cuello del diplodocus cosido cerca de la cremallera se encorva en un ángulo antinatural a causa de lo petada que lleva la mochila.

–Ajá.

Cogen el coche hasta el segundo gimnasio de la Universidad de Tohoku. Ven a Yuki subiendo la cuesta del jardín botánico con aspecto de estar cansado, e Iwa-chan le toca la pita. Oikawa saca la mano por la ventanilla para saludarlo.

Les llega un Line del grupo que tienen con Makki y con Mattsun. Los Fantabulosos. Un nombre imponente. Oikawa sigue sin entender por qué esos tres se lo cambian a cada rato.

Los sábados no suele haber entrenamiento, a no ser, como ya le ha explicado el entrenador al equipo, que haya partido el lunes. Como no es el caso, Iwa-chan ha conseguido reservarlo durante un par de horas.

Sus amigos los esperan en la entrada del pabellón, delante de una máquina expendedora de refrescos, sándwiches, barritas de cereales, cuñas y palmeras de chocolate.

–Qué seriecitos me venís hoy –sonríe Makki, chocándoles las manos–. ¿Iwaizumi ha vuelto a mandarte a dormir al sillón, Oikawa? –sugiere con un deje de comprensión.

–No quepo en su sillón.

–No estamos seriecitos –gruñe Iwa-chan–. Estamos igual que siempre.

–Pues si me dijerais que después de quedar con nosotros tenéis que ir a un funeral me lo creería –comenta Makki.

–Y que lo digas –secunda Mattsun, haciendo lo propio–. Pensaba que estaríais más animados, con eso del partido contra el Karasuno de la semana que viene.

–Yo estoy animado –se apresura a decir Oikawa.

–Yo también.

–Tú –Makki le puntea un pectoral a Iwaizumi con el dedo– eres nuestra gallina de los huevos de oro, Iwaizumi.

–Ya estás tardando en ponernos al día. ¿Cómo es jugar con el ex-capitán y el ex-colocador? –lo pincha Mattsun.

–Gratificante –contesta Iwa-chan, sin pensárselo mucho–. Ninguno posee una sagacidad extraordinaria, pero tienen un control sobre sus capacidades muy superior al de otros jugadores más llamativos. Por lo menos de momento. Son perseverantes. Y siempre procuran mantener en alza la moral del equipo. Supongo que el pasar tanto tiempo con Hinata y ese tal Noya ha contribuido a fortalecerlos mentalmente. Yo no habría aguantado más de media hora.

–¿Hinata? ¿Ahora los llamas por sus apellidos en vez de por sus dorsales? –lo pica Mattsun mientras calientan.

–¿Y cómo es eso de que no aguantarías con esa panda? –intercede Makki–. A este bien que lo aguantas –asevera, cabeceando hacia Oikawa.

Iwa-chan intercambia una mirada significativa con él.

–Si solo fueran ellos dos... pero también está el rematador aquel que le puso mala cara a Kyoutani, y el rubio de las gafas que por lo visto es un sabelotodo... –Iwa-chan suspira, dando por concluidos los estiramientos–. Qué va. Oikawa es el paraíso comparado con esa tribu.

–Y sin compararme con nadie también.

Iwa-chan coge impulso antes de darle un pelotazo en el muslo con la pelota de vóley.

–Tampoco te sobres mucho, Burrikawa.

Makki y Mattsun flanquean a Iwa-chan y le pasan un brazo por la espalda, y es todo tan como siempre que a Oikawa no le cuesta centrarse en el vóley durante el rato que pasan en la cancha. El Karasuno. Va a volver a jugar contra ellos. Contra Tobio. Y contra Pulgarcito. Esta vez les pateará el culo. A los dos. Se sentará sobre la espalda de Tobio cuando muerda el polvo y disfrutará de las vistas mientras se bebe un cóctel de maracuyá adornado con una sombrilla y un tucán de papel. Nunca lo superará en cuestión de talento, pero ha pulido sus habilidades desde que lo derrotó en la final de la prefectura. Incansablemente. Ha perfeccionado puntos fuertes. Incluso ha descubierto algunos nuevos. Ha practicado servicios hasta sentir que se le iban a desprender los brazos de la articulación del hombro. Ha agudizado la recepción. Su nuevo equipo está explotando sus recursos desde cero, y viceversa. Ahora está en la universidad. Juega con gente más corpulenta, más desarrollada, más madura, con más dominio sobre sus propias aptitudes.

No piensa perder contra un chiquillo de instituto.

Se dan una ducha rápida en los vestuarios después de terminar, y solo porque Iwa-chan recibe una llamada de Mobi preguntando cuándo piensan venir a cenar.

–¿Hay sitio para dos más? –le interroga, sin consultar a Makki y a Mattsun, que no dan indicios de rechazar la invitación.

–¿Tú qué crees? Tenemos pimientos para exportar. Más les vale comer como limas.

–Harán lo que puedan –sonríe Iwa-chan antes de colgar.

Debería poner esa cara más a menudo.

Oikawa debería aprender a ponérsela. Tal vez.

Llevan los dos coches hasta la residencia. El Honda Civic de Iwa-chan y el Mitsubishi ASX de Matssun. Iwa-chan deja el suyo en el garaje y se reagrupan fuera. La velada transcurre un poco desacompasada al principio, porque los compañeros de piso de Iwa-chan conocen a sus amigos de oídas, y al revés, pero se enzarzan pronto en un intercambio de opiniones agresivo sobre cuál es el mejor equipo de Pokémon GO, si el el azul, el amarillo o el rojo.

Se despiden con el compromiso de quedar un poco antes con el resto del Aoba Johsai el lunes que viene no, el otro, que es cuando han quedado con los del Karasuno para disputarse la revancha, prevaliéndose de que es día festivo en Japón.

–Así ninguno tiene que saltarse las clases –comenta Makki, subiendo al asiento del copiloto–. ¿Os habéis fijado en que vamos a enfrentarnos a ellos en el Tahiiku no Hi*?

–Qué poético –opina Oikawa–. El mismísimo Día del Deporte.

–A ti te veo este miércoles, ¿no? –le pregunta Mattsun a Iwa-chan–. Para cambiarle las zapatas a los coches.

–Claro. Tengo la mañana libre.

Oikawa ni siquiera le pone las sábanas al colchón que Iwa-chan saca de debajo de su cama, embutido en un cajón gigante que se desliza hacia afuera. Iwa-chan no se molesta en insistirle. Están rendidos, y a pesar de eso, Oikawa tarda un rato en quedarse dormido, porque se entretiene pensando en lo patético que fue cuando se quedó ahí por primera vez. Se suponía que su colchón debía llegar antes que él, pero el camión que los repartía tuvo una avería e Iwa-chan propuso a regañadientes que compartieran la cama solo por esa noche. Hacía mucho que no dormían así, y Oikawa no recuerda que repetir la experiencia le gustara especialmente, porque sudaban solo de rozarse los muslos, ninguno tenía la espalda precisamente estrecha y a Oikawa se le salían los pies cada dos por tres, y la única forma de que su brazo no colgase era que Iwa-chan se acostase de lado, pero la cadera se le resentía a la media hora y tenían que cambiar de posición, y Oikawa cree que ambos se replantearon su amistad varias veces, hasta que amaneció e Iwa-chan se fue al sillón con un humor de perros.

Oikawa intuye su silueta desde donde está.

Y se da cuenta de que a lo mejor debería estar un poquito más traumatizado de lo que está, porque a esas horas normalmente está pensando en vóley o en el último documental sobre Jack el Destripador que ha visto, donde se aportan pruebas muy interesantes sobre la hipotética participación de la reina Victoria en los asesinatos a prostitutas.

Pero no. Ahí está. Preguntándose si tendría que aferrarse más al hecho de que nunca ha tenido un flechazo por un chico, o si tendría que sentirse mala persona por contar las veces que sube y baja la nuez de Iwa-chan mientras duerme.

Oikawa se queda sopa mirándolo.

El domingo van al cine por la mañana, porque Iwa-chan siempre se pone irascible con las colas que se montan en los cines esas noches de principios de otoño en las que aparentemente medio Japón decide que las salas estarán medio vacías, ya que el día del espectador nunca cae los domingos.

A Oikawa le toca desembuchar cien yenes en el Tupper de las Paridas cuando se le ocurre hacer una crítica constructiva hacia el vigésimo segundo remake de Godzilla mientras desayunan un batido de frutas con crepes de plátano en una heladería del barrio de Wakabayashi, que poco a poco está volviendo a ser un sitio próspero tras el tsunami de 2011.

Por la tarde van a echar unos tiros a un solar aledaño al jardín botánico de la Universidad de Tohoku, y antes de marcharse, Oikawa saca dos paquetitos envueltos en periódico de la más pequeña de sus tres maletas, la azul con detalles cromados.

–Mi madre estuvo en Shikoku la semana pasada –aclara al tiempo que Iwa-chan desenvuelve el primero–. Son dos muñecos vestidos con pantalones y chaquetas blancas. Por lo visto es la vestimenta tradicional de la región, aunque no se usa mucho. Uno tiene un sombrero en forma de cono y el otro un báculo. Los adornos de las chaquetas son personajes de dogyo ninin.

–¿"Dos viajan juntos"?

La historia de sus vidas.

–Chico listo –sonríe Oikawa. Se retuerce las manos sin querer. Lo hace siempre que tienen que decirse adiós.

Se maldice un poco, porque siente que no se han dicho casi nada desde ayer y ahora se rehúsa a subir al coche sin hablar con Iwa-chan de lo tarde que va a salir la segunda temporada de Shingeki no Kyojin, de la transmigración de almas y de si Disney es realmente tan machista como lo pintan.

Quiere saber lo que piensa Iwa-chan sobre la princesa Aurora y sobre los chicos a los que no les importaría enrollarse con sus mejores amigos heterosexuales.

–Luego le escribo un Line a Tosha para darle las gracias.

–Hablando de mi madre –recuerda Oikawa–, quiere saber si tenemos plan por Halloween este año. Para ir haciéndonos los cosplays.

–Sacamos la entrada para ese fiestorro raro de la capital cuando cumpliste la mayoría de edad hace mes y pico, ¿no? –apunta Iwa-chan. No se lo ve muy entusiasmado ante la perspectiva.

–¿Pero vamos a ir disfrazados?

–Por mí sí.

Oikawa les estrecha las manos a Yuki y a Mobi y él e Iwa-chan se disponen a cargar el equipaje en el maletero. Deciden lo que se van a poner durante el trayecto de vuelta a la estación de autobuses de Sendai. Oikawa tiene decidido que quiere ir de Darth Vader, pero Iwa-chan se lo piensa un poco más.

Lo mira conducir, y por un instante parece tan adulto que le resulta desconocido. Con un brazo apoyado en la ventanilla y el otro aferrando el volante sin ejercer demasiada presión, el gesto de concentración tranquila inmutable a pesar de mantener una conversación fluida.

–¿Sabes por qué no se te acercan muchas chicas, Iwa-chan?

Iwa-chan resopla. Tan enérgico que es como contemplar un huracán a pequeña escala.

Tiene una pestaña cerca del lagrimal.

Alguien debería quitársela.

–No. Ve sacando el tupper.

Oikawa se la retira, dibujando la media luna que se le forma bajo el párpado inferior. Le da un soplido a su dedo índice.

–Es porque las intimidas.


*El lavavajillas puede ser esa máquina que enjuaga los platos, los cubiertos y demás enseres de cocina o puede ser un detergente. En este caso me refiero a la segunda definición.

*El Tahiiku no Hi se celebra el segundo lunes de octubre de cada año, y es uno de los días previstos en la Ley de Fiestas Nacionales de Japón.