Sentimientos

Fuiste tú, la que me ayudo a recuperar mi corazón. No hay manera de que te pierda.

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- El ambiente esta denso esta noche. – susurro un agotado monje mientras se tumbaba en el porche de la cabaña junto a su esposa. Había sido su turno de dormir a los bebes, y luego de cuatro horas de historias y caballitos (sus gemelas tenían una especial afición a montar la espalda de su padre) los tres pequeños habían caído rendidos. ¡Uf! Jamás volvería a subestimar a las madres. ¿Cuánto le llevaba a Sango? ¿Segundos?...

…bueno, eso no era lo más importante ahora.

- Demasiado silencio. – murmuro su esposa, con los brazos cruzados sobre las rodillas.

Miroku observo el manto índigo del cielo, meditabundo.

- Ya han pasado tres días. – comento.

- Si. Eso es lo que me preocupa.

- El orgullo puede nublar el corazón. – apunto reflexivamente el houshi.

- No. – Sango meneo la cabeza. – Esta vez es distinto. Algo grave les paso a esos dos. ¿Sabías que Inuyasha ni siquiera está durmiendo en la aldea?

- Si, Shippo menciono una cosa o dos al respecto.

- Y Kagome. – prosiguió Sango, escondiendo la barbilla entre los brazos. – Desde ese día, solo para en el templo para descansar y después vuelve a partir al alba. ¿Por qué fue a la villa de los youkai – taijiya esa vez? ¿Que podría haber en mi antiguo hogar que le interesase?

….

- No lo sé. – contesto el bonzo al cabo de unos minutos.

Ambos suspiraron. Entonces, Sango busco refugio en el pecho del hombre, alzándose ligeramente para poder tirar de su labio inferior en una corta caricia.

- ¿Y eso porque fue? – inquirió su esposo, con una sonrisita traviesa. Miroku nunca cambiaria.

- Tú cállate y abrázame. – ordeno la pelicafe, hundiendo el sonrojado rostro en las ropas del monje, aferrándose a él como si le fuera la vida en ello.

Se quedaron en silencio. Con la brisa zumbando en sus oídos y el compas de sus corazones siguiendo la misma danza agitada.

Tal vez fuese la angustia del momento pero, Sango tenía un mal presentimiento acerca de todo esto. Como si ella y Miroku fuesen a separarse pronto.

Se le encogió el corazón de solo pensarlo.

No. Eso era imposible. Ella y su esposo nunca se separarían ¿verdad?

¿Verdad?

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- Llegaste.

- Dijiste que me darías caza si me marchaba ¿o no?

Silencio.

Inuyasha le dio la espalda. Casi puede adivinar los puños escondidos en las mangas del aori, los colmillos ensañados con el labio inferior. La oreja izquierda moviéndose imperceptiblemente con cada sonido que produce la figura femenina, tensándose cuando un jadeo abandona quedamente la garganta de ella al sentarse en un rincón.

Había sido demasiado brusco. Una bestia. ¿Realmente tiene derecho de enfadarse con Kagome?

- Tú… ¿estás bien?

- Si. – la respuesta de ella es firme, sin vacilaciones. Pero no es capaz de hallar consuelo en ese monosílabo. Necesita arreglar las cosas con ella o el tormento nunca acabara.

- Sobre lo que dije antes…

- Descuida, Inuyasha. Entiendo.

El semi-demonio gruñe. Conteniendo el deseo de zarandear a esa mujer por los hombros. ¿Qué es lo que ella entendía exactamente? Inuyasha resopla, no le importa el dolor que sus garras le producen al encajarse en la carne de sus palmas. Eso no es nada, comparado con lo que la actitud de Kagome le está provocando.

- ¿Por qué te fuiste sin avisar? – inquiere. – Sango estaba preocupada.

- Quería ver algo.

- Esa no es excusa, Kagome. – la encara. Y está seguro de que esa imagen le perseguirá por la eternidad: Kagome se encuentra acurrucada en un ángulo de la habitación. Su cabello azul-noche le arranca destellos al halo lunar que se cuela por el tragaluz, las ropas de sacerdotisa se le adhieren al cuerpo como una segunda piel, y su expresión es inescrutable mientras le sostiene la mirada.

«Hueca. Impersonal. Distante.»

Ella estaba actuando muy extraño.

- Sabes perfectamente que desde que derrotamos a Naraku los youkai de menor nivel no se atienen a nada. Pudiste salir herida. – y yo no me lo habría perdonado. Arguyo en su fuero interno.

- ¿Importa?

- Inuyasha dio un paso hacia atrás como si le hubiese abofeteado.

- ¿Qué?

- Eso. ¿Importa verdaderamente si hay youkai allí afuera? Soy una miko ¿o no? Cuando acepte permanecer en esta época, también acepte tener a mi cargo las tareas de una sacerdotisa. Exterminar youkai es una de ellas.

Dijo todo aquello con tal resolución que la sangre de Inuyasha hirvió, literalmente.

- ¡DE NINGUNA JODIDA FORMA! – rugió. - ¡YO ESTOY A TU LADO! ¡NO HAY RAZON PARA QUE TENGAS QUE PELEAR! ¡TU NO CORRERAS EL MISMO DESTINO QUE…!

- ¿El mismo destino que Kikyou?

Un búho ululo al posarse en la rama de un árbol cercano, el viento silbo sobre la hierba, haciendo crujir las persianas del templo, el único eco que rompía el mutismo en el tatami.

- Jure que te protegería con mi vida. – esquivo el hanyou.

- Te libero de tu juramento. – replico la pelinegra. - Es más, te libero de cualquier lazo que te ate a mí, Inuyasha.

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Ella no podía haber estado hablando en serio.

Inuyasha hizo una cabriola en el aire, levantando motas de polvo al aterrizar sobre la tierra infértil que rodeaba la cueva de cuarzo. Los recuerdos de esa noche son como latigazos en su espalda.

Nos liberare a ambos.

Kagome.

Si, Kagome. De haber podido, me habría marchado con Kikyou.

No mentía cuando dijo aquello, pero tampoco había estado todo zanjado. Reconoce que, en algún momento llego a desear su propia muerte para seguir a Kikyou. La mujer a la que había amado por primera vez y con la que había creado un abanico de sueños para un futuro que los incluía juntos. Le habían arrebatado esa ilusión injustamente, y el había "muerto" odiando a la persona que hubiese despertado tantas sensaciones en él. Cada vez que se encontraba con Kikyou, el Inuyasha de hace 50 años regresaba con ella, el hanyou que habría renunciado a su lado demoniaco para estar con ella como un humano corriente. El Inuyasha que la amaba a pesar del odio, y que deseaba salvarla.

Ese Inuyasha, había rogado morir cuando llego el momento de que Kikyou abandonara este mundo.

Pero hubo otra parte de él que se rehusó.

Un Inuyasha de 50 años después, un corazón que había estado muerto y que latía gracias a alguien más.

Kagome lo había reconectado con su corazón perdido. Y la idea de dejarla sola era una constante pugna contra su otro yo. Kagome representaba la libertad, la aceptación, la alegría y la confianza que nunca había podido disfrutar. ¿Cuándo había ocurrido? Solía preguntarse, ¿Qué esa niña con ropas extrañas, maravilloso aroma y un carácter de los mil demonios estaba siempre a su lado?

Ella había sacado a relucir una faceta de él que le resultaba extraña al Inuyasha de 50 años atrás. Este era un Inuyasha que reía, disfrutaba, discutía, celaba, comía ramen y tenía a gente a la cual proteger.

El otro Inuyasha no estaba de acuerdo. ¿Cómo podía él ser feliz mientras Kikyou lo entregaba todo y sufría?

La muerte de Kikyou es motivo de dolor para todos, pero a ti te duele más que al resto. Y eso está bien.

En esa ocasión, su corazón escogió definitivamente. Sería el Inuyasha de Kagome, y la protegería a costa de lo que fuera.

Se abrió una brecha a través del dolor, una calidez que lo envolvió de los pies a la cabeza. No estaba solo.

Y de pronto sucedió lo que mas temía. El pozo que servía de nexo entre las dos épocas dejo de funcionar.

Y estuve solo de nuevo.

Acompañaba a Miroku en sus pesquisas, aguantaba los interminables parloteos de Shippo acerca de sus exámenes Kitsune, jugaba con las gemelas de Sango (a pesar de que le tiraran de las orejas y lo llamaran Inu-no-niichan) y asistía a las misas de Kaede-baba para Kikyou.

Sin embargo, por cada tres días, chequeaba el pozo. Pasaba interminables horas entrando y saliendo de su interior, maldiciendo, suplicando, escarbando en su fondo (tal vez lograse cavar un túnel hacia el otro mundo). Nada funcionaba. Kagome no volvía, y su ausencia le hizo experimentar una de las sensaciones más espantosas del universo: El vacio.

La realidad a su alrededor era monótona, absurda.

¿Qué sentido tendría pegarle a Shippo si ella no estaba para reprenderle?

¿Había razón para sonreír si ella no estaba por allí, presumiendo de las técnicas de curación que había aprendido con las hierbas medicinales, instándole para que ayudara a algún sonso humano que estuviese en problemas, llamándole, retándole?

Durante las noches observaba abstraídamente las estrellas con la estúpida idea de que una estrella fugaz le compadeciera y se animase a escuchar su petición. Se sonreía altaneramente ante ese pensamiento, pedir deseos a las estrellas había sido una costumbre adquirida de ella.

Entonces, ella regreso.

La vida recobro su cauce. Y una noche de eclipse, sus instintos la reclamaron como su compañera.

Los problemas comenzaron ahí. – se dijo, accediendo a las profundidades de la roca brillante. El aroma de los cadáveres era picante y putrefacto, se obligo a respirar por la boca.

La momia con la armadura de general miraba sin mirar hacia un punto aislado. Inuyasha la examino detenidamente, sin ser consciente de lo que buscaba. La respuesta a la actitud de Kagome estaba en ese lugar.

Ella, tenía un comportamiento fuera de lo normal. Parecía ajena a la realidad…

Se dirigía a la aldea de los youkai-taijiya…

Kagome se pasa horas encerrada en sí misma en el Goshinboku. La he estado vigilando por ti, Inu-baka. Más te vale que te des prisa en terminar lo que estás haciendo, o ella lo malentenderá.

El enano (Aun no era lo bastante alto como para superarle, Keh.) había tenido razón.

Es porque no soy Kikyou.

Oh, no lo sé. ¡Puede que haya sido porque la nombres en sueños o te ausentes días enteros en su tumba y luego no te dignes a darme la cara!

Lo sabía. Al final, siempre fui su reemplazo.

Cuando la oyó decir eso. Exploto. ¿Cómo podía ella creer que luego de todo lo que habían pasado juntos él la consideraba un reemplazo por Kikyou?

Kagome, es Kagome. No hay reemplazo para ti.

Se lo había explicado esa vez. Había pensado que las cosas estaban claras.

Hace dos años que no me tocas.

Tendría que haberle confesado todo. La culpa era del bueno para nada de Toutousai y del idiota del segundo Hosenki, es decir, ¿costaba mucho pedir que una joya indestructible fuese ensartada en uno de sus colmillos? Ah, pero tenían que ser sendos viejos quisquillosos. A uno le había llevado dos años cultivar la joya perfecta (y ¡joder! Luchar contra el demonio que custodiaba la aurora boreal había sido un dolor en el trasero) capaz de soportar el haz jade de la aurora confinado en su interior, una luz que resplandecería eternamente cada vez que muriera el sol en el oeste. Y el otro (Toutousai) le había arrancado más de ocho colmillos tratando de otorgarle a estos la equilibrada redondez de una alianza que se ajustase al dedo anular. Increíble, para un viejo que alardeaba de su reputación de herrero maravilla.

Una alianza. Había oído una vez de la "caja mágica" del mundo de Kagome que las hembras casadas recibían una alianza, un aro, de sus parejas. El símbolo de la fidelidad y del amor de sus esposos. En un principio, le pareció la mayor idiotez del planeta. ¿Cómo un simple aro podía representar el amor eterno? Y luego recordó todo a lo que Kagome había renunciado para estar con él, todo lo que le había dado. Y quiso hacer algo por ella.

Si bien estaban unidos por la ley de los youkais, probablemente ella valoraría tener un pedazo de sus costumbres humanas.

Rebusco en los bolsillos de su hakama, hasta que sus dedos apresaron el pequeño objeto.

Su colmillo destellaba como el oro blanco, y la gema en su centro arrojaba estelas de luz verde a las estalactitas y estalagmitas de la caverna.

Un objeto imperecedero, eterno y solido. Como su amor por ella.

Todavía le dolían las encías, pero había valido la pena. Lo había ido a buscar ese día, más Toutousai estaba dándole los últimos retoques a la pedrería, lo tendría listo para dentro de dos días.

Ahora el anillo reposaba en su mano. Desde que pensara en crearlo, asistía regularmente a la tumba de Kikyou e incluso, soñaba con ella. Pero no era por cuestión de arrepentimientos, o culpas, o indecisión. Simplemente, cuando miraba hacia atrás y veía todo lo que ocupaba su presente. Se sentía bien. Ya no podía seguir anclándose al pasado. Por eso soñaba con Kikyou. Estaba despidiéndose de ella y del otro Inuyasha. A quien imaginaba siguiéndola hacia el Nirvana, mientras él yacía de pie en la tierra.

Miro nuevamente a la momia, la luz le arranco una centella al agujero de su pecho al mismo tiempo que un rayo de certeza le golpeaba a él la cabeza.

Cuando acepte permanecer en esta época, también acepte tener a mi cargo las tareas de una sacerdotisa. Exterminar youkai es una de ellas.

El corazón pálpito despavorido en su pecho, entretanto, Inuyasha se replegaba a toda máquina rumbo a la salida…

…siendo abruptamente rechazado por una barrera espiritual.

Continuara…


Lo siento. Lo siento. Lo siento. Ya sé lo que dije. Creí que las 10 páginas de La Amazona me retrasarían en la entrega de este capítulo, pero la inspiración favoreció más a este lado, así que aquí esta.

¡Ajo! ¿Así que esas eran las verdaderas intenciones de Inuyasha? ¿Una alianza?

¡Cuervos! ¿Y ahora qué?

Muchas, muchas, muchísimas gracias por todos los alertas, favoritos y sobretodo los Reviews!

No tengo mucho tiempo (mi madre quiere que apague la PC ¬/¬) asi que no puedo nombrarlos como es habitual. Lo siento (de nuevo). Espero que este capitulo sea de su agrado.

Y pues, ¿Qué más? A ponerme a trabajar en las seis paginas que me faltan de La Amazona (tengo escenas que organizar, emociones que cuadrar…en fin…un despelote, pero estoy en ello. ^^)

Siempre es un placer leerlos. Cualquier, duda, sugerencia, critica…bien…queda por su cuenta.

Hasta el próximo cap!

Belle.