CAPÍTULO CUATRO.
Una Opositora Fanática y Loca
Jorge Pablo corrió al camarín de los desnudistas, suponiendo que Zascha podría decirle qué hacer, pero Zascha lo recibió agarrándolo por el cuello de la camisa y empujándolo contra la pared.
--¿Qué mierda de organización tienen ustedes aquí, cabrón de mierda? ¿No estás viendo que las viejas están vueltas locas? Así no se puede trabajar. Cuando pasas por la pasarela te agarran de las patas y no te dejan hacer nada.
--Estamos trabajando para arreglar eso --mintió Jorge Pablo, alejándose de Zascha.
--Mejor que lo arreglen luego, porque si esta pelotera sigue igual, nosotros nos vamos. Dile al diputado que nos deje sacarnos todo para que las viejas no se enojen más.
--Bueno, voy. Pero mientras tanto sigan actuando para que el público se calme un poco.
Zascha le indicó a otro de los bailarines que ya era su turno de salir al escenario y el segundo desnudista de la noche comenzó a prepararse, vistiéndose con un disfraz de camisa y pantalón azul.
Jorge Pablo salió del camarín decidido a encontrar a sus jefes y pedirles que vinieran a controlaran la crisis, pero no alcanzó a salir del recinto, pues al llegar detrás del escenario se topó de frente con el diputado Torremora, que venía de vuelta muy alterado, debido a un problema que había surgido mientras estaban en el estacionamiento.
Lo que había sucedido era muy simple:
Mientras estaban todos juntos fuera del gimnasio, el diputado Torremora se despidió de sus asistentes y caminó a paso lento hacia su Mercedes, donde su chofer sostenía la puerta para que subiera.
Pero se vio interceptado por una mujer que se lanzó a insultarlo y a gritarle en la cara con una violencia desmedida, tan rabiosa como si estuviera poseída por todos los diablos juntos:
--¡¡Asesino!! ¡¡Satánico!! ¡¡Inmoral!!... ¡¡Nazi sanguinario y cochino!!... ¡El aborto legal es genocidio! ¡Es una masacre! ¡Es un atentado contra los derechos humanos!
El diputado comprendió, sin que nadie se lo explicara, que estaba frente a una fanática loca, defensora de la moral y las buenas costumbres o algo así. El gran hombre no podía saber qué tan peligrosa era la mujer que lo insultaba. Podía llevar un arma escondida en la ropa... quizás hasta llevaba una bomba. Así es que el diputado retrocedió sin pérdida de tiempo y la mujer lo siguió gritándole todavía más enfurecida:
--¡Quédate aquí, cobarde! ¡Miedoso! ¡Asesino! ¡Chanta!... ¡Que tienes valor para matar niños y no tienes valor para escuchar a una mujer que te reclama por eso!
Los colaboradores del diputado Torremora le cerraron el paso a la alterada mujer, mientras el gran político se escapaba como un conejo y corría hacia la puerta trasera del gimnasio, para regresar a la seguridad del recinto cerrado. Luego sus partidarios entraron tras él y cerraron la puerta de un portazo, dejando a la lunática opositora afuera.
La mujer que había insultado al diputado Torremora se llamaba Marciala Bélica Guerrero Bravo (su nombre era realmente así, porque ella misma se había encargado de cambiarlo en el registro civil).
Marciala era una señora de cuarenta años, delgada y baja de estatura, que además era solterona y célibe... Ella nunca pudo tener hijos propios y por eso se había dedicado a cuidar y querer niños ajenos. Trabajaba como maestra de escuela y jamás había dejado de salir en defensa de sus alumnos.
Incluso había estado detenida en una ocasión, por pegarle a una apoderada de su propia escuela.
Eso sucedió cierto día, cuando una señora llegó trayendo a su hijo con la espalda llena de marcas rojas, que eran las heridas dejadas en la piel del niño por una correa de cuero. La apoderada explicó con toda calma que su hijo se había portado mal y que ella lo había castigado... y Marciala le botó tres dientes con un puñetazo a la pobre mujer, que quedó tirada en el suelo.
Después de eso la despidieron y le costó mucho encontrar otro colegio donde quisieran arriesgarse a darle trabajo. Pero Marciala formaba parte de una iglesia protestante que tenía algunos colegios propios y su pastor decidió darle una última oportunidad, siempre que ella prometiera portarse como una buena cristiana.
Esa era la mujer que acababa de insultar al diputado Torremora, porque ella sentía que tenía el deber sagrado de detener a ese hombre que trataba de legalizar el aborto.
Marciala quería a todos los niños por igual... Los amaba como cualquier fanático ama al objeto de su fanatismo... Y para ella los niños no natos, los fetos y aun las mórulas eran tan niños como cualquier otro. No podía permitir que el diputado Torremora consiguiera permiso legal para atacarlos con arma blanca mientras estaban indefensos en sus placentas, asesinándolos a sangre fría para después tirar sus cuerpos a la basura como si fueran pescados podridos.
Por eso había esperado en el estacionamiento hasta que vio salir al parlamentario y a sus asistentes... y por eso le había gritado. Tenía mucho más que decirle, pero el muy cobarde retrocedió y se escondió en el gimnasio.
Marciala quedó parada frente a la puerta cerrada, temblando de rabia asesina, y el chofer del diputado vino a tirarla del brazo para ordenarle que se fuera a su casa, antes de que vinieran los carabineros a llevársela detenida.
--¡Suéltame, infeliz! --gritó ella, apartándose de un tirón--. No me voy a ningún lado sin haberle dicho lo que pienso a tu famoso diputado.
Y se alejó de la puerta de atrás para caminar derecho hacia la puerta principal. Entró en el gimnasio por la parte delantera y desapareció escondiéndose entre el público.
Mientras tanto, detrás del escenario, el diputado Torremora gritaba como cerdo en el matadero y estaba llamando a los carabineros por su celular, para que vinieran a detener a la mujer que lo había insultado. Cuando colgó el teléfono, la agarró contra sus asistentes:
¾¡¡Todos ustedes son unos ahuevonados mamones!! --les gritó apuntándolos con un dedo acusador--. ¿Cómo permiten que cualquier fanática loca venga a decirme lo que se le ocurra? ¡Podría haberme matado! ¡¡Podría haber traído una bomba y estaríamos todos muertos!!
Entonces llegó su chofer diciendo que la opositora fanática se había ido y el diputado se sintió mejor. Dejó de gritar por un momento y le puso atención a los otros gritos, que venían desde el otro lado del escenario, y por primera vez se dio cuenta de lo que las mujeres del público estaban diciendo.
Un cántico vibrante, monótono y poderoso como el batir de las olas, se repetía una y otra vez, coreado por miles de voces femeninas enardecidas:
¾¡In-jus-ticia!... ¡In-jus-ticia!...
Y en ese momento llegó Jorge Pablo para informar que los desnudistas estaban asustados y que ya no querían salir al escenario.
--¿Qué significa esto? ¿Cómo que no quieren bailar, si ya les pagamos? --rugió el diputado Torremora.
--Dicen que no les están pagando tanto --respondió el muchacho--. El público está fuera de control.
--Será mejor que avise a los carabineros que no vengan por ningún motivo --dijo la secretaria principal muy alarmada--. Si las mujeres están así de enojadas, podrían atacar a la fuerza pública.
El diputado sacó el teléfono y llamó a carabineros otra vez. Les explicó que ya no era necesario que se presentaran allí, porque la mujer que lo insultó se había ido.
Además, explicó que era mejor que ningún policía se acercara al recinto por razones de seguridad...
Todos sabían que las partidarias del diputado Torremora no sentían ningún cariño por los carabineros, porque ellas habían participado en montones de protestas callejeras, donde habían tenido que enfrentar a la fuerza pública con palos y piedras. Y de tanto pelear con los carabineros, esas mujeres habían llegado a odiarlos más que nada en el mundo... y con lo rebeldes y alteradas que estaban ahora... bueno, podía pasar algo grave si esas mujeres amotinadas llegaban a ver algún policía por ahí cerca.
Recién entonces Jorge Pablo recordó algo que había visto en el camarín: el segundo desnudista se estaba vistiendo con un traje de pantalón y camisa azul, con una cachiporra, un cinturón con pistola y una insignia... ¡¡Se estaba disfrazando de policía!!
Jorge Pablo corrió de vuelta al camarín tratando de impedir que el segundo desnudista se presentara ante el público con ese traje tan peligroso... pero llegó demasiado tarde.
El bailarín ya había subido al escenario y las espectadoras lo recibieron tal como Jorge Pablo temía: con un aullido de furia y una violenta reacción de odio, aunque el bailarín llevaba un uniforme de policía gringo, todo azul y nada parecido al uniforme verde de la policía local.
Una silbatina furiosa se levantó de la masa de gente reunida frente al escenario y miles de brazos se alzaron con los puños cerrados en un gesto de combate.
Era el despertar impresionante de una masa desatada, una turba en movimiento... una estampida a punto de comenzar.
Y el desastre que Jorge Pablo había presentido se desató sin que nadie pudiera evitarlo...
CONTINUARÁ...
