La zanahoria ataca.

La amargada y vieja Esme y yo íbamos de compras al centro comercial de Seattle, para guardar apariencias. Realmente, no comíamos pero… Había humanos chismosos que nos vigilaban, por lo tanto teníamos que comprar comida, y después lanzar los jitomates a los autos que pasaban por nuestra casa.

-Esmeee… ¿Ya vamos a llegar? -Repetí.

-No, Emmett. -Contesto con su mismo tono de fastidio.

-Oh, que amargada eres. -Susurré mientras que veía por la ventana.

-¿Qué dijiste? -Grito.

-¡Qué te amo, mamá! -La abracé, entonces ella me dio un codazo en el estomago. Que mala era.

Cuando llegamos, Esme huyo del auto dejándome solito ahí.

-Estoy sólo… Nadie esta aquí. Me han dejado, no hay nadie… -Bajé el vidrio de la ventanilla completamente y sentí el aire en mi rostro, oh que horror, ¡Olía a contaminación!

Entonces, una zanahoria gigante te acerco, y yo grité:

-¡Ahhhhh! -Mientras que cerraba la ventana y la zanahoria dejaba los dedos dentro.

-¡Deja mi dedos! -Grito la enorme zanahoria.

-¡Nunca! -Grité en respuesta mientras que volvía a bajar y subir el vidrio. Lo repetí varias veces, hasta que los dedos del tipo cayeron en mis piernas. Repulsivos… ¡Repulsivos!

-¡Ten tus dedos! -Dije mientras que abría la ventana y le arrojaba sus dedos fuera de mi auto (En realidad, el auto de Esme)

Después de unos minutos, cuando Esme volvió con una cara preocupada.

-¿Te enteraste? -Dijo mientras que subía al auto con los brazos llenos de comida y demás cosas.

-¿De qué? -Pregunté inocentemente.

-De que a la botarga de zanahoria le ocurrió algo en la mano. -Susurro ella con un pésame.

-¿A cuál botarga? ¿A la que le quitaron los dedos? -Respondí.

-Si, pensé que no lo sabías. -Respondío ella.

-No, no lo sabía. Sólo lo suponía… -Dije con tono de niño bueno mientras que sonreía maliciosamente.

Creo que Carlisle se molestaría mucho si supiera que había sido yo.