¡Muy buenaaaaaaas... Sí, lo sé; soy horrible.

¡Pero hay un Dios que todo lo ve! Y él sabe cuán ocupada he estado últimamente XD

El año pasado estuve entre los parciales, una exposición para cada una de las semanas, y la preparación de un trabajo para final de ciclo que, seguramente, equivalía al 90% de la nota global (?), yo ya no me reconocía... Es decir, no me sentía asustada ni ná; supongo que es debido al cambio de ambiente. El estrés que, se suponía, debía sentir, no lo siento más. No sé si la estoy cagando, o si realmente me encanta ésta carrera XD

¡Pero, bueno! A eso dejarlo de lado por un momento, que hoy vengo a actualizar un poco XD

¿Saben? Me he cogido una computadora portátil y, para ser sincera, me siento de maravilla escribiendo en ella; caso contrario al pasado, donde si me ponías un teclado enfrente no te escribía ni pío XD Supongo que ya se me está haciendo costumbre y estoy actualizándome (?)... Pero, bueno, el punto es que, aunque no lo creáis, estoy avanzando más rápido ahí con las ediciones que cuando las hago en el móvil. De hacer sólo unos párrafos por día, he alcanzado a editar hasta dos capítulos por día, ¡vaya logro! A este paso, voy a poder actualizar algo de lo que ya tengo pronto XD

¿O no?

Bueno, bueno, ya... Mejor es la historia que concierne. ¡Abur! XD


Disclaimer: Si Naruto me perteneciera, ¿realmente creen que habría hecho en el manga ese final tan cutre? No, señores. Naruto sería Hokage, sí; y, tal vez, le habría dado un poco más de atención al NaruHina—perdonad, pero es mi vena canon la que habla (?)—; no habría tanta pinche pareja disparatada—¿ChouKarui? ¿SasuSaku? Ay, ¿qué coño es eso? XD—; y le daría unos buenos hostiazos a Boruto pa'que se comporte XD


💕[SasuHina month 2015]

#Prompt 4: Emergency


Advertencias: Esta historia está ubicada en un Alternative Universe. Contendrá, además, algo de lenguaje soez. Y algo de OoC (Sasuke habla como un cotorro, así que, sí, hay algo de Out of Character XD).

Ligera mención de la película «El Resplandor».


Si no estás de acuerdo con lo que se va a ver aquí, según tengo entendido, hay un botón que dice «Atrás». Púlsalo y nos evitamos malos ratos.


Summary: Miró con gracia la verdadera tabla entre sus manos, preguntándose por qué había engañado a la joven con poner datos falsos en la tablilla que se encontraba en la otra cama, junto a la de la Hyūga. No podía evitar preguntarse cómo sería la cara que pondría al verle al día siguiente, cuando le reclamara por haber puesto en sus observaciones que era una paciente inmoral y depravada; una fémina con instintos suicidas que gustaba del arte erótico para hacerse daño a sí misma, de manera inconsciente.


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Emergency


Entonces, cuéntame: ¿qué sucedió aquél día?

La mujer de cabello largo y castaño, recogido en un flojo moño, comenzó a hablar sin perder más tiempo. Cruzándose de piernas en el cómodo sofá donde se encontraba sentada, a la vez, amoldó con increíble calma el puñado de papeles que tenía entre sus manos, dentro de una peculiar carpeta color rosa, cuidando que su pulcra manicura no se echara a perder en un brusco movimiento. Sin dejar de observar con cierta ansiedad y pena a la persona que tenía frente a ella, suspiró, y luego bufó cuando ésta dejó salir las lágrimas que, hacía unos minutos, había logrado calmar; las mismas que, nada más entrar al lugar donde se encontraban dialogando, había dejado correr como si fuera una tubería llena de fugas sin remedio.

Sin embargo, recobró rápidamente la compostura, y volvió a poner una expresión de total aflicción en su rostro cuando recordó dónde se encontraban.

—Oh, no —Se levantó velozmente del amplio sillón de cuero y se le acercó—. Tranquila, mujer, no llores —Posó su mano encima del hombro que se sacudía con ahínco bajo un grueso abrigo de Cashmere, y se dispuso a confortarla, hablándola en voz baja para que le tuviese tantita confianza—. Anda, dime, ¿qué fue lo que pasó?

Fueron unos largos minutos, casi infinitos, los que tuvo que esperar antes de que la desconsolada susodicha abriese la boca; y, no, no precisamente para soltar más sollozos, o palabras incoherentes e incomprensibles por el mismo lamento. La otra mujer a su lado realmente quería ayudarla a que pasara a la ardua tarea de enfrascarse en el relato de los hechos que tanto malestar le estaban acarreando, con todo lujo de detalle; saber hasta los puntos y comas de la desastrosa situación que estaba sobrellevando.

—No quería hacerlo —dijo, al mismo tiempo que su acompañante le alcanzó, rápidamente, una caja de Kleenex en cuanto ella alzó la mano. Cogió uno y se lo llevó a la nariz, haciendo un escandaloso y nada femenino ruido al sonarse, para luego proseguir narrando de manera entrecortada—. Fu-fue tan difícil, pero, después de tanto tiempo pensándolo, yo...

—¿Tú...? —La incitó a continuar al ver que se quedaba callada por otro largo rato, impacientándose cada vez más—. ¡Anda, dilo!

La joven de cabello rubio volteó a verla, frunciendo un poco el ceño ante su inquietud y falta de tacto. Vamos, como no era ella la afectada. Apretó sus puños y, entonces, confesó por fin con voz trémula—. Yo... quería saber si mi marido tenía —Tragó duro, y sintió sus ojos humedecerse todavía más cuando añadió—: una amante.

La persona a su lado jadeó, realmente asombrada; negó la cabeza con pesar y pasó un brazo sobre sus hombros, atrayéndola hacia sí, tratando de infundirle ánimos—. ¡Oh, querida! —Se acercó un poco más a ella y le habló con voz grave—. ¿Y qué fue lo que hiciste?

—Mayu-chan, una amiga mía, me dijo lo que tenía que hacer —dijo, por fin sin tartamudear; sin que su voz se quebrara. Respiró profundamente, manteniéndose con el pecho inflado por un buen rato, hasta que soltó todo el aire de golpe en un pesado gemido que denotaba total desconsuelo—. Un día, yo le había comentado a Kōta-kun que yo llegaría a casa muy tarde, debido al trabajo —Al ver a la otra asentir, prosiguió—; que, posiblemente, estaría ahí alrededor de las diez de la noche, y que no era necesario que me esperase despierto —De pronto, sonrió tenuemente y se llevó ambas manos al pecho—. Él no me reclamó nada y tampoco hizo mala cara; después de todo, Kōta-kun siempre ha sido tan considerado conmigo. Siempre me trató bonito y me decía a cada rato que me amaba. ¡Tan lindo! —expresó, soltando un grito lleno de emoción, al mismo tiempo que se ruborizaba como una colegiala, a pesar de tener, ya, alrededor de treinta y dos años.

—Pero, seguro que eso sólo había sido una farsa, una vil mentira que sólo encubría sus múltiples infidelidades, ¿o me equivoco? —Cortante, y sin consideración alguna, su acompañante enunció, interrumpiendo abruptamente los inminentes recuerdos felices de la otra. Sonrió interiormente al advertir que su jovial y embelesada expresión desaparecía paulatinamente, para luego bajar la cabeza de nuevo, derrotada.

Entonces, continuó platicando como si nada.

—Imagino que fue una trampa, eso de que dijiste que llegarías tarde de trabajar, ¿no es así? —Retomando la plática desde el punto que le interesaba, antes de que la otra comenzara a hablar maravillas ilusorias de su esposo, se acomodó mejor en su asiento y entrecerró la mirada.

—Sí —afirmó, enfatizando al asentir con su cabeza; sus claros y largos cabellos, moviéndose con gracilidad ante el movimiento—. Quería descubrir si lo que Nana-chan y Eri-chan, mis otras amigas, me habían contado respecto a Kōta-kun era cierto o no —Hizo una pequeña pausa para poder secarse con el dorso de su mano derecha, una traicionera lágrima que se escabullía de su ojo izquierdo, antes de que ésta rodase por su mejilla—; si en realidad me engañaba con otra.

—¿Qué fue lo que sucedió ese día?

Suspiró, de nuevo, apoyándose en el respaldo del sofá y alzando la mirada hacia el cielo.

—Ése día… Yo llegué a casa alrededor de las cuatro de la tarde —comenzó, cerrando los ojos con pesar cuando rememoró aquel día; cuando recreó esa imagen en su mente—. Cuando entré, cerré la puerta principal con mucho cuidado y procuré caminar lentamente para, así, no hacer ningún ruido que delatara mi presencia —Inevitablemente, se quedó en silencio para ordenar sus ideas y poder exteriorizarlas sin tanta dificultad.

Recordó, con total desasosiego y tormento, cómo ese día tuvo que pedirle a su jefa, con toda la vergüenza del mundo impregnada en sus facciones, que la dejara irse a casa un poco más temprano de lo usual; que, lamentablemente, tenía que arreglar unos asuntos personales muy importantes, y que, al día siguiente, prometía trabajar todas las horas extras que ella desease imponerle, para poder reponer ése. Sin embargo, se asombró enormemente cuando Hanako-san le dijo que no debía preocuparse por ello, en lo absoluto; que no era necesario llegar al extremo de trabajar de más, y que ni se le ocurriera hacer lo de las períodos extras porque su eficiencia era indiscutible.

—Pero —Siguió—, al final fui yo la que escuchó unos sonidos extraños a lo lejos. Me di cuenta, entonces, que venían precisamente desde la habitación —Tragó saliva y prosiguió—: nuestra habitación.

Atónita, su compañía la interrogó, impaciente, poniendo su mano derecha hecha puño sobre su boca, expectante a cada palabra que escuchaba.

—¿Y luego? ¿Qué pasó?

—Pues… Me acerqué hasta que estuve frente a la puerta de la recámara, y... los ruidos se escuchaban cada vez más fuerte, y...

—¿Qué? ¿Qué pasó? No, no me digas… —negó frenéticamente con las manos y soltó, sin delicadeza—: ¿Abriste la puerta y los encontraste teniendo sexo? —preguntó, sonriendo ansiosa por saber si su suposición era acertada o no. No obstante, antes de siquiera plantearse la situación, recibió un rápido asentimiento como respuesta.

—Sí... ¡Sí! —La mujer se tapó el rostro, ahora bañado en lágrimas, con ambas manos; al mismo tiempo, empezó a sollozar con fuerza—. Cuando abrí la puerta, e-ellos estaban en la cama, desnudos… ¡Besándose y acariciándose con tanta pasión! —exclamó, entre hipeos y palabras incomprensibles, gritando a puro dolor.

—¡Madre mía! —gritó—. ¿Y tú qué hiciste? ¿Les tiraste algo? ¿Los sacaste a patadas de casa? ¡Habla, por Dios, cariño! —La abarrotó de preguntas y cogió sus manos con fuerza, transmitiéndole así un poco de confianza para que no volviera a quedar en silencio, y la despejara de toda duda. ¡Era un gran chisme que no podía quedar a medias!—. ¡¿Qué hiciste, chica?!

—Yo… le pre-pregunté por qué lo ha-había hecho... —El incesante llanto no la dejó hablar con claridad, ni una idea se pudo concretar; por ello, la mujer que escuchaba sus pesares y lamentos le frotó la espalda, y la incitó a hacer ejercicios de respiración.

—Tranquila, cariño, no llores más. Mira, haz esto: inhala, exhala; inhala y exhala —comentó, realizando las determinadas acciones para que la otra la imitase y continuase, así, con la narración del delito—. Así, eso es. Repítelo una vez más.

Permanecieron haciendo el mismo ejercicio por unos cuantos minutos más, hasta que se sintió un poco más tranquila.

Una vez terminó de inhalar y exhalar por décima vez, volvió a hablar, un poco más calmada—: Él me dijo que yo no pasaba mucho tiempo en casa y que no le pre-prestaba la debida atención; que se sentía tan abandonado, que tenía que buscar en otra parte lo que yo no le podía dar.

—Pero, tú le explicaste las razones del por qué las cosas estaban como tal, ¿verdad? —La joven asintió—. ¿Y entonces? ¿Qué pasó? —reiteró, una vez más, mientras fruncía poco a poco el entrecejo.

—Él… Se fue. —expresó, soltando un pesado suspiro lleno de desolación, a la vez que se cruzaba de brazos.

—Se... ¿Se fue?

—Con aquella mujer. —Agregó, encogiéndose de hombros.

Incrédula ante eso último, la otra sacudió la cabeza, tratando de asimilar aquello con toda la profesionalidad posible—. ¡Vaya! Pero, ¡habrase visto semejante cínico, cabrón!

Sin embargo, y tal como pudo preverse, sucedió todo lo contrario. Mientras escupía con furia mil blasfemas más contra el susodicho culpable de la infelicidad de su compañera, frunció aún más el ceño. A sabiendas que enojándose no iba a ganar nada, suspiró y susurró a su amiga, dándole una palmada en el hombro.

—Lo lamento tanto.

Ella sólo asintió, incapaz de decir palabra alguna ya que volvió a llorar.

De inmediato, la otra mujer se levantó de golpe del gran sofá y se giró hacia el frente, olvidándose de mantener la calma. ¡Al carajo la calma! Miró al grupo de personas que estaba fuera del alcance de las cámaras, pero que, aun así, se notaba su presencia debido a los miles de murmuros que estaban haciendo respecto al tema de ese día. Después de haber escuchado aquel relato tan fatídico, el caos se hizo tan audible, que la mujer ya no pudo seguir reprimiéndose.

—¡Esto es imperdonable, mi estimado público! —gritó, completamente cabreada. La respuesta no se hizo esperar tampoco cuando todos comenzaron a soltar afirmaciones a la expresión. Una que otra persona soltó un improperio nada blando, seguramente dirigido al tipo que había hecho sufrir a la joven; la misma que todavía se encontraba sentada escuchando despotricar, a cal y canto, a la presentadora de aquél polémico programa encargado de buscar la manera más sencilla de arreglar las molestias de la gente.

Sólo era cuestión de que el susodicho culpable entrase a escena para que todo se tornase aún más interesante.


Hyūga Hinata suspiró con pesadez, sin detener en ningún instante su ardua labor de cortar, con absoluta y extremada paciencia, la cebolla que tenía frente a ella. Limpió con la tela de su camisa roja y manga larga, las lágrimas que habían fluido sin parar de sus perlados ojos; mismas que, ahora, recorrían sus sonrojadas mejillas y caían directo al piso de la cocina. Y, aunque la verdura frente a ella no tenía nada que ver con su estado, la joven no pudo evitar mirarla con un poco de disgusto.

O, bueno, tal vez la hortaliza sí que había ayudado un poco a hacerla gimotear también; después de todo, el hedor de éstas era demasiado fuerte. Aparte del común elemento químico¹ que ésta soltaba, Hinata tenía también un muy sensible sentido del olfato. Varias veces había sufrido cuando caminaba por una calle concurrida; el olor del sudor que algunos hombres con sobrepeso despedían, mientras iba en el metro, no era para nada agradable. Ni qué decir cuando alguien fumaba a unos cuantos metros de donde ella estaba; era simplemente insoportable aguantar el olor de la nicotina.

Sin embargo, la verdadera razón por la cual la joven de largos y azulinos cabellos sollozaba, no era precisamente por su delicada y terriblemente perceptiva nariz, no; de hecho, haber presenciado el estado en el que había quedado aquella pobre mujer—quien, por cierto, continuaba llorando a grifo abierto, mientras era consolada por la presentadora—, de igual forma había hecho bastante mella en su persona. Hinata empezó a sentir un pesado dolor en el pecho al verla con dos grandes líneas de rímel corrido sobre sus mejillas; con la congoja surcando cada facción de su delicado rostro. Aquella sensación de desasosiego que incrementó, mucho más, después de escuchar su triste y fatídica historia de amor fallido.

Y usted, estimado espectador, ¿qué piensa de toda esta situación?

Mientras la jovial conductora continuaba pidiendo la opinión de algunas de las tantas personas que se encontraban cómodamente sentados en las sillas ubicadas detrás de la vista de las cámaras, la chica de perlado mirar se perdió en sus propios recuerdos; en cómo el dolor que sufrió hace años, el que creyó haber dejado atrás para siempre, volvía a estar latente en esos momentos. Aquél mismo pesar que había decidido dejar olvidado en un oscuro rincón de su mente y corazón, justo después de ese día que dejó su país natal; el sufrimiento que no quería volver a experimentar, según había deseado con tanto ahínco, justo en el momento que se subió al avión que la llevaría muy lejos de su hogar, porque, al fin, había logrado obtener el apoyo necesario para independizarse de su estricta familia.

Rápidamente negó con la cabeza, mientras cogía un poco del papel higiénico que tenía encima de la barra de su comedor, para limpiarse las lágrimas y la nariz; luego, cuando botó la basura en un bote que estaba colocado en la esquina, ella intentó, por todos los medios, no pensar mucho en aquello que tanto daño la había hecho; aquello que la hacía entender muy bien a la muchacha de la televisión.

Sin embargo, e inevitablemente, falló en el intento.

De algún modo, aquél cuento le recordó a su fallida relación con su primera—y única—pareja: su querido y divertido Kiba-kun. Aquél hombre de cortos cabellos café, de mirada oscura y afilada, sonrisa maliciosa, y extrovertida personalidad; el chico que tenía un afecto e interés un tanto inusual por todos los caninos, fueran éstos de raza, o no. Una vez, él le comentó sobre su sueño de manejar una veterinaria y Hinata había pensado que era un deseo hermoso, que, aunque lo apoyara, sabía que no haría falta, pues a él no se le dificultaría nada alcanzar ese ideal. En ese entonces, Kiba y Hinata habían pasado tantos buenos momentos juntos; incluso habían tenido una que otra situación en las que la vergüenza llenó por completo a la Hyūga. Inuzuka Kiba también había sido su primer amigo, el vecino de la esquina que la saludaba realmente contento y desinhibido todas las mañanas; al contrario de ella, que apenas había podido levantarle la mano para devolverle el saludo, todo por culpa de su extrema timidez.

Suspiró una vez más y, sacudiendo la cabeza para sacarse de la mente esos recuerdos, se dirigió a la sala que tenía al frente del pequeño comedor; al otro lado de la barra desayunadora que separaba ambas estancias. Cogió el mando a distancia que estaba sobre uno de los brazos del sofá, y regresó a la cocina mientras alzaba el brazo para cambiar de canal desde la posición en donde estaba parada. Fácilmente empezó a hacer zapping, pero sin encontrar nada interesante que ver; la mayor parte de la programación estaba plagada de películas de acción y extrema violencia. Fue tan pesado y difícil encontrar—por fin—algo en el Cinecanal; aunque, sin poner mucha atención de cuál era la película que estaba transmitiéndose en ese momento. Lo único que sabía es que, en ese canal, pasaban buenos programas; al menos la mayor parte del tiempo.

Entonces, mientras pasaban comerciales sobre fajas reductoras y métodos dietéticos que harían bajar de peso a una mujer en tan poco tiempo, frunció levemente el ceño cuando empezó a divagar sobre su anterior relación con el caso de aquella joven. ¿Por qué ahora, justo después de tantos años, se ponía a recordar los momentos que pasó con Kiba, sólo por ver un maldito programa que, posiblemente, estaba hecho a base de un guión barato? ¿Por un programa que se preocupaba más por obtener un buen rating, en vez de arreglar, debidamente, los problemas y agonías de la gente que recurría a ellos? Hinata pensó que, tal vez, era sólo porque le había pasado lo mismo que a esa mujer que sacaba cascadas por los ojos; bueno, prácticamente, con la única diferencia de que había sido ella quien corrió con la suerte de no encontrar a su chico en una situación comprometedora, con cualquier otra mujer. Hinata corrió con la suerte de no haber sufrido una infidelidad por parte de Kiba, en ningún momento. Al contrario, él mismo la había abandonado; él mismo había cortado la relación. Y, aunque fue de la forma más absurda y cobarde—según palabras de su hermana menor, Hanabi—, al menos fue directo antes de que algo parecido suscitara entre ellos: Kiba le había dejado una simple y lacónica carta, pegada en la puerta de su refrigerador, la última vez que la visitó.

Como prueba definitiva y concluyente a esa cortísima relación que tuvieron—de apenas unos cuantos meses—, Hinata recibió un pedazo de papel donde el Inuzuka le explicaba que no podía continuar con aquella convivencia tan... «Pudorosa»; que él tenía las típicas necesidades propias de un hombre, y que ella, evidentemente, no podía complacerle; al menos, no en el momento en el que él lo deseara, para ser más específico. Kiba podía tener una erección notable y ella sólo lo habría evadido. Ellos ni siquiera habían pasado de sutiles caricias en los brazos y besos castos en los que la lengua no estaba incluida.

Cuando la Hyūga terminó de leer aquél papel, se sintió de verdad muy mal; después de todo, ella había llegado a querer mucho al castaño, podía decir que se estaba enamorando. Vamos, es que incluso su padre ya estaba empezando a aceptarlo como un buen pretendiente. Por primera vez, Hyūga Hiashi había tomado en cuenta los gustos de su primogénita para algo tan importante, como lo era su vida amorosa, y no la criticó tanto como esperaba.

La joven de cabellos azulinos lloró, entonces, hasta que la garganta le dolió por tanto sollozar; hasta que sus ojos enrojecieron y ardieron por tantas lágrimas derramar; y, hasta que su hermana menor la sacó de la cama con una fuerte patada, y la obligó a dejar la penumbra en que había mantenido su habitación para poder desahogarse, justo como lo hacían en las películas.

Por un efímero momento, Hinata había pensado que ella tenía la culpa de que el chico amante de los perros hubiera terminado con ella; sobre todo, porque ella era tan, tan… —¿cómo había dicho Suigetsu-kun, uno de los mejores amigos de él?

Ah, sí: mojigata.

Pero, no era su culpa; ella sólo había nacido en el seno de una familia recatada y respetable; una familia que respetaba lo tradicional y apoyaba la idea de mantener relaciones sexuales, luego de haber llegado a la parte del matrimonio. Hinata debía mantenerse pura hasta que pusiera un pie en el altar.

Sin embargo, y a diferencia de ella, Hanabi pensó que Kiba era un idiota, y que podía irse al demonio.

¡No!

El repentino grito de desesperación, que parecía provenir de una mujer, la sacó de sus pensamientos de manera abrupta. Rápidamente llevó sus perlados ojos a la televisión, dándose cuenta que los comerciales ya habían acabado, y volvían a poner la película que ya llevaba buen rato transmitiéndose.

Yo… estoy muy confundida —Había dicho aquella señora con voz trémula al hombre que tenía frente a ella, mientras temblaba con descomunal miedo, y sujetaba entre sus manos un bate de béisbol—, y tengo que reflexionar. —exclamó, a la vez que retrocedía lentamente hacia unas escaleras que tenía a sus espaldas.

Has tenido toda tu maldita vida para reflexionar —Él dijo, acercándose a ella un poco más—. ¿Qué pueden hacer unos minutos más?

Apretó más el palo—. ¡No te acerques! ¡Por favor! ¡No me hagas daño!

No te voy a hacer daño. —Mintió, sonriendo de manera cínica, aproximándose otro poco.

Sin embargo, ella se alejó de inmediato, pues sabía de antemano que él estaba fingiendo.

¡No te me acerques!

Wendy…

¡No!

Querida —señaló él—. Luz de mi vida, no voy a hacerte daño. No me dejaste terminar mi frase; yo no voy a lastimarte —Se acercó todavía más y dictaminó, con una sonrisa macabra extendiéndose en todo su rostro—: Sólo voy a aplastarte los sesos. ¡Los malditos sesos!

Hinata tembló ante la fuerza de su voz, ante el áspero ultimátum; el cómo ese hombre se iba acercando cada vez más a la pobre mujer que subía las escaleras de espaldas, sin atreverse a perderle el ojo por temor de que él fuese a hacerle algo a la mínima distracción. No pasó mucho tiempo antes de que la joven de cabellos azulinos pudiera reconocer de qué película se trataba, y no porque le gustase realmente. Desgraciadamente, la razón por la que conocía de principio a fin ese filme, era porque la había visto con su hermanita cuando compartieron cama, en una de las tantas pijamadas que hacían por aquél entonces. Sin embargo, a Hinata siempre la había dado una extraña sensación de inquietud cuando la veía; de hecho, no faltaba mucho para que comenzara la escena que más turbación le infundía.

Todavía recordaba a la perfección aquella parte donde ése sujeto golpeaba con fuerza una puerta, usando un hacha para tratar de abrirla; la misma parte donde, a la vez, la mujer de antes estaría dentro de esa habitación, realmente horrorizada, sosteniendo esta vez un cuchillo entre sus manos. Él daría infinidad de azotes a la puerta, y ella gritaría como respuesta a los brutales porrazos; luego, cuando finalmente el hombre hubiera conseguido abrir un agujero de tamaño considerable para poder asomarse a través de éste, exclamaría con una tétrica sonrisa en el rostro: «¡Y aquí está Johnny!»²

Respingó al sentir un escalofrío por recordar dichas escenas; la película era demasiado espeluznante para su gusto. Por eso, también evitaba programas acerca de guerras y peleas demasiado violentas y graficas; no le gustaba ver aquel líquido rojo desparramándose por todos lados. Debido a que padecía de hemofobia, y a pesar de que estaba al tanto que la sangre utilizada en las películas era falsa, no podía evitar desmayarse. Definitivamente, ver aquel programa era lo que menos necesitaba ahora.

Fue por eso mismo que decidió volver a la faena de hacer zapping, hasta que por fin dio con algo que creyó, no volvería a ver nunca: una película que a ella le encantaba demasiado por la trama que tenía; aunque, lastimosamente, ésta ya estaba llegando a su final. No obstante, y no prestando mucha atención a ello, la Hyūga se encogió de hombros y la dejó pasar; después de todo, el desenlace de ésta era su parte favorita, justo en el momento en el que los protagonistas se confesaban sus más profundos sentimientos durante el festival al que habían asistido. Pero, lo más inusual de todo era cuando el chico desaparecía poco a poco en un montón de destellos, debido a una maldición que sufría, porque accidentalmente alguien le tocó, y ése era el precio a pagar³.

Sonriendo levemente, dejó el mando a distancia a un lado para regresar a cortar las otras verduras que todavía le quedaban, y poder concluir con la previa preparación de su cena. Cogiendo el cuchillo, Hinata dio dos, tres, cuatro cortes, y, para este punto, ella ya ni siquiera estaba prestando la más mínima atención a la película. Cocinar era una actividad que siempre la entretenía y distraía de todo lo que hubiera a su alrededor; algo que la absorbía a más no poder, pero con todo gusto.

Y, fue justo por esa abstracción que ella no alcanzó a darse cuenta cuando el programa había llegado a su fin, y anunciaban el rápido estreno de otra cosa.

Ni bien la joven terminó de guardar en el refrigerador los vegetales que habían sobrado, para de inmediato volver a coger el cuchillo, cuando, de pronto, escandalosos ruidos se hicieron presentes en toda la estancia. Los incesantes e inmorales gemidos de una mujer, combinados con los jadeos reprimidos de un hombre, y el fastidioso sonido de un mueble enorme moviéndose con brusquedad y chocando contra la pared, sólo hicieron un cargante eco en las cuatro paredes de la habitación. Ah, y por si fuera poco, el volumen de la televisión estaba relativamente alto, por lo que, posiblemente los ruidos serían perfectamente perceptibles hasta las afueras del departamento.

Totalmente asustada y desconcertada, la Hyūga lentamente volteó a ver la pantalla frente a ella. Boquiabierta y con los ojos abiertos a más no poder, su rostro adquirió un fuerte color carmín y se sintió muy mareada, al punto de pronto caer desmayada; casi podía ver y sentir el humo salir, de manera incontrolable, de sus orejas. Fue en ese momento que Hinata se dio cuenta de que estaban pasando una bendita película pornográfica de lo más obscena. ¡Vamos! Ni siquiera se habían tomado la molestia de censurar el miembro viril del hombre; el cual, por cierto, no tenía mucha oportunidad de ser oculto debido a su longitud. Esa película era sumamente gráfica, ¡no se cortaban ni un pelo! Y, para colmo, la estaban transmitiendo en el mismo canal donde, hacía tan sólo unos minutos, había visto aquella película que era de lo más triste e inocente.

Vaya ironía.

Sin pensar demasiado, sin perder más tiempo, la chica de cabellos azulinos buscó frenéticamente el mando a distancia con la mirada, logrando ubicarlo en el respaldo del sofá. ¿Cuándo había ido a parar ahí? Ya luego se contestaría eso, puesto que no era tan importante como ir a enmudecer aquellos sonidos tan pecaminosos. Inmediatamente fue a por el mando, dándose un fuerte golpe en la esquina de la barra del desayuno, y haciendo que su cadera se resintiera por un leve dolor que, seguramente, después le dejaría un horrible moretón; además de que casi caía al suelo de boca, debido a las pantuflas que no la dejaban correr bien.

Una vez que Hinata cogiera el mando con su mano izquierda, trató por todos los medios de ignorar los obscenos ruidos que salían de la televisión; pero le fue imposible no ver de reojo las escenas que se volvían más sucias a cada segundo. Ver a aquella morena de pronunciadas curvas haciéndole ahora una felación a un hombre rubio de bellos ojos verdes, sólo provocó que el nerviosismo y el temblor de su mano aumentara, por lo que, como consecuencia, dejó caer el mando después de hacer varias piruetas por querer atraparlo con una mano. Soltando un pequeño chillido, Hinata se encorvó rápidamente para recogerlo y apagar la pantalla de una vez por todas.

No obstante, aquél sería un grave error del que se arrepentiría, segundos después.


Yakushi Kabuto arrugó notablemente el entrecejo y sintió cómo la sangre comenzaba a hervir en su interior, justo como el café que, gustosamente, se acababa de comprar para disfrutar y relajarse después de un largo turno en la sala de urgencias; sin embargo, éste le fue arrebatado sin ninguna delicadeza de sus manos por una de las tantas enfermeras del turno que tenía a su disposición. El enfado no se hizo esperar. Estuvo a punto de soltarle una sarta de improperios a la mujer, de aquellos que raramente dejaba salir de sus labios pues, aunque fuera una persona difícil de comprender debido al sarcasmo que, la mayoría de veces, se cargaba en sus frases, Kabuto tendía a ser muy diplomático; mas, no lo hizo. En cambio, volvió a su estoica e impasible expresión en cuanto la mujer de unos veintiocho años le gritoneó a la cara que había una emergencia entrando por el ala oeste del hospital.

—Deja de gritar —Él exclamó, cortando su exagerado parloteo, y entrecerró la mirada—. ¿Qué fue lo que pasó?

Ella miró la tabla que traía en sus manos.

—Es una mujer que llegó hace unos cinco minutos, de unos veintitrés años; sufrió una apuñalada muy profunda en el área superior de la pierna derecha —La castaña de ojos negros frunció ligeramente el ceño—, provocada por un arma blanca.

El hombre de blancos cabellos extendió su mano hacia ella y, de inmediato, le fue entregada la tabla en la que se encontraban aquellos papeles, sujetos con un clip azul, que contenían todos los datos de la víctima en cuestión.

—Ya veo —dijo con evidente aburrimiento, ¿tanto escándalo por una apuñalada? Tenían como cinco de esos casos al día—. ¿Está estable, Shizune?

—Lo está —afirmó la aludida, sonriendo levemente—. Por fortuna, logramos detener el sangrado a tiempo; por eso, tampoco habrá necesidad de una intervención quirúrgica —titubeó un poco en sus siguientes palabras—. Aunque, su pulso aún está un poco acelerado.

—Es normal —exclamó Kabuto, mirándola de reojo—. Son los nervios.

Sin agregar más, el médico alzó sus oscuros ojos, y miró a través de sus grandes gafas toda la estancia donde se encontraba; aquella sala que, tanto doctores como enfermeras, utilizaban a su conveniencia como una sala de descanso. Buscó sin muchas ganas por cada rincón de ésta, hasta que logró dar con su objetivo; sonriendo con cierta malicia, se acercó a la persona que más necesitaba para aquél caso, con la castaña siguiéndole de cerca, extrañada.

—¡Oye, Sasuke-kun!

Llamó al hombre de cabellos negros, y ojos de igual tonalidad; de piel pálida, aspecto firme y prepotente que no aparentaba tener más de treinta años, y usaba una bata blanca, al igual que el Yakushi; pero que, a diferencia de éste último, la mantenía sobre uno de sus hombros.

El susodicho en cuestión, que en esos precisos momentos se encontraba cerca de la máquina expendedora, sirviéndose un poco de café sin azúcar, le miró apenas por el rabillo del ojo; bebió un poco del caliente líquido con suma tranquilidad, y luego alzó una ceja. Kabuto supo que tenía parte de su atención, así que decidió aprovecharla; hablar con Uchiha Sasuke en esos días era difícil, considerando el hecho de que llevaba un buen tiempo trabajando sin parar, debido a un caso particular con una paciente diagnosticada con angina de pecho inestable; seguramente estaría de mal humor y lo mandaría a la mierda en cuanto le dijese qué necesitaba.

Sin embargo, ése no era su problema.

—Ven conmigo, Sasuke-kun —sentenció, haciéndole un movimiento con la mano. Sin mucha delicadeza, hizo a un lado a una enfermera que ingresó a la sala y se había quedado un tanto embobada por estar mirando al de negros cabellos; luego, se dirigió a Shizune y le dio algunas indicaciones en voz baja, a lo que ella asintió y se retiró de la habitación de inmediato. Kabuto giró un poco la cabeza, y continuó hablándole al otro—. Hay una emergencia por arma blanca en la habitación sesenta y siete, y quiero que me ayudes.

El pelinegro volteó a verle y, aunque frunció los labios, denotando su obvia disconformidad con la petición, asintió sin necesidad de agregar ni una palabra; sin embargo, no siguió de inmediato a Kabuto, sino que esperó a que éste abandonara la habitación. Sin preocuparse mucho por ello, Sasuke se tomó su tiempo para termina de tragarse el resto de su café, de manera calmada y sin prisa; estaba cabreado, aunque no lo demostrara. La paciente Haruno se le estaba volviendo un caso muy molesto y absurdo. Tenía angina de pecho, sí, y también muy inestable ¡pero ella no ponía de su parte! Cómo le estaba jodiendo que esa mujer le estuviera reclamando cada dos por tres que le buscase una rápida solución; que le diera el puto alta de una buena vez por todas, a pesar de que él, muchas veces, ya le había dicho que debía guardar harto reposo hasta el día de su operación. Ah, y para terminar de joderle la existencia, su hija Sakura y su esposo de cabello extraño parecían magdalenas cada vez que veían a Haruno Mebuki retorcerse de dolor. Era una verdadera mierda tratar de ignorar el que la hija de ese peculiar matrimonio se le pegase como lapa, con la excusa de que estaba preocupadísima por su madre, cuando en realidad estaba intentando coquetearle.

Una vez que tuvo el vaso completamente vacío, lo tiró a un basurero que estaba cerca de la máquina; sacudió la cabeza para olvidarse, aunque fuese por un momento, de ese molesto caso y emprendió con la labor de seguir a su superior.


—Tranquila, el médico pronto vendrá aquí para decirte que todo estará bien. No temas más.

Hyūga Hinata asintió levemente, limpiándose con el dorso de su mano los rastros de lágrimas que habían quedado sobre sus rosadas mejillas, producto del reciente llanto que había dejado salir hacía unos minutos, justo cuando el cuchillo de cocina le fue removido de su pierna, sin necesidad de la tan anhelada anestesia general.

Cuando sus perlados ojos notaron, con horror, la sangre brotar a borbollones de una herida que se extendía a lo largo de todo su muslo, ahogó un chillido; a pesar de que la persona que la había atendido le informó que no debía preocuparse por nada, Hinata seguía sin poder tranquilizar a sus nervios por completo. Se abrazó a sí misma cuando el dolor en su pierna izquierda se volvió a hacer presente, al punto de ser cada vez más insoportable; el doctor especialista que la daría el visto bueno, y que además le avisaría si acaso había otra complicación, estaba tardando demasiado. La joven sólo esperaba que la herida no hubiese sido tan grave como aparentaba en el exterior; que el cuchillo tampoco hubiese afectado a ningún nervio importante y que, por ello, tendría que permanecer más tiempo internada; los hospitales la ponían realmente nerviosa.

«Vaya manera de pasar un domingo por la noche», pensó ella, suspirando con pesadez y entrecerrando la mirada, sintiéndose mal por su torpeza; Quentin Tarantino seguro que quedaba complacido de ver aquella escena tan sangrienta, provocada por ser tan «puritana».

—No tenías por qué haber hecho eso —Hinata pegó un respingo, saliendo abruptamente de sus pensamientos cuando la enfermera de largos y rubios cabellos que estaba al frente de ella habló por fin, después de estar sumamente concentrada anotando en una tabla todos los datos que la máquina, junto a la cama, le mostraba—. El suicidio no es la solución a los problemas, ¿sabes? Hay otras maneras de salir adelante de una situación difícil.

La joven de cabellos azulinos sintió su vergüenza aumentar, y sus mejillas levemente arreboladas parecían una bomba a punto de explotar. No pudo evitar sentirse todavía más tonta cuando la enfermera de ojos azules que estaba frente a ella, atendiéndole y revisándole los signos vitales, le empezó a hablar de las mil y un razones por las cuales debía seguir viviendo; que el suicidio nunca era una opción factible, aún cuando la situación estuviese demasiado compleja para poder afrontarla. ¡Era simplemente increíble! ¿Es que ésa mujer pensaba que había querido quitarse la vida? ¡¿En serio?! Hinata desconectó su mente en el momento que la enfermera había comenzado a darle un gran sermón, como si fuera su madre. Definitivamente no necesitaba escuchar algo así; era como estar frente a su estricto padre.

Y ahora que lo recordaba, rogó por que él no se enterara de su «pequeño incidente».

Se sintió como la típica niña pequeña que regañaban por haber tomado el postre antes de la cena; o a la que alzaban la voz por haber manchado su hermosísimo vestido recién comprado con comida, o lodo. De manera inconsciente, y por alguna extraña razón, la Hyūga dio gracias en su mente por el simple hecho de que la enfermera que se le hubo asignado fuese joven, como ella; quizás y hasta tenían la misma edad. Ella creyó que, de haber sido una señora de treinta o cuarenta años, seguro la habría echado en cara las cosas, sin cortarse ni un pelo.

Apretó los labios con fuerza al sentir de nuevo el punzante e insoportable dolor en su pierna izquierda. Rápidamente, dirigió sus perlados orbes hacia su muslo, y el rojizo color abandonó sus mejillas de golpe; abrió los ojos a más no poder y, finalmente, entendió que era una verdadera estúpida.

Aquellos gritos desesperados, pero llenos de gozo de la mujer; los gruñidos y jadeos ahogados del hombre rubio y fortachón; y el sonido de algo viscoso, entrando y saliendo de ése lugar con increíble rapidez... todo eso habían quedado en segundo plano cuando vio la herida en su pierna.

—... Y los chicos, ¡no olvides a los chicos! La mejor parte de la vida es encontrar al amor de tu vida; el hombre de tus sueños. ¡Alguien realmente guapo!

La de cabellos oscuros salió de sus pensamientos, de nuevo, al escuchar a la joven rubia suspirar como una adolescente enamorada. Y, a todo esto, ¿de qué estaba hablando ahora?

—¿Sabes? Yo conozco a muchos chicos que son de verdad muy guapos. ¡Todos encantadores también! —gritó emocionada, y luego volteó a verla, sonriéndole con malicia—. Podría presentártelos cuando te den el alta, si tú lo deseas; sólo tienes que decirme cómo te gustan y yo me encargo de lo demás, ¿vale? —exclamó, juntando sus manos, y poniendo una expresión en la que Hinata pudo ver que sus ojos hasta parecían brillar, con muchísima emoción.

En cuanto la Hyūga escuchó todo aquello y lo procesó en su mente, sintió sus mejillas arder de golpe; incluso pensó que le iban a explotar en el momento la otra continuó hablando, mencionándole que también podría presentarle a chicos de quince y dieciséis años, en caso de que le gustasen los menores. Inmediatamente, ella negó frenéticamente con la cabeza, enfatizando la negativa al usar sus manos del mismo modo.

—¡No-no! —gritó, sumamente alterada—. ¡Yo no...!

—¿Eh? —La rubia alzó una ceja, extrañada de su actuar. Sin embargo, rápidamente captó lo que Hinata trataba de decirle, o eso creyó—. ¿Eeeeeh? No me digas que, acaso… ¿te van más los mayores? —Pues, efectivamente, terminó equivocándose, de nuevo. Haciendo caso omiso a la cara estupefacta de la paciente de mirada lilácea, la enfermera se acercó a una distancia nada prudente, poniéndola aún más nerviosa; no obstante, y antes de que Hinata volviera a negar a sus palabras, ésta exclamó totalmente asombrada, con un leve rubor en los mofletes—. O es que… ¿te van las mujeres?

—¡¿Qu-qué?!

—Ya veo... —Sonrió levemente y alzó un pulgar—. Pero, descuida, que también conozco a varias mujeres que batean al mismo lado que tú, y son igual de guapas que tú y yo.

Realmente no supo cuándo ni por qué habían llegado al hipotético caso de que no le gustaban los hombres, ni por qué había venido a colación el tema de conseguirle una cita; para ser sincera, no lo entendía para nada. Vale, tal vez la enfermera pudo creer que intentó suicidarse—cosa que no era cierta para nada—, y la intentó persuadir de olvidarse de ésa idea que nunca se le pasó por la mente ni un segundo; pero, ¿tanto se notaba que estaba soltera? Empero, y antes de que comenzara a hiperventilar por los directos y picarescos comentarios de la chica de ojos azules, la puerta de la habitación se abrió de pronto, ingresando por ésta un hombre alto, de cabello blanco que usaba gafas de marco negro; con porte serio e indiferente mirada, pero que sonreía levemente.

—Muy bien, Yamanaka-san, ya puede retirarse —exclamó él, apoyándose en una pared al lado de la puerta, extendiendo un brazo en dirección a ésta—. Muchas gracias por todo, ahora es mi turno.

Sin decir nada más, Kabuto llevó sus oscuros ojos hacia los papeles que Shizune le había entregado, hacía unos minutos, ignorando deliberadamente a la joven que fruncía los labios, denotando su disensión respecto a la orden de su superior; Hinata le había caído muy bien, a pesar de que no dijo palabra alguna mientras le revisaba los signos vitales. Mas, decidió hacer caso; el doctor Yakushi podía parecer agradable, pero vaya que se cabreaba cuando no se atendía a sus indicaciones.

—Vale… —La enfermera de cabello rubio, ahora conocida como Yamanaka Ino, se levantó de la silla en la que se había sentado y, acercándose a Hinata, le susurró en el oído—: Recuerda que la propuesta sigue en pie, ¡avísame cuando te decidas! —dicho esto, se acercó al hombre de bata blanca, y dio una rápida reverencia—. Lo dejo en sus manos, doctor Kabuto. — El aludido asintió levemente, sin dejar de enfocarse en los papeles, por lo que Yamanaka siguió su camino; pero, antes de dar un paso, abrió grandes sus celestes ojos cuando notó a la persona que acompañaba al doctor Yakushi. Sonrió con coquetería y se giró hacia Hinata, guiñándole el ojo y alzándole un pulgar, descolocándola por completo, antes de retirarse de la habitación.

—¿Hyūga-san? —La llamó por tercera vez el doctor, acomodándose los anteojos que se movían constantemente de su lugar. La susodicha se ruborizó fuertemente, emitiendo una disculpa en voz baja por su falta de atención; mas, Kabuto asintió, restándole importancia—. El expediente que le sacaron, muestra claramente que tuvo un accidente con un cuchillo de cocina, mientras veía la televisión. ¿Es eso cierto, Hyūga-san? —Él alzó una ceja al ver a la joven, un tanto incrédulo por el informe.

Al ver la clara duda en los ojos del doctor, Hinata desvió ligeramente la mirada hacia la ventana de la habitación, asintiendo nuevamente; estaba más que claro que él no podía creérselo. La cara que había puesto denotaba que la simple explicación de un posible suicidio—de manera accidental—con un cuchillo de cocina, no era del todo lógico, considerando que ella perjuraba no tener intenciones de querer matarse.

Kabuto suspiró y miró detrás de él, con algo de hastío.

—Sasuke-kun, dejo a ésta paciente en tus manos. —Sin molestarse en ver el ceño fruncido del susodicho médico, se retiró rápidamente en cuanto escuchó que le llamaban a través de los altavoces.

Hinata, por otro lado, no se dignó a despegar sus liláceas orbes de la ventana; ni siquiera pudo darse cuenta cuando el hombre de gafas se retiró de la habitación, dejándola sola y al cuidado del tal «Sasuke-kun». Aún estaba verdaderamente avergonzada de que la creyeran suicida, cuando su único error había sido el de espantarse como una monja escuchando una fuerte blasfemia, por culpa una maldita película pornográfica. Pero, ¡vamos! Era comprensible, después de todo… ¿cierto?

De pronto escuchó los pasos de alguien aproximarse a ella, pero no le tomó importancia, creyendo que se trataba solamente del doctor Yakushi, verificando en las máquinas que todo estuviera bien con ella; tal y como lo había hecho antes Ino. Sin embargo, cuando sintió la extraña e incómoda sensación de algo frío posarse en su piel, no pudo evitar pegar un respingo; aquello había sido suficiente para sacarla del trance en el que quedó inmersa por aplacar un poco su vergüenza. Para colmo, las cosas empeoraron cuando notó que, aquello que denominó como algo «frío», en realidad era la textura de un par de manos callosas y grandes. Hinata se puso realmente muy tensa al notar cómo éstas la tocaban sin mucha delicadeza, tanteando sin pena alguna su pierna herida; cómo éstas descendían a su tobillo, para luego volver a ascender a través de todo el fémur, de manera pausada, hasta llegar a la rodilla. Inmediatamente se volteó para ver qué demonios estaba pasando y, de manera inconsciente, se encogió en el colchón de la cama, mientras quitaba de un golpe la mano de la persona que la estaba manoseando.

Cuando miró a los ojos de su perpetrador, palideció; ése no era el doctor Kabuto, sino el otro hombre que le acompañaba—. ¡¿Qu-qué está haciendo?!

Sasuke alzó una de sus oscuras cejas, un tanto extrañado por la reacción de ella; no obstante, no le tomó importancia y la contestó con sequedad.

—Reviso la herida de tu pierna, ¿no es obvio?

—Pe-pero… —La de cabellos azulinos alzó ambas cejas, sin dejar de mirar con timidez y cierto grado de pánico las orbes de aquél hombre, notando que eran de un color totalmente opuesto a sus perlas—. ¿Po-por qué es usted quien me revisa? ¿Dónde está el o-otro doctor? —Se mordió la lengua por haber tartamudeado; sentía que esas pequeñas trabas la impedían mostrar firmeza y determinación en sus palabras. Sin embargo, sabía que no podía evitarlo, ése era su mayor defecto, y siempre lo tenía presente cuando estaba sumamente nerviosa; empeorando éste cuando se encontraba bajo muchísima presión.

El mayor sólo rodó la mirada con evidente hastío. Hacía bastante que su turno debía haber terminado, pero aquella mujer Haruno se había estado quejando, más que otras veces, durante todo el rato que estuvo verificándole los signos vitales, preguntándole de manera tosca si había alguna mejora en su estado o no; y a eso sumándole el hecho de que su hija no dejaba de acercársele con la única intención de obtener una cita, importándole muy poco si él le doblaba la edad. Ah, y como si no hubiese sido suficiente por ese día, Kabuto le jodió todavía más al encargarle de pronto a esa paciente que no paraba de hacerle preguntas tontas y obvias, mientras le miraba como cordero degollado; con un exagerado miedo, como si él la fuese a hacer daño o algo por el estilo. Sasuke sólo ansiaba regresar ya a su módico apartamento y echarse a dormir hasta que fuera la tarde del siguiente día; no podía negar que esa era una especie de remedio temporal para la semana de mierda que había tenido, pero, al menos podría cerrar los ojos por un buen rato.

—Tu médico ahora soy yo —Uchiha dictaminó, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño, sin molestarse ya en disimular su pésimo humor—. Ahora, ¿seguirás hablando o ya puedo continuar con mi trabajo?

Hinata tragó saliva y negó levemente con la cabeza, enfocando la mirada en su regazo.

—No... Yo… Lo siento, doctor. —Y, pese a estar aún algo renuente al escrutinio de ese hombre, se acomodó un poco en la cama, soltando un casi inaudible quejido debido a la punzada de dolor que atacó su pierna lastimada. Estiró lo más que pudo su extremidad y, cuando sintió que el malestar se estaba volviendo insoportable, ésta fue cogida de inmediato por el azabache, pero con suma delicadeza esta vez.

Ambos permanecieron en un silencio total que parecía no acabar nunca. Mientras él se encontraba palpando, nuevamente, cada centímetro de su blanca y tersa piel, limpiando los bordes de la herida con jabón y abundante agua, Hinata sólo podía observarle trabajar sin atreverse a mover ni un músculo para no interrumpirle. Sin premeditarlo, fue subiendo poco a poco la mirada, llegando hasta el rostro del hombre que no demostraba expresión alguna, realmente concentrado en su labor. Con el ceño ahora un poco más relajado, ella pudo detallar con un poco más de soltura su cara: poseía rasgos delicados, pero severos; ojos negros como la noche, y cabello de la misma tonalidad que tenía peinado en puntas; también...

—Vaya… —expresó él de pronto, interrumpiendo abruptamente el escaneo de la Hyūga. Ella desvió rápidamente la mirada, tratando de pensar en cualquier cosa que la hicieran borrar el leve rubor en sus mejillas; de alguna manera llegó a la conclusión de que el doctor la había pillado, y se molestó por su incesante contemplación—. Debes sentirte afortunada, ¿eh? Te informo que no tienes nada más que una herida superficial; de ser lo contrario, tendríamos que haber intervenido quirúrgicamente. —espetó Sasuke, haciendo que Hinata abriera grandes sus ojos y tragara grueso. ¿Operarla? ¿Hacerle una intervención quirúrgica por culpa de una cortadura, provocada por semejante tontería como lo era asustarse de ver una película pornográfica? No, gracias. Definitivamente no necesitaba pasar por algo así, pensó.

—E-entonces… —habló ella, logrando que él apenas la mirara de reojo, mientras sacaba unas cuantas vendas del botiquín que Ino había colocado sobre la mesa al lado de la cama, en el momento que entró a la habitación a revisarla—. E-eso quiere decir qu-que yo… ¿e-estaré bien?

Sasuke asintió, empezando con la faena de curar la pierna de la joven, con extremo cuidado. No fue sino hasta después de unos minutos que él decidió cortar el silencio que se interrumpía apenas por el frufrú de las sábanas que Hinata apretaba entre sus manos, de vez en cuando, cada vez que él hacía algo de presión al dar una vuelta al vendaje—. ¿Cómo te hiciste esto? —Notó que ella le veía confusa por su repentino hablar, soltando al instante otro quejido cuando le levantó un poco más la pierna, con la intención de poder pasar las compresas por detrás de ésta. Empero, ignoró eso y continuó—. La herida, te la hizo alguien, ¿no es así? —Parando un momento sus acciones, se estiró un poco para coger unas tijeras sobre la mesa. Fue cuando ella empezó a jugar con sus manos, evidentemente nerviosa, que Sasuke la miró de lleno, frunciendo el ceño, y agregando—: No hace falta que contestes, y tampoco me importa demasiado; pero, las políticas exigen, de alguna manera, que los médicos pidan explicaciones a los pacientes de los hechos, en caso de que éste siga consciente y se mantenga en pleno uso de sus facultades, para así poder dar la razón de su accidente, y facilitar el proceso clínico… y legal.

—Yo…

—Sólo te advierto que… —Colocando el broche para que la atadura no se soltase, dictaminó—, eso, es ser participante de la comisión en un delito⁴.

—¡No-no! —Hinata saltó de pronto en su lugar, alzando un poco la voz, y provocando que su médico enarcara una ceja, extrañado de su reacción—. E-es decir... No fue así. Na-nadie me hizo esto —Hizo una pausa demasiado larga, por lo que Sasuke pensó que no diría ni una palabra más; no obstante, su suposición fue totalmente errónea al escucharla proseguir, en voz muy baja, mientras un fuerte color rojo se encargaba de cubrir todo su rostro—. Fu-fue mi culpa.

—No me digas, ¿las voces te lo dijeron? —Reanudó su labor, ignorando a la Hyūga que alzó ambas cejas, sin saber muy bien qué responderle, puesto que no había entendido a qué se refería, y siguió hablando—. A éste lugar llega mucha gente así. La mayor parte del tiempo es debido a una sobredosis de cualquier tipo de alucinógenos tales como la marihuana, cocaína, anfetaminas, heroína, ketamina; sólo por mencionar algunos ejemplos. Es una verdadera suerte si podemos atenderles a tiempo, antes de que su estado sea considerado como un caso de psicosis⁵.

Cuando él dijo esto, ella entreabrió la boca y negó frenéticamente con las manos; pero, de inmediato dejó de moverse cuando recibió una dura mirada, denotándose la muda, pero clara orden de que no debía atolondrarse o le seguiría doliendo la herida—. Yo no me-me tomé nada de e-eso.

—Entonces sí era cierto eso de que eres un caso de suicidio —exclamó, soltando por fin la pierna de la joven, poniéndola con cuidado sobre la cama—. Vaya que eres tonta.

Los ojos perlados de Hinata se abrieron, realmente sorprendidos, ante la directa ofensa que su médico le brindó—. ¿Di-disculpe? —interrogó, algo dubitativa. Debía asegurarse de que no había sido culpa de su mente lo que la hizo escuchar cosas que no eran, y crear más malentendidos.

—Que eres tonta —reiteró, y Hinata frunció levemente el ceño. ¿Por qué la ofendía de esa manera? Era su paciente, ¿no debería darle una recomendación y luego decirle qué medicamentos tomar para aliviar el dolor, en vez de insultarla?—. Ni siquiera llegaste a un nervio importante para poder hacerte suficiente daño. ¿En qué estabas pensando?

Ella apretó de nuevo las sábanas de la cama y murmuró, inflando las mejillas.

—Yo-yo no pensaba suicidarme.

—¿Ah, no? Entonces, ¿cómo te hiciste la herida?

—Yo... —Hinata miró su regazo y, como si le hubiesen tirado algo realmente duro a la cabeza, reaccionó de una manera diferente a la que Sasuke se esperaba que reaccionara por ser el médico, la figura de autoridad ahí—. Yo... No tengo por qué co-contestarle.

Uchiha se cubrió la boca con el dorso de su mano y soltó una pequeña risa, enderezándose de su asiento con total tranquilidad, e importándole muy poco la actitud represiva de la joven frente a él. Mentiría si dijera que no le sorprendió su respuesta; mas, sabía, de alguna manera, que eso era lo que podía esperar de una persona cuando se la sacaba de sus cabales, así ésta fuese muy tranquila.

—No, de hecho, tienes qué contestarme; soy quien te está curando, después de todo. Tienes que decirme todo lo que sucedió, para así no mandarte al área de psiquiatría —Hizo una pequeña pausa para leer la tablilla con sus datos, y luego agregó—: Aunque, igual quiero saber qué pasó, así no hubiese sido yo el médico a cargo de ti.

La de cabellos azulinos boqueó varias veces, sin saber cómo actuar ante la singular situación. Bueno, tampoco es que fuera algo muy normal que el hombre que la estaba atendiendo, prácticamente, le estuviese exigiendo una explicación—o al menos, así lo sintió ella—, respecto a su embarazoso accidente. Sin tener muchas opciones, Hinata optó por soltar un suspiro lleno de absoluta resignación, y emprendió la tarea de contestarle.

—Fue un accidente. Pre-preparaba mi cena mi-mientras miraba una película en la te-televisión; pero, de pro-pronto… ¡Yo no me di cuenta antes! Eh... —Sintió kilos de sangre acumularse con gusto en sus pálidos pómulos, por lo que no tuvo más alternativa que desviar la opalina mirada, justo cuando él alzó una ceja, divertido, pero expectante a su explicación—. E-estaban pasando una película e-e-ero... —Tapándose el rostro con ambas manos, negó varias veces con la cabeza, murmurando diversidad de cosas, la mayoría incomprensibles; no podía decirlo, era imposible. El otro, por otro lado, tuvo que acercarse un poco más a ella para entender sus balbuceos; y, cuando lo hizo, sonrió con un atisbo de burla.

—Una película erótica, ¿eh? —Sasuke se cruzó de brazos—. Supongo que es normal que mujeres como tú las vean también —Ella chilló, volviendo a negar repetidas veces con su cabeza—. Pero, ¿sabes? Yo te pregunté cómo es que te habías hecho el corte en la pierna, no el cómo pasabas las noches de tus domingos.

La pequeña mujer alejó las manos de su rostro y miró al hombre, que ya no la prestaba tanta atención, y ahora anotaba en la tabla que contenía su historial—. ¡No-no es eso...! ¡Eso fue lo que pasó, yo-...!

Sin embargo, y antes de que ella pudiera decir algo más, Sasuke se levantó súbitamente de la silla y miró el reloj que estaba colgado en una de las paredes—. Será para la próxima —Dirigió sus oscuros ojos hacia Hinata y habló con voz fría—. Duérmete. Estarás aquí hasta que se te dé el alta mañana.

—¡A-ah, pe-pero...!

No la dejó terminar, y tampoco se molestó en decir nada más; caminó hacia la puerta y la abrió, mirando de reojo a la joven que seguía balbuceando incoherencias, y que no dejaba de tener la cara con un fuerte tono escarlata. Retomó sus pasos y sonrió de medio lado, en cuanto salió de la habitación.

La Hyūga dejó salir un pesado suspiro y se dejó caer contra el colchón, teniendo cuidado con su pierna herida, quedándose absorta mirando al techo; el rojo no abandonaba sus mejillas, y por un momento pensó que se desmayaría de la vergüenza. Seguramente, ahora aquél médico arrogante y grosero la veía como una sucia pervertida, que le contaba sus planes como si nada; sin saber que la realidad era otra, con respecto a su «accidente». Paseó su blanca mirada por todo el lugar, hasta que ésta se topó con la tabla que, segundos atrás, ese hombre había tenido entre sus manos. ¿Cuándo la había puesto ahí? ¿Se la dejó olvidada a propósito?

Picada por la curiosidad, Hinata se enderezó un poco y, cuidando que nadie la viese—cosa imposible, pues el cuarto que la habían dado sólo estaba siendo ocupado ella; a pesar de haber otras tres camas ahí, éstas se encontraban vacías—, cogió el historial médico y miró lo que estaba escrito ahí.

Sus ojos se abrieron más de la cuenta, mostrando evidente asombro; así como, nuevamente, volvió a colorarse cuando leyó todo lo que estaba escrito ahí. Soltó un grito y dejó rápidamente la tabla en su lugar; acomodándose sin ningún cuidado en la cama, se tapó hasta la cabeza con las sábanas.

¡¿Qué demonios...?! Mientras tanto, afuera de la habitación de la susodicha joven que estaba a punto de sufrir un ataque de nervios, el médico de cabellos azabaches se encontraba recostado en una pared contigua, cruzado de brazos. No supo cómo, pero logró aguantarse la ligera risa que quiso salir desde lo más profundo de su garganta cuando la escuchó gritar. Miró con gracia la verdadera tabla entre sus manos, preguntándose por qué había engañado a la joven con poner datos falsos en la tablilla que se encontraba en la otra cama, junto a la de la Hyūga.

Enderezándose, se alejó a paso lento de aquél lugar, mientras recordaba con cierta gracia lo que él mismo había escrito en el expediente de la joven; y, pese a que aquello había sido algo antiético, que, posiblemente, le costaría el trabajo si ella se quejaba, no pudo evitar burlarse más. No entendía muy bien las razones, pero aparte de escuchar una vaga explicación a su ridículo accidente, Hinata le llamó la atención; no sólo por su físico, sino también porque vio en ella ese extraño momento incuestionable de la vida que él, de alguna manera, debía aprovechar.

«Sólo quería liberarme de tanto estrés», se dijo a sí mismo, intentando excusar su anómalo comportamiento. Uchiha Sasuke no era alguien adepto a las bromas; siendo un reumatólogo y cardiólogo reconocido, él no podía permitirse dañar su imagen seria y profesional con tonterías como esas.

Sin embargo, no podía evitar preguntarse cómo sería la cara que Hyūga Hinata pondría al verle al día siguiente, cuando le reclamara por haber puesto en sus observaciones que era una paciente inmoral y depravada; una fémina con instintos suicidas que gustaba del arte erótico para hacerse daño a sí misma, de manera inconsciente.

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Aclaraciones de texto:

¹: Dentro de las células de la cebolla existen algunos compuestos que contienen azufre. Cuando la cortamos, se rompen las células y estos compuestos sufren una reacción química que los transforma en moléculas sulfuradas más volátiles, que son liberadas al aire. Estos compuestos sulfurados reaccionan con la humedad de tus ojos generando ácido sulfúrico, que produce una sensación de quemazón. Las terminaciones nerviosas en los ojos son muy sensibles y detectan esta irritación. Entonces el cerebro reacciona diciéndole a los conductos lacrimales de tus ojos que produzcan más agua, es decir lágrimas, para diluir el ácido y proteger así los ojos.

²: Referencia de la película «El Resplandor».

³: Referencia de la película «Hotarubi no Mori e».

⁴: El diccionario de la Real Academia Española define la complicidad como «actitud con que se muestra que existe conocimiento por parte de dos o más personas de algo que es secreto para los demás»; sin embargo, en términos de Derecho, es «cooperación o participación en la comisión de un delito».

⁵: La psicosis se usa para referirse a la pérdida de contacto con la realidad. Las personas que lo experimentan pueden sufrir alucinaciones o delirios.


¡Hala!

Capítulo IV, ¡por fin editado! Pero, que no cunda el pánico; ya voy editando con más rapidez los otros capítulos que le siguen, por lo que los iré subiendo en estos días... Si es que no quedo en coma después de llegar de mis clases XD Lo siento, pero, últimamente estoy muy cansada por el empeño que le pongo a mis clases y caigo en un sueño profundo en cuanto vuelvo a casa T_T Ah, pero descuiden, que también tengo unas cuantas sorpresas por tanta paciencia XD

Por otro lado: ¡Muchísimas gracias por los reviews! Me alegra saber que, a pesar de todo, aún hay gente que me lee n_nU

No diré más, el próximo capítulo, dentro de poco

¡Hasta la próxima!