¡Buenas tardes! o noches, en Argentina...
Perdón por haberme tardado en actualizar, estuve todo el día en la ciudad vecina (Me conseguí una remera de deadpool (?) ) y no llegué a mi casa hasta hace media hora, aproximadamente. Sumado a eso que el internet es Aine Garchen no me ayudó mucho. Pero bueno, estoy reescribiendo estas notas porque ¡No se guardó! :D
Si, es una mierda...
Bueno, no hay mucho para decir, la verdad. Escribir este capítulo fue divertido. Este fanfic me gusta.
Les voy a dejar leer.
Había pasado ya una semana desde que aquel raro extranjero había arribado al pueblo. Este se había ganado a su padre, a su madre, incluso a su compañera de trabajo le había caído bien (cuando ni siquiera habían mantenido una conversación) solo por el hecho de cómo se veía, y de que tenía las pelotas para coquetearle.
Si, ese inútil extranjero le estaba hinchando las pelotas… coqueteándole.
Coqueteándole a Levi Ackerman. El veinteañero renegado e intimidante de aquel pueblo chico, donde todos hablaban de todo. El que había dejado la universidad y había vuelto a su hogar.
Caminó, exasperado, hacia la cafetería en la mañana. Su humor iba decreciendo a medida que se acercaba por el simple hecho de saber que tendría que soportar a aquel tipo.
Aquel malditamente sexy y seductor tipo.
No quería caer en sus redes, no sabía qué tipo de cosas les había dicho o hecho a sus cercanos, pero no se dejaría confundir pos sus palabras o acciones. No, ese extranjero no era nada más que una molestia momentánea, en cualquier momento se iría al pozo de donde vino, o a cualquier lugar raro lleno de enfermedades y peligros en el culo del mundo.
Y lo peor de todo es que se los había conseguido sin siquiera hacer algún tipo de esfuerzo (A su vista, sospechaba que había hecho otras cosas a sus espaldas) su madre lo adoró desde un principio, y no perdía la oportunidad de molestarlo diciéndole que quizás debería darle una oportunidad al alemán, ya que siempre tenía una rutina aburrida. A su padre en un principio le era indiferente, pero luego de los parloteos de su madre y conocerlo una noche, dijo "Me parece un buen muchacho, alegre y vivaz". Su compañera de trabajo lo molestó toda la tarde diciéndole que el tipo que había venido era sexy, y que si lo conocía lo aprovechara.
Estaba harto. Una pequeña parte de su ser le daba pena que, la gran parte de su odio hacia Eren era porque las demás personas lo adoraban. No entendía, era solo un idiota con una sonrisa hermosa y una personalidad de mierda malditamente coqueta.
Llegó a la puerta del hotel, eran las siete y media de la mañana. Su madre estaba sacando un pastel de manzanas del horno, dándole a todo el hotel un delicioso aroma al postre. Inspiró profundo, le encantaba el aroma a canela y manzanas. Cuando era pequeño, al hornear tanto, su madre siempre estaba impregnada de ese delicioso olor.
—Buenos días— saludó, besando a su madre. Ella le sonrió. Se sacudió la harina que tenía pegada en el delantal, doblándolo y guardándolo.
—Buenos días, hijo— como siempre, el negro cabello de su madre cayó en sus hombros al desatarlo. Algo ondulado y largo. Desde pequeño miraba como ella lo cepillaba lentamente, con cuidado de no dañarlo ni tironearlo. Con los años encima, unas canas platinadas se lucían rebeldes entre el ébano de su cabellera. No le quedaban mal, no había nada que le quedara mal— ¿Dormiste bien anoche? — lo miró, enfocando sus ojos grises en él. Con una mezcla de ternura y preocupación, acarició las ojeras que tenía.
—Quise estudiar un poco. Dicen que cada año el examen de ingreso a la universidad se hace más difícil— se encogió de hombros, comenzando a acomodar la vajilla. Ahora mismo había doce habitaciones ocupadas en el hotel. Iba a ser una mañana bastante agitada.
—Amor…— el tono que usó su madre para comenzar la conversación le hizo saber que se venía otro sermón camuflado de recomendaciones— quizás por ahora deberías estudiar en Toulouse, y luego ir a Paris a estudiar lo que quieras. Sabes que no podemos costear la universidad que quieres, y juntando dinero a este paso, tardaras muchos años... —ella puso una mano en su hombro. Solo presionó la taza más fuerte. Sus movimientos se volvieron mucho más bruscos.
—En Toulouse no hay ninguna carrera que me interese, mamá, y lo sabes— estaba harto de esa conversación. Tantas veces la había tenido en su vida que podría tener los diálogos ensayados.
Pero no había forma. Cada vez que la tenía, la impotencia comenzaba a correr por sus venas. Ella bajó la mirada, yendo a acomodar algunos postres en la vitrina que daba a la calle. No solo eran las personas del hotel que venían a desayunar, era una casa de té bastante conocida.
—Ya verás que conseguiré la manera de estudiar mi carrera de letras— murmuró— aunque me cueste, lo lograré…
—Sería más fácil hacer dinero con un título, aunque sea de algo que no te guste, para luego poder costearte la universidad y el departamento en Paris— ella también habló bajo. Era un tema incómodo para los dos. Era un tema incómodo para todos— La capital es muy cara…
—Ya he tratado eso, mamá— apretó un vaso de cristal que tenía en las manos. A ese paso lo quebraría— y no funcionó. No puedo estudiar algo de lo cual no me interesa nada.
—Pero ya tienes veinticinco años, no dieciocho— su tono se volvió más serio.
—Y por eso me pago mi maldito apartamento, mis malditas cuentas, y trabajo como cerdo todo el día— apretó sus dientes inconscientemente. Sabía lo que vendría a continuación.
—Si sigues tardándote, no te quedará más opción que heredar el hotel— salió de la cocina, poniendo los vasos y tazas en las varias mesas. Ya casi era hora de abrir. Ella lo siguió, no quería dejarlo escapar.
—No voy a heredarlo. No quiero vivir del esfuerzo de mi padre por poner este lugar. No quiero ser una sanguijuela viviendo de sus esfuerzos— Vio el reloj marcando las ocho de la mañana, los huéspedes comenzarían a despertar en cualquier momento.
—Pero sabes que el sueño de él es que sigas con el legado que dejó su familia…— habló bajo. Lo más incomodo de todo era que su padre creía innecesario que fuera a estudiar a la universidad, gastando dinero, si podía heredar el hotel de los Ackerman.
Todo había empezado con su bisabuelo. Había puesto el pequeño hotel en ese lote cuando Carcassonne todavía no era un destino turístico demasiado importante. Luego quebraron con la segunda guerra mundial, su abuelo se dedicó completamente a otra cosa, aunque luego de algunos años su padre consiguió recuperar esa edificación. Con el tiempo compró y remodeló los edificios consiguientes, logrando rejuvenecer y armar el hotel que los había sostenido con una vida buena. Él esperaba que siguiera el legado, que expandiera el hotel y se hiciera cargo de él, pero… lamentablemente, le gustaban otras cosas.
Su pasión siempre había sido escribir. Cuando era tan solo un niño, podía pasarse toda la tarde escribiendo con esmero alguna nota de amor para su madre o niñita que le gustara. A cada letra le ponía paciencia y pasión para crear una caligrafía lo más hermosa posible (Como puede llegar a ser la de un niño de ocho años) A este punto, los artículos de escritorio eran casi una obsesión para él. Tenía una agenda para cada año, blocs de notas, post-it, marcadores y resaltadores de colores. Cuando se aburría, simplemente compraba un cuaderno de caligrafía y lo completaba.
Pero, la otra parte de su gusto, era el escribir historias. Plasmar sentimientos en un personaje ficticio, idear historias, mundos, universos, vidas, rostros. Había escrito historias, algunas completamente ficticias y otras basadas en cosas reales de su vida, y podía decir con orgullo que tenía una cantidad de visitas considerables en las plataformas donde las publicaba.
—No quiero hacer de mi vida una decisión para complacer a los demás…— le contestó. Ella iba a replicar, pero la campanilla de la puerta sonó. Ambos se dieron vuelta a darle la bienvenida al primer cliente. Su madre tuvo una sonrisa maternal y él solo frunció el ceño, bufando. El castaño entró, algo incómodo al interrumpir la conversación, mientras se rascaba la nuca.
—Vaya, parece que te caíste de la cama— saludó la mujer, acercándose. El extranjero solo sonrió. En esos últimos días, Kuschel había tomado una actitud maternal con él— Incluso tus cabellos están hechos un desastre— Puso sus brazos en jarra sobre su cintura.
—No quisieron pegarse a mi cabeza— rió un poco, tratando de acomodarlos inútilmente con sus dedos.
—Igual que tu cerebro, al parecer— comentó en voz alta, terminando de acomodar los cubiertos en las mesas. El moreno sonrió.
— ¿Insultándome desde tan temprano? Aunque escuchar tu voz es el mejor levantar que podría tener ¿Qué tal si en las mañanas me despiertas? —se acercó demasiado a su gusto, haciéndole cabrear. El tipo se estaba tomando cada vez más libertades con él. Eren sujetó sus hombros suavemente, dándole una caricia con los pulgares. Decidió darle una oportunidad de redimirse antes de sacarle la mierda a golpes.
— ¿Podrías soltarme? Con solo tu presencia haces que mi humor se vaya a la mierda, no lo hagas peor— contó hasta diez, esperando que sus deseos fueran acatados. No le gustaba mantener demasiado contacto con las personas.
Y menos con ese idiota.
— ¿Te pongo nervioso? —esa pregunta coqueta con un tono juguetón fue suficiente para rebalsar el vaso. Tomó rápidamente su mano y retorció su muñeca, sacándole una exclamación de dolor y sorpresa. Se dio vuelta, amenazante. El alemán subió sus manos, aún con esa molesta mueca seductora— Ya, no me golpees— pidió. Sin decir nada, se volteó a seguir acomodando las cosas. Luego del desayuno pondría a lavar los manteles, estaban bastante sucios.
No pasó demasiado hasta que los huéspedes comenzaron a bajar. Como siempre, iba y venía de mesa en mesa tomando pedidos y cobrando cuentas de ajenos al hotel. Contrario a lo que esperaba, la cafetería estaba llena, más no era un alboroto. Quizás las nubes en el cielo calmaba un poco la efusividad de las personas.
Vio como Eren levantó su mano, por fin había decidido. El tipo se tomaba su tiempo antes de ordenar, y luego desayunaba con una parsimonia y paciencia desesperante.
— ¿Qué desea ordenar, señor Yaeger? —cortés como siempre, trató de no meter la pata y provocar alguna conversación con insinuaciones incómodas.
—Si pudiera ordenar todas las cosas que deseo, entre las primeras estarías tú en mi cama— apretó el bloc de notas. Qué bueno que la mayoría de la gente no parecía notificar las guarradas que salían de la boca de ese tipo.
—Me refiero a su desayuno— no le mostraría como le afectaba el que le dijera esas cosas. Solo carraspeó y mantuvo su postura firme a un lado de la mesa donde se hallaba.
—Me gustaría comerte la boca a mordiscos— nuevamente, comenzó a contar hasta diez ¿Existía alguien que pudiera ser tan malditamente insoportable como él?
—Y a mi molerte el rostro a puñetazos, pero no puedo ¿Podría dejar de hacerme perder mi tiempo y ordenar algo, así prosigo con los demás clientes? — El moreno rió al escuchar el tipo de lenguaje tan drástico. Kuschel lo regañó desde detrás de la mesada, pero le importaba demasiado poco.
—Uy, qué malo— podía sentir la rabia recorrer su cuerpo ¿Encima se estaba burlando de él? — entonces, esta vez en serio, me gustaría ordenar un café, un Cheesecake con frutos rojos y tu lindo culo en esa silla— señaló una silla a un lado de la mesa. Llevó su mirada del objeto al moreno, mirándolo con desagrado.
—Sale un café y un cheescake— respondió, escueto— Ni me molestaré en anotarlo, ya escuchaste, cincuentona— escuchó divertido las quejas de su madre, en dirección a una mesa donde unas personas se acababan de sentar. Alzó sus cejas al ver la cara de superioridad.
Ah, no solo su día era una mierda por la discusión con su madre, no. Tampoco era suficiente tener que aguantar los comentarios subidos de tono de ese maldito extranjero seductor de ojos verdes. Su vida le jodía tanto que tenía que atender una mesa con clientes altaneros.
Le dieron ganas de tirar todo a la mierda e irse al borde del canal.
Saludó cordialmente a los clientes, tratando de que su cara de perro estreñido no delatara el disgusto que tuvo al ver como el hombre de la mesa le recorría el cuerpo con asco, fijándose en su ropa. Oh, lo siento señor extraño que nunca más volvería a ver en su vida, lamentaba tener que quemar sus ojos con su ropa común que no es de marca.
Luego de que ordenaran alguna de las cosas que había, sin faltar el comentario "¿Qué no tienen otra cosa más fina y gourmet?" volvió a la barra, dejándole la orden a su madre. Ella no dijo nada, sabía lo que era aguantarse a clientes de mierda como esos. Tomó el pedido del extranjero, acomodándolo en su mesa. Se encontró con la mirada de este fija en él, seria.
— ¿Y ahora que te picó, raro? —preguntó, cruzándose de brazos.
—Ese tipo te miró mucho— dijo, simplemente, tomando un bocado de pastel, para luego dirigir su vista a la mesa de esos altaneros. Levantó una ceja.
Eso era el colmo.
—Primero, no entiendo como eso te incumbe— el alemán lo miró con el ceño fruncido— y segundo, no tienes derecho a criticar que alguien me ponga un ojo encima cuando tú te la pasas tirándome comentarios obscenos.
—Pero ese tipo… no sé… me enfurece— al pelinegro en parte le divertía ver el debate de Eren, con el ceño fruncido mirando mal y sin escrúpulos al tipo de aquella mesa. En otra, le molestaba que le diera tanta importancia a que un tipo le mirara (Además, lo había mirado mal) cuando ese extranjero era un guarro de primera.
—A mi me enfurece más, imagínate, lo tengo que atender y soportar su cara de altanería— logró sacarle una de esas molestas sonrisas, a la vez que enfocaba sus putos ojos verdes en él.
Maldición.
—Vaya, tengo competencia por ser la persona más molesta en tu vida diaria— le guiñó un ojo, haciéndole cabrear y divertir al mismo tiempo.
—Quédate tranquilo, tú la ganas de taquito.
Así, siguió paseándose por el salón mientras entregaba órdenes. En un momento, mientras estaba llevando unas tazas de café hacia una mesa del fondo, una pequeña niña se cruzó en su camino de súbito, haciéndole perder el equilibrio.
Y caer.
El estrépito se escuchó por todo el lugar. La bandeja siguió girando sobre sí misma, entre el charco de café y té que se había hecho cuando las tazas cayeron. Los pedazos de cerámica estaban esparcidos por todo el lugar. Al tratar de levantarse, algunos pedazos se clavaron en sus palmas. Por el sobresalto, se resbaló con el líquido y un gran pedazo le hizo un tajo en el antebrazo. Escuchó el llamado alarmado de su madre, algunas sillas corriéndose y el llanto de la niñita. Nuevamente, comenzó con más cuidado a tratar de levantarse, pero entre todo el desastre de trozos filosos de cerámica se le hacía bastante difícil. En eso, sintió un par de brazos tomarlo suavemente y ayudarlo a levantarse. Cuando se giró, tenía al estúpido extranjero con una mirada preocupada sobre él.
— ¿Estás bien? —le preguntó, inmediatamente. Vio como se asomó una sonrisa coqueta por los labios del tipo, pero esa malicia y picardía no llegó a sus ojos— linda caída, bonito.
Y quería enojarse. En serio quería, regañarlo por tenerlo tan cerca y hacerle sentir el calor de su cuerpo, por posar sus malditamente hermosos ojos sobre él, por tomar su cintura y hombro de una manera tan suave y cuidadosa. Quería enojarse, golpearlo y separarse.
Pero no pudo. Porque el hijo de puta tenía sus estúpidos ojos llenos de preocupación por él, porque luego los llevó a sus manos llenas de cortes.
Maldito imbécil.
— ¡Incompetente! —escuchó de repente, en francés. Se había caído al lado de la mesa de las desagradables personas— ¡Pero mira lo que has hecho! —miró extrañado. Había una mancha de café en la ropa del tipo. Mierda, la había cagado. Y él que no quería tener más problemas de los necesarios con los altaneros. Se soltó del agarre del moreno, este no entendía lo que el hombre le gritaba en francés, pero no le gustaba para nada el tono.
—Lo siento, señor— se disculpó, inclinándose. Su madre llegó a su lado, trayendo a su padre también— Le daremos una prenda y lavaremos inmediatamente lo que se haya manchado, será mejor cuanto antes y no esperar a que se seque— ofreció, mas el tipo hizo una mueca de asco.
—No dejaré que nadie más de este hotel de cuarta toque mis pertenencias ¡Estás loco! ¡Me vas a pagar cada centavo de mi camisa! ¡Y ni pienses que pagaré algo de lo que ordenamos aquí! —frunció el ceño, se estaba aguantando de mandarlo a la mierda. Lo hubiera hecho, no le debía nada y su madre tampoco, pero había más personas. No haría escándalo.
—Lamentamos si disgusto, señor. Pagaremos su camisa desde la caja del hotel— Kuschel intervino, más Levi no la dejó.
—No, mamá. Yo me caí, fue mi culpa. Lo pagaré yo— Ella no parecía de acuerdo, su padre tampoco (Que también estaba bastante preocupado) se giró hacia el hombre, aún con su cara de superioridad. Analizó a la familia. Una mujer con el mismo rostro, sosteniendo a una niñita de ojos llorosos (¿No había sido ella la que se había cruzado, en primer lugar?) también había un adolescente, con la cabeza gacha.
Vaya, que bonito. Las cosas eran al revés, el hijo se sentía avergonzado de su padre.
Luego de pagar, siendo humillado por el tipo, que analizó sus billetes uno por uno para verificar si eran falsos, los vio marcharse, sintiéndose impotente ¿Quién mierda tenía una camisa tan malditamente cara? Aunque fuera de marca, casi se le corta la respiración al escuchar que valía dos noches en el hotel. Con dolor había entregado tres billetes de cincuenta Euros, tragando duro. Ahí se iba su dinero, por una idiotez.
Se giró, encontrando a Eren mirándolo con el ceño fruncido y confundido. Parecía indignado, enojado con él. Suspiró, no tenía ganas de escucharlo.
— ¿Por qué te dejaste pisotear así? No era tu culpa— oyó, más lo ignoró. Comenzó a pedir disculpas mesa por mesa. Algunos clientes comprendieron, otros no dieron comentarios, mientras que algunos le decían que lo hubieran defendido.
No le importaba el "Hubieran". No lo habían hecho y punto.
Cuando fue a tomar una escoba y trapo para limpiar el piso y recoger los trozos, se dio cuenta de la cantidad de cortes que se había hecho, y como su antebrazo sangraba copiosamente. Comenzó a sentirse mareado, entre su mal humor, la pérdida de sangre y el darse cuenta de sus múltiples heridas, casi pierde el equilibrio.
Un par de cálidos y fuertes brazos lo rodearon, llevándolo detrás de la barra, donde había una mesa auxiliar y, ahora, dos sillas. Allí se dio cuenta de que era Eren. Este tenía la seriedad escrita en todas sus facciones.
—Señora Ackerman, necesito un botiquín de emergencias, urgente— llamó, no como una petición, más bien como una orden. Miró como su padre iba al lobby mientras su madre se acercaba a él, angustiada. Algunas lágrimas salieron de sus ojos. La preocupación la abrumaba.
—Bebé, te lastimaste mucho— susurró, teniendo miedo de tocar sus heridas.
—Estoy bien…— dijo, más ahora que se había asentado le estaban empezando a arder y doler. Cuando su padre volvió con el botiquín, el extranjero lo tomó y abrió con rapidez. Conectaron sus miradas— ¿Sabes lo que haces? —preguntó. El moreno solo le sonrió.
—Si quieres la próxima te traigo mi título desde Alemania—Echó un vistazo al contenido del botiquín, para luego volver a mirarlo.
Y, aunque fuera un roñoso viajero que al principio parecía un vagabundo, la decisión y seguridad que tenía en los ojos le hizo confiar en él.
—Vamos a comenzar por tus manos— tomó suavemente estas, poniéndolas boca arriba. Hizo una mueca de dolor y siseó al ver el estado de estas. Estaban amoratadas y cubiertas de sangre. Tomó una gasa y desinfectante líquido, pero rebuscó algo que no encontró. Miró a su madre— Kuschel ¿Tienes un kit de belleza a mano?
Ella asintió. Siempre tenía uno, lo llevaba a todas partes. No tardó en sacarlo y alcanzárselo.
— ¿Qué? ¿Me vas a hacer una manicura? —sonrió, siendo seguido por Eren. Sus ojos chocaron.
—Vas a quedar Di-vi-no—bromeó— pero por ahora tengo que sacar los trozos de vidrio y cerámica de tus lindas manos— sacó una pinza depilatoria. La sumergió sin escatimar en alcohol y en desinfectante, para luego acercarla con cuidado a una de sus manos. La concentración se notó en su rostro, desvió sus ojos hacia él— va a doler, pero tengo que sacarlos.
—No importa…— susurró. Era algo nuevo de ese tipo. Tal como pensaba, tenía mil secretos. Se mordió el labio y cerró los ojos cuando comenzó a extraer el primer pedazo. Dolía sentir como se generaba un nuevo corte en su ya amoratada e inflamada piel. Por suerte no eran muchos, solo cuatro o cinco trozos pequeños. Él los puso en un platito sumergidos en alcohol. A último momento, vio una astilla clavada en su dedo índice, bastante profundo. Esa fue la más dolorosa, tentándole a soltar una lágrima.
—Ya está— susurró con voz conciliadora, acariciando su mano suavemente. Tomó el desinfectante y la gasa, limpiando sus heridas. No faltó el ardor típico, por alguna razón cuando era pequeño odiaba tener que decirle a su madre que se raspaba las rodillas. Como eran tajos pequeños, con unas cuantas curitas ya estaban todos cubiertos—ahora tu antebrazo.
Se lo mostró, la piel alrededor del corte estaba inflamada. Eren lo miró, preocupado, pensando en que hacer. Rebuscó en el botiquín y sacó una aguja quirúrgica e hilo.
—Voy a tener que hacerte un par de puntos— informó— es un corte muy grande. Vas a estar bien, no va a doler más que lo de tus manos— luego de eso, desinfectó todos los instrumentos y le puso seis puntos. No dolieron mucho, tanto como cuando se calaba las orejas. Embadurnó todo su antebrazo con desinfectante, pasando cuidadosamente un algodón por donde estaba la herida. Luego lo envolvió en una venda— Ya está— sonrió, tirando sus cabellos hacia atrás. Su madre (Que había estado entregando los pedidos a los pocos clientes que quedaban) se acercó, mirando la venda. No pasó ni un segundo cuando se abalanzó al alemán, agradeciéndole con lágrimas en los ojos— Está bien, es mi trabajo. No se preocupe, no era algo tan grave…
— ¿Y mi paletita? —se quejó, en broma. Recibió una sonrisa. El maldito tipo se inclinó sobre la mesita, llegando a su oído. Se estremeció.
—No hay para darte, pero tengo algo para que lamas en mis pantalones— le susurró. Lo alejó inmediatamente. Su madre rió y fue a pedir las cuentas.
—Eres un pervertido, y yo que empezaba a creer que tenías una pizca de decencia — Sus mejillas se acaloraron (Malditas traidoras) de solo pensarse a él arrodillado entre las piernas de ese tipo… lamiendo…
Mejor detenía sus pensamientos.
— ¿Qué? —Vio como llevaba su mano al bolsillo trasero del pantalón, sacando un pequeño caramelo. Quiso que la tierra se lo tragase. Odió la sonrisa que se expandió por el malditamente perfecto rostro de Eren, y la rabia corrió por sus venas cuando este levantó sus cejas repetidas veces— Que mente sucia que tienes.
—Cállate, tú lo decías con segundas intenciones— tiró el caramelo cuando se lo quiso dar, enojado.
—Quizás, pero no fui yo el que quedó como el pervertido en esta conversación— Resopló, devolviendo su mirada al alemán— Anda, curé tu mano y tu brazo ¿Merezco una recompensa, no? Un beso sería una buena manera— Levantó una ceja, divertido. Fuera de sus expectativas, los comentarios y sugestiones cada vez le generaban más gracia y menos furia.
—Era tu obligación como doctor, sino hubieras sido negligente con un paciente— La mirada verdosa se afiló. Este cerró sus ojos, negando suavemente con una sonrisa.
—Me ganaste otra vez— se levantó, quería seguir ayudando a su madre, aunque fuera a poner los manteles a lavar. Su brazo sano fue tomado, haciéndole girarse— Pero ten cuidado, porque conseguiré un beso tuyo. Aunque te lo tenga que robar.
—También conseguirás una patada en las bolas si te atreves— sonrió, y con eso, se alejó.
-x-
Salió de su trabajo, y con quien menos se quería encontrar, le estaba esperando apoyado en una farola, sonriendo coqueto. Rodó los ojos (Lo suficientemente cerca como para que viera el gesto) y pasó de largo, caminando en dirección a su apartamento. Sabía muy bien que le estaba siguiendo. Frenó, encarándolo. Seguía con esa estúpida sonrisa.
— ¿Algún problema? —levantó sus cejas, cruzándose de brazos.
—Nada, me preguntaba cómo puedes ser tan lindo al caminar rápido tratando de huir de mí— le dio alcance, tratando de pasar uno de sus brazos por su cintura, más un golpe en la mano fue suficiente para que interrumpiera la acción— ¿Puedo robarte un beso? Tengo unas ganas locas desde que te vi en la recepción la primera noche— su sinceridad le ponía de mal humor. Lo miró feo.
—Hazlo si te quieres ganar un pase gratis a la zona de emergencias del hospital— Trató de sacárselo de encima caminando más rápido, pero ese idiota tenía las piernas malditamente largas.
Y él era un enano.
—Que intimidante— le daba rabia como cada cosa que decía ese inútil se lo tomaba con gracia— pero tu linda boquita no podrá escapar de mí por mucho tiempo.
—En serio… hay veces que me dan ganas de golpearte…— susurró.
—Y a mí de estamparte contra una pared y hacerte cosas obscenas— le sintió susurrar en su oreja, haciéndole estremecer. El moreno esquivó justo a tiempo el mortífero codazo que se dirigía a su inocente estómago—vamos a tomar algo.
—No, eres raro, pervertido y sospechoso ¿Quién en su sano juicio iría a tomar un café inocentemente con alguien que le acaba de decir que lo quiere follar? —lo miró de reojo, Eren solo rió.
—Es parte de mi cortejo.
— ¿Cortejo? — Levantó una ceja, divertido— suenas más como un violador que como un pretendiente.
—Se ve que mis técnicas de seducción directas no funcionan tan bien contigo ¿Quieres que imite sonidos como una fragata de las galápagos? Puedo buscar un par de globos rojos y atármelos al cuello— una sonrisa tentó sus labios. No, no se dejaría engatusar por ese tipo— ¿Prefieres que mueva mi cuerpo y levante mis alas como un albatros? —Hizo un gesto con las manos, alzándolas— ¿Mover una pinza como los cangrejos violinistas? ¿Saltar como los peces? ¿O quizás debería enredarme contigo y apretarnos como las pitones? —Terminó sonriendo por las idioteces que decía— ¿No? ¿Entonces debería conseguir cosas azules como el pergolero satinado?
—Quizás deberías dejar de hinchar las pelotas— rodó los ojos.
— ¿Sabías que hay pájaro que para cortejar hace una especie de moonwalk? —lo miró, interesado— en serio, es muy gracioso. Se llama Manakin. Puedo practicar ese paso si quieres— rodó los ojos—también hay unos gusanos que se tratan de perforar con sus órganos sexuales para fecundar al contrario.
—No entiendo cómo puedes decir tantas idioteces— Giró en dirección a la zona comercial, se comenzó a asomar Saint Nazare en el horizonte.
—No son idioteces, te estoy enseñando biología— golpeó su cabeza suavemente, con una sonrisa. Le estaba comenzando a joder de nuevo.
—Lo siento, señor Animal Planet, por no haber valorado la valiosa información de cómo unos gusanos se apuñalan con sus penes— escuchó la carcajada que lanzó el alemán. Siguieron caminando, esta vez en silencio. No gastaría saliva en preguntarle el porqué lo seguía, sabía que sería inútil.
—Oye ¿Ese no es el viejo estreñido de hoy a la mañana? —escuchó con tono serio. Se giró, y definitivamente, aquel desagradable hombre estaba sacando fotos a la catedral desde afuera, rodeado de su familia— ¿Quieres que le parta el rostro? Tengo unas ganas terribles.
—No hagas idioteces, no tengo ganas de ser tu niñera cuando metan tu trasero en la cárcel por lastimar a un civil.
—Pero ese inútil… de solo verlo me da rabia…— murmuró, apretando los dientes. Una vena se marcó en su cuello por la presión— te trató mal…
—No vale la pena— tomó su brazo y lo jaló, apurando el paso— ¿Habías dicho que querías tomar un café conmigo, no? Pues vale, te daré el honor.
—Vamos por el café— sonrió como si nada hubiera pasado. Aprovechando el agarre a su brazo, lo puso sobre su cadera, pareciendo una pareja. El pelinegro inmediatamente se soltó, disgustado. Solo rio un poco y se alejaron, caminando. Luego de un tramo, volvió a hablar— Oye, yo siempre te digo cumplidos.
—Guarradas, querrás decir— corrigió. Estaban llegando a un supermercado donde quería entrar a comprar algunos víveres. Hanji no solo era una loca, era un agujero negro.
—Pero si siempre te digo Bonito o cosas así— apartó de un manotazo el brazo que se quería pasar por detrás de sus caderas, nuevamente. ¿Cuántas veces lo había hecho en el día? Estaba empezando a colmar su paciencia de nuevo—Oye.
— ¿Qué? — giró en la esquina. Solo una cuadra más y estarían allí. Se estaba haciendo de noche.
—Me gustas— oyó. Le extrañó no escuchar algún comentario pervertido aparte— Dios, aunque quiero caminar a tu lado desde detrás puedo ver tu fenomenal trasero. En serio, esos jeans me vuelven loco— bueno, ahí estaba.
—Ajá, te gusto, ¿Te doy un premio? — lo miró sobre el hombro.
—Podrías darme un beso— dijo con coquetería, abrazándolo por detrás. Se soltó, pero en poco tiempo estaba acorralado contra un mural de cemento— después de haberte dicho tantas cosas lindas me merezco un besito ¿No?
—Yo no te pedí nada, tú lo hiciste por tu cuenta— desvió su rostro, cruzándose de brazos. Sintió el aliento de Eren contra su mejilla, sus labios tibios la rozaron. Estaba buscando su boca.
— ¿Ni un piquito? —escuchó. Cuando estaba por rozar sus labios, miró hacia abajo, esquivando— anda ¿No me lo merezco?
—Por lo hincha bolas que eres, no— se lo sacó de encima, sonriendo sin que lo viera. Escuchó sus quejas.
Y entonces, sintió un tirón en su cintura. Contuvo la respiración cuando los labios de ese idiota se posaron fugazmente sobre los suyos, a la vez que sentía un desvergonzado agarrón en el culo. Ni siquiera pudo reaccionar porque él se había separado, huyendo.
— ¡Hijo de puta! —el castaño se dio vuelta con una sonrisota y las mejillas algo rosadas.
— ¡Te dije que te los robaría si era necesario! —comenzó a perseguirlo. No porque fuera realmente necesario, sino porque su dignidad estaba en juego. No dejaría que ese alemán se saliera con las suyas. No otra vez.
Lo persiguió por toda la zona céntrica, llamaban la atención de la gente, corrían como un par de demonios. Pero, la desventaja de ser turista le fue en contra al moreno, que terminó tropezándose y cayendo en el pasto de una plaza. Cuando llegó a dónde estaba, jadeando y hecho un desastre, tuvo unas ganas tremendas de golpearlo al ver su cara risueña y sonriente.
— ¿Te divertiste? —Preguntó desde arriba— pues esto no te va a parecer tan gracioso— y con eso, le dio una buena y certera patada en las pelotas.
-x-
Tomaban un café en silencio, acompañados por el barullo nocturno que hacía la gente del lugar. Luego de haberlo golpeado un poco, no volvió a molestarlo.
O bueno, no con palabras.
Porque estaba mirándolo fijamente. Ni siquiera desviaba un poco, no, tenía sus putos ojos clavados como dagas. Terminó por encararlo, y el muy sinvergüenza solo le sonrió, guiñándole un ojo y lanzándole un beso.
—Si quieres que te de un beso solo dilo— le dijo, apoyando su mejilla en su palma— te daré todo lo que quieras.
— ¿Siquiera te preguntaste si era gay, si tenía novio, o algo?
—Me lo pregunté en un principio— dio un sorbo a su café, sin dejar de verlo— pero cuando te hice comentarios subidos de tono no me dijiste que eras heterosexual, además, acabas de usar la palabra "Novio", que me lo confirma. y cuando comencé a cortejarte— hizo el signo de entre comillas— no me dijiste que tenías pareja para alejarme— dejó la taza en la mesa, acercándose más a su rostro— así que puedo deducir que eres homosexual o bisexual, y estás soltero, completamente para mí— tocó la punta de su nariz juguetonamente, sacándole un tic.
Porque, maldita sea, tenía razón.
—Ugh, eres insoportable— se quejó, yéndose hacia atrás— no sé qué hago tomando un café contigo cuando podría estar en mi casa viendo netflix.
—Bueno, podríamos dejar de tomar un café e ir por una pizza ¿No? — Miró hacia el cielo estrellado, luego volviendo a los ojos verdes del tipo— Quizás te pueda robar otro beso.
—Quizás consigas otra patada en las bolas— se levantó, poniéndose su chaqueta. El moreno lo siguió— pero tú pagas.
-x-
Llegó a la cafetería otra vez, esperando que ese día no pasara nada desagradable.
Ni que Eren estuviera insoportablemente seductor.
Las personas comenzaron a bajar, le extrañó que el castaño no lo hiciera. Ya se estaban por hacer las once, faltaba poco para que le horario del desayuno terminara.
Pero había algo que le olía mal. Su madre no había mencionado nada con respecto al moreno.
—Oye Ma, ese raro no bajó— comentó a la pasada— se va a perder el desayuno.
— ¿Estás preocupado porque no desayune? Que buen novio que eres— rodó los ojos, molesto.
—No sé para qué comento…
—Pero, es cierto que se va a perder el desayuno incluido en la tarifa…— puso un dedo sobre sus labios — ¿Por qué no lo vas a despertar? Ya no hay nadie— el menor la miró fijo, para luego suspirar resignado.
—Aunque diga que no me vas a obligar ¿Verdad?
—Claro que sí. Ve y despierta a tu modelo de portada importado de Etiopía— hizo un ademán con la mano. Él solo suspiró, sacándose el delantal de mal humor.
No vio la sonrisa maquiavélica que su madre estaba conteniendo.
Subió las escaleras hasta el piso correspondiente, avanzando por los pasillos hasta llegar a la habitación treinta y siete. Tocó suavemente la puerta, sin recibir respuesta. Luego de un par de veces de tocar, y ya casi con las bolas por el suelo, escuchó unos pasos pesados. La llave giró, y cuando iba a hablar, las palabras se quedaron en su boca por la imagen.
Allí estaba Eren, con un peinado exclusivo de la mejor peluquera: La almohada. El muy puto estaba sin camiseta ni pantalones. Si. Se había aparecido frente a él en bóxer. Evitó bajar su mirada a esa parte del tipo, que se rascaba la cabeza adormilado. Tampoco quería sucumbir a la tentación de pasear su mirada por sus malditos músculos, ni por sus estúpidamente sexys tatuajes, y ni hablar de ese piercing en el ombligo.
Cuando el castaño notó que era él, sonrió coqueto y se recargó en la puerta.
¿Ya había dicho que tenía derecho a sentirse atraído, no?
¿Les gustó? Espero que lo haya hecho...
Tengo la sensación de que hay algo que debería haber sacado o no debería haber sucedido, pero todavía no sé que es. Si lo encuentran (O algo les suena, como a mí) ¡Avísenme! No me puedo quedar tranquila xDD
Ah... amo el olor a ropa de hombre -se droga inhalando el aroma a ropa nueva de hombre- adoro mi buzo de Star Wars...
Las voy a dejar de molestar con mis tonterías...
Dejen review o mueran.
Patatapandicornio!
