Disclaimer: Creo que ni siquiera es necesario aclarar que Rumiko Takahashi no habla español, mucho menos se pondría en Fanfiction a publicar historias. Por si queda duda, estos personajes pertenecen a ella.

[Este fic participa en el reto multi!chapter ¨Generador de géneros 6/6¨para el foro Ranmaniáticos]

Advertencias: Algo de violencia, algo de sangre. Creo que nada insoportable, pero dejaré que ustedes lo consideren.


Una noche de invierno

IV. Suspense


La oscuridad en las calles y la nieve, fría y desoladora la acompañaban, al ser la única presencia aquella noche de invierno. Sus jadeos subían en blancas nubes, el sonido del latido de su corazón y sus pisadas crujiendo contra la nieve se veían minimizados con su temor rugiendo desde las profundidades de su pecho, resonando en sus dientes, sus manos temblorosas y húmedas, torpemente tratando de detener la sangre que manaba de su cuerpo y caía en gruesas gotas contrastando con la nieve.

Me alcanzará.

Incluso sin la herida en su costado que cubría con los dedos manchados de carmín, un ardiente recordatorio del peligro en el que se encontraba. Un ardiente recordatorio de sus ojos, fríos que le habían herido incluso antes de que ella se hubiese dado cuenta.

Me alcanzará.

Incluso sin la nieve congelando sus huesos, congelando su determinación, minando sus fuerzas. Incluso sin el recuerdo quemando en su mente, ardiendo más que su temor y el dolor de su herida.

Me alcanzará.

Aunque estuviera en perfectas condiciones, aunque pudiera correr a fondo, aunque no estuviera herida, aunque sus lágrimas no se congelaran en el borde de sus ojos, escociendo. Porque su perseguidor era más rápido, más fuerte, más ágil. Mucho, muchísimo más que ella, muchísimo más que nadie que conociera. Mucho más que Ranma, su Ranma.

Y ella sabía que sólo estaba jugando con ella, que en cualquier momento caería con el sigilo de una sombra, que se acercaría, mortífero, y Akane, la pequeña y dulce Akane encontraría su fin.

Pero quería salvarlo. Quería salvarse, y no se rendiría sin luchar.

Los crujidos de la nieve comenzaron a incrementarse, sus jadeos también. El dōjō aún quedaba muy lejos, demasiado, pero era su única oportunidad.

Sabes, en el dōjō me siento tranquilo.

Pero más recuerdos inundaron su mente, más nítidos, más reales; incluso más que su sonrisa, incluso más que sus palabras dulces o sus sonrojos.

La sangre, tanta sangre.

El cuerpo inerte de su oponente, sus ojos fríos, irreconocibles, agudos como dos lanzas que la atravesaron y le dolieron más incluso que sus manos rozando su cuerpo, y que con un golpe le habían abierto el costado, como si contara con garras afiladas, como si no fuese humano.

Ranma, Ranma, vuelve, ayúdame.

Pero Ranma se encontraba lejos, sin conciencia y Akane no quiso pensar en eso, no quiso considerar la opción, la posibilidad aterradora de que él…

Un rugido más animal que humano fue lo único que pudo percibir antes de caer sobre la nieve, sintiendo el amargo sabor de la sangre cubrir sus dientes y el miedo golpearla con fuerza en el pecho, cerrando su garganta, impidiéndole gritar o suplicar.

Más recuerdos le inundaron, rotundos, rompiendo en pedazos toda su determinación, haciendo virutas su corazón.

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Los atacantes, más crueles de lo que estaban acostumbrados, más sádicos, rompiendo el brazo de Mousse, sin expresión, buscando la sangre de los malditos de Jusenkyo. Después enfrentándose a Shampoo, que terminó con las piernas rasgadas, el hueso a la vista, una grotesca visión mientras sentía que su corazón subía por la garganta, al tiempo que Ryōga atacaba gritando.

Sangre, tanta sangre.

El chico intentaba protegerlos a todos, los tres heridos y Ranma, porque Ranma no podía pelear, no mientras sus atacantes tuvieran esa forma, no mientras profirieran esos sonidos, aterradores incluso para Akane.

Ryōga cayó, el cuerpo lleno de cortes, en el rostro, en las piernas, en los brazos, un tajo más grande en la espalda.

Entonces Akane se puso al frente, con las piernas temblorosas y lágrimas en los ojos, el miedo sacudiendo sus sentidos, armada sólo con sus puños y la determinación de protegerlos a todos, aunque eso significara dar su vida, sabiendo que no estaba a la altura, sintiendo el peligro embotar su cabeza.

A-Akane, no sea-as estúpida-a…

Y su mirada, llena de miedo, temblando aún más que ella, pero empujándola detrás de él, con los dientes apretados, los nudillos blancos y los hombros estremeciéndose.

Pero los atacantes eran más rápidos, más inteligentes, porque se dieron cuenta de que ella era el punto débil, que el aura de batalla de Ranma era más poderosa, que él iba a pasar sobre ellos sólo para protegerla.

Entonces atacaron, espantosos maullidos directo hacia ella. Y Ranma explotó.

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Sus jadeos se estaban convirtiendo en sollozos cuando llegó a su lado. Podía oír su respiración profunda, pero no encontraba determinación suficiente para levantarse, o para luchar, siquiera para levantar la vista.

Ranma, lo siento, lo siento mucho.

Su terror convertido en lágrimas caía sobre la nieve, su cabello revuelto el cubría la visión, su herida ardía, sentía que la consumía en una espiral de dolor creciente. Podía ver la sangre en sus manos, de intentar curar a sus amigos, de intentar cubrir sus propias heridas.

Su rostro sonriente apareció en su visión, brillante, demasiado deslumbrante en aquella noche de invierno.

No seas idiota, jamás podría herirte.

Gruñendo se dio la vuelta, dispuesta a morir si eso significaba salvar a Ranma, de traer de vuelta a la persona que amaba.

Sus ojos, de un azul que parecían brillar, su cabello negro atado en una trenza que caía sobre su hombro. Su postura, a cuatro patas, felina, listo para atacar.

Ranma Saotome convertido en un gato, la miraba a pocos metros.

El temblor de sus hombros se hizo incontenible, porque no había ningún humano dentro de él, en sus ojos, que la miraban sin mirarla.

—Ran-Ranma, sé que no… tú no me harías daño —jadeó con voz entrecortada, y se odió a si misma por soñar tan débil. Tan a su merced.

Ranma dejó de mirar sus ojos y se fijó en la nieve a su alrededor, manchada de sangre, y en su herida, causada por sus propias manos.

Se acercó lentamente.

Entonces Akane gritó.

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Miró con creciente horror cómo Ranma vencía a sus oponentes, uno a uno, y cómo sus manos se manchaban lentamente de sangre. Eran gatos, con orejas y forma humanoide, una especie de híbridos con apenas media conciencia, que habían llamado la fobia de Ranma y activado en Neko-ken. Deseaban sangre de los malditos de Jusenkyo para curar su propia maldición, para volver a ser los humanos que una vez habían sido. Pero Ranma era más fuerte, más certero y más mortífero, sin apenas ser consciente más que del fuerte instinto de protección hacia Akane, más que el instinto guiando sus actos.

Entonces ella gritó que se detuviera, que parara, que volviera.

Fue su culpa.

Uno de los enemigos se fijó en ella de nuevo, aprovechó la distracción que había creado en Ranma y lo golpeó, para después saltar hacia Akane.

Demasiado rápido.

Ranma la arañó, empujándola lejos e hiriéndola, para después terminar a su oponente rasgando su estómago que había sido descubierto al atacar. Akane vio casi en cámara lenta cómo su vida se extinguía, cómo sus ojos dejaban de brillar. Ranma se giró hacia ella, herido también, pero con sangre cubriendo sus manos.

Y Akane corrió.

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—Ranma, por favor, vuelve —sollozó, cubriendo sus ojos con sus manos, porque no podía verlo, no quería verlo así. No quería ver su propio fin.

El aliento de Ranma le golpeó en la herida, haciéndola escocer y Akane gimió de dolor. Más palabras de perdón brotaron de sus labios temblorosos, súplicas incomprensibles.

Él ronroneó, un ronroneo suave, la premonición de la muerte, la satisfacción de un depredador al tener una presa a su merced. Akane se abandonó al miedo.

—N-no —lloró, intentando empujarlo lejos, aunque fuera más fuerte, aunque no hubiera oportunidad.

Ronroneó de nuevo, confuso, y Akane se dio cuenta de que él no intentaba dañarla. Pero ella no podía confiar. No después de ver con cuánta facilidad había rasgado su cuerpo, no después de ver la sangre escurrir de sus dedos.

Su sonrisa iluminó de nuevo sus pensamientos.

Ranma se acercó de nuevo, más lento, mirando a Akane temblar. Su instinto le dijo que debía protegerla de aquello a lo que tenía tanto miedo, debía abrigarla del frío. No sabía que ella le temía, que estaba asustada de él.

Primero sintió su cabello, un cosquilleo en la nariz y después sus brazos rodearla, suave, como si se hubiera quedado sin fuerzas. Akane aún temblaba, aún temía, pero se aferró al recuerdo de Ranma, su Ranma con fuerza, deseando que volviera, deseando que todo terminara.

Lo abrazó y lloró con fuerza en su hombro.

Tenía tanto, tanto miedo.

Sus manos manchada de sangre abrazaron su espalda, y Akane sólo pudo llorar por ella, por ambos, por lo idiota que se sentía. Por el miedo que había pasado y por la culpa de estar abrazando a un asesino.

El olor a sangre quemó en su nariz.


Akane despertó jadeando, con lágrimas en los ojos.

El sol se filtraba por su ventana, la mañana le recibió como si fuese un golpe. Se puso en pie y miró su costado intacto, teniendo más ganas aún de llorar. No había sangre, sus manos estaban limpias, todo había sido un sueño.

Abrió la puerta de su habitación con ímpetu, los deseos de ver a Ranma quemando en su estómago, deseando abrazarlo con tanta fuerza que su pecho dolía. Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos

—¡Ranma! ¡Ranma!

Sus gritos desesperados llenaron la casa, sintiendo que si no lo veía iba a colapsar, si no lo veía el peso en su pecho sería real, la esperanza se convertiría en una afilada katana que la mataría.

—Diablos Akane, ¿qué haces gritando tan temprano?

Se giró tan rápido que creyó que caería. Ahí estaba él, con una toalla alrededor de su cuello, su piel y su cabello aún húmedos por el baño que al parecer acababa de darse. Su expresión era tranquila, la expresión de Ranma de todos los días, con sus ojos azules profundos que la miraban con repentina sorpresa al vislumbrar sus lágrimas.

Era Ranma, su Ranma.

—¿Qué está…?

Akane corrió hacia él y se lanzó a sus brazos con fuerza, casi derribándolo. Él se quedó quieto, y ella casi podía oír su rostro sonrojándose. Lo apretó contra sí, enterrando su rostro en su cuello, sin sentir ni un vestigio del amargo olor de la sangre. Sin sentir el dolor de una herida inexistente, sin la culpa de el abrazo demasiado parecido de su sueño. Sólo era Ranma, su cuerpo cálido, su pecho fuerte, sus manos que no sabía dónde poner que terminaron lánguidas cerca de su cuerpo sin llegar a tocarla. Pero ella lo necesitaba.

—¿Q-qué diablos t-te pasa Akane? —preguntó, pero no sonó demandante, ni intentó alejarla. Las lágrimas calientes que mojaban su hombro le alarmaban, pero la dejó estar porque maldición, ella olía tan bien.

—Lo siento es que yo… tenía miedo —confesó a media voz aún con el rostro en su hombro, sintiéndose tan feliz como triste, con el estómago lleno de energía que parecía a punto de reventar.

—N-no seas estúpida, no tienes nada que temer s-si estás co-conmigo —balbuceó, y encontrando coraje de donde no había, le devolvió el abrazo sintiendo que todo eso era demasiado bueno para ser verdad, que estrechar a Akane entre sus brazos era un sueño del que no tenía ganas de despertar.

Una sonrisa adornó el rostro de la chica, mientras las lágrimas aún caían de sus ojos.

—Lo sé.


[1, 887 palabras]

Nota de la autora: Son pasadas las doce en mi país así que oficialmente es día de publicación. Ñe. Tengo mucho que comentar acerca de esto así que...

Si les soy sincera, esto iba a terminar mal. Al principio Akane iba a morir. No tuve corazón para eso, así que después cambié los planes y decidí que Ranma no podría con la culpa de haberla herido y haber matado a alguien, así que él iba a irse, quizá para siempre. De hecho lo escribí así. Akane despertaba, creía que era un sueño y terminaba dándose cuenta de que no lo era y el capítulo terminaba con ella llorando en el dōjō. Lo sé. Lo siento. Tampoco tuve corazón para eso, así que se quedó este final, un final de azúcar, y no se ustedes pero me sentí bien con eso.

De cualquier forma, estuve pensando en que Kodachi no es la única persona peligrosa y potencialmente desorientada en la obra. Ranma pierde la conciencia cuando es un gato. Y es peligroso. Más si Akane se encuentra en peligro, creo. No sé. Se me ocurrió. Mátenme :'v

Hoy escribí casi todo y me duele el kokoro. Si los intrigué un poquito me doy por satisfecha. La idea sigue clavada en mi mente, así que probablemente escriba una continuación donde las cosas si acaban mal, pero no sé, demasiado angst para mi por hoy. Fue más largo que los otros, pero prometo compensar todo este sufrimiento (?) con el próximo capítulo porque el promt es humor~

Cambiando a temas más felices ¡millones de graciasasasas por cometer y los follows y jajsaknsiansissnkss! Gracias especiales a Jauca & rosefe que han comentado últimamente los capítulos (no crean que no me doy cuenta najanaksnakanask) y en cuento puedo les respondo porque najanaksnakanask, son un amorts :3

Link a Ranmaniáticos en mi perfil~ Pásense por allá y sean felices~

Esto se extiende así que ya me voy xd.

¡Nos leemos en cinco días :3! —son cuatro, pero se supone que deben ser cinco xd—