¡Hola a todos! Aquí os traigo un nuevo capítulo. He de confesar que he estado a punto de olvidarme de subir hoy el capítulo. Sorry!
De nuevo muchas gracias a todos por seguir esta historia y/o por vuestros comentarios.
La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.
Capítulo 4
Extraña compañía y la madriguera del lobo
Tras el incidente junto al manantial, Johann no volvió a aparecer por la finca, por lo que Zelda se vio sola de nuevo. En cierta manera se sentía aliviada por ello, después de lo ocurrido necesitaba estar un tiempo alejada del joven burgués y podía ser que un tiempo separados también fuera bueno para él, para que se le enfriaran un poco las ideas.
Igualmente, por si acaso, Zelda decidió quedarse un par de días en la finca, sin salir al bosque. Esos días aprovechó para estudiar, practicar tiro con arco, esgrima y leer algunas de las novelas que le había regalado su padre. Sin saber cómo, se vio inmersa de nuevo en la lectura del libro "Bajo la sombra de los arces". Hacía ya tiempo que había acabado de leerlo y había leído otros libros después de ese, pero ninguno de ellos le había enganchado tanto como ese. Podía ser por la atípica y decidida protagonista, por el fascinante héroe cuyos ojos los describían azules como el mar y tan penetrantes que parecían leer el alma de la gente, o por la hermosa historia que contaban sus páginas, no lo sabía muy bien, solo sabía que estaba completamente inmersa en él.
— ¿Ha ocurrido algo, Zelda? —preguntó Impa la tarde del segundo día de encierro—. Es raro que no hayas querido salir a pasear por el bosque. A parte de leer esos libros, es prácticamente lo único que quieres hacer desde que estamos aquí.
¿Qué debía contestarle? Zelda no quería preocupar a Impa con lo ocurrido con Johann. Pensándolo fríamente, no había sido tan grave, solo había intentado besarla, aunque por la fuerza, y al final no había ocurrido nada. Era mejor que nadie lo supiera, al menos de momento.
— No ha pasado nada, no te preocupes —aseguró Zelda con una sonrisa tranquilizadora—. Solo quería tomarme unos días de descanso y leer. Me encanta este libro que me regaló papá.
— De acuerdo —asintió su aya—, si tú lo dices será verdad. Recuerda que mañana te toca estudiar.
Zelda asintió. Impa se dio la vuelta para marcharse de la sala pero se detuvo cuando llegó al umbral de la puerta.
— Deberías salir un rato al jardín y leer allí —sugirió—. Te iría bien tomar un poco el aire.
La princesa sonrió y afirmó con la cabeza. Una vez Impa se hubo marchado, Zelda cerró el libro y salió. Aquella parte del jardín daba al bosque de Farone y había varios bancos en los cuales podía sentarse. Zelda eligió el que en ese momento estaba a la sombra y se sentó.
No supo cuánto tiempo estuvo ahí leyendo cuando comenzó a escuchar un ruido. Parecía provenir del otro lado de la valla, era como si alguien estuviera removiendo los matojos. Zelda alzó la vista del libro, pero no vio a nadie. Colocó el punto de libro sobre la página por la que iba y se levantó. Se acercó a la valla para ver si había alguien. Se asomó por encima, la cual solo le llegaba hasta el pecho, y miró a su derecha y a su izquierda, pero no vio a nadie. Finalmente bajó la vista al suelo. Allí estaba el lobo, agachado sobre su barriga, como si quisiera esconderse entre la maleza. Cuando la miró parecía hacerlo con culpabilidad, como si lo hubieran pillado in fraganti.
— ¿Qué haces ahí? —preguntó Zelda—. ¿Estás buscando o cazando algo?
El lobo desvió la mirada y miró a su alrededor, era como si buscara la mejor forma de escaparse de ahí. Las reacciones y el lenguaje corporal de aquel lobo eran realmente extrañas, a Zelda le parecían demasiado "humanas". Por muy inteligente que un animal fuera no dejaba de ser eso, un animal, era imposible que se comportara como una persona o que entendiera exactamente lo que ella decía, aunque pareciera lo contrario. Pese a aquel extraño comportamiento, a Zelda le agradaba, lo encontraba bastante adorable, y era muy probable que todo fuera producto de su imaginación. Sentía cierta afinidad con aquella criatura, por ello, probablemente, su mente quisiera humanizarlo de alguna manera.
Zelda alargó el brazo y le acarició la cabeza y el cuello. Vio como el lobo comenzaba a mover la cola de un lado a otro y parecía relajarse. La princesa sonrió.
— Me alegra que hayas venido a hacerme una visita, pero no es muy aconsejable que te quedes por aquí —advirtió mientras le rascaba por detrás de la oreja—. Si los criados o los guardias te ven rondando por aquí, se armará un gran revuelo.
El lobo pareció comprender, pues, tras mirarla fijamente unos segundos, se incorporó y se marchó corriendo, internándose en el bosque. Zelda no pudo evitar volver a sonreír al verlo alejarse, era un animal realmente extraño.
Era pasada la media noche y la oscuridad reinaba por todo el Bosque de Farone, o al menos así debía ser. El ser de luz en forma de mono flotaba sobre el estanque agarrado a su esfera también de luz.
— He visto que habéis estado observando y vigilando a la princesa —dijo al visitante que lo observaba junto a la orilla—. También he visto que os habéis acercado a ella.
El lobo bajó la cabeza algo avergonzado.
— No tiene nada de malo lo que habéis hecho —aseguró en tono tranquilizador—, en ningún momento os dije que mantuvierais las distancias con ella.
El lobo alzó la cabeza y ladró.
— Así es, podéis permanecer junto a ella. Puede que incluso sea lo más adecuado.
El ser de luz permaneció unos instantes en silencio, observando al animal.
— Por lo que he podido observar, os habéis prendado de la princesa, ¿verdad?
El lobo volvió a bajar la cabeza. El ser de luz emitió un extraño sonido, algo parecido a una risa.
— No tenéis por qué avergonzaros. La princesa en una joven hermosa, tanto en su exterior como en su interior. Lo que sentís por ella es algo completamente normal —el ser de luz volvió a hacer una pausa antes de proseguir—. Ya han pasado siete años —el lobo se limitó a soltar un corto aullido—. No os preocupéis, ya os dije que pronto llegará el momento —alzó la vista al firmamento y suspiró—. Queda apenas una semana para luna nueva. Sé que es algo que sabéis muy bien y que os lo repito constantemente, pero tened cuidado.
Dos días después, Zelda decidió que ya era hora de salir de nuevo. Lo cierto era que, después de varias semanas saliendo al bosque cada día, estar varios días seguidos encerrada en la finca se le hacía monótono, incluso había momentos en los que se cansaba de leer.
Esa mañana, después del almuerzo, les pidió a sus sirvientes que le prepararan algo para comer y les informó que no volvería hasta la tarde, que pasaría todo el día en el bosque. Tenía ganas de tomar el aire, de disfrutar de la naturaleza, aunque fuera sola. Impa se había ofrecido a acompañarla, pero Zelda le había dicho que no hacía falta, que estaría bien ella sola. La princesa sabía que su aya quería preguntarle por qué ya no salía con Johann, pero la pregunta no se hizo, Impa era lo suficientemente perceptiva como para saber que Zelda no quería que le preguntaran sobre ello.
Con una pequeña cesta en el brazo, la princesa salió de la finca y se internó en el bosque. A pocos metros de la entrada, sentado en mitad del camino, estaba el lobo, parecía como si la estuviese esperando. Al verla acercarse, comenzó a mover la cola rápidamente, parecía contento de verla. Una vez junto a él, Zelda se agachó y le acarició el cuello.
— Vaya, no esperaba verte tan pronto —dijo con una gran sonrisa—. ¿Qué haces aquí? Últimamente te veo mucho, es como si me estuvieras vigilando.
El lobo giró la cara, bajando su mirada al suelo. Por la forma en que constantemente la miraba de reojo y volvía a apartar la mirada rápidamente, parecía avergonzado, como si fuera un niño al que había pillado haciendo algo que no debía. Zelda comenzaba a pensar seriamente que aquel lobo entendía perfectamente sus palabras y que era capaz de pensar y razonar como una persona. Se forzó a apartar aquella idea de su mente y se levantó.
— Nos vemos —le dijo al lobo y comenzó a caminar de nuevo.
Caminó durante una media hora hasta llegar a una bifurcación en el camino. Siempre que había pasado por ahí, había tomado el camino de la derecha, así que decidió tomar esta vez el de la izquierda. Cuando ni siquiera había dado un par de pasos en ese camino, oyó un ladrido detrás de ella. Si giró asustada, pensando que quizá eran los perros salvajes, pero enseguida vio que era el lobo. Corría hacia ella y comenzó a ladrar nuevamente una vez estuvo a su lado.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Zelda preocupada.
El lobo se limitó a morder un extremo de su vestido y tiró de él en dirección opuesta.
— ¿No quieres que vaya por este camino?
Él volvió a tirar.
— Está bien, está bien —dijo agachándose y acariciándolo—. Tú conoces mejor que yo este bosque. Supongo que sabes dónde se encuentran todos los peligros que oculta.
El lobo volvió a ladrar, como intentando decir algo, pero, evidentemente, Zelda no lo entendía. Siguió ladrando, pero calló de repente. Agachó la cabeza y soltó un pequeño gruñido, parecía frustrado consigo mismo.
— Ya que conoces tan bien el bosque, ¿por qué no me haces de guía? —sugirió probando la teoría de que realmente le entendía.
El lobo ladró de nuevo y corrió varios metros bosque adentro, fuera del camino. Se giró hacia ella y volvió a ladrar, como pidiendo que lo siguiera. Zelda sabía que era peligroso salir del camino, la primera vez que lo hizo fue atacada por una jauría de perros salvajes, pero fue salvada por el mismo lobo que ahora mismo le insistía que la siguiera, por lo que era lógico pensar que estaría a salvo siempre y cuando permaneciera junto a él.
Caminaron lentamente durante un buen rato. Caminar por allí era mucho más difícil y cansado que ir por el camino, por suerte, el lobo parecía percibir aquello y caminaba a un ritmo que a ella le era fácil de seguir. Aquella parte del bosque era mucho más bonita que la que podía verse desde el camino, pero el terreno era muy accidentado y los arbustos y la maleza no ayudaban precisamente a transitar por allí. Zelda comenzaba a sentirse cansada y sedienta. Metió la mano en la cesta y sacó la cantimplora que llevaba, entonces recordó que había olvidado llenarla de agua. Suspiró.
— Lo que daría por un poco de agua —murmuró cabizbaja.
El lobo ladró y apretó el paso.
— ¡Espera! —gritó Zelda siguiéndole.
Tras unos minutos de marcha apresurada, se encontraron con la pared de un precipicio. Era de roca maciza y de una grieta salía un gran chorro de agua que formaba un pequeño riachuelo al tocar el suelo. El lobo se colocó tras ella y la empujó con la cabeza acercándola a aquel chorro.
— ¿Quieres que beba de aquí?
El lobo le contestó ladrando varias veces. Zelda no podía entender lo que intentaba decirle, pero supuso que quería decirle que podía beber de aquella agua.
Zelda se quitó los guantes, juntó sus manos, ahuecándolas, y las colocó bajo el chorro de agua. Cuando sus manos se llenaron, las llevó a sus labios y bebió. Era fresca y estaba deliciosa. Una vez saciada su sed, procedió a llenar su cantimplora. Cuando ésta estuvo llena, se incorporó y observó los alrededores. Había un par de metros de distancia entre la pared de roca y la línea de árboles. Entre ambos crecía la hierba de forma exuberante, con un color verde intenso, salpicada por pequeñas flores amarillas. Era un buen lugar para descansar y comer.
Los siguientes días transcurrieron de forma similar. El lobo la esperaba pocos metros adentro del bosque, para después guiarla por sitios que hasta ese momento no había visto, mostrándole preciosos lugares que hubiera ignorado que existían de haber ido solamente por los caminos marcados.
Durante esos días se dio cuenta que la compañía del lobo era aun más agradable que la de Johann. Extrañamente se veía capaz de contarle cualquier cosa que le preocupara o le pasaba por la cabeza. El lobo por su parte, intentaba comunicarse con ella todo lo que su limitado "vocabulario" le permitía. Poco a poco comenzó a comprender aproximadamente lo que el animal parecía querer decirle cuando ella le contaba algo; si ladraba, parecía decir que estaba de acuerdo con ella; y si gruñía, lo contrario. A veces también aullaba, pero no acababa de entender muy bien qué quería decir con aquello, parecían aullidos tristes, llenos de pesar y frustración. Si alguna vez alguien descubría que tenía conversaciones con un lobo, seguramente la tacharía de loca.
Uno de esos días, el lobo la guió por un terreno algo empinado y rocoso. Pese a que a ella le costaba caminar por allí, él parecía insistente en que continuaran caminando por aquel lugar, como si quisiera llevarla a algún lugar en concreto.
Zelda calculó que habían caminado cerca de una hora cuando llegaron a su destino. A pocos metros frente a ella, el terreno acababa abruptamente, dando paso a un barranco de varios cientos de metros. A la izquierda, el barranco se elevaba en una pared de piedra de unos cincuenta metros por encima de su cabeza. De la cima de la pared, caía una gran cascada hasta el fondo del barranco. Cerca de la cascada, había una pequeña cueva y, cerca de la entrada, crecían varios arbustos de rosas rojas.
Se acercó a los rosales y se agachó. Cogió con cuidado una de las rosas y la observó mientras acariciaba delicadamente sus suaves pétalos. El arbusto no tenía muchas rosas, pero éstas eran grandes, hermosas y de un color rojo intenso.
Por el rabillo del ojo vio que el lobo se introducía en la cueva, así que lo siguió. La cueva apenas tenía unos pocos metros de profundidad, por lo que entraba la suficiente luz para poder ver en su interior.
Había muchos objetos allí, objetos claramente fabricados por personas. Los observó con atención. Había una espada, un arco, varios utensilios, algunas sábanas viejas y andrajosas, prendas de ropa, varios libros y un pequeño marco con una foto. El marco estaba en el suelo, junto al montón de sábanas, se agachó y lo cogió para observarlo. En la foto salían un hombre y una mujer de mediana edad junto a un niño de uno años, todos hylianos. Zelda supuso que eran un matrimonio y su hijo, podía ver un gran parecido del niño con el padre, ambos tenían el pelo rubio y los ojos azules; la madre también tenía el pelo rubio, pero sus ojos eran castaños.
— ¿Qué lugar es este? —el lobo se limitó a caminar sobre le montón de sábanas y a tumbarse—. ¿Es tu madriguera?
Zelda podía ver un brillo extraño en sus ojos. El lobo no hizo ningún movimiento ni sonido, se quedó quieto ahí tumbado, mirándola, pero esa actitud era suficiente para que ella supusiera que realmente aquel lugar era donde él vivía. ¿Pero por qué un animal salvaje como él tenía todas aquellas pertenencias humanas? Volvió a dejar la foto en el mismo sitio donde estaba y observó la mirada triste del lobo al mirarla. ¿Y si realmente aquel lobo no era salvaje si no que había sido la mascota de la familia de aquella foto? Si era así, ¿qué hacía él viviendo en mitad del bosque? ¿Podía ser que le hubiera pasado algo a aquella familia? Posiblemente habrían muerto cerca de allí, eso explicaría por qué el lobo tenía todo aquello, también podría explicar por qué era tan sociable con las personas y por qué parecía entenderlas.
— ¿Los de la foto son tu familia? —preguntó aun sabiendo que no podría responderle—. ¿Qué les pasó? ¿Están muertos?
El lobo se incorporó y alzó la cabeza. El aullido que emitió estaba cargado de tristeza. Puede que fuera por culpa de aquel aullido, lo que Zelda solo supo es que sin darse cuenta comenzó a llorar. Pudo notar como las lágrimas bajaban por sus mejillas y su corazón se desgarraba al oír aquel lamento. No sabía muy bien qué hacer, pero tenía que hacer algo para reconfortarlo, así que se acercó a él y lo abrazó. El lobo se limitó a quedarse quieto y apoyar la cabeza sobre su hombro.
Tras unos minutos, el lobo comenzó a moverse y, al notarlo, Zelda se separó de él. Caminó hasta donde había varios objetos y rebuscó entre ellos con el hocico, escarbando con las patas cuando era necesario. Cogió uno de los objetos con la boca y lo dejó en el suelo justo frente a Zelda. Era un collar fino, de oro, con una pequeña piedra verde colgando, probablemente una esmeralda. Lo cogió y lo observó atentamente, era precioso, si no estaba equivocada aquella piedra era una esmeralda. Con el morro empujó la mano que sostenía el collar hacia ella de forma insistente.
— ¿Quieres que me lo quede?
El lobo dio un par de ladridos y se sentó frente a ella. Zelda volvió a mirar el collar. Estaba segura que era un objeto muy valioso, en circunstancias normales no sabría si aceptarlo o no. Pero era un animal quien se lo daba, estaba segura que para él tenía el mismo valor que cualquiera de los otros objetos. Igualmente, le sabía mal aceptar aquello sin más, al fin y al cabo ella creía que había pertenecido a sus dueños, así que decidió darle algo a cambio. Cogió el colgante que llevaba, el lapislázuli que había comprado en Ordon días atrás, y se lo sacó. Moviendo los nudos de forma que el diámetro del cordón se ensanchara, se acercó al lobo y se lo colocó alrededor del cuello.
— Esto es como agradecimiento —dijo con una sonrisa, aunque no estaba segura de que le entendiera—. Así tendrás un recuerdo mío, al igual que yo tengo uno tuyo.
Acto seguido, abrió el broche del collar y se lo puso. El lobo se acercó hasta otro lugar con objetos y señaló algo con la pata. Zelda vio que era un espejo. Sonrió. A veces parecía como si también supiera leerle la mente. Cogió el espejo y vio a través de él como le quedaba aquel collar. Le quedaba bastante bien, no había duda de que era sencillo, elegante y muy bonito. Pese a eso, decidió esconderlo bajo la ropa, quería evitar preguntas innecesarias a las que no sabría cómo responder.
Estuvo largo tiempo observando e inspeccionando aquellos objetos ante la atenta mirada del lobo, quien permanecía tumbado en su lecho de sábanas sin moverse, como dejándola hacer lo que quisiera.
Cuando salieron de la cueva, el cielo estaba completamente nublado, parecía que en cualquier momento se iba a poner a llover, y hacía mucho viento. Se apresuraron a bajar por donde habían venido. El lobo iba delante, guiándola.
Por desgracia, no pudieron llegar al final del bosque antes de que comenzara a llover, aunque al menos habían llegado a terreno llano. Llovía a cantaros y en muy poco tiempo se encontró empapada de los pies a la cabeza y helada por la lluvia. El fuerte viento que soplaba tampoco ayudaba.
Cuando se encontraron a pocos pasos de la linde, el lobo se detuvo. Zelda lo miró unos instantes, pero prosiguió su camino. Con la inteligencia que había demostrado hasta ahora, estaba claro que sabía que no era conveniente que se acercara más a la casa. Cuando por fin llegó a la finca, Zelda vio a Impa en la puerta, esperándola.
— Estaba preocupada, estaba a punto de salir a buscarte —dijo observándola de los pies a la cabeza—. Estás empapada. Vamos, entra antes de que enfermes.
Zelda afirmó con la cabeza y entró en la casa. Impa la envolvió en una gran toalla y la guió hasta su habitación. Una vez allí la ayudó a secarse el pelo y a cambiarse de ropa. La princesa tuvo cuidado de que no viera el collar que llevaba.
— Estás helada —dijo tocándole los brazos—. Será mejor que te metas en la cama. Les diré a los sirvientes que te preparen algo caliente y enseguida te lo traigo.
— Gracias, Impa.
Zelda obedeció y se introdujo bajo las sábanas. Una vez su aya se hubo marchado de la habitación, miró hacia la ventana, la lluvia ya no caía con tanta intensidad. Aunque sabía que su pelaje lo protegía, Zelda deseó que el lobo estuviera bien.
Era ya plena noche cuando dejó de llover completamente. El lobo salió de su cueva y observó el cielo. Las nubes habían comenzado a disiparse y podía verse un gran número de estrellas en el firmamento. Sus ojos se movieron buscando la luna. Cuando la encontró, ésta no era más que una fina línea curva. En apenas un par de noches sería luna nueva.
Volvió a entrar en la cueva y se acurrucó entre el montón de sábanas. No tenía nada de qué preocuparse, ya habían pasado muchas lunas nuevas desde entonces y aquel hombre no había vuelto a aparecer, ni siquiera se había acercado al bosque, podía sentirlo. Sabía que aquella sería una luna nueva como todas las otras, pero por alguna extraña razón notaba cierta inquietud.
