Mi querida y cómplice Jo, ¡Mil gracias!
Y a quienes se dan un tiempo para leer mi historia, miles de abrazos y besos, ¡Son lo mejor!
Disclaimer: Los personajes pertenecen a S. Meyer y su casa editorial, el resto, es mío.
Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD
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Capítulo 4: Antología
Cuando concluíamos el plato de fondo, íbamos en la tercera botella de vino blanco. Había dejado de llover, pero se palpaba el ambiente húmedo, incluso en un restaurante con aire acondicionado.
Desde el segundo piso se oía la samba brotar con alegría. Mujeres y hombres no paraban de subir, tan arregladas como si asistieran a una fiesta. Me distraje con la contagiosa atmósfera. Cullen notó mi pasatiempo y no tardó en irrumpir. Al parecer era de esas personas que no toleraban dejar de ser el centro de atracción.
—Aún no me has preguntado por qué quería conocerte, tan especialmente… a solas —arguyó con una risita torcida y maligna.
Sus ojos verdes centellaron ante algún tipo de pensamiento perverso que acaba de pasar por su mente.
—Escribiste unos pensamientos sobre el dolor —se colocó serio—. Y quiero tu autorización para poder publicarlo junto a mi nueva antología.
— ¿De qué trata tu libro? —añadí incrédula y también un poco molesta, ni que soñara que le cediera mis derechos o alguna idea idiota por el estilo.
—Habla del sentir. De las emociones. De las frustraciones y las esperanzas humanas —le dio un sorbo a su copa—, y tus pensamientos tocaron hasta la fibra más ínfima de las míos.
¿De verdad había causado tanto en él? Sentí una nota de orgullo de mí misma, pero era una declaración abierta desde mi corazón, y no sabía si quería exhibirla a todos.
— ¿Cómo llegaste a ellas? —fruncí el ceño y me reprendí a mí misma por estúpida.
Claro, ¡Emmett! Una oleada de ira me invadió en menos de un segundo. Un calor irracional que sólo me pedía que le diera un puñete por metete y bocón. Observé a Edward, quien tenía su mirada inquisitiva, pegada en mí, aunque más allá de su insistencia, parecía haber un verdadero grado de emoción. Cullen elevó más las cejas.
— ¿Emmett, cierto? —pregunté sólo para corroborarlo.
Le dio otro sorbo a su copa y se encogió de hombros.
—No entiendo porque lo hizo, eran personales, solo lo compartí con mi círculo más íntimo, en alguna de nuestras tertulias…
Unió los labios y se encogió de hombros, disculpándose, pero sin hacerlo realmente. Dejó la copa, apoyó ambos antebrazos sobre la mesa y se inclinó hacia delante para estar más cerca de mí. ¡Oh, sí eran hermosos sus ojos verdes!
—Sé que a lo mejor no era la manera de llegar a ellos, pero ya fue… Emmett lo hizo sin ninguna mala intención, por el contrario, te encuentra tan extraordinariamente buena que, como si se tratara de su tesoro más sagrado, me entregó el manuscrito —susurró persuasivo.
Intenté digerir sus palabras de manera óptima, para no degollar a Emmett. Miré por la ventana, notando que comenzaba a llover de nuevo.
— ¿Qué dices? ¿Podemos publicarlo de manera conjunta?
Bebí un poco más de vino y tragué saliva, hundida en mi descortesía e indecisión. Dejé la copa sobre la mesa y lo miré desafiante.
—No.
Sonrió desconcertado, más bien escondiendo su frustración.
—Está bien, como quieras —asumió con una inspiración honda que le hinchó el pecho.
Llamó al garzón.
— ¿Quieres algo más? —curvó sus labios hacia arriba, falsamente.
Negué con la cabeza y él se limitó a pedir la cuenta. Le di un último sorbo a mi vino.
—Lamento que hayas perdido tu tiempo.
—Jamás será tiempo malgastado conversar con una guapa escritora como tú —espetó, pero sin mirarme y mientras concluía el proceso de pago.
Su actitud indiferente e incluso un poco machista me hizo sentir menoscabada. De un momento a otro no supe de qué manera continuar la conversación. Ya se había ido toda chispa de entusiasmo, dejando sólo una estela de cordialidad y tensión.
Nos pusimos debajo del toldo de la entrada, mientras esperábamos que pasara un taxi y nos llevara cada uno a su hotel. Edward se había puesto su gorro lanudo y la chaqueta casual. Era realmente guapo. Se rascó el mentón poblado de su barba rubio-cobriza y siguió mirando al frente, casi como si no existiera. Bajó un par de escalas y se colocó bajo la lluvia torrencial.
— ¿Qué haces? —le pregunté extrañada por su irreverencia.
No contestó y, en cambio, continuó empapándose.
— ¿Siempre eres tan extraño cuando no obtienes lo que quieres? —lo recriminé hastiada.
De pronto se giró, quedando frente a mí. Sus ojos verdes parecían estar cargados de fuego y sus labios rojos, eran la demostración física de la fogata que lo quemaba por dentro. Por un segundo, me sentí identificada con él. Continuó con su mirada fija en mí y cuando comenzó a hablar, el verde furioso, se volvió dulce, casi enternecedor, apaciguado por el dolor.
— ¿Qué hacer cuando el dolor cala tan fuerte que se aprieta el estómago, duele el pecho, la garganta se cierra y la boca saliva más de lo normal, muy parecido a las náuseas? El cariño se confunde con el odio, la lealtad con el miedo y la costumbre con el amor.
Y, sin más, estoy aquí, casi paralizado de miedo, sin saber si avanzar o quedarse hasta que la razón vuelva a predominar por sobre las emociones. Respirar profundo. Escribir. Oír música. Por momentos resulta, pero en cambio, cuando regresa el torbellino de emociones, ya ha quedado una huella agraz. Honda nostalgia que ni siquiera da paso al llanto. Es tan profunda la desesperanza y el desconsuelo que es imposible desahogarse. Y sé que quizá, incluso, me esté enfermando por eso.
Malestares como el lumbago me aquejan. Por poco no puedo caminar y me punza la zona baja de la espalda, irradiándose por las caderas y, en los minutos más críticos hasta las piernas. Como que de un castigo se tratara. La emoción que hay detrás, es tan simple y corriente, como el miedo. Ese terror y angustia que compruebo en cada momento, calando en lo más recóndito de mi corazón, de una manera tan feroz y brusca, que perfora el propio dolor.
Mi ánimo ha decaído un par de centímetros por debajo del suelo. Los músculos de mi rostro, un poco más debajo de las mejillas, se han puesto flojos. La mandíbula, tensa. Ahora me explico empíricamente las marcas de expresión de la vejez. A veces es imposible luchar contra la tristeza para dar paso a una falsa alegría. Los ojos se opacan, carentes de gozo. Y el alma, para los que creemos en ella, duele, duele y punza con avidez, manchándome el alma.
Y cuando el corazón está dividido es todo aún más confuso. No puedo actuar de una manera precisa: A uno lo desprecio en vez de quererlo y al otro, soy incapaz de entregarle alegría. Son situaciones que se confrontan sin tener por qué. Y corroe, duele y tortura. Las palabras se atropellan entre sí y se me atasca el corazón. El miedo y la tristeza cerraron ya, la válvula del infinito amor.
Quedé con la boca abierta: ¡Conocía mi reflexión de memoria! Y la había recitando de un modo tan perturbador, que los ojos se me llenaron de lágrimas. Quise abrazarlo por compartir mis sentimientos y al mismo tiempo, dar media vuelta para no verlo nunca más, por haber hurgueteado en mi alma sin mi consentimiento.
—De verdad amé tus palabras, Isabella. —Sus ojos se aguaron de emoción. — ¿Me harías el gran honor de publicarlas en mi antología?
Lo seguí mirando, sin contestarle. Éramos sólo ojos nostálgicos y corazones dolidos en aquel minuto. Él pedía mi autorización de una manera solemne, única, casi sagrada. Se me apretó el estómago y tragué saliva, mientras la lluvia lo convertía en un enjuto hombre desconsolado, pero que todavía así, era guapo y elegante.
Y en ese mismo minuto supe que estaba perdida. El corazón me dio un vuelco y todo mi amor se replegó para él, para amarlo por siempre. Mis entrañas lo reclamaban en una sinfonía. Las notas precisas que saciarían mi necesidad de vivir.
Estiré mi brazo, le quité el gorro, di un pequeño impulso y me abalancé a sus brazos como una inocente damisela. Él era mi salvador, él era mi vida.
Y en este momento, experimenté el beso más dulce y sincero para jamás olvidar.
Húmeda en medio de sus brazos, me sumí en un sueño profundo. Dejé que mi cabeza descansara en su pecho, rociado de vellos cobrizos. Edward aún tenía la respiración errática, y aún en medio de penumbra, distinguí el fulgor de sus ojos verdes y desesperados.
Fui cayendo lento y suave como una pluma, traspasé dimensiones y me despegué de mi cuerpo. De pronto fue más y más rápido. Reboté en medio de las sábanas.
— ¿Qué sucede? —Edward me besó el hombro y acarició el brazo.
Desperté desconcertada por estar en un lugar que no pude identificar con prontitud. Sin embargo, al sentir su cuerpo tibio pegado a mis piernas y espalda, me hizo volver al momento.
—Sólo pesadillas… —respondí más familiarizada.
—Ocurren muy a menudo —murmuró en mi oído, mientras me tomaba por el hombro para colocarme frente a él.
Su boca me besó con delicadeza, hasta atrapar mi lengua. Se abrió paso en medio de mis rodillas y las empujó hasta que mi lugar quedara libre para él.
Su mirada era penetrante y acuosa. Tenía el cabello desordenado, tal como lo imaginé en cuanto lo vi. Caía sobre sus ojos en mechones sensuales. Me besó la mandíbula, haciendo pequeñas y seductoras succiones, en tanto se hacía camino hasta mis pechos. Cogió uno de ellos y se lo metió a la boca, disfrutando de su sabor y forma.
Encendió la lámpara de noche y arrastró mi cuerpo hasta quedar con la espalda reclinada sobre el respaldo de la cama. Me tomó por los glúteos, acomodándome sobre una pila de almohadones de pluma. Recorrió mi cintura con sus dedos, seguidos de su lengua. Continuó su camino hasta el vértice de mi entrepierna.
Éramos humedad contra humedad. Acarició mis muslos, mientras besaba mi intimidad, haciéndome retorcer de gozo. Y cuando ya estuve lista, él se puso de rodillas, y yo fui en su encuentro, enroscando mis piernas, como una hiedra, por detrás de su espalda.
Fue suprema nuestra unión. Un solo cuerpo, encontrándose en medio de la noche, buscando el punto de placer de cada uno. Conociéndose, a pesar de haber sido un encuentro tan abrupto.
Nuestras miradas no descansaron ni siquiera en el momento de mayor placer. Fueron sus eternos ojos verdes y la calidez de su piel, la que me enajenó la cabeza, invocando a la sensualidad como una tormentosa consejera y dejándome llevar la fuerza de sus emociones, contagiosas de temer, en el momento de amar.
Dejé su habitación entrada la madrugada. Cogí un taxi que me llevó a la posada en un santiamén. La lluvia no cesaba y mi ropa estaba misteriosamente medio seca. Subí los peldaños apresurada por darme un baño y cambiarme de ropa.
¡A quién engañaba! No quería que Emmett supiese de mi estrepitoso encuentro, a pesar de que era libre, o al menos así lo consideraba yo.
Crucé el hall con la mayor agilidad del que era poseedora, pero ya había algunos comensales desayunando al alba. Di un vistazo rápido para cotejar si había alguno de mis amigos, pero vi a nadie. Sólo oí su voz.
— ¿Me imagino que te convenció de publicar, no es así? —la maravillosa voz de Emmett, ahora me pareció inquisidora.
Me sentí podrida. Mi moral decayó sin soporte. Por un momento no me atreví a mirarlo, pero me repetí a mí misma: "Soy libre. Traerme acá no le da derecho sobre mí. Somos sólo amigos que tuvieron un desliz". ¡Imposible creerme la falacia que me acababa de inventar!
Me toqué los labios con la punta de los dedos y cuando encontré un poco de valor, me giré para mirarlo con el ímpetu que sólo tiene un sinvergüenza.
—Creo que es una buena apuesta —apreté los labios para detenerme en sus ojos tristes.
Su expresión natural de jovialidad y humor se había esfumado. Intentó sonreír, pero sus ojos hablaban de decepción, de una tremenda desilusión. Sentí que el alma se me hacía añicos, no quería herirlo, Emmett era muy importante para mí. Muchísimo más de lo que imaginé hasta hace cinco minutos atrás. Nos observamos un par de segundos más y sin que lo pensara, hablé.
—Perdón, Emmett —musité doblegada ante su cariño.
—No tienes porqué disculparte… Yo fui quién se confundió —sonrió, pero no se marcaron sus hoyuelos infantiles.
Me observó con dolor y ternura y me besó la mejilla, para luego desconcertarme aún más.
— ¿Quieres desayunar conmigo?
No supe qué responder. Tampoco pude negarme.
— ¿Seguro que… quieres…?
—Por supuesto, no creerás que me rendiré tan rápido si he avanzado hasta aquí —cogió mi mano y acarició su dorso con el pulgar.
Volvió a sonreír, pero ahora sus ojos se iluminaron de verdad, a pesar de los débiles vestigios de traición que empañaban su natural y espontanea mirada.
