Ludwig echó el ancla tal y como su amigo le pidió y tras acabar, volvió con él, pero ya no se encontraba en el timón. Fue al camarote del cuarto y tampoco lo encontró. ¿Dónde estaría? ¿Por qué no le dijo que se iría? De todos modos, no podría andar muy lejos, obviamente, aunque aún no se conocía los escondrijos ni todos los camarotes del navío.
-¡Lud!- le llamaba su amigo. -¡Estoy aquí, en la despensa, ven!-
Sí, en la despensa… ¿y dónde estaba la despensa? El fornido tuvo que recorrerse el estrecho pasillo mirando en cada puerta y camarote para ver cuál era la maldita despensa, hasta que finalmente la encontró no muy lejos del cuarto del capitán.
-Mierda, sólo hay fruta, verduras…- se encontraba revolviendo las cajas de provisiones en busca de algo bueno como carne, pero era muy raro que poseyera un producto tan caro. -Y pescado. Ni un puñetero filete de ternera o cerdo.- suspiró mientras se apartaba.
-Si quieres puedo cocinar yo.- se acercó y miró con él. A pesar de ser cajas grandes, no había muchas provisiones.
-Bueno, como veo que te gusta tanto hacer tareas de mujeres como limpiar y encima se te dan bien.- rió. –Te encomiendo hacer la comida. Eso sí, espero que se te de tan bien como limpiar.-
-Claro, la haré lo mejor que pueda.- sonrió levemente.
-Mientras tanto, iré a cambiarme de ropa. Estos pantalones me están tan ajustados.- suspiró molesto mientras se los desabrochaba. El alemán no pudo evitar mirar ruborizado su paquete, hasta que Arthur se dio cuenta y el otro desvió la mirada como si nada y aún más avergonzado.
-Ahora te llamo cuando esté todo listo.- se giró hacia las cajas aún ruborizado y fue sacando las cosas intentando sacarse la burlona mirada que le echó Arthur acompañada de una jocosa sonrisa.
-Dios, has puesto una cara indescriptible.- rió mientras se los volvía a abrochar. –Me pregunto cómo hubieras reaccionado si hubiera seguido quitándomelos… o incluso haberme quedado sin ropa interior...- rió de nuevo.
Ludwig lo acompañó en sus carcajadas, riendo menos que él. –Vaya cosas que tienes.- se ruborizó imaginándoselo.
-Pobre señor monje, ¿le apetecería ver a una despampanante mujer alemana de pechos grandes?- rió. Ludwig se quedó callado, prefiriendo no contestarle nada. ¿Cómo iba a preferir eso si ya tenía a Arthur, que era mucho mejor aunque no hubiera tenido oportunidad de verlo ligero de ropa? Permaneció callado con la mirada guasona del inglés clavada, esperando su respuesta, hasta que finalmente fue el propio pirata quien habló. –Oh, ya sé. Prefieres los pechos pequeños, ¿eh?-
-Pues… sí.- respondió finalmente el otro con una pequeña sonrisa. Si por la regla de tres de que Arthur no tenía pechos y eso para él significaban pechos pequeños, podría decirse que sí.
-Nos ha salido pervertido el puritano.- rió. –Voy a cambiarme a mi camarote. Siéntete libre de usar todo lo que necesites, ¿vale?- salió hacia el pasillo.
-Claro.-sonreía levemente aún recordando lo de los pechos mientras rebuscaba entre las cajas ingredientes para hacer una comida decente. Quién sabe lo que Arthur llegara a pensar o decir si Ludwig le dijera lo que en realidad pensó, aunque se tomó bastante bien el hecho de que se le quedara mirando, por así decirlo.
Tras acabar de hacer una comida presentable y decorada con ingredientes como pequeñas hojas de lechuga y taquitos de zanahoria y tomate, Ludwig se dirigió al cuarto de Arthur y llamó a la puerta.
-Adelante.- respondió Arthur al pequeño golpe que oyó en la puerta mientras se colocaba el sombrero mirándose al espejo. Parecía que no había forma de colocarlo a su gusto.
-Ya he acabado.- entró y se acercó a él.
-Claro. Voy ahora mismo.- se colocaba el sombrero de una forma, de otra, así, inclinado para la derecha, para la izquierda… pero no había una forma o inclinación perfecta hasta que Ludwig, que lo miraba fijamente con una pequeña sonrisa, se acercó a él por detrás y lo inclinó hacia la izquierda. El joven de cejas gruesas se quedó mirándose en el espejo y, finalmente, le agradó la inclinación del sombrero. –Vaya, gracias, Lud.- se giró y le sonrió.
-No hay de qué.- le sonrió el otro, esta vez de forma más amplia.
Los dos fueron a la cocina y Arthur se quedó asombrado con lo que su amigo le había preparado: Un hermoso pargo rojo frito sobre un lecho de lechuga y aceite, con una crema de verduras elaborada a partir de tomate, zanahoria y patata asada. Al lado se encontraba el postre, un melocotón cortado en dos y rodeado de trozos de piña y coco.
-Madre mía… ¿esto lo has hecho sólo con lo que había en las cajas?- Arthur admiraba todo sorprendido. ¿Quién iba a decir que con tan poca cosa se podían hacer platos tan atractivos? Desde luego, ese hombre era uno entre un millón.
-Sí, pero creo que he usado cantidades muy grandes de algunos ingredientes…-
-No importa.- se giró hacia a él. –Si fueras mujer, no dudaría en casarme contigo, ¿sabes?- reía mientras le miraba.
-¿Por todo lo que sé hacer?- se ruborizó.
-Por eso y… bueno, acepto que eres un hombre atractivo, así que si fueras mujer seguro que estarías buena.- puso las manos sobre sus pectorales.
-¿T-Tú crees?- se ruborizó mientras le miraba.
-Pues claro. Si tienes tetas siendo tío, imagínate siendo tía.- rió mientras los apretaba y manoseaba viendo el rostro estremecido y ruborizado de Ludwig con ojos entrecerrados que le miraban. –Pero supongo que eso no pasará.- rió de nuevo mientras lo soltaba.
-Pero…- replicó Ludwig poniéndose algo nervioso. -¿P-Por qué has hecho eso?-
-Ha sido una coña.- rió el otro. -¿Te crees que lo he hecho en serio? Aunque sé que te estaba gustando.- lo miraba pícaro.
-Eso no es verdad.- permanecía ruborizado mientras se arreglaba la camisa algo descolocada aún con los dedos de Arthur marcados
-Bueno, no importa.- cogió dos sillas algo deterioradas y las acercó a la mesa, que se encontraba en un estado similar. -¿Comemos ya?-
-Lo que quiera el capitán, eso lo decide él.- sonrió mientras se acercaba y tomaba su asiento.
Acabaron de comer y cada uno fue a ocupar su puesto; Arthur se fue al timón de nuevo después de recoger el ancla, y Ludwig se fue a recoger y limpiar la despensa y los camarotes. No es que limpiar fuera su hobby, en absoluto, pero si Arthur lo volvía a felicitar como antes, lo haría gustoso y lo mejor posible. Cuando acabó, ya con la puesta del sol, se dirigió al timón para pasar el resto de tarde con Arthur y darle algo de conversación mientras él miraba concentrado al horizonte, aún sin señales de llegar a una isla.
Ya bien entrada la noche y tras cenar, Ludwig fue a acostarse en la cama de Arthur, que insistió en cedérsela aunque no estuviera del todo de acuerdo, pero aún así se acostó en ella. Acariciaba las suaves sábanas, que estaban bastante limpias y eran muy agradables al tacto además de estar acompañadas del olor de Arthur. Cerró los ojos y se acomodó en la cama descansando tras un duro día de limpieza, por lo que no tardó mucho en dormirse con el embriagador aroma del joven pirata, que acabó su turno de madrugada y tuvo que pasar la noche en el suelo de su propio camarote acompañado de mantas, justo al lado de la cama donde Ludwig dormía plácida y tranquilamente.
