Muchísimas gracias por la aceptación de ésta historia, me encanta leer sus comentarios al respecto. Y lamento mucho la tardanza, de alguna manera no puedo hacer que el tiempo me rinda como quiero. Pero sin lugar a duda terminaré mis proyectos.

Sin más por el momento, disfruten.

Declaimer:

Haikyuu! NO es mío, es de Furudate Haruichi.


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Episodio

4

¿Cuántos latidos cuesta eso?

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"Me pregunto si tu corazón es igual de ruidoso"

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Los siete enanos de Blanca nieves eran bastante diligentes.

Cada uno se esforzaba en su trabajo y no dejaban de lado sus propios gustos personales ni los rasgos que los hacían únicos entre sí, aun y cuando una mujer extraña vino a invadir su mundo ellos continuaron siendo como eran. Después de todo no debía de ser nada fácil dejar que alguien viniese a invadir tu espacio personal y reescribiese las reglas con las habías estado viviendo hasta ese momento y al mismo tiempo mantener el mismo espíritu intransigente de siempre. Pese a ello, el cuento narra lo maravillosa que había sido esa persona que irrumpió en sus vidas, y que les dio más de una razón para mejorarse a sí mismos y ser la versión más hermosa de su propia persona. Blanca nieves, fue como una luz en la oscuridad, un pico en la rutina, una rosa entre la hierba circunspecta de aquel frondoso bosque. Seguramente ellos amaron mucho su presencia y tal como un verdadero personaje secundario, velaron por la felicidad de su protagonista sin desear más de lo debido.

Si, probablemente ninguno deseó más que eso…

Suspiró profundamente y hundió la cabeza en el agua de la bañera hasta que ésta le rayaba las fosas nasales, el olor frutal de las sales de baño que su madre había traído de uno de sus tantos viajes de negocios a las islas del sur le llenó el olfato y sintió que las mandarinas y el mango estaban ahí bajo sus piernas que yacían dobladas contra su pecho desnudo. Los mechones rubios flotaban en la tina, serpenteando por el filo de su cuello y enroscándose alrededor de su garganta. Sus cejas se fruncieron y se recostó hasta que el agua le cubrió la naricilla respingada que emitió un burbujeo constante.

Honestamente, odiaba la historia de Blanca nieves y los pobres siete enanos que tuvieron que soportarla. Seguramente ninguno de ellos habría querido cuidar de una mocosa de catorce años obsesionada con la limpieza y maltratada por su madrasta. Pero lo hicieron, porque eran personas que a pesar de tener sus propios problemas, tenían unos corazones tan amables que no hubo cabida para el rechazo y la acogieron en su hogar para ayudarla. De alguna forma siempre consideró que había sido injusta la manera en la que ellos fueron tratados por la narrativa. Eran más importantes de lo que se había mostrado y mucho más diligentes, dulces y responsables que ese príncipe depravado. Cualquiera de ellos era un buen partido, pero ninguno se mereció el corazón de la princesa, porque no eran los protagonistas. Entendía que ese era el papel de un personaje de apoyo, pero no por ello dejaba de ser frustrante.

¿Y si las cosas no fueron así?

¿Y si uno de ellos logró ganarse el corazón de la princesa?

—Me pregunto si existe una versión como esa—susurró enderezándose. Miró sus manos arrugadas por el agua y atinó a suspirar por quincuagésima vez seguida—, pero que disparates estoy diciendo, no puede haber tal versión en la tierra.

Si, probablemente no hubiera un mundo en el que Blanca nieves hubiera tomado la mano de un enano.

Sencillamente no podría haberse concebido tal destino en ninguna mente. Porque cada uno de ellos, sólo era un fiel compañero, cuyo papel jamás sería la de la estrella principal. No había ninguna manera de cruzar esa fina barrera entre un personaje secundario y un protagonista. Ella debería estar más consciente de ello que cualquier otro. ¿Por qué intentaba justificar tan infundado salto incoherente en la narrativa? El curso de una historia, jamás debería ser alterado por los egoístas pensamientos de un aldeano B. no había que ser tan codicioso.

Podía tomar como ejemplo su propia vida. Siempre había sabido que su destino era ser un personaje de apoyo para alguien más. No tenía habilidades excepcionales, pero lograba arreglárselas para no echarlo todo a perder en el último segundo, aunque a veces presintiera que causaría el final de mundo con sólo respirar. Y vaya por Dios, que el sólo hecho de poder observar lo brillantes que lograban ser los héroes a los que ayudaba, le colmaban de un orgullo cálido el pecho. Podía mofarse de lo increíbles que eran, podía enfadarse si los subestimaban, podía estar a su lado sin la menor duda de que estaba ayudándolos en su camino a ser grandes personas.

Podía decir que su esfuerzo no era en vano.

Sin embargo, no todo era tan pacifico como quisiera.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y un par de ojos dorados aparecieron en su mente.

Los miembros del equipo eran todos bastante geniales, pero había una persona en particular con la cual no le era fácil tratar luego de causarle tantas molestias. Es decir, no es como si hubieran interactuado mucho en el pasado, pero por lo menos podía darle una toalla para el sudor sin sentir que el corazón le rompería las costillas para salir huyendo. Y es que resultaba tan vergonzoso saber que él había visto los lados más patético de su persona. Tsukishima probablemente la consideraba una chica bastante decepcionante.

No, quizás ni siquiera era catalogada como mujer ante sus ojos.

De algún modo, su pecho dolió un poco.

—Cariño, ¿está todo bien?—indagó la voz de su madre al otro lado de la puerta. Yachi respingó y chapoteó en la tina.

—Eh… ¡S-sí!—gritó apoyándose en la orilla.

—No te quedes mucho tiempo en la bañera, pescaras un resfriado como sigas así—advirtió.

—¡Va-vale!

Sacudió la cabeza y volvió a hundirse en el agua. Bien, la verdad no importaba si era una mujer, un gato o un gusano para el bloqueador, siempre y cuando pudiera pagar de vuelta su deuda, sería capaz de volver a su cómodo rincón de vida, sin destacar, sin errar, siendo sólo una aldeana más que velaba el sendero de los caballeros alados en su carrera a la cima del escenario nacional.


La música de su banda favorita resonó en los auriculares que le entornaban las orejas. Terminó de leer la última línea del libro que su profesora de literatura les había encargado para la clase del día siguiente y cerró el empastado dejándolo caer sobre la superficie de su escritorio. Tronó las articulaciones de sus esbeltos y firmes dedos; y echó la cabeza hacia atrás para soltar un largo bostezo. Miró de soslayo el reloj empotrado sobre la cabecera de su cama y comprobó que apenas eran la diez treinta y cinco. Tenía que apresurarse en terminar los deberes para poder dormir un tiempo decente antes de la práctica matutina. Y es que seguramente sería bastante pesado dado que no tendría el entrenamiento largo por la tarde. Casi podía imaginarse lo excitados que seguramente estarían el par de idiotas sin remedio y lo ruidosos que andarían los de segundo desde temprano. La imagen mental lo hizo arrugar el entrecejo y torcer las comisuras de sus labios en muestra del desagrado que aquello le provocaba.

Ugh, menuda mierda.

Un par de golpecitos en la puerta lo hicieron girar en su silla y logró distinguir la cabeza de su hermano asomándose por el filo de la portilla.

—Hey—exclamó con una ligera sonrisa incomoda.

Pese a que ahora podían hablar con más normalidad cada vez que el mayor visitaba la casa, no es como si su vieja relación hubiera vuelto.

Lento pero constante, los viejos lazos estaban volviendo.

—Creí que ya te habías ido a casa—tajó bajando los audífonos para dejarlos reposando en la base de su cuello.

Usualmente el mayor iba y venía un par de veces al mes para ver cómo estaban su madre y él. Después de todo, luego de graduarse había entrado a trabajar en una compañía como un asalariado más de la plantilla.

No dejando de lado el Voleibol por supuesto.

—Mamá insistió en que me quedase ésta noche—explicó breve, sabiendo que el de lentes sabría reconocer lo firme que su progenitora podía ser en cuanto a sus palabras—, ¿estabas estudiando?—se sentó en la orilla de la cama.

—No.

Nunca era del todo sincero.

—Oh, cierto, Saeko-san mencionó que han decidido hacer un pequeño retiro de año nuevo para entrenar—comentó como quien no quiere la cosa ignorando la forma en que su hermano tendía a actuar al estar ya bastante acostumbrado a su personalidad.

Encontró un tanto extraña la fuente de dicha información, ¿desde cuándo esos dos eran tan cercanos?. Estrechó la mirada un par de segundos después de cavilarlo a consciencia, la verdad no le interesaba saber la respuesta y dejando ir un leve suspiro asintió.

Un breve retiro para el fin de año.

Aquella era una idea que se había entredicho en el entrenamiento de ese día, todavía no estaba del todo concretado, pero Ukai-san y Takeda-sensei les confirmarían los detalles al final de la semana. Probablemente no fuera a ser un viaje demasiado largo, quizás sólo un fin de semana. Pero sería bastante bueno para su condición poder concentrase sólo en el Voleibol sin pensar en cosas triviales como ir a casa sin estar satisfechos con su desempeño o algo así.

Pudiera ser que incluso, aquello simplemente fuera una táctica para mejorar su confianza como equipo. Al fin y al cabo, no pasaba desapercibido para nadie que aún existían roces entre algunos miembros. Por supuesto, no era un panorama como aquel que había al inicio. Un escenario en el que alguno de ellos sería tragado por otro, como si fuera un hábitat salvaje en el que importaba más cuán rápido eras para evitar ser una presa.

—Es bastante molesto lo emocionados que están—comentó cruzándose de brazos.

Akiteru lo observó, luego desvió la mirada hacia una de las tantas figurillas de dinosaurio que de algún modo habían terminado en el cuarto del menor luego de su mudanza. Entendía que Kei se sintiera un poco incómodo con el humor tan espontaneo, y a veces un poco obsesivo, de sus compañeros con respecto a su tan amado deporte; después de todo el bloqueador era una persona mucho más retraída, calculadora y contundente. Mil y un escenarios podían estarse pasando por su cabeza mientras estaba en el juego y siempre escogería la opción menos riesgosa y efectiva. No era un jugador visceral como Hinata y la verdad dudaba mucho que fuera a ser tan meticuloso como Kageyama. Él simplemente se mantenía en el medio de todo. No dando todo, pero tampoco reteniendo nada. A veces solía pensar que tenía la culpa de ese comportamiento, después de todo lo había decepcionado y podía apostar que el menor se restringía a sí mismo la mayor parte del tiempo. No obstante, ahora las cosas lucían un poco diferentes.

Kei estaba avanzando.

Lento, sutil, como una llama que comienza a arder en la oscuridad. La pasión por el voleibol se había filtrado por sus venas, recorriendo su cuerpo y despertando poco a poco ese monstruo que también dormía dentro de él.

Y eso era bueno.

—A veces es importante calmar las inquietudes y centrarse en el flujo que tienen como equipo. Quien sabe, puede que sean capaces de conectar profundamente y mejorar su ritmo—exclamó mirando fijo la silueta de un pterodáctilo.

—Hmm.

—Ah, se rompió la correa—profirió al reparar en las gafas deportivas que le había obsequiado tardíamente por su cumpleaños.

Lejos de molestarle el estado del objeto, sus orbes ardieron por lo conmovido que se estaba poniendo al notar que si estaban así, era porque su hermano menor había estado trabajando muy duro.

—…

—¿Quieres que compre un repuesto en la tienda? Aun necesito comprar un par de cosas para el equipo vecinal—sugirió poniéndose de pie para cogerlas.

—No es necesario—pronunció firme, Akiteru lo miró enarcando una ceja.

—¿Eh?

—Yo lo compraré—aseguró—, así que no es necesario.

Seguramente el día de mañana tendría algo de tiempo mientras estaba con la pequeña manager.

Recordó vagamente la forma en la que había terminado aceptando su petición. A decir verdad, nunca hubiera imaginado que ella podía ser tan insistente. Era tan pequeña y sin embargo lograba hacer diversas caras bastante interesantes.

Los colores y las muecas eran tan numerosos que casi podía compararla como una pintura abstracta del mundo moderno. Era como un cuadro que podría ver por horas y nunca encontraría un principio o un final lo bastante fidedigno para dejarlo satisfecho. Yachi parecía un cachorro demasiado frenético la mayor parte del tiempo y tendía a huir como un hámster, tan rápido que apenas si le distinguías la silueta. No obstante también debía reconocer que su lado serio resaltaba de vez en cuando y sin lugar a dudas, trabajaba arduamente en su labor como asistente. Y aunque era consciente de ello, una parte de sí mismo no podía evitar sentir la imperiosa necesidad de molestarla, de ver sus mejillas rojas como una manzana por la vergüenza y sus ojos ansiosos por el pánico.

Dios, era tan divertido.

Definitivamente era una persona cruel, más eso no podía importarle menos. Simplemente la molestaría un poco hasta que se aburriera de ello, al fin y al cabo no quería hacerla correr lejos, porque el sólo hecho de imaginarlo, le molestaba de algún modo extraño.


El frio viento le revolvió los cabellos y no pudo evitar girar el rostro hacia la puerta de la zona de anaqueles para los zapatos que, pese a la temporada, estaba abierta de par a par, lo cual la hizo rodar la mirada por el suelo y apretujarse con el abrigo acampanado color celeste que se había puesto para ir a la escuela ese día. Rozó las rodillas una con la otra, sintiendo la tela de sus mallan negras en lugar de la piel desnuda, como pasaría si se tratase del verano. Ocultó la nariz, enrojecida por la temperatura, entre los pliegues de su frondosa bufanda y frotó sus manos un tanto sudadas por el nerviosismo que ahora la azoraba mientras clavaba la mirada en un espacio vacío del estrecho pasillo que dividía los estantes. Varios alumnos se encontraban cambiando su calzado y yendo a casa, tan apurados que era la única que lucía estática contra el pilar en medio de la muchedumbre. A decir verdad tenía la cabeza trabajando a mil por hora, no había podido pegar un ojo en toda la noche pensando en cuál era la mejor táctica para ese día, y a saber Dios que cara tendría durante el entrenamiento matutino, porque hasta Kageyama le preguntó si sucedía algo, claro muy a su estilo. El paso más complicado en su plan no era lograr que el bloqueador aceptara salir con ella, sino más bien determinar a dónde lo llevaría. El asunto de las gafas estaba solucionado, después de todo había logrado conseguir el contacto de una tienda deportiva bastante buena a la cual su madre había hecho un trabajo de marketing en el pasado, por lo cual la calidad y el costo estaban más que calculados. Sin embargo, también estaba el interés adicional, un simple repuesto no sería suficiente para colmar toda la ayuda que había recibido por parte del chico.

¿Tal vez debería llevarlo a un restaurante costoso? ¿Una película? ¿Había alguna que valiese la pena en los cinemas? ¿Comprarle ropa o accesorios? Espera, ¿acaso era un asalariado con novia para pensar en esa posibilidad? De todas formas, ¿Tsukishima aceptaría algo como eso?

Conociéndolo, seguramente se burlaba de ella hasta la muerte.

Ah, tal vez no lo había pensado seriamente.

Suspiró audiblemente. Frunció el ceño mientras miraba el suelo, y alzó la cabeza tan rápido que se sintió un tanto mareada. No, no podía dejarse consumir por el pesimismo, debía trabajar duro para devolver la deuda de una sola vez.

No quería estar atada por más tiempo a Tsukishima.

Se abofeteó las mejillas con fuerza.

Vale, sólo tenía que despabilarse.

—"Deberías relajarte Hitoka-chan, él no va a comerte"—memoró las palabras que Miou le había dicho para calmarla antes de irse a casa unos cuantos minutos atrás.

La pelirroja no lograba comprender por qué tanto pánico, no es como si el chico en cuestión fuera un monstruo o algo parecido. No obstante Yachi sentía que nunca podría entender cuán mortificante resultaba todo, porque sencillamente no conocía la clase de chico que en realidad era Tsukishima. Aunque honestamente, ella tampoco lo conocía demasiado. Mas a allá de unas cuantas conversaciones al azar, aunque más bien podía clasificarlas como oraciones esporádicas, ellos no habían cruzado la línea entre manager y jugador. Claro sabía que era un buen estudiante desde aquella vez que se dio cuenta que no necesitaba ayuda para estudiar antes de los exámenes durante el verano pasado, y no había como rebatir que era un bloqueador bastante habilidoso, pero de ahí en más cualquier otra cosa resultaba un completo misterio. Su comida favorita, su música favorita, que materias le gustaban, cuáles no, por qué siempre estaba con Yamaguchi, le gustaba realmente el voleibol o no, por qué era tan mezquino para hablar y así podría seguirse de corrido en una lista absurdamente larga de preguntas que, tal vez, nunca tendrían respuesta.

Bueno, en primer lugar, no es como si estuviese interesada en responderlas. Simplemente era algo que pensaba de vez en cuando al verlo trotar en los entrenamientos de la mañana, o cuando comía su almuerzo en el salón y le miraba pasar por el patio desde la ventana, quizás era algo que pensó sin querer al verlo jugar silenciosamente uno de sus tantos partidos. Si, probablemente sólo ocupaba una fracción diminuta de sus pensamientos en algunas ocasiones.

Por ello, es que posiblemente no podía verlo como un asunto sencillo.

Tsukishima, siempre resaltaba demasiado.

—Estás hecha un cubo—musitó la voz del villano que últimamente le rondaba el pensamientos. La joven manager alzó el rostro automáticamente y el corazón le saltó en el pecho al reparar en los dorados ojos del más alto.

Ah, diablos, eran muy bonitos.

—N-no realmente—desvió la mirada y sus mejillas se encendieron débilmente. Kei estrechó los orbes y sin decir ni pio abrió su gaveta para sacar las zapatillas blancas que siempre utilizaba.

La blonda le había pasado una pequeña nota entre los descansos del entrenamiento matutino para encontrarse a la hora de la salida en los anaqueles. Como si fueran notas secretas, la chica le había entregado la toalla para el sudor con el post-it escondido, echa un tomate. Haciendo sumo hincapié en no dejar que ninguno de los demás miembros se diera cuenta de su pequeña salida juntos. Pues no creía ser capaz de soportar los cuestionamientos y las burlas de sus compañeros. Por lo tanto, el jugador de Karasuno había salido veinte minutos después de despachar a Yamaguchi, quién encontró un poco extraño su negación a irse juntos. Pero supuso que necesitaba hacer algo importante y sólo se despidió de él antes de marcharse a entrenar su saque flotante.

—¿Y bien? ¿Cuál es el plan?—inquirió metiendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón una vez hubiera acabado.

Su silueta era tan elegante como siempre, pensó la ojicastaña viéndolo disimuladamente de reojo.

—C-cogeremos el tren.

—¿Tú lengua está bien Yachi-san?—indagó al tiempo que ambos caminaban hacia la salida del instituto.

—¿Eh?—lo miró sin entender.

—Te la muerdes demasiado seguido, por lo que seguramente tendrás alguna herida—dijo torciendo una mueca sátira—, no sabía que tuvieses un problema para hablar.

Yachi sintió que la sangre le hervía bajo la cara

—¡N-no… es así!—sacudió las manos—. ¡No tengo un problema para hablar, en serio!—aseguró frenéticamente usando toda su fuerza para evitar atragantarse con las palabras.

—Ya, te creeré.

—¡Tsu-Tsukishima-san, por favor no te burles de mí!—reclamó apretando los puños al darse cuenta de su fallo.

Él la ponía de los nervios.

—No sé de qué hablas Yachi-san—mintió—, pero deberías cuidar tu boca, podrías lastimarte los dientes también—agregó con cierto deje de sorna. Como bien habían dicho los miembros de segundo año, él tenía una personalidad retorcida que hacía irritar a quien se le cruzara—. De cualquier modo, ¿por qué insististe en salir hoy específicamente?—se detuvieron en la intersección peatonal a esperar que el semáforo cambiara.

—Yo…—sus ojos se clavaron el piso bajo sus pies—, no quiero deberte nada, sé que te he causados muchísimos problemas desde la semana pasada—sus cejas se curvearon en una mueca afligida—. Ya he gastado toda la suerte de mi vida en esas dos ocasiones, por ello, debo pagarte de vuelta, así que me he colgado de la suspensión del entrenamiento de hoy para hacerlo—lo miró directamente.

Tsukishima abrió los ojos ligeramente.

Vaya, ella era bastante honesta.

—Así que era eso—musitó luego de un par de segundos en silencio. La luz cambió y él emprendió el paso firmemente, viró medio cuerpo hacia la rubia—, ¿A qué estás esperando Yachi-san? Tu agradecimiento debe valer la pena, ya sabes, es molesto ayudar a otros gratuitamente—sonrió, como si estuviera sosteniendo una máscara sobre su verdadero ser.

Hitoka se estremeció.

Parecía como si fuera a seguir a su asesino.

Más no podía huir.

Debía asegurarse de regresar debidamente el favor, porque no quería que su alma le perteneciera al diablo eternamente. Pura y llanamente así era, no tenía segundas intenciones, ni mucho menos inmiscuirse en la vida de un personaje como Tsukishima.

Después de ese día, ambos podrían volver a sus papeles de siempre, él pisaría el escenario y ella volvería a los tras bastidores. Al fin y al cabo, él era uno de los héroes en la historia y ella sólo un aldeano más de fondo.

Al terminar su tiempo juntos, ya nada más los uniría.


El tren hacía un sonido metálico mientras avanzaba por la ruta de los rieles y la música de fondo que sonaba por lo altoparlantes le recordaron al soundtrack de un drama matutino fuera de época. Yachi paseó la mirad por el vagón al cual había subido en la estación cercana a la escuela y distinguió una que otra persona enfrascada en sus teléfonos. Al ser la hora en la cual salían los estudiantes, vislumbró un par de uniformes como el suyo y se preguntó cómo estarían siendo vistos en ese momento. Después de todo el de lentes estaba parado a su lado, agarrado firmemente a la empuñadura que colgaba de la barra transversal sobre los asientos y ella a duras penas hacía lo mismo, pues su altura no ayudaba demasiado en esa situación. Se había negado firmemente a tomar asiento, pues no creía que se lo mereciera considerando que el rubio no tendría uno y ella no estaba ahí por comodidad propia. Además poco después de haber subido una mujer mayor pasó a su lado y ella le indicó que se sentara.

—Estaremos arribando a la parada de Nagamachi* en breves minutos, favor de alejarse de las puertas, Estación Nagamachi, Estación Nagamachi—anunció una voz femenina interrumpiendo una canción de Utada Hikaru* y la ojicastaña trató de aferrarse a la agarradera de la que, prácticamente, estaba colgada, no obstante el pequeño movimiento de freno la hizo quedar de puntitas y con el cuerpo levemente inclinado sobre los pasajeros que estaban frente a ella.

Una mano firme la jaló de la parte posterior de su abrigo y ella rápidamente volteó a ver al de quinqués dorados que le observaba torciendo una sonrisa de medio lado.

—Y aun así insististe en ir de pie—musitó en son de burla, pues él claramente sabía que aquello pasaría por su corta estatura. La muchacha abrió la boca, y sus pómulos lucieron un resplandeciente carmín, sin embargo las palabras se le atoraron en la garganta y él la arrastró por la ropa, como un cachorro al que cogen del pescuezo, y la dejó caer en un asiento libre cerca de la puerta. Aun les quedaba otra parada para llegar a su destino y él no estaba dispuesto a ser parte de un acto vergonzoso como lo sería el de ella cayendo en las piernas de algún desconocido.

—¡Espera, yo…!

Kei dejó caer su mochila sobre los muslos de la manager y ésta se abrazó instintivamente al bolso ajeno.

—Calla y lleva esto, mis hombros comienzan a estar tensos—le lanzó una mirada seria y ella tragó saliva bajando su rostro.

Se parecía tanto a un indefenso Pomerania.

—Sí, lo siento—murmuró.

Eso no estaba yendo nada bien. No tenían ningún tema del cual conversar y el silencio entre los dos, lejos de ser reconfortante, era asfixiante. Yachi frunció el ceño y se mordió el labio. Si continuaban de ese modo, se iba a morir seguro.

Apretó la mochila entre sus brazos y un mechón de cabello le cayó por el costado derecho del rostro. Observaba las formas de las puntas de sus zapatos y calculaba la distancia entre sus pies y los de su acompañante. Todo en un intento desesperado por distraerse.

Por su parte, Tsukishima la miraba desde lo alto, reparando en la estaña forma que tomaba la partidura de su cabello gracias a esa media coleta que usaba en un solo lado de su cabeza. La goma elástica de estrella, como siempre, lo mantenía en su lugar y se preguntó si era su favorito o algo parecido. Después de todo, siempre utilizaba esa liga para el cabello. Desde su posición, ella lucía extremadamente pequeña y suave; la forma de sus hombros era estrecha y afinada. Un par de veces había notado su delgadez, pero en ese ángulo, percibía la sombra de los huesos de sus clavículas, las cuales pese a que traía un abrigo grande y una bufanda, se podían apreciar por el hueco que dejaba su cuello con la ropa. Yachi era una chica bajita, a comparación de otras tantas, ella apenas y si le llegaba a la mitad del pecho, por lo cual la distancia entre sus alturas debía ser casi de medio metro o un poco menos. Por lo tanto desde su lugar era casi imposible verle el rostro, aunque el leve aroma a flores que la caracterizaba. La rubia se acomodó el mechón de cabello tras la oreja y él pudo notar un pequeño lunar en la punta de ésta, lo cual de alguna forma le causó cierta gracia.

—Pff—se cubrió la boca sutilmente para ocultar la risa que le había provocado descubrir ese detalle oculto y ella levantó la cara hacia él.

Grandes ojos castaño rojizo se encontraron con su iris dorado y él no pudo evitar pensar que aquel tono era tan inusual.

Demonios su cara le hacía querer molestarla.

Hitoka parpadeó repetidas veces al darse cuenta que lo había estado mirando fijamente por más de un minuto sin decir nada y desvió sus quinqués abochornada. El rubor le coloreó hasta las puntas de las orejas y sus cejas se contrajeron hacia el centro.

¡Con una mierda, se le iba a salir el corazón!

Era ella, ¿o ahora hacía calor ahí dentro?

—Estaremos arribando a la parada de Sendai* en breves minutos, favor de alejarse de las puertas, Estación Sendai, Estación Sendai—avisó de nuevo la voz de la asistente.

La manager reaccionó y se puso de pie cual resorte, haciendo que en el procesos sus pies se tropezaran los unos con los otros y su cara terminara estampándose contra el pecho de su acompañante, quien automáticamente la recibió en el hueco de sus brazos cuando el metro se detuvo en la parada anunciada.

Oh, Tsukishima olía a madera y pino. Justo como el otoño. De algún modo no fue nada molesto estar entre sus brazos. Eran cálidos, y bastante firmes, se preguntó cómo sería el aferrarse a ellos mientras la estrechaban con fuerza.

¡¿Por qué mierda querría ser abrazada por Tsukishima?! ¡¿Acaso era una loca pervertida?! ¡Dios, necesitaba enfriarse la cabeza!

El rubio carraspeó, llamando su atención para que lo dejara libre de una vez, pues las puertas se cerrarían en cualquier momento y perderían su parada por culpa de la muchacha.

—¡Lo siento!—gritó mordiéndose la lengua al tiempo que se apartaba bruscamente de él.

Menuda cabeza tenía en ese momento. Terminar enganchada al brazo del jugador como si fuera una especie de imán ya era bastante desconcertante y si le sumaba el hecho de estar pensando en estupideces nacidas de sus delirios adolescentes la hacía desear que el suelo se abriera y se la tragara de paso. Demonios, no debería prestarte tanta atención a las conversaciones indecentes que Miou a veces tenía con otras chicas de su clase.

No era nada sano para su corazón.

—Lo que sea—Tsukishima puso los ojos en blanco y negó levemente antes halarla de abrigo para que bajasen del transporte público.

Hitoka tropezó con el andén e hizo escandalosos aspavientos con sus brazos y los bolsos bailaron de aquí a allá a causa de ello. Ella era ridículamente torpe, pero no parecía tener un límite para eso. Kei consideró seriamente llevarla a una estación de policías para que le dieran un cartel del peligro público y así, supiera todo el mundo que debían tener cuidado al estar a su alrededor. No exageraba al pensar que ella bien podría causar el fin de todos los tiempos con sólo estornudar.

Una vez estuvieron en suelo firme, Yachi le entregó su mochila, y sacó su móvil para revisar la dirección de la tienda. Memorizó rápidamente las indicaciones de su aplicación de GPS y le hizo señas al más alto para que le siguiera por el pasillo hacia las escaleras para salir de la estación. Avanzaron entre la muchedumbre, y la ojicastaña le miraba de vez en cuando para asegurarse que no se habían separado. El sonido del martilleo en su pecho la hacía sentirse tan ansiosa que las palmas le estaban sudando y una traspiración fría le perlaba la nuca. Otro poco más y el estrés la enfermaría hasta la muerte. Simplemente tenía que darse por vencida, ella ya le había mostrado su lado patético y vergonzoso al enemigo más peligroso que jamás podría haber conocido. Si iba a morir tristemente por un ataque de estrés, por lo menos lo haría dignamente.

Por lo menos tendría una muerte honorable.

Suspiró, y subió el puente peatonal para cruzar la avenida que estaba justo frente al centro comercial. Kei enarcó una ceja, bastante intrigado por saber que los había llevado hasta ahí. Miró de soslayo a la manager de Karsuno y tuvo que disimular la risa que le provocó verla chocar contra la entrada del edificio. La vio detenerse en el tablero que apuntaba la distribución de pisos y cabeceando un tanto le indicó que cogieran el ascensor.

Chasqueó la lengua mientras ingresaba al elevador donde ella picó el botón del 7mo piso. La canción de fondo era un tanto empalagosa y más que calmar, le ponía los nervios de punta. Honestamente detestaba andar a ciegas, porque no le agradaba la idea de hacer cosas por impulso. Así que todo ese aire misterioso comenzaba a fastidiarlo. Pronto llegaron a su destino y Hitoka dio un pequeño salto fuera de la caja metálica para emprender el paso nuevamente por los largos pasillos del lugar. Algunas personas se metieron entre los dos y casi la perdió de vista, más logró distinguir la mata rubia entrando a uno de los locales. El de ojos dorados reconoció el nombre de la marca, eran bastante conocidos por su calidad en los equipos de alto rendimiento.

¿Por qué la manager lo había llevado ahí?

Los pasillos estaban adornados con estanterías que exhibían la mercancía del local, separadas por áreas de cada deporte conocido. Casi hasta el final distinguió un mostrador de cristal. En dicho lugar, se encontraba un hombre al cual podría calcularle unos cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, su melena azabache era corta y crespa, con uno que otro lunar de canas aquí y allá. Llevaba puesto un jersey gris con el logo de Nike en el pecho izquierdo y un porta identificaciones colgando de su cuello.

—Mikeno-san—exclamó su acompañante y el varón de mediana edad la observó un segundo y luego sonrió.

—Bienvenidos—musitó con una voz rasposa y grave—. Oh, tú debes ser la hija de Madoka-san—aseveró cuando la susodicha se paró frente al mostrador—, son bastante parecidas.

—Que va—se rascó detrás de la oreja en muestra de lo nerviosa que le ponía tal observación por parte del mayor.

—Entonces supongo que éste es el joven que necesita las correas para sus gafas—le echó una mirada y él no se inmutó en lo más mínimo, pese a estar sorprendido por la razón de su estadía ahí, ¿cómo sabía que necesitaba unas correas nuevas? Además, esa tienda no era nada barata. Sabía que ella le iba a pagar por haberla ayudado, pero no creía que eso hubiera sido para tanto—. ¿Eres jugador de basquetbol?—indagó el mayor acomodándose la pluma que llevaba en el bolsillo de su chamarra.

—No—tajó mirando fijamente las diminutas etiquetas en uno que otro aparato de ejercicios, tan exorbitantes y ridículos que se sintió bastante tenso.

—Es uno de nuestros bloqueadores centrales—se apresuró a intervenir la muchacha.

—Ya veo, con que voleibol, ¡Quién lo diría!—exclamó sonriendo—. Casi podría apostar que jugabas baloncesto—rió—, tengo el producto ideal justo aquí—se inclinó para sacar una caja que había debajo del mostrador—. Tal como lo hablamos, son del material más resistente que hay hasta el momento, con ellas no importa que tan loca y apasionadamente entrene, no se romperán fácilmente—aseguró orgulloso.

—Eso es maravilloso Mikeno-san—la rubia sonrió tomando el articulo para inspeccionarlo y el susodicho asintió—. Cómo lo hablamos por teléfono, me gustaría pedir dos modelos de éste producto—podía notarse que al menos en los negocios era bastante elocuente y segura. Levantó su bolso para colocarlo sobre la barra de cristal y sacar su cartera, en tanto el dependiente se dispuso a envolver el pedido.

Tsukishima le lanzó una penetrante mirada inquisitiva mientras automáticamente le cogía la mano con la que sacaba el efectivo. Sus dedos se aferraron con fuerza a su diestra y de algún modo, la extremidad le ardió como si estuviera sosteniendo una barra caliente.

—Yachi-san, ¿podemos hablar un segundo?—sonrió de una forma que la hizo estremecerse nuevamente y temió acceder a su petición—. ¿Podría disculparnos un segundo?—pronunció sin dejar de poner aquella cara tan aterradora.

Hitoka tragó saliva, aun si lo hubiera querido, no podría negarse a las demandas del chico.

—¿Huh? Claro—exclamó el mayor.

Apretó su agarre y la llevó casi arrastras hasta la parte posterior de la tienda, cerca del área de equipos de alpinismo.

Una vez se hubo asegurado que no eran vistos por el hombre, soltó la extremidad de su compañera y estrelló la mano contra una de las estanterías al tiempo que se inclinaba hacia la pequeña blonda que tembló de pies a cabeza y no pudo evitar ahogar un gritito al verse acorralada entre el cuerpo del joven y la pared.

¿Qué diablos estaba pasando?

Un pinchazo agudo le atacó el pecho.

—Yachi-san—mierda, esa sonrisa le helaba la sangre—. Se puede saber ¿por qué estamos en una tienda como esta?

Dios, seguramente Tsukishima era el mismísimo rey demonio. Por supuesto que no era un príncipe, era un caballero negro, un ser infernal venido justo para atormentarla. Los pitidos de su pulso le iban a explotar la cabeza como siguiera así. Sentía la cara tan acalorada que seguramente tenía una fiebre severa por los nervios.

Él se acercó más y ella contuvo la respiración.

—Yo… yo, sólo quiero agradecerte por lo que has hecho hasta ahora—hablar sin jalar una sola bocanada de aire, era agotadoramente doloroso.

—Nunca creí que apuntaras a una categoría así—su sonrisa se acentuó—. ¿De casualidad sabes que tan costoso es?

Vale, quería molestarla, y le intrigaba ver cuánto esfuerzo podía poner en ello. Pero, quitarle su dinero de esa forma era tan malditamente grotesco, que se sentía genuinamente irritado.

—No te preocupes por eso.

—¿Hah?—abrió los ojos y su mirada lucía afilada, la sonrisa se desvaneció de sus labios. Justo como una máscara cayéndose—, ya sabes, no es que esté preocupado ni nada— sus rostros estaban tan cerca que ella sentía su aliento rozarle las pestañas. La garganta se le secó y por un segundo olvidó que era capaz de hablar.

—No… no será costoso—intentó explicar con la poca cordura que le quedaba.

Ah, todo le estaba dando vuelta, tal vez debería volver a respirar.

—¿Por qué estás tan segura?—estrechó sus orbes con suspicacia, ¿acaso ella podía estar convencida de algo así? No era estúpido y la verdad parecía bastante discutible a su consideración.

—Mi madre trabajó con él, le pedí que consiguiera un descuento especial—soltó—. Mikeno-san aprecia mucho a mi madre, así que nos los darán a mitad de precio de adquisición. Eso es mucho más barato de lo que realmente es—ya había contemplado todo eso. Sin embargo parecía muy difícil explicárselo.

—¿Qué?

—Será mucho menos del precio de mercado—repitió—, así que por favor, ¡No te enfades Tsukishima-san!—exclamó roja de pies a cabeza dejando salir el aire de sus pulmones.

Estaba a punto de desmayarse.

El rubio abrió los ojos como platos y entonces notó la escasa distancia entre los dos.

Los labios de la muchacha temblaban entreabiertos y sus mejillas estaban tan sonrosadas que parecía tener una hemorragia bajo su cutis. Su respiración era agitada y cálida, le hacía cosquillas en el cuello. Sintió una presión extraña en el estómago y de pronto fue como si ella tuviera su propia gravedad. Sus labios se veían como un par de cerezas, listas para darles una mordida.

Honestamente, en ese momento quería hacerla llorar.

Una alarma se encendió en su interior, y haciendo uso de toda su voluntad se apartó de la joven antes de cometer una locura irreparable.

—Tsk—chasqueó la lengua y un hormigueo le recorrió la punta de los dedos—. Como sea, apresúrate. Quiero irme a casa—gruñó girando sobre sus propios pies y volviendo por donde habían llegado. Hitoka se dejó caer con el pulso hecho un desastre y la mente vuelta un mar de caos; y lo peor de todo es que podía apostar a que era la única que estaba tan afectada. Definitivamente debía haber calculado las cosas de una mejor manera.

Aquello ya le había costado un par de latidos de su vida.

Lo dicho, Tsukishima Kei la mataría.


El sonido de la bolsa de papel que le habían dado en la tienda crujió con cada paso que daban. Llegar al centro comercial había sido una odisea bastante frenética y al haber terminado sus labores ahí, el camino de regreso parecía ser algo tedioso y lento. Yachi avanzaba con la cabeza agachada, mirando fijamente sus pies mientras caminaba sin tener el menor cuidado por ver al frente. Sus mejillas estaban rebosantes de sangre y para ser honesta sentía que la fiebre que su pequeño roce con Tsukishima había provocado no desparecería por un buen rato. Lejos de sentir que por fin había pago su deuda, había una desazón que le carcomía el pecho. No estaba satisfecha. Era como si no fuera suficiente. El rubio la había salvado en dos ocasiones, primero cuando estaba hecha un desastre después del Goukon y luego cuando estuvo a punto de caerse en las escaleras de la escuela. Dos ocasiones en que prácticamente le había salvado la vida y aunque ella estaría eternamente agradecida, ese pequeño presente simplemente no podía ser igual de valioso. No obstante, aún si comprara miles de cosas, de alguna forma intuía que no sería suficiente. A este paso la única idea que se le ocurría para regresar medianamente su bondad, era sino dedicarle su vida, asistiéndolo, cuidándolo, siguiéndolo hasta el fin del mundo si era necesario, tal como un sirviente a un amo, o un perro con su dueño. A pesar de ello, su dignidad le impedía arrodillarse ante él y rogarle porque le permitiese estar a su lado para que dispusiera de su persona como le placiera. Además, tampoco quería eso.

No quería volverse la escudera de un caballero oscuro.

Su corazón no lo soportaría y dudaba mucho que Tsukishima lo aceptara. Él era bastante calculador, la mayor parte del tiempo ni siquiera podía adivinar lo que estaba pensando, incluso podría ser capaz de idear el plan perfecto para asesinar a una persona y honestamente no deseaba ser la que se encargara de limpiar todo. Casi podía imaginarlo, ella terminaría siendo arrestada en su lugar y nunca podría probar lo contrario, sería condenada por un crimen que nunca podría confesar por el simple hecho de que el asesino real la había rescatado en el pasado. Pasaría el resto de su vida en una celda fría y su madre lloraría tanto que caería enferma al preguntarse en qué se había equivocado. Seguramente si llegaba a salir libre luego de años encerrada, la juventud y la fuerza le habría abandonado y ni siquiera habría alguien para recibirla, terminaría en la calle porque nadie querría contratar a una ex convicta, pediría limosnas y un día simplemente moriría bajo algún puente habiéndolo perdido todo por regresarle el favor a un demonio que la consumiría hasta el tuétano.

Ah, era tan deprimente y exagerado.

A veces odiaba su capacidad para imaginar cosas, la hacía pensar en la ley de Murphy con un aumento del mil por ciento en lo efectos catastróficos. Vaya por Dios que incluso acusaba sin fundamento alguno al bloqueador de ser un criminal latente en el futuro.

—Yachi-san—bajo los efectos de sus cavilaciones, escuchó lejanamente su nombre ser llamado por la persona en cuestión y dando un respingo sintió que su frente chocaba contra algo blando y cálido.

Un tanto aletargada por la situación, levantó el rostro y vio la mano de Tsukishima entre su cara y un anuncio publicitario de un restaurante de comida rápida. El gran búho sonriente que era mascota de una cadena de hamburgueserías la hizo pegar un salto hacia atrás y mirar a su compañero con la cara pálida y los ojos llenos de ansiedad.

¿Otra vez la había salvado?

¡Demonios!

—Gracias Tsukishima-san—susurró decepcionada de sí misma—."Genial Hitoka, ve y agrega intereses"—se regañó mentalmente.

—Si sigues caminando de esa forma, vas a causar un accidente—exclamó.

—Lo siento—clavó sus orbes en el suelo.

Tan frustrante.

El joven apretó la quijada, desde que había salido de la tienda de deportes la muchacha había estado actuando de forma extraña. Parecía que en cualquier momento se hundiría en un hoyo. Sin mencionar que lucía tan apesadumbrada que un poco de su consciencia se removía.

Vale, eso probablemente era su culpa.

—Tch—chaqueó la lengua y metió las manos dentro de sus bolsillos.

Mierda, no es como si fuera a disculparse en primer lugar, pero tampoco podía estarse sin hacer nada.

La manager apretó las manos en torno a la bastilla de su falda, su ceño se frunció y mordió inconscientemente su labio inferior. Era tan patética, ni siquiera algo tan sencillo podía hacer bien. Lamentaba profundamente ser esa clase de persona, tan pesimista y falta de confianza en sí misma. Su cabeza era un desastre y su imaginación se iba a los extremos de forma vertiginosa llevándola a crear escenarios catastróficos como una posesa. Ojala pudiera tener un poco de coraje para mostrar su lado bueno a Tsukishima, tal como aquella vez que se enfrentó a su madre una vez se halló decidida a ser parte del equipo; naturalmente en esa ocasión había sido empujada por la energía de Hinata. Él era como un sol desenfrenado que te contagiaba de su espíritu con sólo tocarte, pero ella no tenía ni una minúscula porción de esa fuerza tan maravillosa que envidiaba profundamente.

¿Por qué tenía que sentirse de esa forma siendo tan sólo un personaje de fondo? ¿Por qué tenía que estar en aprietos como si fuera la protagonista de algún cuento bizarro?

Desearía poder volver a lo que era.

Realmente eres alguien molesta Yachi-san, porque te desanimas antes de hacer nada.

Sus parpados se separaron un tanto al recordar las palabras que su propio demonio personal le había dicho el otro día. Su corazón saltó dentro del espacio que había en sus costillas y un escalofrío le recorrió el cuerpo al memorar aquellas líneas.

Estoy diciendo que no puedes decir que eres una inútil cuando no has hecho ni un solo intento.

Su centro lentamente comenzó a calentarse, como si la sangre que le corría por las venas llevase pólvora que esparcía una flama cálida. Se llevó las manos a la zona en la cual sentía era el origen de todo.

Así que esfuérzate en ello.

Sus pupilas se contrajeron y el ritmo de su corazón se disparó al tiempo que sus mejillas adquirían nuevamente ese tono carmín. Alzó una vez más su cara, un poco más rápido que antes y los mechones rubios se pasearon por sus facciones al tiempo que buscaba a la persona cuya voz estaba escuchando en sus recuerdos.

¡Eso era!

Ella no podía darse por vencida antes de siquiera haber dado todo de sí. Fracasada, estúpida o inútil cualquiera de ellas sólo serían validas si había hecho algo que ameritara semejante calificación. De otro modo, sólo estaría siendo presuntuosa y quejica.

Tenía que intentarlo para echarlo a perder por lo menos.

—¡Tsukishima-san!—pronunció con fuerza y el susodicho se crispó por el repentino cambio de humor que había sufrido la muchacha.

La miró un tanto ofuscado.

—¿Qué?—cuestionó con cierta cautela.

—Vamos a comer antes de regresar a casa—esa oración no era un sugerencia y el más alto la escudriñó con sus dorados ojos.

¿Qué interruptor había presionado para ese cambio de actitud? Era un giro de 180° a comparación de su postura minutos antes.

—¿De qué estás…?

—No estoy satisfecha—interrumpió estirando las manos para cogerlo del brazo izquierdo—. No puedo dejarte ir sin haberme esforzado para agradecer todo lo que has hecho por mí—aseguró apretando su agarre y el bloqueador pudo notar que temblaba un poco—. Escoge lo que sea que quieras comer, pagaré por ello—indicó.

—¿Eres estúpida?—inquirió al ver como intentaba arrastrarlo vanamente.

Era tan débil.

—Probablemente lo soy—concedió deteniéndose un poco—. Pero, no puedo darme por vencida sin haberlo intentado correctamente.

Sí, ella estaba haciendo todo a medias, no ponía en la balanza el peso completo y dejaba que ésta se derrumbase hacia el lado caótico y miserable.

No podía hacerlo por más tiempo.

Incluso los personajes secundarios usaban toda la fuerza que poseían para llevar al cabo su destino.

Tsukishima enarcó una ceja y clavó fijamente su iris dorada en el tono rojizo de los ojos de su compañera. Se vio a sí mismo reflejado en esa mirada tan honesta y un picor extraño le llenó el pecho. Por alguna razón no podía dejar de mirarla, era como si el verla tan decidida fuera una especie de ítem raro en un juego que no tenía botón de reinicio. Tuvo un mal presentimiento cuando su cuerpo cedió y permitió que lo remolcara hacia el interior del local de comida rápida. Probablemente el precio de ese momento sería algo que no podría pagar más tarde. Y a decir verdad, no estaba muy lejos de la verdad.

Yachi Hitoka sería una molestia en el futuro.


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Continuará

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Espero que les haya gustado. Muchas gracias por sus reviews, Follows, y Favs.

1*Nagamachi: La estación de Nagamachi (長町駅 Nagamachi-eki) es una estación de ferrocarril en la línea principal de Tōhoku en Taihaku-ku, Sendai, Prefectura de Miyagi, Japón, operada por East Japan Railway Company (JR East) y el Metro de Sendai.

2* Utada Hikaru: Hikaru Utada (宇多田 ヒカル Utada Hikaru, Nueva York, Estados Unidos, 19 de enero de 1983) es una cantante de música pop japonesa. Utada es una de las cantantes niponas más reconocidas hasta el momento, así como también una de las más importantes para la historia de Japón.

3* Sendai: La estación de Sendai (仙台駅 Sendai-eki) es una importante estación de ferrocarril en Aoba-ku, Sendai, Miyagi, Japón. Es una parada para todos los trenes Akita y Tohoku Shinkansen , el extremo este de la línea Senzan, y una parada importante tanto en la línea principal de Tohoku como en la línea Senseki. Se encuentra en la frontera entre Miyagino y Aoba Wards en Sendai, Prefectura de Miyagi.

Sin más.

Dejen sus opiniones por favor, iré corrigiendo los errores más adelante.

Akari se despide.

Yanne!