Capítulo 4. Lengua de cerdo
-Entonces, ¿la atenderéis? –Las dos hermanas observaron al hombre, que parecía poco dado a aceptar. Richard Castle tenía ahora el cabello largo y mal cuidado, enredado. Sus ropas, antes limpias, despedían un olor bastante desagradable, acorde al del resto de bebedores en la taberna. Sentado junto a él, una mujer de dientes negros y escote generoso esperaba, aburrida, a que su cliente terminara de hablar con las mujeres de Dios. Las monjas se cuidaban de no mirarla.
-Ahora mismo estoy ocupado, hermana –respondió al fin, cogiendo a la prostituta por la cintura y acercándola a sí, sonriente. Anne se echó hacia atrás, ruborizada. Pero la hermana Cecilia tenía experiencia en tratar con pecadores y no se dejó amedrentar.
-Podréis dedicaros a vuestros despreciables vicios cuando hayáis cumplido con vuestra labor. Os pagaremos. Sólo hay que veros para ver que necesitáis el dinero.
-Lo que necesito es joder. Y tú vas a joderme bien, verdad, ¿muñequita? –La ramera soltó una risita tonta, dejándolo magrearla, sin reparos. Aquello fue suficiente.
-Hermana, no creo que este hombre sepa tratar a la pobre Katherine. Será mejor que vayamos a dormir, mañana partiremos a la ciudad.
-¿Katherine, habéis dicho? –El cirujano ahora parecía interesado. Las dos hermanas asintieron. –Yo conocí a una Katherine –comentó, tras darle un largo trago a su jarrita -. Era una bruja. Inocente y con cara de niña dulce… pero me echó un mal de ojo… ya no puedo dormir.
Anne intercambió una mirada con su hermana. Aquel hombre era un borracho que ahora empezaba a divagar. Definitivamente no era buena idea dejar a la joven en sus manos. Se levantó, en silencio, siendo imitada por la otra y sorprendentemente también por Richard.
-Muy bien –anunció -. Vamos a ver a esa Katherine.
-Pero…
-Tú espérame aquí, preciosa –Dijo, dándole un beso duro y una palmada en el amplio trasero. Las monjas fruncieron el ceño pero le indicaron al hombre que las siguiera. Anne volvió hacia atrás, con una mirada amable.
-Aún hay salvación para ti, querida. Ven al convento si quieres dejar tu mala vida.
La puta se quedó muda, al igual que el resto de la taberna. Y entonces soltó una carcajada. Todos se rieron. La joven monja se ruborizó y se apresuró a subir las escaleras. Richard la miró con diversión.
-Si queréis redimir almas, hermanas, aquí tendréis demasiado trabajo.
-Suba y calle –dijo Cecilia, dedicándole una mirada dura a Anne, quien agachó la cabeza. –Sois una ingenua, Anne. Esa ramera no quiere cambiar su vida.
-Debía intentarlo –se defendió.
Katherine estaba asustada. El gigante nunca había levantado la voz y ahora parecía peligroso. Le hacía daño sujetándola por los brazos, zarandeándola con brusquedad.
-Debe irse. Katherine debe marchar… No puede volver –gritó de nuevo. Ella asintió, aterrada.
-¡Nathaniel! –Detrás de ella las dos hermanas miraban sorprendidas la escena. –¿Cómo te atreves a entrar? ¡Fuera!
-Katherine no pue…
-¡Vete! –Le ordenaron, enfurecidas. Nathaniel, asustado salió, empujando por el camino al hombre que esperaba a un lado del pasillo. El cirujano se quedó con la boca abierta: nunca había visto un hombre tal alto y él no era precisamente de corta estatura.
-Oh, querida, ¿ese gigante te ha hecho daño?
La campesina negó, aunque seguía temblando. Anne se sentó a su lado y le cogió la mano con compasión. –Tranquila, no dejaremos que vuelva a entrar aquí.
-¿Cómo está tu tobillo? –inquirió Cecilia. Katherine, una vez recuperada del altercado, alzó la pierna y se encogió de hombros. Le dolía, pero se sentía mejor. –Eres afortunada –continuó -. No tendrás que esperar a mañana, hemos encontrado un cirujano. Pasad.
Richard entró, listo para atender a la mujer cuando vio el rostro de la joven que yacía tendida. Su rostro reflejó su perturbación.
-¿Qué es esto? –susurró.
Katherine tampoco podía creer lo que veía. ¿Qué hacía allí su antiguo dueño? Porque era él, ¿verdad? A pesar de llevar el cabello y las ropas sucias y los ojos inyectados en sangre, era Richard Castle. Inconscientemente se echó hacia atrás, arrastrándose sobre la cama con los codos. El barbero parecía fuera de sí.
-¡Me habéis engañado! –Vociferó -¡No sois mujeres de Dios! ¡Sois brujas! ¡Brujas! Venís a por mí, queréis hacerme caer en vuestra trampa.
-¿Pero qué decís? –Las hermanas no comprendían nada y al igual que Katherine retrocedieron, aterradas.
-¡Tú! –gritó, apuntando a la muchacha, hincando la rodilla en su lecho -. Dices que estás herida, ¡mentirosa! Quieres arrastrarme hacia tus brazos, ¿verdad? Sólo quieres hacerme caer –apretó con crueldad el tobillo de la joven, que sollozó y se agitó, tratando de apartarle. Anne se echó sobre él, mientras la otra abrazaba a la joven.
-¡Estáis loco! –Le gritó -. Salid, salid de aquí.
-¡No me tentaréis! ¡Jamás! –El hombre realmente parecía que había perdido el juicio. La hermana Cecilia, creyendo que acabaría atacándolas cogió un jarrón que tenía a mano y lo golpeó con fuerza en la cabeza. Richard cayó al suelo, inconsciente.
Las tres mujeres se miraron, sin saber qué hacer. –Deberíamos llamar a alguien –murmuró Anne, pero su superiora negó.
-No. Es sólo un borracho. Mañana al despertar tendrá un horrible dolor de cabeza, pero estará bien. Nosotras partiremos a alba, tal como teníamos previsto.
-Pero hermana, ¿y si despierta y vuelve a atacarnos?
-Lo dejaremos en el cuarto con Nathaniel –respondió -. El gigante sabrá detenerlo.
-¿Y si lo atacara? Nathaniel tampoco parecía ser el de siempre.
-Mejor a él que a nosotras. Descansa querida, todo ha pasado –añadió, dirigiéndose a la joven.
Pero Katherine no podía descansar. Estaba confundida. Obviamente el cirujano la había reconocido, pero la había tomado por bruja. Peor aún, había tratado de hacerle daño. Aún le dolía el tobillo maltratado. ¿Por qué? Se preguntó. ¿Por qué la trataba así?
Las dos monjas cogieron al hombre por los pies y lo arrastraron hasta la puerta continúa, que aporrearon con brusquedad. Nathaniel abrió, asustado. Iban a reñirle por haber gritado a Katherine; tenía el rostro mojado por las lágrimas. Quiso pedir perdón, pero Cecilia lo interrumpió:
-¿Serás buen chico y cuidarás de este hombre? No debe salir de aquí.
Él no la comprendía. ¿Quién era ese hombre y por qué dormía en el suelo? Pero las hermanas le habían pedido un favor y eso si lo entendía. Asintió, feliz de ser perdonado.
-Muy bien –aplaudió Anne -. Ahora sé bueno y llévalo dentro, pesa demasiado.
Nathaniel lo cogió de una pierna y tiró de él sin esfuerzo, hasta dejarlo en una esquina. Miró a las mujeres quienes asintieron. –Recuerda querido, no debe salir.
-No. No sale.
-Muy bien.
Ambas se marcharon y cerraron la puerta. La hermana Cecilia, sólo para asegurarse, atrancó la puerta de su habitación con una silla. Luego se desvistió, se puso el camisón y se arrodilló para rezar. Anne la imitó. La oración no duró mucho, ambas estaban agotadas. Miraron la cama de la enferma, quien parecía dormir y se acurrucaron en su lecho.
-Que descanséis, hermana.
Katherine esperó a oír los ronquidos de las monjas y luego, apoyó con cuidado su pie lastimado en el suelo. Apretó los dientes, dolorida y se puso en pie. Tenía que ver al cirujano. Haciendo el menor ruido posible, apartó la silla y se dirigió hasta la otra habitación. La puerta no estaba cerrada con llave. La empujó, despacio y se acostumbró a la penumbra. En un enorme jergón Nathaniel dormía profundamente. En el otro lado Richard yacía en el suelo. Se acercó a él y se arrodilló, sin saber qué hacer. ¿Debía despertarlo? ¿Golpearlo? Aquel hombre la atraía y la aterraba a partes iguales.
-No he dejado de soñar contigo. ¿Eres una bruja, Katherine?
Richard la miraba fijamente. Katherine tragó saliva, ¿cuándo había despertado? El hombre extendió la mano y acarició su rostro. Ella sintió un escalofrío. La mano masculina dejó un rastro de calor en su piel. Con su pulgar trazó sus labios; Katherine entreabrió la boca, su respiración haciéndose pesada, cerró los ojos. Cuando los abrió, él volvía a dormir.
Llevó su mano a sus labios, acariciándose donde él la había tocado. Resistió el impulso de enredar sus dedos en su pelo y se puso en pie, volviendo a sentir el dolor en su tobillo, pero lo ignoró. Tenía que salir de allí.
Al darse la vuelta, se fijó en el gigante y pensó en la hermana Jane. Si volvía ella la mataría, estaba segura y a nadie le importaría. Nadie se preocuparía por una simple criada. Jane era noble, al igual que la abadesa. La última niña de una larga prole. Al nacer su destino estaba sellado, con tantos hermanos y hermanas sus padres disponían de suficiente material para formar alianzas políticas. Ella era sólo una boca muy cara de vender. Su señor y padre prefirió dejarla en el convento. Jane jamás pasaría necesidades pues llegó con una buena dote, como toda mujer de su posición, pero nunca conocería las alegrías de ser madre. Ni se la invitaría a grandes fiestas ni se rodearía de príncipes y princesas. Estaba consagrada a Dios. Pero Katherine sabía que la fría mujer no estaba hecha para esa vida. Ya había incumplido el voto sagrado de la castidad y dudaba mucho que sintiera remordimientos incumpliendo el quinto mandamiento. No debía volver. Pero si se marchaba, ¿quién cuidaría de Nathaniel? ¿Y qué sería de ella? Miró hacia el cirujano, recordando con dolor como él se había deshecho de ella sin siquiera intentar conocerla. ¿Quién le decía que no recibiría el mismo trato con cualquier otra persona? No, decidió. No se marcharía. El convento era su hogar. Y nadie iba a echarla de su hogar.
Ni Anne ni Celicia supieron de su excursión nocturna. Por la mañana, recogieron sus cosas y tras discutir con el posadero por el inquilino extra que había dormido en la habitación con el gigante partieron hacia la ciudad. Katherine se sentía nerviosa cerca de Nathaniel, pero él parecía no recordar nada de la noche anterior. Volvía a mostrarse afable y en ningún momento le dijo que no debía regresar.
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-Tú, vamos, ¡levanta!
El posadero miró con disgusto el cuerpo del hombre que dormía en el suelo. Con resolución, cogió un cubo de agua fría y se lo arrojó. Richard despertó sobresaltado, frotándose la cabeza. Dolorido.
-¿Qué… ¿qué ha pasado?
-Las hermanas han pagado el doble por la habitación, vamos lárgate.
-¿Hermanas? –repitió, aturdido. Tenía vagos recuerdos de lo que había pasado. Recordaba haber bebido demasiado y haberse acercado a una prostituta. Luego unas monjas habían requerido sus servicios como cirujano y después…
-¡Katherine! –gritó. La joven herida era la campesina que había dejado en el convento meses atrás. Pero no recordaba nada más. Sólo sabía que tenía el tobillo mallugado, tenía que ayudarla. -¿Dónde están? –preguntó. El posadero se encogió de hombros.
-Partieron hace unas horas. Creo que se dirigen a la ciudad.
Richard se levantó y sin despedirse salió, dirigiéndose a la parte trasera de la posada. Su carromato estaba allí, Altanero desayunaba unas manzanas que alguien había dejado por allí tiradas. Cogió al animal y lo apartó de su suculento manjar.
-Tenemos prisa –anunció. Luego miró su casa y negó con la cabeza, iría más rápido sin ella. –Espera aquí –ordenó al caballo, que soltó un resoplido y agitó la cabeza hacia las manzanas. Richard entró rápidamente y acordó un precio con el posadero para que le guardara el carromato.
-Sólo serán unas horas.
-El precio es el de una noche –replicó el otro, tajante. Richard soltó un gruñido y el entregó la mitad de lo exigido.
-El resto cuando vuelva. Y espero que todo esté tal como lo dejo.
-¿A quién os creéis que os dirigís?
Pero no se molestó en responder, tomó al caballo y montando sobre él, lo instó a galopar. Altanero al principio se resistió, odiaba la velocidad, pero cuando su dueño sacudió las riendas con fuerzas el animal inició el galope. Richard tuvo que sujetarse con fuerza.
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-Hermana, el caballo está cansado. Deberíamos parar para comer.
-Parar –repitió Nathaniel.
-Supongo que tenéis razón –murmuró Cecilia, aunque quería llegar a la ciudad lo antes posible. Katherine no se quejaba, pero en su rostro podía ver que sentía un gran dolor. Dejó a la otra monja ocuparse de las viandas y se acercó a la muchacha. –Vamos a echarte un vistazo.
Con cuidado desató el trapo que le habían atado al tobillo y negó con la cabeza. Estaba muy hinchado y púrpura. Lo palpó con cuidado, pendiente del rostro de la chica, que se arrugó. –Te duele mucho, ¿verdad?
Katherine trató de negar, pero la hermana Cecilia no era estúpida. La mujer le dio un par de palmaditas en la pierna y le tendió un cuenco con gachas -. Come querida.
Richard cabalgó sin descanso, hasta que Altanero paró en seco, agotado. El cirujano protestó. –Idiota, sigue. Vamos, Katherine está herida, vamos –lo azuzó. Pero el caballo necesitaba agua y no podía más. Al final se rindió y descabalgó. –Está bien –dijo -. Vamos.
Lo llevó hasta un arroyo y lo dejó beber, aprovechando también él para comer algo. No había probado bocado en toda la mañana. Cuando el animal alzó la cabeza y la sacudió, satisfecho, Richard sonrió: -¿Listo para seguir, amigo mío?
Tras el descanso las tres mujeres y el gigante se pusieron en camino. Sólo Nathaniel parecía animado, pues las dos hermanas estaban preocupadas y Katherine se sentía demasiado mal como para sonreír. No era sólo el dolor en su tobillo lo que la molestaba. No podía dejar de pensar en Richard Castle. ¿Habría despertado? ¿Recordaría como la había gritado y lastimado? ¿Cómo la había acariciado? Cerró los ojos, saboreando aquel sutil roce en sus labios que había despertado su cuerpo. Suspiró, audiblemente. La hermana Cecilia se volvió hacia ella.
-¿Ocurre algo, niña?
Ella negó y miró hacia otro lado. Empezaba a temer que la mujer leyese el pensamiento, en todo caso, era muy perspicaz. Nathaniel también la miró, su sonrisa estúpida animándola. Era difícil estar angustiada con el dulce hombre cerca. Le acarició tiernamente la mejilla; él le cogió la mano, orgulloso. Katherine tampoco le tenía miedo. Era tan buena como su ángel con hábito.
-Mi ángel –dijo él -. Mi ángel no quiere a Katherine.
Cecilia y Anne hablaban entre sí sobre asuntos del convento así que no les prestaron atención. Aun así Katherine, preocupada lo hizo callar con un dedo en su boca. Nadie debía saber lo que ocurría entre él y la hermana Jane antes que la Madre superiora. Sería peligroso.
-¡Hermana, mire!
De pronto, Anne gritó, señalando a un lado del camino. Un hombre yacía tendido en la arena. Pararon y la joven bajó, seguida de Cecilia.
-No os acerquéis –la previno, pero era demasiado tarde. La monja se agachó junto al hombre quien abrió los ojos de golpe, acompañando su mirada de desprecio con una mueca perversa. Se incorporó de golpe, sosteniendo a la joven desde atrás. Antes de que Anne pudiera siquiera gritar, sintió como un cuchillo recorría su garganta de lado a lado. La sangre salió a borbotones. El cuerpo cayó al suelo ante la mirada aterrorizada de las dos mujeres y de gigante.
Katherine nunca había sentido tanto miedo. Temblorosa, cogió de la mano al hombre que permanecía a su lado, con los ojos fijos en el cadáver. Nathaniel reaccionó soltando un rugido y antes de que la campesina pudiera evitarlo, saltó al camino, dirigiéndose al asesino. Cecilia, horrorizada vio como este lo apuntaba con el cuchillo.
-¡No! –gritó -. ¡No le hagas daño!
Ambas temían por el hombre al que veían como un ser indefenso a pesar de su tamaño. Pero no podían estar más equivocadas. Nathaniel nunca había sido violento. Pero la sangre de la mujer asesinada lo había afectado de una manera que ninguna de las dos mujeres podían imaginar.
El gigante cogió del cuello al otro y apretó, con fuerza. El cuchillo resbaló de la mano del agresor. Su rostro pasó del rojo al púrpura. El asesino arañó las enormes manos, pataleó, se orinó, pero nada pudo hacer. Cecilia gritaba, espantada. Y entonces todo acabó. El cuerpo quedó inerte en las manos del hombre, quien lo dejó caer. Sólo entonces fue consciente de lo que había hecho. Asustado, miró al suelo, viendo los dos cadáveres y se tapó el rostro con las manos.
-No –lloró -. Nathaniel malo. No. No. No.
Katherine no podía moverse, no se atrevía. Cecilia se echó hacia atrás, mirando al gigante con otros ojos. Luego tragó saliva y sus facciones se dulcificaron. Caminó despacio hacia él, tomando sus manos.
-¡Alejaos de él!
La joven se volvió, reconociendo la voz. Richard Castle desmontó del caballo y corrió hacia la monja y el imponente hombre, colocándose delante de ella y separándola, blandiendo una daga. –Subid al carro, hermana –le ordenó.
-Per… pero…
-Yo lo detendré, huid.
-¡No! Os equivocáis –trató de decir. Nathaniel miró confuso al hombre que lo separaba de la mujer en quien confiaba. -Él nos ha salvado la vida –musitó Cecilia, temblorosa. Sentía que iba a desmayarse. Su hermana y amiga había muerto. Anne era joven, estaba tan llena de vida... Se dejó caer de rodillas, las lágrimas cayendo por sus mejillas. –Por favor, ya basta –susurró.
Katherine había bajado del carro. Se acercó a ellos, cojeando y se agachó junto a la mujer. Richard no dijo nada, miró al gigante y lentamente bajó el brazo, guardando el puñal en su cinto. Después se arrodilló junto al cadáver de la monja. Sus ojos seguían abiertos, reflejando sorpresa y terror. Suavemente se los cerró. Cecilia miró al hombre y se levantó de golpe.
-¡Dejadla! ¡No la toquéis!
-¿Tenéis una manta? –preguntó con voz amable. La mujer lo observó con desconfianza más que justificada. Al fin y al cabo, era el mismo hombre que la noche anterior las había acusado de ser brujas. De repente un horrible pensamiento le vino a la mente. Clavó la vista en el cuerpo del hombre muerto y luego en el cirujano. ¿Y si eran…?
-Katherine, sube al carro –dijo, tratando de que no le temblara la voz. Richard frunció el entrecejo y observó a su vieja conocida cojear despacio hacia el vehículo. Se acercó a ella.
-Estás herida –murmuró, cogiéndola del brazo con suavidad. Ambos sintieron una descarga, Katherine se soltó de un tirón, tras lo ocurrido no podía pensar con claridad. Nathaniel fue hacia ellos, enfadado.
-¡Este hombre no tocará a Katherine! –bramó y lo cogió del cuello del chaleco de lana, alzándolo del suelo. Richard, con pánico miró hacia la joven.
-Dile que me suelte –suplicó. Cecilia estaba arrodillada junto al cadáver de su hermana, murmurando una rápida oración. Luego se levantó y subió al carro, ayudando a la muchacha a hacer lo mismo. Cogió una cuerda que llevaban y miró a los dos hombres.
-Nathaniel, átalo en ese árbol. –El gigante obedeció, soltándolo junto al tronco con brusquedad. Richard gritó.
-Suéltame estúpido. Katherine tú sabes que yo no te haría daño, ayúdame. No, imbécil, suéltame –protestó al sentir como las cuerdas empezaban a apretarle contra el viejo árbol. Katherine estaba aturdida. Nathaniel terminó con un nudo muy apretado y se alejó de él. Cecilia tenía una manta en las manos.
-Envuelve a la hermana Anne con esto y cógela en brazos. Volvemos al convento.
-¡No podéis dejarme aquí! –Richard forcejeó, las cuerdas le hacían daño en los brazos. La mujer lo ignoró, más atenta en que el enorme hombre fuera cuidadoso con la fallecida. Nathaniel efectivamente la trató con respeto, mojando su cuerpo con lágrimas que no se esforzaba en contener. La monja hizo dar la vuelta al caballo y partieron, alejándose cada vez más de los gritos del hombre. -¡Esperad! La muchacha está herida, ¡me necesita! –probó desesperado. Katherine apenas lo oía. Sentía todo su cuerpo temblar. Sólo cuando dejaron de escucharlo fue consciente de lo que acababa de ocurrir. La hermana Anne había sido asesinada. Al igual que el gigante, empezó a llorar. Cecilia habló, su carente de emoción.
-No llores por la hermana Anne. Ahora está con Él.
No es que no sufriera la muerte de la joven. Pero no era a primera vez que perdía a una hermana. Cecilia había nacido en el seno de una familia muy pobre, la octava de nueve hermanos. Había perdido a cinco durante la infancia y el mayor había sido ajusticiado por golpear a un noble que había intentado forzarla. De los otros dos, nada había sabido dese que los llevaran a una casa cuna. Apenas recordaba a sus padres. Tantas pérdidas la habían convertido en una mujer dura, buena, pero dura. Veía caminar al gigante junto al carro con el cuerpo envuelto en una manta y pensaba venimos a un valle de lágrimas. Tus lágrimas se acabaron, querida. Descansa. La muerte no podía ser peor que la vida.
Richard había dejado de gritar aunque no por falta de ganas. Se sacudía, tratando de librarse de las malditas cuerdas pero el gigante había hecho un buen trabajo. Cansado de luchar y con hambre –no había comido nada en horas- suspiró, pensando en la joven Katherine. Me ha dejado aquí abandonado. Exactamente como él había hecho meses atrás. Pero él no la había dejado atada en medio de un camino, pensó enfurecido.
Katherine sentía un dolor intenso en su tobillo. No quería protestar, la hermana Cecilia ya llevaba con una carga muy pesada, pero apenas pudo contener un débil gemido. La monja la miró, prácticamente había olvidado su tobillo. –Lo siento querida, entiende que debemos regresar –le dijo. Ella asintió, apretando los dientes. Luego miró hacia atrás, donde ya hacía rato que habían dejado al cirujano. Cecilia la imitó. –El barbero no es de fiar –resolvió. Pero veía en los ojos de la chica algo que no alcanzaba a entender. Katherine tú sabes que yo no te haría daño, ayúdame. -¡Bendita Madre de Dios! ¿Niña, conoces al barbero? –Asintió con un simple movimiento de cabeza, sin mirarla a los ojos -. ¿Por qué no lo dijiste? Por Dios, ayer habló de una bruja llamada Katherine… Mírame, niña. ¿Es de fiar?
Katherine no supo responder, ¿era de fiar? Pero no pudo pensarlo. El agotamiento, la fatiga de viaje, el dolor, la pena… Katherine cayó hacia atrás, desmayada.
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-¿Entonces no está roto?
-No, pero hay que inmovilizarlo. Ese gigante podría hacerlo bien, conmigo hizo un gran trabajo.
-Ya os he pedido disculpas. Y ahora decidme, ¿de qué la conocéis?
-Es… mi prima. La dejé en el convento porque no podía cuidar de ella.
Katherine volvió en sí lentamente. Entreabrió los ojos, despacio, sintiéndose débil, para encontrarse con los ojos azules del cirujano barbero que estaba inclinado junto a ella. Sentía que se movían. Comprendió que seguían en el carro, de vuelta al convento.
-Hola, prima –la saludó -. ¿Quieres incorporarte?
Ella asintió, confusa. Cecilia la miró y sonrió. –Bienvenida, querida. Llevas durmiendo un día entero. Pronto llegaremos a casa.
-A casa –repitió Nathaniel, que seguía cargando con el cuerpo de la joven monja como si fuera el más preciado de los tesoros.
-Bebe –Richard le tendió una infusión caliente, para el dolor. Katherine miró su tobillo, se sentía mejor. Él le echó el pelo hacia atrás -. Tendrás que tenerlo inmovilizado durante varios días –le aconsejó. Había untado su tobillo con una mezcla de huevo, sal y miel y había cuerpo la mezcla con trapos bien apretados. Para aliviarle el dolor, le dio una infusión de corteza de sauce, infusión que Katherine aún no había probado. –Bebe, boba. Te calmará el dolor.
Le dio un sorbo y luego dejó la taza a un lado. Clavó la vista en el gigante, sus ojos se entristecieron al pensar en la hermana Anne. Richard la tapó con una manta -. Lo lamento Katherine, pero no vale la pena llorar por los muertos. –dijo con voz grave. Ella se volvió, preguntándose cuantas muertes habría soportado el hombre. Era cirujano, no serían pocas -. Llora por los vivos, esos sí sufren.
-Ya casi hemos llegado, señor. Podéis volver a la aldea, supongo que querréis que os pague.
Cecilia paró al caballo. Richard miró fijamente a la joven. Temía por ella. Ahora que la había encontrado de nuevo, no quería separarse de ella. Se recriminó haberla dejado.
Richard Castle había pasado cuatro meses horribles, protagonizados por sueños que callaba con borracheras y mujeres. Pero de poco había servido: el rostro de Katherine, Sin Apellido no había dejado de perseguirlo. Había llegado a pensar en un hechizo. La había odiado. Y cuando más bebía, más la odiaba y más creía que estaba embrujado. Ni siquiera había podido apartarse de ella y por ello había permanecido todo el invierno en la aldea, con la esperanza de encontrarla y obligarla a librarla así de su tormento. Mas no había sido así, Katherine no había salido del convento. Y ahora, veía el rostro triste y cansado de la muchacha y comprendía lo errado que había estado. ¿Cómo aquella joven iba a tener algo de maligno? Sólo había allí un pecado y era el haberse deshecho de ella. Haberla sustituido por vino y putas. Un pensamiento le vino a la mente. Katherine arrodillada a su lado, en el suelo de una posada. Sus labios entreabiertos, su dedo rozándolos.
-No fue un sueño, ¿verdad? –susurró, mirándola. Ella supo a que se refería, pero no respondió. Sólo apartó la mirada. La hermana Cecilia carraspeó, tendiéndole una bolsa abultada. Él rechazó el pago. –Adiós, Katherine –se despidió.
Bajó del carro y montó en Altanero. Luego partió hacia la aldea, al galope. Esta vez la olvidaría para siempre.
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-Pobrecilla.
La abadesa miraba el cuerpo de la hermana Anne, que yacía sobre una mesa. Lo habían lavado y vestido con un hábito limpio. A su alrededor las monjas rezaban en susurros. Al día siguiente lo enterrarían.
-¿Dónde está la hermana Jane? Todas han venido a mostrar sus respetos, menos ella.
La Madre superiora miró a la hermana Cecilia y negó con la cabeza. –Nos ha dejado.
-Pero…
-Venid, hermana.
La llevó hasta fuera y caminó con ella por el claustro, hasta llegar a las escaleras que llevaba a las celdas. –La hermana Jane era maleza en nuestro huerto –murmuró -. Es mejor así.
-Pero Madre, no os entiendo…
-No hace falta que me comprendáis. Vamos, volver, sólo las oraciones ayudarán a la hermana Anne a encontrar el camino a Dios.
Katherine no era estúpida. Al llegar la abadesa la había recibido con los brazos abiertos, pero no había dejado de mirar al gigante con severidad. Sabía que algo había ocurrido. Sus sospechas sólo se reafirmaron cuando le dijeron que la hermana Jane había abandonado el convento. ¿Abandonado? No, lo dudaba. Se levantó de su catre despacio, aun sabiendo que no debía moverse y caminó despacio hacia los aposentos de la abadesa. Se mantuvo pegada a la puerta.
-Ocúpate de él.
-¿Y la niña?
-Yo me encargaré. Tú haz lo que te ordeno. Dios ha perdonado nuestros pecados. Pero deben quedar a buen reguardo.
Un desagradable escalofrío la recorrió. La niña era ella. Lo sabía. ¿Qué podía hacer? Y sólo encontraba una respuesta. Richard Castle.
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-Bien querido amigo, es hora de partir.
Altanero relinchó. Llovía a cántaros y era noche cerrada, pero eso no impediría al cirujano marchar de aquella aldea. Katherine había elegido su camino y él debía dejarla allí. Pronto la olvidaría, se dijo. Pron…
-¡Qué demonios! ¡¿Qué haces aquí?! –La miró sorprendido, como si fuera un espíritu. Katherine estaba empapada de pies a cabeza y subida sobre un caballo. Recordaba al animal. Era el mismo que tiraba del carro de las hermanas. -¿Lo has robado? –preguntó. Ella asintió y antes de que él pudiera moverse, lo abrazó, con fuerza. Richard se quedó paralizado. No comprendía nada. Pero algo le decía que la joven estaba en peligro. Miró al animal requisado y luego a la campesina muda. –Nos vamos ahora mismo –resolvió, obligándola a entrar en la parte interior del carromato. Ella sonrió, con tristeza. Richard no hizo preguntas, sólo subió a su sitio y obligó al animal a avanzar. Los cascos resonaban al salpicar el agua. El cirujano se volvió hacia atrás y no pudo evitar dibujar una sonrisa. Katherine se había acurrucado en una esquina. Empapada. Y se había abrazado a su capa de lana. Aquella con la que la tapó la primera vez. Bienvenida.
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-Shhhh, no llores. Mi pobre niño. Ahora nadie sabrá la verdad. Ahora estás a salvo.
La abadesa le acarició el cabello, con falsa ternura. Nathaniel lloraba de dolor y miedo, arrodillado en el suelo. Uno de sus vecinos, él que más lo odiaba, dejó caer unas tenazas y un cuchillo al suelo y salió del viejo molino. Por el camino encontró a otro campesino.
-¿Qué llevas ahí? –le preguntó, reparando en una bolsa sanguinolenta.
-Lengua de cerdo –se rio él.
En el próximo capítulo:
Richard soltó una maldición. -¿Qué diablos haces?
Ella volvió deprisa, con algo entre sus brazos. Lo alzó, mostrándoselo. Él negó. –Ni hablar.
