El armador comenzó a relajarse. Su entrada estaba dilatándose y su cuerpo comenzaba a cooperar, pidiendo más de aquellas sensaciones, más de la esencia ajena, de aquel cuerpo, los besos, las caricias…
Paulatinamente comenzó a dejarse a merced del mayor y después de un par de minutos sintió agradable lo que este hacía para relajar su esfínter.
—Daichi, quiero más —agregó, intentando ser franco con lo que su cuerpo pedía.
El moreno se sorprendió ante el tremendo ataque de sinceridad, pensó que se quejaría o algo por el estilo, pero lo que recibió fue una aprobatoria, e incluso, pedía más. Sin hacerlo esperar introdujo el último y tercer dedo, sintiendo como era bien recibido en el interior de su pareja. Con ello se dio cuenta de que estaba preparado. Al poco rato sacó sus dígitos y se posicionó entre las piernas del menor, levantándolas y acomodándolas sobre sus hombros para que de alguna manera, pudiera llegar más a fondo.
—Voy a entrar —dijo, mirando a su amado lo más tranquilo y sereno posible.
Se sonrojó un poco pero asintió con la cabeza. Sabía muy bien que no había marcha atrás, por lo que levantó la mirada, topándose con un apuesto Daichi, esto le hizo relajarse un poco, sin embargo aún tenía una leve mirada de preocupación.
—Tranquilo Suga, todo va a estar bien —tomó su mano para brindarle más serenidad—. Todo va a estar bien, porque te amo —y con lentitud comenzó a abrirse paso entre las paredes internas del albino, sintiendo como su miembro era recibido.
El de ojos claros dio un gemido un poco prolongado y ligeramente doloroso, además de que un espasmo recorrió su espalda obligándole a arquearse un poco. Cuando el de tez bronceada entró completamente, se quedó quieto unos instantes, esperando a que se acostumbraran el uno al otro.
Cuando fue suficiente la espera, el capitán comenzó a dar pequeñas estocadas, provocando que el más chico soltara gemidos constantes, y a la vez tenues, los cuales se tornaron placenteros con el tiempo.
Al tener más relajado el cuerpo de su amigo fue aumentando la velocidad de las embestidas, inclusive, se inclinó un poco hacia el frente para tocar más fondo y encontrar el punto G del albino. Según leyó, el presionar ahí haría sentir un éxtasis incomparable a su pareja, justo lo que Sawamura buscaba darle, además, adoraba los sonidos que Suga producía. Quería escuchar mucho más, por lo que llevó la mano que no tenía ocupada al miembro ajeno, comenzando a estimularlo.
—Daic... Dai... —comenzó a perder la poca cordura que le quedaba. Gemía y mencionaba cortadamente el nombre de la persona que amaba por puro placer. Jamás se imaginó llegar a tanto de una manera tan precipitada, pero por el bien de ambos soportaría de todo junto a su azabache las veces que fuera necesario.
Al pasar los minutos pudo sentir que en una de las embestidas el de ojos negros le había hecho sentir algo diferente. No sabía que era, pero debido a ello sus piernas aplicaron un poco de fuerza sobre el de ojos oscuros, su espalda se arqueó y tomó una fuerte bocanada de aire, la cual dejó salir en un jadeo próximo.
Tal vez no pudo mencionar nada, pero por esas reacciones, Sawamura sabía que había encontrado el punto dulce dentro del cuerpo ajeno. Las estocadas ya eran más fuertes y procuró fijarlas en el lugar que dificultosamente había encontrado y por los sonidos entrecortados que el de cabello gris emitía pensó que estaba cerca del orgasmo, además de que las paredes internas del setter comenzaron a apretar su miembro; eso le hacía tener unas sensaciones increíbles, las cuales sólo quería sentir y compartir con su —ahora— pareja.
—Daichi, y-ya no aguanto más —le confesó con una voz que comenzaba a quebrarse y sin más, llegó a su límite. Sintió que era como tocar el cielo por unos instantes, los cuales le parecieron eternos e incomparables.
El de tez bronceada comenzó a sentir ligeros espasmos en su zona pélvica. Sabía que estaba próximo a venirse. Escuchó como su pareja llegaba a la cúspide y vio cómo el vientre de ambos era manchado con un líquido blanco.
Unas estocadas más, las últimas y las mejores para ser exactos, le llevaron a sentirse de una manera inexplicable.
—Suga... —mordió sus labios dejándose llevar por la eyaculación.
Pasado unos segundos no podía pensar en nada. Su cuerpo aún estaba tenso y sin embargo, por fin lo habían hecho, después de tanto tiempo esperando por ese momento, se había hecho realidad.
Los ojos del armador se humedecieron, tornándose vidriosos, los cerró con sutileza y puso una cálida sonrisa en su rostro, como todas y cada una de las que mostraba sólo a Daichi, ignorando que aún se encontraba en tan bochornosa posición.
Las rodillas del moreno temblaban debido a los espasmos que aún sentía, pero eso no le impidió moverse. Despacio, bajó las piernas del setter para colocarlas a un costado de él y con sumo cuidado salió de su cuerpo. Luego se inclinó para tomarlo entre sus brazos y besar con todo el amor del mundo esa sonrisa tan preciosa que Sugawara poseía, la sonrisa que siempre lo había vuelto loco.
—Daichi.
—¿Qué sucede?, ¿te duele algo? —preguntó preocupado el mayor, a la vez que acariciaba de una manera muy sutil la silueta del menor.
—No, no es eso —se acomodó para verlo de frente y se propuso a decir lo que no se atrevió a expresar antes—. Te amo, Daichi.
—Koushi… —pronunció su nombre por impulsividad. Tomó con un poco más de fuerza el cuerpo que estaba junto a él, queriendo protegerlo de todo, absolutamente de todo. Luego de varios minutos comenzó a ponerse de pie, buscando las ropas de ambos. Le entristecía dejar a su pareja tan rápido, pero tenía sus razones—. Vamos, debemos irnos antes de que se ponga el sol y también, tenemos mucho que hablar cuando lleguemos a casa —dicho esto, extendió una mano al más bajo para ayudarlo a ponerse de pie y comenzar a vestirlo.
Ese día Sawamura llevó a su vice capitán a casa propia. Se retiraron con un hermoso crepúsculo acompañándolos en el camino.
A partir de ese día Daichi estaba seguro de que no se comportarían como siempre lo habían hecho, pero preocuparse era lo de menos, sabía que sus compañeros lo entenderían. Aunque eso no era lo importante, lo importante era que ya no tendría que ocultar sus sentimientos por Koushi, ahora podían actuar y tratarse como siempre habían querido y esperado.
Sin duda alguna ese fue su primer día lado a lado y a partir de ese momento se transmitirían un apoyo y una confianza mutua, compartiendo experiencias, recuerdos, y muy probablemente, lo que estaba por venir.
