Hitsugi x Chitaru
¿Le gustaría el regalo? ¿No le gustaría? ¿Habría elegido el traje correcto o no? Todas esas dudas rondaban la cabeza de la pequeña Hitsugi. Esas eran sus primeras navidades con su amada Chitaru y no podía dejar que nada saliera mal.
Se volvió a arreglar el vestido, comprobó que todo estaba a la perfección para su amada. Nada podía salir mal. No esa noche.
―Ya estoy aquí, Ki…ri…
Chitaru, que acababa de volver de hacer deporte, estaba en shock por lo que se había encontrado nada más llegar. Era una imagen tan perfectamente adorable que, sin darse cuenta, un inmenso sonrojo invadió toda la cara de Chitaru.
―Y bien…Chitaru-san….¿te gusta? ― preguntó Hitsugi, muerta de la vergüenza.
Chitaru no era capaz de contestar. ¿Cómo iba a decir algo si tenía delante de ella a su pequeña Hitsugi, vestida con un diminuto vestidito de papá Noel, completamente avergonzada? Esa era la visión más angelical que Chitaru nunca había visto.
―Claro que me gusta― contestó con una cálida sonrisa―. Cualquier cosa que te pongas te sienta de maravilla.
Hitsugi estaba inmensamente feliz. Si a Chitaru le gustaba su traje, el resto del mundo no importaba. Lleva de alegría, se abalanzó para abrazar a su Chitaru que le correspondió al abrazo con el mismo amor que le profesaba Hitsugi.
Las dos pasaron una noche maravillosa, cenando las dos solas en la intimidad de su dormitorio. Pasaron juntas toda la noche hasta que dieron las doce: ya era oficialmente Navidad, lo que significaba:
―Ya es hora de los regalos, Kirigaya.
Hitsugi, se levantó emocionada y corrió a la mesita de noche a buscar el regalo para su querida Chitaru. Chitaru, hizo lo mismo y fue a buscar su regalo.
―Tú primero, Chitaru-san.
Hitsugi le entregó una pequeña caja, perfectamente envuelta. Chitaru la aceptó con una alegría imposible de disimular. Con muchísimo cuidado, desenvolvió la caja que abrió para poder ver una elegante pulsera de plata, con el colgante de un corazón que tenía grabado su nombre.
―Muchas gracias, Kirigaya.
―Te merecías un regalo acorde con lo femenina que eres Chitaru-san― le contestó con una sonrisa pícara.
―Ahora me toca a mí― le dijo Chitaru mientras de daba a Hitsugi una caja.
Hitsugi la desenvolvió y la abrió. El regalo de Chitaru era, nada más y nada menos que un par de adorables tacones de color rosa crema y con unos ositos en los talones.
―Muchas gracias Chitaru-san. Son adorables.
Hitsugi corrió para abrazarla de nuevo y Chitaru volvió a sonrojarse.
―De…nada…aunque no estaba muy segura de que te fueran a gustar. No soy muy buena haciendo regalos―dijo con mucha inocencia. Lo que derritió el corazoncito de Hitsugi.
―No te preocupes― sonrió―, para mí, tú eres el mejor regalo, Chitaru-san.
Chitaru ya no podía ni pensar por las palabras de Hitsugi. Cada palabra que le decía la pequeña la enviaban directamente al paraíso. Esa misma pequeña que parece inocente a primera vista pero que, solo cuando estaban a solas, mostraba su lado salvaje con un toque de perversión que conseguía domar a Chitaru con solo una mirada.
―Chitaru-san, ¿me puedes hacer un favor? ― le pidió Hitsugi.
―Dime.
―¿Podrías coger lo que hay encima de la mesa y mantenerlo en alto un segundo?
Chitaru no entendía muy bien lo que le decía Hitsugi. Pero haría todo que le pidiera la pequeña. Mientras tanto, Hitsugi cogió los zapatos de la caja y se acercó a Chitaru que estaba con un brazo en alto, sujetando una ramita verde y roja.
―Chitaru-san, ¿sabes qué es lo que tienes en la mano? ― ella negó―. Es muérdago. ¿Sabes lo que significa que estemos las dos bajo el muérdago? ― dijo con picardía.
Chitaru lo sabía. Conocía el significado de que dos personas estuvieran juntas bajo esa plantita. Hitsugi agarró con determinación el cuello de la camisa de Chitaru y la besó con dulzura y pasión. Chitaru no duró en corresponderle. Las dos se fusionaron en el beso más mágico y romántico de sus vidas.
―¿Cómo has conseguido llegar sin ponerte de puntillas? ― preguntó sorprendida.
―Estoy estrenando tu regalo― le guiñó sensualmente―. Feliz Navidad mi querida, queridísima Chitaru-san.
―Feliz Navidad Kirigaya.
Y las dos se volvieron a fundir en un beso bajo el muérdago.
