Un Condenado y Maldito Error

Los personajes de Kuroshitsuji no me pertenecen.

Sheena, muchas gracias por tu apoyo me alegro, que no te enojes conmigo por contar todo todo. Y también me alegro que esto te esté levantando el ánimo y tengas ganas de soñar una vez más.

Gracias a todos los que siguen esta historia. Quiero advertirles que en esta historia no habrá ninguna clase de venganza macabra, ni planes para matar a nadie, ni nada por el estilo, como ya pudieron ver es la historia de una joven normal que se ve involucrada con un demonio. Simplemente hechos de la vida cotidiana adaptados a un mundo de fantasía. Espero no desilusionarlos.

Capítulo 4: Sebastian: Fashion Emergency, es una orden.

Durante los siguientes días, había dado mis primeras órdenes a mi nuevo mayordomo Sebastián. Para empezar le ordené que no anduviera por la casa vestido como un viejo mayordomo inglés. Contrariado me dijo que no entendía a que me refería, y sus gestos ofendidos me recordaron los de un chiquillo caprichoso, por momentos Sebastián me daba una inmensa ternura, puede que fuera un demonio, pero verlo protestar por cuestiones de viejas y nuevas costumbres le daba un aire de ingenuidad, que yo disfrutaba en él. Con respecto a la vestimenta le ofrecí un par de prendas que habían quedado en mi casa de mi ex novio, a las que Sebastián con una mueca de desagrado tiró directamente a la chimenea que estaba prendida.

"¿Qué estás haciendo demonio infernal?, ¿Quién te dio permiso para hacer eso?", las lagrimas caían como cataratas por mis mejillas. Una vez que comenzaba a llorar no podía parar. Sentía odio por el demonio, no tenía derecho a arrancarme mis recuerdos así. Esas prendas eran mías y de nadie más. Aún tenían su olor, aún me recordaban y me ataban a él, yo no quería soltarme. No todavía. Lentamente Sebastian caminó hacia mí, hasta pararse justo en frente mío. Tomó mi rostro entre sus manos, y con sus pulgares enguantados limpio los surcos que las lágrimas habían dejado en mis mejillas, lejos de consolarme su actitud, me enojó todavía más y comencé a llorar aún más fuerte. La furia me invadía y con todas mis fuerzas comencé a golpear su pecho, sentía el ruido de mis golpes contra éste, pero Sebastian no se movía, sacó sus manos de mi rostro y me tomo por los brazos, apretándome cada vez más fuerte mientras yo intentaba resistirme, retorciéndome entre sus brazos, tratando de escapar y de lastimarlo tan fuerte, como estaba lastimada yo. En ese mismo momento, me di cuenta de que no podía contra él. Afloje mi cuerpo y finalmente cedí. Sebastian me pegó contra su pecho abrazándome, su cuerpo era cálido, no lo esperaba. Por un momento sorprendida dejé de llorar.

"Señorita, sólo estoy comenzando a cumplir mi parte del contrato. Ayúdeme a hacerlo" no soporté más. Mi cuerpo se aflojo por completo en sus brazos y las lágrimas brotaron nuevamente. Sebastian no intentó detenerme, me encaminó hacia la cama y envuelta en sus brazos me recosté. No sé cuánto tiempo permanecí así, no quería moverme, creo que durante la mañana me quedé dormida. Sin dudas ese día no empezaría temprano.

En algún momento pasado el mediodía, desperté. Sebastian no estaba a mi lado, me ardían los ojos, sabía que era de tanto llorar. Me senté en la cama, y podía sentir mi cuerpo mucho más relajado, e increíblemente yo también lo estaba. Decidí que era hora de salir de la cama y enfrentar a mi demonio una vez más, temía que estuviera enojado conmigo, tenía miedo de que pensará que era una chiquilla malcriada, llorona, y tonta. Tenía que demostrarle que eso no era cierto. Pero no tuve demasiado tiempo para pensar en cómo proseguir, Sebastian ya estaba en mi habitación, y me observaba desde la puerta, su mirada era tranquila, cálida, amable, y su vos, era suave y melodiosa.

"Señorita, creo que ya descansó suficiente. ¿Qué haremos a continuación?" nuevamente inclinó su cabeza en ese gesto tan suyo, y entornó sus ojos. Yo lo miré de arriba abajo. Por momentos ese hombre me impresionaba. Seguía vestido con ese antiguo traje. De pronto sonreí con renovadas ganas y me acerque a él tomándolo de la mano. Mi gesto pareció impresionarle, ya que directamente bajó su mirada hacia mi mano. Yo no iba a dar un paso atrás. Con vos calma levante mi cabeza y lo miré a los ojos.

"Sebastian ¿sabes conducir?"

"Claro que sí señorita, ¿Qué clase de mayordomo sería si no supiera conducir un automóvil?"

"Muy bien, entonces prepara el auto, iremos de compras"

"Sí My Lady".

Lo vi alejarse desde la puerta de la habitación y me recosté sobre ésta, rápidamente repase todo lo que había estado pasando hasta ahora, y sabía que recuperarme de mis sufrimientos no sería fácil, sobre todo si volver a ser feliz, significaba que le entregaría mi alma a Sebastian. Ser feliz, significaba que perdería todo lo que tenía, que todo aquello a lo que había apuntado desaparecería junto conmigo. Hasta ese momento no había pensado en lo que sucedería con mi familia. Destruiría el corazón de mi madre y de todos los que se encontraban a mí alrededor. Que sentiría ella al momento de saber que yo ya no estaba en este mundo. Se me hizo un nudo en la garganta, la opresión en el pecho se me hizo terrible, y creí morir antes de tiempo. Mientras pensaba, y el frío me invadía, Sebastian regresó para informarme que ya estaba todo listo para nuestra partida, lo odiaba, lo odiaba con todas mis fuerzas, pero no iba a hacer una escena nuevamente, le demostraría que mi corazón se había vuelto frío y marchito, y que ya no me interesaba la supuesta felicidad. Caminé decididamente y pase por delante de su figura, sin dirigirle la palabra, él se quedó parado allí, sin decir nada, siempre parecía estar esperando la orden.

"Sebastian, ¿Qué haces ahí? Apresúrate, no quiero perder todo el día". Sentí como se divertía con la situación. Su eterna sonrisa, esta vez era una pequeña curva en sus labios que se alzaba de forma victoriosa y autosuficiente. Definitivamente lo odiaba, pero comenzaba a darme cuenta de lo bien que le quedaban esos gestos.

Sebastian condujo largo rato hasta el centro comercial. Durante el trayecto no hablamos demasiado, sentía su mirada clavada en mi a pesar de que miraba directamente a la carretera, con el transcurso de los días me había dado cuenta de que muchas veces, no era necesario de que estuviera directamente mirándome para saber que lo estaba haciendo, estas habilidades demoníacas ponían mis pelos de punta. Si bien Sebastian era mi mayordomo, y yo su ama, sentía en el fondo de que constantemente tenía que pasar un terrible examen, era como si Sebastian fuese el profesor de demonología avanzada, y yo una pobre alumna tratando de aprobar la cursada (hoy a la distancia puedo decir que la imagen de Sebastian como profesor era bastante interesante). En ese momento se me había cruzado por la mente mi imagen vestida con algo así como un uniforme escolar con una cruz invertida y un pentágono como insignia, y Sebastian se presentaba como el maestro con anteojos y un puntero Cerré los ojos y mis labios se curvaron hacia arriba, en lo que parecía ser una sonrisa.

"Vaya Vaya…" Escuché decir mientras sentía como el automóvil se detenía. Abrí mis ojos.

"¿Qué?" Pregunté expectante pero no estaba ni me sentía contrariada.

"Nada… estaba sonriendo".

Era cierto, por primera vez en mucho tiempo estaba sonriendo, y eso no era nada. A pesar de todos los sentimientos encontrados que tenía hacia el contrato y hacia mi mayordomo, después de muchos meses estaba tranquila, y tenía ganas de pasar un día agradable, haciendo algo distinto, realmente quería pasarla bien y disfrutar el momento, aunque se me fuera el alma en ello.

"Bueno señorita, ya hemos llegado, ¿ahora qué haremos?"

"Hay Sebastian… ¿Qué crees que se hace en un centro comercial?

"No sé… usted dígamelo"

"Compras Sebastian, compras"

Caminamos cerca de 3 horas, estaba exhausta, habíamos recorrido todos los negocios de ropa de hombre, algunos de mujeres debo decir también y finalmente Sebastian ya tenía todo lo que él creía que debía usar como nuevo vestuario. Si bien le ordené que me mostrara la ropa, me prometió que una vez de regreso lo haría. No sé porque no me había dejado mirar nada de lo que había elegido. Tenía que confiar en su criterio, sólo esperaba que no fuese ninguna clase de uniforme de mayordomo, ni siquiera uno de esos modernos.

"Sebastian, tengo hambre"

"Muy bien señorita, volvamos a la casa y preparé la cena. Después de todo ya estoy fuera del horario estipulado para ello."

"¿Sebastian, no te cansas de siempre seguir las reglas, los horarios a la perfección? ¿No tienes ganas de vez en cuando de no hacer nada, de olvidar todo y simplemente pasar el rato?"

"Señorita, que clase de mayordomo sería sino…."

"Ya, ya, ya, no me aburras. Quiero ir a comer y estoy cansada."

"Bien, iré por el auto, espere aquí"

Lo vi alejarse, suspire hondo. Sebastian realmente era muy particular, siempre tan prolijo, tan ordenado, medido. Nunca dejando nada al azar, y con cualquier situación bajo control. Me exasperaba, pero tal vez eso era lo que yo necesitaba, alguien que aunque sea me diera seguridad, alguien que me contuviera, que supiera siempre que hacer, alguien que actuase por mí. Sí todo eso era lo que quería, ¿o no?

La noche se había vuelto fría, y una bruma espesa bajaba por el camino, Sebastián una vez más al volante conducía mirando al frente sin decir nada, yo por mi parte comenzaba a sentir curiosidad por ese mayordomo que tenía a mi izquierda, lo miré de reojo, alto, esbelto, la piel blanca, ojos color rubí que podían pasar por oscuros si él lo deseaba, su cabello negro y lacio caía de forma desprolija por su rostro, manos elegantes siempre enguantadas, Sebastian era la perfección hecha hombre, más bien demonio, que mujer no caería directo a sus pies, y porque no también que hombre. Lo miré directamente, la confusión me invadió, ¿por qué estaba pensando y sintiendo estas cosas por él, cuando yo aún amaba a otro hombre?

"¿Tiene calor señorita?, si lo desea puedo apagar la calefacción"

"¿Por qué lo dices Sebastian?" no sentía calor, al contrario.

"Sus mejillas están coloradas, o tiene calor, o en algo está pensando mientras me observa"

Me quedé sin habla, ese hombre podía leer mis pensamientos. Me sentí intimidada y asustada también, su habitual sonrisa y su tono de voz eran provocadores. Siempre parecía estar jugando conmigo, mandando mensajes encriptados, tiraba la piedra y luego escondía la mano. Si así era él, con todo bajo control, pero un gran jugador, un provocador. Rápidamente cambié de tema para no darle la razón una vez más. No podía dejarlo ganar.

"Cuéntame de tus otros amos. ¿Qué tal el último?" Me miró directo a los ojos, y estos parecieron ensombrecerse el rojo era más oscuro, casi como sangre, no era la mirada dulce que suele tener.

"No necesita saberlo"

"Vamos Sebastian, por favor cuéntame, sabes todo de mi, y yo nada de ti"

"No hablo del pasado"

"Sebastian, no hagas que te lo ordene"

"Llegamos, ahora vaya a bañarse, yo prepararé la cena". Esa fue su última palabra, parecía como que en realidad yo no tenía autoridad sobre él. Era la segunda vez en el día que se negaba a mis peticiones, primero con su vestuario y ahora con su pasado, pero no quise pelear, el día había sido muy bueno, como para empañarlo, ya tendría tiempo de ordenarle que hable de todo, y cuando lo hiciera no le quedaría oportunidad.