Derechos reservados a los personajes de Naruto, la obra del japonés Masashi Kishimoto; y a Dragon Ball, la obra del japonés Akira Toriyama.

Crossover de Dragon ball y Naruto.


Cuarto capítulo: Sorpresas y misterios.

Hinata había despertado sintiéndose inundada de mareo. Otra vez, el cansancio se apoderaba de ella. Lo primero que notó al despertar fue una brisa temblorosa que le refrescaba y la olorosa manta que le facilitaba el sueño. La manta pertenecía a la arcilla de su hermano de la piel de sus pájaros y debía estar a las afueras, sola, y esperar que Deidara la recogiera y la llevase, como siempre hacía.

—Ya despertaste—dijo la voz grave de Deidara, que la hizo sobresaltar. A veces su capacidad de sentir a los demás sufría altibajos; en éste caso, el aturde de su sueño. De repente, sintió la curiosa sensación que él siempre le decía eso cuando despertaba o, al menos, se lo había dicho otra vez.

Hinata no se acordaba de qué había pasado, más tenía los brazos trémulos y el ánimo caído. Intentó vociferar algo, pero nada salió de su garganta.

—¿No te acuerdas?

Ella enseguida contestó:

—No me acuerdo-o, Deidara nii-san.

Deidara se acercó a ella, como siempre hacía cuando intentaba reconfortarla. Hinata se conmovió, alzó los brazos para que la cargara y él la puso bajo su espalda para que se colgara de su cuello, resoplando con cariño.

—Pues hiciste algo sorprendente, Hinata—la felicitó sonando alegre, y añadió—: ¿Qué te parece volar por los cielos un rato?

Hinata admiró esa faceta amable que muy pocas veces el duro de su hermano se atrevía a mostrar. Enterró la cara en su cabello largo y sedoso, e inhaló con la nariz.

—Hueles bien, hermano.

—Gracias, hum. Aunque naturalmente huelo siempre bien—respondió juguetón.

—¿Yo huelo bien?

—No, Hinata—se burló. Hinata se echó a reír.

—Hace días no me baño.

—¿Quieres hacerlo ahora?

—Quisiera estar contigo…

Deidara no le contestó, saltó a la perezosa ave, y Hinata se sujetó con fuerza.

Una reminiscencia virulenta la golpeó de golpe.

El eco de algo quemándose, como el sonido de las fogatas que Deidara prendía para asar la comida, y muchos gritos. El pulso se le aceleró.

Deidara la acomodó por delante, cosa que nunca había hecho, y a su voluntad el ave se espabiló y lentamente abrió sus alas galantes. A los segundos se elevó y elevó, y alcanzó hasta la serenidad del cielo que por la temperatura debía ser de noche. Agarraban velocidad, y Hinata olvidó sus inquietudes y se dejó absorber por la calma.

—Si pudieras ver el paraíso que yo miro, Hinata—dijo Deidara, embelesado por el mundo que ella no podía ver.

—¿Cómo perdí los ojos, Deidara? —De repente, la pregunta fue súbita.

Hubo un silencio. Hinata, que leía bien de los demás, comprendió que Deidara estaba dudando.

—Hay alguien que te los quitó.

—¿Quién podría haber hecho algo tan horrible?—cuestionó azorada, y Deidara contestó con sequedad:

—Fue Konoha, nuestra Aldea enemiga. Y ahora, Hinata… Prefiero que sientas con todos los sentidos que te quedan éste paisaje, éste sentimiento, éste vértigo… ¿Qué sientes?

—Curiosidad—afirmó, y sin quererlo, brilló de improvisto su terquedad. Deidara resopló, un poco irritado por el rumbo de la respuesta.

—No es el fin del mundo perder los ojos. Los ninjas como nosotros estábamos acostumbrados a perder cualquier parte del cuerpo.

«Él lo dice porque es tu enemigo, porque él fue quien te los quitó»

La voz que le murmuró en lo más profundo de su mente no fue suya; jamás era suya, pero estaba ahí, de vez en cuando, y desaparecía al par de minutos. Hinata le ordenó internamente que no hablara más, pero no le hacía caso.

«Date cuenta de una jodida vez que nada de lo que te dice es cierto. No son hermanos»

—Deidara, ¿me… podrías decir cómo me veo?

—Pues… —Con despreocupación, Deidara enumeró entre susurros distraídos—: Eres una chica muy guapa, tenías ojos plateados y… —Consciente de que se había metido otra vez con un tema que no iba a cambiar los aires, prosiguió rápidamente—: Tienes el pelo entre azul y negro…

—¿En serio soy bonita, hermano?—dijo mientras se le subían los colores. Deidara se sentó, cosa que jamás hacía también, detrás de ella y le tomó del cabello.

—Sí, y te lo digo con toda honestidad: eres muy bella, hum.

Le sopló al oído con picardía, y Hinata suspiró, enrojecida por la caricia.

—Gracias… Aunque tal vez lo digas porque soy tu hermana—se rio, tensa, y Deidara le respondió con un murmullo cauteloso:

—No es así. No somos hermanos totalmente: tenemos distintas madres.

Hinata acalló, porque eso no lo sabía.

—¿Quién era mi madre?

—No la conociste—respondió él con seguridad, pero bajo su voz encontró su aburrición por el tema. Pensando que lo estaba molestando, Hinata cambió de dirección.

—¿Y cómo eres tú?

—¿A qué te refieres, hum?

—¿Cómo es… tu apariencia?

—Soy rubio y tengo ojos azules—dijo Deidara con simplicidad—. Y ya, no soy demasiado complejo. Lo único hermoso en mí son mis esculturas.

Hinata apretó levemente el ceño, afectuosa.

—Para mí eres fascinante, nii-san.

El silencio de Deidara tiñó sus palabras. No se lo esperaba.

Pudo sentir cómo sonreía contra su cuello.

—Me caes bien, hum.

Fue la primera vez que Deidara le decía algo así, y Hinata sonrió de dicha.

«¡No confíes en él!» La voz le gritó, pero Hinata la desechó en lo más profundo de su obstinada mente. Era difícil confiar en un presentimiento cuando sientes la verdad frente a tus ojos.

Deidara la enrolló con sus brazos de la cintura y llevó el pájaro orientando a hacer piruetas que casi la hacen caer de su puesto; riéndose como loco, y extasiado por las alturas. Hinata estaba morada y un pánico frenético le hacía gritar con garbo, más por fortuna Deidara la había encadenado al ave con su chakra y a él mismo, para evitar ser afectados por la gravedad. Se sentía en un viaje alucinante: no podía ver, aunque estaba alborotada por las ideas que Deidara le metía a la cabeza cuando le describía con espontaneidad los paisajes, cuidando de explicar su belleza con descripciones encomiables. Era un momento de quietud y calma que tranquilizaba al corazón. Se sumergió en la vida que no podía ver como una persona más despierta que una con vista.

Así fue hasta que terminaron las dos horas de idas y vueltas, y el ave voló con parsimonia, a un ritmo que le hacía recobrar las preocupaciones y, a la vez, bajaba los mareos del trayecto.

—¿Qué pensaste la primera vez que me viste?—preguntó Hinata pensando que se conocieron cuando ella aún era bebé.

—Pensé que eras cobarde…

Hinata le extrañó la respuesta, porque vaticinó que dijera que era una bebé llorona de acuerdo a su personalidad temerosa, como se lo recalcaba Deidara cuando se embravecía con ella y comentario que le causaba tristeza, porque le hacía bajar las sonrisas y sentirse solitaria y abandonada en sus misiones, pues Deidara se iba sin despedirse y Sasori no le dirigía la palabra. Al conocer su contestación, comprendió que se habían conocido otro momento de su vida, seguramente cuando era niña, e igual le entristeció saber de su impresión inicial.

—…Aunque eras también valiente, hum.

La dicción de su voz fue diferente y con propiedad, como si evocara un pedazo de memoria claro y nítido. Hinata se sintió más aliviada de no haber sido completamente de su desagrado: algo en ella se deprimía cuando alguien expresaba reprobación hacia lo que ella hacía.

—Y tenías unos ojos bonitos…, y lamento que te los hayan quitado. Creo que quien te los quitó no lo pensó bien.

—…Yo, haría lo que fuese para verte a ti y… a Sasori-senpai. No le caigo muy bien pero le tengo cariño—dijo Hinata con nobleza. Vino el pesar en su voz.

—Algún día podría conseguir ojos para ti, hum—le admitió Deidara, y esperó su aceptación. Hinata habló después de unos segundos de silencio, con ética loable.

—Por favor no hagas nada malo, nadie se merece que les hagan algo tan horrible… Incluso los cuerpos muertos no deben ser profanados.

Deidara se echó a reír por su candor.

—¿Qué pasa, nii-san?

—Sólo pasa que eres alguien con muchos escrúpulos, en mi familia… Quiero decir, mi otra madre, no era nada así.

—¿Qué pasó con tu madre?

—Era muy loca y le gustaba mucho exponerse al peligro, por eso la idiota esa murió en una misión.

A pesar que su respuesta era desvergonzada, Deidara habló con suavidad. Podría ser que el aire tenue y la paz le hicieran ser más hablador, que le estaba contando más de lo sabido en tres meses junto a él.

—¿Y nuestro padre?

—Él tenía un complejo con mi hermana.

—¿Cuál hermana?—se sorprendió Hinata, quien por un instante empezó a sospechar de sus cosechadas memorias: pasar de ser hermana a media hermana. Y ahora, tener otra media hermana de la cual no se había dado por enterada.

—Es de mi madre, no la tuya. Por eso no la conociste—repuso Deidara. La rapidez de su réplica fue sigilosa como un ladrón.

Por fortuna, el maestro Sasori llamó a Deidara, y él mismo decidió dictaminar fin a la diversión e intimidad de ese día, porque Hinata sentía recelo y no tenía más preguntas para agobiarse más con las respuestas ambiguas. Aterrizaron en un valle rocoso y la instó a bajarse por sí misma. Cuando Hinata lo logró, si bien a costa de un rebote en las piernas y un dolor en el trasero, Deidara desde arriba adoptó una posición de loto que le permitía concentración y se comunicó con su compañero de misiones, simultáneo al andar ocioso de Hinata hacía un árbol, perfecto para un descanso y una relajación de su espíritu.

Le dolía la cabeza, y se durmió un rato.

***C.D.N.***

Despertó.

Era de mañana y sentía los haces de luz quemándole los brazos desnudos y la cabeza sin sombrero.

Deidara le había dejado una nota de arcilla que diseñaba para ella. Tanteó las letras con sus dedos con apaño perfeccionado y supo qué decía.

«Tenemos una misión en el país de la Tierra, volveremos en un rato. Lee la otra nota»

Lo hizo de esa forma, su hermano había intrincado una serie de prácticas de chakra.

«Primer ejercicio: estírate como te enseñé y usa mi arcilla para concentrar el chakra. Tira bolas con chakra de tamaños cada vez más pequeños a un árbol. Cuando lo logres, pasa el siguiente.»

Un ejercicio que le había indicado millones de veces, y que tardes enteras practicaba y no había ahínco alguno que le hiciera conseguirlo. Sabía dirigir el chakra, más al sostenerlo le quemaban los dedos antes que la arcilla siquiera se untara un poco. Su chakra era más dañino que el que usaba Deidara, sospechaba; a él nunca le pasaban cosas por el estilo.

Con su cualidad empedernida cumplió con los estiramientos y tomó la arcilla. Se concentró en el chakra fluido que la tocaba al ritmo de un rio de aguas dulces, se atiborraba en su mano y fluía afuera. Jamás le había preguntado a Deidara de ello, pero creía que debía, literalmente, cubrir las bolas con chakra, así que determinada en esa meta, la energía fluía y fluía sin precisión y las heridas se iban formando a medida que la frustración y la terquedad cobraban pulso.

A la hora las manos sus estaban chamuscadas y las heridas bermejas relucían inflamándose en su piel rugosa. Normalmente Hinata continuaba, ésta vez, se frustró, porque tantos fracasos le habían convencido que era imposible. Porque más poco chakra que le intentara trasladar, la arcilla sólo se ponía caliente y la piel se le quemaba al tacto.

Pasó al segundo ejercicio sin ganas de probar nuevamente la derrota.

«Dirígete al río que se encuentra cerca de aquí y práctica tu control de chakra». Sintió con toda su concentración la energía cercana de los peces que buceaban en las entrañas del lago, y allí se dirigió. Tomó cuidado del sendero al pasar caminando de ruidos inexplicables o plantas del camino. No iba en rama y rama, porque aún Deidara no se lo había enseñado: si no podía controlar el chakra, menos podía saltar entre las cúpulas de los árboles como un ninja lo hacía.

Los ríos eran su especialidad, y Deidara sabía cuánto le gustaban. La última vez que fueron para bañarse y Sasori se quedó acicalando su armadura, ambos se desnudaron y de una zambullida se enterraron en la profundidad no peligrosa de sus rebalajes. Hinata recordaba las risas de Deidara cuando le chapoteaba agua tibia y ella enrojecía y lo perseguía, hasta quedar atrapada entre sus brazos, en la calma de la soledad y la intimidad.

Deidara jamás le había vuelto a dar besos en la boca con tanta naturalidad como la primera vez, pero sólo ella sabía lo mucho que anhelaba que lo hiciera cuando la clausuraba en su abrazo, y en vez de hacerle cosquillas, se quedaba mirándola y permanecía suspirándole contra la boca. Hinata percibía cómo las mejillas se le calentaban y una sensación de añoranza le obligaba a recostarse contra su cuello, oliendo su pelo rubio de agradable olor a incienso, o ceniza, o a fuego carbonizado. Deidara siempre olía intensamente, como sus explosiones.

De cualquier manera, en ellos los besos entre hermanos eran inusuales pero, al mismo tiempo, familiares. Hinata no tenía claro si era correcto, más le gustaba sentir a Deidara cerca suyo. Solamente cuando se acercaba demasiado, y esas partes pudendas ya le parecían incómodas, lo detenía. En eso, Deidara no volvía intentarlo más y se alejaba. En ese asunto él era un caballero: sólo se acercaba si ella quería.

Jamás le había pedido un beso, más cuando los sentía no se los negaba: antes de besarla Deidara se le endulzaba la voz y eso a ella la derretía.

Continuando el punto, los ríos formaban parte de su relación de hermanos y Deidara siempre la invitaba a alguno. Allí también le platicaba del elemento agua, y le había enseñado, y le fue desconcertantemente fácil hacerlo, caminar encima de una superficie. Era bastante sencillo forrar los pies de chakra con la suficiente cantidad para ser menos densa que el agua.

El segundo ejercicio era caminar por encima del río: era algo tumultuosa, especialmente en el centro, pero era pan comido.

De repente, sintió una energía mágica que la hizo sacudir de expectación.

«¿Qué es ésta sensación?»

Una sensación de descubrimiento que invitaba a tornar la mirada. Hinata fue apabullada por la sensación magnética de lo desconocido. Era un río con cascada, y el sonido mermaba en sus oídos mientras sus sentidos desarrollados evocaban la brillantez de una energía en medio de otras. Era considerablemente difícil porque ser ciega le enseñó que las energías estaban en todas partes. Las personas eran más intensas, pero la naturaleza preponderaba en la mayoría de sitios. Ésta energía preponderaba en la naturaleza infinita.

En varias direcciones cayó su mirada antes de fijarse en el recoveco detrás de la cascada de imparable torrente. Primero decidió desnudarse y dejar la ropa para evitar mojarla y que luego Deidara le regañara. Luego se encaminó allí con curiosidad insaciable y la cascada la empapó de pies a cabeza. En la cueva no sentía la energía de ningún ser vivo; lo que significaba que no había nada peligroso asechándola. Siguió la energía y dio un tramo de pasos hasta acabar frente a ella. Era una energía invariable que no se movía, ni pertenecía a ningún ser vivo. Cuando sus manos acariciaron su forma circular, se dio cuenta que era una esfera.

La voz le reveló cuál era su descubrimiento:

«¡¿Una esfera del dragón?!»

Ésta vez, Hinata no aplacó a la voz; sentía curiosidad.

—¿Qué es esto?

Su forma le permitía deslizarse en sus manos. Era suave, grande y ligera. Parecía de cristal, más su complejidad no se asemejaba a ello. Demasiado liviana para ser cristal, demasiado congestionada de energía para ser una simple esfera.

«Guárdala» dijo la voz, y ella se preguntó cómo hacerlo con una esfera tan grande. La voz pareció refunfuñar, justo como Deidara cuando se enojaba. De golpe, la voz repuso:

«No me compares con ese…»

La voz era un hallazgo que hace poco la visitaba, y no le había dicho a Deidara por miedo a que le acusara de demencia. Lo conocía bien y sabía que temas que escaparan de su entendimiento (como sus habilidades de sensor) le parecían muy extrañas. La voz, como así la apodaba, llegó de improvisto cuando sintió que había recuperado un pedazo de memoria que creía perdida. Un nombre que llegó y se esfumó, como si nunca hubiese existido. Le parloteaba de vez en cuando desde entonces.

—¿Qué es una esfera de dragón?—pensó en voz alta, con la esperanza que quien hablara dentro de su mente le explicase la definición.

«Pertenece a las siete esferas, que reunidas te conceden lo que más quieres en éste mundo»

Hinata se interesó por la explicación, y en su interior inocuo una petición flotó por entre las demás.

—¿Podría… recuperar la memoria?

Hubo un silencio donde la voz no contestó. Al final, gruñó.

«Eso no importaría. Yo podría contarte la verdad, pero lo único que haces es evitarme»

Hinata se apenó de la acusación.

—No sabría… si confiar de ti.

«Confía en mí. Hay algo muy importante que podríamos hacer si tuvieras esas esferas. Todas las personas que has matado deben vivir nuevamente»

—No-o—tartamudeó Hinata, perpleja—. Jamás he matado a nadie.

La voz enseguida la retó, venenosa:

«Puedo asegurarte que así es. Incluso olvidaste que mataste a cuatro personas ayer»

A Hinata se le cortó la respiración. Como si las palabras de la voz hubieran invocado un conjuro de descubrimiento, pudo recordar voces perversas y, en una imaginación vivida podría soñar con unas manos sujetándola rudamente de los brazos. El toque morboso de esos cuatro enemigos y el atrevimiento de sus acciones. Una fuerza dentro de ella quemó ese instante, arrasó su sentido común y fue directamente a sus extremidades. Vibró como extendida por el coraje, y el cuerpo explayó a un chakra que no tenía y que cualquier ninja no desearía tener. Quemaba tan fuerte que gritó con ímpetu y el jadeo desesperado de los enemigos se apagó en un segundo.

Matar a alguien en menos de segundos. Hinata ahogó un sollozo. Podría recordar que algo enfrió su furia: cuando algo acuoso cayó sobre ella, y estuvo completamente segura que correspondía a sangre ajena, quedó lívida. Quedó catártica, incrédula de haber matado a alguien. Y la impresión fue tan fuerte que las lágrimas no llegaron. Sólo quedó como un mástil, estática y llena de sangre. Luego Deidara y Sasori vinieron, y apenas su hermano le alzó la mano frente al rostro para hacerla reaccionar, sufrió una muestra de hiperactividad que le hizo alejarse. Aún sentía el chakra convulsionando en sus venas y no dejó que él fuera afectado por su poder. Si la tocaba, iba a quemarse; iba a morir como los otros. Solamente permitió que la volviera a tocar cuando las lágrimas se aproximaron, él le dijo algo, y relajó todos sus músculos tensos. Fue una relajación tan extrema que terminó desplomada en sus brazos.

La voz la interrumpió:

«Mataste por defensa propia. Es tu lado instintivo quien actuó por su cuenta. Fue algo que no vi venir: tantos años te enseñé la meditación para controlar tu ki, que jamás pensé que tuvieras oportunidad de expulsarlo»

Ella no se convenció de esa respuesta desapasionada. No era una respuesta satisfactoria, más bien sólo aumentaba sus inquietudes.

—¡¿A qué te refieres con lado instintivo?! ¿A qué te refieres con ki?...

Vociferó con la boca abierta.

—¿A qué te refieres con tantos años?

«Sólo tienes que confiar en mi palabra: pase lo que pase conserva esa esfera y busca las otras. Cuando puedas aléjate del afeminado». Fue su despedida. Hinata intentó volverlo a llamar, más la voz ya no le respondió.

Volvió el remordimiento, acentuando sus homicidios sangrientos, y las preguntas sin respuestas pasaron a segundo plano. Ahora sentía bilis en la garganta, recreando el sonido de los huesos quebrándose y el instinto del que la voz había estado hablando. A decir verdad, aún podía sentir esa furia demoledora que le poseyó cuando las malas intenciones de esos personajes fueron claras. Deidara la había felicitado y realmente no tenía evidencia si era porque evitó su propia violación —porque él tenía un sentido de la justicia muy brutal, se lo había esclarecido las veces de cuando le contó que servía a su Aldea y hacía con demasiado entusiasmo las misiones de venganza—, o le sorprendía lo que la había visto hacer.

Escapó de la cueva y corrió entre las aguas. Los alrededores le daban miedo y se vistió con rapidez de que alguien la viese desnuda. Al principio no sufría de pudor alguno, pero Deidara le dijo que alguien podría atacarla si la veía así, por no decir que le celaba bastante.

Se sentó cerca de río, había traído las instrucciones con ella y leyó la última del día.

«Pégale al tronco de un árbol hasta que te duelan los dedos».

Fue fuera de la monotonía que le dejara ese tipo de tarea. Normalmente, le indicaba ejercicios para pulir los sentidos: trampas hechas a propósito, varios Deidaras de arcilla para entrenarla en taijutsu —en el que era sorprendentemente decente y rápida—, o ataques de shuriken para fortalecer su capacidad de percibir; varias veces le habían dado, pero era una oportunidad de Deidara para que se las arreglara para encontrar mediante el olor las semillas de plantas curativas, contra infección o cicatrizantes. Siempre era así, sólo hasta ahora, y quizá, caviló Hinata, por el trágico accidente que vivió, la forzaba a entrenar la potencia de sus golpes.

Lo hizo, y fue sorprendentemente tranquilizador. Un golpe por las penas, otro golpe por las preocupaciones, un golpe por su memoria, un golpe por la voz, un golpe por los homicidios. Hasta descargó un golpe por todas las veces que Deidara la dejó abandonada a su suerte para dirigirse a misiones donde sólo Sasori podía ir. Al final del conteo, tenía las manos astilladas y las piernas adoloridas, más el tronco había sufrido estragos impresionantes y el chakra que tanto se esforzaba para mantener dentro de sí lo volvió deleznable y a merced de su ansiedad.

Una voz la sobresaltó.

—Eso fue increíble—felicitó un hombre, que no había sentido. Había ocultado su presencia con tanta precisión que no fue capaz de sentirlo. Hasta ahora, sólo Deidara y Sasori le habían demostrado esa capacidad de ser invisible a su percepción espacial.

—¿Quién habla?—preguntó con modales. En su traje mantenía por su espalda un kunai con filo agarrado entre el índice y el pulgar, como su hermano le había enseñado. Además, por si acaso, podía soltar un silbido que alertaría a los verderones de su hermano para que le fuera a buscar de inmediato.

—Soy el sabio de la montaña del sapo—respondió con severidad madura. Hinata relajó su gesto al comprobar que su voz no reflejaba ninguna clase de peligro, aunque bien sabía que solía confiarse mucho.

—¿Y cuál es su nombre?—cuestionó.

—¿No te sueno de nada?—preguntó él, ofendido. Su voz cambió hasta tornarse casi infantil— ¡Soy el gran Jiraiya! ¡El legendario Sannin!

A Hinata le causó curiosidad que se extralimitara, como si fuera una persona famosa. Consciente que era ignorante de muchas cosas, afirmó:

—Perdón, Jiraiya-sama, pero no me acuerdo.

Él se echó a reír.

—No importa, no importa. Por lo que veo eres ciega… Es entendible que esa sea la única forma de que hayas olvidado ésta cara tan popular.

—Lo lamento—se disculpó Hinata nuevamente, con respeto.

Pudo sentir como el señor agitaba el aire con un amplio movimiento que restaba importancia.

—No importa. Igual, yo sólo vine para observarte un rato, a mi pupilo le entró diarrea y resultaba mejor distraerse con una chica tan linda.

—Oh—dijo ella, que se aventuró a avergonzarse por tan bonito cumplido. Por otro lado, aconsejó amablemente—: Tal vez le pueda dar algún té. Mi… hermano-o comenta que es bueno para ello.

—Lo sé, pero eso le pasa por no hacerme caso.

Luego el hombre bajó de una gran roca, lo supo porque sintió el choque contra la tierra y el polvo ascendente se coló por su nariz. Sintió su presencia acercarse y arrugó el ceño con cautela, aunque también unos nervios inexplicables la empezaron a consumir.

—Qué fuerza tienes—comentó, y Hinata se ruborizó por el cumplido, imaginándolo observando el árbol como un artista observa un lienzo—. No me extrañaría si usaras chakra en tus técnicas, pero la energía la llevas fuera de tu cuerpo… Se parece un poco en la forma como Minato empezó a crear el rasengan. ¿Cómo logras hacerlo?

—Me… —Hinata se agitó porque en tres meses de aíslo le era complicado socializar con alguien ajeno a ella— he esmerado en expulsar el chakra de mi cuerpo, como mi hermano siempre insiste.

—¿Quién es tu hermano? ¿De qué Aldea son?

Enseguida escuchó en su mente cómo Deidara le recalcó con constancia, que jamás contara a extraños sus nombres o precedencia, porque estaría expuesta.

—No puedo darle esa información…—murmuró con voz queda.

—Qué lástima—dijo Jiraiya. En su voz gentil no había cambiado el tono—. Si tienes éste poder y tu hermano tiene más, tal vez podría entrenarlos con mi pupilo por un tiempo. Podría gustarle un poco de compañía y tal vez, competencia.

—Lo siento, Jiraiya-sama. Mi hermano siempre está muy ocupado y yo… no lo puedo abandonar, es la única persona que tengo.

—¿Que tienes?

—Hace tres meses perdí la memoria y él fue…—recitó lo que le dijo Deidara con la completa seguridad que era así— el único de la familia que se encargó de cuidarme.

Y no le dijo que sentía una lealtad intransigente por él, aunque su cariño al expresar que la cuidaba la expuso.

Hinata decidió cambiar de aires. Una pregunta cadenciosa revoloteo en su mente:

—¿Y cómo se llama su pupilo?

—Es un niño idiota llamado Naruto Uzumaki.

El nombre le sonó familiar, como sacado de algún lugar de su memoria en vez de la boca de Jiraiya. No respondió nada más, era lo suficiente precavida para no intentar conversación con un desconocido. Jugó con sus manos, ademán en el que nunca había caído, y dijo en voz baja, al pasar de los segundos inexplicablemente lentos:

—Jiraiya-sama, lo siento mucho, pero debo seguir entrenando.

—Lo entiendo, pero aprovéchame. ¡Acabas de conocer el gran Jiraiya! ¿No quieres que te enseñe cosas?

Su entusiasmo le provocó más nervios.

—…Es mucha molestia para usted.

—¡Cuántos modales tienes, niña!

Aun así Jiraiya era un señor demasiado terco y le dijo que complacido le enseñaría algo que ella quisiera. Al final, aceptó la ayuda. Le mostró la arcilla con desconfianza, y cómo sus manos se caldeaban cuando intentaba cubrir con chakra.

—El problema es que expulsas el chakra. Tu hermano quiere que lo untes por dentro, no por fuera.

Jiraiya tomó las arcillas y desde adentro convirtió a la arcilla en bolas mortales al impacto. Hinata analizó la habilidad con aprehensión: por fin entendía que había fallado. Le pasó la arcilla para que las tocara: la arcilla conservaba su forma, más estaba más pesada por el chakra que había dentro. Lo intentó varias veces, hasta que consiguió que el chakra no se deslizara, embutiéndose directamente en la masa: se concentró profundamente en el recorrer de su chakra por las venas, y abasteció a su mano, concentrándose en las yemas, como el maestro le enseñó, hasta que el chakra no le quemó sino que volvió cálida la arcilla. Cuando lo logró con una de gran tamaño, las lanzó al árbol más próximo. Escuchó el sonido inconfundible de algo derritiéndose: como cuando ella, Deidara y Sasori visitaron un lugar caluroso en el norte del País de la Tierra, y desde los cielos escuchó la lava burbujeando en las entrañas de un volcán, en una zona árida y reseca. Cuando salía y salpicaba los alrededores, escuchaba el mismo sonido que en ese momento. Algo derritiéndose. Jiraiya la felicitó con una palmazo en la espalda, que dejó durante un tiempo mientras contemplaba sus resultados.

—Tú tienes una gran capacidad de percepción—dijo Jiraiya con interés, al dirigir su vista al árbol que decidió usar para su propósito.

—Ser ciega me ha brindado esa ventaja—respondió con timidez. La palma empezaba a molestarle. Jamás le había molestado el contacto físico con su hermano. Ahora se daba cuenta que con otras personas era casi incómodo.

—Aprovecha mucho esa habilidad. Nuestras debilidades pueden convertirse en nuestras mayores ventajas—dijo, recuperando ese aire de sabiduría de su primer comentario. Por último, y debía estar viendo los destrozos del árbol al cual dio con la arcilla, diferente al que agrietó con golpes y patadas, y dijo, admirado—: Debo admitir que ésta puede ser una gran arma. El único problema es conseguir más arcilla para munición.

—Mi hermano usa mucha arcilla—se le escapó a Hinata.

—Sí, ¿y cómo la recarga?

—Bueno… es un especialista en ello—confesó.

—¿Y cuál es su nombre?

Hinata calló, eso jamás se lo diría.

—Son dos jóvenes muy misteriosos—dijo Jiraiya con tono inquisidor—. ¿Acaso escapan de algo?

—No es así—dijo Hinata, pensando en lo que le dijo Deidara: se fueron de su Aldea porque vivían mejor de esa manera. Nunca le dio muchas razones al respecto.

—¡Ero-sennin!—gritó alguien desde muy lejos. Hinata lo escuchó con su oído perfeccionado. Por algún motivo, sintió anhelo de ver al estudiante: el pulso le palpitaba y el corazón le martillaba.

—Disculpe, Jiraiya-sama, su pupilo lo está llamando.

—Lo sé—contestó el señor de mala gana—. Parece un niño, siempre debo andar cuidándolo.

Hinata compadeció al estudiante, y le dijo que no fuera muy duro. El hombre se rio.

—Ya veré qué hago con él. Hasta luego, lindura.

Si Hinata no fuera tan gentil, le hubiera afectado que un señor tan viejo le estuviese medio coqueteando. Lo tomó como un cumplido, aunque se le calentaron las mejillas ante el descarado apodo, y lo despidió con una sombra de sonrisa; pensó que debía irse también: tenía como prioridad agarrar la esfera del dragón en el cauce del río e irse al punto del quiebre. Si Deidara llegaba y no la encontraba, iba a estar preocupado. Una vez había pasado, y aunque su hermano no lo pronunció en voz alta, notó que su voz estaba ansiosa y le hablaba tan rápido sobre que se había demorado mucho en llegar y estuvo a punto de dejarla a la deriva, que le fue difícil explicarle que sólo se había quedado demasiado tiempo en un sitio, —porque había estado practicando en secreto subir por los árboles y lo había conseguido, lo único desagradable fue cuando intentó saltar de rama y rama, y casi termina empotrada en la tierra.

Se encaminó al río, pensando con emoción que ya podría demostrarle a su hermano que podía controlar el chakra, que tal vez podría acompañarlo directamente a las misiones.

Sin embargo, volvió escuchar esa voz alta y enérgica desde muy lejos, diciendo el mote burlón de Ero-sennin al señor que recién la había dejado, y el corazón se le contrajo en un puño. Con el irresistible impulso de girar la cabeza, lo hizo. Volteó en la dirección donde ambos parecían estar, y acarició el nombre del estudiante en su mente, como si intentara hallar la razón de su familiaridad.

«Naruto…»

Se arrepintió de no haberle pedido al señor que le presentara a su pupilo; le había causado una inesperada curiosidad. Aun así, consciente de que ya era tarde, volvió a caminar al lado opuesto, lejos del primer nombre que en alguna parte de su interior reconoció. El resto del camino, le siguió retumbando el nombre en la mente. Y Hinata, que ese día se había enterado de muchas cosas, se preocupó ésta vez de no haber tomado una resolución correcta.


Notas de Carolina:

Lamento la demora: no tenía ni tiempo libre ni muchas ganas.

*Agradecimientos:

Saiyini uzumaki, Inuyasha, Lol, Holii 33 (Jasd)

Gracias por sus comentarios :) Me animan mucho a seguir.

Pd: La historia ha ido por unos caminos que vuelven a modificarse. Para éste capítulo tenía dos ideas muy diferentes y no resultó ni lo uno ni lo otro. Tal vez vez en el próximo veamos una de ellas, relacionada con Deidara y que será muy especial. Con el asunto de las esferas del dragón y la voz misteriosa, averiguaremos más de todo lo que carcome el asunto.

Hasta pronto.

Pd2: No tengo mucha inspiración ahora para propaganda Dragon Ball, pero usaré mi frase de siempre: ¡No dejen de leerme!