CAPÍTULO 4
Draco empujó la puerta del dormitorio de su madre haciendo equilibrios con una bandeja en la que había una taza de té y una ensalada de frutas. Narcissa, que estaba acostada en la cama, lo miró sin expresión.
-Hola, mamá...-Ella apenas hizo un pequeño gesto de saludo con la cabeza. Draco tragó saliva, pero se esforzó en sonar animado-. Los elfos dicen que no quieres desayunar. Te he traído una taza de té. Te la tomarás¿verdad? Por mí...
Le costó un poco convencerla, pero Narcissa finalmente se incorporó y se bebió media taza de té a pequeños sorbos. Draco la observaba con ansiedad; si hubiera podido, habría comido por ella. Sus mejillas antes redondeadas estaban hundidas, sus ojos apagados. Era una hermosa muñeca rota y Draco se estaba muriendo segundo a segundo con ella.
Narcissa apartó la cara como una niña pequeña para no seguir bebiendo.
-Un poquito más... Por favor, mamá, tienes que alimentarte.-Le pinchó una fresa con el tenedor, tratando de tentarla-. Come un poquito de fruta por lo menos... Mira, está muy rica... Mamá, por favor... Por favor...
Ella dio un suspiro, lo miró con tristeza y se tumbó de espaldas a él. Draco la miró con un nudo en la garganta y un terror horrible, tan perdido como si tuviera dos años y se hubiera despertado a media noche en una casa oscura y vacía. Después, temblando, se marchó de allí.
Durante los dos días siguientes, las cosas transcurrieron de manera muy parecida. Malfoy estaba aún dolorido por la paliza y con una fiebre que por la mañana era relativamente baja y por las tardes le subía bastante. Hablaba poco y Harry se dio cuenta de que mostraba una falta de curiosidad asombrosa por averiguar más cosas de su pasado. En aquellos dos días sólo le preguntó cuántos años tenía y si se sacaba buenas notas en el colegio. Ni una pregunta sobre sus padres, sus amigos, su pasado. Harry no lo entendía, pero después pensó que era un mecanismo de defensa, que quizás, inconscientemente, no quería recordar.
Andromeda llamó una vez para preguntarle qué tal estaba y se quedó atónita al escuchar que su sobrino se había quedado amnésico.
-Él dice que tuvo un accidente, pero¿no crees que en realidad pudo ser el shock de ver así a su madre?
-No lo sé –dijo ella, con franqueza-, Tengo entendido que organizó el entierro y que luego lo vieron un par de veces por el callejón Diagon, Pero supongo que pudo ser un shock de efectos retardados.
-¿Y algún ataque?
-No me suena haber leído nada en el Profeta, aunque eso no quiere decir nada, claro. Puede que nadie llegara a enterarse del ataque.
Pero su búsqueda de información médica sí había dado buenos resultados. Andromeda creía que su problema con el pie podía ser un efecto secundario del tratamiento muggle, que a veces provocaba inflamación de los tendones de las extremidades. La fiebre, con toda seguridad, se debía también a lo que le habían hecho en el hospital. Andromeda le fue leyendo todos los remedios que había reunido: había una poción imposible de hacer-no cuando la cuarentena había puesto fuera de su alcance ciertos ingredientes-, pero sí podría hacer las otras.
Después, Andromeda le preguntó cómo estaba llevando la compañía. Si Harry hubiera querido ser sincero, le habría dicho que era para volverse loco. Sus ojos y sus recuerdos le impelían a guardar las distancias y mostrarse, como mínimo, reservado. Pero Malfoy se estaba portando de un modo tan agradable que era difícil mantener esa actitud y no sentirse un poco injusto, como un ogro malo de los cuentos.
-Sin problemas –dijo, para no tener que explicar algo difícil de explicar-. Con amnesia gana mucho.
Al día siguiente, el sábado, sin embargo, Harry se levantó con un peso en el estómago, abrumado de nuevo por la tristeza. Era como si Malfoy hubiera dejado de servirle ya de distracción y todo su pasado le cubriera de nuevo, igual que una marea helada y gris. Malfoy lo notó y le preguntó si le pasaba algo. Harry le dijo que no en tono nervioso y no añadió nada más. Lo último que quería era que descubriera esa debilidad. Malfoy no insistió y pasó el día, como siempre, dormitando, pero Harry se dio cuenta enseguida de cómo lo observaba atentamente cuando estaba despierto y lo veía pasar o andaba cerca, con la expresión paciente y algo intrigada de un perro tumbado frente a su amo.
El domingo no se sentía mejor, y cuando preparó el desayuno, sólo se tomó un vaso de leche. Al mediodía seguía sin apetito y no consiguió terminarse ni un emparedado, Sabía que tenía que ponerse a trabajar en la poción que Malfoy necesitaba, pero la larga tarea a la que se enfrentaba -necesitaba ir a comprar algunos ingredientes a herboristerías muggles y se tardaba dos días en prepararla- le parecía tan dura, tan alejada de sus escasas fuerzas, que no se veía capaz ni de comenzarla.
-¿No vas a comer más? –dijo de pronto Malfoy, sacándolo de su ensimismamiento.
Parecía algo inquieto, aunque Harry no entendía por qué.
-No tengo hambre.
-Pero ayer tampoco comiste nada.
-Oye, déjame en paz¿vale? –Se puso de pie-. No tengo ganas de hablar.
Su intención había sido tumbarse un poco y alejarse de Malfoy, pero Harry terminó durmiéndose. Cuando despertó ya había anochecido y sentía la cabeza pesada por el exceso de sueño. Hasta que no salió de la cama y se acercó a la puerta de su dormitorio no captó el aroma a algún guiso que provenía, sin duda, de su cocina. Por un momento absurdo, pensó que Molly Weasley estaba alli, preparándole la cena, pero enseguida comprendió que tenía que ser cosa de Malfoy. Y aun sabiéndolo, no dejó de sorprenderse cuando llegó a la cocina y se lo encontró sentado en una silla, con las mejillas rojas por la fiebre y el calor del horno. Parecía estar preparando algún tipo de carne en salsa; lo del horno, sin duda, era un pastel.
-¿Qué estás haciendo?
A pesar de su patente cansancio, Malfoy lo miró con una mirada extrañamente decidida.
-La cena. He usado unos filetes de ternera que he encontrado en el congelador, espero que no te importe.
-No, pero... Malfoy, estás enfermo. Vuelve al sofá.
-No, creo que hoy me encuentro mejor que tú. Además, ya está todo hecho. Y lo mismo da que esté sentado aquí que en el sofá.
Harry negó con la cabeza.
-No, no da lo mismo –dijo, un poco irritado. Lo último que necesitaba era que Malfoy empeorara otra vez-. Vuelve a acostarte.
Malfoy se quedó pensativo un momento y luego volvió a mirarlo como antes.
-Sólo si me prometes que comerás de verdad.
Harry estuvo a punto de decirle que él no tenía por qué prometerle nada, pero como tenía algo de hambre y la cena olía francamente bien, asintió de mala gana, dejándole claro que lo hacía sólo por no oirlo. Malfoy, sin embargo, le sorprendió con una sonrisa y volvió a saltos al sofá con aire de estar francamente satisfecho. Harry parpadeó, preguntándose a qué habría venido aquello, pero luego lo descartó con indiferencia y se puso a examinar la salsa. No conseguía saber qué era por el olor, así que la probó. Espárragos. ¿De dónde habría sacado Malfoy los espárragos? La respuesta la tuvo cuando encontró una lata de sopas Campbell vacía en la basura. Aunque Malfoy había mejorado su sabor aún más con algunas especias. El pastel del horno era un simple bizcocho de chocolate, pero olía de una manera que los bizcochos de las tiendas jamás podrían conseguir.
Estaba claro que su trabajo como pinche le había enseñado a cocinar.
Tal y como había dicho Malfoy, la cena estaba casi lista y antes de diez minutos ya estaban sentados a la mesa. Cuando Harry probó la carne en salsa, Malfoy lo observó con ojos expectantes, esperando sin duda su veredicto. Harry no estaba para andar lanzando cumplidos y mucho menos a él, pero tampoco quiso ser grosero sólo porque sí, sobre todo porque, maldita sea, la carne estaba francamente buena.
-No está mal.
Los ojos de Malfoy reflejaron su decepción durante un fugaz segundo. Después el sentimiento desapareció como si nunca hubiera estado allí.
-Bueno, si después quieres repetir, hay más –dijo, amablemente.
Harry asintió sin decir nada y siguió comiendo. No tenía ganas de hablar y la conversación fue escasa, pero Draco no pareció sentirse incómodo en el silencio. Cuando se terminó lo que tenía en el plato, Harry dudó un poco y se sirvió otro filete, intentando no mirar a Malfoy mientras lo hacía.
-¿Tú quieres más?
-No, si repito carne ya no me quedará hueco para repetir postre.
Malfoy acompañó sus palabras con un mirada cómplice, de goloso a goloso, y Harry se encontró esbozando una sonrisa como respuesta, algo que le sorprendió un segundo. Luego se terminó la carne, mirando de vez en cuando de reojo al oscuro y prometedoramente pegajoso bizcocho. Un pastel de chocolate hecho por Malfoy. De vez en cuando tenía que reducir la realidad a frases así de cortas para poder asimilarla.
Siempre había algo vagamente reconfortante en un estómago lleno y el chocolate ejercía un efecto especialmente revitalizador en los magos. Después de comerse una generosa porción de pastel, Harry se sintió mejor de lo que se había sentido en los últimos dos días, así que decidió enmendar su fría crítica culinaria del principio de la cena.
-Nunca pensé que pudieras cocinar tan bien, Malfoy, lo reconozco. Estaba todo buenísimo.
Si las sonrisas previas de Malfoy habían sido abiertas, aquella fue tan resplandeciente que Harry se sintió un poco conmovido.
-Gracias. Sé hacer cosas más complicadas, pero... bueno, me he apañado con lo que tenías en la nevera. Si quieres, un día puedo hacerte una lista para que compres unas cuantas cosas y te prepararé un plato que aprendí a hacer en uno de los restaurantes en los que trabajé.
-¿Qué es?
-Pollo al ron con piña. La gente lo pedía muchisimo, está muy bueno. Jack, el cocinero, era un imbécil, pero desde luego sabía cocinar.
-¿Jack? Decías su nombre el otro día, cuando delirabas por la fiebre. Era como si te estuviera agobiando o algo así.
-Sí, ya te lo he dicho, era un imbécil –dijo Malfoy, sirviéndose una segunda porción, más finita, de pastel. Parecía haber engordado un poquitín desde su llegada.
-¿Qué pasó?
Malfoy le quitó importancia con un gesto de la mano.
-Nada, me tenía manía. ¿Y tú¿No trabajas?
-Estoy estudiando. Lo que pasa es que... bueno, llevo algunas semanas sin ir a clase.
-¿Qué estudias?
-Me estoy sacando el título de secundaria.
-¿Por qué?-preguntó, con expresión extrañada-. ¿No te lo sacaste en el internado?
Harry se encogió de hombros.
-Tuve un último año muy accidentado.
-¿Y yo? Sí lo tengo¿verdad? Me dijiste que me sacaba muy buenas notas.
-Te dije que eran más o menos buenas –puntualizó Harry-. Y la verdad es que no sé si llegaste a sacártelo o no. Supongo que sí.
Con aquello, la casi inexistente curiosidad de Malfoy por su propio pasado se dio por temporalmente satisfecha. Harry le dijo que volviera al sofá y él se quedó en la cocina fregando los platos y cacharros. Su ligero buen humor se mantenía, aunque aún notaba las nubes grises presentes en la lejanía, esperando el momento de volver a ensombrecerle el alma. Un mal sueño, un contratiempo estúpido, cualquier cosa podía acercarlas de nuevo. Pero de momento estaban lejos y agradecía la tregua.
Los gritos de Malfoy casi le hicieron soltar uno de los platos y dejarlo caer en el fregadero.
-¡Harry¡Potter¡Ven, corre!
Harry lo hizo, alarmado, pensando en su varita.
-¿Qué?¿Qué pasa? –exclamó, mirando a su alrededor para localizar el peligro.
Malfoy, boquiabierto, señalaba la tele.
-¡Hemos llegado a la Luna!
Harry se repitió a sí mismo el comentario para asegurarse de que había entendido bien.
-Ya lo sé, Malfoy. Hace más de treinta años.
-¿De veras? Guau...
Su expresión era tan cómica que Harry, a pesar de todo, se echó a reir.
-Creo que será mejor que te preste uno de mis libros de Historia.
A la mañana siguiente, Harry se aseguró de que Malfoy estaba bien instalado y se fue de compras. Además de comida y los ingredientes de la poción quería comprar un par de muletas. A última hora, añadió algo de ropa a su cargamento. Si Malfoy quería quemarla cuando recuperara la memoria, que lo hiciera. Aunque mientras regresaba a su casa se preguntó si su cambio sería tan radical, después de todo. Tras la guerra se habían cruzado en tres o cuatro ocasiones y se habían ignorado mutuamente. Y lo que le había pasado a sus padres tenía que haberle marcado de alguna manera. Al fin y al cabo, nada le impedía haber sido antipático y caprichoso incluso con amnesia y, sin embargo, no lo era.
Malfoy recibió las muletas y la ropa con una sonrisa de agradecimiento que no encubría del todo su embarazo.
-Recuerdo lo que me dijiste de mi dinero, pero aun así, te lo devolveré.
Harry meneó la cabeza. Seguro que le enviaba un cheque a los cinco minutos de recuperar la memoria, para no sentirse en deuda con él.
-Sí, ya lo sé –dijo, con algo de ironía. Y luego añadió, con más amabilidad-. No te preocupes por eso, Malfoy. No vas a arruinarme.
Malfoy se lo agradeció una vez más y se quitó la camisa y el suéter que le había prestado para probarse la ropa que le había comprado. Harry no había vuelto a verlo desnudo desde que le había curado la primera noche, y se fijó en que sus moraduras estaban prácticamente desaparecidas y que, tal y como había pensado el día anterior, ya había engordado un poco y ya no se le notaban tanto las costillas.
Harry había intentado elegir algo que pudiera gustarle, ni tan pijo como lo que llevaba en Hogwarts ni tan zarrapastroso como la ropa con la que se lo había encontrado y al principio había pensado en comprarle algo negro, ya que parecía ser su color favorito. Pero en el último momento cambió el suéter por otro de color azul, y hasta que no se lo vio puesto no comprendió que, de negro, le habría recordado demasiado al Malfoy del colegio.
-¿Me queda bien?
-Sí, mejor que mi ropa.
Malfoy fue con las muletas a mirarse en el espejo del baño y regresó con una mueca complacida.
-¿Es el estilo de ropa que suelo llevar normalmente?
-Más o menos.-A pesar de su sonrisa. Malfoy respiraba como si acabara de correr los doscientos metros vallas-. Venga, descansa. Yo tengo cosas que hacer.
-¿Qué cosas? –preguntó Malfoy, sentándose.
-Una especie de medicina que te ayudará con lo del pie y hará que desaparezca la fiebre y la fatiga.
Harry aguardó su reacción con algo de curiosidad. Un muggle habría encontrado aquella respuesta bastante chocante y le habría preguntado si es que se creía un curandero o algo así, o si tenía conocimientos de medicina. Pero el hecho de que Malfoy no recordara ser un mago no lo convertía en un muggle, y se limitó a asentir. Harry recordó que Malfoy había sabido de algún modo que los hospitales eran peligrosos para él aunque hubiera olvidado por qué y supuso que su mente conservaba cierta información básica y, entre otras cosas, reconocía el hecho de preparar medicinas en casa como algo familiar.
Ya llevaba un par de horas en la cocina cuando lo oyó acercarse con las muletas.
-¿Aún estás con la medicina o eso es la cena?
-Es la medicina –contestó, sin quitarle la vista de encima a la cocción. En cuanto empezara a volverse amarilla tenía que echarle el polvo de romero.
-¿Puedo ayudarte?
Malfoy era mejor que él en Pociones, pero Harry no quería que se cansara ni forzar su suerte: si empezaba a fijarse en los ingredientes que estaba usando acabaría encontrado algo extraño en aquella situación y él no quería tener la conversación Malfoy-eres-un-mago en ese momento.
-No, no hace falta.
Malfoy no discutió, pero en vez de marcharse al sofá se sentó en una silla, dispuesto a hacerle compañía.
-He tenido un sueño muy raro.
-¿Una pesadilla?
-No. No, era sólo un sueño raro.-Se mordió un segundo los labios-. ¿He tenido alguna pesadilla estando aquí?
-Una vez, cuando estabas con fiebre.
Malfoy parecía esperarse esa respuesta y apartó la vista como si se sintiera incómodo.
-Sí, a veces me pasa. Nunca recuerdo de qué van, pero sé que puedo despertarme gritando. No es muy agradable, lo siento.
-Nadie tiene pesadillas adrede –dijo, sorprendido de que se disculpara. Y temiendo que la conversación les llevara al tema de Narcissa, decidió cambiar el rumbo que llevaban-. Anda, dime¿de qué iba tu sueño raro?
-Yo era pequeño y a mi lado había una especie de... de criatura extraña con una voz muy aguda que no paraba de hacerme reverencias y de darse cabezazos contra las paredes. Y luego llegaba una chica de mi edad, con el pelo oscuro, y me llamaba para que fuera a jugar con ella.
Lo primero debía de ser un elfo doméstico, seguro. Y probablemente la chica era Pansy Parkinson, Que él supiera, se conocían desde niños y en Hogwarts habían estado saliendo. Harry no le comentó nada de los elfos pero sí le habló de la chica. Por alguna razón, aquello sorprendió más a Malfoy que cualquier otra cosa que hubiera escuchado en aquellos días, a excepción de lo del hombre en la Luna.
-¿Tengo novia?
Harry se encogió de hombros.
-No sé si seguisteis siendo novios después del colegio. No sé, a lo mejor me confundo y sólo erais buenos amigos.
Malfoy rumió aquello unos segundos.
-¿Crees que me habrá estado buscando?
La poción había tomado el color adecuado y Harry añadió el polvo de romero.
-Seguramente.-Cuando Voldemort había prometido respetar la vida de los alumnos de Hogwarts si le entregaban a Harry, Pansy había intentado que los Slytherin le capturaran. Pero su actuación en el Wizengamot, jurando entre sollozos que sólo había estado asustada por sus compañeros, la habían permitido salir libre con sólo una amonestación. Que él supiera, seguía en Inglaterra, y si seguía allí, no se habría quedado cruzada de brazos tras la desaparición de Malfoy.
-¿Qué hay de tus amigos?
-Los veo de vez en cuando –mintió-. Lo que pasa es que ahora me apetece más ir a mi aire.
Malfoy frunció un poco las cejas.
-No es bueno estar solo demasiado tiempo, Ha... Potter. Hace que pienses cosas raras.
-No te preocupes. También quedo a veces con mi ahijado¿sabes?
-¿Tienes un ahijado?
-Sí. Se llama Teddy Lupin. Pronto cumplirá los cuatro años. Es un crío muy listo.
-¿Tienes alguna foto por ahí?
-Sí, claro.
La mayoría de fotos que Harry tenía del niño eran mágicas, pero los parientes muggles del marido de Andromeda le habían dado una en Navidad y fue esa la que le enseñó a Malfoy, que la observó atentamente sin saber que Teddy Lupin era hijo de su prima hermana.
-¿Le habéis tintado el pelo de azul?-exclamó, riendo-. Genial...
El pelo de Teddy era realmente azul, pero Harry no vio razón para sacarlo de su error y sonrió cuando lo oyó decir que era un niño muy guapo. Su sonrisa, sin embargo, tenía un matiz de tristeza, consciente de que Malfoy tendría una opinión muy distinta de él cuando recuperara la memoria.
Aquella tarde, Harry recibió la visita de Samantha Archer, su vecina. Cuando la vio por la mirilla, enrojeció un poco de vergüenza, consciente de que había olvidado por completo su promesa de pasarse una tarde a tomar el té. Ella, sin embargo, no le hizo ningún reproche y pareció olvidarse de todo en cuanto le puso los ojos encima a Malfoy, a quien Harry no le quedó más remedio que presentar como un amigo.
-¿Draco Malfoy?-repitió ella, como si estuviera probando la textura de la palabra en su boca-. Suena muy exótico.
-Gracias. Supongo que era lo que pretendían mis padres. Eso o querían un doberman.
Harry no pudo evitarlo y se echó a reir. Malfoy se sentiría mortificado cuando recuperara la memoria y se diera cuenta de lo que había estado diciendo de su propio nombre. Pero luego se dio cuenta de que Malfoy le sonreía sin sospechar que se estaba riendo de él, además de con él, y se sintió algo culpable. Su incomodidad aumentó cuando vio a Samantha mirando a su alrededor con aire ligeramente sorprendido. Aunque ella no había llegado a ver el piso en su peor estado, no cabía duda de que se estaba fijando en lo limpio que estaba ahora.
Sin embargo, Samantha no dijo nada de la limpieza.
-Tengo algunas medicinas en mi casa, de cuando uno de mis monstruítos estuvo enfermo. ¿Queréis que os baje algo?
-No, no hace falta, gracias –dijo Harry, antes de que Malfoy pudiera ponerse a hablar de pociones-. Ya se está tomando lo que necesita.
-Bueno, si te hace falta algo, me lo dices.
Harry tuvo la sensación de que Samantha estaba a punto de echarse a babear encima de Malfoy. Incluso le llegó a comentar el pelo tan fantástico que tenía. A Malfoy también parecía caerle bien, pero Harry seguía preocupado por lo que pudiera contarle y se las ingenió para sacarla de allí de la manera más diplomática posible. Cuando la acompañó a la puerta, ella le sujetó por el brazo con un ademán cómplice.
-Hacía semanas que no te veía con tan buen aspecto. Me alegra que la compañía te esté sentando bien,-Puso los ojos en blanco-. Y es monísimo.
-No es nada de eso –dijo Harry, agradeciendo que hubiera hecho ese comentario en voz baja.
-Pues si tú no lo quieres, ya me lo quedo yo.
-Adiós, Sam.
Harry cerró la puerta y miró a Malfoy, que sonreía, animado por la visita y los cumplidos.
-Es simpática. Tendrías que haberla invitado a tomar el té.
-Tenía miedo de que le contaras lo de tu amnesia y esas cosas.
O de que le hablara de la poción que ahora mismo bullía a fuego muy lento a la cocina. A Malfoy podía parecerle normal, pero Samantha no sabría qué pensar.
-¿Por qué?
-Samantha es buena chica, pero... bueno, ella querría llevarte a un hospital.
Malfoy dio un respingo y borró la sonrisa de su cara.
-Ni hablar-dijo con vehemencia-. Yo no vuelvo a un hospital ni atado de pies y manos.
-Sólo a San Mungo –le recordó Harry.
Malfoy no parecía demasiado entusiasmado, pero asintió.
Después de cenar hacían una película que Harry tenía muchas ganas de ver, "X-Men". Había leído algunos comics de Dudley cuando su primo no estaba en casa y siempre le habían gustado. Malfoy afirmó querer verla con él, pero a los quince minutos se le empezaron a cerrar los ojos y, después de pedirle que le despertara cuando fuera la hora del capítulo nocturno de "Buffy" se quedó dormido. Los paralelismos que encontró entre esta historia y la guerra que había dejado atrás despertaron recuerdos y le dejaron ligeramente incómodo. "Yo soy un X-Man y tú eres un Miembro de la Hermandad de Mutantes Diabólicos", pensó, mirando a Malfoy. Pero no parecía demasiado diabólico allí tumbado, con la piernas encogidas para dejarle sitio en el sofá, ni tampoco después, cuando lo despertó para ver "Buffy". Aquella noche, Malfoy siguió la aventura con más interés que él; Harry aún seguía pensando en la guerra.
A Harry le costó dormirse bastante aquella noche y cuando lo hizo, tuvo una pesadilla. Volvía a revivir el entierro de todos los que habían muerto durante la Batalla de Hogwarts, pero en su sueño, Harry se encontró de pronto ocupando un ataúd más. Ni sus gritos ni sus puñetazos contra la tapa servían de nada. La voz de Voldemort, de pronto, resonó en sus oídos.
-Ya no les haces falta, Potter.
Las paletadas de tierra empezaron a caer sobre su ataúd, y pese a estar en la fosa, Harry sabía que uno a uno, todos sus amigos meneaban la cabeza y se marchaban. El pánico se le clavó en el pecho como un puñal.
-Por favor, no...
-Te han dejado para que te mueras, tú solo, muy lentamente... –Voldemort rio-. ¿Empiezas a notar cómo te falta el aire, joven Potter?
Harry arañó desesperadamente la tapa de su ataúd y sus uñas se rompieron contra la dura madera.
-¡No¡Ron¡Hermione¡RON!
Harry se despertó dando gritos, pálido y con un sudor frío empapándole las axilas. Pero ese momento de terror y desorientación duró sólo un instante. Una voz suave le chistaba en el oído, una mano firme le acariciaba el pelo y otra, en el hombro, le anclaba a la cordura.
-Ssssht, tranquilo, Harry... Tranquilo...
Ni siquiera pudo pensar que era Malfoy, que se burlaría de él por todo esto. La sensación inesperada de consuelo hizo caer de golpe todas sus defensas, y fue tan incapaz de resistirlo como el suelo cuarteado de resistir el agua de la lluvia. El cuerpo de Malfoy era sólido y cálido y le ofrecía refugio y Harry reclinó la frente contra su pecho, tratando de luchar contra la terrible angustia de la pesadilla. Su garganta estaba agarrotada con sollozos secos, ahogados.
-Sólo era una pesadilla –musitó Malfoy, sin dejar de acariciarle el pelo, la espalda-. Tranquilo, Harry... No pasa nada... Ssssht...
Harry no podía hablar, dolía demasiado. No notó cuándo Malfoy se tumbó en la cama con él, sólo supo que de repente estaban cara a cara y que se había aferrado a él como si fuera lo único que lo separara de su propia destrucción. La voz de Malfoy seguía arrullándolo con palabras tranquilizadoras, sus caricias casi maternales prometían paz y le aseguraban que estaba vivo, que al menos aquella noche no estaba solo. Poco a poco, Harry se fue calmando, mecido por la mano que dibujaba círculos en su espalda, y al final, agotado emocionalmente, se durmió sin darse cuenta, todavía abrazado a Malfoy.
P160880, hola, me alegra verte por aquí. La verdad es que ni Draco ni Harry lo han estado pasando bien, aunque la vida del primero ha sido más "accidentada". Lo de que Draco es nombre de perro... bueno, es que ya he conocido a dos perros que se llamaban así. Pero que conste que a mí Draco Malfoy me parece un nombre genial.
Lireve, eso de leer en vez de estudiar es todo un clásico, jeje. Bueno, espero que el examen del martes tb te saliera bien. En cuanto a Draco, pues no sé, sí que dice alguna de las suyas más adelante, creo, pero obviamente no es el de siempre. Como ves, eso sí, ya hace algo más aparte de okupar el sofá de Harry, jaja. A mí Harry no me parece muy desconfiado, si tenemos en cuenta la relación que han tenido hasta ahora. Bueno, a ver qué tal reacciona después de esta noche.
Aravis, Sí, yo entiendo que Harry mantenga las distancias con Draco, por monín que esté. Lo de Buffy... bueno, tenía que pensar en una serie de principios de década que alguien como Harry pudiera ver, y esa me pareció una buena opción.
Yankee , Harry ha perdido su capacidad para dominar hechizos complicados como el Patronus con tanta precocidad, pero no es menos valiente ni lo que hizo con Voldemort tiene menos mérito. El quid de la cuestión es ¿qué cree el propio Harry?
