.

CAPÍTULO 4

(El siguiente capítulo contiene escenas sexuales de alguna importancia, no leer sin la supervisión de un adulto responsable.)

.


—¿Cansada? —Le pregunto y no puedo dejar de mirarla.

Apostaría lo que fuera, Mónica es la mujer más hermosa que he conocido. Ella sonríe pero no dice nada, debería castigarla por eso, pero su adorable sonrisa parece tenerme hipnotizado. Está completamente desnuda en la cama, su piel blanca se ve preciosa entre las sábanas. Tiene los ojos cerrados, sus parpados están maquillados con un tono obscuro que no termino de definir sí es negro o gris, eso la hace lucir peligrosa y de alguna manera misteriosa.

Tiene los pechos más maravillosos que he visto en mi vida, tan llenos y exuberantes que no puedo resistirme y vuelvo a tocarlos. Ella abre los ojos apenas un poco, con sus largas pestañas haciendo sombra sobre sus mejillas, y estudia mis manos sobre sus senos. Intenta bajar sus brazos y gime de dolor, debe estar entumecida, me apresuro, la ayudo y le retiro las esposas, mueve los brazos varias veces y me da una mirada tímida, sé que en el fondo es un reproche, pero decido también pasarlo por alto.

—Voy a atarte. —anuncio sin ceremonias.

Ella asiente en silencio. —Iré por las cuerdas, serán de fibra natural… ¿alguna alergia de la que deba enterarme?

—No que yo sepa… señor.

Su voz profunda tiene un leve ronquido al final que me pone frenético, la observo una vez más y salgo de la cama. —Espero no encontrarte vestida cuando regrese. —Le digo en tono frío.

Su rostro se tensa y sé que está conteniendo el deseo de mandarme a la mierda, no le gustan las osadías y no puede disimularlo, cierra los ojos de nuevo y toma aire. —No, señor.

—Voy a cobrarte ese suspiro de impaciencia. —no dice nada, sólo asiente en una actitud tan contradictoriamente sumisa, que me hace sonreír. Salgo de la habitación y voy hasta la sala, en una bolsa tengo la soga, la reviso y cortó la liga de cartón que la mantenía unida.

Cuando regreso, está sentada en la posición de sumisión, con su precioso cabello obscuro revuelto cayendo por todos lados sobre su piel blanquísima. Su ropa está esparcida por todo el lugar, y de repente sé que jamás encontraré nada que decore mejor esta habitación. Me acercó a ella y meto mis dedos en su cabello, es muy suave y como siempre, huele divinamente, me inclino y la beso, porque maldita sea, no hay manera en que pueda evitar mantener mi boca alejada de la de ella, tiene los labios más adictivos que he probado jamás, y su forma de besar me vuelve loco.

Cuando me besa deja de ser la sumisa que tanto se esfuerza en mostrarme, no puede controlar el ímpetu de sus besos ni la voracidad de su lengua, es como esas tercas parejas de baile que siempre quieren dirigir, pero me encanta, me fascina como consume mi boca y me da la más picante de las caricias, sus besos me inspiran los pensamientos más deliciosamente sucios, cada vez que sus labios se pegan a los míos mi erección duele ansiosa, nunca antes un beso me había descolocado de esta manera.

Termino abruptamente el beso porque me muero de ganas por atarla, pero entonces, antes que pueda retirarme completamente, ella saca su lengua en un movimiento irresistiblemente obsceno y me lame los labios, pierdo el maldito control y me abalanzo sobre ella, clavo mi cuerpo al suyo y la beso rápido y fuerte. Mónica gime bajito en su garganta, casi como un ronroneo, me clava las uñas en los muslos, pero parece recordar que no debe tocarme y aparta las manos, de inmediato lo lamento y no puedo creerlo, pero quiero esas uñas en mi piel.

Arrojo la soga a no sé dónde y meto mis manos bajo su delicioso trasero, la aprieto contra mí y en un solo movimiento entro en ella. Mónica me muerde los labios y yo grito por el riquísimo dolor, me muevo en su interior y vuelvo a sentirla tan suave y cálida, es la mejor de las bienvenidas, ella arquea la espalda y ondula sus caderas una y otra vez, se ha hecho con el control sin siquiera proponérselo, y de momento, no se lo quiero quitar. Gruño fuerte, abrumado por la miríada de sensaciones, se mueve como una serpiente, sin detenerse, sin siquiera abrir los ojos, de una manera tan fluida que es absolutamente embriagador contemplarla.

—Más… —susurra, y sé que es una exigencia.

Me incorporo, la tomo de las caderas para impulsarme, y la embisto con fuerza, sus senos se sacuden con tal belleza que por un momento no consigo ver otra cosa, el cabello le cubre parte del rostro y algunos mechones han invadido su boca mientras ella intenta tomar aire entre jadeos. Sus manos reptan por su propia cintura hasta llegar a sus pechos, abre los ojos y me mira directamente mientras se los acaricia, yo siseo complacido y aumento mi ritmo, vuelve a arquearse y yo obtengo un inesperado vistazo del punto exacto en el que nuestros cuerpos se unen, sus carnes tiernas están encendidas, mostrando como la sangre parece correr allí con más ahínco, y en el impulso de cada uno de mis empujes, mi pene sale de su cuerpo empapado de ella. Es la imagen más jodidamente caliente que he visto en toda mi puta vida.

Me detengo y vuelvo a besarla, ella me dedica una mirada exigente, quiere que continúe, pero las reglas del juego las pongo yo. Salgo de su interior y ella cierra los ojos, sé que la he enojado, pero por alguna razón eso sólo la hace lucir más sexy. Tomo la soga y la preparo, cuando vuelvo a verla, está tocándose mientras me mira desafiante, ¿qué demonios cree que hace? Cuando está segura de tener mi atención, cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás al tiempo que gime, se me pone aún más dura, pero también me ha encabronado su insolencia.

—Iba a darte sólo unos cuantos azotes con mis manos. —comento en voz baja mientras me acerco a la cama con la soga colgando de mis dedos. —Pero claramente eso no sería un castigo suficiente.

Su boca se abre con un amago de miedo que intenta esconder, pero sus ojos brillan excitados. —De rodillas. —Le exijo con voz fuerte.

Ella lo hace al instante y se arrodilla en la cama, cuando estoy frente a ella, el primer aro anudado de la soga está listo, se lo paso por la cabeza y lo ajusto a su esbelto torso, lo aprieto y ella gime por la fuerza del agarre. —Las manos en la espalda. —Le digo con tono inflexible.

Sus parpados están entornados, con los ojos clavados en el colchón, le doy un par de vueltas a la soga alrededor de sus muñecas y la subo hasta pasarla alrededor de su cuello, al bajar, hago un nuevo nudo y luego la enredo con uno de los extremos cerca de su costado izquierdo. Repito el proceso a la derecha, y entonces halo la cuerda hasta pasarla bajo el cruce en su nuca, bajo hasta su cintura y vuelvo a anudar, le doy dos vueltas más, y poco más de dos metros de cuerda quedan colgando, enredo el extremo en mi puño y la halo hacia mí.

Ella vuelve a gemir, le ordeno que me mire, lo hace y la sumisión en sus ojos acelera mi respiración. —Tienes prohibido correrte. —Le informo mientras yo mismo me subo a la cama.

Ella traga duro y parpadea varias veces. —¿Algún problema, Mónica?

—No, señor.

—Bien… ahora vas a follarme.

Sus ojos se abren y me regala una hambrienta mirada brillante que recrudece la tensión de mi pene. Me acuesto y la traigo conmigo, sus movimientos están bastante limitados por las ataduras. —Sobre mí… —siseo ansioso.

Ella obedece de inmediato y se acomoda justo sobre mi pelvis, su piel bajo las cuerdas rojas se ve magnífica, y sus senos sobresalen entre los cruces de la soga, se ve preciosa, perfecta. —Ahora. —ordeno.

—Amo. —musita muy despacio, con esa voz de sexy cantante de los cincuentas. —Necesitaré algo de ayuda.

Me tomo el pene con fuerza y ella se relame los labios, me dirijo hacia ella en el justo momento en que ella me encuentra, desciende despacio, y vuelve a ser la misma doctorcita insolente. Sus preciosos ojos castaños brillan, su boca se abre con jadeos y baja hasta dejarme completamente enterrado en ella. Por un momento parece concentrada, como buscando su ángulo perfecto, la punta de su lengua está pegada de una de las comisuras de sus labios en un espectáculo tan dulce como caliente, empieza a formar lentos círculos con sus caderas sobre mí, sin apartarse ni un centímetro, y mis ojos se cierran por voluntad propia.

Afianzo el agarre de la cuerda en mi mano, y la hago inclinarse, ayudándole a conservar el equilibrio con el soporte de mi mano libre. —Muévete. —Le exijo con crudeza, y maldita sea, me sacude el puto cerebro en dos segundos.

Se balancea con cadencia mirándome a los ojos, sus muslos están apretados a los míos, su cuerpo levemente inclinado hacia mí, y sus caderas se mueven estremeciendo cada fibra de mi ser. Completamente atada, es más que un derroche de belleza y sensualidad, y sus perfectos movimientos son la mejor fantasía erótica con la que nunca siquiera soñé. Yo mismo estoy gimiendo, y cada vez me cuesta más contenerme, ella susurra mi nombre continuamente, con su respiración ahogada, con el pelo agitándose en su pecho, y las mejillas completamente sonrojadas.

Sus labios están rojos, y el sudor le pega algunos mechones en la frente y otros también se aferran a sus hombros. De repente, sus ojos se abren temerosos, y sé que su orgasmo está cerca. —No. —es lo único que le digo y ella lloriquea al echar su cabeza hacia atrás con frustración. Le doy un fuerte azote en el trasero, y la piel de mi mano escoce en cientos de pequeños lugares a la vez. Ella vuelve a mirarme con resolución, y recrudece sus movimientos, está desquiciándome y lo sabe, forzados jadeos escapan de mi pecho y la habitación empieza a dar vueltas a mi alrededor, un segundo después, mi grito rasga el aire y tengo el orgasmo más intenso que puedo recordar.


Después de desatarla, los dos tomamos un baño y discutimos algunos de los términos de nuestro contrato personal. Ella accede al sexo anal, a pesar de haber tenido un par de malas experiencias, y yo accedo al uso de parafina sobre su piel. Aún en bata, los dos comemos en la cocina y entonces le digo que una de las habitaciones del ala derecha es más cómoda y tiene una privilegiada vista de Nueva York.

—Puedes pasar la noche ahí si quieres. —Se endereza en su silla y sé que está tensa.

—No será necesario. —me dice con una sonrisa que oculta rápidamente tras la servilleta. —No me gusta pasar la noche en lugares extraños, será mucho más cómodo para mí descansar en mi cama en el hotel.

—Yo no he dicho que puedas hacer tal cosa.

Se pone de pie y me mira intensamente. —¿Quieres que esto salga de la cama?

—Soy tu amo, follemos o no.

—Entiendo.

—Entonces elige una habitación y no discutas conmigo.

—No estoy discutiendo.

De inmediato quiero ponerla sobre mis rodillas.

—Pero de verdad es demasiado incómodo para mí. —continúa. —Te aseguro que no conseguiría dormir.

No sé qué decir, no quiero interferir en su descanso, sé que tiene una vida muy ocupada, pero no me gusta la posición en que eso nos pone a los dos, eso me hace pensar en cuál será el siguiente paso, la quiero de tiempo completo, no para encuentros esporádicos. Sólo entonces me doy cuenta de mi extrema estupidez, y sé que ella no es como las demás, desde luego no abandonará su trabajo y no habrá manera en que vaya a Seattle conmigo por largo plazo.

—Necesito que la segunda fase del proyecto se lleve a cabo en Seattle.

Ella me observa con mucho cuidado, he sido lo suficientemente obvio, casi al borde de la idiotez, pero ella no comenta nada al respecto. —Sí señor.

—¿Cuándo vuelves a California?

—El martes.

—Arreglaremos los términos y la agenda de la segunda fase el lunes temprano.

—Sí señor.

Es increíble como su obediente asentimiento no se expresa en sus ojos, allí por el contrario me dice: tendrás que ingeniártelas lo suficiente para seguir con esto.

—Mi intervención en la segunda fase no requerirá más de un mes. —me dice mientras le da un trago a su vino.

Eso no me lo esperaba, relleno mi copa y me mantengo en silencio.

—¿Eres monógamo?

—Así es.

—¿Tus sumisas están tiempo completo a tú disposición? —asiento. —¿Cuánto tiempo sueles invertir en cada una?

—El tiempo que sea necesario, generalmente no menos de seis meses ni más de un año.

—No creo poder ajustarme a esas condiciones.

Muy dentro de mí, un chirrido de decepción hace estrepito, pero me aseguro de no dejar que mi rostro me delate. —Entonces tendremos que idear algo distinto. —Yo soy el más sorprendido en cuanto termino la frase, no hay manera en que aquello pueda tener lugar, jamás soportaría el poco o nulo control que tendría sobre ella en la distancia. Mónica asiente y se termina su copa.


El sábado le escribo un correo ordenándole que se traslade a mi apartamento los días que le quedan en Nueva York. En un tono demasiado impersonal, me pide que envíe a Taylor en dos horas.

Almorzamos y luego follamos como conejos el resto del día, en varias ocasiones me enfrento a la misma tentación que el día en que la vi completamente desnuda por primera vez, quiero probarla con mis labios y mi lengua. Nunca antes había tenido esta necesidad casi animal de practicarle sexo oral a una mujer, había estado muy ansioso con Elena, pero había sido sobre todo curiosidad y mi deseo de complacerla. Con Mónica, es por mí, es mi deseo egoísta de saborearla.

Intento apartar ese pensamiento de mi mente, no es mi costumbre hacerlo, suelo recibir y no devolver el favor, hacerlo involucra cierta vulnerabilidad con la que no me siento cómodo, sin embargo, sé que tarde o temprano no podré resistirme. Mientras jugamos en el jacuzzi, ella vuelve a montarme, y los malditos ojos se me quieres salir de las orbitas, parece disfrutar el bondage tanto como yo, y ha aceptado sonriente el juego de acostumbradores anales de cristal que le regalé. Me sonríe y me dice que aquel no es el problema, es sólo que no ha tenido a un amante lo suficientemente delicado y experto. Un instante después, yo le estoy demostrando mi delicadeza y mi experticia.


El domingo salimos a comer y follamos en el baño del restaurante, ella parece tener una fijación con los lugares expuestos, yo me aseguro de reducir al máximo el riesgo de ser pillados, y al final la experiencia es suprema. El lunes me dice que debe irse primero a la oficina, sé que en realidad lo que pasa es que no quiere llegar conmigo, y a mí me alegra que sea ella quien tome la iniciativa, yo tampoco lo hubiera querido así, de hecho, sigo cuestionándome mi poca voluntad a no esperar a que el proyecto hubiera finalizado.

Antes del mediodía, la llamo a mi oficina y firmamos las pautas de trabajo de la segunda fase del proyecto, lleva puesto un vestido verde musgo y unos tacones de gamuza negra, ya la había visto durante el desayuno, pero admirarla de nuevo es todo un placer. Taylor compró por mí unos pendientes de esmeraldas en Tiffany's, su belleza definitivamente merece ser celebrada con piedras preciosas. Sus ojos se iluminan al verlos, pero cuando me mira, no sé por qué, algo en ella se apaga, me agradece y guarda el estuche en su portafolio.

Cuando nuestra reunión concluye, le pido a mi recepcionista que me avise en cuanto lleguen los ejecutivos de la naviera, Mónica se levanta y recoge los papeles sobre mi escritorio, su pluma se cae y ella se agacha a recogerla, las ondas obscuras de su cabello le invaden la cara, y de inmediato sé que tengo que enterrarme en ella o no podré concentrarme el resto del día.

Me acerco y le quito la pluma, la beso y ella me responde con entusiasmo, pero cuando intento subirla en mi escritorio, se retira y se aleja. ¡Se retira y se aleja!

—¿Qué demonios haces?

—No me hables en ese tono. —es su respuesta y yo me quedo sin palabras.

—¿Estás negándote a mis deseos?

—El trabajo es el trabajo Christian.

—Es mi empresa, doctora Meluk.

—Es mi reputación, señor Grey.

—Eres mía. —declaro, y hay obstinación infantil en mi voz. Me doy una patada mental en las pelotas por mi estupidez.

—Lo soy. —susurra ella con suavidad y toma asiento, cruza las piernas y estira sus brazos buscando mis manos. —Pero señor, por favor comprenda que ser follada por un hombre como usted, no es algo que se pueda ocultar con facilidad.

Sólo escuche la maldita frase "ser follada por usted", no tengo idea de lo demás. Me acerco y entrelazo mis dedos con los de ella. —Pero hay otras maneras, señor. —murmura mientras desajusta mi correa y abre mi bragueta.

El pulso se me dispara y mi pantalón cuelga con cierta languidez, ella aparta la camisa y pasa sus dedos sobre mi ropa interior, mi pelvis se retrae con un espasmo, Mónica sonríe, y entonces mete sus manos y saca mi erección desesperada. Echa la cabeza hacia atrás y me mira con sus enormes ojos brillantes y hermosos, vuelve su atención hacia mi pene y me lame de una manera tan increíble que me hace maldecir, y no es lo que siento, es lo que veo.

Se corre hasta el borde de la silla y entonces su deliciosa boca se abre para mí, al principio me invita a que entre y salga de ella con suavidad, instantes después, me succiona con fuerza y empieza a volverme loco. Con una de sus manos se aferra a mi pierna, y con la otra sostiene la base de mi pene, sube y baja rápidamente, se detiene por un momento y se relame los labios. No vuelve a mirarme, está por completo concentrada en lo que hace, y es un espectáculo que por sí mismo me urge a terminar en un vergonzoso par de minutos.

Pero me resisto, perlas de sudor llenan mi frente, y miles de maldiciones salen susurradas de mi boca, el maldito intercomunicador empieza a repicar, pero lo hace muy lejos de mi consciencia, ella no disminuye el ardor de sus movimientos, se mantiene constante y parece disfrutarlo igual que yo. Me tenso al sentir el orgasmo formarse justo en mis testículos, y ella parece darse cuenta, une su mano al trabajo de sus labios, y yo estallo en un orgasmo impresionante luego de recibir la mejor mamada de toda mi vida. Esta mujer no deja de sorprenderme.

Esa misma noche cenamos, ella me dice que debe despedirse porque ha surgido algo y la requieren a primera hora de la mañana al día siguiente. Al llegar al apartamento, ella se ducha y nos encontramos en la sala, está lista y sus maletas están junto al hall, me acerco a ella y le doy un beso largo, cuando voy a terminarlo, ella vuelve a besarme y los dos volvemos a perdernos en un nuevo beso. Jamás me cansaría de besarla, y muy en el fondo de mi pecho, lamento mucho no hacer nada para retenerla a mi lado por más tiempo.

Continuará…