La historia es mía, cualquier semejanza con otra es pura coincidencia. Los personajes pertenecen a Meyer, sólo me adjudico algunos.
Disfruten.
—Bella, sentirás un leve pinchazo. Relájate. — la voz de Edward, me despaviló.
Pero lo que más me despertó fue el punzante dolor que sentí en mi brazo. Abrí mis ojos y estaba tomando una muestra de mi sangre. Era una jeringa gigante. Y ver cómo mi sangre burbujeaba allí dentro me estaba dando ganas de vomitar.
—Ya... — balbucee, mirando hacia otro lado.
—Eso es todo. — me dijo Edward, quitando la aguja de mi piel.
—Eso dolió. — murmuré.
—Lo sé. Lo siento. — frunció sus labios.
—Edward... — le dije y nuestras miradas se encontraron. — Hoy antes de desmayarme... te acaricié. Lo siento.
—Bella, ¿estás disculpandote?
—No debí haber hecho eso.
—No importa, quiero decir... no me molestó en absoluto.
—Eres tan atento conmigo y yo sólo...
—Tú sólo debes descansar. — me dijo, levantándose de la cama.
—Gracias. — le contesté, cerrando mis ojos.
Sumergirme en un sueño en el cuál aparecía Edward era extraño. Estábamos juntos en un prado. Y yo sólo estaba peor que nunca. Calva, un desastre. Y le decía cuánto lo necesitaba. Sólo había sido un buen sueño porque él aparecía.
—¿Estás profundamente dormida? — Edward me despertó.
—No. — abrí mis ojos y se encontaron con los suyos.
—Mandé a analizar tu sangre. — me dijo, sentándose en la silla que estaba a mi lado.
—¿Qué sucede?
—Tus pulmones están contrayendose cada vez más y eso no es bueno.
—¿Por eso me falta el aire? ¿Por eso no puedo hablar a veces?
—Justamente por eso.
—No sé que voy a hacer conmigo. Pronto no voy a poder hacer nada, voy a morir.
—Bella, no digas eso.
—Pero es la verdad. Voy a morir.
—Si me necesitas estoy aquí para cuidarte y creeme que lo haré.
—Gracias, Edward.
—¿Sabes una cosa? — me preguntó y negué con la cabeza. —Mientras dormías dijiste que me necesitabas. — Carajo. ¿Lo había dicho en voz alta? Entonces no sólo había sido un simple sueño.
—Yo no quise...
—¿Como sabes que no quisiste? Estabas dormida.
—Si, lo sé. Pero uno cuando duerme dice tonterías.
—¿Es esa una tontería? ¿No me necesitas?
—Edward, no sé. Quiero decir... es obvio que te necesito. Eres mi doctor, y necesito que me cuides.
—Vaya, qué dulce de tu parte. — se levantó y salió de la habitación.
La había cagado, ¿verdad? Quizás eso que dije estuvo mal. Pero ¿qué pretendía oír? Esa era la única respuesta que podía darle en ese momento.
Por la tarde mi madre me visitó. De regalo me había llevado un nuevo pijama. Y un almohadón con forma de corazón, muy confortable.
—Gracias, mamá. — le agradecí, acariciando su mano.
—No es nada, cariño. — esbozó una media sonrisa. — Cuéntame un poco. ¿Como te tratan aquí?
—Rita, mi enfermera. Ella es muy buena y atenta. Está todo el tiempo preguntándome cómo estoy y se preocupa.
—¿Qué me dices del doctor? Este... Edward. — preguntó, pensando.
—Él también me cuida muy bien. Ambos son atentos conmigo. Y no son malos ni nada de eso. Al contrario, son dulces conmigo.
—¿Él también es dulce contigo?
—Mamá. Me refiero a que me trata bien.
—Hija, tengo que decirte algo. — murmuró y alcé mis cejas, dándole pie para que hablase. — Ayer estuve haciendo unos trámites y conseguí una habitación en la clínica paga del centro.
—Eso es... — yo no sabía como reaccionar ante eso.
—Bella, eso es muy bueno. Tendrás mejores cuidados y más doctores estarán constantemente contigo, cuidándote.
—Mamá. Yo no quiero irme de aquí...
—¿Porqué motivo no quieres? — me preguntó y me lo pensé un rato. ¿Era por un motivo o por alguien? De alguna manera mi corazón me incitaba a permanecer en ese hospital. Y yo sabía muy bien porqué quería quedarme. O no, yo no lo sabía. Mi corazón quería estar cerca de Edward y por eso la idea de irme era rechazada.
—Sólo es que... me encariñé con este lugar. Y no quiero irme de aquí.
—Bella, tienes ésta noche para pensar lo que realmente quieres.
—Está bien. — fruncí mis labios.
—Tengo que irme. Te quiero, corazón. — me besó en la frente.
—También te quiero. — le contesté.
No sabía qué iba a hacer. Tenía que tomar una decisión bastante difícil... al menos para mí. Y tenía que tomarla en un día. Porque para el otro día ya tenía que tener una respuesta.
—Esas pijamas... ¿obsequio de Reneé? — me preguntó Rita.
—Sí. Hoy me las regaló.
—Te quedan geniales.
—Gracias. — suspiré, envuelta en mis pensamientos.
—¿Qué te tiene tan abrumada? — me preguntó, revolviendo una ensalada.
—No es... nada. — le respondí, bebiendo jugo.
—Vamos. Sé que pasa algo. Puedes decírmelo. ¿La ensalada apesta?
—Oh por dios, Rita. Claro que no. Está muy rica. — reí, metiendome un poco de tomate a la boca.
—Entonces, ¿qué es? — insistió.
—Es sólo que no tengo hambre. — mentira.
—Me meteré toda la cena en el trasero. — bromeó, recogiendo mi platillo.
—Rita. ¿Podría dar una vuelta?
—¿Por los pasillos?
—Si.
—Claro, pero con cuidado. No te demores demasiado. — me guiñó el ojo.
Salí del cuarto y encaminé hacia el comedor. Quizás allí mi mente podría relajarse y yo podría pensar qué quería realmente.
—Veamos este punto. — me dije a mí misma. — Si me voy de este lugar... tendré que olvidar a Rita, a Edward. ¿Quiero eso? — me pregunté.
Y no podía responderme. No sabía qué quería. ¿Porqué me pasaba todo esto? Tenía una laguna en mi cabeza. Y eso no era nada agradable.
—Solo quiero preguntarte una cosa. — miré al cielo por la ventana. —Dios. ¿Porqué me pasan estas cosas a mí? — me senté junto al cristal.
Ni siquiera una estrella fugaz se movió para mí. Sólo escuché un ruido tras una mesa y me puse de pie.
—¿Quién está ahí? — tomé un tenedor, en modo de defensa.
—No... quise asustarte. — un muchacho apareció tras la cocina. Él era muy lindo.
—Ho-hola. — dejé el cubierto.
—Soy Jeremy. — se acercó y me tendió su mano.
—Bella. — le sonreí con timidez, tomándola.
—¿Hablas sola? — me preguntó, sentándose en un sofá.
—No. — reí, sentándome en el sofá también.
—¿No puedes dormir?
—No sé porqué estoy aquí. — le respondí.
—Yo tampoco. — murmuró y lo miré. —¿Estás internada aquí o de visita?
—Internada. Me permitieron dar una vuelta. ¿Y tú? — le pregunté.
—También estoy internado aquí. — frunció sus labios.
—¿Puedo saber qué padeces?
—Cancer en mi páncreas. ¿Tú qué tienes?
—Cáncer en mis pulmones.
—No debí preguntar. Soy un idiota.
—Estamos a mano. No es... problema. — le sonreí, dándole tranquilidad.
En ese instante las luces de todo el comedor se apagaron.
—Es hora de dormir. — Edward estaba ahí.
—Lo sentimos. — le respondió Jeremy, encaminando hacia la puerta. Lo seguí.
—No sé qué hacen aquí. Cada uno a su habitación. — nos regañó y lo miré con mala cara.
—Adiós, Bella. — Jeremy me besó en la mejilla y me susurró algo al oído. —Mañana te veo.
—A-adiós. — le respondí, nerviosa.
Esquivé a Edward y encaminé hacia mi habitación. No me había gustado para nada lo que había hecho. Nos mandó a dormir como si fuesemos niños.
Entré y di un fuerte portazo. Estaba realmente cabreada.
—Hay pacientes durmiendo. — él entró detrás de mí. Me acosté y me cubrí con las sábanas. —Bella, respondeme.
—No quiero hablar contigo. — lo miré.
—¿Estás enojada conmigo? — me preguntó, acercándose.
—¿Porqué hiciste eso? Podía quedarme ahí, y tú no. Sólo me mandas a dormir. ¡Como a una niña!
—No es hora para que estés por ahí, con muchachos. Es un desconocido.
—Acababa de conocerlo y ¿quieres saber más? Me agradó.
—Eso está bien. Pero Bella, esto no va a suceder otra vez. No dejaré que vuelvas a salir en la noche.
—¿Qué es lo que tanto te molestó? — le pregunté, enojada.
—¿Porqué tendría que molestarme algo? Es sólo que no puedo permitir que mis pacientes anden paseándose por ahí.
—¡Por dios! Ya deja de poner en medio la palabra 'pacientes'. — bufé. — ¿Qué te molestó realmente? ¿Qué estuviese paseando en la noche o que estuviese con Jeremy?
—¿Quieres saber la verdad? — se acercó a mi rostro.
—Insistiré si no me la dices. — murmuré. Mirando sus labios.
—Una de esas cosas me molestó.
—Dime cuál. — musité.
—Que estuvieses con ese chico. Sentí algo negativo al verlos allí sentados. Eso me molestó.
—¿Y porqué? — le pregunté.
—Me puse celoso, Bella. — dios. Estaba cerca de mi boca, otra vez.
—¿Celoso? — volví a preguntarle. Emocionada por sus palabras.
—No sé porqué sentí eso. No lo sé. — tomó mi rostro entre sus manos.
Y no dejaba de mirar mi boca. Yo no sabía qué hacer. Hacía lo mismo que él. Miraba sus labios, nerviosa. Inmóvil. Mi respiración se entrecortaba y apenas podía regularizarla. Él había dicho que sintió celos al verme con Jeremy. ¡Celos! Eso era... extraño.
—Edward... — murmuré, alejandome un poco.
—Lo siento. — se alejó.
—Tengo que decirte algo.
—¿Qué es?
—Es posible que mañana por la mañana me trasladen a otro hospital.
—¿Estás hablando en serio? — me preguntó.
—Mi madre me dijo que para mañana tenía que decidirme.
—¿Qué elegiste?
—Aun no puedo decidirme. No sé porqué debería permanecer aquí. Y como no encuentro motivo... creo que me iré.
—No quiero que te vayas.
—¿Porqué no quieres eso?
—Bella, no puedes irte. — tomó mi mano.
—Edward, sólo dime un motivo por el cuál debería quedarme.
—Me importas. — me dijo, y mordí mi labio inferior.
—Eso lo sé. — le contesté. — Te importo como cualquier paciente.
—No. Me importas en serio. No quiero que te vayas.
¿Yo le importaba realmente? ¡Le importaba! Eso había dicho. Y no cómo cualquier paciente. Yo le importaba y que me dijese eso me ponía contenta. Como una tonta adolescente. Qué dulce que era Edward, él sólo tenía las palabras justas.
¿Qué opinan de este capítulo? Espero que les haya gustado.
Como siempre, su opinión es importante para mí.
Gracias, Anbel. :)
