Pues aquí la tienes, Kykyo...

De nada, Diana. Creo que ir en el orden que estime oportuno irá agilizando las cosas.

Ah... dcromeor... si tú supieras...

Bueno, era importante el detalle, RagaMuffin. No sé donde andará Ruby.

Oh, no... Mika... no te haces una idea de lo que queda por ver.

Todo llegará, Waji... todo llegará.

Shaw, aún queda un poco.

Acepto el halago con humildad, sextocompite.

Es tortura seguir, yo no sé por qué lo hago, Nimbus.

El siguiente capítulo... sale en cuanto pulse con el ratón!


Blancanieves

A veces, para demostrar que tienes razón, tienes que hacer cosas deshonestas. Yo no lo deseaba. Pero sabía que si quería que Emma abriese los ojos, iba a tener que hacer algo que realmente se diese cuenta de quién era la persona con la que dormía. Y por eso estaba escondida en las cuadras, esperando. Llevaba ya una hora allí, cuando el mensajero apareció. Llevaba una pequeña cajita que me dejó entre las manos. Un saquito de monedas cambió de manos.

_ ¿Traes lo que te pido?_ Pregunté, mirándola.

_ Las tres cosas… sí. Directamente desde la tierra de las historias sin contar._ Dijo el mensajero, con voz metálica.

No era su trabajo preguntar para qué las quería. Y por eso se retiró sin más. Yo abrí la caja, observando los tres objetos necesarios para mi plan. Emma lo entendería. Haría que lo hiciese.

Regina

Me despertó un grito. Instintivamente, llevé la mano a mi lado, esperando a encontrar a Emma. Pero estaba vacío. Sentí miedo. La idea de que le pasase algo a Emma me encogía el corazón. Corrí, siguiendo aquel impulso, aquel grito. No miraba a dónde iba. Estuve a punto de caerme varias veces. No fue hasta encontrarme en un callejón sin salida, cuando me percaté de que algo ocurría. Tras de mí, unos barrotes, cual colmillos, me atraparon. La celda de Rumpel. Si no supiera que el duendecillo no andaba por la zona, pensaría que tenía algo que ver.

_ Eso sólo deja a una persona…_ Dije, en un susurro.

Y, tal como imaginaba, tras de mí se encontraba Blancanieves. Había dejado caer un frasco a mis pies. Una pesadilla líquida. Lo más probable es que Emma nunca hubiese salido del dormitorio. No me imaginaba a Blancanieves haciendo algo así. Al parecer la había subestimado.

_ ¿Qué piensas hacer? ¿Encerrarme aquí?_ Suspiré._ Por mucho que te duela, Emma vendrá a sacarme. Ella me quiere, Blanca.

_ Te quiere porque no te conoce de verdad. Pero eso está a punto de cambiar._ Tiró algo dentro de la celda._ ¡Póntelo!

Me quedé observando aquel pequeño brazalete de cuero negro. Un brazalete para arrebatar la magia. Sabía que Emma me lo quitaría en cuanto se lo pidiese. Me la puse y suspiré.

_ ¿Puedo salir ahora?_ Pregunté.

_ No, aún no._ Dijo Blanca._ Pégate a los barrotes, de espaldas.

Lo hice. No tenía nada que temer, o eso pensaba. Sentí cómo algo atravesaba mi piel. Un aguja. Y un líquido, que me quemaba como el fuego, atravesó mi torrente sanguíneo. Lancé un quejido, mientras me apartaba por instinto.

Blancanieves

Sólo había una forma de que Emma viese a Regina como era. Arrebatarle esa máscara de bondad. Mientras Regina se debatía, por efecto de la fórmula de un médico abandonado a su suerte en un lugar olvidado, su forma se desdibujó, y en lo que para mí fue un pestañeo, vi que en lugar de una mujer, había dos. La reina, y, tirada en el suelo, otra versión de sí misma, tirada en el suelo. Vestida de azul, y con el cabello suelto. Me recordaba a la mujer que conocí cuando era una niña.

_ Reina malvada._ Llamé.

La mujer se miró la muñeca, observando el brazalete que acababa de moverse. Intuía la frustración en su mirada. Abrí los barrotes, y la mujer me miró. Permanecía en silencio. Aún no había respondido a mi llamamiento.

_ Bien. Ahora podemos dejar las bromas a un lado. Y las mentiras que has contado a mi hija._ Dije, mirándola._ Y así te irás de palacio.

_ Blanca… ¿Nunca te cansas de equivocarte?

No me dio tiempo a reaccionar antes de que Regina me diese un golpe en la nariz y me tomase por el cuello, elevándome como si fuese una pluma.

_ Quítame esto._ Ordenó, apretando con fuerza.

Sentía cómo se me escapaba la vida, así que lo hice, le arranqué el brazalete del brazo y lo dejé caer. Regina me soltó y, con un estallido, destruyó el brazalete. No dio más tiempo antes de atravesar mi pecho y arrancar mi corazón.

_ Te doy las gracias, Blanca. Por deshacerte de toda mi piedad… de mi compasión… y de esos pensamientos que me hacían pensar que no merecía la pena castigarte.

Me quedé en silencio al darme cuenta de hasta qué punto había cometido un error. Creía que podría controlar a la reina. ¿En qué pensaba? Lo más probable es que estuviese senil al tomar esa decisión.

_ Muy bien… ahora… olvidemos este incidente… Tengo que volver a la cama con mi esposa.

Emitió una sonrisa pérfida. Parecía que íbamos a salir de la habitación, cuando Regina escuchó un ruido y se percató de que su otro yo parecía estar abriendo los ojos.

_ Oh… no, cariño. No vas a seguir fastidiando mi diversión. Será mejor que lo olvides todo y te quites de en medio.

Regina hizo dos movimientos con la mano, y su doble desapareció.

Mulán

Mérida seguía sin atender a razones. No terminaba de escuchar. Si tan sólo se diese cuenta de que debía dejar de buscar pretendientes y… centrarse en la persona que tenía ante sí. Quizá dejaría de verme como a un obstáculo para sus planes… y se diera cuenta de cuanto me importaba en realidad.

Cuando pregunté dónde se encontraba la princesa… me dijeron que estaba buscando caballos salvajes para domarlos. Era la clase de cosas que hacía habitualmente. Por suerte, Angus no era un caballo celoso. Lo cierto es que Mérida sabía defenderse bastante bien, pero a pesar de todo, no pude evitar preocuparme.

Al menos, esa vez había un motivo para preocuparme. Cuando llegué, Mérida se encontraba tirada en el suelo. El caballo al que había intentado domar, lejos de doblegarse, se encontraba ante ella, rampando de furia. Sin pensarlo dos veces, me lancé a protegerla, colocándome entre los dos justo cuando el equino parecía a punto de acabar con ella.

Sin embargo, el golpe no llegó. Cuando elevé la vista, me quedé confusa, pues lo único que logré ver fue a una mancha azul sobre el caballo, que no dejaba de debatirse, con tanta fuerza que dudaba que nadie lo soportase. No me extrañaba que Mérida hubiese caído.

Sin embargo, la mancha azul resultó parte del atuendo de una mujer. Una amazona que, sin pensarlo, había saltado para evitar nuestra muerte. El caballo, por increíble que pareciera, se calmó. La mujer había elevado la voz un segundo, y el animal se había quedado quieto.

Cuando la mujer descendió, con su atuendo de amazona azul, me resultó familiar. Sabía que había visto su rostro antes, pero mi cerebro encontraba imposible el realizar la conexión. Como si a pesar de ser conocido, no pudiese adivinar de quién se trataba.

_ ¡Gracias!_ Fue Mérida la que habló._ ¡Ese caballo casi nos mata!

_ ¿Ella? No, eso es imposible._ La amazona lucía una gran sonrisa._ Estaba aterraba la pobre. No debiste montarla así.

_ En fin…_ Murmuré._ Lo cierto, es que la princesa Mérida y yo nos dirigíamos al castillo Blanco. ¿Sabe por un casual dónde está?

_ Sí, claro. Lo cierto es que yo también voy allí._ Dije._ ¡Qué bella coincidencia!

_ ¿Ah sí? ¿Con qué propósito?_ Preguntó Mérida, suspicaz.

_ Para reunirme con mi amor verdadero.

_ ¿Tu amor verdadero?_ Pregunté._ ¿Y quién es?

_ La verdad… no lo recuerdo. Es como si alguien… la hubiese borrado de mi mente._ Dijo, suspirando._ Pero cuando la vea, lo recordaré todo. Estoy segura.

_ ¿Y cómo estás tan segura?_ Pregunté yo.

_ Bueno, por la canción. No se me va de la cabeza.

_ ¿La canción?

Mérida parecía igual de turbada por la presencia de aquella sonriente mujer. Daba la impresión de despedir un halo de pureza tan intenso que resultaba perturbador. Daban ganas de abrazarla y cuidar de ella con sólo observarla. No era natural sentir algo así por una mujer adulta.

Con un beso te desposaré y por siem…

La mujer se quedó parada, mordiéndose el labio. Para mí era obvio cómo continuaba la canción "Y por siempre yo te amaré". Todas las canciones de ese tipo eran así. Sin embargo, a ella parecía dolerle mucho no poder terminarla.

_ Bueno, si compartimos destino, supongo que podemos ir juntas. ¿Cómo te llamas?

_ Regina._ Dijo, muy animada.

Tal como se llamara la reina, pensé. Sin embargo, a pesar de que la mujer que tenía ante mí tenía exactamente los mismos rasgos, no era capaz de hacer la conexión.

Emma

Cuando Regina volvió a la cama, admito que estaba preocupada. Había salido corriendo, sin avisar, y ahora volvía, en apariencia sin intención de explicar nada.

_ ¿Dónde estabas?_ Le pregunté._ He estado muy preocupada.

_ Digamos que he estado resolviendo un asunto con tu madre.

Su voz sonó fría… extraña. Me dio miedo, como la primera vez que nos vimos. Regina se metió en la cama y me rodeó con los brazos. Yo la miré. Vi algo extraño en sus ojos.

_ Regina… estás muy rara… ¿Qué te ha pasado?_ Le pregunté._ No pareces tú.

_ ¿Tú crees, amor?_ Noté su mano tocar descaradamente mi trasero.

_ Reginaaaaa._ Mi voz se convirtió en un gimoteo mientras hablaba._ ¿Qué haces?

_ Eres mi esposa. ¿Qué crees que hago?

_ Me dijiste que esperarías._ Dije, mirándola.

_ Y tú que querías hacerlo cuanto antes._ Dijo, acariciando mi pecho. Me estremecí.

_ Pero… esta noche…

_ Esta noche, sí._ Susurró.

_ Esta noche no puedo… Regina… aunque quiera. No puedo._ Me puse roja como un tomate.

_ Entiendo._ Regina puso los ojos en Blanco.

_ Lo siento, mi amor…_ Dije, mirándola._ ¿Estás enfadada?

_ Quizá._ Dijo, aún fría._ No estás cumpliendo como esposa.

_ ¿Qué puedo hacer? Deja que te compense…_ Masajeé sus hombros._ ¿Qué puedo hacer para que disfrutes?

Regina sonrió, de un modo siniestro que no había visto antes en ella, y me pidió que me acercara con el dedo.

_ Quiero que bailes para mí…

Regina hizo un chasquido con los dedos y mi ropa cambió. Llevaba un vestido corto y ceñido y unas medias de rejilla. Y sin embargo mi vestido pasó a un segundo plano cuando vi a la reina pasar su lengua por los labios. Sólo ese gesto ya era suficiente para que todo mi vestuario fuese ridículo en comparación. Y yo indispuesta para darle lo que quería.

_ No sé cómo…

_ ¿Cómo bailar? No te preocupes por eso.

Regina agitó la mano y la música empezó a sonar, salida de ninguna parte. Mi cuerpo empezó a moverse solo. Mis piernas seguían un ritmo candente. Mis manos frotaban mis costados, subiendo y bajando, mientras me movía sobre los tacones que me había puesto Regina. Mis manos se movían con mi anatomía con soltura, provocadoras. Sobaron mi trasero y masajearon mis pechos ansiosamente.

Regina no pestañeaba, y eso hacía que toda la situación me calentase más. Mi vestido cayó al suelo y me percaté de que bajo él había un corsé, un sostén y unas bragas de color oscuro, semitransparentes. Me mordí el labio, dejando que mi pelo cayese sobre mi rostro, y observé cómo mi cuerpo se juntaba al de la reina, sentada sobre la cama.

Sobre ella, me moví, dejando mis pechos a la altura de su rostro. Regina aferró mi culo, clavando sus uñas, y a mí se me escapó un gemido sonoro. La reina metió el rostro entre mis pechos, y yo empecé a gruñir. No podía haber peor momento para estar indispuesta.

Sentí cómo Regina liberaba mi cuerpo, y lo primero que hice fue aferrarme a ella y besarla con intensidad. Me sentía muy caliente. Una calentura que desgraciadamente no podía dejar salir. Regina lo sabía, y lo que había hecho había sido un castigo… pero si de mí dependía… podía castigarme así siempre que quisiera.

_ Te quiero…_ Susurré, mirándola.

_ Lo sé

Regina (De Azul)

Y por siem… y por siem. Debía saber cuál era la palabra, pero no lo hacía. Estaba frustrada. Había muchas lagunas en mi memoria. Ni tan siquiera recordaba a la mujer a la que amaba. Pero ese amor… ese sentimiento, seguía dentro de mí. Era cuanto tenía. Estaba dormida sobre la hierba, mirando las estrellas. ¿Cómo era mi amada? Me mordí el labio tratando de imaginármela. No lo conseguí