Capítulo IV
Soberbia
"La sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo"
Después de unos arañazos, unos tirones de cabello y un teléfono móvil menos. Me encontraba en la habitación de hotel que me habían asignado. Contrario a lo que se podía pensar, no siempre me llevaba la habitación más grande o la mejor, este había sido una de esas ocasiones. Descansaba sobre la cama, con los brazos tras la cabeza, mirando el blanco techo y con la voz de Kagome revoloteando en mis pensamientos.
La conversación que habíamos tenido por teléfono había sido tan corta, y sin embargo, no dejaba de pensar en ella, en el timbre de su voz, que a pesar de estar distorsionado por el ruido en el aeropuerto, se había quedado grabado en mi memoria.
Me había negado a dormir, a pesar del largo viaje, esperando a que apareciera.
Escuché dos golpes en la puerta y me incorporé, sentí que el corazón se me aceleraba. Me sentí extraño, no debía tener esa clase de sentimientos, sin embargo los deseaba. Miré la puerta con expectación, pero antes que lograra decir nada, entró Sesshomaru. Lo miré con cierta decepción dejándome caer sobre la cama en la misma posición en la que me encontraba antes. Él avanzó hasta la mitad de la habitación y se apoyó sobre un mueble que había ahí. Me arrojó un teléfono móvil que cayó y rebotó sobre la cama, junto a mis piernas. Me senté para tomarlo, era como el que había perdido.
- Están intentando rescatar la agenda del otro – me dijo.
- Gracias – respondí escueto, eran tan pocos los números que había en ese teléfono en realidad, los de mi familia y algunos antiguos amigos.
Comencé a encender el aparato y a revisar su funcionamiento. No había nada nuevo, era exactamente igual al que se había arruinado.
Mi hermano se removió en su lugar y supe por ese gesto que algo le incomodaba.
- Suéltalo – lo alenté, mientras me ponía en pie e iba al portátil para descargas mi música en el teléfono. Aquello solía acompañarme en los largos viajes. Y me esperaban unos cuantos.
Guardó silencio un instante más. Sesshomaru solía ser muy prudente, pero conciso también.
- Supe qué esperas a alguien – me dijo con aquella voz neutral que solía usar antes del reproche.
Me puse en guardia.
Me reí con sarcasmo, sin dejar de trabajar en el computador.
- Vaya… a ti no se te escapa nada – le comenté, intentando restarle importancia al asunto.
Había avisado en recepción, que vendría una muchacha llamada Kagome, no sabía su apellido, preguntando por mi y que la dejaran pasar.
- Es mi trabajo – me respondió mi hermano.
Él era el manager de la banda coordinaba todo con ayuda de Kagura. A que sitios asistíamos, en que lugares tocábamos, organizaba la agenda, todo lo necesario para que no tuviéramos más de un día libre.
La sola idea me agobiaba, pero debía reconocer que cuando pisaba un escenario, todo lo anterior valía la pena, el contacto que manteníamos el público y yo, era algo que no cambiaría por nada.
- Pues lo haces mejor de lo que quisiera – continué con el sarcasmo, intentando desviar la conversación. Comenzó a sonar la música que había escogido.
Sesshomaru empezó a pasearse por la habitación, con su paso lento y su elegancia habitual. Lo observé de reojo cuando me dio la espalda, como quien observa a su verdugo. Solía sentirme así en su presencia. Nuestra relación era extraña, ya que era un buen hermano, pero no soportábamos estar en la misma habitación más de diez minutos, nuestros enfrentamientos hacían callar y normalmente huir, a todo el que estuviera alrededor, pero siempre procurábamos el bien del otro.
- ¿Es la mujer de la otra noche? – me preguntó mirando por la ventana y sin una pizca de delicadeza.
Me sentí terriblemente vulnerado en i intimidad, a pesar de saber que con tanta gente a mi alrededor, el concepto de intimidad era una u topia.
- ¿Eso también es parte de tu trabajo? – lo increpé con tono mordaz.
Se dio la vuelta y me miró.
- En parte sí lo es – me respondió sin alterarse lo más mínimo. Avanzó hacia mí – pero en parte me preocupo por ti… hermanito.
Para cuando terminó la frase, ya estaba de pie junto a mí.
- No te preocupes tanto – le dije, volviendo a enfocar mi atención en el computador – o la siguiente vez te tendré de almohada.
No podía evitar la ironía, me sentí molesto y dolido. No tanto por que supiera tantas cosas de mí, si no, porque de alguna manera quería que todo lo relacionado con Kagome me perteneciera solamente a mí.
- Debo hacerlo – continuó hablando – no es habitual que te líes con una chica.
Me erguí y lo miré de pie junto a la puerta.
- Por ese mismo motivo, ¿no crees que sé lo que hago? – lo enfrenté nuevamente, con el tono de voz bastante exaltado.
- Sólo quiero evitarte la clase de problemas que tú bien conoces – me aclaró al límite de su paciencia.
Me volví a enfocar en el computador. Sentí la acritud de sus palabras abriendo un agujero en mi estómago. ¿Y si tenía razón?
Yo sabía muy bien a lo que Sesshomaru se refería.
- Ya lo sé – le dije, mordiendo las palabras, obligándome a conservar la calma.
Lo escuché abrir la puerta, pero antes de salir, me dijo.
- Kagura le hizo firmar un contrato de confidencialidad – me aclaró.
Apreté en un puño, la mano que tenía apoyada sobre el escritorio.
Luego escuché la puerta cerrarse. Cómo podía pretender, simplemente, tener una relación relativamente normal con nadie bajo estas circunstancias. Y como odiaba esos contratos de confidencialidad. Yo quería que alguien se comprometiera conmigo sin tener que firmar nada, sólo porque era algo que estaba en sus valores. Quería encontrar a alguien que se implicara… por amor.
Caminé hasta la ventana. Los vidrios eran polarizados, así que yo podía ver a las chicas que se agrupaban fuera, pero ellas no podían verme a mí.
Mis pensamientos vagaron sin rumbo, hasta el momento en que escuché que daban dos golpes en la puerta. Me di la vuelta y vi a Kagura que se asomaba con su habitual rictus de seriedad e incluso tolerancia. Pero sabía que había un temperamento de acero bajo aquella capa.
- Hay una chica que pregunta por ti – me dijo.
Y el corazón se me subió de un latido a la garganta. Las manos comenzaron a sudarme. Y tuve que tragar para poder encontrar las palabras.
- Hazla pasar – le pedí, pero Kagura se quedó en la puerta sin moverse.
- Sería mejor que la recibieras en un sitio… - hizo una pausa pequeña - … ¿menos privado?
Comprendía lo que ella quería decir, pero yo no estaba dispuesto a ceder nada este día. Quería hablar con Kagome libremente, sin la presión de quienes nos rodearan, al menos eso podía controlarlo.
- Hazla pasar Kagura – le volví a decir, esta vez más como una orden, que como una petición.
Ella torció el gesto y asintió una vez antes de salir.
Me quedé en silencio, sólo con la música de fondo. Avancé de dos zancadas hasta la mesa de noche, en la que estaban mis cigarrillos y comencé a sacar uno, de espalda a la puerta, necesitaba ocuparme en algo, para que Kagome no notara el nerviosismo y la forma en que me temblaban las manos.
Maldita sea, ¡Sólo la había visto una vez!
Pero me había acostado con ella, eso no podía obviarlo.
Logre sacar el cigarrillo y escuché los suaves pasos sobre la alfombra.
- Pasa – dije intentando aparentar ligereza.
Me puse el cigarro en la boca para encenderlo, de espalda a ella, de esa manera me aseguraba que no notara el temblor de mis manos.
- Hola…InuYasha… - me dijo.
Y me giré echando fuera el humo de la primera calada. Ella se encontraba aún muy cerca de la puerta. Le sonreí como pude, seguramente con más torpeza de la que me era posible controlar.
- Pasa – le volvía a decir, mientras absorbía otra vez el humo, continué aún sin liberarlo – siéntate.
Solo tenía dos opciones, una silla junto al escritorio o la cama. Escogió la silla.
Parecía tan nerviosa como yo, no era capaz de enfocar su mirada en mí. Así que aproveché ese instante para observarla mejor. Su cabello era tan oscuro como lo recordaba, con unos graciosos y rebeldes rizos en las puntas, que no había notado la vez anterior que estuve a su lado. Era delgada, pero no tanto como para ser esquelética, las curvas de su cuerpo se acentuaban en los sitios indicados. Caderas, muslos, senos. Sentí una oleada de calor desde el centro de mi cuerpo, hasta las mejillas. Entonces Kagome me miró y sólo en aquel momento solté el humo del cigarro que me estaba ahogando sin siquiera notarlo.
- ¿Tienes concierto hoy? – me preguntó.
De alguna manera sentí que aquella pregunta tan retorica era sólo una forma de aligerar la tensión que había entre ambos.
Creo que de alguna manera lograba corroborar la imagen que me había formado de ella. A pesar de la frenética forma en que nos habíamos entregado a la pasión, Kagome no parecía una chica acostumbrada a esa clase de relaciones.
- Sí… ¿quieres venir? – le pregunté intentando parecer amable, pero no ansioso.
Ahora mismo el tiempo empezaba a escaseas y quería estar un poco más con ella.
Dos golpes en la puerta y Kagura se adentró sólo un poco, sin llegar a pasar del todo.
Noté como Kagome miraba en otra dirección, evitando encontrarse con los ojos de Kagura, y ésta misma tampoco miró a Kagome, actuó como si ni siquiera estuviera en la habitación.
- Te quedan diez minutos pasa salir al auditorio – me avisó.
Sentía la frustración burbujear lentamente en mi interior.
- Iré de inmediato – respondí con firmeza y le di una mirada endurecida.
Mis ojos le decían claramente "no vuelvas a entrar". Sabía que Kagura me podía interpretar perfectamente.
- No me has respondido – le hablé nuevamente a Kagome - ¿quieres venir?
Ella marcó una sonrisa en sus labios, que a pesar de los metros que nos distanciaban, me parecieron el bocado más apetecible que había visto.
¿Podía estar deseándola tanto?
Volví a absorber el humo del cigarro, aplastando el resto en el cenicero que tenía cerca.
- No estoy muy segura… - dijo, titubeando, sin mirarme a los ojos – que quieras que te acompañe.
Ladee levemente la cabeza, intentaba comprenderla. Me acerqué a ella y me agaché para que se sintiera obligada a mirarme.
- Te lo estoy proponiendo – le aclaré.
Ella enfocó sus ojos castaños en los míos. Y juro que sentí que perdía el equilibrio.
Sus manos se abrían y se cerraban, sobre la tela de la camisa que vestía, apoyadas sobre sus piernas. Estaba más que nerviosa, pero contenía todo dentro de ella. De pronto me sentí nervioso también, pero por más que su presencia. Kagome estaba aquí por algo y un escalofrío me recorrió la columna. Me puse en pie y le di la espalda.
¿Y si me equivocaba?, ¿y si era igual que cualquier otra chica?
- Quieres pedirme algo – le dije con cierta rudeza.
Ella no contestó de inmediato, no se movió tampoco. Yo seguía dándole la espalda, pero consciente de cada sonido que emitía. Se me contrajo el estómago. Su silencio era demasiado claro para mí.
- No es eso… precisamente – su voz susurraba.
- ¿Y qué es? – le pregunté intentando que mi propia voz fuera inexpresiva.
Alargué la mano hasta la caja de cigarrillos. No debía fumar otro tan pronto, pero estaba muy inquieto. Solté la caja.
Kagome se estaba tomando más tiempo del debido en responder. Avancé hasta el computador, esperando dar la sensación de poder manejar cualquier cosa que ella me dijera.
- Creo… bueno, no… - se volvió a detener. Yo apagué la música - … estoy embarazada…
Cerré los ojos y sentí como algo en el pecho se me rompía. Negué con la cabeza suavemente. Sentía como la decepción se abría paso por mi cuerpo corriendo como sangre.
- Sabes que eso o es posible – le respondí, sin mirarla siquiera. Ya no necesitaba parecer inexpresivo. Mis emociones parecían bloqueadas.
- Sé que no… que no debería… - continuo hablando, pero se quedó en silencio un instante - … al menos mírame… - me pidió.
Las emociones volvían, pero ahora eran mucho más fuertes y mucho más destructivas.
- ¡Ahora quieres que te mire!... – exclamé girándome, avancé en dos pasos hasta ella, Kagome se paró de la silla y retrocedió - ¡¿Así de cerca es suficiente?! – hablé tan cerca, que podría haberla besado en un segundo. Me humedecí los labios de forma casi inconsciente. Mis ojos se clavaban en los suyos – ¡¿Quieres que te mire bien, para que tu mentira tenga más credibilidad?!
Ella me miraba y hasta parecía asustada. Hipócrita.
Debía saber que nada bueno saldría de esto.
- No he mentido… estoy… - se mordió el labio.
Mi ira se confundía con el deseo imperante de besarla, de tomarla entre mis brazos y estrujarla hasta acabar con toda la vida en su interior.
- Si estás, no es mío – respiraba profundamente por la nariz, me sentía furioso, tenía ganas de arrojar algo por la ventana y escuchar el cristal romperse en mil pedazos, así como sentía que se rompía algo dentro de mí.
¿Confianza?, ¿compromiso?
Esas eran palabras que no existían para mí, eran palabras que no podía incorporar en mi vida, porque cada vez que he intentado creer en alguien, me han apuñalado fríamente.
- Pero yo no… - se interrumpió así misma exaltada, con un sonido muy semejante a un gruñido - no debí venir – dijo de pronto avanzando hacia la puerta.
La sujeté por el brazo con violencia. Kagome contrajo el rostro mirando el agarre y luego mi rostro.
- A dónde crees que vas – le dije marcando cada sílaba, en cada palabra – ¿con algún periodista? – Continué - recuerda que firmaste un contrato.
Sus ojos castaños parecían furiosos. Se removía intentando zafarse de mí mano, pero yo no estaba dispuesto a soltarla.
- Déjame – habló agitada – ¡maldito seas!
Estaba a punto de llorar, pero yo ya había visto lágrimas como esas, había visto una pureza fingida y un orgullo magullado que jamás fue real.
Me mofé de ella en su cara.
- Qué gracioso que ahora lo pienses – le dije, tirando de Kagome hacía mí.
Ella se resistía, pero yo no estaba dispuesto a dejarla marcharse, no después de lo que tramaba.
Uno de los guardias de seguridad tocó a la puerta, hablando desde fuera.
- ¡¿Todo está bien?! – preguntó con ese tono inflexible y autoritario que solían tener las personas que se dedicaban a lo suyo.
- ¡Bien! – grité sin más.
Kagome contrajo el gesto al escuchar mi voz enardecida por el enfado.
- Ahora me dirás que tienes planeado – le hablé en voz baja, acentuando cada palabra.
- Yo no he planeado nada… - dijo, negando con la cabeza, otra vez evadía mi mirada – yo sólo quería…
- ¿Qué querías? – le pregunté tirando un poco más de ella.
Para entonces, su pecho y el mío, casi se tocaban.
- ¡Mírame!, maldita sea – le grité de forma contenida.
- ¡Sólo quería que lo supieras! – Respondió mirándome con los ojos brillando por las lagrimas que no llegaba a derramar – pensé que era mi deber… que debías saberlo.
Terminó la frase como si se le acabaran las energías. Entonces noté que su cuerpo ya no estaba tan tenso, se ablandaba.
Y me maldije a mí mismo por sentir tanta debilidad por ella.
- ¿Y qué pensabas que haría yo? – le pregunté. Mi propia voz parecía menos dura - ¿casarme contigo?, ¿criarlo contigo? – le pregunté con ironía.
Negó en silencio.
- No, no lo criaré – me respondió.
El estomago se me contrajo, una vez más.
- Vas a abortar – la acusé.
Era la mejor solución, de ese modo no había forma de que utilizara ese hijo en mi contra. Pero no me sentía mejor con la idea.
Volvió a tensarse y tiró e su brazo. Esta vez me encontró con la guardia baja, no logré retenerla.
- No voy a matar a un niño – respondió, bajando nuevamente la mirada, frotándose el brazo en la zona que yo había magullado.
Un golpe en la puerta.
-¡InuYasha, el concierto!
Se escuchó la voz de Miroku fuera.
No tuve que responder, él nunca esperaba respuesta.
Kagome respiraba agitada, al igual que yo. Ambos estábamos tensos y yo debía irme.
- ¿Y qué harás entonces? – le pregunté con cierta curiosidad.
Ella se acomodó el cabello a un lado y se mordió el labio.
- Eso ya es asunto mío – me respondió con frialdad.
- Dices que es mi hijo – le alegue con acritud.
Entonces me miró. Sus ojos castaños se veían apenados y muy a mi pesar, esa tristeza, fingida o no, me llenó de desolación.
- Tú dices que no lo es.
El tono de su voz era suave, no había reproche en realidad, sólo una profunda desamparo.
Tuve que hacer acopio de toda indolencia. Rebuscar en mi interior el modo de terminar con esta situación. Si Kagome estaba embarazada o no, eso no era asunto mío, ese no podía ser mi hijo.
- Ya no tengo tiempo para esto – le dije, pasando junto a ella hacia la puerta – Ya sabes dónde está la salida.
Kagome no respondió. Se quedó en el mismo lugar sin mirarme.
Maldita fuera, por hacerme creer que había algo en ella de lo que podía enamorarme.
Abrí la puerta para salir, pero antes de hacerlo le dije.
- Ah, recuerda que firmaste ese contrato, si crees que puedes sacar algo de esto, tendrás que pensártelo muy bien.
- Algún día, alguien te hará abrir los ojos.
Escuché su voz, pero ya no me sentí capaz de continuar con aquella desagradable conversación.
Salí y cerré la puerta de la habitación. Todo el mundo me hablaba y yo no lograba escuchar a nadie.
"Me haces bien,
me haces mal,
estoy en la lucha del amor,
corro a través del fervor,
marchando a través de la nieve,
sólo por la lucha del amor"
Tokio Hotel – Kampf der liebe
Continuará…
¿Pero como se me han enredado tanto las cosas?... jaj jaj ajaj
Espero que el capí les haya gustado. Creo que ha estado muy intenso en cuanto a las emociones. Ahora InuYasha tiene un problema entre manos y Kagome otro.
No me puedo alargar, porque tengo que salir YAAAA!!!
Se me cuidan y me dejan comentarios, los recibo todos, los buenos y los menos buenos.
SU REVIEW ES MI SUELDO.
Siempre en amor.
Anyara
