Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.


BEYOND TIME

"¿Qué es la realidad de todas formas? No es más que un presentimiento colectivo."

-Jane Wagner, interpretada por Lily Tomlin

Capitulo tresDe desvanecimientos y caras familiares

Volví en mí, mis mejillas aún estaban húmedas por las lágrimas y me encontré a mí misma una vez más en los brazos de Tom mientras él caminaba –en realidad corría– por la calle.

―¿Qué ha pasado? ―pregunté con voz rasposa―. ¿Qué estás haciendo?

Tom me miró brevemente y aceleró su ya rápido ritmo.

―Te llevo al hospital, ―dijo, respirando con dificultad.

¿Tanto pesaba?

―¿Hospital? ―repetí―. No quiero ir al hospital. Estoy bien.

Empecé a removerme un poco, pero Tom solo apretó más su agarre y me sacudió ligeramente.

―No discutas conmigo, ―dijo firmemente―. Has colapsado en medio de la calle. Vas a ir al hospital.

―Pero, ―empecé―, no tengo dinero. No puedo pagar un médico.

Tom me sonrió de forma tranquilizante, pero su ritmo no falló.

―No te preocupes por eso. No rechazan a nadie. ―Me movió en sus brazos―. Casi hemos llegado.

―De verdad, Tom, puedo caminar, ―dije sin mucha convicción. Para ser honesta, aún estaba un poco débil por mi derrumbe emocional y en realidad se sentía bien que me llevaran.

―Solo quédate quieta, ―ordenó Tom, girándose hacia un edificio gris de piedra enorme con bandas horizontales de terracota que también bordeaban cada puerta.

El edificio ocupaba un bloque de la ciudad, pero no tuve mucho tiempo para admirar la arquitectura antes de que Tom empujara la puerta y entrara en la pequeña zona de enfermeras. Miró rápidamente a su alrededor, luego me dejó con cuidado en una de las sillas de madera cercanas en la zona de espera.

―Volveré enseguida, ―me aseguró, luego fue a la zona de enfermeras. Le vi hablar en susurros con una mujer que llevaba un largo vestido blanco y un mandil, con un gorro a juego. Los dos miraron en mi dirección antes de que la mujer asintiera brevemente a Tom y se girara para cruzar una puerta en forma de arco.

Tom se acercó y sonrió de forma tranquilizante.

―Serán solo unos minutos, ―dijo, moviéndose para mirar la sala. Sus ojos se iluminaron al ver un teléfono en una pequeña mesa al otro lado de la sala.

―Debería llamar a la casa de huéspedes y dejarles saber qué ha pasado o Maggie llamará a la policía. ―Sonrió ampliamente, apuntando al teléfono―. Estaré allí si me necesitas.

Suspiré, resignándome a soportar un examen médico, y asentí. No era que me dieran miedo los médicos... después de todo, había pasado tiempo de sobra en urgencias... solo eran los médicos de cambio de siglo los que me ponían nerviosa.

¿Aún usaban sanguijuelas en 1918?

Me estremecí y estudié mi entorno. Había un hombre sentado en una silla cercana, su mano estaba envuelta en una sangrienta toalla y su cara tenía una mueca de dolor. Mientras miraba, vino otra enfermera y acompañó al hombre y su esposa a través de la puerta que había visto antes. A través de ella, pude ver algunas camas alineadas en la pared del fondo, y de vez en cuando pasaba un médico o una enfermera.

Una pequeña placa de latón en la pared que tenía enfrente me llamó la atención y, con un rápido vistazo a Tom, que estaba de espaldas, me puse de pie y caminé hasta ella. Pasando los dedos por el gravado, leí en silencio.

Cook County Hospital.

Desde 1847

Huh. Cook County Hospital. ¿No era ahí donde transcurría Urgencias?

Sonreí para mí misma pensando en la serie de televisión y caminé de vuelta a la zona de espera. Me estremecí cuando me di un golpe en la espinilla contra una mesa baja y me lancé para colapsar en mi silla.

Había una madre y un niño a una silla de mí, hablando en susurros. Inhalé, reconociendo la esencia de alcohol y algún tipo de fregasuelos y, una vez más, me quedé impresionada por la claridad de ese mundo imaginario.

Mi estómago se apretó cuando un pensamiento pasó por mi cabeza: ¿era imaginario?

Me sentí ridícula por pensarlo siquiera pero, una vez que lo hice, no pude ignorarlo. ¿Había una posibilidad de que todo fuera real?

La lógica me decía que no. El sentido común me decía que no.

El dolor aún pulsante de mi espinilla me decía 'tal vez'.

¿Se podía sentir dolor en una alucinación?

Mi mente se aceleró buscando una forma de determinar si lo que estaba viviendo era o no real. Miré de nuevo a mi alrededor e intenté analizar la situación. Si estaba alucinando, mis entorno tendría que venir de mi subconsciente, ¿verdad? Así que sería lógico que estuviera en alguna parte en la que hubiera estado antes.

Definitivamente, ese lugar no era familiar. Nunca antes había estado ahí... y aunque veía Urgencias... el hospital no era como ese.

Y el Dr. Carter no estaba a la vista.

Punto uno para la realidad.

Había oído una vez que no se puede leer en un sueño. Las letras estaban distorsionadas o simplemente desaparecían de la página. Yo ya había leído la placa de la pared, pero necesitaba una prueba mejor. Mis ojos cayeron en una revista que había en una mesa al lado del niño y su madre.

―Perdone, ―le dije a ella―. ¿Puedo ver la revista?

―Por supuesto. ―La mujer sonrió, dándomela.

Mis ojos escanearon la portada. Dos niñas con vestidos estaban sentadas en sillas de madera, una frente a la otra. Una tenía una madeja de hilo rojo alrededor de sus manos y la otra lo estaba haciendo una bola. Había algunas palabras en la portada y las leí con facilidad.

Buen Cuidado de la Casa. Febrero de 1918. 15 Céntimos.

Pero necesitaba una prueba mejor. Ojeando las páginas, me detuve en un artículo cerca del centro de la revista. Una imagen de una joven mujer con un vestido blanco y una cinta a rayas ocupaba la mayor parte de la página. Miré el texto que había bajo la foto y empecé a leer.

Por qué hicimos un piquete en la Casa Blanca

Por Anna Kelton Wiley

La lucha por la emancipación de las mujeres tiene ahora cerca de setenta años. Desde 1848, cuando tuvo lugar la primera convención por los derechos de la mujer en Seneca Falls, NY, las mujeres han hecho peticiones, escrito, entrevistado y han actuado por el sufragio. No se ha escatimado en esfuerzo, gasto o sacrificio. Durante casi setenta años las mujeres han viajado por este país de una punta a otra, de norte a sur, de este a oeste, a caballo y a pie, en tren y a motor, predicando por la democracia.

Cada palabra impresa era clara como el agua.

Punto dos para la realidad.

Mi corazón se aceleró de forma significativa mientras leía, pero aún no estaba convencida.

Me giré de nuevo hacia la mujer con el niño.

―Perdone, ―dije, dándome cuenta de que sonaba como una loca pero sin que me importara realmente―. ¿Quién es el presidente?

―¿El presidente? ―repitió la mujer, mirándome con cautela―. Woodrow Wilson.

Acercó a su hijo a ella y se movió unas sillas más lejos.

Woodrow Wilson. ¿Era eso correcto? No lo sabía. ¿Por qué no prestaba más atención en la clase de historia?

Supuse que no había puntos para esa.

Miré de nuevo a la mujer y su hijo a escondidas, buscando rasgos familiares. Siempre me molestaba en El Mago de Oz que Dorothy no se diera cuenta de que estaba soñando. Quiero decir, ¿la chica no se daba cuenta de que el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata se parecían notablemente a los chicos que trabajaban en la granja de su familia?

Desafortunadamente, desde que yo había llegado ahí, no había reconocido a nadie. Ni una sola persona se me hacía familiar. Estudié las caras que tenía a mi alrededor... la enfermera que estaba en el escritorio, el médico que acababa de cruzar la sala, de nuevo la mujer y su niño, que me vio mirando fijamente y acercó más a su hijo a ella.

Ninguno, nada.

Mientras estaba ahí sentada, pensando en mi situación, Tom volvió y se sentó a mi lado.

―Maggie está de camino, ―dijo―. He intentado convencerla de que no viniera, pero dijo algo sobre tener que traerte un vestido de la talla apropiada. Aunque a mí me parece que ese es de la talla correcta, así que no sé de qué está hablando.

Debido a mi silencio, se giró hacia mí. ―Bella, ¿estás bien? Pareces estar a millas de distancia.

Pestañeé dos veces y luego le miré con cautela.

―Tom, ¿alguna vez has tenido un sueño tan vívido que creíste que era real? ―pregunté.

Él se encogió de hombros. ―Claro, ¿quién no?

―¿Y cómo supiste que era un sueño?

Me miró extrañado. ―Eres un pato raro*, Bella Swan. ―Sonrió satisfecho por su juego de palabras y yo rodé los ojos.

―Lo sé, créeme, ―estuve de acuerdo―, pero sígueme el rollo. ¿Cómo supiste que era un sueño?

―Bueno, veamos, ―consideró Tom―. En primer lugar, puedes pellizcarte, aunque eso no siempre funciona...

Deslicé mi mano por mi pierna y me pellizqué el muslo... fuerte.

Definitivamente dolió. Me mordí el labio y me froté la pierna disimuladamente.

―... y, no importa lo realistas que sean, los sueños no duran mucho... ―siguió.

Pensé en eso. Tenía razón. Normalmente, no pasa mucho tiempo antes de que realmente te des cuenta de que estás soñando y te despiertes. Volviendo a pensar en el día, pude recordar cada minuto, sin contar el tiempo que había dormido. ¿Se puede dormir en los sueños? Y, añadiendo más tiempo, me di cuenta de que había estado alerta durante al menos las últimas cuatro o cinco horas.

Tom aún estaba hablando. ―Y luego, a veces, puedes controlar lo que sucede. Normalmente eso lo delata.

Miré fijamente la puerta principal, deseando que Edward entrara y me tomara contra la pared... o tal vez en el escritorio de la enfermera. Lo miré examinándolo. El escritorio estaría bien. Miré de nuevo a la puerta, enfocando todo mi deseo en Edward.

Nada.

―Bella, ¿estás segura de que estás bien? Estás un poco sonrojada.

Me sobresalté, echándole otra mirada anhelante al escritorio de la enfermera antes de mirar a Tom.

―Claro, estoy bien, ―suspiré―. Solo cansada, supongo.

Eso no me estaba llevando a ninguna parte. Después de todo, tampoco era un sueño, de todas formas. Era una alucinación. Y no creía que pudiera preguntarle a Tom como sabías si estabas alucinando. Ciertamente pensaría que estaba loca.

Mis frustrados pensamientos fueron interrumpidos por la aparición de una linda enfermera rubia. Le lancé una mirada de reojo a Tom. Oh, sí. Se había dado cuenta de que era guapa.

―Señorita Swan, puedo acompañarla ahora, ―dijo de forma educada.

Asentí y me levanté de la silla. Tom se puso de pie conmigo.

―Lo siento, señor, ―la enfermera se dirigió a Tom. ― Tendrá que quedarse aquí―. Suavizó su orden con una sonrisa y Tom sonrió ampliamente en respuesta.

Que típico.

―Tom, ¿por qué no vuelves a casa, ―le dije―. Maggie estará aquí pronto y no hay razón para que esperes.

―Realmente no me importa, ―me dijo, sus ojos no dejaron a la atractiva enfermera. Ella levantó la mano izquierda para tocarse el pelo, mostrando el anillo de oro en su dedo anular.

Disimulado. Bien hecho.

La cara de Tom cayó.

―Bueno, si estás segura de que estarás bien. ―Tom se volvió a mí, resignado―. Te veré en casa.

―Vale. ―Le sonreí―. Y gracias, Tom. De verdad.

―Ni lo menciones, ―contestó, despidiéndose con un movimiento de la mano sobre su hombro mientras salía por la puerta. Cuadré los hombros y seguí a la enfermera –Enfermera Patty, de acuerdo con su identificación– a través de la puerta a una habitación más grande.

La habitación estaba dividida por cuatro altos biombos. En cada cuadrante, había una camilla de madera con la parte de arriba acolchada y un set de cajones debajo, una mesita con una lámpara y varios instrumentos médicos, un gran armario de madera y un taburete de tres patas. A través de otra puerta a la derecha, pude ver una fila de camas alineadas a lo largo de la pared. Unas cuantas estaban bien hechas con sábanas blancas y mantas, pero la mayoría contenían formas acurrucadas debajo de las sábanas.

―Siento la espera, ―explicó la enfermera―. Estamos un poco cortos de personal. Hemos perdido cuatro enfermeras este mes a favor de la Cruz Roja. Con los rusos uniéndose con el Kaiser, todos sabemos que no pasará mucho tiempo antes de que nuestros chicos luchen en las trincheras. Todos quieren hacer su parte.

Absorbí sus palabras en silencio. Recordaba que la I Guerra Mundial acababa en Noviembre -después de todo, de ahí teníamos el Día del Veterano– pero aún faltaban ocho meses. No se necesitaba ser un historiador para saber que esos ocho meses serían difíciles para todos los involucrados. Edward me dijo una vez que había querido unirse a la lucha. Me estremecí al pensar en él agachado en alguna trinchera y, egoistamente, me alegraba de que fuera demasiado joven como para unirse al ejército... y nunca llegaría a ser lo suficientemente mayor.

La Enfermera Patty me llevó a una de las camillas y me pidió que me sentara, luego levantó mi muñeca y miró un reloj que tenía en la suya. Miré en silencio. Un momento después me sonrió y anotó algo en una hoja de papel que había dentro de un sobre de manila. Estirando el brazo hacia la mesa, cogió un termómetro y ordenó en voz baja, "abre."

Me pregunté por la esterilidad del termómetro y pensé en negarme, pero imaginé que no merecía la pena. Abrí la boca y la Enfermera Patty lo colocó dulcemente bajo mi lengua. Abrió una puerta del armario y sacó una pequeña caja de madera. La abrió y la puso en la mesa a mi lado, sacando algún tipo de metro conectado por un tubo de goma a una ancha tela.

Me miró. ―Solo voy a medirte la presión sanguínea, ―dijo.

Sacó un estetoscopio de la caja, se colocó los auriculares de goma y luego levantó mi manga y ató la tela alrededor de mi brazo. Sonreí para mí, pensando en cómo reaccionaría ella al Velcro. Sujetando el estetoscopio en mi brazo con una mano, infló la tela con una bola de goma. Al liberar la presión, escuchó cuidadosamente, luego quitó la tela e hizo otra anotación en mi gráfico. Me quitó el termómetro de la boca y lo miró brevemente antes de decir, ―todo parece estar bien. El doctor estará contigo en un momento, ―y dejar la habitación.

Estaba sola en mi pequeña área acordonada y me estiré un poco, intentando ver alrededor de la pantalla. Por una pequeña ventana pude ver que el sol se había puesto mientras me atendía la Enfermera Patty. Me puse de pie y caminé en silencio al borde de la pantalla, mirando con cautela la habitación. Al no ver a nadie, fui de puntillas a la puerta más grande y miré la habitación con todas las camas. Estaba relativamente silenciosa, solo con los ruidos de ronquidos y un gemido ocasional penetrando en el aire.

Entonces, escuché una voz, ahogada... pero familiar. Me giré bruscamente, mirando hacia una puerta cerrada que estaba frente a la sala de espera mientras escuchaba pasos acercarse.

―Cuídela esta noche, ―dijo la voz―. Si su condición empeora, tendremos que operarle al momento.

La puerta se abrió y me preparé, sabiendo, aunque no creyendo realmente, quién estaría al otro lado.

Otra enfermera entró primero y luego vi la parte superior de su cabeza mientras se inclinaba sobre un gráfico, leyendo al andar.

―Y este paciente necesita dos granos adicionales de quinina, ―siguió con su suave voz de ensueño.

Cuando inhalé bruscamente, unos asustados ojos ámbar se levantaron para encontrarse con los míos marrones.

―¡Carlisle! ―dije con un grito ahogado.

Y, por segunda vez en mi vida, me desvanecí.

- . - . - . - . -

El fuerte olor del amoniaco me trajo de vuelta. Abrí los ojos y encontré a la Enfermera Patty moviendo un vial de sales aromáticas bajo mi nariz. Pestañeé y aparté su mano de mal humor.

―Está despierta, ―dijo Patty.

―Acerca esa luz, ―escuché antes de ser cegada cuando la lámpara fue movida para brillar directamente en mis ojos.

―Solo relájate, ―dijo en voz baja, bajando mi párpado inferior y, asumí, examinando mis pupilas. Soltó mis ojos y los entrecerré, levantando una mano para bloquear la luz.

―Lo siento. ―La luz desapareció y pestañeé, intentando re-enfocarme. Al principio, solo pude distinguir rasgos borrosos y pelo rubio pero, lentamente, la cara de Carlisle emergió en mi nublada visión.

―¿Te sientes mejor? ―preguntó.

Me estiré un poco, probándome a mí misma. Alguien me había movido del suelo a una cama.

―Sí, ―dije con voz rasposa―, en realidad lo estoy.

Empecé a sentarme, luego me di cuenta de que ya no llevaba mi vestido.

―Te desvaneciste, ―dijo Carlisle con una pequeña sonrisa―. Seguramente debido al corsé que llevabas. Quitamos el corsé y ¡Voila! Una recuperación milagrosa.

No recordaba que Carlisle fuera tan sarcástico.

―Bueno, gracias, ―dije―. No quería volver a ponérmelo, pero el vestido no me cabía sin él.

Carlisle se volvió para revisar mi gráfico. ―Te sugiero conseguir uno que lo haga, ―dijo―. Todo lo demás se ve bien, pero me gustaría que te quedaras para que podamos monitorearte un poco y asegurarnos de que no hay nada de lo que preocuparse.

―¿Doctor Cullen? ―Otro doctor apareció por un lado del biombo y Carlisle se acercó para hablar con él. Mientras él estaba absorto en la conversación, me tomé un momento para recuperarme y observarle.

Era trastornante verle entrar en la habitación viéndose exactamente igual. De hecho, con su corbata y su larga bata blanca, me recordó la primera vez que nos vimos en Urgencias en el hospital de Forks. Le repasé brevemente, desde su rubio pelo a sus bien pulidos zapatos. Sabía que Carlisle no había envejecido en cientos de años, pero era extraño ver la evidencia de eso.

Carlisle estaba ahí.

Carlisle estaba ahí.

¿Qué significaba eso en todo mi debate de esto-es-real-o-una-alucinación-inducida-por-hongos-mágicos?

Él era la primera persona a la que reconocía pero, cuando consideré las posibilidades, tuvo algo de sentido. Si realmente estaba en Chicago en 1918, Carlisle pertenecía ahí. Él vivía y trabajaba ahí. ¿Se trataba de un momento de El Mago de Oz... u otro punto para la realidad? No podía decidirme.

Aparté mis ojos de Carlisle y pillé a la Enfermera Patty mirándome con una amplia sonrisa.

―Guapo, ¿verdad? ―preguntó.

Me sonrojé. ―No... quiero decir, sí, lo es... pero no era eso...

Me dio un golpecito en el hombro de forma indulgente. ―Está bien, querida. Sucede todo el tiempo.

Me quedé con la boca abierta mientras ella salía a la sala de espera y sonreí ampliamente cuando vi a Maggie casi barrerla en su camino hacia mí.

―¡Ahí estás! ―exclamó, su acento irlandés se acentuó con la preocupación―. No me decían nada ahí fuera. ¿Estás bien? ¿Dónde está el doctor? ―Buscó en la habitación antes de que yo pudiera responder, enfocando su mirada en Carlisle.

―¡Doctor! ―le interrumpió―. Por favor, ¿cómo está Bella? ¿Va a estar bien?

Carlisle abrió la boca para responder pero, en su lugar, llamé a Maggie

―Maggie, estoy bien. Solo ha sido el estúpido corsé.

Maggie frunció el ceño y caminó con fuertes pisadas de vuelta a mi cama, con un bulto de tela bajo su brazo. Lo lanzó a la cama, moviendo los brazos frustrada.

―¡Por supuesto que lo ha sido! ―regañó―. ¡Te dije que no te pusieras esa cosa!

Se volvió de nuevo a Carlisle, que ahora estaba de pie al otro lado de la cama. ―¿Le ha dicho que no se ponga esa cosa? ―demandó.

Los labios de Carlisle se retorcieron.

―Sí, ―dijo Carlisle en una voz que estaba segura había usado numerosas ocasiones para calmar a mujeres histéricas―. Le he recomendado a la Srta. Swan que evite los corsés en el futuro. Estará bien. Solo me gustaría monitorear su condición un rato, luego podrá volver a casa.

―Bien, ―contestó Maggie, calmándose visiblemente―. Eso está bien. ―Arrastró el taburete y se sentó.

―Me sentaré aquí con ella y esperaré, ―dijo firmemente, retándole a no estar de acuerdo.

―Eso estará bien. ―Carlisle sonrió.

Se puso de pie de nuevo abruptamente. ―En realidad, necesito... usar el excusado. ―Maggie se sonrojó.

No creía que hubiera algo que pudiera hacer que Maggie se sonrojara.

―Al final del pasillo, primera puerta a la izquierda, ―señaló Carlisle.

Maggie asintió, me aseguró que volvería en un momento y salió al pasillo.

―¿Nos hemos visto antes? ―preguntó Carlisle, mirándome intensamente.

Me estremecí. ¿Podía conocerme? ¿Tienen los vampiros algún tipo de conocimiento inter-temporal sobrenatural o algo?

―No lo sé, ―dije lentamente―. ¿Le parezco familiar?

Le miré con cautela. Él me miraba de igual modo.

―No... ―dijo―, pero usted dijo mi nombre cuando entré en la habitación.

Relajé mis músculos tensos. Por supuesto.

―¿Lo hice? ―pregunté inocentemente―. No lo creo.

Sabía que él me había oído. Incluso sin su super audición vampírica, me habría oído. Pero imaginé que hacerme la tonta era mi mejor opción.

Sus ojos dorados se entrecerraron imperceptiblemente.

―Tal vez me haya equivocado. ―Él sabía que no era así.

Se sentó en el taburete y ojeó mi gráfico.

―Así que, Srta. Swan, ¿es originaria de Chicago?

Decidí jugar un poco con él. ―En realidad no. Soy de un pequeño pueblo en el Estado de Washington llamado Forks. ¿Ha oído hablar de él?

―No, ―contestó sencillamente.

―Oh, le gustaría, ―seguí, disfrutando eso un poco demasiado―. Es muy verde... muy lluvioso. El sol apenas brilla.

―A la mayoría de las personas les gusta el sol, ―declaró.

―Sí, a la mayoría de las personas, ―dije enfatizando el 'mayoría'. Hice una pausa, pero no pude resistirme a añadir―, ¿y a usted?

Se quedó en silencio un largo momento y me estudió cuidadosamente. ¡Mierda! Tal vez le había presionado demasiado.

Finalmente respondió. ―No particularmente.

Maggie eligió ese momento para volver a mi lado.

―Bueno, Doctor, ―dijo brillantemente―, ¿qué tal la paciente?

―Intrigante, ―dijo bajo su aliento, aparentemente solo para mis oídos. Luego añadió más alto―, creo que está bien.

Firmó el gráfico con una floritura y anunció. ―Puede llevarla a casa. Solo quema todos los corsés. Simplemente algunas mujeres no están hechas para ellos.

Me sonrió enigmáticamente y salió de la habitación.

―Es un hombre extraño, ―declaró Maggie, luego cogió el bulto que había puesto en la cama.

―Te he traído uno de mis vestidos, ―dijo―. Tal vez te quede un poco corto, pero es más suelto que el tuyo y puedes abrocharlo sin corsé.

Me senté y cogí el vestido.

―Gracias, Maggie.

―Oh, no es nada, ―le quitó importancia a mi agradecimiento―. Te esperaré fuera. ―Se giró y salió a la sala de espera.

Me vestí rápidamente, contenta de poder prescindir del temido corsé, y doblé mi vestido demasiado pequeño y me lo puse bajo el brazo. Salí de detrás del biombo, mis ojos recorrieron la habitación pero no vi a Carlisle por ninguna parte. La Enfermera Patty me dijo que estaba en el quirófano pero dejó un mensaje diciendo que debía volver si me desvanecía otra vez. Encontré a Maggie al lado de la puerta principal y, juntas, salimos a la noche.

El camino a casa fue agradable, el aire era frío pero con un toque de primavera. Maggie y yo charlamos sobre nada en particular. Me mostró lugares representativos de la ciudad que había a lo largo del camino y me contó como había terminado llevando la casa de huéspedes.

―Cuando mi Henry, Dios guarde su alma... ―Mis labios se retorcieron y los suyos subieron en respuesta―. Cuando se marchó estaba hecha un desastre. No sabía qué hacer con mi tiempo, ya no hablemos de cómo poner comida en la mesa.

―¿Tu marido te dejó sin nada? ―Jesús, no me extraña que quiera al tío muerto.

Asintió brevemente. ―Afortunadamente para mí, la casa era de mis padres, que me la dejaron al morir. Decidí prestar algunas habitaciones y he estado teniendo huéspedes desde entonces. Me va bien. Es como si tuviera familia cerca todo el tiempo.

Le devolví la sonrisa mientras nos acercábamos a la casa y giramos para subir los escalones que daban a la puerta principal. Cuando ella agarró el pomo, sonó una voz.

―¿Señorita Swan?

Las dos saltamos un poco y me sorprendí al ver a Carlisle de pie al final de las escaleras. Miré a Maggie, calculando su sorpresa. Yo sabía que Carlisle podía llegar del hospital a la casa de huéspedes en un abrir y cerrar de ojos, pero él no sabía que yo lo sabía. Y era extraño que se arriesgara con un comportamiento tan poco habitual frente a los humanos.

―Dr. Cullen, ¿qué está haciendo aquí? ―pregunté―. Creí que estaba en el quirófano.

―Me preguntaba si podríamos hablar un momento, ―contestó en voz baja.

Maggie miró entre nosotros un momento, luego su boca formó una sonrisa cómplice.

―Estaré dentro, ―dijo de modo significativo, antes de cruzar la puerta y cerrarla detrás de ella con un click.

―¿Nos ha seguido? ―pregunté, sospechando pero acercándome un poco.

―Su dirección estaba en la hoja de admisión, ―admitió.

―Ha llegado aquí rápido, ―dije maravillada, bajando lentamente las escaleras―. Debe de andar realmente rápido.

―¿Quién es? ―preguntó bruscamente―. ¿Qué quiere?

Me quedé congelada en el último escalón.

―Le escuché decir mi nombre antes de desvanecerse, ―continuó―. ¿Cómo me conoce? ¿Quién es? ―repitió.

Supuse que el momento de tomarle el pelo al vampiro había acabado oficialmente.

Di el último paso abajo y le miré abiertamente, deseando que la honestidad se mostrara en mis ojos.

―Mi nombre es Bella Swan, ―contesté―. No quiero hacerle daño.

Dios. Sonaba como un alien o algo.

―¿Nos conocemos?

Me mordí el labio. ―No exactamente, pero sé quién es usted, ―admití.

―¿Cómo?

Vale, esa era la parte complicada.

Me forcé a mí misma a mantener el contacto visual.

―En realidad no puedo explicarlo, ―empecé. Él resopló, cruzando los brazos frustrado―. Pero puede confiar en mí, ―añadí―. Nunca haría nada para dañarle.

Me estudió pensativamente durante un momento. ―¿Qué le hace pensar que podría herirme?

Rodé los ojos. ―Bueno, sé que no puedo herirle... Quería decir que nunca le traicionaría.

Él lo consideró. Luego se acercó y se sentó en el primer escalón, dándole palmadas al espacio que quedó a su lado.

―Es una mujer muy poco habitual, ―comentó.

―Sí, me lo dicen mucho, ―admití.

―Así que, déjeme entenderlo, ―siguió―. Me conoce, pero no puede decir cómo y no me dirá lo que sabe sobre mí. Pero quiere que confíe en usted y crea que no me traicionará.

―Sí, ―asentí.

―Pero, ¿cómo sabe que puede confiar en mí? ―preguntó―. Tal vez no se pueda confiar en mí... tal vez le haría daño.

Sacudí la cabeza. ―Nop. Eso nunca pasaría. Sé que es un buen hombre. Sé que podemos ser amigos.

―¿Cómo lo sabe? ―preguntó, con genuina curiosidad coloreando su voz.

―Sé cosas, ―dije simplemente.

―Sí, ―decidí presionarle solo un poco más―. Por ejemplo. Sé que es un hombre que entiende que hay cosas en este mundo que son extraordinarias... cosas que la ciencia no puede explicar.

Sus ojos se ensancharon un poco.

―Supongo que yo soy una de esas cosas, ―dije simplemente.

Una vez más, me miró impasible durante un largo minuto, luego una pequeña sonrisa iluminó su cara.

Ah, sí. Ese era el Carlisle que recordaba.

―¿Sabe qué? ―preguntó, echándose atrás contra los peldaños―. Creo que puede que tenga razón.

- . - . - . - . -

Esa noche soñé con Edward de nuevo.

Estábamos tumbados en mi cama de la casa de huéspedes mientras él bajaba con ligereza un dedo entre mis pechos, desabrochando los botones de mi vestido a lo largo del camino. Me removí en la cama y él me acalló, soltando la corbata oscura que tenía alrededor del cuello y deslizándola lentamente.

―Tienes que estarte quieta, ―susurró, envolviéndola alrededor de mi mano y atándola con fuerza antes de engancharla en el cabecero y atar mi otra mano.

Eso era nuevo.

Siguió desabrochando mi vestido, lo deslizó a los lados y luego bajó la cabeza para rozar mi pezón con su nariz a través de mi camisa interior. Rozó adelante y atrás y sopló ligeramente antes de rodearlo lentamente con la punta de su lengua. Me levanté de la cama arqueándome, tirando de mis restricciones y él sonrió ampliamente contra mi pecho antes de tomar el pezón en su boca y succionar profundamente.

Sopló de nuevo en la húmeda tela antes de cambiar a mi otro pecho, repitiendo la misma deliciosa tortura. Bajó una mano por mi muslo, levantando mi falda sobre mis caderas, luego acarició de forma agonizantemente lenta una pierna. Se detuvo justo antes de llegar al lugar que me moría porque tocara, antes de moverse para hacer lo mismo con mi otra pierna.

Gruñí y él sonrió de nuevo, mordisqueando dulcemente mi pezón, y luego aumentando la presión de sus dientes y sus labios mientras deslizaba mis bragas hacia un lado y deslizaba uno y luego dos dedos. Los movió en amplios círculos y yo gemí, ya cerca del orgasmo.

―¿Bella? ―Una voz femenina interrumpió mi llegada al éxtasis.

¿Qué? ¿Quién coño era?

Edward levantó la cabeza y la giró hacia la puerta. ―Vete, Alice, ―gruñó.

―¿Bella? ¿Estás ahí?

¿Por qué estaba Alice ahí? ¿En mi fantasía? ¿Antes de que llegara al orgasmo?

Edward me miró, sonriendo con disculpa.

Luego desapareció.

Miré a mi alrededor, incluso debajo de la cama, pero se había desvanecido. Incluso su corbata había desaparecido y yo me froté las muñecas ausentemente.

―¿Bella? ―llamó Alice de nuevo.

―Alice, más vale que esto sea bueno, ―murmuré mientras me levantaba de la cama y salía por la puerta.

Pero me encontré con la oscuridad.

―¿Bella?

―¿Alice? ―grité en la oscuridad. Me moví hacia delante, con los brazos extendidos frente a mí. De repente, estaba en la boca de un oscuro túnel. Alice seguía llamando mi nombre frenéticamente y yo empecé a correr hacia su voz. Tropecé a través de la oscuridad, pero no vi ninguna luz aparecer delante.

Dejé de correr y miré detrás de mí, solo para encontrar que aún estaba a la entrada del túnel.

La voz de Alice se desvaneció.

Grité con la voz ronca y me desperté temblando violentamente y con un sudor frío.

Encendí la lámpara de la mesilla de noche y la dejé así el resto de la noche, entrando finalmente en un incómodo estado de sueño mientras la luz rosa del amanecer empezaba a filtrarse a través de las cortinas transparentes que había en la ventana.


*Swan significa cisne, de ahí el juego de palabras


Hola!

¿Hay alguien ahí? Prometo que cuando dije que no iba a actualizar en todo el mes que me marchaba de vacaciones bromeaba, pero al final he tenido tanta actividad que no he podido traducir ni escribir.

Sin embargo... aquí está el capítulo nuevo. Espero que os haya gustado y que compense la falta de actualizaciones en el mes pasado.

La próxima actualización será el 17 de Septiembre. Muchas gracias por vuestros reviews, alertas y favoritos y también a los que solo leeis.

-Bells, :)