Tregua en el matrimonio
Esta es una adaptación
La mayoría de los personajes le pertenecen a:
Stephenie Meyer.
Capítulo 3
EL coche era como una burbuja protectora que la protegía de todo menos de sus pensamientos; de unos pensamientos de los que ya no podía escapar, ni siquiera pasar por alto.
Su mente era un caos, pero consiguió darse cuenta de que se veía arrastrada inexorablemente hacia la noche en que ella, tres años antes, cuando ya no era una niña, ha bía vuelto a encontrarse con Edward.
Se había organizado una presentación privada en la galería Haville para un joven artista que exponía por pri mera vez. La velada había transcurrido bastante bien y los puntos rojos daban una medida del éxito. La gente empezaba a marcharse cuando, alertada por la sensación de que la observaban, se había vuelto; a unos metros, Edward la miraba con los ojos entrecerrados por la incredu lidad.
Era como si no hubiera nadie; como si no existieran los grupos de personas que hablaban a su alrededor.
Un calor delicioso le había recorrido todas las venas y los sentidos le habían dado vueltas en una especie de delirio.
Él había sonreído y se había dirigido hacia ella. La gente le había hablado, pero ella no los había oído. Esta ba ensimismada, cada una de sus células estaba concen trada en el hombre que volvía a entrar en su vida de una forma tan increíble. Se había dado cuenta de que estaba aceptando sin cuestionárselo que aquel era el único hom bre del mundo con el que siempre querría estar.
Cuando se encontraron, a ella le salió una especie de graznido ronco.
—¿Qué haces aquí?
—Me han invitado. Alguien que conocí en una fiesta —ella notó que él tomaba aire—. He... he estado a punto de no venir.
Los dos se habían reído como si la mera idea fuese una locura porque sabían desde el principio de los tiem pos que era inevitable que volvieran a encontrarse en aquel sitio y en aquel momento. Que los dos estaban he chos para aquello y que nada habría podido mantenerlos apartados.
—¿Me has reconocido entre tanta gente? —le preguntó Bella con una voz sonriente.
—Te habría reconocido en cualquier parte —contestó él lentamente antes de hacer una pausa—. ¿Pero qué haces tú aquí?
—Trabajo aquí.
—Claro —Edward sacudió la cabeza—. Esme me comentó que habías hecho un curso de arte.
—Me sorprende que se acuerde.
—Yo pregunté por ti, Bella. Siempre, siempre pregun to por ti.
Ella lo había mirado a los ojos y había visto la llama de la pasión, el anhelo indisimulado, y había sentido que la piel le ardía apasionada e involuntariamente y que las entrañas se le estremecían con una excitación como no había sentido nunca.
—No... no entiendo —susurró ella—. ¿Qué está pasando?
—Estamos... —lo dijo casi con brusquedad—. Nos esta mos encontrando por fin.
Le tocó la mejilla, se la acarició, y ella giró la cara con una reacción involuntaria hasta que los labios se en contraron con los dedos de él.
—Bella... —lo dijo con un susurro atribulado—. Dios mío, Bella... —se quedó un momento en silencio para to mar aliento—. Ven.
La agarró del brazo y la arrastró hasta la calle. Ella tuvo que correr para poder seguir sus zancadas.
—No puedo marcharme... —protestó ella sin ninguna convicción.
—Acabas de hacerlo.
—¿Adonde vamos? —estaba abrumada por todo lo que sentía; estaba asustada, feliz y anhelante al mismo tiem po.
Él se paró repentinamente, se dio la vuelta y le tomó la cara entre las manos con una delicadeza estremecedo ra.
—¿Te importa?
—No —respondió ella sencillamente y con toda serie dad.
Fueron al piso de Edward, que estaba en un antiguo al macén que se había rehabilitado a orillas del Támesis. Edward le había tomado la mano en la oscura intimidad del taxi. Realmente no la agarraba con fuerza, pero ella nota ba como si se la atravesara hasta los huesos y empezó a temblar por dentro.
Sin embargo, mientras subían en el ascensor al últi mo piso, Bella notó que se le evaporaba la euforia inicial y que se sentía tímida y vulnerable. Miró de soslayo a Edward, pero su expresión no le decía nada. Le pareció el desconocido frío y enigmático de su adolescencia y sin tió una punzada de verdadera duda.
«¿Qué estoy haciendo?», se había preguntado. «¿Por qué estoy aquí?»
Naturalmente, sabía la respuesta. Era posible que no tuviera mucha experiencia, pero tampoco era una inge nua. Había ido voluntariamente, de modo que no podría quejarse si él esperaba que cumpliera la promesa que lle vaba implícita su decisión.
Sin embargo, al ver el piso se olvidó de todo lo de más. Con los ojos como platos, miró alrededor, a los te chos abovedados y a los grandes ventanales que ofrecían unas vistas impresionantes del río. El suelo de madera brillaba con una pátina dorada y las paredes, de colores claros, eran el fondo perfecto para muebles y cortinas de colores cálidos.
—Lo compré sin rehabilitar —comentó Edward mientras preparaba café en la moderna cocina—. Luego le pedí a un amigo arquitecto que me hiciera el interior porque ne cesitaba espacio para el despacho y el cuarto oscuro.
—Ha hecho un trabajo maravilloso —a Bella le brilla ban los ojos—. Es increíble.
Edward le sonrió.
—Y eso que todavía no te lo he enseñado todo —hizo una pausa—. ¿Has comido algo? Aparte de esos bocaditos de nada.
—Me alegro de que el señor Haville no pueda oírte —dijo Bella con severidad—. Eran unos canapés de un ca tering muy caro.
—Lo que explica el aspecto minimalista tan moderno y que me esté muriendo de hambre —Edward dejó el café, sacó del armario un paquete de pasta y buscó huevos y panceta en la nevera—. ¿Te apetecen espaguetis carbona ra?
—Sí, por favor —Bella asintió vigorosamente con la cabeza—. ¿Puedo ayudarte?
—Por ahí hay lechuga y algunas cosas. Puedes prepa rar una ensalada.
Durante unos minutos trabajaron en un silencio que resultó muy sosegado y agradable. Como si lo hubieran hecho toda la vida, había pensado ella.
Se sintió francamente aliviada de que no quisiera acostarse con ella inmediatamente porque si bien su cuerpo lo anhelaba, su primera entrega física iba a ser una gran prueba emocional para ella. Aunque la supera ría cuando tuviera que hacerlo, se había dicho.
—Todavía no puedo creerme lo que está pasando —dijo ella mientras separaba las hojas de la lechuga.
—¿Estás haciendo algún tipo de régimen que te impi da cenar?
—Me refiero a estar aquí... de esta manera —sacudió la cabeza—. Todavía somos casi unos desconocidos.
—Tú y yo nos conocemos desde siempre —Edward se en juagó las manos y se las secó con un paño—. No me refie ro a que seamos primos cuartos o quintos. Hubo un en tendimiento desde el principio —se detuvo—. Yo creo que tú también lo notaste.
Ella se sonrojó un poco.
—¿Incluso cuando era una mocosa?
Edward tenía el rostro serio, pero los ojos burlones.
—Sobre todo entonces.
—Pero... no me hacías ningún caso.
—Compréndelo —lo dijo con un tono muy amable—. Todavía eras una niña. Tenía que mantenerme al margen por muchos motivos. Tienes que entenderlo. Tu tío William lo entendió —añadió con tono guasón—. Fue muy amable. Me dijo que no tenía que avergonzarme de nada. Me felicitó por darme cuenta de un posible problema y afrontarlo antes de que se produjera. Me dijo que las jo vencitas no conocían su verdadero poder, pero que dis frutaban poniéndolo a prueba y que yo había tenido mu cha paciencia y que tenía que seguir teniéndola.
—¿Hablaste de mí en esos términos? —le preguntó con tono rígido—. Como si fuera una jovencita provocadora... Dios mío...
Edward negó con la cabeza.
—No, cariño. Porque los dos te queríamos. Además, él tenía mucha razón. Yo tenía todos los sentimientos com pletamente alterados y no podía explicarle que no era solo una cuestión física; que lo que me atraía de ti era esa sensación de calma interior que ya tenías. Rosalie era la abierta y coqueta, pero tú tenías una serenidad que era como un imán para mi espíritu vagabundo. De modo que la única posibilidad era que me marchara y me mantu viera alejado hasta que crecieras.
Ella inclinó la cabeza.
—Edward... crecí hace tiempo, pero tú seguiste alejado.
—Sí —reconoció Edward lentamente—. Porque con los años todo empezó a parecerme una especie de ilusión. Uno de esos sueños que mantienes como tales porque sa bes que nunca se harán realidad —hizo una pausa—. Pensé que podía ser algo solamente mío y que la extraña sensa ción de armonía, de volver a casa, que yo sentía era pro ducto de mi imaginación.
—Sabías que no —dijo ella con voz ronca.
—Tal vez, pero la vida sigue y yo podía haber perdido mi oportunidad. Podías haber encontrado a otro —sacudió la cabeza—. Cada vez que veía a Esme pensaba que ella me diría que te habías casado o tenías novio.
—No —replicó ella—. No ha habido nadie, nadie en se rio, quiero decir.
«Porque estaba esperándote a ti sin darme cuenta. Lo he comprendido al verte esta noche », gritó desde su co razón.
Edwrad permaneció un rato en silencio mientras la mi raba detenidamente y con curiosidad.
—Entiendo —dijo tranquilamente antes de seguir pre parando la cena.
Ella supo que era verdad; que había captado su anhe lo y su miedo y que los había entendido; que esa noche sería como empezar de nuevo.
Tomaron un vino blanco seco que combinaba perfec tamente con el profundo sabor de la pasta. También to maron queso y fruta.
Ella consiguió cenar aceptablemente a pesar de los nervios que le atenazaban la boca de estómago.
La conversación también ayudó a reducir la tensión. Charlaron tranquilamente y se pusieron al día después de tantos años sin verse.
Ella, sin embargo, estaba desconcertada porque él no había hecho el menor intento de tocarla. Lo que era peor, en la cocina, mientras terminaban de preparar la cena, él había hecho todo lo posible por evitar cualquier contacto físico.
Quizá le hubiera abromado saber que todavía era vir gen. Quizá necesitara a alguien que estuviera a su altura en cuanto a experiencia.
Incluso después de cenar, cuando decidieron tomar el café y los licores en uno de los enormes sofás, cada uno se sentó en un rincón, a metro y medio de distancia.
Desde luego, se dijo ella con cierta amargura, él no podía estar esperando que ella diera el primer paso.
—Me siento como si hubiera estado viviendo en otro planeta —comentó Bella pesarosamente cuando Edward le contó algunos de los peligros de su profesión—. Mi casa, el colegio, la universidad, el trabajo... Una progresión muy previsible, sin ninguna emoción.
—¿Quieres emociones? —el tono tenía algo de burlón.
Él estaba apoyado en el respaldo completamente rela jado y seductor con la corbata floja, los botones del cue llo de la camisa desabotonados, los gemelos sueltos y las mangas remangadas sobre los bronceados antebrazos.
—No lo sé —ella tragó un nudo que tenía en la gargan ta y se dio cuenta de que el tono de la velada había cam biado—. No lo había pensado antes.
—¿Y ahora?
—Todavía... no estoy segura —sacudió la cabeza y dio un puñetazo en el brazo de sofá—. ¡Qué poco convincente suena eso!
—Bella —dijo él con calma—, no hay ninguna necesi dad de que te atormentes con esto, te lo prometo —hizo una pausa—. Ni de que estés asustada.
—No... no lo estoy.
—¿No? —la miró con ojos burlones—. Estás tan suscep tible, que si te tocara con una mano te desharías en mil pedazos.
Ella levantó la cara y lo miró a los ojos.
—Quizá sea más dura de lo que te crees. Además, ya me han tocado antes —añadió.
—¿De verdad? —le miró los pechos detenida y sensual mente, luego descendió a la esbelta línea de los muslos bajo el vestido negro—. ¿Te importaría concretar cuándo y cómo?
—Te estás riendo de mí...
—Te prometo que nunca he dicho nada más en serio —repentinamente la voz se tornó áspera—. No te equivo ques, te deseo con toda mi alma, Bella. Quiero que te quedes conmigo esta noche, pero no voy a obligarte a que hagas algo para lo que no estás preparada —respiró profundamente—. Si es demasiado pronto o precipitado para ti, sólo tienes que decirlo. No pasa nada. Conozco una compañía de taxis de confianza que puede llevarte a casa.
—¿Y luego? —consiguió decir ella.
Edward se encogió de hombros.
—Luego pondré en práctica mi paciencia sobrehuma na y esperaré.
—¿Hasta cuándo?
Edward endureció el gesto.
—Quieres resarcirte, ¿verdad? Muy bien. La respuesta es que hasta que sea necesario, pero no más allá de nues tra noche de bodas porque entonces a lo mejor tengo que insistir.
Ella lo miró atónita.
—¿Quieres... casarte... conmigo?
Edward se acercó, pero sin llegar a tocarla. Alargó una mano y tomó un mechón de pelo entre los dedos.
—Una vez que te he encontrado no voy a dejar que vuelvas a escaparte —dijo Edward tranquilamente mientras admiraba el brillo sedoso del mechón.
A ella, el corazón la latía como un tambor enloquecido.
—¿Lo normal no es hacer una petición formal?
Edward sonreía con cierta tristeza.
—Había pensado hacerla... por la mañana.
—Ah —musitó ella lentamente—. ¿Puedo utilizar tu te léfono?
—Claro —le soltó el mechón de pelo—. La tarjeta de la compañía de taxis está dentro de la agenda.
Ella sacudió la cabeza.
—Voy a llamar a mi compañera de piso para decirle que no volveré esta noche —sonrió vacilantemente—. Ve rás, es algo que no hago nunca y a lo mejor se preocupa.
—Querida —Edward se bajó del sofá y se arrodilló delante de ella—. ¿Estás segura?
—Sí —contestó—. Ahora lo estoy. Estoy segura de que, si voy a pasar el resto de mi vida contigo, quiero que em piece esta noche.
Edward inclinó la cabeza y apoyó la mejilla sobre su ro dilla.
—Que así sea —dijo delicadamente.
Llamó al piso y le recibió el contestador automático. Quizá Alice ya estuviera en la cama, pensó mientras miraba el reloj. O, lo que sería peor, quizá siguiera en la galería ayudando a recogerlo todo.
Sin embargo, ningún remordimiento podía velar el júbilo de su voz.
—Hola. Te llamo para decirte que estoy bien y que ya te veré mañana.
Volvió a colgar y fue hacia los brazos de Edward con una sonrisa en los labios y los ojos resplandecientes.
Caray, él se lo había puesto tan fácil... pero tampoco había tenido que esforzarse mucho, pensó Bella con cierto fastidio al recordar aquel momento.
Había sido como una seducción de las que se dan en sueños. Una prolongada y dulce ascensión hacia el pla cer que hizo que la sangre le hirviera en las venas.
Ella se sintió perdida desde el preciso instante en que él la besó y le separó los labios con una destreza indiscu tible y sucumbió a unas sensaciones que nunca pensó que pudieran existir.
Se rindió por completo a sus besos y le correspondió con una pasión plena de ansia mientras todo su cuerpo se estremecía cuando la tomó en brazos para llevarla a la cama.
Cualquier resto de timidez o de duda había dado paso a un anhelo ardiente y abrumador que sólo él podía apla car.
No puso el más mínimo impedimento a los expertos dedos que le quitaron la ropa. Ni se preguntó, como haría más tarde, cuántas mujeres habrían mitigado su anhelo bajo sus sonrientes labios o se habrían cimbreado ansiosas por sus caricias.
En aquel momento estaba ciega y sorda para todo lo que no fuera tomarlo y que la tomara.
Sus manos habían recorrido con calidez toda su sedo sa piel y se habían complacido con cada curva, plano o ángulo de su cuerpo.
Ella, con los ojos entrecerrados, había comprobado que él la observaba, que no perdía detalle de los tonos de su piel, de la respiración entrecortada que se convertía en un jadeo, del movimiento incontrolable de la cabeza en la almohada, de todas las reacciones de su cuerpo a sus caricias. Se había entregado completamente, había gemi do de placer mientras él le acariciaba y le besaba los pe chos y le lamía los pezones expectantes hasta que se irguieron con orgullo.
Los dedos le habían temblado con torpeza mientras le ayudaba a quitarse la ropa y había jadeado sonoramente al sentir por primera vez su potencia ardiente, al sentir su desnudez contra la de ella.
Había sentido los dedos diestros y fuertes que le se paraban los muslos para adentrarse lenta y primorosa mente en su ser palpitante y abrasador. Había sentido cómo daban con su brote oculto y se había olvidado de todo lo que no fuera la interpretación magistral y enlo quecedora de sus manos.
La había arrastrado lentamente a través de un placer febril hasta la cima definitiva y la había mantenido allí durante unos momentos interminables antes de elevarla hasta el primer clímax glorioso y estremecedor.
Todavía sentía las vibraciones del placer cuando en tró en ella con un movimiento rápido y delicado.
Ella había dejado escapar un grito, pero no de dolor, sino de sorpresa y de una especie de asombro mientras lo miraba a los ojos con las pupilas dilatadas.
Edward dijo el nombre de ella con voz delicada y ronca al mismo tiempo y empezó a moverse, suavemente al principio y con un ritmo creciente después. Ella había respondido por mero instinto y siguió el ritmo con las manos aferradas a los sudorosos hombros, las piernas al rededor de sus caderas y la respiración entrecortada, casi sin aliento.
Había sentido en lo más profundo de su ser la misma presión primitiva y devastadora que había experimentado hacía unos minutos y pensó casi con temor que aquello no podía ser Edward debió de haber notado su desconcierto y su duda momentánea.
—Cariño... no te frenes. Deja que ocurra.
Ella jadeó, dejó caer la cabeza en la almohada y una sensación arrolladora se apoderó de ella y la llevó de una convulsión a otra hasta que pensó que podía morir, hasta que en algún lugar remoto de aquel torbellino oyó el gruñido extasiado de Edward que alcanzaba su liberación.
—Ahora tendrás que casarte conmigo —le dijo él mu cho tiempo después.
Ella estaba tumbada, sonriente entre sus brazos y con la cabeza apoyada en su pecho.
—¿Te extrañaría?
Edward la besó en la cabeza.
—A lo mejor no estoy seguro. A lo mejor decides que prefieres un revolcón de una noche.
—No —ella se estiró lujuriosamente—. No sería propio de mí. Además, si la vida casera es esto, yo me apunto.
Él se rió.
—Intentaré tenerla satisfecha, señora.
Ella se volvió para mirarlo y le acarició la mejilla.
—Edward... —dijo en voz baja—. Nunca había soñado que...
Edward le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—Ni yo, cariño. Ni yo.
—Eso no puede ser verdad —el sentido común se apo deró de ella incluso en ese momento de euforia inconte nible—. Has tenido que conocer muchísimas mujeres...
—Bueno, eso es verdad —dijo Edward burlonamente—. Lo raro es que haya tenido tiempo para comer, por no decir nada de ganarme la vida. En realidad, lo más probable es que haya una cola esperando fuera a que te vayas.
—Oh —ella intentó responder en el mismo tono, pero él la besó apasionadamente—. Quiero decir que tú sabías lo que esperabas —continuó con cierta dignidad cuando la soltó.
—Pero no contigo, Bella —replicó él con delicadeza—. Una vez me dijeron que una relación sexual alcanza otra dimensión si se practica con alguien que amas y esta no che he comprobado que es verdad —volvió a besarla—. Mi chica perfecta y cariñosa —murmuró con profunda satis facción.
Al cabo de un rato, Edward volvió a dirigirse a ella.
—¿Crees que podrías vivir aquí o prefieres buscar otro sitio que sea nuevo para los dos?
—No —contestó ella—. Creo que podría ser muy feliz aquí —se detuvo—. Naturalmente, quizá tengamos que mudamos cuando empecemos a tener familia.
—¡Eh! —Edward parecía algo sorprendido—. Tampoco hay mucha prisa, ¿verdad? Antes tenemos que disfrutar del matrimonio.
—¿Pero quieres hijos?
Se hizo un breve silencio.
—Sí... en algún momento.
—Entonces, de acuerdo —ella suspiró de felicidad—. Todavía hay muchas cosas que no sabemos el uno del otro. Va a ser maravilloso descubrirlas.
—A lo mejor también hay alguna sorpresa desagrada ble —insinuó Edward burlonamente.
Ella se rió.
—Imposible —dijo ella alegremente—. Imposible.
—Entonces —dijo Edward—, como primer paso de ese via je lleno de descubrimientos, ¿cuándo te vienes a vivir aquí? ¿Tienes que trasladar muchas cosas de tu piso ac tual?
Ella levantó la cabeza y lo miró fijamente.
—¿Quieres decir que quieres que viva aquí antes de casarnos?
Edward frunció el ceño.
—Sí, es lo que pensaba. ¿Tienes alguna objeción?
—No, pero seguro que mi compañera de piso sí —el tono era pesaroso—. Para empezar confía en que yo pague la mitad del alquiler. Tendría que quedarme hasta que en cuentre a alguien —hizo una pausa—. Además, nunca me han gustado las mujeres que abandonan a sus amigas cuando se enamoran, y Alice se ha portado muy bien conmigo desde que empezamos a trabajar juntas en la galería.
Se hizo un silencio incómodo y notó que el brazo que la abrazaba se ponía tenso y que Edward tenía la mirada perdida y la mandíbula apretada.
—No sabía que compartías piso —dijo.
—Pues sí. Mucha gente lo hace si quiere vivir en un sitio medio decente.
Edward se encogió de hombros.
—Es posible. Yo nunca lo he hecho —lo dijo con un tono casi brusco.
Ella se sentó.
—Edward... realmente te importa, ¿verdad?
No contestó inmediatamente.
—¿Te extraña tanto? —preguntó al fin con tranquili dad—. Quiero que estés conmigo.
—Yo también lo quiero —lo miró suplicantemente—, pero tienes que entender que no puedo abandonar a Alice, sobre todo cuando trabajamos muy bien jun tas.
—No. Supongo que no. Debería admirar tu fidelidad.
—Tú... —dijo ella lentamente—. Tú no puedes estar ce loso...
—¿No? —hizo una mueca con la boca—. Quizá sea la primera sorpresa desagradable.
—Me sorprende —ella le sonrió—. Quizá debiera estar halagada.
La sonrisa de él era irónica.
—Ni siquiera puedo utilizar la excusa de que al ser hijo único no estoy acostumbrado a compartir porque tú también lo eres.
—Bueno, mi disposición a compartir tiene sus límites —ella se inclinó y lo besó—. Por ejemplo, exijo un derecho en exclusiva sobre ti y eso no es negociable —añadió con suavidad.
—Estoy deseando firmar el contrato —volvió a estre charla contra sí con intenciones lujuriosas—. Aunque no vengas a vivir aquí —dijo delicadamente mientras paladea ba los pezones—, espero que me concedas alguna noche, o muchas.
—Sí —dijo ella—. Desde luego.
No volvió a decir nada en mucho tiempo.
Habían sido tan felices... estaban tan absortos el uno en el otro... pensó Bella sin poder evitar un rechazo al recordarlo.
Cuando llegó a su piso por la mañana, iba flotando en una nube.
Entró sigilosamente, casi con sensación de culpa, y fue a su habitación para recoger algo de ropa interior limpia y una blusa y una falda de las que llevaba para trabajar.
Se duchó y se lavó la cabeza y estaba sentada en el tocador secándose el pelo cuando apareció Alice en la puerta.
Se volvió y sonrió.
—Hola.
—¿Dónde te metiste anoche? —Alice tenía los ojos clavados en ella—. De repente... desapareciste.
—Ya —ella notó que se sonrojaba y se maldijo para sus adentros—. Es verdad. Lo siento —se detuvo—. ¿Oíste el mensaje?
Alice se encogió de hombros.
—No decía mucho.
—No —ella se mordió el labio—. Verás, me encontré ac cidentalmente con un amigo, alguien al que hacía mucho tiempo que no veía.
—¿En la exposición? —el tono se había vuelto cortante.
—¿Por qué...? Sí. Claro, teníamos muchas cosas que contarnos —terminó poco convincentemente.
—No me extraña —dijo suavemente Alice con una sonrisa—. Bueno desde aquí da la sensación de que fue una reunión muy fructífera. Es más, que fue una noche para recordar.
Ella ya sabía perfectamente que su cara la traicionaba completamente: tenía los ojos velados y cansados por el sexo, la piel luminosa y los labios hinchados, pero no te nía nada de qué avergonzarse ni de qué arrepentirse. No había hecho voto de castidad y Edward era su amor y su amante.
Se sonrojó más todavía.
—No tenía intención de dejarte en la estacada con la galena.
—Simplemente, te dejaste llevar por tus sentimientos —Alice se detuvo—. No te preocupes, creo que el señor Haville ni siquiera se dio cuenta.
—La presentación fue bien, ¿verdad? —ella pasó deli beradamente a un tema impersonal.
—Creo que sí —Alice se encogió de hombros—. La verdad es que vendimos muchos cuadros.
—Bueno —ella apagó el secador de pelo—, de eso se trataba.
—Sí —dijo Alice lentamente—. Claro —agarraba el cinturón de la bata con las manos—. El trabajo nos llama, será mejor que vaya a vestirme.
Se paró al llegar a la puerta.
—No pretendo criticar ni entrometerme, ¿pero no es bastante impropio de ti?
Ella se mordió el labio.
—La verdad es que no lo había planeado, si te refieres a eso —contestó ella un poco envarada—. En realidad, no tenía ni idea de que Edward fuera a estar allí, pero...
—Pero vuestros ojos se encontraron entre la multitud y eso fue todo... —había cierta mofa en la voz de Alice.
—Sí —ella sacudió la cabeza—. Alice... fue increíble —hizo una pausa y se lanzó sin pensarlo—. Me pidió que me casara con él.
Se hizo un silencio.
—¿Casarte? —preguntó Alice con suavidad—. ¿Con alguien a quien no has visto en años? ¿Te has vuelto loca?
—No —contestó ella a la defensiva. Luego sacudió la cabeza—. Bueno, a lo mejor. La verdad es que no lo sé, pero estoy segura de estar enamorada y nunca he sido tan feliz.
—Y todo en una noche... —Alice se rió con aspere za—. Ese Edward debe de ser un semental.
—No fue eso —la voz era severa—. Fue hermoso y... perfecto. Como si fuéramos la media naranja de cada uno. También es lo que siente Edward.
—Por favor, ahórrame los detalles —su compañera de piso habló con una brusquedad desacostumbrada en ella—. Lo cierto, Bella, es que por fin te has acostado con un hombre. Me alegro de que resultara bien, pero no es suficiente para construir un futuro. Es mejor que conoz cas gente, que veas qué hay por el mundo.
¿Como hacía su amiga?. Toda una serie de encuen tros que no llevaban a ninguna parte aunque fingiera que no le importaba...
—Alice —dijo con tono conciliador—, no quiero eso —sacudió la cabeza—. Tal vez yo sea una mujer de un sólo hombre.
—Si existe tal cosa... —Alice se encogió de hom bros—. Sólo espero que sepas lo que haces.
—Sí —ella levantó la barbilla—. Claro.
—Perfecto —dijo Alice con serenidad—. Ya lo vere mos —se fue de la habitación.
Ella quiso gritar que lo quería y que él la quería a ella.
En cualquier caso, la mañana había perdido parte de su resplandor. Dejó el cepillo y se miró al espejo. Vio la cara de una mujer que casi no conocía.
Con una extraña sensación de desolación, pensó que necesitaba a Edward en aquel instante para que la apoyara. Para que le dijera que todo iba a salir bien. Lo necesitaba con toda su alma.
Sin embargo, estaba sola.
Al recordarlo, Bella podía darse cuenta de que había sido una premonición, el presagio de una trágica serie de acontecimientos.
Aunque hubiera sabido que lo que la esperaba era la infelicidad y la traición, ¿habría tenido la fuerza para romper el hechizo de Edward y alejarse de él?
Todo el mundo había intentado convencerla de que era una locura, le habían suplicado que esperara, pero ella se había negado a escuchar.
El mismo Edward le había advertido de que su matrimo nio no sería una balsa de aceite. Le había mostrado su lado más oscuro y complejo. ¿Por qué no le había creído a él tampoco?
Porque estaba enamorada, se contestó con cansancio.
Aquello había sido una solemne tontería, pero ya era mayor y había aprendido y nunca volvería a cometer aquel error. Lo prometía.
ola chikas =D
espero ke les haya gustado
nos vemos en la próxima :)
me regalan review?
las kiero =D
