Volvía a casa del trabajo. Estaba realmente cansado. No es que su trabajo implicara mucho esfuerzo físico, pero había que hacer un esfuerzo prácticamente sobrenatural para no perder los nervios en según qué situaciones. No sabía lo que le esperaría al llegar a casa. Desde que se independizó vivía con su amigo de toda la vida, con el que se había criado desde niños en aquel orfanato al que aún iban de visita casi todas las semanas. A él las cosas le iban más o menos bien, pero su amigo… Estaba en una situación que le estaba costando la salud. Y le causaba una gran impotencia no poder ayudarlo a salir de ella. Esperando que el día se arreglara un poco entró en casa, sólo para darse cuenta de cuán inútiles eran sus esperanzas, pues su amigo estaba en el sofá sentado abrazándose las piernas. Y había estado llorando. Mucho. Se acercó a él en silencio y se sentó a su lado. Éste le miró con cara de pena y él sólo pudo abrir los brazos esperando que su amigo que abalanzara a ellos y le contara qué mierda le había hecho ese desgraciado esta vez.

-Ven aquí, Thatch… Cuéntame qué ha pasado ahora.

-Él… él… le odio, Marco. Quiero que desaparezca de mi vida.

-¿Y por qué no le echas? ¿No lleva bastantes años haciéndote daño como para no aguantar ni una humillación más?

-Pero es que yo… le quiero, mucho.

-No digas tonterías, yoi. Es imposible que quieras a un bastardo como él. Lo que le tienes es miedo. Miedo a que si le dejas venga a por ti y te haga daño.

-Es que es totalmente capaz, Marco.

-¿Y para qué estoy yo aquí, idiota? ¿Y tú? ¿Qué te crees que no puedes hacerle frente? ¿No te crees lo suficientemente fuerte para partirle la cara?

-¿Y si va a por ti?

-Que venga, lo estoy deseando- dijo con una sonrisa.

-No tienes ni idea de lo que es capaz, Marco.

-Él tampoco sabe de lo que soy capaz yo, ya que estamos.

-Quiere que me vaya de aquí, de esta casa.- soltó la bomba que se había estado guardando.

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué?

-Está convencido de que entre tú y yo hay algo…

-Menuda gilipollez, yoi. Que ni se le pase por la cabeza pensar que voy a dejar que te marches así como así.

-¿Por qué lo haces, Marco? ¿Por qué insistes en vivir conmigo cuando, con tu sueldo, puedes vivir ancho y solo?

-Thatch, eres un gran amigo para mí. Mi hermano. ¿Cómo voy a preferir vivir solo a vivir contigo? Además, no pienso dejarte sólo con ese lunático tratándote así. ¿Qué hubieras hecho todos estos años si yo no te hubiera apoyado?

-Lo cierto es que si tú no hubieras…

-Vale. No quiero oírlo. No quiero ni imaginármelo. Pero tenemos que hacer algo, Thatch. Así no puedes seguir porque acabará matándote, ¿me entiendes? Y no pienso dejar que te siga haciendo daño.

-¿Y qué piensas hacer para evitarlo?- dijo Thatch, apenado.

-Pues ahora mismo no tengo ni idea. Pero, de momento, vamos a pedir unas pizzas que no tengo ninguna gana de cocinar y vamos a ver una peli, ¿te parece?

-¡Me encanta el plan!- dijo casi en un grito, animándose notablemente y abrazando excesivamente a su amigo. Pidieron las pizzas y se abrieron una cerveza mientras esperaban.- Pero cuéntame, Marco, ¿cómo ha ido el primer día de clase?

-Buff, calla, calla. En general son bastante simpáticos. Quiero decir, que no arman alboroto, escuchan, y por los informes que he leído de ellos, no hay muchos que sean malos estudiantes…

-¿…Pero?

-Pero hay tres que me sacan de quicio.

-¿Ya el primer día?- Marco contestó con un puchero.- Oh, vamos, no ha podido ser tan malo esta vez… -ante la mirada de Marco, Thatch se encogió en el asiento- ¿Cuál ha sido?

-"El Piñas"…- Thatch se carcajeaba en el sofá agarrándose el estómago.- No te rías, yoi. No es nada gracioso, ¿sabes?

-Eso lo dirás tú. Si yo fuera tu alumno, tendrá uno nuevo cada día. ¿Recuerdas cómo te llamaba oyaji cuando éramos niños?

-¿Cuándo éramos niños, Thatch? –dijo, falsamente enfadado- ¿Acaso no me lo sigue llamando? "El del pulpo en la cabeza"… como si lo pudiera olvidar.

-Eh… ¿recuerdas cuando echamos lavavajillas líquido en la fuente del centro del orfanato? Hubo espuma por el patio más de dos semanas…

-¿Y cuando cambiamos toda la nata por pasta de dientes?- dijo Marco entre risas.

-O el día que escondimos todos los borradores para no poder dar clase.

-Qué tiempos aquellos, yoi. Los echo de menos.

-Bueno ahora les toca a las nuevas generaciones reírse de sus profesores.

-Pero ¿por qué siempre mi pelo, Thatch?

-¿Has pensado en cambiar tu estilo?

-¿Por tres idiotas pubertos? No, gracias.

-Marco que tú seas un abuelo de 32 añazos no implica que los chavales de 20 sean pubertos… Además, dicen que cuanto más jóvenes…- dijo levantando las cejas con un implícito "sabes a lo que me refiero".

-No digas gilipolleces Thatch. ¿Ves? por eso tú no podrías se profesor jamás en tu vida. ¿Cómo voy a…? Ni siquiera a pensarlo, Thatch. Podrían echarme del trabajo e incluso me buscaría denuncias. Podrían hasta meterme en la cárcel…

-¿Por enseñar extraescolares a alumnos mayores de edad?- dijo con una carcajada.

-Bueno, claro, son mayores de edad…- dijo él pensativo.- Pero que no me embaucas, Thatch, que no voy a ligarme a ningún alumno. Además, tampoco es que sean nada del otro mundo. Ni siquiera sé si le gustan los hombres. Mucho menos que vaya a reconocerlo. Mucho menos que le guste un hombre que le saca 12 años. Mucho menos que sea su profesor.

-Calma, calma, Marco. Te vas a terminar ahogando.- dijo Thatch con una risa.- Además… estás hablando en singular…

-No es cierto, yoi.

-Sí lo es… A ver, "Piñas"- entrelazó los dedos de sus manos como si estuviera rezando y empezó a abrir y cerrar mucho los ojos- ¿qué alumno ha robado el corazón de su profesor favorito?

-Thatch, como sigas por ahí…

-Va, al menos dime su nombre.

-No.

-Entonces reconoces que tengo razón.

-No. Nadie me ha robado el corazón. Hay una persona con la que no me importaría pasar una noche. Punto final. Ni corazones, ni robar nada, ni ojitos tiernos. Una noche de sexo y fuera. Fin.

-Cuéntame cómo es…

-No, Thatch.

-Vamos, Marco, no seas aguafiestas… Hace mucho que no hablamos de chicos…

-Porque hace mucho que no somos adolescentes pubertos.

-¿Como el que te quieres tirar?

-Sí, exactamente como él.

-¿Es uno de los que te llaman "El Piñas"?

-…Sí. Y no sabes lo que me jode, Thatch.

-¿Qué te llame así o que sea él quien lo haga?

-Como si eso importase mucho, Thatch…

En ese momento sonó el timbre anunciando la llegada de la cena. Ya dejarían sus "conversaciones de chicos" para más adelante. Pero Marco estaba seguro de una cosa: Thatch no lo iba a dejar pasar de ninguna de las maneras.

Se había dormido relativamente pronto, pero un par de horas más tarde le despertó un trueno. Se había desatado una tormenta de las grandes. De esas que hacen que los gatos se escondan bajo las camas como si les fuera la vida en ello. Ace sabía lo que eso significaba. Sabo no tardaría en ir a verle. Le tenía pánico a las tormentas. Casi como si hubiera sido una invocación se escuchó un leve golpeteo en la puerta de su cuarto.

-Pasa, Sabo.- el aludido entró en su habitación y se dirigió a la cama de su hermano.

-Ace… sé que soy muy mayor para estas cosas… pero, ¿puedo dormir contigo?- dijo con un puchero. Se le veía realmente tierno, como un niño desvalido.

-Anda, ven aquí- dijo Ace, apartando las mantas y sábanas que le cubrían- Tienes que ir a un psicólogo para superar este miedo, Sabo.

-Lo sé…-dijo acurrucándose contra su pecho. Ace le pasó un brazo por los hombros y con otro rodeó su cintura.- Gracias por dejarme dormir contigo, Ace.

-Sabes que no tienes que dármelas- dijo besando su frente.

-Ace…

-¿Sí?

-¿Te… te ha gustado lo de esta tarde? Tú, ¿has disfrutado?- dijo con un sonrojo en las mejillas.

-Claro que sí, Sabo. Ya te lo he dicho. Nunca me habían hecho nada así- contestó acariciándole la espalda y atrayéndolo más hacia él por la cintura. Un brillo apareció en los ojos de Sabo y en cuestión de segundos estaba encima de Ace, besándole con una manifiesta necesidad.

-Quiero más de ti, Ace. Quiero probarlo todo…

-Sabo… yo… tengo miedo.

-No tienes que tenerlo, Ace. No pienso permitir que sufras más de lo absolutamente inevitable… Pero te prometo que el placer que sentirás después lo compensará- a estas alturas estaban frotándose uno contra otro sintiendo sus erecciones que ya habían crecido casi por completo.- No tenía pensado esto, te lo prometo. Pero acabo de soñar contigo y necesito tenerte… Necesito follarte, Ace… No quiero ni puedo contenerme más…

-Entonces… hazlo.

-¿Que haga, qué?- dijo Sabo, con una sonrisa. Ace sabía muy bien lo que quería.

-Fóllame, Sabo.

El aludido fue como una exhalación a su cuarto y volvió con un bote de lo que Ace supuso que era lubricante. Esperaba que con eso fuera suficiente. Sabo se acomodó entre sus piernas y se introdujo el miembro de Ace en la boca, para subir y bajar con una lentitud que enloquecía a Ace.

-Sabo, por dios, no me hagas esto… -dijo ahogando un gemido.

-Tengo que hacerlo así… no quiero que te corras antes de darte lo que tengo pensado para ti… Después me lo agradecerás, ya lo verás.

Echó un poco de lubricante en sus dedos y los humedeció bien. Volvió a sus atenciones a la erección de Ace y, poco a poco fue introduciendo un dedo en su interior. Por el momento, parecía que Ace no estaba muy incómodo, así que comenzó a moverlo: adentro, fuera, en círculos, más rápido, más profundo. Viendo que ya estaba lo suficientemente dilatado introdujo un segundo dedo. Hizo lo mismo que había hecho con el primero y repitió lo mismo cuando introdujo el tercero.

-Dios, Ace… Hacía mucho que no me follaba a alguien virgen… No te haces ni idea de lo que lo voy a disfrutar…- Se acercó para besarlo- ¿estás listo?- Ace sólo asintió- Bien, voy a entrar, si te duele mucho, dímelo. Pero algo te va a doler… eso no lo voy a poder evitar.- Ace le cortó con un profundo beso y le dijo:

-Sabo, métemela ya, por dios.

Empezó a entrar poco a poco agarrándose de las caderas de Ace que se sujetaba a los hombros de su hermano mientras se mordía el labio inferior para no gritar. Dolía. Vaya, que si dolía. Cuando, con mucha dificultad estuvo dentro de él por completo, se agachó para besarle de nuevo, mientras con una mano comenzaba a masturbarle, esperando a que se acostumbrara. Cuando consideró que ya había pasado tiempo suficiente, comenzó a moverse despacio, poco a poco, con cuidado.

-Joder, Ace… Que estrecho estás… joder. No sé si voy a poder contenerme…

-¿Quién te ha dicho que te contengas, Sabo? Creía que habías venido a follarme…

-No me provoques, Ace- dijo aumentando el ritmo de las embestidas- o te juro que no te podrás sentar en un mes.

-Sabo… quiero que me lo hagas como a él. Fóllame como le follabas a él… por favor.

Salió de él y le dio la vuelta, dejándolo de espaldas a él. Se acercó a su entrada poco a poco hasta que volvió a estar por completo dentro de él. Comenzó otra vez a moverse sin ningún cuidado.

-Ahora entiendo por qué gritaba así… Más, Sabo… Necesito más.

-Ace, estoy a punto de perder el control… no sabes lo increíblemente bien que se siente esto. Dios estas tan caliente y tan estrecho…- conforme hablaba iba aumentando el ritmo y los gemidos de Ace podrían escucharse en toda la casa, casi con total seguridad.

-No voy a aguantar mucho más, Sabo… me voy a correr ya.

-Espera un poco, Ace… necesito más de ti.

-No… no te corras dentro.

-¿No? ¿Dónde quieres que me corra?

-En mi boca… quiero tragármelo todo, como hiciste tú…

-Joder Ace ¿has perdido la vergüenza, eh? No te imaginas lo dura que me la pone que me hables así…

-Vamos, no seas malo… déjame que la pruebe…

Salió de él con brusquedad y lo condujo al suelo, a los pies de la cama. Se la metió en la boca sin miramientos y comenzó a mover las caderas con energía, mientras se agarraba a su pelo. Ace comenzó a masturbarse con la mano que le quedaba libre. Sabo comenzó a gemir más entrecortadamente.

-Ace, me voy ya, abre bien la boca… ah… ¡Ace!- y con un último grito se vació en la boca de su hermano que tragó todo lo que pudo para terminar corriéndose justo en ese momento. Sabo le levantó del suelo y lo cogió en brazos, llevándolo hasta la cama.

-¿Qué te crees que haces, Sabo? No soy una maldita princesa…

-No, pero no creo que puedas caminar después de lo que he hecho. Bueno… más bien de cómo lo he hecho. Lo siento mucho, Ace. Debí haberme contenido.

-No digas tonterías, no ha sido para tanto… ¿Dónde vas?

-A por sábanas limpias.- dijo con algo de tristeza.

Cuando Ace miró la cama estaba llena de sangre. Ahora que reparaba un poco en su cuerpo lo cierto es que dolía. Y bastante. Cuando Sabo hubo cambiado las sábanas y echó las otras a lavar, se metió en la cama con su hermano abrazándolo fuertemente contra su pecho.

-Perdóname, Ace. De verdad… Te prometí que no te haría daño.

-Tranquilo, Sabo. Estoy bien… De hecho, hacía mucho que no me sentía tan bien.

-Ace… te recuerdo que esto no es más que sexo. Lo sabes, ¿verdad?

-¿No creerás en serio que me he enamorado de ti?

-Sólo te lo recuerdo. No me gustaría nada herirte así.

-Sabo, corta el rollo. No voy a enamorarme de ti. Créeme.- dijo con una risa.

-De acuerdo, de acuerdo. Venga, ahora a dormir, mañana será un día duro…

Ahora sí, ambos se quedaron dormidos profundamente el resto de la noche. ¿La tormenta? Sabo no había vuelto a escuchar un solo trueno desde que probó los labios de su hermano… Y eso que fuera llovía y tronaba más fuerte que nunca.