Capitulo 2
La esfera lobuna
Cuando la luna ensangrentada asomó por encima de la línea oscura de árboles, un círculo azul blanquecino perfecto que resultaba visible a través de la ventana del gran dormitorio, Jacob se abrochó el último botón de la camisa de cuadros y se puso la cazadora forrada de lana de oveja.
—Podrías quedarte, ¿sabes? Estar aquí cuando volviera.
Alzó la vista. Una lámpara de cristal brillaba en la mesilla, una maravilla de Tiffany que había sido importada de la esfera humana y reconvertida para que funcionara con la energía casi mágica que alimentaba los aparatos lobunos. Su brillo pálido iluminaba las paredes de color tierra de la habitación y los muebles bellamente tallados, todo ello adornado con el sello de la manada Ojo Arañazo: cuatro cortes paralelos de color rojo sangre cruzando un ojo de lobo ámbar. La cama estaba cubierta con lujosas pieles teñidas de color carmesí, pero la verdadera obra de arte de la estancia era Jane. La hembra alfa de la manada que yacía sinuosa y satisfecha, con su aroma acre por la excitación y la magia de la luna sangrienta. Agraciada con el cuerpo fuerte de una cazadora y el pelo rojizo de una hembra en su apogeo, era independiente y libre, igual que él.
Excepto porque ella no se parecía nada a él.
Se encontraban y apareaban esa noche todos los años, cuando el sexo potenciaba los cambios más fuertes y los wolfyn permanecían principalmente en forma de lobo los tres días siguientes, renovando su magia y creando o rompiendo alianzas nuevas. Ella no se atrevía a aparearse con un macho de su especie durante la luna sangrienta por si él reclamaba el Derecho de Desafío para dominar la manada, un papel que había ido a parar a su hermano Alec en lugar de pasar a través de ella como era tradicional. Por eso, como «invitado» de la manada Ojo Arañazo, que era como se conocía a los pocos viajeros accidentales de otra esfera que llegaban allí en un vórtice mágico y no podían regresar a casa a través de las piedras erguidas, Jacob había sido elegido por Jane. Ella le había expuesto el tema con el pragmatismo de un lobuno: sexo una vez al año, nada más y nada menos. Cosa que a él le iba bien por distintas razones.
Su relación había empezado como una transacción, pero con el tiempo se había convertido en amistad. O como lo llamaban los humanos, «amistad con roce». Pero amigos o no, él no le dijo que estaba casi seguro de que esa sería la última vez. No se atrevió. Lo que dijo fue:
—Gracias por la oferta de que me quede, pero no. Y tú no me lo habrías pedido si no hubieras sabido que rehusaría.
—Me comprendes demasiado bien. ¿El año que viene a la misma hora?
—Por supuesto —respondió él—. A menos que para entonces te hayas apareado —añadió como hacía siempre.
A ella le brillaron los ojos.
—Alec es un buen alfa.
Aquello era discutible, pero Jacob no pensaba decirles ni a Jane ni a ninguno de los demás miembros de la manada que su macho alfa estaba más interesado por sí mismo que por la manada o sus tradiciones. Ni que había hecho mal en alterar esas tradiciones para espantar al macho que había llevado el padre de Jane de otra manada para que se apareara con ella y fuera su sucesor. Cierto que aquel macho, Santiago, no debería haberse ido, pero eso no hacía que Jane tuviera razón.
Pero como no tenía sentido iniciar una pelea, le lanzó un beso.
—Hasta el año que viene, pues —lo cual era mentira, pero una mentira necesaria. Leah, la sabia lobuna de la manada, era la única de esa esfera que sabía quién era él de verdad y que era casi hora de que volviera a casa.
—Por supuesto —asintió Jane—. Es decir, a menos que tú encuentres una compañera antes.
Él tenía ya la mano en la puerta, pero se volvió sorprendido.
—¿Yo? No, eso no entra en mis previsiones.
—La nueva invitada de la manada Giro de Piedra es guapa.
—No me interesa tomar una compañera.
Además, la recién llegada no era la mujer que esperaba, la mujer con la que soñaba cada vez con más claridad desde hacía una semana, para despertar luego con la imagen de un rostro en forma de corazón, barbilla con hoyuelo y pelo rizado y rojizo. La mujer a la que quería decirle que se diera prisa.
Jane lo miró interrogante.
—Si no es eso, ¿qué es lo que te preocupa entonces? —para los wolfyn, los problemas siempre eran o políticos o de familia. Y puesto que él no se mezclaba en la política de la manada, eso dejaba la familia o, en su caso, la falta de familia.
—Estoy bien, de verdad —él la saludó con un gesto de la mano—. Pásalo bien.
Ya podía ver el fuego ámbar en el fondo de los ojos de ella y, cuando salía de su casa, sintió el zumbido del cambio mágico en el aire. Se le pegó a la piel y alimentó la impaciencia que se apoderaba cada vez más de él a medida que pasaban los días sin que hubiera señales de su guía. Lo roía la frustración, lo ponía nervioso. Quería correr por la oscuridad, provocar una pelea, aullar a la luna…
En lugar de eso, se dirigió a la cabaña pequeña de troncos que había construido cerca de las piedras erguidas. Se subió la cremallera de la chaqueta y corrió los dos kilómetros con las manos en los bolsillos. La luna sangrienta iluminaba la noche con una luz blanquiazul tenebrosa, que era casi tan brillante como el día aunque monocromática. Cuando la cabaña apareció a la vista, el aire trasportaba ya un coro de ladridos excitados y aullidos profundos.
Su cabaña, poco más que una habitación grande con una chimenea central y un gran hogar, era muy rústica en opinión de los miembros de la manada. Había usado ventanas aisladas al estilo humano y tenía un generador de electricidad de tecnología lobuna. Pero esa noche la luz de la luna hacía que la cabaña pareciera brillar.
A Jacob se le aceleró el pulso porque sabía por experiencias pasadas que no era la cabaña la que brillaba. Era un vórtice que se formaba en el círculo de piedras.
Echó a correr. Cuando dobló la esquina, sonó un trueno, que vibró a través de las suelas de sus botas aunque el cielo estaba claro. Casi aplaudió cuando vio el relámpago blanquiazul entre las piedras. La electricidad iluminó el aire, cargando el ozono y poniéndole los pelos de punta, como si él también estuviera sufriendo el cambio.
Subió la colina rodeado por la magia y se detuvo justo en el borde del círculo de piedras. De pronto la hierba y el aire dentro del círculo se hicieron borrosos y empezó a moverse, al principio creando una espiral lenta hacia dentro pero después girando cada vez más deprisa, creando en segundos un tornado gris de todo y de nada.
La magia tiró de él.
«Ven», parecía decir el vórtice. «Di las palabras y ven».
Jacob dudó. El vórtice nunca le había funcionado, ni siquiera con el conjuro que debía devolverlo a su casa de Elden. ¿Pero y si había llegado el momento? Quizá su guía no tenía que ir a él sino al contrario. «¡Por favor, dioses!».
Sonó el trueno y él se imaginó el bosque del que había salido y dijo el conjuro. A continuación penetró en el círculo de piedra preparado para todo.
El viento lo rodeó al instante; lo agarró y lo lanzó de cabeza en un remolino de poder. Lo embargó la excitación. ¡Funcionaba! Rugió el trueno, explotó el rayo y el universo pareció contener el aliento un instante. En aquel momento divisó una cocina moderna de estilo humano y se sobresaltó con desmayo. «No, a la esfera humana no. Llévame a Elden».
Mientras pensaba eso, el dolor estalló detrás de sus ojos y golpeó su cráneo. Por un segundo hubo solo oscuridad. Inmovilidad. Silencio. Ni siquiera podía oír los latidos de su corazón.
Luego todo volvió a cobrar vida a su alrededor, hubo una luz blanquiazul en sus ojos y sintió la presión de la hierba bajo los pies. Parpadeó y apretó los puños decepcionado cuando reconoció la luna llena iluminando el círculo familiar de piedras.
No había ido a ninguna parte después de todo.
Soltó un juramento, que se interrumpió al oír un gemido suave. Un gemido suave femenino.
El corazón le golpeó con fuerza en el pecho y se volvió hacia el sonido.
Y allí estaba ella. Después de tanto tiempo…
Yacía acurrucada en la hierba con la mejilla apoyada en las manos, pero él reconoció el óvalo de su cara, el hoyuelo terco en la barbilla y las líneas fuertes pero sutiles de su cuerpo. Más aún, adivinó sin tener que verlos a la luz del día que su pelo era rojo y sus ojos azules como la parte más profunda del cielo de Elden después de la lluvia. Aunque no importaba que fuera o no hermosa, pues ella era su guía y él tenía claras sus prioridades.
Su ropa indicaba que era humana, cosa que lo sorprendió. De las tres esferas conocidas, la humana era la más avanzada tecnológicamente y la que menos magia usaba, lo cual hacía que fueran los más alejados de la magia pura de los reinos. Teniendo eso en cuenta, ¿cómo lo iba a guiar ella?
«Ten fe», se dijo. Su padre le había prometido una guía y allí estaba.
Lo cual también implicaba que había empezado la cuenta atrás de cuatro noches y tenían que ponerse en marcha. Pero había un problema con eso. Ella estaba inconsciente y la manada del Ojo Arañazo se reunía para su carrera, que incluiría una serenata de una hora en las piedras. Los wolfyn eran civilizados en su mayor parte, pero la luna sangrienta desencadenaba otros aspectos de sus personalidades. Y aunque a Jane probablemente no le importaría verlo con otra mujer durante esa luna, otros no serían tan indulgentes.
Aunque deseaba invocar inmediatamente otro vórtice, Jacob tomó a la mujer en sus brazos. Ella era de huesos más ligeros que Jane y parecía encajar de un modo natural contra su cuerpo cuando la sacó del círculo con la cabeza apoyada en su cuello y el pelo rizado rozándole la mejilla.
Dentro de la cabaña la depositó en el sofá, cerca del hogar, donde los restos del fuego estaban todavía calientes. Se quitó la chaqueta y se arrodilló a su lado, incapaz todavía de creer que había soñado con ella y ahora estaba allí. Miró sus labios y el leve sonrojo de sus mejillas. Tendió la mano hacia ella con intención de despertarla, pero en lugar de ello, se encontró apartándole unos mechones de pelo de la frente. Su piel era suave y cálida, y aunque Jacob se dijo que no debería tocarla de ese modo, no consiguió apartarse.
Ella se movió bajo sus dedos y soltó un suspiro. Él contuvo el aliento cuando ella abrió los ojos y lo miró. El universo entero se centró en aquellos ojos azules y en la mirada de sorpresa de ella. De sorpresa y de… reconocimiento.
El leñador le sonrió.
—Gracias a los dioses que has llegado por fin.
Reda lo miró en silencio; la cabeza le daba vueltas y el mundo se desviaba unos cuantos grados de la normalidad.
Era el mismo sueño que había tenido toda la semana, el sueño en el que despertaba en una cabaña de troncos y encontraba a aquel hombre acurrucado sobre ella mientras cerca de allí ardía un fuego. Él era como lo había soñado. El pelo moreno alborotado le caía sobre la frente y se curvaba bajo sus orejas, acentuando los rasgos bien definidos y los ojos de color esmeralda. Tenía un cuerpo esbelto pero poderoso, de hombros anchos y extremidades largas, con músculos fuertes que se flexionaron cuando se arrodilló al lado de ella. Su piel era suave y bronceada, con una ligera capa de vello masculino visible a través de los dos botones desabrochados de la camisa. Y al igual que en sus sueños, el aire olía a leña, humo y canela. Un fluido cálido pasaba por el cuerpo de ella y se concentraba en el punto en el que los dedos de él descansaban en su mejilla.
Pero cuando la cabeza dejó de darle vueltas, llegaron los nervios… porque la imagen de conjunto era correcta, pero los detalles estaban equivocados.
La cabaña estaba hecha de troncos, sí, pero ella yacía en un sofá cómodo y no en un camastro y en una mesita cercana había una lámpara que ofrecía una luz ámbar. Y el hombre llevaba ropa que parecía sacada de un catálogo moderno y no hecha con telas tejidas a mano. El sofá en el que estaba tumbada tenía una capa suave de terciopelo, pero el tejido se movía de un modo raro y el relleno de debajo también. Y la lámpara no tenía cordón.
—Voy a matar a MacEvoy —aquel idiota debía haber añadido un alucinógeno al quemador de incienso.
—¿Quién es MacEvoy?
La voz del leñador era de barítono, con un tono rasposo que parecía acariciarle la piel. Pero la pregunta la puso más nerviosa, porque él antes no había hablado nunca y nunca la había mirado perplejo.
Se estaban apartando del guion y no le gustaba.
—Es… eso no importa —se levantó del sofá y lo apartó con un gesto de la mano cuando él hizo ademán de ayudarla—. Estoy bien —pero no estaba bien. Aquello no estaba nada bien porque lo que ocurría, fuera sueño o alucinación, parecía demasiado real.
—¿Lo bastante bien para ponerte en marcha?
—¿En marcha?
Él asintió.
—Tenemos cuatro noches contando esta, así que deberíamos empezar lo antes posible.
Nessie respiró hondo y se ordenó no ceder al pánico. Había una explicación lógica para aquello. Tenía que haberla.
—No pienso acostarme contigo —dijo.
No sabía por qué aquello era lo primero que salía de sus labios. O mejor dicho, sí lo sabía. Era por sus sueños.
Él enarcó las cejas.
—Pues claro que no. Tú eres mi guía.
Ella se ruborizó.
—En serio, no tengo ni idea de lo que me hablas —y tampoco sabía por qué discutía con un producto de su imaginación.
—No se te ocurra bromear con eso.
—¿Quién bromea? —no bromeaba; estaba muy confusa—. Espera. ¿Esto es una broma de alguien? —¿Pero quién se iba a molestar en eso?
La expresión de él se aclaró de pronto.
—¡Maldición! Es el mareo del vórtice.
—¿Del vor qué?
Él se incorporó y empezó a caminar por la estancia.
—A veces, cuando los viajeros cruzan en el vórtice de una esfera a otra, se quedan confusos e incluso olvidan trozos de su pasado.
Nessie sintió calor debajo del corazón.
—Yo no estoy loca.
—Yo no he dicho que lo estés —respondió él—. La pérdida de memoria y la locura no son lo mismo.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella.
Él dejó de andar y pareció algo avergonzado.
—Perdona. Soy Jacob. Bueno, el príncipe Jacob de Elden. Pero si alguien de aquí supiera eso, me despedazarían —lo dijo con tal naturalidad que ella tardó un momento en registrarlo. Él le tendió la mano—. Así que llámame solo Jacob, ¿de acuerdo?
—Yo soy Nessie.
Le tomó la mano con la cabeza dándole vueltas y notó la fuerza cálida de su palma grande y sus dedos largos y elegantes. Pero en lugar de estrechársela, él se llevó la mano de ella a los labios y le besó los nudillos. Fue un gesto natural, como si lo hubiera hecho miles de veces y no significara nada especial. Pero el respingo de ella hizo que sus ojos se encontraran y algo se movió entre ellos. Nessie se recordó que aquello era un sueño. O mejor dicho, una fantasía suya. Lo había sido desde que era niña y soñaba que alguien acudía en su rescate.
Él le soltó la mano y retrocedió un paso.
—Lo siento. No debería haber hecho eso.
«¿Por qué no? Es mi fantasía». Pero él no interpretaba su papel. Él tendría que estar susurrándole cosas dulces, besándola, acariciándola…
La puerta de la cabaña se abrió de golpe y ella se sobresaltó cuando una ráfaga de viento movió las cenizas del hogar y lanzó humo girando por el aire. Pero no era eso lo que había abierto la puerta, porque cuando Jacob se volvió hacia esta, una figura enorme oscurecía el umbral. Nessie se puso en pie y se quedó paralizada cuando un gigante de tres cabezas entró en la estancia.
La monstruosa criatura, tan alta que tuvo que agacharse para entrar, tenía el cuerpo de un hombre, pero su piel era de un tono gris cemento y sus anchos hombros soportaban tres cabezas de ogro con mandíbulas salientes, dientes curvados hacia arriba, ojos negros fieros y narices altivas. La cosa iba vestida con un taparrabos de cuero, con botas del tamaño de buzones y brazaletes y collares de cuentas, y trasportaba una porra gigante forrada de hierro y con pinchos clavados. Cuando los vio a Jacob y a ella, las tres caras sonrieron de un modo horrible.
Jacob se lanzó hacia un estante de armas que la mente de Nessie había descartado inicialmente como decoración, agarró una ballesta y gritó:
—¡Corre!
La cabeza del centro se fijó en él mientras las otras dos la miraban a ella. Lo cual dificultaba saber quién era el blanco cuando la criatura rugió, se echó hacia atrás y agitó su enorme porra mortífera.
—¡Al suelo! —Jacob se echó sobre ella y cayeron contra el respaldo del sofá, que se volcó y se derribó, llevándolos consigo.
La porra pasó sobre sus cabezas, golpeó la chimenea encima del hogar e hizo saltar trozos de ladrillo por la habitación. Nessie, casi aplastada debajo de Jacob, luchó por respirar en medio del pánico. «Esto no está pasando, no puede estar pasando. Es solo un sueño, no es real, nada de esto es real».
Se oyeron pasos pesados cuando la criatura se acercaba hacia ellos gruñendo bajo.
«No es real. Es un sueño. Ahora voy a despertar. Cuando cuente tres, abriré los ojos y todo volverá a la normalidad».
—No te levantes —le susurró Jacob al oído mientras el monstruo se acercaba empujando muebles y tirando objetos al suelo.
Tres cabezas aparecieron a la vista y la criatura rugió, se echó hacia atrás y agitó la porra en el aire. Jacob gritó algo, se levantó de un salto y disparó su ballesta desde la cadera. La flecha se enterró en la parte superior de la garganta central del gigante.
«Uno».
Nessie se aplastó contra el suelo temblando. No podía respirar, no podía pensar, no podía hacer nada que no fuera contar.
«Dos».
El monstruo aulló, soltó la porra, se agarró la garganta de la que salía sangre y retrocedió tambaleante. La porra golpeó el cristal de una ventana y quedó colgada en él. Jacob disparó una segunda flecha a la misma cabeza, lo que convirtió el rugido de la criatura en un aullido desproporcionado que arañó el alma de Nessie.
«Por favor, Señor. Tres».
