Hola a todos! Buenas noches, he regresado y he vuelto para quedarme xD

Bueno, estoy aqui de nuevo en el cumpleaños de mis adorados Gemelos, para dejarles un capitulo más de esta lenta historia, pero al menos les puedo decir que la parte deprimente acabó! (o al menos, la parte más emo, es que siempre habrán momentos tristes conmigo, pero de aqui en adelante las cosas iran mejorando para nuestros protagonistas!) espero que me perdonen, y me regalen un par de comentarios acerca del cap en general y que me hagan critica constructiva :) Les adoro!

Atte:

Andrea Black

P.S: Andaba perdida por el mundo con mi amado Sirius y mis 4 hijos, que estan preciosos... pero la causa de mi ausencia se llama Proyecto de Grado! Me dejó seca de inspiracion por más de un año y ahora uqe estoy libre de el, es mi examen de fin de ciclo médico! Ya casi termino mi parte academica chicos y chicas! así que tenedme paciencia de santos!)


Capitulo 4

Supongo que querrías patearme el trasero en este momento si pudieras, ¿No es así, Fred? Y créeme, yo mismo quiero hacerlo. Supongo que ha sido algo inevitable el hecho que ella viniera a este lugar. Pero eso no quita lo doloroso. No quita el hecho que Angelina quisiera llorarte o pensarte. Y aunque no puedo culparla, tampoco puedo soportar ver la desilusión en sus ojos al tener que ver mi rostro.

Fred, no soy tan fuerte como para lidiar con esa sensación. Y mucho menos para verla llorar. No soy lo suficientemente fuerte como para hacerme de la vista gorda al ver las lágrimas formándose y no poder hacer nada. Y pasa lo mismo con mamá y Ginny. No puedo verlas a la cara, sin notar esa tristeza profunda y la desilusión. No puedo decirles que todo está bien, que es sano llorar. No sé cómo hacerlo o si alguna vez aprenderé. Es por eso que huyo, porque simplemente no sé cómo ser valiente.

Y odio esta sensación. Odio no poder hacer nada para remediarlo y no poder lograr que los demás me vean sin que te vean a ti al mismo tiempo. Más esto sólo trae más llantos y sollozos cuando creen que están solos y nadie está para escucharlos. Pero hermano, tú y yo sabemos lo delgadas que las paredes pueden ser. Y lo desgarrador que es sollozo de un ser amado.

Había huido nuevamente, y de una forma tan cobarde. Se reprendió mentalmente al llegar a su casa, mientras se dejaba caer en su cama y echaba a llorar. Había abandonado a George a su soledad y amargura, y por más que las palabras que el pelirrojo la hubieran herido, estaba completamente segura que él era el más herido de los dos. No por nada era su primer cumpleaños solo. Solo. Que palabra tan pequeña y tan fea cuando se está acostumbrado a estar acompañado desde el principio de su existencia.

Había sido tan estúpido haber ido, pero peor había sido la forma en que se había marchado. No había conseguido nada aparte de fastidiarle el día a George, y de una forma en la que sabía que le dolería más. Aunque él también había sido cruel al recordarle que Fred ya no estaba, no había persona que lo llorase más que él. Al fin y al cabo sus ojos azules se habían opacado al no tener más lágrimas que derramar.

-Soy una tonta.- murmuró entre hipidos al tiempo que abrazaba un viejo jersey de Gryffindor. -Soy una tonta, Fred.- añadió, al tiempo que continuaba llorando aferrada al jersey rojo con una W bordada.


Volvió a bajar a la tienda, pensando que había pasado suficiente tiempo y era hora de regresar al negocio. Al fin y al cabo, tenía que mantener la tienda abierta. Tenía que proteger el sueño de su hermano y suyo. Se lo debía al que alguna vez pensó que era su doppelganger. Sin muchos ánimos, y esperando realmente que nadie se apareciera en lo que quedaba del día, se acercó a la puerta, para girar el pequeño aviso de abierto. Sin pensarlo mucho, regresó a su puesto detrás del mostrador y suspiró cansado.

Cansado de todo y de todos, sobretodo, de sí mismo. Sentía remordimiento por la forma en que había tratado a Angelina. Ella no era la culpable de que él no estuviera listo para verla, mucho menos ese día. Y aunque le molestaba enormemente ver la tristeza de todos sus allegados al posar sus ojos sobre él, no era excusa para espantar a la única persona que había ido a felicitarlo en su cumpleaños.

Mucho menos si dicha persona había hecho un esfuerzo sobrehumano por ir.

Apretó sus puños con impotencia, sabiendo que era demasiado tarde como para ponerse a pensar racionalmente. Lo hecho, hecho está. Tan sólo podía esperar que Angelina pudiera perdonarle la brusquedad de sus palabras, cuando tuviera el valor de verla.

Decidido a no dejarse deprimir más de lo que ya estaba, levantó sus ojos, justo a tiempo para ver a un par de niños entrar a la tienda. Perfecto, clientes. Al menos tendría algo con que distraerse en el momento así podría dejar de sentirse miserable. Colocando la mejor sonrisa que tenía, se acercó a sus primeros clientes en todo el día.


Habían pasado horas desde que se había encerrado en su cuarto a llorar, con el corazón hecho trizas y la conciencia martillando su cabeza, hasta casi hacerla enloquecer. Angelina esperó hasta que sus lágrimas se secaron y sus ojos dejaran de estar rojos para dar un paseo. Nuevamente se apareció, esta vez encontrándose en Hogsmeade y sin pensarlo mucho, comenzó a caminar por las callecitas, sin prestar mucha atención hacia a donde se dirigía.

Luego de unos minutos se encontró frente al cementerio del pequeño pueblo. Sonrió amarga, al notar a donde sus pies la habían llevado. Y decidiendo que lo mejor sería salir pronto de esa necesaria visita, se encaminó a la tumba que había visitado tantas veces.

Caminó a paso lento, hasta que se percató que había personas en el lugar a donde se dirigía. Pero cuando se disponía a dar media vuelta, la familia Weasley se había marchado, lo más seguro para aparecerse en la casa de George.

Sintió el nudo en su pecho regresar al recordar el reciente encuentro con el pelirrojo y sus hirientes palabras. Pero se obligó a recordarse que ella no era la única sufriendo. No podía ser egoísta y pensar que era la única que estaba pasando por un mal momento.

Justo cuando sus pies se detuvieron frente a la tumba y su mano se disponía a hacer el movimiento necesario para convocar un ramo de flores, escuchó el característico sonido de una aparición.

No tuvo necesidad de girarse para saber de quién se trataba. Era suficiente con ver el color rojo de su cabello por la comisura de sus ojos. Quiso decir algo, lo que fuera, pero luego se arrepintió. Al fin y al cabo, George prácticamente la había echado de su casa y de su presencia. Y lo último que el pelirrojo querría sería mantener una conversación con ella. Suspirando, conjuró sus flores y con cuidado, casi ceremonialmente, las depositó junto a las demás muestras de afecto que estaban ahí, junto a su lapida. Junto a Fred.

Se dispuso a darse media vuelta y marcharse antes de que la echaran de nuevo, cuando sintió que George le agarraba el brazo, firmemente. Levantó sus ojos y lo vio ahí de pie, mirando a la tumba de su hermano, sin parpadear, casi sin ser consciente de lo que lo rodeaba. Iba a soltarse, cuando le vio girarse y mirarla a ella.

Casi sonrío cuando le vio rascarse la nuca, en esa manera tan característica de él y de su hermano, pero el peso de los recuerdos aún era muy grande como para permitirse tal indulgencia.

-Angelina, yo…- comenzó George a decir, antes de detenerse y mirarla sin saber bien que decir. -Yo quiero disculparme por la forma en que…- continuó diciendo luego de suspirar.

-George.- interrumpió ella con un resquicio de sonrisa y un par de traicioneras lágrimas en sus ojos. -Todo está bien. No importa. Yo entiendo.- dijo, casi balbuceando. Vio como él le miraba detenidamente antes de respirar profundo aliviado.

Y por primera vez en mucho tiempo le vio sonreír sinceramente, aunque sólo fuera un ligero gesto en sus labios.