Disclaimer: Los personajes de Katekyo Hitman Reborn! no me pertenecen.

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4

La "cosa"

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No había nada en el mundo más molesto, irritante, desagradable y fastidioso que la risa humana.

Como a muchas cosas más, Xanxus odiaba viceralmente su sonido, y, por consiguiente, a las escorias que osaban soltarlo cerca de él. En su escala de molestias, la risa se encontraba en algún lugar entre los estúpidos payasos y el clima. No toleraba los días soleados, como tampoco escuchar a las personas reír. Claro, se había habituado a fuerza de costumbre a la risa de aquella chiquilla que parecía encontrar todo divertido, incluso podía deducirse que no era un sonido tan desagradable como los demás, siempre y cuando no riera con el imbécil de Sawada y en su maldita casa, sobre todo si no podía asesinar con sus propias manos a la maldita y estúpida escoria que tenía por líder cada que se aparecía en su castillo con el hermano de la mocosa, o solo.

Xanxus había descubierto lo mucho que odiaba que el Décimo visitara a la chiquilla a solas. ¿Por qué? ¡Era su maldito castillo, joder! ¡Se suponía que podía hacer y deshacer a piacere! ¡Aplicar su derecho de admisión a todos aquellos a quienes no quería cerca! Y el hecho de no poder correr a Tsunayoshi a balazos por el mero hecho de que éste fuera el legítimo heredero Vongola sólo bastaba para cabrearlo mucho más, si eso era posible. Tal vez nunca sería el hombre más honorable, leal o correcto sobre la maldita Tierra, pero (aunque a regañadientes y muy, muy en el fondo) respetaba al apellido Vongola. Sí, quizá se había equivocado en el pasado, pero ese era un recuerdo lejano, parte del Xanxus que realmente creía poseer algún derecho biológico sobre la familia. Aunque eso no significaba que había dejado de pensar que sería mucho mejor para el puesto que la escoria de Sawada.

Maldito fuera el viejo… Esperaba que estuviera revolcándose en su tumba; en el buen sentido, claro.

—S-Señor… La comida que pidió…

Xanxus alzó la vista mientras seguía sosteniéndose la cabeza con los dedos índice y pulgar; miró el elaborado platillo por el rabillo del ojo, frunciendo los labios con indignación.

— ¿Qué demonios es eso, escoria?— masculló en aquel tono que sólo denotaba peligro. Su subordinado tembló, causándole un estremecimiento de gozo.

—E-Es el bistec que usted pidió, señor…

— ¿Bistec?— Xanxus se llevó las manos bajo los brazos, acariciando sus armas con las puntas de los dedos— ¿De qué demonios estás hablando, basura? ¡Claramente dije que quería pato a la naranja!— sacó sus X-guns y disparó al pobre infeliz, que huyó despavorido.

Ni siquiera recordaba que demonios le había pedido, pero poco le importaba. Si se atrevía a volver con el estúpido pato le dispararía una vez más.

Eso era lo que más odiaba de la mocosa, que tuviera la maldita habilidad de irritarlo tanto, pero a la vez impidiendo que quisiera descargarse con ella.

¡Por todos los infiernos, como la odiaba!

Arrojó la novena o décima botella de vino contra la pared de su estudio, a pesar de que seguía llena, y se levantó con la idea de ir por otra. Recorrió el pasillo con pasos pesados y bajó las escaleras con amenazante parsimonia, frunciendo el ceño al escuchar esas risas, señal inequívoca de que la escoria del Décimo no se había marchado aún, cosa que confirmó al verlo sentado en su maldita sala, comiendo de su maldita comida y bebiendo de su maldito té con su maldita mujer.

Porque le gustara a la mocosa o no ya la había marcado como suya, y seguiría siéndolo hasta que se aburriera de ella, cosa que no planeaba hacer por lo pronto.

— ¡Oh, hola, Xanxus-san!— le sonrió la chiquilla, llevando la atención de Tsunayoshi hacia él.

—Buenas tardes, Xanxus.

—Hn— se paró junto a las escaleras, olvidando la excusa del vino. No se movía ni hacía nada más que mirar a los dos jóvenes con el desdén que acostumbraba siempre.

— ¿Quiere acompañarnos, Xanxus-san?— propuso la mujer, con esa sonrisa que nunca borraba de sus labios rosados. Xanxus frunció el ceño, abriendo la boca para soltar una negativa rotunda y grosera.

—Oh, Kyōko-chan, no creo que a Xanxus le guste tomar té— respondió el Décimo— Tal vez prefiera bebidas más fuertes.

Xanxus lo miró con mucho más desprecio de lo usual; que una cucaracha como Sawada Tsunayoshi le hablara así era inaceptable. Se quitó la chaqueta, dejándose caer sobre el sofá mientras fulminaba al intruso con la mirada.

—Claro que tomo té— masculló, sin dejar de mirar, desafiante, al joven japonés— Esta es mi maldita casa y tomo lo que se me pegue la maldita gana, escoria. ¡Tú, mujer! Sírveme— ordenó, brusco y falto de cualquier clase de educación, cosa que no molestó en lo más mínimo a la sonriente amiga del Décimo.

—A Xanxus-san le gusta mucho el té verde, Tsu-kun— explicó la chica con una sonrisa mientras servía una taza que, misteriosamente, ya tenía lista— Dejé que las hebras reposaran el tiempo suficiente y no le puse azúcar, como le gusta.

—Cierra la boca— masculló el líder de Varia a la vez que devoraba uno de esos bizcochos que mandaba traer todos los días desde una panadería en Sicilia, y que la mocosa había comentado que era su preferida.

Pura casualidad, por supuesto.

—No sabía que tomaras algo más además de whisky, Xanxus— al asesino le hizo gracia el tono sentido de su jefe, aunque su semblante frío y desdeñoso no cambió ni un ápice.

—No sabía que el trabajo como cabeza de la familia fuera tan sencillo para la escoria; de otra forma no me explicaría como encuentra el tiempo para desperdiciar en la sala de mi estúpido castillo— regresó el comentario, conteniéndose con todas sus fuerzas para no darle un balazo entre las cejas.

Todo mundo sabía que absolutamente nadie podía molestar al gran Xanxus Vongola mientras comía o eso significaría una muerte segura.

Y desde ése día no había vuelto a tener problemas; Sawada rara vez se aparecía junto al hermano de la mocosa, y Xanxus siempre estaba cerca sin molestarse en buscar alguna clase de ridícula excusa.

Era su maldita casa, después de todo.

Todo iba bien; Varia no había perdido ningún caso, ni había tal que requiriera la atención de su líder; la chiquilla complacía todos y cada uno de sus deseos por las noches (y a veces en el día), y Sawada y su ejército de escorias habían salido de Italia. Todo era perfecto, pero alguien como Xanxus sabía que eso de la perfección era pura basura.

Siempre se había considerado a si mismo como, si bien no un genio, un hombre con una inteligencia mucho más elevada a la del resto de las escorias, por eso no podía evitar darse por enterado de que algo estaba pasando con su furcia. Había muchas cosas que de un tiempo hasta allí habían llamado su atención; los vómitos matutinos, las prolongadas siestas y aquel leve cambio en el cuerpo de la mujer… (la mujer, ya no más mocosa).

Estaba seguro de conocer cada centímetro de su piel tanto visible como secreta (no en vano se la había tirado decenas de veces), así como ese aroma dulce que se había impregnado en toda su habitación desde que ella se pasaba la mayoría de las noches allí, gozando y complaciendo (la muy maldita sí que era buena en esto último); la conocía porque la había marcado como suya.

Y vaya que lo había hecho.

—Estás gorda— observó Xanxus un día, luego de habérsela tirado durante horas, mientras la mujer se vestía lentamente. Ella sólo se sonrió y terminó de acomodar sus ropas, atreviéndose a darle un corto beso en la frente antes de ocupar su lugar en el lecho y acomodarse para dormir, buscando su calor. Él se lo permitió, ya fuera por costumbre o mero cansancio, no la apartaba; había encontrado innecesario y contraproducente hacerlo.

Le parecía casi irrisorio que meses atrás hubiera acribillado a balazos a cualquiera que se hubiera atrevido a tener tales gestos con él, pero entonces recordaba que lo que hacía con la mujerzuela de Sawada era su mayor muestra de debilidad y toda la gracia se iba por el caño. Sin embargo, seguía sin echarla de su cama, aunque se removía sobre las sábanas, inquieto, y le quitaba toda la cobija, sólo para hacerle saber que seguía siendo él, pero sin recurrir a insultos ni amenazas de muerte.

Sí; el glorioso Xanxus di Vongola había aprendido lo que era la sutileza gracias a Kyōko Sasagawa, aunque jamás lo admitiría a nadie, ni siquiera a él mismo.

Era extraña y muy molesta para él la manera en que se había acostumbrado a la presencia de la odiosa mujer. No que le prestara atención, pero de pronto se había visto a si mismo en cada maldito lugar en el que ella estaba, vigilándola, acechándola como la bestia que era, cuidando que nadie más se atreviera a siquiera mirar lo que era suyo.

En eso estaba cuando la mujer se desmayó por segunda vez en la semana, y aún en contra de su voluntad la llevó él mismo con el pajarraco multicolor de Lussuria.

Lo que era de Xanxus di Vongola era de Xanxus di Vongola; y Xanxus di Vongola cuidaba de sus cosas.

— ¡Felicidades, Kyōko-chan! ¡Estás embarazada!

Xanxus no recordaba haberse sentido tan fuera de la realidad como cuando había descubierto que no era hijo biológico de Timoteo, hasta que la escoria de Lussuria anunció aquello con su irritante voz.

Bien. Matemáticamente, sabía que era totalmente posible pues, como el maldito desgraciado que era, nunca había usado protección con ella. Sin embargo, por un segundo la posibilidad de que aquella…cosa que crecía dentro de la mujer fuera de otro hombre le atravesó el pensamiento, aunque a regañadientes terminó desechando la idea. Dudaba que ella fuera tan estúpida u otro hombre tan suicida como para tocar algo que le pertenecía.

Pues sí; la mujer era completamente suya, sobre todo ahora que cargaba a una "cosa" con su misma sangre.

Él era una bestia, y ella tendría a su cachorro.

Suyo; sangre de su sangre, carne de su carne, la primera cosa en el mundo que le pertenecería por derecho, y no por la lástima de un vejete senil y 'bondadoso'.

—Tú, escoria— fue lo primero que pudo decir, llamando la atención de Kyōko, quien sonreía como una niña pequeña en una dulcería, causando que el estómago de Xanxus se revolviera— Esa… "cosa"…— masculló, señalando directamente a su vientre todavía plano, no sin antes amenazar silenciosamente a Lussuria para que desapareciera— No te atrevas a mentirme o te destruiré con mis propias manos— advirtió—; dime, esa "cosa" que llevas dentro, ¿es mía?

Por primera vez desde que la había conocido, aquellos cálidos ojos demostraron cierto brillo de enfado, el cual no duró demasiado, ya que la chica se apresuró a bajar la cabeza como si hubiera sido regañada.

—Xanxus-san no debería preguntar eso— le dijo, no como un reproche, si no con tristeza, enrojeciendo de pies a cabeza— Yo… Nunca he estado con otro hombre— admitió, entrelazando los dedos sobre su pecho— Lo siento mucho si no le hace feliz la no…

—Ya no puedes irte de éste castillo— la interrumpió, frío y demandante— No mientras cargues a la "cosa" en tus entrañas, ¿entendiste, mujer?— ni siquiera lo pensó antes de decirle aquello, y se sintió muy estúpido por hacerlo, pero decidió ignorarlo. Sólo salió de la habitación, disparando a todo a su paso.

Para el resto de los habitantes, que aún no habían recibido la noticia, era claro que algo pasaba; pero nadie sería tan idiota como para preguntar.

"Nunca he estado con otro hombre"

Las palabras de la mujer hicieron mella en lo más profundo de su subconsciente, haciéndole sentirse indescriptiblemente inquieto. Desde que era un niño, Xanxus se había metido en miles de problemas, había estado a un palmo de la muerte miles de veces y jamás se había sentido de esa forma, tan desconcertado e incómodo.

Se encerró en su despacho e ignoró los llamados de todo el mundo por varios días, manteniéndose solo a base de whisky y vino, disparando a cualquiera que se atreviera a interrumpir sus cavilaciones que duraban todo la mañana y las tardes. Tener un hijo o "cosa" no era algo que se hubiera imaginado alguna vez; él era un alma solitaria, no necesitaba de nadie, y nadie necesitaba de él, ni siquiera su equipo. Sabía bien que la "cosa" probablemente estaría mejor sin él, como él lo había estado sin su madre, una prostituta desequilibrada que prácticamente lo había regalado al mejor postor; al malnacido que debía ser su padre biológico jamás lo había conocido, y al malnacido que lo había criado como tal seguía odiándolo. ¿Qué podría hacer alguien como él con una pequeña escoria en camino? Algo era seguro: arruinaría su vida más temprano que tarde; sin embargo, ¿eso debía importarle? A las personas que habían arruinado la suya no pareció incomodarlos. Xanxus vació botella tras botella intentando pensar alguna vía de escape o 'solución'.

Las notas de Sawada pidiendo noticias de su amiga se acumulaban en su escritorio, al igual que las que anunciaban que ella ya podía regresar a la Mansión Vongola junto a todos los Guardianes. Pura basura, en su opinión. No enviaría a la mujer lejos, por más que eso implicara tener que conservar a la pequeña escoria como mascota.

Al séptimo u octavo día de estar pensando una y otra vez en lo mismo, escuchó los motores fuera de su castillo; tres autos antiguos y lujosos se habían estacionado bajo su ventana, y entonces supo que debía salir y anunciar su decisión.

Xanxus se acomodó la cazadora sobre los hombros y arrojó la última botella que había vaciado contra la pared. Al abrir la puerta pudo escuchar las voces alegres y las risas que llegaban a él desde el vestíbulo, cabreándole.

Malditos fueran las escorias de Sawada y sus Guardianes de pacotilla que nunca dejaban de reír como imbéciles.

Bajó los primeros peldaños de la escalera de mármol y se quedó allí, erguido de pie con aquella expresión de desdén y superioridad que siempre lo había caracterizado. Y los vio; el Décimo encabezaba el grupo, con su cara de idiota habitual; le seguía el Guardián la Tormenta, pegado a él como la maldita lapa que era; el Guardián del Sol, aquel que sabía era hermano de la mujer; su presencia no le molestó tanto. También estaba allí aquel espadachín, el Guardián de la Lluvia, el más idiota de los Guardianes, y Hibari Kyōya, el Guardián de la Nube e inseparable (usualmente) de Dino Cavallone, el sujeto al que menos odiaba de la compañía de Sawada, y el único que se mantenía al margen de las risas y los abrazos. Todos lo vieron llegar y dejaron de reír para observarlo. Los años pasaban, pero Tsunayoshi Sawada seguía mostrándose respetuoso y ligeramente incómodo en su presencia.

—Buenas tardes, Xanxus— habló el Décimo líder Vongola, adelantándose a sus Guardianes— Lamento presentarme así, pero envié una nota y no tuve respuesta— le sonrió con amabilidad— Hemos neutralizado el peligro, y Kyōko-chan ya puede regresar con nosotros…— anunció, tan rebosante de alegría que Xanxus no dudó que sentía algo por la chiquilla, algo más allá que simple amistad; y eso, sólo por una milésima de segundo, casi le dio lástima.

—Ella no va a ningún lado— informó, bajando los últimos escalones con solemnidad implacable.

— ¿Qué? Pero, ¿qué dices?— inquirió el hermano de la chiquilla, dando un peligroso paso hacia adelante. Entonces, Xanxus posó su aburrida mirada como brasas ardientes sobre él y se cruzó de brazos, altanero.

—Forniqué y embaracé a la mujer, así que nadie va a sacarla de aquí mientras lleve a mi "cosa" dentro de sus entrañas— sentenció, indiferente.

Un silencio sepulcral se extendió por toda la mansión.

Junto a las escaleras se oyó la risa de socarrona de Belphegor siendo ahogada por la oportuna mano de Levi. La tensión podía cortarse con navaja y nadie mejor que Varia sabía que era hora de emprender la retirada.

— ¡¿Qué tú qué?!— Y todo se fue al mismo demonio (alguien con la experiencia de Xanxus sabía que un final así era inevitable cuando él estaba en medio) luego de que Sasagawa Ryōhei (creyó que así se llamaba) intentara atacarlo.

Balas, golpes, objetos de arte volando por doquier y un canguro suelto; el Guardián del Sol había atacado primero. Xanxus sabía que, según las leyes de la mafia, estaba en pleno derecho de defender su hogar, y todo se había transformado en un caos.

— ¡No! ¡Hermano, por favor!— gritaba su mujer, a quien Hibari había apartado a un lado oportunamente, manteniéndose ambos al margen de la monumental contienda, al igual que Tsuna, que seguía de pie en el centro de la habitación, dubitativo e impactado.

—No tengo deseos de matarte, escoria. Lárgate de mi castillo y te perdonaré la vida—soltó el mafioso mayor, equilibrándose sobre el barandal de mármol, despectivo, sólo logrando enfurecer mucho más al Guardián en vez de sosegarlo.

— ¡Te atreviste a tocarla! ¡Eres un maldito! ¡Al extremo!

Xanxus esquivó las balas de Ryōhei con relativa facilidad, frunciendo el entrecejo con molestia. Si bien no lo conocía muy bien, a primera vista supuso que el hermano de la chiquilla era otro idiota sensible. Al final dedujo que el imbécil debía apreciar mucho a su hermana. Eso también le hizo gracia.

— ¡Ryōhei! ¡Basta, por favor!— pedía el espadachín-cara-de-idiota mientras intentaba detener a su amigo, y estaba a punto de lograrlo cuando Squalo pasó por la puerta y asomó la cabeza.

—Vaya. Esperé mucho por este momento— dijo, desenvainando su espada con expresión sádica— ¡Veamos quien es mejor ahora!

Como el líder de Varia esperó, la intervención de Superbi Squalo sólo empeoró las cosas. Quería detener al Guardián del Sol; estaba harto de esquivar sus ataques de niño molesto, pero no quería matarlo. Y odió a la chiquilla por eso.

De repente abrió los ojos con auténtica sorpresa, sin mover ni un músculo. Sintió una ligera corriente de aire moviendo los cabellos de su sien izquierda y luego el impacto en su cazadora, la cual cayó de sus hombros directamente al suelo.

—Ustedes, escorias— masculló tras que pasara el impacto inicial, con la voz temblando de ira contenida— Ahora sí morirán— declaró; sacando sus armas y apuntando con ellas en el aire. Tras esos movimientos todo el mundo volvió a quedarse quieto, reinando entre ellos un silencio expectante, el cual fue roto por una de las bombas que Gokudera había arrojado segundos atrás, y que destrozó aquella escultura de Rodin que Xanxus había "comprado" personalmente a unos mafiosos rusos en un anticuario de Roma.

—Demonios…— por la expresión en el rostro del líder de Varia, Hayato Gokudera supo que estaba más que muerto.

—Tú, maldita basura…— Xanxus cerró los ojos con impaciencia y recargó sus armas, apuntando directamente a la cabeza del Guardián de la Tormenta— Te destrozaré con mis propias man…

—Xanxus— la apacible voz del Décimo llamó la atención de todo el mundo y obligó al mencionado a detener su ataque, aunque no a bajar la guardia— Gokudera, Yamamoto, Ryōhei, por favor…— con una seña, sus Guardianes parecieron aplacarse, pero la tensión seguía sin disminuir.

—Tsu-kun…— Kyōko salió de detrás de Hibari y avanzó hacia el centro de la habitación, en medio de los escombros pero sin mostrarse temerosa en ningún momento; con gran decisión caminó hacia Xanxus mientras éste la observaba y gruñía por lo bajo, alzó una de sus pequeñas manos y bajó el cañón de sus armas con lentitud— Xanxus-san, por favor— pidió; él gruñó aún más fuerte, pero obedeció (en verdad odiaba a aquella chiquilla), aunque mantuvo sus pistolas fuertemente sujetas a cada lado de su cuerpo. Ella le sonrió con agradecimiento y le dio la espalda, enfrentando a los demás— Por favor, ya no peleen— pidió, casi al borde de las lágrimas.

—Kyōko— su hermano dio un paso hacia ella y la abrazó protectoramente; Xanxus, muy a su pesar, no pudo evitar demostrar su desagrado— Dímelo, dime que no es verdad lo que Xanxus dijo— exigió. La chica se separó ligeramente y lo miró a los ojos.

—Lo siento mucho, hermano, pero…— Kyōko suspiró hondo y dio un decidido paso hacia atrás, parándose nuevamente junto a Xanxus, que sólo la observó por el rabillo del ojo, sin moverse ni un ápice— Voy a tener un hijo de Xanxus-san, y los dos estamos muy contentos— soltó sin más.

Xanxus arqueó una ceja y frunció levemente la comisura de sus labios. Ni siquiera había pensado en si estaba contento de recibir a la "cosa", mucho menos había expresado algo al respecto, pero, curiosamente, no hizo nada para desmentir a la chiquilla.

—Kyōko…— Ryōhei parpadeó, confundido, y desvió la mirada hacia el Décimo, al igual que el resto de los Guardianes Vongola— No hablas en serio. ¡Estoy seguro de que él te forzó!— gritó, señalando a Xanxus con un dedo; el aludido sólo lo miró como si fuera un simple insecto.

—Mide tus palabras, escoria— siseó, pero el Guardián del Sol sólo lo ignoró.

— ¡Ve por tus cosas! ¡Ahora mismo regresamos a Japón!— estalló, tomándola por un brazo para jalarla hacia la puerta.

—Ya dije que ella no irá a ningún lado— reiteró Xanxus, martillando sus armas para obligarlo a detenerse.

—No voy a dejar a mi hermana aquí— Ryōhei no se intimidó en lo más mínimo; incluso pareció envalentonarse. Eso no le extrañó; sabía que ése era el único Guardián de Sawada que jamás pensaba antes de decir o hacer cualquier cosa.

Xanxus y él se miraron, desafiantes y furiosos. El joven japonés empujó a su hermana lejos y se sacó otra de sus Cajas de Armas para lanzar el primer ataque; sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, Tsunayoshi sujetó su brazo con fuerza, interponiéndose entre él y el líder de Varia, captando toda la atención nuevamente.

—Ya basta— masculló; el Guardián se tensó ante su tacto, pero obedeció— Xanxus.

—No voy a desarmarme en mi propia maldita casa— masculló éste, flexionando los codos para apuntar al cielo— Largo. Todo el mundo.

—Tsu-kun…— Kyōko se llevó las manos al pecho y miró al Décimo con expresión suplicante; Tsuna le regresó la mirada, esbozando una extraña mueca.

—Entonces, todo es verdad— no fue pregunta, aun así ella asintió— ¿Él no se aprovechó de ti?— la chica negó, sorprendiendo a Xanxus y al mismo Décimo, que pareció vacilar como cuando era un adolescente— Kyōko-chan… Tú… Tú no…— Tsunayoshi suspiró y desvió el rostro, ocultando una mueca de dolor— ¿Tú quieres estar aquí?

—Este es mi hogar ahora, Tsu-kun, hermano— dijo ella muy calmadamente, acercándose otro paso a Xanxus, que se mantenía inmóvil—. Pero no deben preocuparse por mí. Aquí todo mundo me cuida y son muy atentos. Los extraño mucho, pero pertenezco aquí…— volvió a unir las manos sobre su pecho y bajó la mirada— Yo… quiero a Xanxus-san— confesó, con las mejillas rojas— Él y los demás también son mi familia ahora.

— ¡Aww! ¡Eso fue muy tierno!— escucharon gritar a Lussuria desde el otro cuarto. Xanxus alzó una de sus armas y disparó a la pared, haciendo chillar nuevamente a su subordinado.

—Maldita escoria— gruñó, sintiéndose extrañamente frustrado una vez más. ¿Ella lo quería? ¿Qué clase de estúpida palabra era esa? ¿Qué clase de escoria podría sentir 'cariño' por alguien como él? Se sintió raro. Jamás una mujer le había dicho que sentía cariño por él tan sinceramente como lo había hecho la chiquilla en ése momento. Sus palabras lo habían descolocado; demasiado para su gusto; no dejó que ése sentimiento lo embargara por completo, pero tampoco lo rechazó terminantemente— Si eso es todo pueden largarse— anunció con brusquedad, dándose la vuelta para deshacerse de aquellos pensamientos— Y no se atrevan a regresar por aquí sin antes haber repuesto mis esculturas.

—Xanxus— volvió a detenerse, forzándose a sí mismo a no disparar sus armas a la cabeza del Décimo Vongola; Tsunayoshi no lo miraba ni esbozaba expresión alguna, sin embargo, cuando le habló Xanxus supo que lo hacía en serio— Debes cuidarla. A ella y al bebé. O yo mismo me encargaré de ti— advirtió, sereno— Lamento el malentendido. Enviaré a alguien a reparar todos los daños.

El líder de Varia se giró levemente para observarlo recibir el abrazo de la chiquilla con una frialdad impropia de él; luego se despidió y salió por la puerta principal, siendo seguido de cerca por sus subordinados.

—Te mataré si le haces daño, ¡al extremo!— advirtió el Guardián del Sol, señalando sus ojos con dos dedos para luego señalarlo a él con los mismos. Besó a su hermana con la promesa de visitarla seguido y se fue detrás de los demás.

—Estúpido— gruñó el asesino, volviendo a dirigirse escaleras arriba— Tú, mujer. Ven aquí— ordenó al notar que ella comenzaba a arreglar todo el desorden con sus propias manos.

Esa mujer y su estúpida manía de ordenarlo todo en verdad lograban sacarlo de quicio.

Caminaron en silencio hasta su recámara; Xanxus abrió la puerta y se quedó de pie bajo el umbral, esperando a que ella entrara primero para cerrar la madera con mucho cuidado, cosa extraña en él. Miró a la chiquilla y la rodeó hasta llegar al centro de la habitación, contemplándola en silencio, como un animal salvaje a su presa.

—Has vuelto a engordar— observó, tocándole el vientre disimuladamente con la punta de los dedos; ella sólo le sonrió, quedándose muy quieta . Xanxus parecía demasiado contrariado y molesto; entonces, volvió a alejarse, tensando la mandíbula mientras crispaba los puños— Eres sólo una chiquilla tonta e inútil— le soltó, volviendo a su frío tono habitual, dándose la vuelta para volver a dirigirse hacia la salida— Sólo permaneces aquí por la "cosa", así que no esperes un trato distinto al que se te ha dado hasta ahora— declaró, abriendo la puerta de un tirón y saliendo por ella rumbo a la bodega por más vino.

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N del A:

Esta historia no termina!

Este capítulo va dedicado para una chica muy simpática que muy educadamente me amenazó para que publicara :D Eso fue hace más de un mes, creo, así que lamento la demora.

Gracias por leer; espero que hayan disfrutado la lectura.

Saludos; su buen vecino,

H.S.