Entre tu casa y la mía

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi invención.

No al plagio.

Capítulo Cuatro: Las prioridades de una niña

And I told you to be patient

And I told you to be fine

And I told you to be balanced

And I told you to me kind.

Skinny love – Birdy

Cuando me suspendían –lo cual era por lo menos dos veces cada año –, aprovechaba para adelantar materias y así, en clases, dormir lo que no se pudo durante las noches anteriores. No me consideraba excepcionalmente inteligente, ni intuitiva. Era más bien neutral. Mis decisiones se basaban principalmente en mis impulsos.

Podía ver, a veces, a Edward en su habitación en el tercer piso de esa mansión blanca. Le gustaba observar la noche y las madrugadas. Pensaba mucho y solo le vi una vez más con esa rubia que parecía sacudir su cola de perra cuando él la besaba. Quise que mi imaginación no volara. Quise no desear que esos labios estuvieran sobre los míos.

Alice Cullen me invitó el lunes a su casa para pasar una tarde de chicas, probándonos modelitos de bikini y ropa interior. Negué rotundamente y sin fundamento hacia ella, pero los tenía claro. Desnudarme significaba dos cosas: que preguntara por mis heridas y que muriera de vergüenza en el momento en que Edward Cullen pasara frente a la habitación de su prima. No, definitivamente no estaba dispuesta a mortificarme de ese modo tan absurdo.

El martes me desperté temprano. Mamá estaba en una especie de protesta de hambre que me traía sin cuidado. Ella era un animal. Cuando decidiera que ya no podía más, se levantaría perezosamente y se atragantaría con el frigorífico. Podía decir que ya a estas alturas conocía bien sus necesidades básicas.

A las seis de la tarde decidí por ir a visitar a Rose. Mala idea. Toqué el timbre dos veces para que escuchara sobre su música estruendosa y esperé pacientemente en el porche. Ella, con Emmett a sus espaldas fueron los que me recibieron. Ella y Emmett semi desnudos. Oh, mierda.

-Lo siento –me obligué a decir.

-¡Bella! –Chilló Rose, asustadísima –. Creímos que era la pizza.

-Esta… bien.

No, definitivamente no lo estaba.

-Oye, de verdad…

-No importa.

Regresé a mi casa cansada y con una imagen mental poco agradable.

Abrí la puerta. Y el pasado volvió al presente.

Fue hace dos años. Lo recuerdo bien, porque cumplí los quince y para mi madre que ya en ese entonces estaba fuera de la realidad, era lo más importante en el mundo. Me quería, me idolatraba y adoraba. Para ella, yo era su todo. Hasta esa fiesta, cuando no salí de mi habitación, avergonzada por ese pastel de dos pisos y los cuatro regalos exuberantes de mamá. No teníamos dinero para esos lujos y ya gran parte de los invitados se hacían de una idea de dónde ella los había conseguido.

La prostitución. Y ahora que la veía sobre nuestro sillón, bajo un hombre canoso y gordo, gimiendo como cerda, hacía que recordara mi infancia insana. Pero ya no lloraba, porque necesitábamos ese dinero.

Decidí salir de este horripilante lugar por la ventana de mi habitación y caminar por las calles hasta agotar mi cabeza. Estaba melancólica y deprimida y eso no me hacía bien. Tenía que salir adelante.

Mañana era miércoles, debía volver al instituto. Debía terminarlo y debía ir a la universidad.

Debía hacer muchas cosas.

-Swan, que sorpresa encontrarte por aquí –dijo entrecortadamente Edward Cullen, todo sudado y asqueroso.

-Eh, sí –mascullé.

Mi cabeza todavía lo tenía a él y a esa puta devorándose en una puerta. No me sorprendería que en un par de meses, la chica fuera el centro de los cotilleos por estar embarazada. Se me hacía que ambos no eran muy responsables sexualmente.

-¿Sucede algo? –Inquirió, siguiendo mi paso tortuga y secándose la frente y el cuello con una toalla.

Le gustaba correr, se notaba por sus ojos brillantes y porque sonreía, a pesar de verse preocupado por mí.

-No –contesté.

-Ah –resopló –. No te he visto ni hoy ni ayer en el almuerzo, ¿De verdad no pasa nada?

-Me suspendieron –contesté al fin, con la verdad. Edward abrió la boca –. Golpeé a Jane Vulturi.

-¿Vulturi? Me suena –dijo pensativo.

-Tiene un mellizo, Alec y creo que hace atletismo –expliqué. No estaba segura si Cullen estaba en alguna rama deportiva, pero él era la clase de chico popular que conocía a todo el mundo.

Edward se encogió de hombros y continuó a mi lado. Era en esos momentos era en los que metía la pata profundamente.

-El viernes te vi con una rubia –dije suavemente, casi en un susurro –. ¿Era tu novia?

Para mi sorpresa, Edward soltó una risita.

-¿Celosa? –Alzó una ceja y sonrió de lado. Negué efusivamente con la cabeza –. Claro… Eh, no. Ella es más bien una amiga con derechos.

-¿Cómo se llama? Nunca la había visto por aquí.

-Tanya Denali –suspiró –. Es… casi mi prima, pero no nos unen lazos de sangre. Así que lo que tenemos está bien.

Asiento lentamente. Pienso que Tanya es un bonito nombre, pero para un perro. O perra, en este caso. Edward se detiene e inconscientemente hago lo mismo. Nos quedamos mirando y él tiene el ceño fruncido. Alza su mano. Me alejo instintivamente. La deja caer sobre mi mejilla y acaricia.

-¿Duele? –Preguntó en un murmullo.

Arriba, el cielo gris pronosticaba una noche de lluvia y truenos. Probablemente ya eran las seis. Debería volver a casa.

Conecté mis ojos con los verdes de él. Y negué.

-Se ve mal.

-Gracias –fue mi turno para sonreír. Edward me imitó.

-¿Lo hizo Jane Vulturi? –Podía ver cómo su mandíbula se tensaba y sus ojos se estrechaban.

Me encogí de hombros para restarle importancia. Juguetee con mis dedos nerviosa, en el momento en que Edward llevó sus labios al moretón sobre mi mejilla. Y dejó un cálido beso sobre ella. Mi piel hormigueó.

-Creo que así sanará mejor –dijo y fui incapaz de responderle coherentemente. Estaba flipando.

Y entonces, todo se detuvo cuando se agachó aún más y conectó su boca con la mía. Fue un beso dulce, muy dulce y tierno. Como si fuera el primero que dábamos. Inocencia pura.

Temblé cuando se alejó. Edward pareció notarlo, porque sus brazos rodearon mis hombros y me abrazó contra él. Suspiré soñadoramente. Flotaba sobre mis pies.

-¿Qué vamos a hacer? –Pregunté contra su pecho, encontrando mi voz.

Una de sus manos subió y bajó por mi espalda, haciendo pequeños masajes.

-¿Qué quieres que hagamos? –Contestó él –. Me gustas.

-Nos conocemos realmente poco. Y además tienes a tu amiga con derechos. No me gusta.

La mano de Edward se detuvo. Fruncí el ceño.

-Continúa eso, por favor –pedí y al segundo, sentí mis mejillas calentarse.

Cullen se separó un momento y nuestros ojos se encontraron. Comenzó a buscar algo dentro de mí. Algo que no encontraba.

-Eres muy difícil, Isabella –explicó y parecía sufrir por ello –. No puedo… leerte. Siempre creí ser muy intuitivo y vienes tú y lo destrozas todo. Parece ser que eres una persona fuerte, la más fuerte que he conocido nunca, pero en la fiesta de la reserva… eras otra. Y ahora también. Pareces estar dispuesta a que descubra todo de ti.

-No quiero que descubras nada de mí, Edward –respondí inquieta –. No soy buena. Tengo más defectos que virtudes y creo que tampoco estoy hecha para una relación.

Edward sonrió de lado.

-Yo tampoco estoy hecha para una. ¿Podemos intentarlo de algún modo?

Resoplé y reí. Decidí ser valiente en ese momento. Me coloqué de puntillas y planté un beso casto en sus labios. Me quise separar, pero Edward me sujetó fuerte y comenzó nuestra lucha. Esta vez, fue la pasión y el desenfreno lo que se liberó de nuestras almas.

-Me gusta tu boca, Swan –dijo contra mis labios.

-A mí tus manos, Cullen –contesté en una risilla.

-¿Segura? ¿Nada más? –Preguntó burlón. Sus ojos estaban luminosos, llenos de vida.

-Ajám.

-¿Segura? –Se veía amenazante, pero no rabioso. Me sentía segura y ligeramente querida.

-¡Sí! –Chillé y me largué a correr.

La calle se extendía frente a nosotros, vacía y con un bosque al final de ella. Nos perdimos dentro. Gritamos lo que quisimos. Nos besamos desesperadamente. Éramos adolescentes hormonales, después de todo. Y como me creí en ese momento una niña sin problemas ni prioridades, hice lo que quise sin culpas.

Felicidad. Estaba rebosando de felicidad.

Edward me tomó de la mano y me guió por un sendero de hojas secas. Subimos una colina de árboles iguales y arbustos con sus primeras germinaciones. Para cuando llegamos a la cima, me encontraba respirando entrecortadamente.

-Odio el deporte –aclaré al verle su rostro divertido.

-Quería mostrarte esto –susurró sobre mi oído, causando escalofríos.

Apartó las hojas de unos helechos y luego traspasó una manta de árboles. Mis ojos se abrieron sorprendidos al paisaje frente a mí, con el sonido de los pájaros de fondo.

-Muy cerca de aquí fuimos a acampar –explicó –. Quería estar solo y encontré esto.

-Es… hermoso.

Era un prado no muy grande, rodeado por plantas de todos los tamaños. El escaso sol que quedaba en el cielo, lograba tocar el pasto vivo y las flores que tan poco se veían en Forks. Edward avanzó primero, ya conociendo la magia de este lugar y se sentó en el medio. Vi como se recostaba y su cabello cobrizo se perdía en el verde del suelo. Era un ángel.

-Ven aquí –dijo con los ojos cerrados.

Obedecí el silencio y me acosté a su lado. Agarró mi mano firmemente y no me dejó escapar.

Mi corazón latía. Todo parecía un sueño. Todo era tan maravilloso.

-No sé qué estás haciendo conmigo –murmuró.

Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo actuara solo. Lo abracé contra mí, queriendo sentir su cuerpo, su corazón. Y me quedé dormida así, como si estuviera soñando por primera vez.

De algún modo lo hacía. Nunca, nadie más podría reemplazar algo como esto.

Edward me despertó cuando ya todo era oscuridad.

-Hablas en sueños –dijo y me sonrió con ternura. Idiota, me insulté mentalmente.

-Mierda –mascullé, escondiendo mi rostro contra el suelo.

-No te sientas mal. Me gustaría ser así –susurró. Alcé una ceja para que se explicara –. ¿Sabías que tengo insomnio? Tomo unas pastillas tan fuertes que no me dejan soñar.

Anoté mentalmente esa nueva información y pregunté temerosa:

-¿Qué dije?

-Nada importante –me miraba fijamente y sus ojos brillaban como si fueran dos esmeraldas preciosas –. Solo repetiste mi nombre muchas veces.

-Mierda –repetí.

-Bella, si yo pudiera soñar, sería contigo. No te angusties, por favor –murmuró sobre mi cabeza.

-Eres… muy tierno.

-Gracias, señorita –sonrió burlón –. ¿Vamos?

-Bien –me ayudó a levantarme. Ugh, mi ropa estaba mojada.

Caminamos el bosque con calma. Él habló un par de veces sobre su infancia con Emmett y la incapacidad que tenía él para alejarse de los accidentes. Reí. Y nos besamos dos veces más.

Estaba suspirando de dicha.

Hasta que llegué a casa y todo se derrumbó de nuevo. Me gustaría estar siempre con Edward, que me sacara de este hoyo. Que, al menos, me hiciera olvidar que la vida es una mierda.

-¡¿Dónde has estado, Isabella?! –Grita mamá, recibiéndome tan cálidamente como siempre.

-Afuera.

-¡¿Con quién?!

-Sola.

-¡No te creo!

Entonces, la oscuridad soltó una silueta espeluznante.

-Tranquila, Reneé, yo me encargo de aquí en adelante –gruñe y tiemblo.

No puedo escapar. Me ahogo. La noche cae sobre mí, la luna quiere llevarme. Las estrellas gritan mi nombre. Estoy muriendo. Estoy llorando. No puedo… no puedo.

-Sh.

¡Ayuda!

-Sh.

¡Ayuda!

Sollozo impotente sobre mi cama, agarro las sábanas con fuerza, quiero que se rompan tanto como lo estoy yo. Destrozada.

Sin embargo, una sonrisa crece en mi rostro al ver ese fajo de billetes junto a mí. Podré comer y pagar unas cuentas atrasadas esta semana.

Mi ampolleta se prende. Y entonces ya sé qué hacer para sobrevivir.

Al momento del hombre partir, me limpié en el baño y vestí con un pijama ya deshilachado. Sentada sobre mi cama, lo único que podía era hacer observar la tranquilidad de la noche y, bueno, la ventana de Edward Cullen. El pánico me inundó brevemente, pensando en que si había visto algo de lo que sucedía aquí abajo. Entonces me di cuenta, que si yo no podía ver mucho más allá de su techo, él no podía ver mucho más allá de mi suelo.

-¡Isabella! ¡Mi amor! –El grito de felicidad artificial resonó en mi habitación. Giré la cabeza, doblando mi cuello en un ángulo que le hizo tronar con fuerza. La sorpresa se asomó en mi rostro, sin reaccionar a tiempo cuando mamá entró a mi habitación, cayendo al suelo y apoyando su cabeza en mis rodillas.

-M… ¿Mamá? –Pregunté asfixiada por la repentina cercanía de ella hacía mí.

Levantó su cara y pude ver en ella, dentro de su mar de irrealidad, tranquilidad. La calma que no había sentido desde hace bastante tiempo se asomaba como si se trenzara dentro de ella.

-¿Qué pasó? –Inquirí despacio, procurando que ese pequeño intervalo de amor no se fuera tan rápido.

Sus ojos dilatados se llenaron de lágrimas. A pesar de estar todavía drogada y oler a alcohol, la sentí aquí, conmigo.

-Está aquí. La vi. Era ella. Mi hermosa niña… mi hermoso pedacito de cielo –sollozó, abrazándose a mis piernas.

-¿Quién? –Solté, tartamudeando y no queriendo saber del todo la respuesta.

-Mi niña –respondió –. Mi hija. Mi Bree. Era Bree, Isabella. Bree… Bree…

La aparté de un empujón. Mi pecho ardía de dolor. Ella me miró desde el suelo con confusión, como si fuera un niño extraviado en la selva de la ciudad. No era tan diferente. Después de todo, mi madre había perdido tantas neuronas que ya parecía un bebé en su forma de hablar, de relacionarse.

De todos modos, yo no era muy diferente.

-Basta –mascullé angustiada.

-¡Era Bree! ¡Estaba allí! ¡Allí! –Chilló y esa pasividad se largó a tomar unas vacaciones, probablemente, largas. Su expresión solo revelaba impotencia y rabia.

-¡Basta! –Contesté yo. Y sabía que no debería tratarla así; ella es la discapacitada. Pero no puedo evitarlo.

La tomo con brusquedad de uno de sus brazos y la arrastro hasta la puerta de mi habitación. Se resiste patéticamente, balanceándose sobre su propio eje.

-¡Déjame! ¡Isabella! ¡Isabella! –Llamó furiosa, y no supe si era porque sabía que estaba allí y me regañaba, o porque estaba buscando ayuda – ¡Quiero a Bree! ¡Quiero a Bree! –Pidió, como quien quiere a un objeto.

-¡Detente! ¡Para! –La solté y ella se tambaleó hasta caer en la muralla, cruzando mi cuarto.

Cerré la puerta y eso fue todo, antes de escucharla partir a los barrios bajos. Luego de este día, no la vería por lo menos en media semana más. Le gustaba calmar el dolor con sus adicciones, y la cólera con sus amantes. Desde que comenzó todo esto, me vi obligada a clasificar sus acciones con sus emociones. Ella actuaba como primitiva, no era del todo difícil.

Bree Swan, mi hermana pequeña, el ángel caído que nos soltó un mar de tragedia. No recuerdo bien lo que sucedió en ese año que cumplí los catorce, solo veo en mi mente las portadas de los periódicos locales fotografías de policías y bomberos frente a una casa blanca y camillas tras camillas saliendo de ella. Los policías comentaron, al momento de despertar de mi trance, que Bree ya no existía. En ese momento lo entendí como que estaba muerta y no indagué más.

Y allí entraba mamá con su ataque de sorpresivo cariño. ¡No podía ser! ¡Bree estaba muerta! ¡Muerta!

Tres golpes fuertes, pero temblorosos, me sacaron bruscamente de mi letargo. Alcé la cabeza confusa. Las únicas personas posibles que tocarían mi puerta, serían los vecinos. Y ni siquiera ellos, ya que les espantaba la pestilencia que destilaba mi hogar. A pesar de que los Cullen no hacían gesto alguno, podía estar casi segura de saber lo que pensaban.

Avancé por el pasillo con el corazón en la boca. ¿Qué tal si eran los policías? Ellos nunca habían llegado a tan lejos del centro del pueblo. ¿Una mujercilla cotilla aparentemente preocupada por mi salud? Prácticamente imposible, pero nunca se sabe en Forks.

-¿Bella? Sé que estás aquí –la voz de Jacob sonaba afligida e inquieta.

Mi cuerpo se paralizó y fui incapaz de responder.

-Bella –su toque fue más contundente, tomando confianza – ¡Maldita sea! ¡Sal de allí, Bella!

Di un par de pasos para alcanzar la perilla de la puerta, media suelta por los arrebatos de mi madre. Abrí. Estaba él, como supuse, con su estatura sobresaliente, la piel morena y el pelo oscuro. Sus ojos de contradictorio negro cálido.

-¿Jacob? –Mi pregunta fue un susurro, que apenas se escuchó bajo mi respiración errática –. ¿Qué…? ¿Qué haces aquí?

-Busqué tu dirección –murmuró y sus mejillas tomaron color –. Lo siento, sé que debo respetar tu privacidad y todo eso. Pero… no pude resistirme. Tenía miedo.

Hice una mueca de confusión. Nunca le había dado razones para tener miedo.

-Jake, estoy bien –aseguré y le mostré mi cuerpo, demostrándole que no le faltaba ninguna pieza –. No tenías por qué haber llegado hasta aquí.

Apartó su mirada, sin llegar a averiguar que había en ella. Observé la sala y acepté que a pesar de la pestilencia a cigarrillos y alcohol rancio, todo estaba en orden. Le dejé pasar. Jacob escrudiñó el lugar, sin saltarse siquiera las telarañas que colgaban impasibles en el techo con goteras.

-Acogedor –murmuró irónico.

-¿Qué pasa Jacob?

Sus ojos viajaron por todos lados hasta llegar a mí, deteniéndose un momento antes de abrir los labios.

-Sucedieron cosas –habló lentamente y con una claridad poco común en el. Esta situación era incluso, peor que extraña. Jacob nunca era tan serio –. Además de la mujer loca que vi correr desde tu… casa hasta vete tú a saber dónde.

-Esa mujer es la hermana de mi mamá, Jake –contesté, algo indignada –. Ya te expliqué esta situación. No me hagas repetirla.

-Entiéndeme tu también, Bella. Nunca había visto a alguien tan… fuera de sí –advirtió con su ceño fruncido –. Pero está bien. De todos modos, no vengo a hablar de eso.

-¿Entonces? –Alcé el mentón, con el orgullo dando sus primeras señales vitales.

-Son los nuevos aquí –bajó la voz –. Los… Cullen. Déjame explicarte –se apresuró, al ver que mi boca se abría para replicar –. Sabes que el sábado se hizo otra fiesta, ¿Cierto? Ellos asistieron, pero no me di cuenta hasta una o dos horas después, cuando todo… se salió de control. Sabes que nuestras fiestas son relativamente sanas, ¿Cierto? Pero algo o alguien hicieron que el mundo se fuera a la mierda. Bella, no sabes cuánto agradezco que no hayas ido. Y todos en la reserva creemos que fueron ellos.

-Eso es una mierda –contesté –. Ellos son excelentes personas.

-Bells, vi a una Cullen casi teniendo sexo con un Cullen. Están locos –rezongó.

-¿Qué? –Abrí mis ojos sorprendida –. ¿Quiénes?

-La única mujer y un rubio larguirucho.

Negué con la cabeza y suspiré.

-Jacob, ¿Estas borracho? La única forma que te pongas así de chismoso es con el alcohol.

-Bella… Escúchame. Ellos no están bien. Te vi hoy con uno de ellos y… está mal. Están enfermos.

-¿Me viste hoy? –Francamente, me horroricé.

-Bells…

-Jacob, estoy cansada y quiero dormir. Déjame sola –le tomé de un brazo y lo llevé a la puerta.

Sin embargo, antes de que pudiera cruzarla, la mujer, esa que me arruina la vida diariamente, aparece y está casi inconsciente.

-Isabella –murmura –. ¿A quién has invitado y no me pediste permiso? Soy tu madre, debes obedecerme. Isabella… pequeña endemoniada.

Un jadeo sale de los labios de Jacob y me mira con los ojos abiertos.

-¿Hija?

-Fuera –digo lo más amenazante que puedo hacia Jacob, pero él está estático –. ¡Fuera!

-¡No! –Reacciona y grita en respuesta –. ¡No te dejaré sola!

-Por favor –suplico y estoy a punto de llorar –. Mañana hablamos, pero por favor, déjame cuidarla hoy. Necesito que te marches.

Su mirada refleja dolor y compasión, pero asiente lentamente y se acerca a darme un beso en la frente. La puerta es lo último que se escucha, antes de que un estruendo se produzca a mis espaldas. Una mujer pesada y desmayada era lo último que faltaba. La dejé allí. No podía hacer nada más.

Llegué a mi habitación y me tiré sobre la cama. La esperanza osciló frente a mis ojos con esos billetes que serían mi salida.

Y a pesar de todo, una sonrisa tiró de mis labios.

Primer fanfic de Crepúsculo y cuarto capítulo ;)

Pido perdón de rodillas ante esta demora inaceptable. El internet falló de innumerables maneras, luego mi cabeza también, más tarde me puse a ver series americanas y británicas, y para finalmente cerrar con un brillante botón, comencé a jugar los Sims 3. Lo siento muchísimo.

Agradezco cada uno de sus reviews y a pesar de no responderlos, me alegra desde el alma saber que están allí.

No voy a prometer nada, pero espero poder continuar la historia para la próxima semana, cuando pasen estas festividades.

Corte y fuera,

Alysonne, que les desea una feliz navidad y un próspero año nuevo.