Todo es confuso. No entiende nada de lo está pasando, pero intentando unir las piezas, todo comienza a cobrar un poco de sentido.


4. Cara a cara.

Probablemente si le hubiesen dado un balazo en el estómago, Roy hubiese sido un poco más capaz de mantener el aire en sus pulmones.

Su mente, que usualmente siempre estaba trabajando, se detuvo sin ton ni son, así, de la nada, como si de pronto todo en aquel mundo se hubiese frenado.

Sentía que el aire a su alrededor se había espesado. Incluso tuvo el impulso de devolver el quiché que había ingerido unos minutos atrás.

Patético que un hombre que había sido entrenado para la guerra, que era incluso considerado un héroe de ésta y que, además había ayudado a salvar el país –por no decir, al mundo entero– reaccionara de ese modo ante una escena como la que se desarrollaba frente a sus ojos.

Muchas noches lo había soñado. Así era, casi todas las noches, desde hacían cinco años, Roy Mustang había soñado el momento en que volvería a ver aquellos ojos caoba.

Sí, claro que sí.

Muchas otras noches se había dormido con la mente repleta de escenas de aquella noche.

La recordaba, vaya que lo hacía. La noche en que había podido tenerla entre sus brazos. Aquella noche en que dejaron de ser la teniente primera y el General de Brigada… incluso habían dejado de ser Riza Hawkeye y Roy Mustang. En ese momento, en ese efímero instante simplemente fueron dos personas. Un hombre y una mujer, que tenían demasiadas ganas de estar uno junto al otro y que estaban demasiado cansados de disimularlo.

Se aferraba a esos recuerdos para poder soportar su ausencia, aunque desde luego que al final no le dejaban más que vacío.

Pero ahora, en aquel momento, en que respiraba superficialmente y sentía la sangre drenada dentro de sus venas, en su mente no había nada… nada más que una terrible y exasperante confusión.

Observaba a la rubia mujer frente a él, aferrando a una igualmente rubia y pequeña niña contra sus caderas aprensivamente con el gesto descompuesto.

Y él se encontraba ahí, de pie, frente a ellas, con los ojos desmesuradamente abiertos, y completa y ridículamente petrificado, sin ser capaz de relacionar a la mujer que vivía en sus recuerdos y aquella que se encontraba ahí.

Con la boca árida y el sudor frío empapándole la frente apenas fue capaz de articular —Tú…— pero su voz salió demasiado débil.

La joven frente a él recuperó los estribos de manera casi estoica. Su rostro, que instantes atrás se encontraba completamente deformado por el impacto ahora se mantenía sereno, neutral e inexpresivo —General— dijo ella, con sequedad, pero sin dejar de aferrar a la pequeña en postura protectora —Ha pasado tiempo. — añadió, como si nada, con voz plana y monótona.

No. Definitivamente aquello tenía que tratarse de un error, o de una pesadilla, o tal vez eran ensoñaciones de su propia mente desesperada. Aquella mujer no podía ser quien parecía.

Entonces observó. Observó con más detenimiento.

La mujer ahí presente era rubia, de unos treinta y pocos, ni muy alta, ni muy baja, delgada pero de cuerpo fibroso. Ese cuerpo que él había memorizado en tan sólo una noche. Y sus ojos eran grandes y expresivos, color caoba y su piel era blanca y su voz resonaba en sus oídos como lo había hecho todas las noches en sus recuerdos.

Y era ella. Con esa mirada imperturbable. Era ella, y él no podía simplemente reparar en que la había encontrado, porque su mente estaba estancada. Porque había algo ahí que no encajaba.

—El Señor Mustang me ayudó a encontrarte. Fue muy bueno conmigo— la voz melodiosa e infantil de una niña se apresuró a explicar lo acontecido, con una radiante sonrisa en los labios, mientras se abrazaba de la pierna de la mujer.

Entonces, en el momento en que volvió a escuchar su voz, Roy reparó en ella violentamente, con los ojos salidos de sus órbitas y la expresión desfigurada por la duda y la confusión.

Si. Eso era. La niña. Elizabeth. Era ella lo que no encajaba ahí.

Y la miró. La miró como si no lo hubiese hecho antes, con el gesto demasiado horrorizado para disimularlo, porque en el momento en que la pequeña había hablado fue que su mente regresó a su arduo trabajo.

Sus orbes negras viajaron de la pequeña a su madre. ¿Cómo pudo no haberse percatado? Si era completamente su cara. El dorado de su cabello, sus mejillas, su sonrisa, incluso su manera de mirar, su voz, su postura… la pequeña Elizabeth era Riza Hawkeye vuelta a nacer. Excepto por aquellos ojos… negros como el carbón.

"Tiene sus ojos" la voz de la mujer se reprodujo nuevamente en su mente, sin piedad.

"Mi mamá se separó de mi papá hace mucho tiempo, entonces nunca lo he visto"

No. Aquello era completamente imposible… una equivocación.

— ¿Mamá? — preguntó la pequeña, al ver el repentinamente inexpresivo rostro de su madre y sentir su mano helada apretando la suya rígidamente, abrazándola contra ella, como cuando algo andaba mal.

"Mamá" la palabra repitiéndose una y otra vez en el cerebro paralizado de Roy.

"Mamá"… era como Elizabeth acababa de llamar a su ex-teniente primera. Aún cuando esos dos conceptos no encajaban de ninguna manera dentro de su mente.

Imposible. Aquella situación era sencillamente imposible.

Su teniente no era madre. De ninguna manera.

Sin embargo, aquella niña era ella, era una versión diminuta y ojinegra de su preciada subordinada.

¿Pero cómo? Fue la pregunta que acudió a su mente de inmediato.

Evidentemente sabía cómo, pero aún así era imposible. A Riza Hawkeye no podía pasarle algo así… a él no podía pasarle algo así.

Se quedó callado, rígido sin dejar de mirar en dirección a la pequeña figura de Elizabeth, sintiendo el corazón y la sangre de plomo.

"Mi mamá me ha explicado que mi papá no tiene mucho tiempo… el tiene cosas muy importantes que hacer y no puede distraerse visitándome." Las palabras lo abofetearon de repente.

Entonces la postura de la mujer cambió automáticamente. Se enderezó y llevó una mano a su frente mecánicamente —Como dije. Muchas gracias, General Mustang— reiteró la mujer, con el semblante inexpresivo.

Aún con la mente en blanco, la voz de Roy sonó más por reflejo que por voluntad —No… yo… no tenía idea que…

—Elizabeth, agradece la amabilidad al General Mustang, por favor— indicó Riza, interrumpiendo deliberadamente al hombre y dirigiéndose a la pequeña —Es hora de irnos a casa. Mañana debes ir a la escuela y Black Hayate también estaba muy preocupado. — añadió, acariciando la cabeza de su hija con un poco de ansiedad.

La niña se liberó del estrecho abrazo de su madre –que nada pudo hacer para evitarlo– y se acercó a Mustang, inclinándose amable y grácilmente, con las mejillas ligeramente ruborizadas —Señor Mustang, muchas gracias por su ayuda y por el quiché.

El la observó.

Su cabello, su mentón, su nariz… cada rasgo de aquel lindo rostro… era ella, incluso en sus maneras, en su postura, en su sonrisa y en su manera de hablar. Y se sintió tan condenadamente estúpido que no pudo evitar desviar la mirada.

Sintiendo la boca seca, apenas logró articular —No hay… no… no hay nada que agradecer— dijo, y lo dijo en serio.¿Qué podía agradecerle Elizabeth a un imbécil como él?

—Un gusto verlo después de tantos años, General. — dijo ella, inclinándose rígidamente mientras tomaba la pequeña mano de Elizabeth entre las suyas ásperas y heladas, intentando mantener esa cordura que siempre la había caracterizado —Ahora, si nos excusa.

En verdad deseaba salir huyendo de ahí de una vez por todas. ¿Por qué? ¿Por qué de entre todas las personas en Amestris, su hija tenía que haberse encontrado precisamente con él?

Precisamente con él.

Aún cuando había hecho todo lo posible para que eso jamás sucediera. Pero siempre era así. Roy Mustang siempre se aparecía en los momentos más inapropiados.

Se volvió, con todo propósito de dejarlo atrás una vez más, como lo había hecho hacían cinco años y trece días. De desaparecer… rezando por que el jamás volviera a buscarla… a buscarlas. Rezando porque hubiese entendido… pero era demasiado pedir.

—Espera… Hawkeye— la voz trémula de él, de pronto había vuelto a ser aquella decidida que ella recordaba.

La rubia giró la cabeza, volviéndose hacia él, manos entrelazadas con Elizabeth. — ¿General?

Mirándola directamente a los ojos, pronunció —De hecho, oportunamente, la razón por la que vine a Ciudad del Este fue precisamente para encontrarme con usted. Quisiera solicitar unos minutos de su valioso tiempo si no es mucho pedir.

Riza sintió un retortijón en el estómago. Lo miró — ¿Justo ahora?

—Der ser posible, teniente, por favor. — respondió, intentando sonar firme, a pesar que aún se encontraba despavorido y… ¿cómo decirlo?Aterrado.

La joven lo pensó por unos segundos, hasta que, suspirando, ella asintió resignadamente. Conociéndolo, de cualquier modo terminaría por hablar con él de alguna u otra forma. —De ser el caso, acompáñenos, por favor, General— repuso ella, con extrema formalidad.

Tragando saliva con dificultad, Roy avanzó tras las dos, con la vista concentrada en la nuca de Riza.

"¿Es por alguien más?" la conversación se avivó nuevamente en su memoria.

"Sí, Señor." Había respondido ella con seriedad.

"¿Alguien más importante que nuestra meta, Hawkeye?" Había preguntado él, pensando que con esto iba a poder retenerla.

"Me temo que así es, General. Lo siento.".

Y aquella contestación le había caído al General de Brigada como un disparo en la rótula.

Pero nada comparado con lo que había visto aquel día. Era demasiado, incluso para él.

Llegaron a aquella puerta frente a la cual él había permanecido horas atrás.

Riza metió la llave en la cerradura y la abrió. Parecía ser un lugar muy amplio, tal y como había dicho Havoc.

De pronto, un grande perro blanco y negro se acercó presuroso a Elizabeth, a la que se le pegó afectuosamente, olisqueándola, para luego hacerlo con Riza y posteriormente con Roy, quien al verlo, se inclinó para acariciarlo con afecto. En realidad, también había extrañado a Hayate, a decir verdad.

El perro de inmediato regresó con la pequeña — ¡Hayate! — Exclamó la niña abrazándose al perro con una sonrisa —Te extrañé mucho.

El perro lamió su rostro efusivamente, ante las risitas musicales de la pequeña.

Riza apartó al can de la pequeña con una caricia —Black Hayate, ve afuera por favor— le dijo, con una suave sonrisa en su expresión. Y el perro, obedientemente corrió hacia una puerta en la cocina que se encontraba abierta.

—Bonito lugar— opinó él en cuanto lo vio mejor.

Tenía una salita, un pequeño comedor y una cocina. A la izquierda se vislumbraba un profundo corredor, donde, supuso, se encontrarían las habitaciones.

Ella sólo asintió en respuesta, colgando su abrigo en el perchero y acuclillándose frente a Elizabeth —Anda, ve a tu habitación un momento. Llevaré tu té enseguida.

La niña asintió, con una encantadora sonrisa, luego miró a Roy y le dedicó otra incluso más resplandeciente —Adiós, Señor Mustang. Muchas gracias por todo.

Roy, que seguía impávido, la miró sintiendo el corazón latirle con lentitud y pesadez. Sólo asintió ausentemente y la pequeña salió corriendo hacia la que, supuso Roy, era su alcoba.

Una vez solos, se quedó mirándola, rígido y aún de pie frente a la puerta. Había ensayado dentro de su mente lo que le diría una y otra vez durante mucho tiempo pero ahora todo parecía difuso… su mente no dejaba de trabajar en aquella criatura que se encontraba al fondo del pasillo.

—Tome asiento, por favor— la voz seria y plana de su ex-subordinada lo arrancó de sus pensamientos —Prepararé el té enseguida.

El, sin asentir ni negar, sólo lo hizo, dejándose caer rígidamente en la primera silla del comedor, mientras observaba la espalda de Hawkeye, que se encontraba hirviendo el agua.

—Es muy hermosa— comentó, casi tímidamente, carraspeando, en un intento desesperado por romper aquel incómodo silencio que se había formado.

Riza supo de inmediato a qué se refería su ex-superior, pero decidió no responder. No aún.

—Se parece mucho a ti— añadió él, tanteando los límites.

La rubia suspiró y respondió con voz mesurada pero filosa –o era más preciso decir letal, como una bala– —Sólo en el exterior, se lo aseguro. Por lo demás es idéntica a su padre.

Aquellas palabras fueron peores que una bofetada. En ese caso, fueron peores que un disparo. Calló de inmediato, con la lengua súbitamente seca y la mente vacía.

La joven mujer, se volvió con tres tazas de té, –una pequeña y de plástico, que separó de las otras dos de cerámica– y se volvió, tomando únicamente la más pequeña. —Permítame un momento, por favor— se excusó, dirigiéndose al cuarto de al fondo.

Aquel momento de soledad le sirvió para acomodar un poco sus dispersas ideas:

Se encontraba en la casa de Riza Hawkeye y la hija de ésta, bebiendo té. Estaba a punto de pedirle que volviera… pero ahora no sabía qué hacer… no con alguien más de por medio.

De inmediato, ella volvió y se sentó, cara a cara con él. Al cabo de un minuto de sepulcral silencio, la joven militar decidió romperlo. —Gracias— pronunció, rehuyendo a su mirada, pero aún así, el pelinegro pudo divisar aquel brillo de sinceridad en sus ojos y aquella nota de alivio en su voz.

Roy posó su vista en el líquido humeante, con expresión endurecida —Como dije, no hay nada que agradecer. Sólo hice lo que debía hacer.

Ella lo miró, con un gesto que mezclaba la disculpa y el agradecimiento —Es demasiado desesperada. No debí descuidarme tanto… lamento si le causó molestias.

Él, incapaz de mirarla a los ojos, respondió con la vista fija en el té —En lo absoluto. Es increíblemente educada y prudente, como podría esperarse de…— titubeó de momentáneamente, pero recuperó la compostura de inmediato. —Como podría esperarse de una hija tuya.

—Es un alivio escuchar eso. A veces es demasiado curiosa y parlanchina— contestó, sus ojos calmos brillando con afecto al hablar de la niña. Luego de un momento de silencio, prosiguió, como no muy segura de hacer el comentario que siguió —No le gusta hacer sus tareas, tampoco.

Roy se quedó helado, pero contestó —Parece que tiene mala suerte, teniente. Siempre detrás de personas que odian hacer sus tareas.

—Eso parece, General— concordó ella, con voz ausente, sin probar un sorbo de su tasa, demasiado tensa al respecto de la situación.

De nuevo otro silencio que pareció eterno.

Finalmente fue él quien habló —Me ascenderán pronto. — anunció, levantando la vista hacia ella.

Riza no pareció inmutarse en lo más mínimo. —Lo sé, ya estaba enterada. Su Excelencia me lo notificó hace unos días.

Mustang no supo qué decir. Abrió los ojos ligeramente debido a la sorpresa.

"Mi abuelito trabaja en Central, él es muy importante." Era lo que había dicho Elizabeth.

Claro. Ahora todo cobraba sentido:La repentina y oportuna transferencia de Hawkeye a Ciudad del Este, la discreción respecto al tema y lo misteriosa que había sido la naturaleza de su renuncia. Ése viejo zorro de Grumman había recuperado el contacto con su nieta a espaldas de él y la había ayudado a escabullirse con su embarazo… ¿Por qué?

—Ya veo— murmuró él, resoplando para sus adentros.

—Me alegra que así sea, General. Va ascendiendo poco a poco, tal y como lo había planeado. Probablemente en unos pocos años llegará a la cima…

—Tal y como lo habíamos planeado, si no me equivoco, teniente— le cortó él, con cierto resentimiento.

Hawkeye suspiró calmamente, dando un sorbo por primera vez a su té —El plan fue suyo desde el principio, General, yo sólo era una pieza de éste.

—Te equivocas— le interrumpió él, con súbita seriedad en sus ojos negros, mirándola directamente a los suyos, con una intensidad que la dejó sin palabras —Sin ti el plan no tenía sentido. No tiene sentido.

—General, no creo que sea apropiado…

—Vine para pedirte… no, para exigirte que vuelvas a mi lado. Te necesito ahora que estoy a punto de alcanzar la cima. — interrumpió el tajantemente.

Riza no rehuyó a su mirada, y esta vez fue ella quien lo miró con intensidad. —Me temo que eso no será posible, General. Como puede ver, tengo razones que me lo impiden.

—Puedo verlo, teniente—respondió, exaltándose, siendo por primera vez quien hacía énfasis en el cargo — ¿Podría explicarme, por favor, por qué yo ignoraba esas razones? — inquirió, alzando la voz de un momento a otro.

Algo en él estaba despertando… claro que sí. Necesitaba una explicación. Él siempre había tenido derecho a una. De pronto se sentía exasperado, y un calor inexplicable le subía por el cuerpo. Estaba enojado, confundido… abrumado. Ahora nada de lo que tenía parecía real. Era como si de repente todo se tornara oscuro.

Riza dio otro sorbo a su té, aparentemente tranquila, pero una gota de frío sudor recorriendo su nuca —No veo de qué manera podía haberle afectado conocerlas, General.

Un fuerte golpe resonó por toda la casa. Roy había explotado de repente, estrellando su palma contra la mesa con una fuerza desmesurada. Black Hayate, en el patio trasero dio un respingo ante el ruido, pero Riza permaneció imperturbable, con los ojos cerrados en una expresión serena, como si se hubiese esperado aquella reacción de antemano. — ¡Maldita sea, Hawkeye! ¿¡Cómo te atreves a decir eso?!

—Voy a pedirle de favor que no explote de esa manera. Le recuerdo que estamos en mi casa y mi hija podría asustarse. — el alquimista percibió el énfasis que la mujer puso en el último "mi", pero reconoció su falta de prudencia, como siempre. Obviamente no tenía derecho a ponerse así en un lugar que no era su casa. Además, era cierto que podía espantar a Elizabeth.

— ¿Mamá? — como para comprobarlo, una vocecilla repentinamente cercana atrajo la atención de ambos adultos.

En el umbral entre el pasillo y la cocina, Elizabeth miraba temerosa en su dirección, con el semblante asustado.

Riza le dedicó una mirada reprobatoria a Roy y se volvió a su hija, hablándole con voz tranquilizadora —No pasa nada, cariño. Vuelve a tu habitación, por favor, todo está bien.

La niña asintió sin dejar de mirar a Roy, ahora con cierto recelo —Está bien… Buenas noches— y se acercó para abrazarse a las piernas de su madre, quien acarició su cabeza con cariño.

Roy vio anonadado como la expresión de ella se suavizaba automáticamente, mientras enredaba sus largos dedos en el dorado cabello de Elizabeth.

—Duerme bien.

Elizabeth asintió y se incorporó para dedicarle una mirada temerosa a Roy —Buenas noches, Señor Mustang— se inclinó tímidamente.

Él sólo la miró, con los ojos temblándole, cada vez más consciente de que ella era… ella era…

—Muchas, muchas gracias— dijo la pequeña, antes de salir corriendo hacia su habitación.

Riza y Roy se quedaron observando por donde la niña desapareció. Ella lo hacía con una expresión amable y suave y él completamente perplejo. No podía conectar las ideas que había en su mente respecto a aquella niña.

Riza se volvió a él con gesto de reprobación —Gracias por eso, General— ironizó la mujer.

Roy bajó la mirada, contrariado —Lo siento.

—Si continúa comportándose como hasta ahora, tendré que pedirle que se vaya. — advirtió con mirada severa.

—No, Hawkeye. No me iré de aquí sin una explicación— sentenció él, con decisión en la mirada y voz imperturbable.

Un escalofrío recorrió la espalda de la rubia.

Una explicación, precisamente lo que había temido aquellos cinco años. Sin embargo, decidió no perder su característica compostura. —Las explicaciones ya le fueron dadas hace cinco años.

—Sabes a qué me refiero— replicó el, mirándola con severidad.

Sabiendo que era ridículo continuar dándole vueltas al asunto, suspiró colocando su tasa en la mesa y mirándolo a los ojos. —Supongo que tiene una idea de por qué lo hice, General.

Roy le mantuvo la mirada. En realidad, conocía lo suficiente a Riza Hawkeye como para no darse una idea de lo que había estado en su mente en ese momento, pero aún así no entendía nada.

—Agradecería que me lo explicaras por tu cuenta.

Riza cerró los ojos con calma y luego lo miró con serenidad —Sé que le fallé— susurró con pesar, incapaz de mirarlo a los ojos —A pesar de que le di mi palabra… pero cuando me enteré de mi estado me sentí demasiado confundida— rió con desgana — ¿Qué se suponía que debía sentir una asesina como yo? Sabía que no estaba lista para ser madre, pero por más que intenté considerar librarme del problema por el camino fácil… no pude hacerlo. Ya había tomado demasiadas vidas en el pasado, no podía tomar esa también…— su voz se había atenuado ligeramente, y luego apretó las manos —Pero tampoco podía arrastrarlo conmigo, así que decidí que lo mejor sería callar e irme, incluso si eso significaba faltar con mi palabra de protegerlo.

Roy apretó los puños, sin dejar de observarla con preocupación.

Ella siempre pensaba en él antes que en sí misma. Arrastrarlo. A él no le hubiese importado ser arrastrado si con eso hubiese podido mantenerla a su lado. —Debiste decírmelo— sentenció el, con cierto rencor —Sabes que yo jamás te hubiera abandonado.

—Lo sé, General. Ése fue precisamente el problema. — replicó ella, con la mirada en su regazo.

Cerrando los ojos, el pelinegro supo a qué se refería.

La conocía y se conocía a sí mismo. Sabía que de haberlo sabido, hubiese sido capaz de echar todo su trabajo de tantos años por la borda. Y Roy sabía perfectamente que eso ella no lo permitiría.

De repente, miles de preguntas llegaron a su mente. Para empezar, el saber qué tan difícil había sido para su preciada subordinada lidiar con todo sola.

— ¿Cómo fue? — preguntó, con un hilo de voz.

Riza lo miró con suavidad y sonrió ligera –casi imperceptiblemente–, hablando con voz tranquila—Elizabeth siempre ha sido una niña buena, incluso entonces. No me ocasionó muchos problemas. Mareos y una que otra jaqueca, pero fue tranquila. — Respondió ella. De pronto su rostro se iluminó, mientras mantenía la vista fija en la taza. —Y cuando la vi por primera vez…— una sonrisa amable curvó completamente sus labios —Lo comprendí, General. Comprendí el por qué de todo lo que sucedió aquella noche… incluso aunque fue un error… sucedió porque ella tenía que existir.

Roy la miró, sorprendido de sus palabras. Para empezar, en lo que a él respectaba aquella noche había sido muchas cosas, pero jamás un error. Y por otro lado, oírla hablar con tal maravilla de una niña, era lo último que pudo haberse imaginado venir de Hawkeye.

—No me siento orgullosa de esto— de nuevo la voz de Riza resonó suavemente por todo el lugar —Cuando me enteré… consideré seriamente no dejar que sucediera… pero no pude… en verdad no pude hacerlo.

Él observó en dirección a donde había desaparecido la silueta infantil de Elizabeth, y, por primera vez en aquella reunión, una genuina sonrisa cruzó su semblante.

Definitivamente, hacían unas horas, la vida significaba otra cosa para él. Ahora, en aquel momento, no estaba muy seguro de lo que pasaba, pero repentinamente imaginar un mundo donde esa criatura no existiera era simplemente erróneo. —Me alegra que no lo hayas hecho. — apuntó él, casi en un susurro.

Riza lo miró sorprendida, sin saber qué decir.

Entonces una nueva pregunta llegó a la mente de Roy — ¿Su Excelencia…?— inquirió él, con voz insegura.

—Está enterado— afirmó ella inmediatamente, sabiendo a dónde iba la pregunta de Roy.

—Oh— contestó él, bajando ligeramente la mirada.

Había miles de cosas que deseaba saber. Pero a la vez no se atrevía a preguntar.

Sin embargo, se trataba de Riza Hawkeye, la persona que era capaz de discernirlo con la mayor facilidad.

—Es inquieta. Odia la lluvia, también y le gusta mucho el quiché de espinacas— soltó de la nada Riza, sin necesidad que Roy formulara la pregunta.

—Lo sé. Ella pidió uno hace un rato— contestó Roy, intentando sonreír.

Ella también lo hizo, y guardó silencio, sabiendo que lo que el alquimista necesitaba era asimilarlo poco a poco.

Al cabo de un rato, el alzó la mirada — ¿Cuándo nació? — preguntó, casi temerosamente.

Ella sonrió suavemente en respuesta —El 9 de abril de 1917.

Roy cerró los ojos — ¿Y…?

—Como le dije, no dio problemas. Se adelantó sólo unos cuantos días, pero su salud fue y siempre ha sido excelente.

—Es un alivio saberlo.

De nuevo silencio.

—Siempre supe que serías una excelente madre, Hawkeye— comentó Mustang, repentinamente.

—Al menos usted lo sabía— susurró, más para sí misma, en un suspiro, brazos cruzados y sin desviar la visa de la taza.

—Es una niña maravillosa…— comenzó a decir Roy, con timidez.

—Lo sé— concordó de inmediato, con una sonrisa en los labios. Luego, con gesto pensativo, añadió —Después de Ishval… pensé que lo único que alguien como yo era capaz de hacer era sólo muerte y destrucción, pero entonces la vi a ella…— algo un su rostro pareció suavizarse, y una tímida sonrisa asomó a sus labios —General… jamás me creí… capaz de crear algo así.

Roy se sentía tan abrumado. Él creía exactamente lo mismo… y ahora… no sabía qué sentir.

—Al principio tenía miedo— prosiguió ella, con voz serena —Pensar que tendría que sostenerla con las manos manchadas de sangre… de hecho… la sola idea de que algún sea enterada de mis pecados, de ser juzgada por ella… sigue haciéndome estremecer.

Roy guardaba silencio.

En realidad no sabía qué decir. En su interior –en lo que quedaba de su alma– no había más que un millón de sentimientos encontrados que no le dejaban sentir nada en realidad, salvo confusión.

No, el nunca había considerado la opción. Tal vez lo había hecho alguna vez, en sus más remotos sueños, pero nunca de manera consciente. Tener una vida normal, como la de su mejor amigo, con una esposa, con una niña… esa era la vida de Maes, no la suya.

Él ya llevaba demasiado tiempo resignado a vivir solo, con su teniente primera como única compañía… sí. Eso era suficiente para él. Envejecer a su lado, aunque fuese así, como solían ser ellos. Familias, niños y todas esas cosas que soñaban los hombres comunes y corrientes… no, él no era Maes Hughes ni Acero. Para él era suficiente con llegar a la cima de la mano de Hawkeye.

Pero entonces ella se había marchado y su vida había dejado de tener un rumbo… y justo cuando había tomado la resolución de recuperarlo se encontraba con esto…

—No tiene que sentirse obligado a nada— la voz de Riza lo regresó a la realidad.

Se volvió hacia ella.

Sus ojos caoba lo miraban con disculpa y seriedad.

— ¿Qué dices? — preguntó él con voz débil y gesto exhausto. Su mente ya no daba para más.

—Esto, como el resto de las cosas que he hecho en mi vida, han sido decisión mía. El que ella naciera fue una decisión únicamente mía y he tomado la responsabilidad. Usted no lo sabía, así que no debe sentirse obligado a nada. Elizabeth es mi hija, tiene mi apellido y nadie, salvo Su Excelencia sabe quién es su padre.

—Demasiado tarde, Hawkeye. Resulta que yo también sé quién es su padre. — apuntó él, mirándola incrédulo. ¿Cómo era capaz de mencionarlo si quiera? Él no era esa clase de persona. Nunca lo había sido y nunca lo sería.

—Como dije, no tiene que…

— ¿Y qué quieres que haga entonces? — Inquirió él, con exasperación, alzando la voz — ¿Qué me marche así como así? ¿De verdad esperas que me vaya después de esto?

Riza le sostuvo la mirada, con aquella decisión que el recordaba —Quiero que llegues a la cima. Y no podrás hacerlo si te arraigas en esto.

Roy la observó con detenimiento. Estaba tensa, podía sentirlo, podía escucharlo en su tono de voz.

—Y yo también quiero eso, Hawkeye. Pero es un poco tarde para que esperes que no me arraigue. — Contestó mirándola con gravedad —Yo tenía derecho a saberlo— le reprochó.

Hawkeye entrecerró los ojos —Usted no quería que sucediera. Si mal no recuerda, General Mustang, fue usted mismo quien lo dijo.

Otra bala.

En el centro de su estómago. Hawkeye había dado en el blanco.

Si… aún lo recordaba. Sus estúpidas y malditas palabras.

"No me haga reír, teniente" había dicho él, cinco años atrás "No juegue con ese tipo de cosas. Usted mejor que nadie sabe que no tengo tiempo para distraerme con ese tipo de cosas. Hay mucho por hacer y muy poco tiempo. Niños… eso sólo me quitaría el tiempo"

Si.

Desde luego que aquello había sido la gota que derramó el vaso. Ahora todo cobraba sentido.

— ¡No puedes culparme por eso! — exclamó, reaccionando defensivamente —Yo… yo no sabía que eso…

—No lo estoy culpando. Sólo establezco un punto. — apuntó Hawkeye, con gesto y voz imperturbables.

Él carraspeó. Definitivamente estaba fuera de sí.

—En cuanto a su petición. No le encuentro el caso, General. Ha ascendido sin mi ayuda, así que probablemente logrará seguir haciéndolo de la misma manera— intervino, dando un nuevo sorbo a su té.

Roy le devolvió la mirada —Al parecer usted no lo comprendió, teniente. No vine a pedirle que vuelva. Vine a exigirlo.

—Y yo me niego, señor— respondió, con frialdad.

—No aceptaré una negativa.

—Usted ya no es mi superior. No puede obligarme a ir con usted. Además, le recuerdo, que tengo una hija, cuya vida está más que hecha en esta ciudad. No sé si lo tome en cuenta, pero ya no se trata sólo de mí.

—Lo tomo en cuenta, créeme. Esa es la razón por la que no puedo dejar que te niegues. Le recuerdo que ninguna mujer es capaz de concebir por sí sola— replicó con mordacidad.

Ella lo miró y suspiró —No, señor. Ninguna lo es. Aún así no es razón suficiente.

—Cinco años, Hawkeye. Tuvieron que pasar cinco años para que yo viniera a enterarme que mi más preciada subordinada criaba sola a mi hija. — dijo él, con reproche, y con demasiada dificultad al pronunciar las palabras "mi" y "hija" en una misma oración.

Ella lo observó.

Sabía que ahora sería imposible regresar su vida a como había sido de cinco años para entonces.

Los problemas apenas empezaban.


Espero estén disfrutando la historia y los capítulos, déjenme sus opiniones POR FAVOR.
GRACIAS :)