TITULO: A LA FUGA
TITULO ORIGINAL: MUJER A LA FUGA
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: LISA MARIE RICE
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO-SENSEI
PROTAGONISTAS: Itachi Uchiha y Sakura Haruno
SIN FINES DE LUCRO.
solo juego con los personajes e historia para que pasen un buen rato
GRACIAS.
Capítulo 3
Sakura gritó y el corazón casi se le sale por la boca.
Movió frenéticamente la mano en un intento por buscar algo que pudiera usar como arma, aunque sabía que ya era demasiado tarde. Locamente, trató de protegerse del disparo.
—Truco o trato. —La tonadilla infantil le llegó de algún punto cerca de las rodillas y se quedó helada.
Una bruja, un Harry Potter rubio con falsas gafas redondas de plástico y un vaquero la miraban asustados por el grito que había pegado. El pequeño vaquero soltó la pistola y la brujilla se echó a llorar.
No era asesinos, sino niños en busca de caramelos. La puerta de la entrada se cerró. Sutilmente, como si estuviera a miles de kilómetros de distancia, Sakura oyó una profunda voz masculina y los chillidos excitados de los niños en el porche. Luego, medio minuto después, la puerta de entrada volvió a abrirse y entró una gélida ráfaga de viento.
Se tambaleó hacia el salón y clavó con fuerza las uñas en el respaldo del sofá tapizado con flores chillonas. Hizo caso omiso de los fuertes golpes que le daba el corazón en el pecho y trató de controlar el temblor de las manos. Durante unos segundos se le aparecieron unas luces de colores frente a los ojos y vio borroso, como en una fotografía amarillenta. Vio cómo le caía un lagrimón sobre los nudillos blancos.
El terror, la soledad y la desesperación se arremolinaron con fuerza y dolor en el corazón de Sakura, como cuchillos que lucharan por salir al exterior y, por el camino, le hicieran trizas el corazón. Sintió aparecer otra lágrima de entre las pestañas y se dejó llevar por otro sollozo. Le sacudió un escalofrío.
Justo antes de que las rodillas le fallaran, sintió que le obligaban a darse la vuelta y se encontró abrazada contra un amplio torso. Para horror de Sakura, se vio sacudida por sollozos cortos y entrecortados. Se balanceó y notó que la sostenían con fuerza; unos brazos fuertes la abrazaban con fuerza y se dejó llevar.
Hacía siglos que nadie la abrazaba y confortaba. De hecho, desde la muerte de sus padres nadie lo había hecho. Y ahora Sakura se encontró llorando sus miedos, la rabia y la soledad con grandes e incontrolables sollozos que no habría conseguido reprimir aunque le hubiera ido la vida en ello.
Lloró y lloró y lloró, plenamente consciente de que acabaría arrepintiéndose. Después. Pero ahora no. Ahora necesitaba desahogarse tanto como necesitaba respirar. Al final, los sollozos dieron paso al hipo y se apoyó, agotada, contra el pecho de Itachi. Su jersey estaba húmedo de las tuberías oxidadas y las lágrimas de ella. Respiró profundamente, consciente de pronto de sobre quién estaba apoyada, de quién la abrazaba.
Una mano enorme le cubría la cabeza, y un brazo fuerte la sujetaba de la cintura firmemente contra él. Era una erección. Una muy grande y, por sorprendente que pareciera, seguía creciendo, latiendo y alargándose contra su estómago.
Podía sentir el calor de su pene a través de los pantalones y de su vestido, y se preguntó si él podría sentir el repentino calor que le embargaba por dentro. Sakura pasó inmediatamente de la fría desesperación a una cálida oleada de deseo.
En un instante había pasado de ser una mujer en apuros a la que un perfecto desconocido consolaba, a ser una mujer firmemente abrazada a un hombre empalmado. Era suficiente para volver loca a cualquiera.
Debería apartarse. Aquello era completamente inadecuado. No sabía nada sobre aquel hombre, aparte de que no era demasiado hablador y sabía arreglar tuberías. Bueno, eso no era del todo cierto. Sabía lo grande que la tenía. Enorme.
Sakura se apartó inmediatamente y se tambaleó hacia el espantoso sillón, donde cayó cerrando los ojos con fuerza. «No puedo con esto», pensó. Con nada de todo aquello.
Ser el premio de una cacería, estar exiliada en Simpson, que unos niños la aterrorizaran con su «truco o trato» y deseara a un hombre poco hablador, empalmado y con unos muslos de infarto. Era demasiado. Se le habían secado las lágrimas, pero aún sentía la punzada de ardiente dolor en el pecho. Notaba la presencia de Itachi a su lado.
—Tome. —Puso un vaso medio lleno de algún líquido en las manos de Sakura que, agradecida, se lo bebió de un trago y aulló al sentir que le quemaba las entrañas.
—¿Qué era eso? —jadeó, alzando la vista para verle. Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas, pero de mucho mejor tipo.
—Whisky —dijo Itachi, retirándole el vaso de la mano insensible. Todo su cuerpo se había quedado insensible, salvo las partes que estaban calientes.
—¿De dónde ha sacado el whisky? —Sakura tosió una vez más y se llevó una mano al estómago, donde se había asentado una bola de calor—. Yo no tengo.
—Pero yo sí.
—¿En la caja de herramientas? —Sakura le miró alucinada.
—No. —Itachi torció la boca en lo que interpretó como diversión en lenguaje vaquero—. De la camioneta. Para emergencias.
Sakura tuvo la tentación de preguntarle a qué tipo de emergencias se refería, pero una mirada a aquel rostro anguloso y cerrado le bastó para no decir nada.
Ya, claro... en las películas los vaqueros siempre recibían disparos y se echaban whisky en la herida. Justo antes de sacar la bala con una navaja, a la luz de una hoguera. Se le estaba subiendo el whisky a la cabeza; o eso, o la adrenalina había desaparecido de golpe de su cuerpo.
Fuera lo que fuera, Sakura estaba completamente agotada. Itachi se sentó en la butaca a juego que había junto al sillón, apoyó las manos sobre las rodillas y la observó detenidamente.
Quienquiera que hubiera decorado la casa sabía de tapicería lo mismo que de tuberías: nada. Las butacas estaban cubiertas de gigantescas rosas con sombras rojas y rosas muy poco factibles. Cuando Itachi se sentó, con su camisa negra y el pelo oscuro, pareció absorber toda la luz como un eclipse de sol.
Su butaca tenía un agujero negro con la forma de un hombre y rodeado de un montón de flores de colores vivos. Se hizo el silencio en la habitación, roto sólo por el sonido del aguanieve al golpear contra la ventana. Sakura odiaba los silencios y solía parlotear para llenarlos. Siempre había algo de lo que hablar con la otra persona.
A menudo había estado en sitios en los que la política y la religión eran temas tabúes, pero el tiempo solía ser un campo neutral perfecto. Salvo en Arabia Saudí, donde la política y la religión estaban completamente vedados y donde no había tiempo del que hablar. Allí solía acabar hablando de películas americanas.
Todo el mundo en Arabia Saudíta, desde el conductor de camello hasta el más alto cargo, tenía un reproductor de DVDs y estaba completamente enganchado al cine Hollywoodiense. Pero ahora no tenía la más remota idea de qué hablar con Itachi Uchiha.
Ella le había atacado y él le había salvado de morir congelada, le había empapado la camiseta con sus lágrimas, le había provocado una erección y, a su vez, había sentido un intenso deseo por él y, aun así, seguía sin saber de qué hablar con él. No tenía fuerzas suficientes para mentirle y la verdad era demasiado peligrosa.
Había una razón para que estuviera en aquel embrollo y saltara a la mínima de cambio; una razón para tener los nervios destrozados; una razón para estar tan loca como para sentirse atraída por un hombre al que no conocía. Pero no podía contársela. Inuzuka se lo había dejado muy claro: su vida dependía de que nadie supiera que era un testigo protegido.
Silencio. Itachi la miraba con su oscuro rostro inexpresivo. No tenía ni idea de en qué podía estar pensando; aunque no podía ser nada bueno.
—No puedo hablar de ello —soltó cuando el silencio empezó a hacerse incómodo. Alzó la barbilla.
Itachi asintió una vez con la cabeza, como si acabara de oír la cosa más razonable del mundo, y Sakura suspiró aliviada. Pegó un brinco al sentir algo frío y húmedo contra la mano.
—¡Oh! —Sakura se inclinó sobre el apoyabrazos y observó los conmovedores ojos castaños.
Era una locura, probablemente se debiera al alcohol y al estrés, pero tenía la extraña sensación de que el perro comprendía perfectamente bien por lo que estaba pasando. Le miró con adoración y le lamió la mano. No había un solo ser humano en la faz de la tierra que le mostrara la misma gratitud por los restos de una ensalada de atún y una vieja manta.
—¿Arregla animales con la misma facilidad que las tuberías señor... eehh... Uchiha?
—Sólo Uchiha, señora.
Se levantó de la butaca con facilidad, algo que no era tan sencillo; Sakura sabía que esa butaca tenía los muelles rotos. Ella misma se las había visto y deseado en más de una ocasión para levantarse.
Si no hubiera estado tan desconcertada, le habría advertido a Itachi de que estaba sentándose en una butaca devoradora de hombres.
Pero Itachi se levantó con tal facilidad que parecía que la butaca le hubiera expulsado, lo que sólo podía significar una cosa: que tenía unos abdominales fantásticos, a juego con los asombrosos músculos de sus muslos.
«De hecho, —pensó Sakura abstraída al ver que Itachi se inclinaba sobre el perro—, todo en él es fantástico». Se movía con una gracia increíblemente ágil y poderosa.
Los músculos bien ejercitados se percibían a través del jersey negro. Las manos, que movía suavemente sobre el perro, eran grandes, de dedos largos y elegantes. Se agachó para murmurarle algo al perro y Sakura se vio de nuevo inmersa en sus muslos.
¿Cómo podía alguien tener unos músculos como aquellos? Hombre, se dedicaba a la cría de caballos, así que probablemente montara a menudo. Sakura tuvo una repentina y mordaz visión de Itachi montándole a ella y esos increíbles muslos flexionados firmemente sobre ella mientras le...
Itachi alzó la vista para mirarla y Sakura se puso colorada de golpe.
Oh, Dios mío, confiaba en que no pudiera leerle la mente. Acariciaba la cabeza del perro callejero con su enorme mano y Sakura aprovechó para centrarse en cualquier cosa que no fueran los muslos de aquel tipo.
O lo que era peor... lo que había entre ellos.
—El perro no es mío, ¿sabe? Hace días que merodea por aquí, rebuscando comida en el cubo de la basura, y siempre lo echo. Pero esta tarde, cuando llegué a casa después de... —«...de darte en la cabeza con una calabaza...».
Sakura pestañeó y sintió que volvía a enrojecer. Itachi no pareció darse cuenta. Sus enormes y maravillosas manos masculinas acariciaban el cuerpo entero del perro, deteniéndose junto a la pata delantera derecha.
—También me he dado cuenta de eso, ¿está rota? —Sakura se asomó por encima del apoyabrazos.
—Nop.
—¿Entonces?
—Torcida. Y alguien le ha estado tratando muy mal. —Itachi emitió unos sonidos con su voz profunda y ronca para tranquilizar al perro que hicieron que hasta Sakura se calmara, y volvió a alzar la vista—. ¿Tiene nombre?
—No. Ya se lo he dicho; ha aparecido esta tarde.
—Necesita un nombre. —Itachi acarició suavemente el pelo que había entre las orejas del animal.
—Eehh... —Aquel raído y amarillento perro no tenía nada que ver con Federico Fellini, su elegante gato siamés. Y aun así... el chucho tenía cuatro patas, cabeza y cola, como Federico. Con eso le valía—. Akamaru. Le llamaré Akamaru.
—De acuerdo pues. Hola, Akamaru. —Itachi dejó que el perro volviera a olisquearle los dedos—. En unos días estará perfecto si no se apoya sobre esa pata. Lo único que necesita es un par de buenas comidas y un buen sitio en el que dormir. — Itachi hizo un ruido con la boca y se puso de pie de un salto.
Sakura estiró el cuello para observarle.
—¿Se va? —Se sintió inexplicablemente invadida por el pánico.
—No. —La miró un segundo, inexpresivo, y Sakura se encontró deseando poder descifrar qué estaría pensando; aunque seguramente no le gustara.
Estaba convencida de que sus pensamientos debían de ir en la línea de «cómo salir airoso de la casa de una loca». Abrió la puerta y desapareció.
Ya era de noche y Sakura vislumbró la oscuridad y una ráfaga de agujas de aguanieve que caían en vertical, atravesando el halo de luz de las farolas. Antes de que el frío entrara por la puerta abierta, Itachi estaba de vuelta con un kit de primeros auxilios en la mano.
—¿Eso también ha salido de la camioneta mágica?
Volvió a parecerle ver una sonrisa.
—Sip.
Itachi se arrodilló junto a Akamaru y empezó a murmurar de nuevo, con ruidos tranquilizadores y sin sentido.
Sakura se sorprendió al ver que el perro no protestaba, ni siquiera cuando Itachi se puso a examinar con cuidado la pata delantera, para envolvérsela después firmemente con una venda elástica. Tenía un rasguño profundo en el flanco derecho pero Akamaru no se movió, aunque gimió cuando Itachi se lo examinaba.
Itachi limpió la herida, pero no se la vendó. Sakura se asomó por el apoya brazos del sillón y observó a Itachi con interés. Trabajaba rápido, en silencio y de manera competente.
—¿Qué cree que le pasó?
Itachi se sentó sobre los talones, estirando con ello los vaqueros. Sakura se concentró en no apartar la mirada de los ojos de él; la repentina fascinación que le provocaba la parte inferior de su cuerpo era abrumadora. Ya había caído demasiado bajo tal y como estaba... le horrorizaba pensar que se estuviera convirtiendo en el tipo de mujeres que se ponían cachondas con nada e iban a los bares en busca de hombres.
—Lo más probable es que haya sido un accidente de coche —dijo—. Una de dos, o le golpeó un coche o lo tiraron de uno en marcha.
Sakura inhaló con fuerza, indignada.
—¡Tirarlo! ¿De verdad cree que hay gente capaz de tirar a un pobre animal de un coche en marcha? ¿A propósito?
—Sí; no sería la primera vez que alguien cree que quiere una mascota y, en cuanto se cansa, la abandona. Se ve claramente que Akamaru es el perro de alguien. O lo era. Tiene buenos músculos; probablemente sea buen cazador. —Itachi acarició la cabeza de Akamaru y le rascó detrás de las orejas. El perro movió la cola con energía.
—Si usted lo dice. —Sakura miró a Akamaru con dudas. Los buenos músculos, si de verdad estaban ahí, debían de estar escondidos debajo de la mugre del pelo—. No soy muy partidaria de los perros y no tengo ninguna intención de quedármelo. Sólo me daba pena.
Itachi se puso en pie y metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón.
—Tal vez quiera quedárselo un tiempo. Puede hacerle compañía cuando... —Se detuvo de golpe.
—¿Cuando me derrumbe? —preguntó Sakura con sequedad—. Le aseguro, señor Uchiha, que no suele darme por ponerme a llorar todas las tardes.
—No quería decir eso, señora. —Pasó el peso de una bota a otra con agilidad, pese a que se sentía incómodo—. Y me llamo Uchiha.
Sakura ladeó la cabeza mientras le examinaba.
—¿Nadie le llama por su nombre de pila? ¿Cómo era? ¿Itachi?
—Sip. Pero casi todo el mundo me llama Uchiha.
—¿De pequeño también? ¿Cómo le llamaba su madre?
—No lo sé. Murió cuando tenía tres años; apenas la recuerdo.
—¿Cómo le llamaban en el colegio?
—Uchiha.
—¿Y su mujer?
—La mayor parte de las veces me llamaba hijo de puta, señora. —La taladró con sus oscuros ojos—. Sobre todo poco antes de que me abandonara.
Vale, así se daba una conversación por finalizada.
—Ah. Lo... lo siento. No quería entrometerme en su vida, sólo que... —Sakura hundió la cabeza y se encogió de hombros, avergonzada, antes de ver con curiosidad la notita que sacaba Itachi del bolsillo de los vaqueros y que le entregaba.
Con sorpresa, la desdobló y se encontró con que era una de las notas que les había escrito a los padres de Boruto y que había metido en la tartera del niño. Poco importaba qué nota era, pues todas decían más o menos lo mismo:
Boruto está teniendo verdaderos problemas en el colegio y me gustaría poder hablarlo con ustedes.
Miró al alto y silencioso hombre que tenía enfrente, antes de volver a mirar la nota.
—No veo la... —Y entonces, de pronto, la vio. Obviamente, Itachi Uchiha era el padre del pequeño Boruto. Sakura unió la línea de puntos y lo comprendió todo.
La mujer de Itachi, la misma que le llamaba hijo de puta casi siempre, debía de haberles abandonado hacía poco y por eso Boruto estaba teniendo tantos problemas. No, eso no encajaba.
El apellido de Boruto era Uzumaki, no Uchiha, así que no podía ser su mujer... pero había dicho que su mujer le había abandonado, así que tal vez Boruto fuera el hijo de un matrimonio anterior de ella (el hijo de la ex-mujer de Itachi).
Le estaba costando trabajo aclararse con esos penetrantes ojos negros clavados en ella. Como cada vez que no comprendía algo, Sakura se puso a hablar.
—Mire, siento mucho haberme entrometido; créame, normalmente no lo hago, pero Boruto está teniendo problemas en el colegio. Esta misma mañana se puso a llorar porque...
—Mañana —interrumpió Itachi—. ¿Puede venir?
Estaba empezando a hacerse una experta en descifrar lo que decía. Traducido al lenguaje de los humanos, Itachi le estaba preguntando si podría acercarse al rancho mañana para hablar de los problemas de Boruto.
Akamaru hundió el hocico en la mano de Itachi, que le acarició el lomo y, al parecer, sabía perfectamente dónde prefería el perro que le acariciaran. Por lo visto Itachi Uchiha se comunicaba mil veces mejor con los animales que con los seres humanos.
Sakura no tenía gran cosa que hacer al día siguiente, aparte de preocuparse por su situación actual y llorarle a Akamaru. Cualquier cosa era mejor que eso; incluso hablar de los problemas de un niño pequeño.
—Sí, claro —dijo, y Akamaru giró la cabeza hacia ella sin apartarse de Itachi—. ¿Dónde está su casa... eehh... rancho?
—Conduzca unos ocho kilómetros hacia el oeste por la vieja carretera McMurphy, hacia la interestatal, gire a la derecha en la intersección y siga unos tres kilómetros hacia el noreste. Tome la bifurcación a la derecha y siga unos trescientos metros...
Sakura le escuchaba con pánico; se vio de pronto girando hacia la derecha donde debía haber ido a la izquierda, y conduciendo por las curvas interminables del extenso y desértico terreno hasta que se quedara sin gasolina y se la comieran los lobos. Su cara debía de ser un auténtico cuadro porque Itachi se detuvo.
—Mañana por la mañana estaré en la ciudad —dijo, y Sakura creyó haberle oído suspirar levemente—. ¿Podemos quedar en Carly's Diner hacia las diez?
—Carly's Diner —dijo Sakura totalmente aliviada y feliz de no tener que adentrarse sola por aquellos parajes salvajes y solitarios, plagados de lobos. Ocho kilómetros al oeste... bifurcación hacia el sur... trescientos metros... ¡Aquello le sonaba a chino!—. A las diez en punto, perfecto. —
Está bien. —Inclinó la cabeza con gesto solemne—. Gracias.
—No hay de qué —dijo Sakura con suavidad—. Es lo menos que puedo hacer después de... —Movió una mano con torpeza, luchando por evitar gesticular el momento en que le había lanzado la calabaza a la cabeza.
Itachi estaba ya junto a la puerta abierta. Seguía cayendo aguanieve y la temperatura había caído. El vaho de su respiración le coronaba la cabeza, lo que le hacía parecer un poco fantasmagórico.
Sus fuertes, inatractivas y marcadas facciones parecían esculpidas en piedra, como si en lugar de un ser humano fuera una estatua. Sólo brillaban sus ojos. Por alguna extraña razón, Sakura se encontró mirando fijamente esos profundos ojos.
Ya no le tenía miedo, nada, por muy amenazador que pareciera. Parecía tan reservado, tan intocable... y, sin embargo, se había comportado —con ella y con Akamaru— con total amabilidad.
Esa amabilidad no cuadraba con un hombre que pudiera hacer a su hijo tan infeliz. Estaban tan cerca, y él era tan alto, que empezaba a dolerle el cuello de tanto mirar hacia arriba. Akamaru no paraba de mover la cabeza de un lado al otro, mirando a sus dos nuevos amigos. Era como si la mantuviera en algún tipo de hechizo.
Cuando Sakura se dio cuenta de que empezaba a inclinarse hacia delante, como si los ojos de Itachi tiraran de ella, dio un paso hacia atrás y trató de poner en orden las ideas.
—Boruto —dijo sin aliento. No conseguía apartar los ojos de los de él—. Es un niño maravilloso. Estoy segura de que, con un poquito de ayuda, las cosas se solucionarán por sí solas.
Estaba de pie, en medio de la puerta, y el preciado calor empezaba a escaparse en la gélida noche.
Itachi se giró y anduvo por el porche desvencijado. El segundo escalón tenía una tabla suelta y crujió. Le observó mientras se alejaba por el jardincillo. A mitad de camino se detuvo y se volvió.
—Señorita Nohara...
—Rin —dijo.
—Rin, Boruto... —Itachi vaciló.
—¿Sí, Uchiha? —Su voz era suave en la fría noche—. ¿Qué pasa con Boruto?
—No es mi hijo —dijo Itachi. Se giró sobre los talones, se subió a la camioneta y se marchó en la oscura y nevosa noche.
Itachi podría conducir los 43,8 kilómetros que había de Simpson a Doble C con los ojos cerrados, maniatado y usando sólo los dedos de los pies; menos mal, porque lo único que veía era el rostro de Rin Nohara frente a él, y en lo único que pensaba era en la erección que tenía y que dolía un huevo. Seguía empalmado.
A Itachi le preocupaba que su polla se hubiera centrado en Rin Nohara y sólo la deseara a ella, a ella y a nadie más, pues eso significaría que, teniendo en cuenta cómo se había comportado, probablemente no volviera a echar un polvo en su vida.
Había sido incapaz de decir más de diez palabras seguidas, y había frotado su erección contra ella cuando la sostuvo en sus brazos, después del susto que se llevó con los chiquillos del «truco o trato». Lo más probable es que pensara que era algún tipo raro que no podía hablar con las mujeres pero al que le excitaba restregarse contra ellas.
Aun así, no podía culpar a su polla de tener un gusto excelente. Había algo en Rin Nohara. Algo en la calidad de su piel, pálida y tan luminosa que parecía brillar como si tuviera luz propia. O tal vez fueran esos ojos azul turquesa, del color del mar. Fuera lo que fuera, no había podido apartar los ojos de ella.
Cuando sonreía le salía un hoyuelito en la mejilla izquierda y, de pronto, deseó haberle arrancado otra sonrisa, sólo para verlo.
Pero ya no sabía hacer reír a una mujer, si es que alguna vez supo. Podía bajar haciendo rappel de un helicóptero suspendido en el aire, bucear a sesenta metros de profundidad, disparar a una distancia de casi dos mil metros y domar al caballo más salvaje, pero hacer reír a una mujer... era algo completamente distinto.
Itachi sabía todo lo que había que saber acerca del entrenamiento militar y sobre el ganado. Pero no tenía ni puñetera idea de cómo hacer para llevarse a una mujer a la cama.
«No es mi hijo», esa misma noche, Sakura repasaba sus palabras en la cama mientras releía por tercera vez consecutiva el mismo párrafo.
¿Qué cojones significaba eso? ¿Que Boruto era el hijo de su mujer? De ser así, «no es mi hijo» le parecía una forma muy cruel y fría de decirlo.
Pero Itachi Uchiha no le parecía cruel. Está bien, no era el tipo más hablador del mundo; aunque Sakura presentía que se debía más a que no tenía habilidad para comunicarse, y no a que no fuera lo suficientemente inteligente para hacerlo.
Había leído en algún sitio que los comandos, o las fuerzas especiales, o como se llamaran, tenían que tener una inteligencia superior a la media, aunque era muy probable que el encanto y la capacidad de parlotear no estuvieran entre las cualidades requeridas para el trabajo.
Era cierto que Itachi Uchiha parecía amenazador pero, por alguna razón, era incapaz de creer que fuera cruel. Echó un vistazo a Akamaru, que estaba acurrucado en la vieja manta en una esquina del salón y la miraba con sus ojos castaños.
Itachi había sido amable hasta con el chucho sarnoso que le había adoptado como dueña. Un hombre que tratara con amabilidad a perros y mujeres abandonadas no podía ser cruel con un niño pequeño tan encantador, ¿no? Claro que, ¿ella qué iba a saber? Ya no estaba segura de nada.
En el último mes, su mundo entero se había vuelto completamente del revés. Llevaba una vida perfectamente normal y satisfactoria hasta que, ¡pum!, su vida entera se había vuelto de pronto una de esas canciones de música ranchera; una de esas lastimeras y quejicas.
Sakura empezó a inventarse algunas estrofas, marcando el ritmo con el pie debajo de la sábana. «Perdí mi trabajo y perdí mi casa y perdí mi coche...», Akamaru alzó la cabeza de pronto y empezó a morderse el hombro con rabia. «…Y mi perro tiene pulgas», concluyó con desánimo.
Para rematar el asunto, por primera vez en la vida era incapaz de ahuyentar la pena con la lectura. No disponía de la mejor panacea del mundo: sumergirse en un buen libro. Lo única que se podía leer en Simpson era el The Rupert Pioneer y un par de hojas de escándalos que informaban de los cotilleos semanales, disponibles en el supermercado de Loren Jensen.
Así que Sakura tenía que apañárselas con los pocos libros que se había traído. No había tenido más que diez escasos minutos en la librería del aeropuerto de una de las muchas escalas que hizo para llegar a Boise, así que había comprado prácticamente la estantería entera.
Para su desazón, entre ellos había cuatro libros que ya se había leído, uno sobre la historia del comercio con Japón en el siglo XX y un diccionario español-inglés. El resto eran las novelas que llevaba todo el mes leyéndose una y otra vez.
Sakura se concentró por enésima vez en el libro que estaba leyéndose. A lo mejor por eso no lograba concentrarse en el misterio del asesinato. Esta vez estaba leyéndolo con su ojo crítico de editora. Habría sido un buen libro para una buena editora. Habría sido un bueno libro para ella.
Era buena editora. Antes. ¿Quién la habría reemplazado en Turner&Lowe? Cuando se fue, un gigantesco conglomerado editorial alemán acababa de comprar la empresa.
Aún no se había enfriado el muerto y ya se hablaba de recorte de personal; no era de extrañar que hubieran acogido con tanto entusiasmo su petición de baja no remunerada por asuntos personales. ¿Le habría sustituido Dora? No, Dora tenía muy buen ojo editorial para las novelas que no son de ficción.
Hasta los hombres de negocios sin rostro que había al otro lado del Atlántico preferirían que sus editores trabajaran en las áreas de trabajo que conocían; era económicamente lógico. A lo mejor Donny se había hecho cargo de los autores.
Donny Moro llevaba un tiempo siendo su asistente personal, y Sakura había visto más de una vez un brillo especulativo en sus ojos. Se habría lanzado a la mínima posibilidad de quedarse con su puesto. Casi podía oír a ese mocoso pelota: «Qué pena que Sakura tuviera que marcharse justo ahora, cuando tenemos tanto trabajo. ¿En qué estaría pensando? Da igual, estaré encantado de tomarle el relevo». ¿Quién sabe qué se encontraría cuando volviera? Si volvía.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, aunque era plenamente consciente de que un par de lágrimas no cambiarían la situación. Ni un poquito. Debería saberlo. Aquel último mes había llorado más que en su vida, de miedo y de enfado por lo que le estaba pasando. Pero sus problemas seguían estando ahí.
Sakura se frotó los ojos y bostezó. Habían sido suficientes emociones por un día: la llamada de Inuzuka, el lanzamiento de Don Grande a la cabeza de un SEAL, sus tuberías que amenazaban con reventar e inundar su casa, el terror que sintió cuando pensó que uno de los hombres de Akatsuki le había encontrado, la inapropiada oleada de deseo por un soldado-ranchero parco en palabras... el día había sido de lo más completo.
Se le cerraban los párpados. Hora de dormir. Alargó la mano automáticamente hacia la alarma del reloj, pero se detuvo; mañana era sábado, así que no necesitaba poner la alarma.
Y, además, ya había tenido suficientes sobresaltos.
Ofi Rodriguez
