AQUÍ LES DEJO LA CONTINUACION Y GRACIAS A Claudia GazzieroX HABER COMENTADO

Capítulo 3

—No lo quiero, Koga. Debes de estar loco si imaginas que puedo pensar siquiera en convertirme en su esposa.

— Kagome, las apariencias engañan — replicó el hermano

— Espera hasta que estemos más cerca y sin duda percibirás la bondad de sus ojos. MacBain te tratará bien. Kagome negó con la cabeza. Las manos le temblaban tanto que casi dejó caer las riendas del caballo. Las sujetó con fuerza y trató de no lanzar una exclamación al ver al enorme guerrero... y al animal de aspecto monstruoso que estaba tendido junto al hombre. Se acercaban al recinto del desolado castillo. El laird estaba de pie en las escaleras de entrada a la ruinosa propiedad y no parecía muy complacido de verla. Kagome, por su parte, estaba aterrada. Hizo una honda inspiración tratando de serenarse y murmuró:

— Koga, ¿de qué color tiene los ojos? El hermano no supo responderle.

— ¿Viste la bondad en sus ojos pero no te fijaste en el color? Lo había atrapado: ambos lo sabían.

— Los hombres no nos fijamos en esas naderías — se defendió el barón.

— Me dijiste que era un hombre gentil de voz suave y sonrisa pronta. En este momento no sonríe, ¿verdad, Koga?

— Vamos, Kagome.

— Me mentiste.

— No te mentí

— replicó el barón

— MacBain salvó mi vida en dos ocasiones durante la batalla contra Marshall y sus hombres, y hasta se niega a reconocerlo. Es un hombre orgulloso pero honorable. Tienes que confiar en mí. Yo no te propondría que te casaras con él si no creyese que es una buena unión. Kagome no respondió pues la invadió el pánico. Siguió pasando la mirada del enorme guerrero al feroz animal .Koga creyó que estaba a punto de desmayarse y rebuscó en lamente alguna frase para calmarla.

— Kagome, MacBain es el de la izquierda. La broma no divirtió a la joven.

— Es un hombre muy grande, ¿no?

El hermano le palmeó la mano.

— No es más grande que yo — replicó. Kagome le apartó la mano: no quería que la consolara. Tampoco quería que la sintiera temblar de miedo y cobardía.

— Muchas mujeres desearían tener un esposo fuerte, capaz de defenderlas. El tamaño de MacBain debería ser una tranquilidad para ti y un punto a su favor. Kagome movió la cabeza.

— Es un punto en contra de él — afirmó. Siguió mirando fijamente al laird, que parecía crecer ante sus propios ojos. Cuanto más se acercaba, más grande le parecía.

— Es apuesto. El comentario sonó como una acusación.

— Si tú lo crees así...— dijo Koga, decidido a no contradecirla.

— Ése es otro punto en contra. No quiero casarme con un hombre apuesto.

— Eso no tiene sentido.

— No tengo necesidad de hablar con sentido pues ya lo decidí: no lo aceptaré. Nicholas, llévame a casa, ya. Koga tiró de las riendas para detener al caballo de Kagome y luego la obligó a mirarlo. El temor que vio en los ojos de la hermana le encogió el corazón. Sólo él sabía el purgatorio que sufrió Kagome mientras estuvo casada con Hakudoshi y, aunque ella no se lo dijera, sabía cuáles eran sus temores. Le dijo en voz baja y ferviente:

— Escúchame, Kagome: MacBain nunca te lastimará. Kagome no supo si creerle o no.

— Jamás le permitiría que lo hiciera. La vehemencia de la respuesta hizo sonreír al barón: Hakudoshi no había logrado abatir el espíritu de Kagome y Koga lo consideró como una bendición.

— Piensa en todos los motivos que tienes para casarte con él — dijo

— Estarás a salvo del rey Naraku y de sus seguidores, y ya no te perseguirán. Aquí estarás segura.

— Eso es importante.

— MacBain odia a Inglaterra y a nuestro rey. Kagome se mordió el labio inferior.

— Ese es otro punto importante en favor de MacBain — admitió.

— Aunque ahora este lugar parezca horrible, algún día será un paraíso, y tú ayudarás a reconstruirlo. Eres necesaria aquí.

— Sí, podría ayudar a reconstruirlo— dijo la joven

— Y ansió un clima templado. A decir verdad, sólo acepté venir porque me convenciste de que estas tierras están mucho más cerca del sol. No sé por qué no lo comprendí antes. Confieso que es una gran tentación no tener que usar una capa abrigada más de un mes al año. Dijiste que era extraño que el tiempo estuviese tan fresco en esta época. ¡Buen Dios! Koga había olvidado esa pequeña mentira. Kagome odiaba el frío, no conocía nada de los Highland y decidió engañarla con el propósito de sacarla de Inglaterra para ponerla a salvo, pero en ese momento se sintió muy culpable. También había corrompido a un hombre del clero, pues le pidió al padre MacKechnie que lo secundara en el engaño. El clérigo tenía sus propios motivos para querer que Kagome se casara con el laird MacBain, y guardaba silencio cada vez que Kagome mencionaba lo agradable de ese clima tibio y soleado. Con todo, cada vez que surgía el tema, miraba con severidad a Koga. Koga soltó un suspiro. Imaginó que cuando Kagome estuviese hundida en la nieve hasta las rodillas comprendería que le había mentido y esperaba que para entonces la opinión de la hermana acerca de MacBain hubiese mejorado.

— Koga, ¿me dejará tranquila?

— Sí.

— No le contaste nada acerca de mi matrimonio con Hakudoshi, ¿verdad?

— No, claro que no. Te di mi palabra. Kagome asintió.

— ¿Y estás seguro de que sabe que no podré darle hijos? Habían tocado ese tema cuando menos una docena de veces durante el trayecto hasta las colinas. Koga no sabía qué más podía hacer para tranquilizarla.

— Él lo sabe, Kagome.

— ¿Y por qué no le importa?

— Quería las tierras. Ahora es laird y su principal preocupación es el clan. El matrimonio contigo sólo constituye para él un modo simple de lograr su propósito. Era una respuesta fría pero sincera y Kagome la aceptó.

— Lo conoceré— dijo al fin

— Pero no te prometo que me casaré con él, de modo que deja de sonreír, Koga. MacBain estaba impacientándose y comenzó a bajar los escalones en el mismo momento en que Kagome hacía avanzar a su caballo. Todavía no la había visto bien pues estaba cubierta por completo por una capa negra con caperuza. Sin embargo, lo sorprendió la pequeñez de la muchacha: dada la estatura de Koga, esperaba una mujer mucho más grande .La apariencia de la joven no le importaba demasiado: el matrimonio no era otra cosa que un arreglo práctico. Sin embargo, imaginó que por ser hermana de Koga tendría el mismo color de tez y de cabello. Estaba equivocado. Koga se apeó primero, entregó las riendas a uno de los soldados y se acercó a Kagome para ayudarla a desmontar. Era una joven menuda: la cabeza apenas llegaba al hombro del hermano. Koga, con las manos sobre los brazos de la hermana, le sonreía. Era evidente que la quería mucho, aunque para el gusto de MacBain ese cariño fraternal era un poco exagerado. Mientras Kagome se desataba el cordón de la capa, los soldados comenzaron a alinearse detrás del jefe. Los hombres de Maclaurin se agruparon detrás de su propio laird mientras que los guerreros de MacBain se colocaban a la derecha del jefe. En pocos segundos, los seis escalones quedaron colmados de curiosos: todos querían ver a la novia del laird. Un instante después de que Kagome se quitara la capa y se la entregase al hermano, MacBain oyó los gruñidos de aprobación. El mismo no estaba seguro de no haber lanzado una exclamación: la imagen de la joven le quitó el aliento. Koga no había dicho una palabra acerca del aspecto de Kagome, y MacBain no tuvo interés en preguntar. En ese momento miró al barón y vio que sus ojos tenían una expresión risueña. "Sabe que estoy impresionado", pensó. MacBain ocultó su sorpresa y concentró la atención en la hermosa mujer que se acercaba a él. ¡Por Dios, era una hermosa muchacha! Los rizos azabaches que le llegaban hasta la cintura se balanceaban a cada paso. Al parecer, no tenía defectos. Tenía un puñado de pecas sobre la nariz y eso le gustó. Los ojos eran de un café intenso parecido al chocolate, el cutis puro y la boca... ¡Dios querido, esa boca podría suscitar pensamientos lascivos a un santo! Eso también le gustó. Algunos de los soldados Maclaurin no controlaban tan bien sus reacciones como MacBain. Los dos hombres que estaban detrás de su laird lanzaron prolongados silbidos de aprobación. Pero MacBain no admitió esa grosería. Se volvió a medias, tomó a ambos hombres del cuello y los mandó volando como si fueran los troncos del juego escocés, hacia los costados de la escalera. Los demás soldados se apartaron del camino. Kagome se detuvo, miró a los soldados tirados sobre el suelo y luego, al líder. El laird no parecía haberse movido siquiera.

— ¿Ese es un hombre gentil? — le murmuró a Koga.

— Eso fue una mentira, ¿no es así?

— Kagome, dale una oportunidad. Se lo debes a él, y también a mí.

Kagome miró con severidad al hermano y luego se volvió hacia el laird .MacBain se adelantó. El galgo caminó junto a él y luego se apoyó otra vez contra el amo. Kagome rogó tener valor para seguir caminando. Cuando estuvo a menos de un metro del guerrero se detuvo y ejecutó una perfecta reverencia. Le temblaban de tal manera las rodillas que se consideró afortunada de no caerse de boca. Mientras tenía la cabeza inclinada, oyó un resoplido y varios gruñidos sordos y no supo si significaban aprobación o rechazo. El laird llevaba puesta la capa. Tenía piernas muy musculosas y la muchacha trató de no mirarlas fijamente.

— Buenos días, laird MacBain. Le tembló la voz: le tenía miedo. A MacBain no lo sorprendió. Su aspecto había hecho correr a más de una joven a refugiarse junto a su padre. Nunca pensó en cambiar esas reacciones porque no le importaba. Pero en ese momento sí le importó. Si no hacía algo para calmar el temor de la muchacha, jamás lograría casarse con ella: Kagome seguía lanzándoles miradas inquietas a él y al perro y MacBain imaginó que también le temía al galgo. Koga no ayudaba mucho: se limitaba a quedarse ahí, sonriendo como un tonto. MacBain le pidió auxilio con la mirada y comprendió que no debió hacerlo al ver que Kagome se apresuraba a adelantar un paso.

— ¿Habla en gales? La pregunta de MacBain se dirigió a Koga pero la respondió la misma Kagome:

— Estuve estudiando su idioma. No respondió en celta. Tenía las manos unidas delante de sí y los nudillos estaban blancos por la fuerza con que las apretaba. A MacBain se le ocurrió que una conversación trivial la tranquilizaría.

— ¿Cuánto tiempo estudió nuestro idioma? La mente de Kagome quedó en blanco. Claro que era por culpa del guerrero: la mirada de MacBain era tan intensa y fija que la joven no pudo elaborar un solo pensamiento. ¡Dios querido, ni siquiera recordaba de qué estaban hablando! Con suma paciencia, MacBain volvió a preguntar.

— Casi cuatro semanas — barbotó Kagome. El hombre no se rió. Uno de los soldados lanzó un resoplido de burla, pero el laird lo detuvo con una mirada severa. Koga miraba ceñudo a la hermana y se preguntó por qué no le había dicho la verdad al laird: hacía casi cuatro meses que el padre MacKechnie estaba enseñándole el idioma celta. Pero al ver la expresión de pánico en los ojos de la hermana, comprendió: estaba demasiado nerviosa para pensar con claridad. MacBain no quiso proseguir delante de testigos esa importante conversación.

— Koga, espera aquí. Tu hermana y yo iremos a conversara dentro. Luego, MacBain se acercó a tomar a Kagome del brazo y el perro se le acercó. De manera instintiva, Kagome retrocedió pero al darse cuenta de lo que había hecho y de lo cobarde que debía considerarla el laird, se adelantó otra vez. La enorme bestia le gruñó y MacBain le dio una orden cortante. Al instante, el galgo interrumpió ese gruñido ronco y amenazador. Kagome parecía otra vez a punto de desvanecerse. Koga supo que necesitaba tiempo para cobrar valor. Se adelantó:

— ¿Por qué no permitiste que mis hombres y el padre MacKechnie pasaran de Rush Creek?— preguntó.

— Creo que tu hermana y yo nos pondremos de acuerdo antes de que el cura tenga permiso para llegar aquí. Koga, no permitiré que tus hombres entren aquí. ¿Has olvidado mis condiciones? La última vez que estuviste aquí nos pusimos de acuerdo acerca de los detalles. Koga asintió con un gesto y no se le ocurrió otra cosa que preguntar.

— Al padre MacKechnie lo afligió mucho su orden de esperar abajo — dijo Kagome .A MacBain no pareció preocuparle demasiado la idea de mantener alejado a un hombre de Dios: se encogió de hombros. Kagome abrió los ojos de sorpresa. Durante los tres años de matrimonio con Hakudoshi aprendió temer a los sacerdotes. Los que había conocido eran hombres poderosos y carentes de piedad. Pero MacKechnie no era como ellos. Era un individuo de buen corazón que había arriesgado la vida al ir a Inglaterra a suplicar por los Maclaurin. Kagome no toleraba que se lo ofendiera:

— El padre MacKechnie está cansado por el largo viaje, milord, y sin duda necesita comer y beber. Le ruego que le demuestre su hospitalidad. MacBain asintió y se volvió hacia Miroku:

— Ocúpate — le ordenó. Pensó que haber accedido a la petición de Koga disminuiría el temor de la joven. Después de todo, había demostrado ser un hombre complaciente pero aun así, Kagome parecía a punto de saltar. ¡Caramba, qué muchacha tan tímida! Continuaba lanzando miradas asustadas al perro y cada vez que lo hacía el galgo le gruñía. MacBain pensó en sujetarla, ponérsela sobre el hombro y llevarla adentro, pero cambió de idea. Y aunque la idea le causó gracia, no rió. Haciendo gala de paciencia, le ofreció la mano y se limitó a esperar a ver qué haría. Por la expresión del laird Kagome comprendió que el hombre sabía que le tenía miedo y que su timidez lo divertía. Hizo una honda inspiración y apoyó la mano sobre la del guerrero. Todo en él era grande. La mano era el doble de grande que la de Kagome y sin duda la sentiría temblar. Con todo, era un laird y jamás habría llegado a esa posición sin adquirir ciertos modales caballerescos y, en consecuencia, no le haría notar a Kagome lo lamentable de su condición.

— ¿Por qué tiemblas? La joven trató de retirar la mano pero Inuyasha se lo impidió. Ahora que la tenía no la dejaría ir. Antes de que Kagome tuviese ocasión de ofrecer una explicación razonable a la pregunta, el hombre se volvió y la llevó escaleras arriba, al interior del castillo.

— Es este clima tan poco habitual — tartamudeó la joven.

— ¿El qué? — Inuyasha parecía confundido.

— No importa, laird.

— Explícame lo que quisiste decir — le exigió. Kagome suspiró.

— Koga me explicó que aquí el clima es templado todo el año...Pensé que le había dicho... — Comenzó a esbozar una mentira pero luego desistió. Tal vez el laird no comprendiera lo divertida que a Kagome le había parecido la absurda invención del hermano acerca del clima de los Highland.

— ¿Que te dijo qué? — preguntó MacBain, preguntándose el porqué del repentino sonrojo de la muchacha.

— Me dijo que no era habitual que en esta región soplara un viento tan frío

— dijo. MacBain estuvo a punto de estallar en carcajadas pero se contuvo a tiempo: el clima era sorprendentemente cálido para esa época del año. No sonrió, siquiera. La muchacha demostraba ser sensible y comprendió que no lograría inclinarla a su favor si se burlaba de la ingenuidad de Kagome.

— ¿Y tú crees en todo lo que te dice tu hermano? — preguntó.

— Desde luego

— respondió la joven, para que supiera que era decididamente leal al hermano.

— Comprendo.

— Es el frío lo que me hace temblar— dijo Kagome, a falta de una mentira más adecuada.

— No, no lo es.

— ¿No?

— Me tienes miedo. Espero que volviese a mentirle, pero Kagome lo sorprendió con la verdad:

— Sí — afirmó

— Le tengo temor. Y también a su perro.

— Tu respuesta me satisface. Por fin, Gabriel la soltó. El comentario del hombre sorprendió tanto a Kagome que se olvidó de soltarle la mano.

— ¿Le satisface saber que le temo? MacBain sonrió.

— Kagome, yo ya sabía que me tenías miedo. Lo que me complace es que lo hayas admitido: podrías haber mentido.

— Usted se daría cuenta de que mentía.

— Sí. La respuesta sonó en extremo arrogante, pero a Kagome no le molestó: esperaba que un hombre tan grande y de aspecto tan feroz como este guerrero fuese arrogante. En ese momento advirtió que seguía tomada de la mano del hombre y lo soltó. Luego giró para mirar en torno de la entrada. A la derecha había una amplia escalera con un barandal de madera tallada. Un pasillo conducía detrás de la escalera y a la izquierda dé la entrada estaba el inmenso salón. Estaba por completo en ruinas. Kagome se detuvo en el umbral y contempló el destrozo. Las paredes estaban ennegrecidas por el fuego y lo poco que quedaba del techo colgaba en largas bandas, apoyado sobre los costados también ennegrecidos. Todavía se percibía el olor del humo en el ambiente. Kagome bajó los escalones y atravesó el salón. La abatió de tal manera el aspecto desolado de la habitación que sintió ganas de llorar. MacBain observó el cambio que se operaba en la expresión de la joven mientras observaba la habitación.

— Esto lo hicieron los hombres de mi marido, ¿no es cierto?

— Sí. Kagome se volvió para mirarlo. La tristeza de su expresión casi alegró a Inuyasha: esa mujer tenía conciencia.

— Aquí se cometió una injusticia tremenda.

— Es cierto — admitió el laird

— Pero tú no eres responsable.

— Pude intentar persuadir a mi esposo...

— No creo que te hubiese escuchado — afirmó Gabriel

— Dime una cosa, Kagome. ¿Sabía tu esposo que su vasallo estaba causando semejante devastación o lo ignoraba?

— Sabía de qué cosas era capaz Marshall— respondió la joven. MacBain asintió. Se tomó las manos a la espalda y siguió contemplando a Kagome.

— Intentaste reparar la injusticia — señaló

— Después del ataque de Sesshomaru, enviaste aquí a tu hermano.

— Ese vasallo de mi esposo se transformó en un semidiós. No quiso darse por enterado de que Hakudoshi había muerto y de que aquí ya no era necesario.

— Nunca lo fue — dijo MacBain, con un matiz áspero en la voz. Kagome hizo un gesto de asentimiento.

— Así es: nunca fue necesario. Inuyasha dejó escapar un suspiro.

— Sesshomaru encontró el poder y hay pocos hombres que puedan resistirse a ello.

— ¿Podría usted? La pregunta sorprendió a MacBain. Iba a responder que sí, que por supuesto podría, pero la posición de laird era nueva para él y para ser sincero, no sabía si podría dejarla de lado.

— Todavía no pasé por esa prueba— admitió

— Por el bien los clanes pero poder hacer todo lo que se me exige, pero no lo aseguraría hasta no encontrarme ante semejante desafío. La sinceridad del hombre impresionó a Kagome y la hizo sonreír.

— Koga estaba enfadado con usted porque Sesshomaru se le escapó y usted no permitió que mi hermano lo persiguiera. Me contó que los dos discutieron, que usted lo desmayó de un golpe y que, cuando abrió los ojos, Sesshomaru estaba tendido a sus pies. MacBain sonrió. No cabía duda de que Koga había suavizado la historia.

— Kagome, te casarás conmigo. Lo dijo con énfasis y sin sonreír. Kagome reunió coraje para enfrentar la cólera del guerrero y negó lentamente con la cabeza.

— Explícame los motivos de tu vacilación— le exigió.

Kagome volvió a negar con la cabeza. MacBain no estaba habituado a que lo contradijesen pero trató de ocultar la impaciencia. Sabía que no tenía mucha habilidad para conversar con mujeres. Por cierto, ignoraba cómo cortejar a una mujer y comprendía que estaba embrollando la situación. ¡En nombre de Dios! En primer lugar, ¿por qué Kagome tenía la posibilidad de decidir? Koga tendría que haberse limitado a decirle que se casaría, y eso sería todo. Esta discusión resultaba innecesaria. ¡Maldición, ya podría estar desarrollándose la ceremonia nupcial y ambos estarían intercambiando los votos conyugales!

— No me agradan las mujeres tímidas. Kagome irguió los hombros.

— No soy tímida— afirmó

— Aprendí a ser cautelosa, milord, pero jamás fui tímida.

— Entiendo— dijo Inuyasha, pero no le creyó.

— No me gustan los hombres grandes, aunque sean apuestos.

— ¿Me consideras apuesto? ¿Cómo se las ingenió para transformar las palabras de la joven en un cumplido? También MacBain pareció asombrado, como si nunca hubiera tenido conciencia de su propio atractivo.

— Usted me interpreta mal, señor — dijo Kagome.

— Su gallardía es un punto en su contra.

— No hizo caso de la expresión escéptica del hombre y repitió:

— Y siento especial aversión hacia los hombres grandes. Supo que lo que decía era ridículo pero no le importó. No retrocedería. Lo miró a los ojos, cruzó los brazos sobre la cintura y frunció el entrecejo. Comenzaba a acalambrársele el cuello de mirarlo a la cara.

— Milord, ¿qué piensa de mi opinión? La postura y la mirada de Kagome eran todo un desafío: haciendo gala de coraje, Kagome lo enfrentaba. De pronto, MacBain sintió ganas de reír. En cambio, suspiró.

— Son opiniones tontas — le dijo, en el tono más seco posible.

— Quizás — admitió la joven

— Pero eso es lo que pienso. MacBain decidió que ya había perdido demasiado tiempo en esta discusión. Ya era hora de que esa muchacha comprendiera lo que sucedería.

— De hecho, no te irás de aquí. Te quedarás conmigo, Kagome .Mañana nos casaremos. Y de paso, eso no es una opinión: es un hecho.

— ¿Se casará conmigo contra mi voluntad?

— Así lo haré.

¡Demonios, otra vez parecía aterrada! Esa reacción no le agradó y trató de razonar con ella para lograr su cooperación. A fin de cuentas, no era un ogro, podía ser razonable.

— ¿Acaso en estos momentos cambiaste de idea y quieres regresar Inglaterra? Koga me dijo que querías dejar Inglaterra.

— No, no cambié de idea, pero...

— ¿Puedes costear el impuesto que exige el rey por permanecer soltera?

— No.

— ¿Se trata del barón Houyo? Koga me dijo que ese inglés quería casarse contigo.

— No le dio tiempo de responder

— No importa. Note dejaré partir: ningún otro hombre te tendrá.

— No quiero al barón Houyo.

— Por tu tono de disgusto, deduzco que ese barón también es un gigante apuesto.

— Milord, ese hombre sería apuesto sólo si a una le parecieran atractivos los cerdos, y además es un individuo pequeño tanto de estatura como de mentalidad. Me resulta por completo inaceptable.

— Comprendo— dijo MacBain remarcando las palabras

— De modo que te desagradan tanto los hombres grandes como los pequeños. ¿Acerté?

— Está burlándose de mí.

— No, me burlo de tus estúpidas afirmaciones. Koga es tan grande como yo— le recordó.

— Sí, pero mi hermano jamás me lastimaría. La verdad había salido a la luz: Kagome soltó las palabras sin poder contenerse y MacBain alzó una ceja al oír la significativa afirmación. Kagome se apresuró a bajar la mirada, pero antes MacBain vio que se había sonrojado.

— Por favor, laird, trate de comprender. Si me mordiese un cachorro, yo tendría posibilidades de sobrevivir, pero si me mordiera un lobo creo que no tendría la menor posibilidad. Kagome hacía un esfuerzo conmovedor por mostrarse valiente pero no lo lograba. MacBain pensó que el terror de la muchacha era real y debía de originarse en experiencias pasadas. Pasaron vanos minutos de silencio. MacBain contemplaba a la joven y ésta fijaba la vista en el suelo.

— ¿Acaso tu esposo...?

— No quiero hablar de él. Ya tenía la respuesta. Dio un paso hacia ella y Kagome no retrocedió. Gabriel le puso las manos sobre los hombros y la obligó a mirarlo. Kagome tardo en obedecer. MacBain habló en un murmullo ronco:

— ¿Kagome?

— Sí, milord.

— Yo no muerdo.