Capítulo 3: ¿Una cita? III
Pero la cena transcurrió de una forma distinta de lo que esperaba. Ni siquiera había puesto el tenedor sobre la comida, cuando el profesor se levantó de la mesa violentamente y con el rostro tan pálido como no le había visto en mucho tiempo.
- ¿Algún problema, profesor Snape? – pregunté con una ceja arqueada ante su violenta reacción. Tenía dos de sus dedos intentando deshacer los botones del cuello de su túnica y como si necesitara ventilar la herida que la serpiente le había dejado. Como si no pudiese respirar. Ni siquiera estaba segura de que me estuviera escuchando en realidad.
Y me tomó por sorpresa, cayendo de rodillas frente a mis ojos y arrastrando el mantel blanco de la mesa, junto con la botella y su copa de vino tinto. Su cuerpo chocó con el suelo y gracias al vino tinto que se había derramado por todas partes, en verdad parecía una escena sacada de un cuento de terror.
- ¡Mierda! – fue lo primero que alcancé a decir, no me lo esperaba. Tras unas milésimas de segundo en los que me tomó dejar de temblar del susto y finalmente reaccionar, lo primero que hice fue detenerme a su lado y arrodillarme, para sostener su rostro e intentarle hacerle regresar en sí. - ¡Profesor Snape! ¡Despierte, profesor! – prácticamente golpeaba suavemente sus mejillas, pero no obtenía respuestas de ningún tipo. - ¡Profesor Snape… despierte!
¿Qué diantres se suponía que hiciera? ¿Acaso era normal que el profesor se desmayara en medio de una cena o algo?
- No seas estúpida, Hermione. Por supuesto que no.
Rápidamente me acerqué hasta su chimenea y tan fuerte y claro como pude, exclamé el nombre de la enfermera Promfey. Mientras esperaba, no dejaba de volverme para mirarlo en el suelo y sin moverse, comenzando a creer que estaría muerto para el momento en el que la enfermera finalmente llegase.
Su rostro de terror no fue distinto del mío e hizo exactamente lo que yo hice, con la pequeña diferencia de que su cuerpo no estaba tan frío como cuando lo había tocado.
- ¿Qué fue lo que sucedió? – no demoró en preguntar, mirando a su alrededor. Estaba segura de que sentía curiosidad por el ambiente romántico del despacho, pero que en verdad no había tiempo de explicar.
- No lo sé. Simplemente estábamos conversando y de pronto se levantó. Violentamente.
- ¿Así nada más? ¿No dijo nada?
- Nada. – me mordí el labio inferior y pensé tan rápido como pude. – Se llevó un par de dedos al cuello de su túnica e intentó desabrocharlo, como si no pudiera respirar. No sé qué significa.
La enfermera me contempló por unos breves segundos. Jadeaba como si hubiese corrido una maratón y rápidamente volvió a inclinarse en dirección del profesor, colocando dos de sus dedos bajo su cuello.
- Su pulso es débil, así que creo que solo puede significar una cosa. La profesora McGonagall tenía razón y es por ello que te contactaron con tanta prisa.
- ¿Qué quiere decir con eso?
- Lo que quiero decir, jovencita, es que si el profesor y tú, no comienzan con el ritual de inmediato, morirá y entonces no habrá algo que podamos hacer.
- ¿¡El… el ritual!? ¡Pero si ni siquiera estoy preparada! Además, el profesor ni siquiera está consciente de sus alrededores. ¿Cómo se supone que lo haga, si una de las partes no está consciente y lista para entregarse?
- No tiene otra opción, señorita Granger. Tendrá que encontrar un método para cumplir con el contrato o el profesor morirá.
Me quedé completamente helada en mi lugar, mientras la enfermera levitaba el cuerpo del profesor hasta su cama y no dejaba de conjurar hechizos de revisión sobre él. Uno tras otro, con una expresión de desespero que solo me daba a entender que las cosas no mejorarían y que en un par de segundos, simplemente iban a empeorar hasta que fuese demasiado tarde.
- No quisiera presionarla, señorita Granger, pero este sería un buen momento para que tomara una decisión.
De pronto ya comenzaba a preguntarme qué podría pasar si no cumplíamos con lo estipulado en el contrato y si simplemente yo, era la única que me entregaba para salvarle la vida. Esperaba no terminar explotando por mi atrevimiento o tal vez con alguna enfermedad venérea mágica, solo por el simple hecho de no hacer lo que se me ordenara.
- ¡Señorita Granger!
Desperté de la conversación que mantenía conmigo misma y me di cuenta de que el profesor había comenzado a sacudirse violentamente y como si atravesara una intensa fiebre. Todo su rostro se encontraba brillante por el sudor y además contorsionado por el dolor que seguramente estaba atravesando, aunque no pudiera decírnoslo.
¡Maldita sea! ¡Cómo demonios iba a explicarles a mis amigos y familiares, que ahora debía acostarme con mi antiguo profesor de pociones, para salvarle la vida!
- Se…
- ¡Ya lo sé! – respiré profundamente y miré a mí alrededor por un breve segundo. – Pero deberá dejarnos solos y darme la poción de la vitalidad.
La enfermera siquiera pensó en desobedecerme, moviéndose tan rápido como pudo en el despacho y casualmente encontrando la poción, entre un par de libros en su biblioteca.
Jamás había visto cosa semejante y su brillante color anaranjado, me distrajo momentáneamente. Supuse que la había estado escondiendo celosamente, pero que la mantenía cerca por si se presentaba una situación como la que teníamos la enfermera y yo, entre manos.
- Si me necesitas, llámame cuanto antes. – antes de marcharse a través de la chimenea, se detuvo y me echó una curiosa mirada. Como si todavía dudara de que fuera a hacerlo. – Espero que haga lo correcto, señorita Granger.
Se marchó enseguida y en la soledad del despacho, cuyo silencio era roto por los gemidos de dolor del hombre sobre la cama, me mordí el labio inferior y comencé a preguntarme lo primero que debía hacer, para cumplir con el dichoso contrato.
Corrí entonces a tomar el libro de la mesa y lo abrí en la página que estaba marcada con la cinta roja.
- Poción de la vitalidad y hechizo Genus Purus. Combinados, ambos crean una conexión momentánea con el portador de la magia negra. El mago o bruja que ofrezca su cuerpo voluntariamente como elemento purificador, deberá pronunciar el hechizo, una vez que el portador haya bebido la pócima y exista una penetración exitosa. La razón por la cual se exige que se trate de un cuerpo virgen, además de la pureza que ello implica, se debe a un contrato de sangre entre las dos partes. El portador deberá beber ambas "esencias" combinadas, así mismo como la sangre que pueda presentarse durante la penetración. – negué con la cabeza, haciendo una mueca de disgusto. - ¡Pero qué desagradable! – ladee la cabeza para mirar al profesor y soltando el libro sobre la mesa, comencé a pensar que tal vez resultaría menos embarazoso si el profesor no estaba consciente como para quejarse y hacerlo peor de lo que ya era.
Al momento de escuchar un gemido prácticamente gutural de sus labios, comencé a caminar en su dirección y con el paso más decidido que pude, a pesar del pánico que me embargaba. Debía sacrificarme voluntariamente, así que no podía dudar en lo más mínimo.
Me subí a horcajas sobre su cadera y sacando mi varita de uno de los bolsillos de mi túnica, até sus piernas y brazos con cuerdas invisibles. Después de todo, no me convenía estar en pleno proceso y que sus fuertes sacudidas me lanzaran al suelo.
Lo siguiente que hice fue atar mi largo cabello rizado para evitar que me incomodara durante el proceso y tras un pesado suspiro, intenté hacer un plan de acción sencillo y rápido de ejecutar.
Primero lo primero: La poción.
Tenía que hacérsela tragar, pero no iba a ser tan fácil como solo decirlo. Sostuve su rostro con una de mis manos, lo más fuerte que pude ya que continuaba temblando, y coloqué el pequeño vial sobre sus labios.
Si estaba inconsciente temía que en vez de tragar, terminara escupiendo la poción o que esta terminara derramándose por sus mejillas y barbilla. No dejaba de moverse, así que pensé que lo mejor era colocar cuerdas invisibles que también ataran su cuello ligeramente como para permitirle tragar y respirar, pero que de alguna forma lo mantuvieran quieto y evitaran accidentes.
Casi podía decir que estaba dominando a mi antiguo profesor de pociones y sonaba tan mal como se veía.
- Profesor va a tener que tragarse esta pócima, si es que quiere vivir para contarlo. – le ordené, con mi mejor voz e intentando que no temblara a cada letra que dijera, volviendo a colocar el vial sobre sus labios y despegándolos con dos de mis dedos, para que el líquido descendiera en su totalidad y ni una gota se desperdiciara.
Masajee su garganta por unos segundos, estimulando el reflejo de deglución y esperando que no fuese demasiado tarde.
- Vamos profesor… trague de una buena vez…
Escuché el ligero sonido que hizo su garganta al tragar la pócima, así que sonreí complacida. Dejé caer el vial al suelo, sin importarme que se quebrara puesto que podía repararlo de todos modos, regresando a mi postura inicial sobre su cadera.
Paso número dos: Sexo.
Aunque ninguno de los dos estaba excitado como para que sucediera.
¡Genial! ¡Tenía que excitar a mi antiguo profesor e incluso, violar su privacidad, en todo sentido!
- Bueno, Hermione, ya accediste a esto. Además si continúas quejándote, probablemente ese hombre se derrita bajo tus piernas.
Parecía increíble, pero y hasta podía creer que era capaz de freír un huevo sobre el torso del profesor Snape.
La profesora McGonagall y el profesor Dumbledore habían tenido razón. Era virgen y tenía muy poca experiencia o ideas sobre la mejor forma de excitar a un hombre, así que no estaba segura de cuánto me tomaría o si en verdad lo lograría.
Además… ¿cómo demonios debía excitarme a mí misma?
- Haz lo que sea. Lo primero que se te pase por la cabeza.
Comencé entonces a sacudir las caderas, de tal modo que mi ropa interior rozara con la cremallera de sus pantalones. Nada muy placentero, pero si tenía razón y era tal cual lo había leído en algunos textos de biología, muy pronto la cremallera sería el menor de mis problemas.
El profesor continuaba con los ojos cerrados y el ceño fruncido, soltando uno que otro quejido, así que intenté desabrochar un par de botones de su túnica y alcanzar su blanca camisa, totalmente húmeda por el sudor, para frotar mis manos contra su pecho y abdomen. Tenía que ser tan placentero como fuese posible, a pesar de que mis manos temblaban un poco y de que mis movimientos fuesen un poco erráticos.
Debía seguir moviéndome, hacia arriba y hacia abajo, ignorando sus gemidos de dolor que ahora se habían convertido en gritos y los movimientos de sus manos, queriendo liberarse de las ataduras mágicas que lo contenían.
- Vamos… funciona. ¡Vamos!
Quizá lo estaba pensando demasiado, pero no podía hacer otra cosa. Sabía que debía dejarme llevar, pero su dolor comenzaba a asustarme y tenía miedo de que muriera mucho antes de que pudiese hacer alguna cosa para ayudarle.
- ¡Olvida todo a tu alrededor, Hermione! ¡Concéntrate! ¡Trata de pensar en algo agradable! ¡Haz tu máximo esfuerzo! Después de todo, eres una Gryffindor…
Me sonreí a mí misma y de pronto me di cuenta de que quizá no habría otra forma de hacerlo, más que traspasar los límites y violar su privacidad.
- Lo siento, profesor Snape, pero no me ha dado otra alternativa.
Aparté mis manos de su pecho y con dos de mis dedos, decidí acariciar su entrepierna y como si fuese un previo aviso para lo que estaba a punto de hacer, esperando que de alguna forma despertara y mejorara por sí solo, para evitar lo peor.
Negué con la cabeza y simplemente deslicé el cierre de su pantalón, introduciendo una de mis manos y hurgando entre la gran cantidad de telas que seguía sin entender por qué se molestaba tanto en usar, para tomar su flácido miembro entre mis dedos.
Por supuesto que jamás lo había hecho y por un momento me detuve para pensar en la sensación tan distinta que mis dedos podían percibir. No era para nada como la piel femenina, a pesar de que tenía partes suaves y un poco ásperas al mismo tiempo. Quizá sonaba un poco descabellado, pero de pronto sentí que tenía un poder inimaginable sobre el profesor.
Estaba plenamente segura de que era terrible en ese asunto de la estimulación, pero sin embargo no dejé de mover mi mano, hacia arriba y hacia abajo. Suavemente y otras tantas, rápidamente, apretándolo ligeramente entre mis dedos. Podía sentir cada una de las pequeñas venas y texturas, sin mucho esfuerzo. Mientras lo hacía, me había llevado la otra mano hasta el interior de mi blusa y estrujaba uno de mis pechos, intentando concentrarme lo suficiente como para excitarme de la misma manera.
Muchas ideas pasaban por mi cabeza, pero especialmente aquella en la que me sentía con mucho poder sobre el profesor. Como si literalmente lo tuviera en mis manos.
La idea no parecía desagradarme mucho, puesto que muy pronto sentí la respuesta corporal a mis pensamientos. Supuse que era una reacción normal, ya que después de todo y a pesar de que era bruja, también era humana y sin importar con quién estuviera, mi cuerpo de todas formas reaccionaría.
Y así lo hizo. Mi pecho ardía como si estuviera en llamas y se sentía mucho mayor en volumen, con ambos pezones erectos entre las palmas de mi mano.
No lo pude evitar y cerré los ojos, aplicando mayor presión sobre el miembro del profesor que poco a poco comenzaba a palpitar entre mis dedos y a excitarse, endureciéndose conforme lo acariciaba.
Como no estaba acostumbrada a la sensación, temblé un poco al sentir un pequeño cosquilleo entre mis piernas y en todo mi cuerpo, lo cual me llevó a aumentar la velocidad en el miembro del profesor. Una pequeña gota de pre semen provino de la punta de su miembro y resbaló entre mis dedos mientras lo masturbaba, así que supuse que no tardaría en conseguirlo.
Sus angustiantes gemidos de dolor, finalmente comenzaron a disminuir y en cambio, me dio la impresión de que seguían el movimiento de mi mano y como si fuesen una respuesta a lo que estaba haciendo.
El profesor comenzó a gemir de placer muy pronto y a pesar de lo mucho que nos odiábamos el uno al otro, tenía que admitir que y hasta tenían un tono sensual que era difícil de ignorar.
- Fantástico, Hermione. Funciona. ¿Y entonces qué?
No estaba segura de sentirme tan excitada como él lo estaba, ya que no dejaba de pensar en que era mi primera vez y en el posible malestar que los libros siempre afirmaban que se experimentaba en un principio.
Pero qué otra cosa podía hacer. Ya había llegado hasta ese punto y más valía terminar que cargar con su muerte en mi consciencia.
Me levanté un par de centímetros de su cadera y de tal forma que pudiera bajarle el pantalón un poco y liberar su miembro semi erecto, de los confines de las innumerables telas que llevaba puestas. Pude sentir la forma en que intentaba doblar las rodillas, pero que resultaba un esfuerzo inútil y puesto que estaba amarrado por todas partes.
Continué deslizando mi mano, hacia arriba y hacia abajo, mientras buscaba mi varita nuevamente y transfiguraba mis túnicas en algo más ligero. Algo así como una falda, que me permitiera apartar mi ropa interior con los dedos y frotar la punta de su miembro contra mis muslos.
No podía creer que hubiese comenzado a humedecerme de esa manera, al momento de hacer mi ropa interior a un lado y no pude evitar sonrojarme de solo pensar que el profesor pudiera hacerme sentir de esa forma.
Su miembro se deslizaba cada vez más rápido, fuera de mi entrepierna, húmedo con los lubricantes que provenían de ella.
Cada vez que me rozaba, me dejaba sin aliento.
- Bien… profesor… está tan excitado como… una roca. – me costaba inclusive decir una pequeña palabra, dándome cuenta de que ya mi puño no cerraba como antes y al estar su miembro tan erecto como le era posible. – Quién lo diría… una… longitud… respetable. Creo. Hasta un bonito… color… casi rosa…
Había llegado el momento al que tanto había intentado escapar. El momento en el que su miembro prácticamente resplandecía a la luz de las velas, cubierto por mis líquidos lubricantes y esperando atento por el paso final.
El sexo.
Intenté ser firme al sostenerlo y ubicarlo en la posición correcta, ya que temblaba un poco. Coloqué la punta en la entrada de mis paredes vaginales y comencé a preguntarme si sería capaz de introducirlo en mí sin ninguna dificultad.
Más valía probar.
Cerré los ojos y lentamente comencé a empujarlo en mi interior, levantándome un poco y de tal forma que al sentarme, estuviera completamente en mí.
El profesor gimió en respuesta y al sentir mis paredes vaginales, envolviéndolo poco a poco. Yo en cambio, me mordí el labio inferior y fruncí el ceño. A pesar de la lubricación, de todas formas dolía y no dejaba de sentir que tenía un cuerpo extraño en mi interior, el cual debía retirar enseguida.
Pero ya no había marcha atrás. La enfermera lo había dicho.
Terminé sentándome y arqueando mí cuerpo hacia atrás, ante la sensación, mientras el profesor prácticamente gritaba de placer, intentando nuevamente contraer las rodillas.
- Genus Purus… - dije y tan pronto como pude recuperar el aliento, sintiendo una pequeña corriente recorrer mi cuerpo, así como el cuerpo del profesor. ¿Cómo lo supe? Pues estábamos conectados y de alguna forma pude percibir que partía de mí y se conducía hacia su interior, terminando en un pequeño gemido de él.
Volví a llenarme de valor y alcé mis caderas solo un poco, para entonces volver a mi postura inicial. No dejaba de doler, pero era necesario y debía soportarlo hasta que finalizara.
Muy pronto comencé a subir y bajar, tanto como podía, escuchando los quietos gemidos del profesor y observando sus párpados finalmente moverse un poco. Tenía miedo de que volviera en sí e hiciera alguna cosa en mi contra, así que esperaba que terminara realmente rápido.
Oscilaban mis caderas de vez en cuando y a pesar de que había leído en los libros, que a muy pocas mujeres les ocurría, yo era una de esas tantas que derramaban un poco de sangre en su primera experiencia sexual. Creía poder sentirla recorrer mis piernas y también olerla, a pesar del fuerte aroma a sudor y semen, que comenzaba a emanar el profesor Snape.
Sus manos se movían fuertemente, intentando romper las ataduras mágicas. Sus dedos comenzaban a cerrarse en puños y podía sentir un ligero movimiento de su cadera junto a la mía.
A cada movimiento que daba, finalmente el dolor cedía poco a poco e inclusive comenzaba a desfrutar del cosquilleo en mi interior. Además de que el profesor intentaba igualar mis movimientos y comenzaba a resultar ser una pequeña ayuda extra.
Me movía a mi ritmo, cada vez más rápido. Mis pechos ardían como si se incendiaran, mientras que por inercia, los estimulaba con la mano que tenía libre y con la que no me sostenía de una de las piernas del profesor y para no caerme.
Pero muy pronto él me tomó por sorpresa, haciéndome gritar del susto. En verdad no supe cómo ni cuándo, pero de alguna forma logró romper las ataduras mágicas de sus manos y gemí de terror al sentir sus dedos enterrándose en mis muslos, haciéndome subir y bajar aún más rápido y prácticamente gimiendo como un animal agonizante.
Al que no tardé en unirme, debido a la rapidez de los orgasmos que sentía. Si continuaba de esa forma, no íbamos a ser capaces de terminar el contrato.
Prácticamente tuve que arañar sus manos, hasta casi hacerlas sangrar, para apartarlas de mis muslos y cuando supe que estaba cerca de terminar, escalándolo casi a horcajadas y nivelando mis muslos a cada lado de su rostro, simplemente acercándome lo suficiente como para que pudiera deslizar su lengua en mi interior y acabar.
No estaba segura de cómo lo sabía, pero incluso sus manos se cerraron sobre mis glúteos, acercándome a su rostro y lamiéndome con avidez mientras continuaba acariciando mis erectos pezones y arqueando mi torso ante la sensación que sin duda era vigorizante.
Acabé con un gemido, casi otro grito, dejándome caer lentamente sobre el profesor y como si me escurriera en su cuerpo. Mi cabeza terminó bajo su barbilla, mientras respiraba agitadamente a causa de lo que acabábamos de hacer.
Y por supuesto que el profesor continuaba incómodo, todavía imposiblemente erecto y buscando la satisfacción.
Estiré una de mis manos hacia atrás y hasta sostener su miembro con la mayor firmeza que fui capaz, masturbándolo un poco más y hasta que eyaculara en mi mano.
Sus angustiantes gemidos y los espasmos de su cuerpo, finalmente se detuvieron y su temperatura comenzó a descender notablemente.
Esperaba haberle salvado la vida.
N/A: Espero que les guste.
