LAIKA
3- Nessun Dorma
No sé que hacía exactamente. Me tenían dicho de sobras que de ningún modo interactuara más de la cuenta con la raza humana si no era sumamente necesario. Pero ella…ella tenía algo especial que me atraía, cuando se supone que tengo que ser yo la que tiene que atraer a la gente… Cada día me pongo en la puerta del aula de música para verla tocar su violín. Esa chica tiene algo mágico cuando hace vibrar las cuerdas.
Al acabar los veinte minutos me despedí de ella. Me fui a clase de filosofía, aunque bueno, apenas preste atención a lo que decía la maestra, tenía la cabeza en otra parte y sinceramente yo ya filosofaba por mi cuenta.
Como siempre los chicos de clase intentaban ligar conmigo, yo simplemente me dedicaba a contestarles lo mínimo pero sin ser del todo una antipática. En realidad, de ellos dependía me supervivencia y con las chicas de clase igual, todas intentaban acercarse a mí, me incomodaba un poco, pero no tenía más remedio que seguirles el juego.
A la siguiente hora tenía historia del arte, una clase realmente sencilla para mí. Simplemente era memorizar y yo en eso no tenía rival alguno. Lo único que quería en ese momento era que se acabara ya esa clase para poder verla de nuevo. Me daba igual Edvard Munch y si él fue precursor del expresionismo y que sus cuadros fuesen la disección del almas como él solía decir. De todos modos me sabía aquello de carrerilla.
Y por fin ocurrió. Sonó el timbre. Recogí mis cosas y como siempre hacía, me dirigí hacia el profesor para preguntarle un par de cosas con la intención de quedarme la última y evitar atascos en el pasillo o bien los incordios de chicos y chicas del David acosándome. Cuando vi que todo el mundo había salido de clase y en el pasillo no quedaba casi nadie, me despedí del señor Morelli y me fui al aula 203, y evidentemente, allí estaba la pelirroja.
-Vaya, Nessun Dorma. No sabía que también tocaras esa – Creo que le pegué un buen susto, estaba muy concentrada tocando y mi repentina aparición no le hizo mucha gracia.
- Laika, por el amor de dios, no sé si es peor que estés como sobra mirándome y haciéndome creer que veo cosas extrañas o que aparezcas de repente y me mates del susto.
-Lo siento, no pretendía asustarte pelirroja y mucho menos quiero matarte, créeme. Por cierto, no frunzas el ceño, te saldrán arrugas.
-Si tú lo dices…
Ella prosiguió con aquella preciosa canción y lo mejor que se me ocurrió hacer fue sentarme frente al piano y tocar junto a ella ese bello conjunto de notas que junto a la voz de Pavarotti se formaba una de las mejores canciones de opera de la historia y sé lo que me digo respecto a ello. Cuando empecé a tocar ella se me quedó mirando, sorprendida, no creo que se esperase que yo supiera tocar el piano. Entonces paró de tocar.
-¿Desde cuándo sabes tocar el piano…?
-La verdad, perdí la cuenta del tiempo.
-No exageres, solo tienes dieciocho, no eres tan vieja.
-Claro, es verdad.
-¿Aprendiste en Rusia?
-Sí, me enseñó mi abuela –le sonreí con amabilidad- Por cierto, no dejes de tocar ahora que me he puesto a acompañarte.
-Oh, claro, perdona.
Nos pusimos a tocar juntas, y así pasaron los minutos. Entre nota y nota. Entre cuerda y cuerda. Entre tecla y tecla. Algo que siempre me había llamado la atención de Chiara es que cuando dejaba fluir el arco sobre las cuerdas nunca y cuando digo nunca es nunca, abría los ojos. Era como si no le hiciera falta ver para tocar. Aunque bueno, por mucho que el arte se creara con las manos y la música fuera arte, la música se creaba con corazón. Eso es lo que hacía la pelirroja, crear arte con el alma. Como Edvard Munch, solo que a diferencia de él, ella no tenía traumas de la infancia, creo.
