LA EXTENSIÓN DE LAS ALAS
Tenía catorce años cuando mamá me habló de los ángeles. Una mañana en el desayuno me dijo que ese día no me mandaría al colegio y que nos iríamos de excursión juntas, ella y yo. Dejamos a Tsubasa en el instituto y nos fuimos en coche a unos treinta kilómetros de Mountain View, para visitar el Parque Nacional Big Basin Redwoods, que está en las montañas cerca del océano. Mamá aparcó, se echó una mochila al hombro y dijo: «La que llegue última es una tortuga.» Y emprendió el ascenso por un camino pavimentado. Yo casi tenía que correr para seguirle el paso.
—Algunas madres llevan a sus hijas a perforarse la oreja —le grité desde atrás.
No había nadie más en aquel camino. La niebla se desplazaba a la deriva entre las secoyas. Aquellos árboles tenían ocho metros de diámetro, y eran tan altos que no podías ver hasta dónde llegaban, sólo los pequeños resquicios entre las ramas por don-de los rayos del sol penetraban oblicuamente en el bosque.
—¿Adónde vamos? —le pregunté sin aliento.
—Al Nido de las Águilas —me respondió por encima del hombro. Como si eso ayudara.
Atravesamos un campamento, cruzamos chapoteando un arroyo, pasamos por debajo de unos troncos gigantescos cubiertos de musgo en una zona donde los árboles se habían derrumbado cortando el camino. Mamá seguía en silencio. No era uno de esos momentos de vinculación afectiva entre madre e hija, como cuando me llevaba al Muelle del Pescador, a la Misteriosa Mansión Winchester o a IKEA. La calma del bosque sólo se veía alterada por nuestra respiración y nuestros pasos, un silencio tan denso y sofocante que deseaba gritar cualquier cosa sólo para romperlo.
Ella no volvió a hablar hasta que llegamos a un enorme afloramiento rocoso que sobresalía de la ladera de la montaña, parecido a un dedo apuntando al cielo. Para subir a la cima tuvimos que escalar unos diez metros verticales de acantilado, lo que mamá hizo de un tirón y con facilidad, sin mirar atrás.
—¡Mamá, espera! —grité, y trepé dificultosamente detrás de ella. Nunca había escalado nada que no fuera un muro en un gimnasio.
Los zapatos de mamá arrojaban un rocío de escombros por la pendiente. Al llegar a la cima desapareció.
—¡Mamá! —grité.
Ella se asomó.
—Tú puedes, Mikan —dijo—. Confía en mí. Ya verás que vale la pena.
En realidad no tenía elección. Me aferré a la pared del acantilado y empecé a escalar, obligándome a no mirar hacia abajo cuando debajo de mí no había más que vacío. Al cabo de un rato llegué a la cima. Me planté al lado de mamá, jadeando.
—¡Guau! —exclamé al contemplar la vista.
—Extraordinario, ¿verdad?
A nuestros pies se extendía el valle de secoyas bordeado por las montañas. Era uno de esos pocos lugares en el mundo desde donde podías ver a kilómetros y kilómetros de distancia en todas las direcciones. Cerré los ojos y extendí los brazos, sintiendo el viento, oliendo el aire, esa embriagadora combinación de árboles y musgos y cosas que crecen, el ligero olor a agua sucia de riachuelo y el oxígeno puro y limpio. Un águila revoloteaba en círculos sobre el bosque. Fácilmente podía imaginar lo que el ave sentía al deslizarse por el aire, nada que se interponga entre tú y el cielo infinito, apenas unas nubes.
—Siéntate —me dijo mamá. Abrí los ojos y la vi sentada sobre una roca. Dio una palmadita en la piedra indicándome el sitio a su lado. Me senté junto a ella. Mamá rebuscó en la mochila y sacó una botella de agua, la abrió, bebió un largo trago y me la ofreció. Cogí la botella y bebí, sin dejar de observarla. Estaba distraída, los ojos llenos de lejanía, sumida en sus pensamientos.
—¿Estoy en apuros? —pregunté.
Me miró y enseguida soltó una risa nerviosa.
—No, cariño —dijo—. Es sólo que tengo algo importante que decirte.
Me daba vueltas la cabeza pensando en qué podría ser eso que tenía que decirme.
—He estado viniendo aquí durante mucho tiempo —empezó.
—Has conocido a un hombre —supuse. Parecía lo más evidente.
—¿Qué dices?
Mamá nunca ha sido de salir mucho con hombres, aunque todos los que conocía se sentían atraídos por ella, y los demás se la comían con los ojos. A ella le gustaba decir que estaba muy ocupada para mantener una relación estable, demasiado absorbida por su trabajo en Apple como programadora, demasiado ocupada el resto del tiempo por ser una madre divorciada. Yo pensaba que todavía estaba colada por papá. Pero tal vez tuviera algún romance apasionado que iba a confesarme. Quizás en un par de meses yo llevaría un vestido rosa y flores en el pelo, y estaría asistiendo a su boda con un hombre al que debería llamar papá. A un par de amigas mías ya les había pasado.
—Me has traído aquí para hablarme de ese hombre que conociste, y al cual amas, y con el que quieres casarte o algo por el estilo —me apresuré a decir, sin atreverme a mirarla, pues no quería que supiera cuánto me desagradaba la idea.
—Mikan Yukihara.
—No me importa, de verdad.
—Es muy amable de tu parte, Mikan, pero no es eso —dijo mamá—. Te traje aquí porque creo que ya tienes edad para saber la verdad.
—Vale —dije con ansias. Parecía importante—. ¿Qué verdad?
Respiró hondo y soltó el aire, luego se inclinó hacia mí.
—Cuando yo tenía más o menos tu edad vivía en San Francisco con mi abuela —empezó.
Algo sabía de eso. Cuando ella nació su padre ya no estaba, y su madre murió dando a luz. Siempre pensé que se parecía mucho a un cuento, en el que mi madre era la huérfana, la trágica heroína de uno de mis libros.
—Vivíamos en una casa blanca y grande en Mason Street —dijo.
—¿Por qué nunca me has llevado allí? —Habíamos estado en San Francisco muchas veces, al menos dos o tres veces en un año, y ella nunca había mencionado nada acerca de una casa en Mason Street.
—Se incendió hace muchos años —respondió—. Ahora allí hay una tienda de regalos, me parece. Recuerdo que una mañana me levanté temprano y la casa temblaba violentamente. Tuve que agarrarme al pilar de la cama para no salir despedida.
—Un terremoto —supuse. En California he vivido algunos terremotos, ninguno que durara más de unos segundos o hiciera realmente daño, pero aun así dan miedo.
Mamá asintió.
—Podía oír los platos que caían fuera del armario y el temblor de las ventanas por toda la casa. Luego hubo una especie de crujido. La pared de mi habitación se hundió y los ladrillos de la chimenea cayeron sobre mi cama.
La miraba espantada.
—No sé cuánto tiempo estuve allí tendida —dijo mamá al cabo de un rato—. Al abrir los ojos vi la figura de un hombre que estaba de pie a mi lado. Se inclinó hacia mí y dijo: «No te muevas, pequeña.» Me levantó en brazos y los ladrillos cayeron de en-cima de mi cuerpo como si no pesaran nada. Me llevó hasta la ventana. El cristal estaba roto, y yo veía a la gente que salía corriendo de sus casas. Entonces sucedió algo extraño, y acto seguido estábamos en otro sitio. Todavía se parecía a mi habitación, sólo que era diferente, como si alguien más durmiera allí, alguien que permanecía ileso, como si no hubiese habido ningún terremoto. Por la ventana entraba mucha luz, tanta que dañaba la vista.
—¿Qué ocurrió entonces?
—El hombre me puso de pie. A mí me sorprendió que pudiera mantenerme en pie. Mi camisón era un desastre, y estaba un poco mareada, pero aparte de eso me sentía bien.
»—Gracias —le dije al hombre. No sabía qué otra cosa decir. Tenía un cabello dorado que irradiaba un resplandor bajo la luz que nunca antes había contemplado. Y era alto, el hombre más alto que había visto en mi vida, y muy guapo.
Mamá sonrió al recordarlo. Me froté la carne de gallina que se había extendido por todo mi brazo. Traté de imaginarme a este hombre alto y guapo de pelo dorado como una especie de Brad Pitt acudiendo al rescate de mamá. Fruncí el entrecejo. La imagen me resultaba inquietante, y no podía saber por qué.
—Me dijo: «Bienvenida, Yuka» —continuó mamá.
—¿Cómo sabía tu nombre?
—Lo mismo me pregunté yo. Y se lo pregunté a él. Me contó que era amigo de mi padre. Servían juntos, eso fue lo que me dijo. Y también que me había estado observando desde el día en que nací.
—Guau. Como un ángel custodio.
—Exacto. Como mi ángel custodio personal —asintió mamá—. Aunque él no se presentó como tal, por supuesto.
Esperé a que continuara.
—Eso era aquel hombre, Mikan. Y quiero que tú lo entiendas. Era un ángel.
—Ya —dije—. Un ángel. Con alas y todo, supongo.
—No le vi las alas hasta más tarde, pero sí.
Parecía la mar de seria.
—Ajá —musité. Pensé en el ángel viejo que posa en el vidrio de color de la iglesia, con una aureola y un atuendo púrpura, con enormes alas doradas desplegándose a sus espaldas—. ¿Y luego qué?
«Esto no puede ser más raro», pensé. Pero sí podía serlo.
—Dijo que yo era especial —prosiguió mamá.
—¿Especial cómo?
—Dijo que mi padre era un ángel y mi madre humana, y yo un Dimidius, es decir, un poco de las dos cosas.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
—Venga ya. Es una broma, ¿no?
—No. —Me miró sin pestañear—. No es una broma, Mikan. Es la verdad.
Aguanté su mirada. Lo cierto es que confiaba en ella. Más que en nadie. Hasta donde sabía, ella nunca me había mentido, ni siquiera con esas mentiras piadosas que los padres cuentan a sus hijos para hacer que se porten bien o hacerles creer en el ratoncito Pérez o en quien fuera. Era mi madre, claro, pero también era mi mejor amiga. Cursi pero cierto. Y ahora me estaba contando algo demencial, algo imposible, y me miraba como si todo dependiera de mi reacción.
—Entonces dices... dices que eres mitad ángel —pronuncié lentamente.
—Sí.
—Mamá, en serio, venga ya. —Quería que se echara a reír y me dijera que lo del ángel había sido un sueño, como en El mago de Oz, cuando Dorothy se despierta y descubre que todo el mundo de Oz había sido una alucinación colorida provocada por un golpe en la cabeza—. ¿Qué pasó después?
—Me llevó de vuelta a la tierra. Me ayudó a encontrar a mi abuela, que estaba convencida de que yo había muerto aplastada. Y cuando las llamas arrasaron nuestro vecindario él nos ayudó a escapar al Goleen Gate Park. Se quedó con nosotras durante tres días, y después no volví a verle durante años.
Me quedé en silencio, perturbada por los detalles de la historia. Un año antes mi clase había ido de excursión al museo de San Francisco porque inauguraban una exposición sobre el gran terremoto que había habido en la ciudad. Habíamos visto fotografías de los edificios en ruinas, los tranvías descarrilados, los esqueletos ennegrecidos de las casas quemadas. Habíamos escuchado grabaciones de testigos, sus voces agudas y estremecedoras narrando la catástrofe.
Aquel año todo el mundo le daba mucha importancia porque se cumplían cien años del terremoto.
—¿Dices que hubo fuego? —le pregunté.
—Un fuego terrible. La casa de mi abuela se quemó por completo.
—¿Y cuándo fue eso?
—En abril —dijo—. Abril de 1906.
Me sentía como si fuera a vomitar.
—¿Eso quiere decir que tienes... unos ciento diez años?
—Este año cumplo ciento dieciséis.
—No te creo —tartamudeé.
—Sé que es difícil de creer.
Me puse de pie. Mamá me cogió de la mano, pero yo me solté. Había un destello de pena en sus ojos. Ella también se levantó y dio un paso atrás, dejándome espacio, asintiendo con la cabeza como si comprendiera perfectamente cómo me sentía.
Me costaba respirar.
Estaba loca. Ésa era la única explicación. Mi madre, que hasta entonces me había parecido la mejor madre del mundo, mi versión personal de la serie Las Chicas Gilmore, la envidia de todas mis amigas, con su pelo castaño rojizo, su fresca piel fabulosa y su peculiar sentido del humor, era en realidad una loca de atar.
—¿Tú de qué vas? ¿Por qué me cuentas estas cosas? —pregunté con lágrimas de furia.
—Porque tienes que saber que tú también eres especial.
La miré incrédula.
—Especial —repetí—. Explícame cómo va esto, si tú eres mitad ángel, ¿qué se supone que soy yo? ¿Un cuarto de ángel?
—Los que tienen una cuarta parte de ángel se llaman Quartarius.
—Me voy a casa —dije aburrida. Necesitaba hablar con papá. A él se le ocurriría algo. Tenía que encontrar ayuda para mi madre.
—Yo tampoco me lo creería —dijo—. No sin algo que lo pruebe.
Al principio pensé que el sol había salido por detrás de las nubes, iluminando de pronto el saliente donde nos encontrábamos, pero luego me di cuenta, poco a poco, de que era una luz mucho más intensa. Me di la vuelta y me tapé los ojos ante la imagen de mi madre y aquel resplandor que irradiaba de ella. Era como mirar directo al sol, una luz tan potente que me lloraban los ojos. A continuación la luz se atenuó un poco y vi que mi madre tenía alas. Unas alas blancas como la nieve que se desplegaban detrás de ella.
—Esto es la gloria —dijo, y yo entendí aquellas palabras pese a que no las pronunció en nuestro idioma, sino en una lengua extranjera en la que cada sílaba sonaba como una nota musical, tan rara y espeluznante que se me erizaron los pelos de la nuca.
—Mamá —exclamé con impotencia.
Sus alas se extendieron batiéndose en el aire y volvieron a plegarse. Sonaron como un único latido grave en todo el planeta. La fuerza del aire me despeinó. Ella se elevó suavemente, con increíble elegancia y luminosidad, siempre radiante. Luego re-montó el vuelo por encima de los árboles, aleteando con rapidez por toda la extensión del valle hasta convertirse en un punto de luz en el horizonte. Me quedé pasmada y sola en medio de un saliente vacío y silencioso, más oscuro ahora que ella no estaba allí para iluminarlo todo.
—¡Mamá! —grité.
La vi dar vueltas en círculos y planear de regreso a mí, un vuelo ahora más lento. Se alzó majestuosamente allí donde acababa la montaña y quedó suspendida en el aire, en un aleteo armonioso.
—Creo que me has convencido —dije.
Advertí un brillo en sus ojos.
Por alguna razón no pude evitar echarme a llorar.
—Cariño —exclamó—, todo va a ir bien.
—Eres un ángel —musité ahogada por el llanto—. Y eso significa que...
No fui capaz de decirlo.
—Eso significa que tú también lo eres —añadió ella.
Aquella noche estaba encerrada en mi habitación deseando ver aparecer mis alas. Mamá me había asegurado que podía hacer que aparecieran, e incluso usarlas para volar. No podía siquiera imaginármelo. Era demasiado descabellado. Estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, en ropa interior y camisón, y pensaba en las modelos que hacían de ángeles en los anuncios de Victoria's Secret, las alas curvadas de un modo sexy en torno a ellas. Mis alas no aparecían. Quería echarme a reír de lo ridículo que sonaba todo. Yo, esperando a que me crecieran alas. Yo, un ángel.
Tenía sentido que mi madre fuera mitad ángel, como lo tenía que mi madre fuera un ser sobrenatural. Ella siempre me había parecido una mujer sospechosamente hermosa. A diferencia de mí, con mi obsesiva tozudez, mis ataques de mal genio y mi sarcasmo, ella era una mujer tranquila y elegante. Perfecta hasta el extremo de resultar irritante. No le encontraba un solo defecto.
A menos que contemos que me mintió durante gran parte de mi vida, pensaba, lo que me provocaba una pizca de resentimiento. ¿No debería haber reglas que prohíban mentir a los ángeles?
Aunque en realidad no me mintió. Ni una sola vez me dijo: «¿Sabes una cosa? No eres diferente de los demás.» De hecho siempre me había dicho lo contrario. Siempre me había dicho que era especial. Sólo que yo nunca le había creído hasta ahora.
—En algunas cosas eres mejor que la mayoría de la gente —me había dicho en el Nido de las águilas—. Eres más fuerte, más rápida, más inteligente. ¿No lo has notado?
—Hummm... no —me apresuré a responder.
Pero no era cierto. Siempre tuve la sensación de ser diferente. Mamá tiene un vídeo donde salgo caminando con apenas siete meses. A los tres años aprendí a leer. Siempre fui la primera de la clase en dominar las tablas de multiplicar y en memorizar los cincuenta estados del país. También era buena en educación física. Era muy rápida con los pies. Podía saltar alto y lanzar con fuerza. Cuando jugábamos todo el mundo me quería en su equipo.
Sin embargo, no soy como un niño prodigio ni nada por el estilo. En algunas cosas no era excepcional. No jugaba al golf como Tiger Woods, ni escribía mis propias sinfonías a los cinco años, ni participaba en las competiciones de ajedrez. Por lo general, las cosas simplemente me costaban menos que a los demás chicos. Yo lo notaba, por supuesto, pero no le daba mayor importancia. Si acaso, asumía que era mejor en algunas cosas porque no perdía mucho tiempo mirando basura en la televisión, ya que mamá es de la clase de padres que te hace practicar, estudiar y leer libros.
Ahora no sabía qué pensar. Todo empezaba a tener sentido. Y a carecer de sentido, al mismo tiempo.
Mamá sonrió.
—A menudo sólo hacemos lo que se espera de nosotros —dijo—. Cuando somos capaces de mucho más.
En ese momento estaba tan mareada que tuve que sentarme. Y mamá había empezado a hablar otra vez, explicándome los principios básicos.
Alas: controla. Más fuerte, rápida, inteligente: controla. Capaz de mucho más. Algo sobre los idiomas. Y un par de reglas: «No se lo digas a Tsubasa, todavía es pequeño. No se lo digas a los humanos, no te creerán, y si lo hacen no podrán vivir con ello.» Todavía me escocía el cuello cuando recordaba la manera en que había dicho «humanos», como si la palabra de repente no nos afectara. Luego había hablado del designio que pronto recibiría. Había dicho que era importante, aunque no sabía explicar muy bien por qué. Después de hablar de eso se calló y dejó de responder a mis preguntas. Me dijo que había cosas que aprendería con el tiempo. Por propia experiencia. Y había otras cosas que de momento no necesitaba saber.
—¿Por qué no me dijiste todo esto antes? —le pregunté.
—Porque quería que llevaras una vida normal el máximo tiempo posible —respondió—. Quería que fueras una chica normal.
Ya no volvería a ser normal. Eso estaba más que claro.
Contemplé mi reflejo en el espejo de mi habitación.
—Vale —dije—. ¡A ver esas... alas!
Nada.
—Más rápida que una bala —le dije al espejo, ensayando mi mejor pose de Superman. Entonces mi sonrisa en el espejo se esfumó y la chica que estaba al otro lado me miró con escepticismo.
—Vamos —dije, extendiendo los brazos. Hice rotar los hombros hacia delante de manera que mi omóplato sobresaliera, entrecerré los ojos y me concentré en las alas. Las imaginaba creciendo, desgarrando la piel, desplegándose detrás de mí como las de mamá en la cima de la montaña. Abrí los ojos.
Las alas seguían sin aparecer.
Suspiré y me dejé caer sobre la cama. Apagué la lámpara. Las estrellas del techo de mi habitación brillaban, algo que ahora me parecía estúpido e infantil. Lancé una ojeada al despertador. Era más de medianoche. Al día siguiente tenía que ir al colegio. Tenía que hacer una prueba de ortografía a la que había faltado en la tercera clase, lo que me parecía aún más ridículo.
—Quartarius —dije, así había llamado mi madre a un cuarto de ángel.
Q-U-A-R-T-A-R-I-U-S. Mikan es una Quartarius.
Pensé en el extraño idioma de mi madre. Angélico, lo había llamado ella. Tan bonito y misterioso como las notas de una canción.
—Quiero ver esas alas —dije.
Esta vez mi voz sonó extraña, como acompañada de ecos más graves y más agudos. Me quedé sin aliento.
Y entonces sentí las alas bajo mi cuerpo, levantándome delicadamente, una plegada debajo de la otra. Se estiraron casi hasta mis talones, irradiando un brillo blanco en plena oscuridad.
—¡Mierda! —exclamé, y enseguida me llevé las dos manos a la boca.
Muy despacio, temerosa de que las alas volvieran a desaparecer, me levanté y encendí la luz. Me planté frente al espejo y aprecié mis alas por primera vez. Eran reales, alas de verdad con plumas de verdad, pesadas y hormigueantes y una prueba definitiva de que lo que había ocurrido antes con mi madre no era una broma. Eran tan bonitas que sacaba pecho al mirarlas.
Las toqué con sumo cuidado. Estaban tibias, vivas. Descubrí que podía moverlas de la misma manera que podía mover mis brazos. Como si realmente fueran parte de mí, un par de miembros extra de los que no había sido consciente hasta ahora. Suponía que medían unos tres o cuatro metros, pero era difícil saberlo. La extensión de aquellas alas simplemente no cabía en el espejo.
Alas, pensé, sacudiendo la cabeza. Tengo alas. Esto es de locos.
Examiné las plumas. Algunas eran muy largas, suaves y puntiagudas. Otras, más suaves y redondeadas. Las plumas más cortas, las más próximas a mi cuerpo en el punto en que las alas se unían a los hombros, eran pequeñas y blandas, casi del tamaño de un pulgar. Cogí una y tiré de ella hasta arrancarla, con lo que sentí un dolor tan tremendo que me hizo lagrimear. Contemplé la pluma en mi mano con detenimiento, tratando de hacerme a la idea de que procedía de mi propio cuerpo. La pluma permaneció en la palma de mi mano por un instante, y luego, lentamente, empezó a disolverse, como si se evaporase en el aire, hasta que no quedó nada de ella.
Tenía alas. Tenía plumas. Tenía sangre angelical en mis venas.
¿Y ahora qué me espera?, me pregunté. ¿Aprender a volar? ¿Estar colgada en una nube rasgueando un arpa? ¿Recibiré mensajes de Dios? El pavor se expandió en mi estómago. Nuestra familia no es lo que se podría decir religiosa, aunque yo siempre había creído en Dios. Pero ahora estaba aprendiendo que hay una gran diferencia entre creer en Dios y saber que existe y que al parecer tiene un gran plan maestro para mi vida. Era cuando menos estrafalario. Mi comprensión del universo y mi lugar en él se habían vuelto del revés en menos de veinticuatro horas.
No sabía cómo hacer para que las alas volvieran a desaparecer, así que las plegué contra mi espalda todo lo que pude y me acosté, colocando los brazos de modo que pudiera tocarlas debajo de mi cuerpo. La casa estaba en silencio. Era como si toda la población de la tierra estuviese dormida. Todos los demás seguían siendo los mismos, y yo había cambiado. Todo lo que podía hacer aquella noche era quedarme allí tumbada con este conocimiento, sobrecogida y asustada, acariciando mis plumas suavemente, a la espera del sueño.
