4

"Venganzas y encuentros"

Kate salió del restaurante chino con su gorro policial debajo del brazo y un par de bolsas colgando de su mano derecha. Se despidió de la camarera desde la puerta y sonrió a la persona que le estaba esperando de pié a unos pasos del establecimiento, comprimiendo un maletín de cuero contra su pecho con los brazos cruzados.

―Has tardado mucho. ―suspiró Johanna sin su típico tono animado anti problemas.

Por contra Kate se encogió de hombros sonriéndole de lado a lado, con una energía insólita a pesar de estar trabajando desde las cinco de la mañana, y Johanna empezó a caminar calle abajo.

―Solo han sido unos minutos. ―le restó importancia, siguiendo a su madre. La abogada se limitó a caminar sin soltar palabra, mirando al frente como los caballos―. ¿Y qué tal el día? ―preguntó Kate con tono alegre, ese que su madre no utilizaba desde que Peón Negro confirmó la retirada de Richard Castle.

Pararon en un semáforo y Kate se puso a su lado, mirándola con esa felicidad innata.

―Bien.

La respuesta fue muy escueta, pero la policía la aceptó con una sonrisa. Cuando el semáforo se puso en verde, las dos caminaron hacia un pequeño parque. Era una zona verde con unas cuantas mesas y bancos, lo suficientemente lejos de los columpios y toboganes de la zona de niños como para que Kate aceptara comer allí.

Se sentaron en una de las mesas con bancos de madera y sacaron las cajas de fideos que Kate había comprado. Empezaron a comer. La única que hablaba era Kate, como en los últimos doce días que habían quedado para comer sin una objeción de la abogada por tener algún caso pendiente. Johanna se limitó a escucharla sin quitar ojo de su comida, hasta que no aguantó más.

―Deja de hacer eso. ―le pidió la abogada, con la vista fija en sus fideos.

―¿Hacer qué?

―Sonreír.

―No estoy sonriendo.

Johanna alzó su cabeza y levantó sus palillos chinos, señalándola acusadoramente; Kate sonrió succionando los fideos.

―¿Te divierte verme triste?

―Para nada. ―contestó la policía sin dejar de comer―. Solo estoy feliz.

―Te gusta verme sufrir. ―afirmó la abogada omitiendo su segundo comentario.

―Vamos mamá, llevas dos semanas así, como si se hubiera muerto alguien. Solo se ha retirado.

De repente, Johanna dejó de comer mirando a su hija con los ojos extremadamente abiertos, tambaleando el paquete de fideos que sujetaba en un tembleque que asustó a la policía.

―¿Qué?

―Puede que haya muerto.

Kate rodó los ojos, llevándose una mano a la frente.

―Oh por Dios...

―Piénsalo, sería una buena razón. Quizás estaba en el hospital, gravemente herido y...

―Mamá ―la interrumpió elevando una mano en forma de stop―, es solo un escritor. Los escritores se retiran, es ley de vida. Podrías leer otras novelas. ―suspiró en el mismo instante en el que unos niños gritaron no muy lejos. Kate se estremeció apretando el paquete de fideos, mirando hacia los lados hasta encontrar a un matrimonio con trillizos caminando hacia una de las mesas vacías de la zona.

Ahora la que sonreía era Johanna.

―Son solo unos niños. ―imitó el tonó de su hija―. Es ley de vida casarse y tener hijos. Podrías mentalizarte.

Kate achicó los ojos hacia su madre y negó con la cabeza, cogiendo su gorro policial que reposaba sobre la mesa.

―No es lo mismo, yo no tendré hijos, ya lo sabes. Me tengo que ir, es tarde. ¿Mañana a la misma hora? ―se levantó poniéndose el gorro, pero cuando estaba alejándose se giró hacia su madre con una sonrisa de medio lado―. Ahora que lo pienso... ―empezó en voz alta―, Sí que puede haberle pasado algo a ese escritor, quien sabe.

Y mientras caminaba hacia la comisaría, aún sin verla, Kate supo que la sonrisa de su madre había desaparecido. Gané. Pensó saliendo de la zona.

Johanna se levantó y tiró los envases de comida en una de las tantas papeleras verdes del parque. Miró hacia los trillizos que saltaban alrededor de sus padres y sonrió de medio lado.

―Esta me la guardo cariño, esta me la guardo.


Rick esperaba en el pasillo de la planta superior del loft, sin quitar ojo a la habitación de su hija, donde un hombre le tomaba el pulso mientras ella abrazaba uno de sus ositos de peluche.

El hombre sonrió, le dio las gracias a la niña y salió de la habitación.

―¿Cómo está? ―preguntó Rick nada más ver al doctor saliendo de la habitación de su hija.

El hombre le sonrió de medio lado.

―Mejor. ―contestó sacando una hoja de su maletín―. Está mejor que cuando salió del hospital, que ya es algo, pero hay que controlar que coma regularmente. ―le extendió el papel―. Le preparé una lista de alimentos que debe tomar. Son de altas proteínas, le ayudarán.

Rick asintió, mirando el papel de arriba a bajo con cierta dificultad. Desde que habían ingresado a su hija siete días después de detectarle un episodio de desnutrición, no había dormido apenas, por no decir nada. Ni si quiera cuando le dieron el alta consiguió descansar un poco, no quería separarse de su hija y se pasaba las noches viéndola dormir, sentado en la mesa redonda que ella solía usar para dibujar.

―Gracias... ―dijo con sinceridad Rick al cabo de un rato.

―De nada. ―contestó el hombre echando un último vistazo a su paciente―. Debería ir al psicólogo con regularidad. La depresión, aunque mucha gente lo desconozca, también es una enfermedad si se agrava como en el caso de su hija. ―informó suavemente―. Ahora come algo, por obligación, pero si sigue así...

Enmudeció de repente. Rick tragó saliva cerrando los ojos, sabiendo como continuaba la explicación del doctor.

―Ya va al psicólogo. Pero no mejora, solo... solo empeora.

El doctor le palmeó el hombro.

―Intente llevarla más regularmente, yo vendré una vez por semana para comprobar su estado.

Tras un asentimiento de Rick, el hombre pronunció una despedida y pasó por el lado del escritor, dirigiéndose escaleras a bajo. Cuando el sonido de la puerta cerrarse se escuchó, Rick entró a la habitación de su hija. Estaba en penumbra por las persianas bajadas. Un cúmulo de peluches rodeaba la cama de su niña y, en un rincón de la habitación, la mesa redonda que su hija utilizaba para dibujar estaba ordenada, con los plastidecors en su caja y un pequeño montículo de papeles a su lado. Martha lo había puesto así semanas atrás, cuando su nieta estaba hospitalizada, alegando que así, cuando Alexis regresara, tendría todo ordenado para seguir dibujando. Pero llevaban cuatro días en casa y la pequeña ni si quiera había mirado la mesa.

Normalmente hacía un gesto, señalaba los plastidecors o algo similar para hacer ver a su padre que quería dibujar. Pero llevaba semanas sin hacerlo.

Con un suspiro, Rick se acercó lentamente hacia su niña y se sentó en el borde de la cama, acariciando su frente con cuidado. Tenía la piel blanca como la nieve y los pómulos marcados. Sus ojitos estaban cerrados a causa del sueño y, a pesar de la poca luz de la habitación, se distinguía perfectamente el color apagado bajo sus parpados.

―¿Qué tengo que hacer? ―siseó casi inaudiblemente pasando sus dedos por las ojeras de su niña―. Si lo supiera...


Nicole Lopeer leía las anotaciones con atención. Normalmente utilizaba una misma libreta para todos sus casos, una que dividía en secciones con la fecha y el nombre de los pacientes como encabezado. Era un método simple que le ahorraba libretas y al que ya estaba acostumbrada. Normalmente no anotaba demasiado, solo cosas puntuales. Pero la libreta que tenía en sus manos era diferente. Más bien era una carpeta llena de hojas y hojas de apuntes ordenados por orden de fecha, y una pila de fotocopias de dibujos con la fecha escrita en un lateral. Esa era la carpeta de su caso más difícil, ese por el que había pedido la segunda opinión de otros profesionales pero sin hallar la solución.

Pero por más que leía sus anotaciones no encontraba nada.

Dejando el cuaderno sobre el escritorio, Nicole se quitó las gafas y se frotó el tabique de la nariz. Llevaba semanas desesperada con ese caso. Era evidente que no había ni una sola mejoría y la niña empeoraba en salud.

Un golpe seco se escuchó por el despacho haciendo que la psicóloga diera un salto sobre su asiento. Se puso las gafas de nuevo y vio a un hombre despeinado, con el abrigo sin abrochar y una barba de más de una semana mirándola desde la puerta.

―Señor Rogers...

―¡Ya ni siquiera dibuja! ―replicó Rick hacia la psicóloga de su hija. Esa a la que habían visitado tres veces por semana desde que él pidió aumentar las sesiones de su hija, sin resultado alguno―. Hoy no ha querido venir hacia aquí y ha desayunado un tercio de tostada.

Nicole cerró los ojos brevemente, levantándose de su asiento. Se acercó hacia él y cerró la puerta.

―He solicitado una segunda opinión a profesionales de la misma rama. Todos coinciden con migo en que hay que hacer que la niña vuelva a dibujar. ―Rick la miró sin interrumpirla―. Esa es su forma de comunicarse, sin eso no podremos hacer nada e irá empeorando. Sus dibujos hasta ahora han sido pequeños, cada vez más, en una esquina del papel. Suele dibujarlo a usted y a su abuela. Rara ve se dibuja así misma. Yo voy leyendo esos mensajes e intento encaminarla. Pero necesito que siga dibujando.

Rick asintió, no muy conforme.

―Déjeme un par de sesiones más, luego, si sigue igual le diré un par de psicólogos que han aceptado llevar su caso. ―le leyó la mente al ex escritor―. Pero tiene que traerla, si voy a su casa a hacerle la sesión retrocederá.

Tras un asentimiento, Rick la miró poniendo la mano en el pomo de la puerta, con una mirada que Nicole consideró de advertencia.

―Lo intentaré. ―dijo él, saliendo de allí sin mirar atrás.

Y Nicole arrastró sus pasos hacia el asiento sin molestarse en cerrar la puerta. Se quitó las gafas y hundió su cabeza entre sus manos. Estaba claro que necesitaba un milagro.


Rick caminaba con su hija en brazos. La pequeña lloraba en el hombro de su padre, sollozando de vez en cuando mientras su padre intentaba hablarle lo más calmadamente posible. Tenía al pequeño oso "boh" en su manita derecha, agarrándolo sin demasiada fuerza, pero lo suficiente como para que el peluche no cayera rodando por el suelo.

―Ya estamos llegando. ―informó Rick con un hilo de aire, aliviado de ver el edificio de psicólogos a apenas unos metros. Le costó Dios y ayuda sacar a la pequeña del loft. De hecho, fue Martha la que la cogió en brazos y se la dio a su hijo. Porque él no tuvo corazón para molestarla cuando la niña se fue a un rincón, abrazando a su oso "boh" contra su pecho, llorando.

Entró al edificio y caminó raudo hacia el ascensor, fijándose en el reloj de recepción antes de picar a la segunda planta. Llegaba tarde. Veintisiete minutos más tarde para ser exactos.

Alexis volvió a sollozar agudamente, separando su cabecita del hombro de su padre para mirar al suelo. Rick vio al pequeño oso "boh" en el suelo y se agachó para recogerlo.

―Ya está cariño... ―siseó besando su pelo, dándole el oso al que ella abrazó con los ojos cerrados.

El timbre del ascensor sonó y las puertas se abrieron.

Rick caminó hacia el despacho de la psicóloga, pero paró al ver a Nicole en medio de la sala de espera, mirando su reloj.

―Siento llegar tarde... ―dijo Rogers, pero ella negó con la cabeza.

―En realidad lo suponía, así que no tengo ningún otro paciente hasta la tarde. ―se encogió de hombros, mirando a la pequeña. ―¿Qué pasa Alexis? ¿Hoy trajiste a tu oso "boh"? ―preguntó con una sonrisa suave.

Alexis no contestó.

―¿Podría hablar con tu papá un momento mientras te quedas con Lisa? ―señaló a la secretaria, que los miraba desde su mesa con una sonrisa―. Ella te dará un lápiz y una hoja si quieres dibujar.

La niña no movió ni un músculo y Nicole hizo un gesto al padre de esta para que la dejara en la pequeña mesa de madera de la sala de espera.

Obedeciendo, Rick dejó a su hija con su oso "boh", la besó en la frente con un "cuida de oso "boh" calabaza" y siguió a la psicóloga hasta su despacho.

Cuando la puerta del despacho se cerró, la niña abrazó a su oso contra su pecho.

―Volverán enseguida. ―dijo la secretaria acercándose a ella con un manojo de folios blancos y una caja de colores de madera. Dejó las hojas sobre la mesa y abrió la caja de colores. La mitad no tenía punta―. Voy a por una maquineta para sacar punta a estos colores tan bonitos. De mientras, puedes dibujar con los colores que tienen punta. ―le sonrió antes de levantarse para caminar hacia su mesa. Solo fueron unos segundos los que utilizó para rebuscar entre los cajones de su mesa, pero cuando se giró con la maquineta en la mano la niña ya no estaba.

Kate comía con una sonrisa en sus labios. Frente a ella, enfundada en su abrigo oscuro y sin quitar ojo de su hija, Johanna sostenía la hamburguesa que la policía había comprado. "Hoy toca comida basura" le dijo su hija cuando la fue a recoger a su despacho. Y Johanna se dejó llevar al mismo parque que la vez anterior.

Así que ahí estaban por segunda semana consecutiva, comiendo juntas.

Una ráfaga de aire les tocó, haciendo volar una hilera de hojas marrones sobre sus cabezas. Johanna se abrochó un botón de su abrigo, temblando ligeramente.

―Hace frío.

Kate se encogió de hombros comiendo un par de patatas.

―Se acerca invierno. Es lo más...

―Disculpe. ―la interrumpió una mujer mayor con un chihuahua en brazos―. Disculpe agente, creo que la necesitan.

Continuará