Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es del libro Bad Romeo de Leisa Rayven. Yo me limito a transmitir esta increíble historia.
PRIMER PASO
Hoy Nueva York
Diario de Isabella Swan
Querido diario:
Cuanto más tiempo paso con él, más invade mis sueños. Me resisto a recordar, pero él se cuela.
Está aquí, debajo de mis manos. Sus labios, sobre mi piel. Es perfecto y cálido, y me digo a mí misma que esta vez no escapará.
Le aprieto contra mí, ahuyentando el miedo, deseando con todas mis fuerzas que se funda en mí. Que se quede. Y, aunque él ya ha escrito un final trágico, quiero que cambie de opinión.
Entonces le tengo dentro de mí, y es perfecto.
Le doy la parte de mí misma que no concibo darle a nadie más. Me dice que es valiosísimo. Que no se lo merece.
Después, me abraza como si no deseara soltarme jamás. Creo que seguirá así. Que eso no cambiará las cosas. Pero cómo no va a cambiarlas.
Vuelve a encerrarse en sí mismo, tan camuflado por capas que ya ni siquiera le distingo, solo la pena que deja tras de sí.
Le culpo, pero es culpa mía. Qué estúpida, romántica e ingenua soy.
Yo veía lo que deseaba ver. Sentía lo que deseaba sentir. Él se limitaba a interpretar su papel.
A veces le imagino lloroso y desvalido delante de mis ojos y es la cosa más bonita que he visto en mi vida.
Pero era cuento. Él es actor.
Y es muy, muy bueno.
Seis años antes
Westchester, estado de Nueva York
The Grove
Segunda semana de clase
Salgo de mi clase de historia del teatro con el cerebro saturado de información sobre los anfiteatros romanos cuando me doy de bruces
contra el pecho de alguien alto e inmóvil. Mis apuntes salen volando, claro.
—¡Jopé!
Ese alguien alto se ríe entre dientes y me indigno.
Alzo la vista y me encuentro a Cullen con gesto altanero. Mi expresión debe de anunciar a gritos violencia inminente porque la sonrisa desaparece de su cara con más rapidez que las bragas de Lauren Mallory un sábado por la noche.
Cuando me agacho para recoger mis apuntes, hace lo mismo. Me entran ganas de darle un palmetazo en las manos porque, desde el ejercicio de acercamiento personal de nuestro primer día, no me ha dirigido la palabra. No lo llevo bien.
—Quita —digo mientras recoge mis apuntes.
Me los tiende y los cojo de un tirón sin levantar la vista.
Reprimo el impulso de decir «gracias» porque, después de cómo me ha tratado, no se lo merece.
—Gracias—mascullo automáticamente. ¡Malditos buenos modales!
—De nada —contesta en tono cursi.
Le aparto a un lado para pasar y bajo las escaleras a zancadas en dirección al Hub. Al cabo de unos segundos le tengo caminando a mi lado con la mayor naturalidad del mundo.
—Menuda semanita, ¿eh? —comenta—. Pensaba que Tanya iba a poner a Paul de patitas en la calle por presentarse colocado, pero creo que se dio cuenta de que actúa mejor cuando está medio mamado.
Me detengo y me vuelvo para mirarle de frente.
—Cullen, a mí no se me ignora durante una semana para luego darme palique como si tal cosa.
—No te he ignorado.
—Ya lo creo que sí.
—No, ignorarte sería hacer caso omiso de tu presencia. Yo he reparado en ti. Simplemente he optado por no hablarte.
—¿Es eso mejor o peor que ignorarme por completo?
—Un pelín mejor.
Levanto las manos con un ademán.
—Bueno, menos mal. Entonces no me lo tomaré a mal.
—Así me gusta.
—Estaba siendo sarcástica, cretino.
—Swan, ¿siempre eres tan gruñona, o es que tienes el síndrome premenstrual?
—¡¿Cómo?! ¡¿Que si tengo… qué?! ¡¿El síndrome premenstrual?! Eres un… ¡Por Dios, cierra el pico!
Echo a caminar, pero me alcanza, y mi síndrome premenstrual está haciendo que me ponga como una furia y me den ganas de llorar al mismo tiempo.
—¿Por qué me sigues?
—No te estoy siguiendo; estoy caminando a tu lado.
¡Señor, dame fuerza!
—¿Qué quieres? —pregunto, sintiéndome como un perrito faldero ladrando como un descosido a su lado.
Suspira y baja la vista hacia sus descomunales pies.
—Nada. ¿Vas a la fiesta de Jack esta noche?
—¿Por qué quieres saberlo?
Se frota los ojos.
—No tengo ni puñetera idea.
—¿Vas tú?
—Seguramente no.
—Entonces seguro que voy.
Se queda mirándome unos instantes y a continuación frunce el ceño como tratando de calcular cuántas sandías caben en una caravana. Después, sin mediar palabra, se da la vuelta y se aleja.
—Ah, ¿conque has terminado? Bueno, gracias por hacer un esfuerzo. ¡Tus dotes de conversación son de lo más estimulante!
Menos mal que ha llegado el fin de semana. Dos días por delante sin tener que verle.
Para cuando vuelvo a mi apartamento dando zancadas se me han quitado las ganas de ir a la fiesta. Lo único que me apetece es sumergirme en la bañera durante unas cuantas horas, comerme lo que peso de Ben & Jerry's y meterme en la cama.
Rosalie tiene otra idea en mente.
—Levántate.
—No quiero —contesto como una cría de dos años.
—Vas a ir.
—Rose…
—No empecemos, Bella. Es nuestra primera fiesta en la universidad y vas a ir aunque tenga que arrastrarte de los pelos. A juzgar por tu gesto cuando entraste por la puerta, está claro que necesitas echar un polvo.
Pongo los ojos en blanco. Ojalá fuera de esas chicas que resuelven sus problemas con sexo desenfrenado. Pero en vista de que mi tarjeta de virgen está totalmente acreditada y que ligar no es precisamente mi fuerte, como mucho me contentaré con no pasar un rato de pena.
—Creo que la única que va a echar un polvo esta noche eres tú, Rose. Levanta las manos con un ademán.
—Bella, eres guapísima. Podrías tener al tío que quisieras si mostraras un mínimo de confianza en ti misma.
—Sí, vale.
—Prométeme que vas a dar el paso esta noche. Me hace gracia.
—Creo que no lo entiendes. No hay pasos que dar. Soy inmóvil. Existo en un vacío de pasos.
Hace tal mohín que me consta que en el momento menos pensado voy a perder la batalla con ella.
—¿Acaso tengo que recordarte que eres actriz? Joder, actúa como si supieras lo que te traes entre manos. Venga, mueve el culo, ponte algo sexy y en marcha.
La verdad es que no tengo nada sexy, así que me apaño con mis vaqueros más ceñidos y un jersey escotado que me realza las tetas. Hasta me maquillo un poco y me arreglo el pelo. Rosalie se encoge de hombros a modo de aprobación.
Media hora después paramos junto a una enorme casa en una avenida.
—¡Jo! ¿Quién vive aquí? —pregunta Rose dando un portazo al bajar del taxi.
—Jack Avery la comparte con otros dos chicos de mi clase. Paul y Mike.
—¿Mike? —repite, enarcando una ceja—. ¿El tío que conocí el primer día?
—Sí.
—Estaba bueno. ¿Hay química?
Sonrío al pensar lo atento que se ha mostrado Mike.
—Me da muchos abrazos.
—Bueno, pues ya está —dice, como si todos mis problemas se hubieran resuelto—. A por él.
Me encojo de hombros porque, aunque Mike no me disgusta, no sé si me gusta.
—Oye, no estoy pidiéndote que te lo lleves al altar y que te pongas a parir bebés rechonchos y chillones. Solo que pases un buen rato. Que te des el lote. Tampoco es para tanto.
—¿No se supone que el chico debe dar el primer paso?
—Maldita sea, Bells, deja de ser tan ñoña. Mira, voy a darle un aliciente al trato: si consigues tener huevos y echar un polvo con un chico esta noche, te haré la colada durante un mes.
Capta mi atención. Nuestro edificio tiene una lavadora del año de la pera con un programa que tarda más de una hora en terminar, por lo que el día de la colada suele ser una enorme pérdida de tiempo.
—Perfecto. No te prometo que no me vaya a sentir incómoda y avergonzada, pero lo intentaré, ¿vale?
Sonríe y tira de mí en dirección a la ruidosa casa.
—Con eso me vale.
En el jardín delantero hay gente charlando y riendo. Da la impresión de que se han presentado casi todos los novatos de la clase.
Me preparo para inventarme un personaje.
—Venga —dice Rose mientras me lleva a rastras entre la marabunta—, necesitas una copa.
—No bebo.
—Ahora sí. —Empuña dos chupitos verde chillón con forma de probeta de la bandeja que lleva una chica—. Dos o tres de estos y te pondrás a entrarles a los chicos y a arrancarles las camisas.
Pese a dudar de su vaticinio, al cabo de cuarenta y cinco minutos y tres chupitos estoy apoyada contra una pared con aire juguetón. Muevo la cabeza al ritmo de la música mientras Rosalie baila con un grupo de chicos ansiosos por impresionarla. Aunque coquetea con unos cuantos, uno de ellos —un tío alto y fornido que también estudia dirección de escena— recibe una atención especial. Inclina la cabeza para susurrarle algo a Rose. Ella me mira y enarca las cejas antes de cogerle de la mano y salir a la terraza.
Hace que parezca tan fácil…
Vale, muy bien. Puedo hacerlo. Encontrar a un chico mono. Charlar con el chico mono. Mostrarme encantadora. Chupetearle la cara.
Tiemblo de pánico. Maldita sea.
Avanzo por el pasillo en busca del baño, el único refugio seguro de la fiesta donde se considera aceptable estar a solas.
Antes de encontrarlo, veo a Cullen de pie junto a la puerta de la cocina. ¿Qué diablos está haciendo ahí?
Inclina la cabeza para hablar con la chica bajita y guapa que tiene al lado.
¿Tiene novia?
Cómo no va a tener. Alguien tan atractivo como él probablemente tenga decenas de mujeres postradas a sus malditos pies de payaso.
Noto que de pronto me pongo muy colorada y no me hace gracia.
El alcohol ralentiza mis reflejos y, sin darme tiempo a fingir que no le he visto, camina en dirección a mí con la mano puesta en la espalda de la chica. Ella sonríe como si me conociera.
—Eh, Bella —dice. Sí que me suena, pero tengo la mente nublada—. Soy Alice. Estoy en dirección de escena con Rosalie.
—Ah, claro. Hola, Alice. —Estuvo hablando con Rose el otro día en clase de semiótica. Bonita cara. Grandes ojos oscuros de mirada dulce.
Miro fugazmente a Cullen y la cara se me pone al rojo vivo cuando veo que tiene los ojos clavados en mis tetas. Rápidamente vuelve a mirarme a la cara y carraspea.
—Swan —dice, y hace un gesto de saludo con la cabeza.
—Cullen. —Intento que mi cerebro no procese lo guapísimo que está el puñetero con sus vaqueros oscuros y su camisa azul con las mangas remangadas.
Bonitos antebrazos.
—Pensaba que no vendrías —digo.
—Bueno, me enteré de que vendría toda la gente que mola, así que no podía faltar.
Alice dirige la vista del uno al otro; me pregunto si es consciente de lo mucho que me saca de quicio su novio.
—Entonces, Bella, ¿Edward y tú estáis juntos en el curso de interpretación?
—Sí, pero todavía no hemos actuado mucho.
—Bueno, solo ha pasado una semana —comenta risueña—. Pronto llegarán las audiciones para la obra de teatro del primer trimestre. He oído rumores de que será Romeo y Julieta. Nunca se sabe; igual acabáis interpretando a amantes desventurados.
Cullen y yo soltamos una carcajada como si fuera lo más divertido que hubiésemos escuchado en la vida.
Alice nos mira como si estuviésemos chiflados.
—Bueno —dice dando una palmada—. Necesito emborracharme cuanto antes. Nos vemos luego.
Pasa rozándome y echa a caminar por el pasillo.
—Me marcho dentro de dos horas —le grita Cullen—. Si quieres que te lleve a casa, búscame antes, y si no, te jodes y vas andando.
Guau. Ojalá tuviera un novio tan encantador. Muevo la cabeza de un lado a otro, asqueada.
—¿Qué?
—Tú.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Siempre la tratas así?
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque es de muy mala educación.
Hace una mueca de sonrisa y niega con la cabeza.
—Eso ha sido con educación. Digo cosas mucho peores en casa.
—¿En casa?
—Sí.
—¿Vives con ella?
—Bueno, preferiría no hacerlo, pero por lo visto no hay manera de deshacerse de ella. Cerré la puerta con llave una vez, pero es bastante ingeniosa y se las apañó para forzar la cerradura con una brizna de hierba y un clip.
—Por Dios, Cullen, eres… tan… ¡Pufff! ¿Cómo te aguanta? Eres oficialmente el novio más cabrón del mundo.
Pone cara de sorpresa. Después se echa a reír.
—Alice no es mi novia. Por Dios, qué asco. Es mi hermana.
Ahora me toca a mí sorprenderme.
—¿Tu hermana?
—Sí.
Nunca he sentido un alivio tan odioso.
—No te preocupes, Swan —dice por lo bajini—. Estoy soltero. No tienes por qué estar celosa.
Me hace gracia.
—No estoy celosa. Sencillamente me alegro de que no contamines con tu personalidad a algún pobre miembro del sexo opuesto.
Cuando baja la vista percibo fugazmente algo oscuro en sus ojos y me da la sensación de haber dicho algo de lo más inoportuno. Estoy a punto de intentar averiguarlo cuando Mike aparece y me rodea los hombros con el brazo.
—Eh, Bella, te estaba buscando. Qué bien que hayas podido venir. Me abraza, y noto que Cullen nos observa.
—Cómo me lo iba a perder —digo, y le correspondo con otro abrazo.
—Oye, Edward —dice, y le da unas palmaditas en la espalda—. Gracias por venir, tío.
Cullen sonríe por compromiso, con los labios apretados.
—Cómo me lo iba a perder.
—Bueno —comenta Mike—, en el sótano hay un montón de gente de nuestra clase jugando al que pierda bebe. ¿Os apuntáis?
Sonrío.
—Claro.
Cullen se encoge de hombros. Mike nos conduce al sótano.
Cuando llegamos abajo hay unos veinte compañeros de clase sentados en círculo con un puñado de botellines, latas de cerveza y vasos de chupito desperdigados por el suelo.
—He encontrado a dos más —anuncia Mike mientras nos acerca al círculo. El grupo da lo que únicamente puede describirse como un bramido etílico.
Lauren inmediatamente tira de Cullen para que se siente a su lado y le pasa una bebida. Mike se sienta junto a mí. Riley nos sirve un chupito de color marrón. Cullen se lo toma de un trago y rechaza un segundo mascullando algo sobre que tiene que conducir. Es irónico que siendo uno de los pocos de nuestra clase que es mayor de edad sea el único que no bebe.
Al tomarme el chupito me pongo a toser como si hubiera tragado ácido. Todo el mundo se echa a reír y empieza el juego.
Trato de concentrarme, pero como la verdad es que no conozco las reglas, acabo bebiendo un montón.
Demasiado.
Al cabo de un rato, todo me hace gracia. Todo el mundo es guapo. Me dan ganas de abrazar y besar a todos por ser tan simpáticos, monos y graciosos.
Luego hay música. Fuerte y martilleante. Alguien tira de mí para levantarme. Mike.
Me rodea con sus brazos, así que yo hago lo mismo e intento bailar, pero lo único que consigo es moverme arrastrando los pies. A Mike le trae sin cuidado. Es cariñoso y me roza de arriba abajo la garganta con su nariz.
—Hueles muy bien, Bella.
Sonrío porque me hace cosquillas. Porque es dulce. Porque me gusta la manera en la que me abraza. Sonrío mientras me sujeta, pero noto que el cuerpo me pesa.
Entonces pone los labios donde tenía la nariz y me estremezco. Pero algo va mal.
La habitación se inclina. Me echo hacia atrás. Digo para mis adentros que no estoy buscando a Cullen, pero no es cierto.
Hay gente bailando y riendo por todas partes. Enrollándose.
Veo a Cullen al otro lado de la sala, sentado en un sofá tomando una Coca-Cola. Lauren está hablando con él y tocándole de una manera que viene a decir: «Te dejo que me hagas lo que quieras». Pero él no la escucha; me está mirando, y ahora me estremezco muchísimo más.
No quiero que me haga sentir cosas, de modo que me giro hacia Mike. Me está acariciando la espalda. Me gusta.
Tiene la cara a pocos centímetros de mí y esa mirada en sus ojos. La que dice que me desea.
Siempre he anhelado que un chico me mire así. Ahora que uno lo hace, lo único en lo que puedo pensar es en la cara de pocos amigos del fondo de la sala.
—Bella, quiero besarte.
Parece escudriñar mi rostro en busca de una respuesta. Tengo ganas de que me bese, pero creo que es por el alcohol.
La voz de Rose suena en mi cabeza diciéndome que deje de ser una mojigata y que me lance.
Mike clava la mirada en mi boca mientras se acerca más y más, y yo estoy demasiado cachonda y borracha.
Entonces Mike se pone a besarme y una parte de mí desea corresponderle, pero no puedo. Me aparto de él.
—Mike…
Sonríe y agacha la cabeza.
—Lo siento —digo. Creo que debo de estar tarada por no besarle, porque es guapísimo y un encanto.
Niega con la cabeza.
—No pasa nada.
—Me apetece, de verdad… —explico, arrastrando las palabras, pero con sinceridad.
—Sí, pero me da la sensación de que te apetece más besar a otro.
Me toca la mejilla y no me da ocasión de decirle que se equivoca antes de verle desaparecer escaleras arriba.
La música cambia y hace que el suelo se mueva tanto que tengo que sentarme.
Voy haciendo eses hacia los sofás. Da la impresión de que están lejísimos.
Alguien me agarra del brazo y me guía. Sin mirar, sé que es Cullen. Riley aparece por otro lado y se ríe.
—¡Swan, estás muuuuuy jodida! Risas de hiena por todas partes.
Las manos cálidas tratan de abrirse paso a empujones hacia el sofá, pero Riley me vuelve a pasar la botella y sería de mala educación no beber. Doy una palmadita a las serviciales manos y cojo la botella.
Doy un sorbo y hago una mueca. Es repugnante, pero increíble.
Todos se ríen, y yo también. Demasiado fuerte. Demasiado estridente. Mi yo pedo se ríe como una tonta de remate.
—Vale, ya está bien, ya ha bebido suficiente.
La voz de Cullen. Áspera. Suena como la de mi padre.
—Tronco, nadie la está obligando a tragar. Ya es mayorcita.
—Pásale la botella a otro, Biers. Ya.
Doy un traspié y todo el mundo suelta una risita. Es obvio que la Bella pedo es graciosísima.
Ahora veo todo borroso. Tardo demasiado en parpadear. Al perder el equilibrio me vuelven a sujetar las manos cálidas.
—Por lo que más quieras, Swan, ¿por qué no te sientas antes de que te caigas?
Voz malhumorada. No le gusta la Bella pedo. A la Cassie pedo le importa una mierda, joder. Risitas.
Acabo de pronunciar la palabra con «J». Mentalmente. Qué traviesa la Bella pedo.
Me dejo caer en el sofá. Es mullido, y estoy cansada. Hecha polvo.
Me apoyo contra su cuerpo. Duro y cálido. Huele bien. Ladeo la cara para oler mejor. Camisa de algodón. Hombro. Agarro y olisqueo. Qué agradable.
—¡Hay que joderse! —Voz masculina. Sensual.
Sigo tirando. Tiro del cuello de la camisa para acercarme. Debajo hay piel. Tibia. Se estremece bajo mis dedos.
—Por Dios, Swan… —Su voz ya no revela enfado. Es distinta. Suplicante—. Basta.
—No. Me gusta. Huele bien.
Quiero más calidez así que me subo a su regazo. Rodeo con mis piernas sus caderas. Mi nariz en su cuello. Mis manos en su cabello. Es tan agradable.
—¡Joder! —Me aparta de un empujón y hago un mohín.
Le miro a la cara. Se pone guapísimo cuando frunce el ceño.
—Swan, basta. Estás borracha.
Me dejo caer hacia delante.
—Por favor —digo al tiempo que me acurruco contra su cuerpo—. Solo quiero dormir un minuto…
Vuelvo a acurrucarme contra su cuello. Aspiro la fragante y cálida piel masculina.
Noto su tensión debajo de mí, pero yo me encuentro a gusto. Huele de maravilla.
—¡Eh, no os lo perdáis! —Chsss, Riley. Más bajo—. Swan por fin ha encontrado la manera de poner nervioso al imperturbable Cullen. ¡Creo que se ha puesto colorado!
Más risas.
Susurro: «Chsss» y mis labios rozan su cuello. Gime y me dan ganas de volver a hacerlo.
—Biers, eres un gilipollas. —Aunque habla en voz baja, aún suena demasiado fuerte. Trato de taparle la boca con la mano, pero la aparta—. Ha bebido demasiado y va a vomitar.
—Está estupendamente, tío. Fíjate en esa sonrisa. Está desatada. No me quejaría si estuviera en tu pellejo.
Que todo el mundo se calle. Solo quiero dormir.
Gimo y hundo más la cabeza contra el cuello de Cullen. Él intenta escurrirse.
—Tráele agua antes de que te dé una patada en el culo. —Su pecho vibra contra mis tetas cuando habla. Es una sensación agradable. Masculina.
—Vale, vale, por Dios, tranquilo, tronco.
Me acurruco.
—Dejadehablar. Chsss. Necesito dormir.
—Swan. —Su tono es más suave, menos malhumorado—. Tienes que despegarte de mí. Por favor.
—Noquiero. Me gusta. —Deslizo la mano bajo su camisa. Bonitos músculos. Muy bonitos.
—Joder, Swan. Por el amor de Dios, para antes de que cometa un verdadero disparate.
Me pone las manos en las caderas para intentar moverme. Me muevo, pero no me despego. Empujo hacia abajo.
Lo noto contra mí. Duro. Dios. Muy duro. Vuelve a gemir con su cara en mi cuello.
—Hostia…
Mi cuerpo entero arde. Ansía. Desea. Me restriego contra él.
Maldice y se pone de lo más sexy. Tiene los labios pegados a mi oreja.
—Bella, así no. —Me agarra de las caderas para inmovilizarme—. No, porque estás borracha y no lo recordarás mañana. Para.
Ardo de deseo, pero no deja que me mueva.
Estoy por los suelos. Derrotada.
—Bella, mírame.
Ojos abiertos. Ay, mal hecho. Todo se tambalea. Me mareo.
—¿Bella?
El mundo se inclina. Él me observa. Preocupado.
—¿Bella?
—Nomencuentromuybien.
De pie. Casi me caigo. Sus manos encima. Fuerte. Ardiente.
—Mierda. Despacio, mujer.
—Estoybien.
Me suelto. Cruzo el pasillo tambaleándome.
El baño. Puerta cerrada. Váter demasiado lejos. Avanzo a gatas hasta él. Estómago del revés, boca abierta.
Una explosión de líquido marrón y nachos. Al subir arde tanto como cuando bajó. Mi estómago se contrae hasta que ya no queda nada, y me siento cansada. Cansadísima.
Cierro los ojos. Hay remolinos negros y grises, y voy en una barca en plena tormenta que se balancea e inclina.
Cuando abro los ojos, me está cogiendo en brazos para sacarme de un coche. Tiene mis llaves y en cuanto abre la puerta dejo escapar un quejido. Después me encuentro delante del váter, vomitando mientras él me sujeta el pelo y me pasa la mano por la espalda. Me pongo a llorar angustiada y asqueada mientras él me tranquiliza y me limpia la cara con una toalla de mano fría.
Luego me mete en la cama. Los remolinos oscuros se ciernen sobre mí y me desvanezco.
Al despertar, me duele todo. El sol me deslumbra. Un dolor punzante me aguijonea desde los globos oculares al cerebro. El estómago me da retortijones y tengo la barriga como si hubiera hecho mil abdominales.
Gimo y me cubro la cabeza con la almohada, pero unas manos la apartan. Al entreabrir un ojo veo a Cullen a mi lado ofreciéndome agua y paracetamol.
—Tómate esto. —Incluso hablando en voz baja, resulta demasiado fuerte para el martilleo de mi cabeza.
Trato de incorporarme, pero me duele demasiado. Me pongo de costado y me bebo el vaso de agua entero con las pastillas. No sirve de nada para mitigar el espantoso sabor de mi boca. Me dejo caer sobre la almohada.
Debo de haberme quedado dormida de nuevo porque al despertar percibo un olor a beicon y oigo a alguien trajinando en la cocina.
Voy dando tumbos al baño y hago pis como nunca en mi vida. La tentación de una ducha tibia es demasiado fuerte como para resistirme, así que me quito la ropa y me coloco bajo el chorro hasta que me siento más o menos persona. Me lavo el pelo y me froto el cuerpo; luego me envuelvo en una toalla y me cepillo los dientes y la lengua. Dos veces.
Cuando termino me siento un poco mejor. La cabeza aún me martillea y tengo el estómago revuelto, pero soy persona.
Al abrir la puerta del baño me topo con Cullen. Se fija en mi pelo mojado y en mi cuerpo liado en la toalla antes de mirarme a la cara.
Carraspea.
—Esto… Hola.
—Hola. —Resulta tan raro verle en mi apartamento que me pregunto si sigo borracha como una cuba.
—Yo…, humm…, te he preparado algo para comer —dice, y se mete las manos en los bolsillos.
Frunzo el ceño.
—No tenemos comida.
—He ido a comprar algo. Deberías comer. Te sentirás mejor.
—Vale.
Se queda inmóvil cuan alto es junto a la puerta, mirando y mordiéndose el carrillo.
—¿Cullen?
—¿Mmm?
—Si te apartas para que pueda ir a mi habitación a vestirme…
—Ah…, claro.
Se da la vuelta y regresa a la cocina.
Echo mano de ropa deportiva y me paso el cepillo por el pelo. Enseguida me siento en nuestra diminuta mesa de comedor con Cullen. Ha preparado huevos con beicon y patatas salteadas con cebolla. Tengo delante una taza de café y un vaso de zumo de naranja. Es una situación de lo más extraña.
—Mmm…, caramba —digo—. Esto es…, guau. ¿Has…, has hecho hasta patatas con cebolla? ¿Así como así?
—Sí —responde, y se lleva a la boca un poco de huevo—. No es para tanto.
—Puede que para ti no. Yo ni siquiera sé hervir agua sin receta.
Me observa y, a pesar de que mi estómago se resiste a entusiasmarse con comida, como.
—Mmm… —farfullo con la boca llena de patatas con beicon—. Esto está buenísimo.
—Mi madre es chef autónoma. Me ha enseñado cosas. —Se encoge de hombros y sigue comiendo. De vez en cuando levanta la vista hacia mí con su oscura e indescifrable mirada.
Cuando terminamos recoge los platos mientras me tomo tranquilamente el café. Me quedo mirándole el culo sin querer mientras lava los platos.
No debería mirarle el culo. Así no vamos por buen camino. No obstante, se está mostrando muy amable conmigo, de modo que decido mostrarme amable con su culo permitiéndome apreciar lo buenorro que está en vaqueros.
Se da la vuelta para apoyarse contra el fregadero y, de improviso, centro toda mi atención en su entrepierna.
Me pilla mirando. Agarro el café y le doy un enorme trago, pero se mete por donde no debe. Me atraganto y toso.
—¿Estás bien?
—Sí. Disimulo.
Con razón nunca he tenido novio.
—Oye… —dice, y señala hacia mi teléfono, en la encimera—. Tu compañera de piso ha llamado para ver cómo estabas y para decirte que llegará más tarde a casa.
—Ah, ¿sí?
—Ha dicho que te pregunte si tiene que hacerte la colada el resto del mes.
Sonrío.
Bueno, sí que acosé sexualmente a Cullen. A pesar de que no nos besamos ni nada, me pregunto si eso contaría como echar un polvo para Rosalie.
Me sonrojo al pensar en ello.
—Oye, Cullen, lo de anoche…
—Sí, eso. —Me interrumpe al tiempo que se frota los ojos—. ¿Cómo demonios te dio por beber tanto? Podías haber sufrido un coma etílico.
—Estaba —intentando ser algo que no soy— intentando pasarlo bien. —¿Lo pasaste bien vomitando como una cosaca? ¿Fue divertido?
Niego con la cabeza.
—Durante un rato me sentí bien. A la gente le hacía gracia.
—Eso es por el careto que tenías y porque estabas sobando a todos los tíos de la sala.
—A todos no —replico a la defensiva—. Solo a Mike. Y… a ti.
—Sí, bueno, da igual —masculla—. ¿Qué pasa con Mike y contigo? Te pones a besarle y al minuto siguiente te me echas encima.
—Yo no besé a Mike. Me besó él. —Cuestión de semántica.
—De todas formas, no se le puede llamar beso.
—Entonces supongo que cuando te emborrachas te pones cachonda.
—No estaba cachonda —replico, indignada.
Uf, estaba muy cachonda.
—Pues desde luego era la impresión que daba desde donde yo estaba sentado.
—Estaba…, en fin…, estabas allí y yo estaba…, pues…
—¿Cachonda?
—Borracha, y por eso ocurrió. Por ninguna otra razón. Normalmente no me comporto así. Y mucho menos contigo.
—Porque me odias.
—Exacto.
—Y sin embargo me deseas.
—¡¿Cómo?! ¡No!
—Sí.
—Son imaginaciones tuyas.
—Oye, eras tú la que me olisqueabas y me besabas el cuello y te apretabas contra mi…, bueno…, contra mí. Si no fuera un caballero, seguramente nos habríamos puesto a follar allí mismo delante de todos nuestros compañeros.
Sus comentarios son ridículos, pero mi cuerpo no lo sabe porque la picazón de deseo que sentí anoche ha vuelto con ganas.
—Cullen, dos personas que se odian mutuamente no…
—¿Follan?
—Tienen sexo.
—Ya lo creo que sí. Ocurre continuamente.
—A mí no.
—Lástima.
Nos quedamos callados. Sonrío y niego con la cabeza. Él frunce el ceño.
—¿Qué?
—Es que no te entiendo. En un momento dado transmites un aire de
chulo, como si por tratarme bien se acabara el mundo, y al minuto siguiente eres un tío encantador que me lleva a casa, compra comida y me prepara el desayuno. ¿Por qué te comportas así?
Se toquetea las uñas.
—Me he pasado la noche haciéndome la misma pregunta.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?
—No tengo ni puta idea.
—¿Un momento de debilidad?
—Evidentemente.
—Puede que, después de todo, seas más un buen tío que un chulo.
—¡Ja! Swan, soy muchas cosas, pero te aseguro que un buen tío, ni por asomo. Si no, pregunta a mis exnovias.
Se le entristece el semblante. Como si me acabara de decir algo sin querer.
Sin darme tiempo a hacer algún comentario, se levanta, se sacude las migas y da un paso en dirección a la puerta.
—Bueno, me piro. Seguramente tendrás cosas que hacer.
—No tengo ningún plan —contesto. Se detiene para mirarme—. Puedes…, bueno…, quedarte un rato si te apetece.
Jamás pensé que ansiaría la compañía de Cullen, pero una parte de mí lo hace. Mucho.
—Yo…, hum… —Se mira los pies—. Oye, tengo que irme.
No me gusta el hecho de sentirme desilusionada.
—Ah. Vale. Bueno, gracias por…, ya sabes, por sujetarme el pelo, por el desayuno y eso.
—Sí, no pasa nada.
Le acompaño a la puerta. Sale y se vuelve para mirarme de frente.
—Bueno, supongo que nos veremos el lunes.
—Sí, supongo que sí.
Al darse la vuelta para marcharse, digo:
—Entonces, ¿vas a dirigirme la palabra la semana que viene o esto ha sido un lapsus transitorio en tu firme propósito de que no seamos amigos?
Se da la vuelta con un esbozo de sonrisa.
—Swan, ser amigos sería… complicado.
—¿Más complicado que lo que puñetas seamos ahora?
—Sí.
—¿Por qué? ¿Acaso se va a acabar el mundo porque pasemos tiempo juntos? —Me observa con expresión intensa.
—Sí. Las aguas hervirán, los cielos se oscurecerán y hasta el último volcán del mundo entrará en erupción, poniendo fin a la civilización tal y como la conocemos. Así que, por el bien de la humanidad…, de hecho, por el bien de todo lo que aprecias…, mantente alejada de mí. —Está tan serio que intuyo que no bromea.
—Edward Cullen, eres la persona más rara que he conocido en mi vida.
Asiente.
—Voy a tomármelo como un cumplido.
—No me extraña.
Mantiene la mirada fija en mí y a continuación menea la cabeza y se dirige a su coche.
Me quedo mirando hasta que las luces traseras desaparecen al doblar la esquina.
Tras cerrar la puerta, me retiro a mi habitación y me meto en la cama. Mientras me acurruco en la almohada, me pregunto con qué Cullen me encontraré la semana que viene: el chulo con un gigantesco chip en el hombro que me enciende la sangre o el encanto que me ha preparado patatas con cebolla como si tal cosa.
Una parte de mí anhela a ambos.
