Disclaimer: nada ni nadie de la saga de JK me pertenece!


Capítulo 4: En el que Emma lleva a cabo el plan

— No — dijo Emma, mirándose al espejo —. No, no, no, no. De ninguna manera. No.

— Me pareció oír que alguien dijo "no" — dijo Maddie, mirando a Emma a través del espejo —. Oh, vamos. ¡Te ves bien!

Emma arrugó la nariz.

— Claro, para el circo — dijo, soltando su cabello que Lily había tomado en una coleta —. ¿Por qué no podemos dejarlo pasar?

Cinnamon levantó la vista de la revista que hojeaba sobre su cama.

— Deja de quejarte — la recriminó —. ¡Le quitas el lado divertido a la vida!

Emma se giró de su asiento y miró a Cinnamon, que sonreía con maldad.

— Por fuera, eres dulce e inocente, rulos — le dijo Emma, con los ojos como rendija —. Pero por dentro… eres pura maldad.

Cinnamon hizo una exagerada inclinación con la cabeza.

— Gracias, gracias — dijo, haciendo ademanes de complacencia —. Sé que los Merodeadores y yo haríamos una buena familia.

— Ni de broma — amenazó Lily desde el escritorio.

— Lo siento.

Emma tomó un cojín de la cama más cercana y se lo lanzó a Cinnamon en la cabeza.

— Y en todo caso — continuó Cinnamon, esquivando el proyectil —, aquí el malo de la película es Black, no yo.

— Y Potter — agregó Lily.

Cinnamon la ignoró.

— Así harás a Black perder su dinero, y de paso golpear su ego. Lo conquistarás, te le insinuarás, y cada vez que esté próximo a ganar la apuesta ¡zas!, le lanzas un balde de agua fría.

Emma se acercó a Cinnamon y se sentó a su lado, con las piernas cruzadas.

— Pero si yo no he sido la primera chica que no ha besado a Black — meditó.

Maddie soltó una carcajada.

— ¿Recuerdan cuando lo intentó con mi hermana? — preguntó.

Las cuatro rieron. Marlene había dejado en ridículo a Sirius cuando lo dejó, literalmente, con la boca estirada en el vestíbulo… en frente de todos.

Marlene no se dejaría doblegar por ese tarado — opinó Cinnamon.

— Y esa chica de Slytherin… ¿cómo se llamaba?

— Rose Andrews — contestó Lily.

Maddie asintió con la cabeza.

— Se preocupó especialmente de hacerle saber a toda la escuela que ella había rechazado a Black.

— De acuerdo, de acuerdo. Yo no seré la diferencia — interrumpió Emma —. Entonces, ¿por qué lo hacemos?

Cinnamon y Lily se miraron con una sonrisa sospechosa.

— Sólo para divertirnos un rato — contestó, golpeando a su amiga con el cojín —. Es nuestro último año, ¿recuerdas?

Emma suspiró, rendida, y volvió a sentarse en frente del espejo. Lily había hecho un enorme esfuerzo para desenredarle el cabello (entre los chillidos de la chica, la pelirroja le había gritado que era una ermitaña que jamás se peinaba). Luego, tomó su preciado maquillaje y se lo había puesto en la cara sin piedad (en palabras de Emma, dejándola como una horrorosa muñeca de porcelana como las de la madre de Lily, a lo que recibió un golpe en la cabeza por parte de la pelirroja).

La chica tomó una toallita desmaquillante y comenzó a pasársela por la cara. Lily levantó la mirada de los deberes de Emma y lanzó un chillido.

— ¡Qué haces! — exclamó, corriendo hacia ella y quitándole la toallita de la mano —. ¡No desperdicié toneladas de mi maquillaje en ti para que lo botes a la basura!

Emma le quitó la toallita de un tirón.

— ¡Si voy a hacer esto, será con mis reglas! — alegó —. Por lo menos en cuanto al físico se refiera. ¿Estamos?

Lily bufó y volvió a sentarse.

— Entonces, prepárate para tener una pésima nota en tu ensayo de Historia…

— ¡Te pagué un galeón!

— Ya, ya, está bien — interrumpió la pelea Maddie —. Tus reglas físicas, Summers, o como quieras llamarlas. Pero — se apresuró, al ver que Lily iba a alegar — aceptarás recibir consejos.

Emma se cruzó de brazos.

— De acuerdo — resopló.

— Por mí está bien — accedió Cinnamon —. ¿Lily?

Lily adoptó la misma postura que Emma, de brazos cruzados.

— De acuerdo — dijo, dando un bufido de indignación.

— Pero Cin… ¿qué te hace pensar que Sirius no se dejará perder la apuesta? — preguntó Emma.

Cinnamon se encogió de hombros.

— Black es muy orgulloso — contestó —. Lo conozco desde antes de la escuela, y lo suficiente para saber que no se rendirá.

Luego, cada una volvió a lo suyo. El plan comenzaría a llevarse a cabo durante la cena, y para eso faltaba aún un par de horas.


Cuando James y Sirius llegaron de Hogsmeade con botellas de whisky de fuego y cerveza de manteca para su baúl de suministros, Remus y Peter estaban sentados en frente del tablero de ajedrez. Remus esperaba pacientemente a que su amigo jugara.

Sirius soltó una carcajada al ver la expresión de Peter, con la lengua entre los labios y el entrecejo fruncido.

— Parece que estuvieras constipado — dijo, entre risas. James y Remus rieron, pero Peter no pareció escucharlo.

— Déjalo, está concentrado — lo recriminó Remus —. Es más, creo que has jugado muy bien, Wormtail.

Mmmh — se limitó a murmurar Peter —. F-6 alfil — ordenó.

Sirius se lanzó a un sofá. James se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá.

— ¿Cuándo será la próxima luna llena? — preguntó Sirius, desenvolviendo una varita de regaliz.

— El viernes — contestó James, despeinando su cabello —. El mismo día del primer partido.

— El temido debut de McKinnon — dijo Sirius con voz tenebrosa, como si se tratara de una historia de terror —. Es demasiado tiempo — agregó.

— ¿Bromeas? Son cinco días —. James suspiró y tomó un libro que estaba sobre la mesa —. Mientras, podrías utilizar el tiempo en estudiar para los EXTASIS.

Sirius bufó.

— Yo no necesito estudiar — contestó, recostándose sobre su espalda.

James lo miró con una ceja alzada.

— No deberías confiarte tanto. Sabes que es difícil entrar a la academia de Aurores, y aún más si no estudias.

— Me subestimas, Prongs.

— ¡Jaque Mate! — chilló Peter, levantando los brazos en señal de victoria. Remus negó con la cabeza.

— No es necesario que lo grites — dijo, levantándose de su silla y dirigiéndose a sus amigos.

James y Sirius abrieron la boca, asombrados. Jamás se hubieran imaginado que Peter le ganara un juego de ajedrez a cualquiera de ellos tres, menos a Remus.

— Iré a buscar algo de chocolate — anunció Peter, poniéndose de pie —. Muero de hambre.

— En diez minutos es la cena — le recordó Remus.

Peter se encogió de hombros y desapareció escaleras arriba.

— Lo dejé ganar — confesó Remus. Sus amigos respondieron con una carcajada.

— No sabía que podías ser tan malvado, Monny — dijo Sirius, revolviéndole el dorado cabello a su amigo —. Estoy orgulloso.

— No es maldad —. Remus le dio un aletazo a Sirius —. Es compasión.

En ese momento, Lily y Maddie bajaron de su habitación camino al Gran Salón. James levantó la vista hacia ellas, y se revolvió el cabello. La pelirroja puso los ojos en blanco.

— Señoritas — dijo James con sorna.

— Te recuerdo que nos vimos hace dos horas, Potter — dijo Lily entre dientes, mientras James se ponía de pie y se acercaba a ellas.

— Y eso me recuerda que tenemos una conversación pendiente. ¿Bajan a cenar?

Lily se detuvo y se cruzó de brazos.

— No, resulta que vamos a regar las flores.

Maddie tiró de la manga de Lily.

— Vamos, pelirroja. Rob me está esperando.

— No te preocupes, McKinnon — James le guiñó un ojo —. Escoltaré a la señorita Evans al comedor.

— Es Evans a secas para ti, Potter — dijo Lily entre dientes.

— Nos vemos —. La rubia sonrió y alzó repetidamente las cejas, mientras se escabullía fuera de la Sala Común.

— Traidora — susurró Lily.

James sonrió, dejando ver una hilera de blancos dientes. Le ofreció caballerosamente un brazo a Lily, pero ésta lo ignoró y caminó hacia la salida de la sala común. El chico se apresuró a alcanzarla, pero la pelirroja siguió ignorándolo deliberadamente.

— Así que, ¿quién era Madame Cupí? — preguntó mientras salían por el orificio del retrato.

— ¡Curie! — chilló Lily.


Como Maddie se había sentado con su novio en la mesa de Hufflepuff, y Cinnamon y Emma aún no bajaban de la habitación, a Lily no le quedó más remedio que sentarse con los Merodeadores. Además, era aún temprano para que la mayoría del alumnado se le ocurriese bajar a cenar. Por lo menos podía mantener una conversación normal con Remus y Stella, que era interrumpida cada cuatro sílabas por James.

— ¿Qué harás al salir de la escuela, Lily? — preguntó Stella.

Lily ya estaba un poco cabreada de que le preguntaran una y otra vez lo mismo, pues era prácticamente lo único de lo que se hablaba entre los alumnos de séptimo. Sin embargo, Stella la miraba con tanto interés que no pudo menos que contestarle en un tono perfectamente normal de voz.

— Aún no estoy muy segura: me gustaría estudiar sanación, o entrar en la academia de Aurores.

James, que en ese momento estaba tomando de su jugo de calabaza, se atragantó.

— ¿De veras? — preguntó, entre toces.

La pelirroja lo miró suspicaz. Sabía que James la había escuchado decir eso al menos una veintena de veces. Claro que nunca lo había mencionado en una conversación directa con él.

— No hagas como si no lo supieras — dijo simplemente, mientras dirigía la vista a su plato, ya casi vacío.

Stella miró a Remus con algo de asombro, como pidiendo alguna explicación. Sabía que Lily era el "amor eterno" de James, y que éste, a pesar de haber salido con otras chicas en el pasado, constantemente buscaba a la pelirroja, y que Lily contestaba, en su mayoría de las veces, con cierta agresividad. Pero nunca le había tocado presenciar uno de aquellos episodios.

James, simplemente, sonrió y siguió comiendo.

— En fin — dijo Stella, tratando de salvar la situación —. Estoy segura de que te irá muy bien en los EXTASIS.

— Gracias — contestó Lily, con una sonrisa un poco forzada.


Cuando los alumnos de Hogwarts por fin comenzaron a bajar al comedor, Cinnamon consideró que era el momento adecuado para llevar a cabo su plan.

— ¿Podrías quedarte quieta? Será divertido.

Emma no dejaba de retorcerse las manos, nerviosa.

— Que sepas que hago esto en contra de mi voluntad.

Cinnamon sonrió, y le tomó el brazo a su amiga antes de que entraran al Salón.

— Ahora, escúchame — murmuró reteniéndola —. Sólo por estas dos semanas, no seas tú.

— ¿De qué hablas? — preguntó Emma, recelosa.

Cinnamon torció el gesto, poniendo los ojos en blanco.

— Sabes a lo que me refiero — contestó —. Sé lo más superficial que puedas. No me mires así — añadió, al ver la expresión de espanto de Emma —. No seas retraída, sé lo más sexy posible, y háblale, por el favor de Dios. Del clima, del ajedrez, de Lily… de lo que sea.

Emma resopló.

— ¿Alguna otra cláusula en el contrato? — preguntó, mientras se acercaban a Lily, Stella y los Merodeadores.

— Sólo una — le susurró —. No me odies —. Y le propinó a Emma tal empujón, que golpeó a Sirius en la espalda y cayó al suelo.

Los no pocos que vieron a Emma caer rieron ante el espectáculo. Emma, de cara el piso, sólo pensaba mierda, mierda y más mierda, mientras trataba de esconder su vergüenza en el concreto. Cinnamon, por su parte, se quedó de pie, esperando sabiamente.

Sirius se puso de pie de un salto, y al voltearse notó que Emma estaba recostada en el piso.

— ¿Emma? ¿Estás bien? — preguntó, reprimiendo una carcajada.

— Por supuesto que no — contestó Cinnamon, fingiendo preocupación —. ¡Ayúdala!

El chico se agachó a su lado, borrando todo rastro de sonrisa de su rostro.

— ¿Emma? — repitió, posando una mano en la espalda de Emma.

— ¿Mmmh? — murmuró la chica, con la cara aún en el piso.

¿Estás bien?

— Mh.

Maddie, que había observado la escena desde la mesa de Hufflepuff, se acercó riendo.

— Ay, Em — dijo, entre risas —. Otra vez en el piso…

Cinnamon le pegó un codazo en las costillas para que se callara.

— ¡Qué esperas Black! — exclamó Lily, ocultando su sonrisa tras su mano, lo que le daba el aspecto de estar verdaderamente preocupada —. ¡Ayúdala a ponerse de pie!

Sin entender mucho la situación, Sirius tomó a Emma de un brazo y la ayudó a incorporarse. Ésta, muerta de vergüenza, se dejó llevar y pronto estuvo de pie otra vez.

— ¡Ay no! — exclamó Maddie —. ¡Emma, tu muñeca!

Emma miró su muñeca, que para ella estaba perfectamente bien, y luego miró a la rubia.

— ¿Qué tiene? — preguntó.

— Ay, pobrecilla —. Maddie se acercó y le tomó la mano a su amiga, fingiendo estudiar su muñeca —. Está rota y no lo sientes.

Emma buscó apoyo en las miradas de sus amigas, pero éstas fingían la misma preocupación que la rubia.

— ¡Black! — exclamó Cinnamon —. ¡Debes acompañar a Emma a la enfermería! ¡Ahora!

Sirius miró instintivamente la muñeca de Emma, y le pareció completamente normal. Sin embargo, posó una mano en la espalda de la chica, obligándola a caminar.

— Tienen razón — le dijo Sirius —. Debería llevarte donde Pomfrey.

— Así es, o su mano explotará — corroboró Lily. Cinnamon y Maddie la miraron con una ceja alzada.

Mientras salían del Gran Comedor, Emma se volteó.

— Las odio — articuló sólo con los labios, mientras sus amigas le decían adiós con la mano, sonriéndole.

Sirius aún no retiraba su mano de la espalda de Emma, como si temiera que se volviera a caer. La chica sonrió para sus adentros ante el gesto.

— ¿Te duele? — preguntó, preocupado.

— No — contestó, intentando zanjar la cuestión. Pero Emma recordó las palabras que le había dicho Cinnamon: no debía ser ella —. Un poco.

Al llegar a un pasillo desierto, a pocos pasos de la enfermería, Sirius se detuvo, y le tomó la mano.

— Veamos, ¿te duele si hago esto? — preguntó con el ceño fruncido, mientras le apretaba suavemente el pulgar. Emma soltó una risita, pues le dio cosquillas.

— Eeeh, algo — contestó, borrando la sonrisa de su cara. Inténtalo mejor, pensó. Este idiota te está utilizando —. Tal vez si aprietas un poquito más…

Sirius ejerció un poco más de presión, a lo que Emma respondió con un jadeo poco ortodoxo. El chico la miró, un poco sorprendido, y Emma aprovechó el contacto visual para morderse el labio inferior.

Sirius pensó en lo fácil que Emma le estaba haciendo el camino para ganar la apuesta. Así que, aprovechando aquel pequeño arrebato, se acercó lentamente a ella. Pero, cuando estuvo a unos pocos centímetros de lograr su objetivo, Emma se giró y siguió caminando. El chico resopló, y la siguió hasta la enfermería.

La estancia estaba casi vacía, a excepción de dos camas que estaban siendo utilizadas: en una, una niña de segundo dormía, y en la segunda, un chico de quinto estaba siendo atendido por la enfermera.

— Esperen un poco — les dijo Madame Pomfrey a Emma y a Sirius, severamente, mientras le aplicaba un ungüento amarillento al chico en la cara.

Emma se sentó en una camilla con un suspiro. Se sentía bastante fuera de lugar, como si la que estuviera allí no fuera ella. Pensó en abandonar la broma que le estaba gastando a Sirius, pero entonces recordó el verdadero motivo: Sirius sólo estaba siendo lindo y amable con ella para ganar una apuesta con sus amigos. Eso la hizo apretar los dientes con enojo, mientras el chico se sentaba en la camilla de al lado. Sigue jugando, se dijo la chica a sí misma. Sonrió con timidez.

— ¿Alcanzaste a cenar? — preguntó, fingiendo preocupación.

— Sí, no te preocupes — contestó Sirius, con una sonrisa.

— Qué bien.

Y una vez más, se quedaron en silencio. La chica se sobrecalentó el cerebro pensando qué demonios decir en ese momento, pero la voz de Cinnamon se hizo presente una vez más, como un eco en su cabeza: No seas tú.

— ¡Lo siento tanto! — exclamó exageradamente, mientras se tapaba los ojos con las manos —. Soy tan tonta.

— No, no… no pasa nada.

— ¡Qué vergüenza!

Sirius se puso de pie en frente de ella, y, tomándola delicadamente de las muñecas, le descubrió los ojos.

— Está bien, en serio.

Emma, con los labios entreabiertos, asintió con la cabeza. Sirius no pudo evitar dirigir la vista hacia sus labios, que parecían llamarlo a acercarse más.

— De acuerdo — interrumpió Madame Pomfrey, oportunamente —. ¿Qué sucedió?

Pareciendo recordar algo, Sirius miró la muñeca izquierda de Emma, que él seguía sosteniendo con la mano. La soltó rápidamente, pensando que le podía hacer daño.

— Este… creo que ya no me duele — dijo Emma a la enfermera, con una sonrisa forzada —. Disculpe… —. Acto seguido, se puso de pie y se dirigió a la salida de la enfermería. Un poco perplejo, Sirius la siguió, escapando de la mirada severa de Madame Pomfrey.

— ¿Tienes hambre? — le preguntó a la chica, una vez hubieran abandonado la enfermería.

— No — mintió —. La verdad es que me gustaría volver a la sala común —. Emma le tocó coquetamente el brazo —. ¿Me acompañas?

Sólo pensar en lo vacía que estaría la sala a esa hora bastó para que Sirius asintiera con la cabeza. Nunca hubiera pensado que Emma era una chica fácil.


Maddie le hizo una seña a Rob para que fuera a sentarse con ellos en la mesa de Gryffindor. Emma había salido recién del comedor, con Sirius tomándola de la espalda, y no podía estar menos satisfecha con el resultado de la primera fase del plan.

— Eres un genio, Rochester — le dijo la rubia a Cinnamon, cuando el resto de los Merodeadores se hubo marchado —. A veces llegas a dar miedo.

Cinnamon sonrió con maldad, mientras se colocaba un rizo detrás de su oreja. La verdad, es que la morena siempre había sido un poco más rebelde y bromista que el resto de sus amigas (aunque Lily le pisaba los talones). Aún era leyenda en la escuela aquella vez en que Cinnamon, en cuarto año, robó Felix Felicis del despacho de Slughorn y lo vendió en el mercado negro de los alumnos. Pero, con el pasar de los años, Cinnamon había calmado su instinto de bromista, dedicando toda esa energía a subir sus notas. Había logrado ser una de las mejores del curso.

Pero aquella parte dormida de Cinnamon había despertado en cuanto oyó de la apuesta de Sirius y James. Cinnamon cuidaba mucho de sus amigas.

— Es bueno para liberar tensiones — contestó —. Lily me tiene nerviosa con sus cátedras matutinas sobre la importancia de los EXTASIS.

— Es por el bien de tu futuro — se defendió la pelirroja, a lo que Cinnamon le sacó la lengua.

— Relájate, Lily — dijo Rob, pasando un brazo por los hombros de Maddie —. Eres la mejor de la clase. ¡Te irá bien!

Por toda respuesta, Lily bufó y se puso de pie.

— Me voy a la cama — anunció, y se marchó antes de que alguien dijera nada.

— Apuesto que va a estudiar — susurró Maddie.

— ¡Te escuché! — gritó Lily desde la puerta del salón.


A esas horas, si los alumnos de Gryffindor no estaban cenando, paseaban por el castillo o los jardines aprovechando los últimos minutos antes de irse a dormir. Por lo tanto, la sala común se hallaba casi vacía.

Emma se sentó en un sofá en frente de la chimenea encendida, y se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja, sin mirar a Sirius, que en ese momento se sentaba a su lado. Éste pasó un brazo por el respaldo del sofá, mientras que pasaba la mano libre por su cabello, fingiendo indiferencia.

— Sirius — murmuró Emma, coquetamente, colocando una mano en la rodilla del aludido y acercándose a él.

El chico se enervó, pensando en lo cerca que estaba de ganar la apuesta. La miró a los ojos, mientras la chica se acercaba más a él. Ya casi sentía los labios de ella sobre los suyos, y las monedas de James tintineando en su bolsillo.

— Me voy a dormir — anunció Emma, de golpe. Se puso de pie —. ¡Buenas noches!

Sirius sintió que, literalmente, le echaban un balde de agua, no fría, si no que congelada en la cabeza. ¿Qué demonios estaba haciendo mal? ¿Habría comido algo apestoso en la cena? Disimuladamente, sopló en su mano y olfateó. ¡Nada!

— Emma — Sirius recordó que la chica se estaba marchando, y se puso de pie de un salto.

— ¿Sí? —. Emma, ya en el segundo escalón, se volteó inocentemente.

¿Qué demonios decía? Se acercó a ella, sin saber muy bien qué hacer. En sus años de experiencia, jamás le había tocado una chica que lo dejara "a mitad de camino" (o bien era aceptado, o bien rechazado). Sin embargo, se sintió intrigado con la actitud de Emma. Además, tenía una apuesta que ganar, y parecía muy cerca de lograrlo.

— Eh… el viernes — dijo, simplemente —. ¿Quieres hacer algo? ¿Después del partido?

Emma resistió el impulso de ponerse a saltar. En vez, se puso la máscara de orgullo (que Cinnamon cordialmente le había prestado) y se encogió de hombros.

— Por qué no — contestó, sonriendo de medio lado. Luego, bajó los escalones y, poniéndose de puntillas, le besó la mejilla —. Buenas noches — murmuró, volviendo a ser ella por un minuto. Y se marchó sin esperar respuesta de Sirius.


Al salir del Gran Comedor, Lily notó que James se hallaba solo en el vestíbulo, apoyando la espalda en la pared. Sentadas en las escaleras, a pocos metros de él, dos chicas de Hufflepuff murmuraban entre ellas, y de vez en cuando levantaban la cabeza en dirección a él.

Lily resopló, procurando pasar por el lado de James sin hacerle caso. Pero, para su buena/mala suerte, el chico la estaba esperando.

— Lily — le dijo, alcanzando a la pelirroja corriendo.

— Evans — corrigió Lily, sin mirarlo.

James se llevó una mano a su cabello y lo despeinó aún más. Lily, que lo observó con el rabillo del ojo, detuvo su rápida caminata.

— ¿Podrías dejar de hacer eso? — exclamó, cruzándose de brazos.

— ¿El qué? — preguntó James, como quien no quiere la cosa.

Lily suspiró y reanudó la marcha.

— Eso que siempre haces. Te despeinas el cabello.

— ¿Y qué? — preguntó el chico. La pelirroja contestó con un bufido —. Bueno, si tú me lo pides…

— No dejes de hacerlo porque yo te lo pido — dijo Lily —. Sólo… deja de hacerlo.

James se encogió de hombros, y puso las manos en sus bolsillos. Luego, siguieron la caminata en silencio, que fue roto por James, que soltó una risa.

— ¿Qué es tan gracioso? — preguntó Lily.

— Nada — contestó James —. Estaba pensando que en todos los años que hemos estado juntos, sólo me has llamado por mi nombre un par de veces.

— ¿Y?

James negó con la cabeza, sonriendo.

— Ambas veces es porque te he pillado desprevenida. Es como si lo tuvieras premeditado.

Lily no contestó.

— Pero… no lo sé — continuó James —. Si estamos en plan de amigos…

— Estás — corrigió Lily.

— ...deberíamos empezar por utilizar nuestros nombres, ¿o no?

La pelirroja no contestó. Habían llegado a la entrada de la torre de Gryffindor. James saludó a la Dama Gorda y le dio la contraseña.

— En fin — dijo, una vez dentro —. Buenas noches, Lily —. Sonrió a la pelirroja y se dirigió a la escalera de las habitaciones masculinas.

— Buenas noches… James — le dijo Lily, sorpresivamente. El aludido se volteó, sin evitar mirarla con sorpresa. Luego, volvió a sonreírle, y se marchó.