IV. Ausencia e Infatuación
–No se los dijiste.
Remus levantó la vista de su libro. –¿Decirle qué a quién?
James se sentó en su cama, frente a Remus, que estaba acostado en la suya. –No se los dijiste a Sirius y Peter acerca de mi - cómo - qué - sobre Lily. ¿Por qué?
Remus cerró el libro, y tirando de él mismo a una posición sentada. –Tú no querías que ellos supieran–, dijo como si fuera la más simple lógica en el mundo. Frunció el ceño. –Pero yo no entiendo por qué no querías que supieran.
James se encogió de hombros. –No quiero que Lily se entere. Cuanta más gente sabe, es más probable que llegue a ella.
–¿No confías en Sirius y Peter?
–¡Por supuesto que sí! Pero en la sala común, con todas esas personas... Cualquiera podía escuchar.
–Les deberías decir. Ellos se enojarán si lo escuchan de alguien más.
–¿Alguien más lo sabe?– James exclamó.
–No que yo sepa. No le he dicho a nadie–, dijo Remus casi desafiante.
–Por supuesto–, dijo James en voz baja. –Lo siento, Remus. Yo no quería acusarte–. -Suspiró. –Por favor, Remus, no les digas. No estoy listo para que sepan.
Remus lanzó un suspiro por su cuenta. –Muy bien. Si es lo que quieres.
–Gracias–, dijo James en serio. –Confío en ti, Remus. Yo sé que vas a mantener su promesa.
Remus asintió con la cabeza, su cara igual de seria. –Lo haré, James. Tú sabes que lo haré.
***
–¿Cómo van en el ensayo de Flitwick?– Sirius preguntó en el desayuno.
–Hecho–, respondió Remus. –Lo terminé anoche.
James parecía escandalizado. –¡No lo tenemos que entregar hasta dentro de dos días! ¿Por qué lo hiciste tan temprano?
–¿Por qué hacerlo hasta el último minuto?– Remus replicó.
–¡James!– Peter se sentó junto a James. Su respiración era dificultosa, como si hubiera corrido a la Gran Sala. –¡Las lecciones de vuelo son hoy!
–¿De veras?– James sonrió. –¡Excelente!
–¿Y me ayudarás a aprender a volar?
–Por supuesto–, dijo James feliz. –Dije que lo haría, ¿no? ¿Cuándo son las lecciones?
–Después de la comida. Estamos con los Slytherin.
Sirius se rió. –¡Brillante! Vamos a poder ver a ese tonto de Snape en una escoba. Espero que sus manos grasientas puedan aguantar.
James se rió con él. –Oh, esto podría ser más divertido de lo que pensaba."
Remus frunció el ceño. –¿Qué te ha hecho a ti Snape?
–¿Lo conoces?– James preguntó.
–Si…
–Con eso basta,– sonrió Sirius.
Peter se echó a reír, pero Remus frunció el ceño de nuevo. Apartó la vista de sus amigos, estudiando su libro de Transformaciones abierto sin verlo. Si James, Sirius, y Peter eran asi de crueles con Snape sin ninguna buena razón, ¿qué dirían si se enteraran de él? Eso nunca podría suceder. Nunca diría ni una palabra.
Adam se les acercó con una sonrisa. –Hola, muchachos.
–Hola, Adam.
–¿Cómo va todo?
–Genial–,James sonrió.
–Perfecto,– Sirius sonrió.
–Es bueno escuchar eso–, respondió Adam. –Mira, Remus, Dumbledore quiere verte durante el almuerzo de hoy.
–¿Por qué?– Sirius le preguntó.
Adam frunció el ceño. –No recuerdo que tu nombre fuera Remus. Estoy seguro de que no es de tu incumbencia–. Se volvió a Remus. –De todos modos, Remus, McGonagall me dijo que te lo hiciera saber.
–Gracias–, dijo Remus débilmente. Estaba seguro de que sabía de qué se trataba, pero no había manera de que les dijera a sus nuevos amigos. Suspiró suavemente. La luna llena - su primera luna llena en Hogwarts – estaba a sólo tres días de distancia.
Remus se negó a ir a la mesa de Gryffindor con los otros niños para el almuerzo. Más bien, se fue a la mesa de profesores, donde la profesora McGonagall estaba sentada sola.
–Profesora, estoy buscando a el profesor Dumbledore,– dijo.
McGonagall lo miró por encima de sus gafas cuadradas .–Cierto, señor Lupin. Lo llevaré a su oficina.
Remus asintió con la cabeza, y la siguió fuera de el Gran Salón.
–Sabes, he estado muy satisfecha con su progreso este año–, dijo.
Remus sonrió levemente. –Gracias.
–Va a ser un mago excelente–, continuó. –Mientras pueda hacer frente a ciertas presiones.
Remus asintió en silencio. Él había estado lidiando con "ciertas presiones" desde la edad de seis años.
Llegaron a la entrada de la oficina de Dumbledore. McGonagall dio la contraseña, y la gárgola que la cuidaba cobró vida, revelando una escalera mecánica. McGonagall introdujo Remus, luego subió detrás de él. Por fin, llegaron a la puerta de la oficina de Dumbledore, que estaba abierta.
–Ah, señor Lupin,– Dumbledore sonrió, dejando su asiento detrás de su escritorio. –Por favor, siéntese. Usted, también, Minerva.– Acercó una silla para él, y se sentó frente a Remus. –Señor Lupin, esta es la Señora Pomfrey,– dijo, indicando al cuarto ocupante de la habitación. –Ella es la enfermera de la escuela.
Remus asintió cortésmente. Él había visto a la Señora Pomfrey antes, pero no sabía su nombre o puesto.
–Estoy seguro que usted sabe por qué está aquí,– dijo Dumbledore, apoyando sus largos dedos juntos.
Remus asintió con la cabeza de nuevo. –Sólo faltan unos días para la luna llena.
–Correcto–, dijo Dumbledore. –Ahora, como le dije a usted y a sus padres durante nuestra reunión durante el verano, ciertas precauciones deben tomarse para garantizar la seguridad de los otros estudiantes.
La expresión de Remus se volvió dolorosa. Odiaba que todo el mundo pensaba que él era un peligro para los demás, y odiaba aún más cuando tenía que admitir que era verdad.
–Hemos tomado medidas para asegurar que usted y los demás estarán a salvo–, Dumbledore continuó. –Ven aquí.
Remus siguió a Dumbledore a la ventana. Dumbledore señaló un árbol a poca distancia del castillo.
–¿Ves ese árbol?
–Sí, señor.
–Se llama el Sauce Boxeador. Sus ramas se moverán para atacar a cualquiera que se acerque lo suficiente para que se sienta amenazado. Lo hemos sembrado este año para proteger el túnel secreto que conduce a un edificio donde se puede transformar. El edificio está asilado y usted estará solo, por lo que no debería haber ningún peligro.
–¿Cómo voy a pasar más allá de las ramas?
–Hay un nudo en la base del árbol. Si usted lo presiona, las ramas se congelan.
–Ya veo.
–La profesora McGonagall llegará a la Torre de Gryffindor a recogerlo en la noche de la luna llena de cada mes a las cinco. Ella lo acompañará al exterior, donde la Señora Pomfrey se reunirá con usted. Ella lo acompañará al Sauce, y lo traerá de vuelta al castillo en la mañana. Usted, por supuesto, será excusado de sus clases el día después de la luna llena.
–Sólo la profesora McGonagall, la señora Pomfrey, y yo sabemos de este plan. Los otros maestros saben de su particular desafío, por supuesto, y que estamos tratando con ello de manera segura. No quiero que la gente sepa más de lo necesario.
Remus asintió. –No le voy a decir a nadie, profesor.
Dumbledore sonrió. –La profesora McGonagall me dice que le está yendo muy bien en sus clases.
–Estoy tratando, señor.
–Como usted nos ha mostrado. Le pido que demuestre ese mismo tipo de dedicación en el trato con sus circunstancias. Se le ha dado una maldición que debe superar. Su mente es lo suficientemente fuerte–. Hizo una pausa, y estudió al joven por encima de sus gafas de luna. Cuando volvió a hablar, fue en voz baja, con compasión y preocupación en su voz. –Buena suerte, Remus.
-------
Remus se saltó el resto del período de almuerzo. No quería que sus amigos lo bombardearan con preguntas que no podía contestar. En lugar de regresar a la Gran Sala, se fue a la biblioteca, donde pretendía leer. Estava realmente ocupado en inventar una historia creíble para decirle a sus amigos.
–Espero que Remus esté bien–, dijo Pedro, mientras los tres chicos caminaban al campo de Quidditch para sus lecciones de vuelo.
–Estoy seguro de que está bien–, dijo James vagamente. Su mente ya estaba surcando en el aire en una escoba.
–Bueno, vamos a verlo en clase,– Sirius dijo. –Podemos preguntarle al respecto después.
Llegaron al campo antes que nadie. Las escobas estaban alineadas en el césped, en espera de ser voladas. James sintió a la emoción correr a través de él.
–Vamos, queremos tener escobas decentes–, dijo.
Remus apareció en el último momento posible, y tomó la escoba que Sirius llevaba para él.
–¿Qué…?– Sirius comenzó.
–¡Señoras y señores, su atención, por favor!– dijo el Profesor Aves, el instructor de vuelo y asesor de Quidditch.
–Shhh–, advirtió James.
El Profesor Aves les mostró la manera correcta de montar y agarrar la escoba. James estaba prácticamente saltando de emoción e impaciencia. Él quería volar, no para sostener la escoba. Luego miró a Peter, que estaba junto a él.
–Peter, cuidado–, murmuró. –Si te agarras así, vas a caer.
–¿Qué debo hacer?–preguntó nervioso.
–Debes…aquí, mira.– James empezó a ajustar el apretón de Peter, con la esperanza de salvar a su amigo de la vergüenza de ser corregido en frente de la clase. El Profesor Aves se aseguraba de dejar a la clase saber quién estaba haciendo lo equivocado.
–Oye–, murmuró Sirius, aplastando el hombro de James, –Snape es el siguiente.
James se volvió de Peter para ver a Snape. El Profesor Aves le decía que arreglara su control antes de que se cayera de la escoba.
–He estado haciéndolo así desde hace años, señor,– dijo Snape en tono desafiante. –Y no me he caído todavía.
–Bueno, ¡pues lo harás!– Aves ladró. –¡Haga lo que le digo, Sr. Snape!
James y Sirius intercambiaron sonrisas malas y satisfechas.
Por fin, se les instruyó que se elevaran. James se fue más alto y rápido que nadie. Mientras el profesor Aves les mostraba diferentes maniobras, James las realizaba con él. Peter lo miró con admiración, Sirius, divertido, y Remus con preocupación. Sin embargo, el James hubo una reacción realmente interés en que se Lily. Para su sorpresa, ella tenía una expresión de disgusto en su rostro. Bajó más cerca de ella, y ella lo miró.
–Presumido–, murmuró.
El corazón de James cayó incluso más rápido que su escoba mientras aterrizaba con el resto de la clase. Después de bajar de su escoba, se unió a sus amigos.
–¿Por qué tan triste?– Sirius le preguntó, mirando el rostro abatido de James.
–Sí, James, ¡estuviste genial!– Exclamó Peter.
–Mira,– Sirius comenzó, –Sé que Snape no se cayó, pero habrá otras clases. ¡Vamos a tener muchas oportunidades para reírnos de él!
James forzó una sonrisa, sus ojos aún en Lily. –Claro.
Remus miró a James y luego a Lily, y supuso lo que estaba sucediendo. James quería impresionar a Lily, pero Lily no estaba impresionada. Suspiró. –Mira, James, ¿no querías preguntar si nos podían prestar escobas para practicar?
–¡Oh, sí!– James se iluminó al instante. –Vamos, vamos a hablar con Aves.
Con James a la cabeza, los cuatro jóvenes se acercaron a donde el profesor Aves estaba recogiendo sus escobas. James miró a sus amigos, que le dieron sonrisas alentadoras.
–¿Er… Profesor?
–¿Sí?– El Profesor Aves levantó la vista, entrecerrando los ojos ligeramente.
–Er… queríamos ver si podríamos sacar algunas escobas para practicar. Queremos probar para el equipo de Quidditch, el próximo año, y queremos estar en forma...– James se calló, dudando.
–Yo no creo que sea necesario que usted practicara, Sr. Potter,– dijo el profesor con frialdad. –Mi respuesta es no.
La mandíbula de James cayó. –¿Qué?
–Le dije que no–, repitió Aves. –Es obvio que no necesita la práctica. Tal vez si usted quiere ayudar a sus amigos, puede hacerlo en clase, en lugar de presumir.
James sintió su mandíbula, caer abierta de nuevo. Remus, dándose cuenta de James era incapaz de hablar, se hizo cargo de lo demás.
–Gracias, profesor–, dijo. –Vamos, James.– Él y Sirius prácticamente arrastraron a su amigo lejos de ahí, los dos sorprendidos por su decepción. Evidentemente habían subestimado cuánto le gustaba volar a James.
–Me llamó un presumido,– James murmuró. –Al igual que Lily.
De repente, todo estuvo claro para Remus. La reacción de James a la proclamación de Aves tenía muy poco que ver con lo que el profesor le había dicho, pero todo que ver con lo que Lily había dicho. Echando una mirada a Sirius, Remus estaba seguro de que no era el único que se dio cuenta de lo que estaba pasando. Una luz de entendimiento apareció en la cara de Sirius.
–Ahora nunca conseguiré lograr esta cosa de volar abajo,– Peter se quejó, regresando a los otros tres chicos de vuelta a su dilema actual.
Un indicio de una sonrisa flotó en el rostro de James. –¿Conseguir lograr volando hacia abajo?– , repitió. –Creo que hemos encontrado el problema, Peter. Quieres ir para arriba cuando vuelas.
Peter frunció el ceño en confusión, pero Sirius se rió.
–No le hagas caso a Potter–, dijo. –Vas a estar bien, Peter. Tengo un plan.
–Ooh,– James sonrió. –Esto va a ser bueno.
Remus miró a Sirius y luego a James. Ahora había una cosa más para ponerse nervioso.
–Entonces, ¿qué quería Dumbledore?
–¿Qué?– Remus preguntó nervioso, con la esperanza de ganar más tiempo.
–¿Qué quería Dumbledore?– Sirius repitió mientras los niños se dirigían a la Gran Sala para la cena.
–Oh–, dijo Remus rápidamente, recordando la historia que había inventado. –Me dijo que mi madre está enferma, y tengo que ir a visitarla.
Los rostros de los tres niños de inmediato mostraron preocupación.
–¿Está realmente tan enferma?– James le preguntó en voz baja.
–Eso dijeron.– Remus se sentía terrible por mentirle a sus amigos, pero no podía decir la verdad. Aparte del hecho de que iba a perder a sus amigos si sabían, le había prometido a Dumbledore que no iba a decirle a nadie lo que estaba sucediendo.
–¿Cuándo te vas?– Peter le preguntó.
– El viernes por la noche–, respondió Remus. –La profesora McGonagall va a venir a buscarme. Vuelvo el domingo, supongo.
–¿Te vas a ir todo el fin de semana?– Sirius le preguntó consternado.
James le lanzó una mirada. –Sirius, su madre está enferma–, dijo entre dientes.
–Cierto. Lo siento, Remus– Le dio una pequeña sonrisa. –Bueno, sólo tendremos que hacer mi plan antes.
–¿Qué plan es ese?
–Mi plan para obtener escobas–. Sus ojos brillaban de emoción.
Los ojos de James se iluminaron con la misma ilusión. –¿Y cómo propones que recuperemos dichas escobas?
Sirius y Remus se rieron de la declaración de James. Peter parecía confundido por un momento, y luego se unió a la risa. Sirius no estaba seguro de que Peter era lento para entender, o se estaba riendo, porque ellos también.
–Está bien,– Sirius dijo por último. –Propongo que tomemos prestadas las escobas.
Remus sacudió la cabeza. –Aves ya dijo que no.
–Aves no necesita saber que las hemos tomado.
–¿Quieres que las robemos?– Remus preguntó nervioso.
–Remus, Remus. Dije tomar prestado no robar.
–Vamos a devolverlas–, dijo James, rápidamente entendiendo. –Una vez que hayamos volado un poco, por supuesto.
–Bueno, vamos a ver si lo entiendo–, dijo Remus. –Vamos a robar cuatro escobas, para volar, luego devolverlas… ¿todo sin ser atrapados?
–Esa es la idea,– Sirius, dijo alegremente.
James sonrió. –¡Excelente, Sirius! ¿Cuál es el plan?
Mientras Sirius hablaba, Remus se puso más y más nervioso. Para cuando Sirius había esbozado el plan completo de principio a fin, tanto él como James llevaba sonrisas idénticos.
–¿Cuándo vamos a hacerlo?– Preguntó James.
–Esta noche,– Sirius respondió con prontitud.
–¿Esta noche?– Remus exclamó. –¿Por qué lo haríamos esta noche?
–No hay momento como ahora–, dijo James con entusiasmo.
–¿Pero que tal si necesitan las escobas esta noche?– Remus preguntó, decidido a ser la voz de la razón.
–No las necesitarán– Sirius, dijo con confianza. –Ya he comprobado el horario. No hay lecciones de vuelo o práctica de Quidditch hasta el viernes por la tarde. Ahora, el viernes habría sido mi primera opción, pero vamos a moverlo a esta noche.
–¿Por qué el viernes?– preguntó Peter.
–Ya que las lecciones de vuelo y las prácticas hayan terminado, nadie va a querer usar las escobas de nuevo.– Sirius sonrió. –Pero hoy en la noche servirá igual.
–Vamos a tener que esperar hasta que anochezca,– dijo James sabiamente, como si rompiera las reglas todos los días. –No queremos que nos vean.
***
–¿Cuándo podemos ir?
–Peter, para,– susurró James. –Sólo intenta concentrarte en este trabajo.
Peter le lanzó una mirada de disgusto.
–Lo sé, preferiría no hacer Transformaciones también,– coincidió James. –Pero si hablamos mucho, nos van a sacar de la biblioteca.
–¿Por qué no nos podíamos quedar en la sala común con Sirius y Remus?
–Sería muy obvio si todos nos fuéramos juntos.– James sentía que había repasado ese tema cincuenta veces. Y ahora estás de acuerdo, Peter, pensó. Coincide conmigo, como lo hiciste todas las otras veces.
–¿Pero por qué sería obvio?– protestó Peter.
Los ojos de James se abrieron con sorpresa. Peter nunca protestaba. –¿A qué te refieres?
–Siempre salimos juntos. ¿Por qué sería obvio que haríamos algo si salimos todos juntos?
James lo miró con asombro. –¿A qué te refieres?– preguntó de nuevo, incapaz de poder decir algo más.
–¿No crees que es más obvio si solo Sirius y Remus están ahí? ¿No será raro que no estemos todos juntos?
James lo miró, boquiabierto. ¿Peter estaba sugiriendo algo para su plan? ¿Sugerencias que tenían sentido?
–Peter, – dijo finalmente débilmente, –¿por qué no dijiste esto antes?
Peter se encogió de hombros. –Pensé que tú y Sirius lo tenían bajo control. Actuaban como si no necesitaran mi ayuda.
Mientras James seguía tratando de formular una respuesta, Sirius y Remus entraron a la biblioteca. Los dos giraron su cuello, buscando a sus amigos.
–Aquí,– susurró James, moviendo sus brazos para atraer su atención.
Sirius lo vio, y le pegó a Remus, apuntando en su dirección. Remus levantó la mirada, y les sonrió. Los dos chicos cruzaron la habitación y se sentaron en la mesa de James y Peter.
–¿Están listos?– preguntó Sirius con una sonrisa
–Absolutamente,– respondió James, feliz de ser liberado de hablar con Peter. –¿Tú?
–Sí,– dijo Sirius. Remus asintió, pero se veía evasivo.
–¿Cómo vamos a hacer esto?– preguntó James. Miró a Peter. –Peter cree que sería menos obvio si vamos todos juntos. La gente está acostumbrada a vernos juntos, así que sería sospechoso si nos fuéramos separados.
–¿Peter dijo eso?– preguntó Sirius, viendo a James y luego a Peter como si estuviera pensando en si debería creer que la idead en verdad había venido do Peter.
–Sí,– dijo James firmemente. –Y creo que tiene sentido.
Sirius frunció el ceño, pensando en lo que James había dicho.
–Estoy de acuerdo–, Remus dijo en voz baja, pero con confianza.
Sirius y James lo miraron sorprendidos. ¿Remus estaba de acuerdo?
–¿Estás de acuerdo?– Sirius le preguntó con sorpresa.
James miró de Remus a Peter, atónito. La primera vez que Peter se atrevía a decir lo que pensaba - para el beneficio del grupo - y luego Remus estaba de acuerdo con romper las reglas? A pesar de que no había dicho una palabra para argumentar en contra de su plan, James y Sirius sabían que Remus había estado desaprobando en silencio todo el día. Ahora, al parecer, había tenido un cambio de opinión.
–Sí–, dijo Remus, esta vez con más convicción. –Estoy de acuerdo.
–¿De veras?– James le preguntó, obviamente todavía recuperándose de las sorpresas de la noche.
–En serio–, reiteró Remus. –Mira, no me gusta la idea de nosotros robando cosas...
–¡Tomando prestadas!– Sirius interrumpió.
–... Pero me gusta la idea de que nos atrapen aún menos,– Remus terminó, haciendo caso omiso de Sirius. –Cuanto más podamos hacer para aumentar nuestras posibilidades salirnos con la nuestra, mejor.
–¡Ese es el espíritu!– Sirius dijo con entusiasmo.
Desafortunadamente, habló en voz bastante alta, y los sacaron rápidamente de la biblioteca. James y Peter reunieron sus libros y notas de Transformaciones, y los metieron en sus bolsas.
–¿Qué debemos hacer con esto?– James le preguntó mientras izaba su bolsa al hombro.
–Llevenlo de vuelta a la Torre de Gryffindor,– Sirius, dijo rápidamente. –De esa manera podemos salir juntos, para reducir la sospecha–, concluyó, mirando a Peter y Remus.
Veinte minutos más tarde, los cuatro muchachos salían de la sala común. James volvió a mirar a Lily, que estaba charlando con su amiga Olivia, antes de seguir a Peter a través del agujero del retrato. Sirius, que estaba detrás de él, notó la molestia luchando contra el afecto en su rostro.
–Así que es Lily, ¿entonces?– preguntó mientras James salía de la sala común.
James se detuvo y se volvió tan rápidamente que Sirius se topó con él. –¿Cómo lo sabes?– Ni siquiera pensó en protestar o eludir la cuestión.
–Es bastante obvio,– Sirius sonrió, cerrando el agujero del retrato detrás de ellos.
–¿De veras?
–Lo adiviné, ¿no?
–¿Van a venir?– Remus llamó. Él y Peter estaban varios metros por delante de ellos.
–Sí, ya vamos–, dijo Sirius, agitando sus manos. Comenzó a caminar por el pasillo. –Vamos, James.
–Espera–. James aún estaba pegado a su lugar.
–¿Qué?– Sirius le preguntó, deteniéndose.
James se acercó a él. –No le dirás a nadie, ¿verdad?
Sirius se rió. –Vamos, Potter, que nos están esperando.– Empezó a caminar hacia sus amigos.
James se apresuró para alcanzarlos. –¡Espera, estoy hablando en serio!
Esta vez, los tres muchachos se volvieron a mirarlo.
–¿En serio de qué?– Peter le preguntó.
–¿No le dirás a nadie?– James imploró, haciendo caso omiso de Peter.
–¿Estás hablando de Lily?– Peter le preguntó.
–¿Cómo lo sabes?– James exclamó, su cara que fue de blanca a roja. Se volteó para hacer frente a Remus con los ojos brillantes. –¡Lo prometiste!
–James, yo nunca les dije.
–Lo supuse –, dijo Peter. –Vamos, James, es bastante obvio. Siempre la estás mirando, esperando a ver qué piensa de lo que has hecho...– Se calló, viendo que los otros tres chicos lo miraban con asombro. –¿Qué?
Remus se recuperó primero. –Creo que nunca nos dimos cuenta de lo atento que eres.
Peter asintió. –Oh, me doy cuenta de las cosas.
Sirius sacudió la cabeza. –Estás lleno de sorpresas hoy.
James finalmente encontró su voz. –Ninguno de ustedes va a decir nada, ¿verdad?
–Tienes mi palabra–, respondió Remus. –Mi promesa sigue en pie.
–No voy a decir nada,– Peter prometió, con su cara mostrando orgullo y emoción de ser incluido e importante.
–Si eso significa tanto para ti,– Sirius, dijo. –Aunque no veo por qué. No he visto a la sangresucia mostrar algún interés en ti.
James y Remus se sobresaltaron tanto como si les hubieran dado una bofetada, y los ojos de Peter se abrieron.
–¿Qué?– Sirius preguntó. –No es como si fuera un secreto que a ella no le gusta. Ella cree que es un presumido, ¡por el amor de Dios!
–No, Sirius, no es eso,– dijo James. –Es que… no puedes ir por ahí diciendo esa palabra, amigo.
–¿Qué? ¿Sangresucia?
–Sirius, eso es un nombre horrible,– Remus dijo en voz baja. –No se puede utilizar de esa manera.
Sirius frunció el ceño. –¿De veras?
–¿No sabías?– Remus preguntó en la misma voz suave.
Sirius sacudió la cabeza lentamente. –Todos en mi familia lo usan...– Sus ojos se oscurecieron. –Bueno, eso es justo ahí. Si todos en mi familia lo utilizan, me habría dado cuenta de lo horrible que es.– Suspiró. –Nunca me oirán usándolo otra vez. Se los prometo. Y prometo no decirle a Lily, James. O a cualquier otra persona, si eso te hace feliz.– Él sonrió, pensando en cuánto le molestaría a su familia saber que su amigo, un sangre pura, estaba saliendo con una niña nacida de muggles,. –Y les deseo toda la suerte del mundo. Espero que ella se enamore perdidamente de ti, y se casen y tengan doce hijos.
James lo miró con recelo. –¿Estás bien?
–Nunca he estado mejor–. Sirius comenzó a caminar por el pasillo de nuevo. –Vamos, vamos a buscar las escobas antes de que alguien más lo haga.
–Sí, muchas personas quieren robar escobas y volarlas en medio de la noche–, murmuró Remus con sarcasmo.
James se rió. –Uno nunca sabe, Remus. Alguien podría estar tan inspirado como Sirius, y tener la misma brillante idea.
–Vamos,– Sirius, dijo de nuevo. –Mantenga sus voces abajo, ustedes dos. Es después del toque de queda.
–¿Desde cuándo?– Peter le preguntó, mirando su reloj.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, el reloj que pasaban intervino, alertando la hora de retraso. James, Remus y Peter saltron, y Sirius sonrió.
–Yo puedo decir la hora, Pettigrew. Vamos, tenemos que encontrar un camino de regreso al campo de Quidditch. No podemos ir a la vista de todos.
Se paseaban por el castillo, en busca de "atajos", como James los llamó. Ninguno de ellos realmente les ahorró tiempo, pero varias vueltas si los salvaron de ser cachados por profesores que caminaban patrullando los pasillos. Por último, lograron salir del castillo.
–Vamos, tenemos que ser rápidos,– Sirius murmuró, mientras se lanzaban desde la cubierta de un árbol a otro en el camino hacia el campo. Miró hacia el cielo, donde la luna colgaba, casi llena. –Si la luna no estuviera tan brillante, esto sería mucho mejor.
Remus temblando como él, también, levantó la vista.
Finalmente llegaron a la oficina de Quidditch, donde se guardaban las escobas. James intentó abrir la puerta, pero se negó a moverse.
–Está cerrada–, afirmó.
–Gracias, capitán obvio–, respondió Sirius con sarcasmo. –Honestamente, uno pensaría que nunca habían visto una varita antes. Muévanse.… Empujó James fuera de su camino, sacando su varita. –Alohomora.
La puerta se abrió, revelando la oficina de Quidditch. Remus, James y Peter miraron a Sirius.
–¿Qué?– , preguntó. –¿Nunca habían visto ese hechizo?– Cogió su pecho en estado de shock simulado. –¡Y me dijeron que provenían de familias de magos!
Remus sacudió la cabeza. –Simplemente no puedo creer que no tengan un encanto más fuerte para bloquear la puerta. Es decir, cualquiera puede meterse.
–Como estamos a punto de hacer. Vamos,– dijo James, pasando por encima del umbral. Hizo una línea de escobas, y comenzó a seleccionar las mejores para utilizar.
Los otros muchachos lo siguieron, mirando por encima de las escobas para ellos mismos. Sirius y Remus seleccionaron las suyas, pero Peter esperó a James para que le entregara una escoba.
–¿Estamos listos?– James lea preguntó, mirando para asegurarse de que todo el mundo tuviera una escoba.
–Eso parece–, dijo Remus.
–Bien–, dijo Sirius. –Vamos antes de que alguien note que la puerta está abierta.
–Créeme, creo que es más probable que alguien note cuatro niños volando alrededor del campo de Quidditch que una puerta abierta–, dijo Remus.
–¡No estropees la diversión!– Sirius se rió. –Vamos.
Los cuatro chicos se fueron, cerrando la puerta detrás de ellos. Caminaron la corta distancia al campo, donde James repasó los puntos más importantes sobre volar con Peter. Mientras hablaba, Sirius se montó en su escoba.
–¡Vamos, Remus, vamos a mostrarle James que sabemos lo que estamos haciendo!– Se elevó, disparándose al aire.
Remus suspiró y luego arrancó, alcanzándolo rápidamente.
–¡Oye, eres bueno!– Sirius exclamó.
–¡Sólo estoy demostrando que sé lo que estoy haciendo!– Remus replicó.
Sirius se rió. –¿Estás viendo, Potter? ¡Lupin y podemos volar tan bien como tú!
–¡No lo creo!– Gritó James. –Vamos, Peter, vamos.
–No creo que esté listo.
–Sí lo estás. Vas a estar bien. Y si te metes en problemas, te ayudamos.– Se elevando, dejando a Peter ninguna otra opción mas que seguir.
Los cuatro chicos recorrieron el terreno de juego, haciendo carreras, y tratando diferentes trucos. Por último, incluso Peter había dominado los fundamentos del vuelo.
–Será mejor que entremos–, dijo James al final. –Si nos quedamos dormidos en Historia de la Magia por la mañana, todo el mundo sabrá que hemos estado haciendo algo.
–No seríamos los primeros en quedarnos dormidos en Historia de la Magia,–Sirius dijo con una sonrisa.
–No, James tiene razón–, dijo Remus. –Es muy tarde.
–Oh, está bien, tú ganas–, admitió Sirius.
Volvieron a tierra, y regresaron a la oficina de Quidditch con sus escobas. Para ponerlas exactamente donde habían estado, asegurándose de que nada estuviera fuera de lugar. Sirius volvió a cerrar la puerta al salir, y comenzaron a correr hacia el castillo.
Una vez dentro, se lanzaron a través de los pasillos, tratando de hacer el menor ruido posible. Tomaron como muchos de los "atajos" que recordaran, y encontraron unos cuantos más. Llegaron a la torre de Gryffindor, donde la Señora Gorda les dio una mirada de reprobación.
–¿Y dónde hemos estado?– preguntó, con el ceño fruncido hacia ellos.
–Valeroso–, respondió James alegremente.
Ella frunció el ceño, y se abrió para que pudieran entrar.
–¡Lo logramos– Sirius-exclamó al entrar en la sala común. Sonrió, viéndose muy orgulloso de todos ellos. –¡Travesura realizada!
Remus lo miró fijamente. –Tuvimos suerte.
–No me arruines el momento, Lupin,– Sirius respondió. –Y ni siquiera trates de decirme que no fue divertido.
Remus sonrió sin poder quejarse. –Sí, fue divertido.
–Y te distrajo de lo de tu madre, ¿no?– James sonrió.
La cara de Remus cayó. James tenía razón. Se había olvidado de su "madre", mientras que estaban ocupados rompiendo las reglas. Pero ahora los pensamientos de todo lo que le esperaba en la noche del viernes volvió con toda su fuerza.
–Lo siento–, dijo James rápidamente. –No debí haber sacado el tema.
–No, está bien. Tengo que lidiar con ello, ¿no?– Remus suspiró. –Tenemos que ir a la cama.
Se abrieron paso hasta su dormitorio en silencio. Remus se veía como si quisiera decir algo, pero esperó hasta que todos estuvieran en la cama.
–He decidido algo–, dijo al fin.
–¿Qué?– Preguntó James.
Remus respiró hondo. –Saben que no me gusta romper las reglas. Pero yo realmente me divertó esta noche. Y me hizo distraerme de... cosas. Por lo tanto, valió la pena el riesgo. Y yo estoy listo para las próxima aventura.
Los ojos de Sirius tomaron un brillo. –¿Así que habrá más aventuras, entonces?
–Oh, no nos vamos a quedar en una aventura–, declaró James. –Eso fue demasiado divertido.
–¡Y nos salimos con la nuestra!– Peter dijo. –¡No puedo esperar para la siguiente!
–Vamos a tener que empezar a planificar,– Sirius sonrió.
Remus le devolvió la sonrisa. Era maravilloso ser incluido.
***
James, Sirius, y Peter estaban sentados en la sala común con Remus, esperando a que McGonagall viniera por él. Remus jugueteaba con las correas de la mochila.
–Sabe, ustedes no tienen que esperarme. Si hay algo que prefieran hacer, siéntase libres.
–No, nos quedaremos–, respondió James. –Yo no tengo nada más que hacer.
Sirius se rió. –Simplemente está enojado porque Lily no lo saludó hoy.
–¿Te pregunté tu opinión?– James dijo malhumorado.
–Tienes que superarlo, amigo,– Sirius dijo. –Ella nunca te dice hola.
–Tienes que admitir, estás luchando una batalla perdida–, dijo Remus.
James suspiró. –No es tan fácil. No puedo darme por vencido.
La Profesora McGonagall apareció en la sala común. –Señor Lupin, ¿está listo para irse?
–Sí, profesor.– Remus se puso de pie, levantando la bolsa. –Los veré el domingo."
–Dile a tu mamá que se sienta mejor,– dijo James.
–Buena suerte,– Sirius dijo solemnemente.
–Buen viaje–, añadió Peter.
Remus le dio las gracias. –Adiós, entonces.
La Profesora McGonagall esperó hasta que estuvieran en la sala antes de hablar. –¿Usted les dijo que su madre está enferma?
–Sí. Tenía que tener una razón para desaparecer.
Ella asintió. –Esa es una historia que puede utilizar de nuevo, sabe. Muy inteligente, señor Lupin.
Remus asintió. No estaba muy dispuesto a conversar, y estaba agradecido de que McGonagall no volvió a hablar hasta que estuvieron afuera, donde la señora Pomfrey estaba esperando, con un palo largo en sus manos.
–Aquí es donde lo dejo–, dijo McGonagall. –Buena suerte, señor Lupin.
–Gracias.
–Por aquí,– la Señora Pomfrey dijo, guiando a Remus lejos del castillo. –¿Hay algo que podamos conseguir para hacer esto más cómodo?
–Nada se me ocurre,– admitió Remus. –No hay mucho que pueda hacer que sea más cómodo, ¿no?
–Nada de lo que hemos oído antes,– la señora Pomfrey dijo con un dejo de tristeza en su voz. –Pero vamos a seguir buscando.
Remus asintió.
Llegaron al Sauce, que inmediatamente comenzó a azotar sus ramas, tratando de mantenerlos lejos. La señora Pomfrey utilizó su bastón para congelar el árbol, y guió a Remus a la entrada del túnel. Era casi imposible de detectar a menos que supieras exactamente dónde buscar.
–Vamos–, dijo, liderando el camino por el túnel.
Al final del túnel, Remus podía ver una mancha de luz. Al acercarse, se dio cuenta que era la entrada de una casa. La señora Pomfrey salió del túnel en una sala de estar amueblada.
–Bienvenido a su casa por una noche al mes–, dijo.
–¿Dónde estamos?– Remus preguntó, mirando a su alrededor con asombro.
–Una casa en las afueras de Hogsmeade,– la señora Pomfrey respondió. –Nadie vive lo suficientemente cerca como para preocuparse, y Dumbledore ordenó que las ventanas y puertas fueran enrejadas. Nadie puede entrar.
–¿Hay un encanto de bloqueo en ellas?
–Las más fuertes que Dumbledore pudo producir.
Remus asintió. –Bien.
–Creo que hemos pensado en todo. Es su casa. Recuerde que si hay algo que necesite, nos los deje saber a uno de nosotros.
Remus asintió con la cabeza de nuevo. Él asintió con la cabeza tanto que estaba empezando a sentir que su cabeza estaba permanentemente moviéndose. –Gracias, señora Pomfrey.
–No es nada, querido. Te veré en la mañana.
Y con eso, desapareció por el túnel, dejando a Remus solo. Suspiró, y dejó su bolsa en la silla más cercana.
–Siéntase como en casa–, murmuró. –Sí, vaya casa. Ventanas tapiadas y puertas para que nadie pueda verme.– Se miró las manos. Todavía eran humanas, pero no por mucho tiempo, estaba seguro. –La gente te teme, Remus. Nadie quiere estar cerca de ti durante la luna llena… ni el resto del tiempo, si saben lo que eres. Supéralo.
La luna, que había ido en aumento en el cielo, salió de detrás de una nube. Barras de luz aparecieron en la habitación, golpeando a Remus. Su último pensamiento antes de que se transformara agradecía que tenía amigos a quienes volver a cuando todo hubieras terminado. Luego el dolor se hizo cargo de que su cuerpo se convirtiera en su peor pesadilla propia y miedo. Estaba solo para tratar con el monstruo en el que se había convertido.
