hola chicas espero que les guste el cap.
realmente bella no parece una prostituta solo que es sexy y no se siente ella, sin embargo esa personalidad logro cautivar a edward, encuanto a lo que es mala no se adelante hacer
juicios todo tienes una esplicacion logica ella solo a actudo asi por que cree tener la razon ya en este cap se van aclarando las cosas y recuernden que bella realmente no es una vulturi
ya que el era su padrasto...
no les adelanto mas sigan leyendo prometo actualizar otra vez en la noche chaoooooooo...
a happy halloween chicas recuerden que hoy es el especial de halloween de los simpson con un personaje basado en nuestro vampiro favorito aunque alli se llame edmundo
Capítulo 4
El sol estaba empezando a ponerse, tiñendo el cielo de tonalidades rosadas y naranjas. Rápidamente, el aire se tomó frío, anunciando así el otoño que no tardaría en llegar. Una ligera bruma surgió de la laguna. Entonces, Edward agarró la mano de Bella. Al sentir el tacto de su piel, ella se echó a temblar de un modo que no tenía nada que ver con la fresca noche.
Él se detuvo sobre un puente que había entre la piazzeta y el canal.
—¿Tienes frío?
Ella asintió. ¿Cómo podía decirle la verdad? ¿Cómo podía decirle que había sido el tacto de su piel lo que le había provocado aquel escalofrío?
—Toma entonces —le dijo.
A sus espaldas, Bella vio las hermosas cúpulas bizantinas de la basílica de San Marcos. La puesta de sol le acariciaba el hermoso rostro y se lo teñía de un ligero color rojizo.
La envolvió con la gabardina que había llevado hasta entonces colgado del brazo. Edward era tan guapo… Mientras se abrochaba el cinturón, no pudo evitar mirarlo, casi con la boca abierta.
Entonces, un grupo de hombres pasó a su lado. Bella oyó un ligero silbido. Se miró y se sonrojó. La gabardina le tapaba justamente el vestido, por lo que daba la impresión de que no llevaba nada debajo.
—Tal vez deberíamos tomar un taxi.
—El restaurante está muy cerca. Al otro lado de la plaza. Vamos —le dijo.
Resultaba increíblemente romántico ver cómo el sol se ponía sobre el Gran Canal, aunque seguían incomodándole las miradas de los hombres que la perseguían desde todas partes. Edward era consciente de ello. La sujetaba con fuerza, mirando con desafío a los demás hombres.
Era como un león dispuesto a luchar, a matar, para proteger a su hembra.
Bella se sintió una vez más muy vulnerable, como una gacela a la que un león estaba a punto de devorar. ¿Qué importaba de qué león se tratara? Miró a Edward. Había algo en él que la asustaba de un modo que no podía comprender. Se decía una y otra vez que era porque no lo recordaba. Si lo hiciera, no le tendría miedo… ¿O sí?
A sus espaldas, vio que una figura los seguía a una discreta distancia.
—Nos está siguiendo alguien —dijo, algo nerviosa.
—Es McCarty—replicó Edward tras comprobar de quién se trataba—. Sólo se acercará a nosotros si es necesario…
—Pero…
—Lo necesitamos. Aunque sólo sea para protegerte de todos tus admiradores italianos.
—Te aseguro que no me gusta su atención. No quiero que me miren.
Sabía que Talos no la creía por completo. En ese momento, decidió que tendría que cambiar su guardarropa.
Entraron por fin en un pequeño hotel, cuyo restaurante daba al Gran Canal. Estaba a rebosar, pero les acompañaron inmediatamente a la mejor mesa. Allí, compartieron una deliciosa cena de risotto de marisco y tagliolini con scampi. La cena en sí resultó una experiencia muy sensual. Mientras terminaba el risotto, sintió que él la estaba observando. Sin poder evitarlo, se echó de nuevo a temblar. Entonces, incapaz de soportar la intensidad de su mirada, apartó los ojos. A través de la laguna, vio una hermosa iglesia cuyas blancas cúpulas estaban bellamente iluminadas.
—Es Santa María della Salute —dijo él—. La última vez te gustó mucho.
—¿La última vez?
—¿No te acuerdas de este restaurante?
—No.
—Estuvimos aquí en nuestra primera cita.
El camarero les llevó el postre, un delicioso tiramisú, pero Bella no pudo probarlo. Respiró profundamente y lo miró a los ojos.
Entonces, él le cubrió la mano con la suya por encima de la mesa.
—Me alegro mucho de haberte encontrado —murmuró, haciéndola temblar—. Me alegro de que estés aquí ahora.
Talos se mostraba tan amable con ella… Bella no lo entendía. Se cubrió el rostro con una mano.
—Debes de odiarme —dijo en voz baja.
Edward se puso tenso de repente.
—¿Por qué dices eso?
Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas.
—¡Por qué no me acuerdo de ti! Eres mi amante, el padre de mi hijo y te estás portando muy bien conmigo. Estás esforzándote mucho por ayudarme a recordar, pero no sirve de nada porque mi cerebro se niega a funcionar.
Las lágrimas comenzaron a caérsele por las mejillas. Consciente de que estaba llamando la atención de todos los presentes, en aquella ocasión también de las mujeres, se levantó de la silla y salió corriendo al exterior.
Edward la alcanzó unos minutos después. Llevaba la gabardina de Bella en las manos.
—Tranquila —susurró. Entonces, volvió a besarla en la sien—. No pasa nada…
—Claro que pasa —replicó ella—. ¿Cómo puedo estar contigo y no acordarme de nada?
—Tienes que calmarte. Esto no puede ser bueno para el bebé… Creo que te estoy presionando demasiado.
—Eso no es cierto. Te has mostrado cariñoso y maravilloso conmigo —dijo ella mientras se secaba las lágrimas—. Es todo culpa mía. Sólo mía. El doctor Black dijo que no había daño físico alguno que me impida recordar. Entonces, ¿a qué se debe esto? ¿Qué es lo que me ocurre?
—No lo sé.
—Tal vez debería regresar a Londres. Ver a ese especialista…
—No. No necesitas médicos. Sólo necesitas tiempo. Tiempo y cuidados. Y a mí. Yo recuerdo lo suficiente por los dos. Cásate conmigo, Bella. Hazme feliz.
Al escuchar esas palabras, Bella sintió como si todo su cuerpo ardiera consumido por un abrasador fuego. Era muy tarde y la noche era mágica. Los turistas caminaban por la calle envueltos en bruma, provocando el efecto de que estaban completamente solos…
Edward iba a besarla… Bella quería que él la besara. Ansiaba que lo hiciera.
Él lentamente bajó la cabeza. Bella sintió que todo su cuerpo vibraba de anhelo, de deseo…
Sin embargo, cuando cerró los ojos y esperó sentir el beso sobre los labios, se encontró de repente a más de un metro de distancia de él.
—¿Qué es lo que pasa, Bella? —le preguntó él en voz baja—. ¿Por qué te has alejado de mí?
—No lo sé, quería besarte, pero, por alguna razón… tengo miedo.
—Y tienes motivos para tenerlo —replicó él, sonriendo.
—¿Qué es lo que quieres decir?
—El fuego que hay entre nosotros podría consumirnos —dijo. Lentamente, le besó todos los nudillos de las manos—. Cuando yo empezara a besarte, no podría parar… Vamos. Es tarde. Vamos a la cama.
¿A la cama?
Las rodillas de Bella comenzaron a temblarle. Comenzaron a caminar hacia el hotel. La cama estaba esperándoles. Se mordió el labio inferior y lo miró de reojo. Era tan guapo y tan fuerte… Sin embargo, más allá de aquella increíble sensualidad, era un hombre paciente. No se había mostrado enojado ni herido por el hecho de que ella no pudiera recordarlo. No. Lo único que le había importado era que ella se sintiera cómoda.
Eso no era del todo cierto. Había querido otra cosa.
Quería casarse con ella. El padre de su hijo, un guapo y poderoso magnate, quería casarse con ella. ¿Por qué no podía aceptar?
¿Por qué no podía dejarle al menos que la besara?
«Y tienes motivos para tenerlo».
De repente, sintió mucho frío.
—¿Me das mi gabardina, por favor? Tengo mucho frío.
—Por supuesto, mi tesoro —respondió él. La envolvió tiernamente con la prenda. Durante un momento, ella se sintió presa de su mirada—. Te llevaré al hotel.
Así fue. A los pocos minutos, se encontraban en el interior de la suite. Edward inmediatamente le soltó la mano. Cuando ella salió del cuarto de baño después de lavarse los dientes, él ni siquiera levantó la mirada del escritorio en el que se encontraba trabajando.
—Gracias por prestarme la parte de arriba de tu pijama —dijo ella, incómoda—. He debido de perder el mío. No había ninguno en mi maleta.
—Siempre duermes desnuda.
—Bueno, yo…
—Quédate tú con la cama —dijo Talos. Se puso de pie y cerró el ordenador. Su oscura mirada era fría y distante—. Trabajaré en el despacho para no molestarte. Cuando esté cansado, dormiré en el sofá.
Bella jamás habría esperado que Talos la tratara como si fuera una invitada.
—¡No vas a caber en ese sofá!
—Ya me las arreglaré. El bebé y tú necesitáis descansar —apostilló. Entonces, se dispuso a abandonar el dormitorio—. Buenas noches.
Edward apagó la luz. Como a Bella no le quedaba más elección, se metió en la cama y se tapó hasta el cuello. Se sentía a la deriva. Triste. Sola.
Suspiró y trató de acomodarse para poder dormir un poco.
¿Por qué no había dejado que él la besara?
Había ansiado saber lo que se sentía al notar la boca de Edward contra la suya. Suspiraba sólo pensándolo y, sin embargo, se había alejado de él.
«Y tienes motivos para tenerlo».
¿De qué? ¿De qué debía tener miedo? Edward era un buen hombre. Su amante. El padre de su hijo. Se había mostrado tan cariñoso, tan romántico, tan paciente con ella… Además, quería casarse con ella.
Tenía que recuperar la memoria por el bien de Edward. Por el bien de su hijo. Por su propio bien.
Se prometió que, al día siguiente, sería valiente. Al día siguiente. Al día siguiente permitiría que él la besara.
Cuando Edward se despertó a la mañana siguiente. Bella no estaba. Se sentó en el sofá. Debía de ser muy tarde. Efectivamente, el reloj que había sobre la chimenea marcaba las once. ¿Dónde estabaBella?
La cama estaba vacía. Vacía y hecha.
¿Había hecho la cama?
Con un gruñido, se levantó y se acercó la cama. Entonces, vio que sobre la almohada había una nota manuscrita. Me he ido de compras. Volveré pronto.
Talos respiró aliviado. No había recuperado la memoria y había salido huyendo. Había ordenado a McCarty que la vigilara por si acaso.
No volvería a escaparse de él.
Bella había salido de compras. Sonrió. Aparentemente, no había cambiado tanto como se había imaginado.
Bostezó y se estiró. Le dolía todo el cuerpo y no sólo porque hubiera conseguido encajar su cuerpo de más de un metro ochenta en un sofá que medía mucho menos. Era por estar tan cerca de Bella.
Escuchando cómo respiraba. Recordando la última vez que había dormido en el mismo dormitorio con ella.
Se mesó el cabello. Le había resultado muy difícil pasarse el día anterior con ella, mostrándose cariñoso. Pasar la noche en la misma habitación de hotel había estado a punto de destrozarle los nervios.
Odiaba el hecho de que aún siguiera deseándola.
Tres meses atrás, era perfecta. Su figura era esbelta, pero con curvas en los lugares adecuados. Sin embargo, en aquel momento, sus pechos de embarazada eran tan turgentes y su cintura seguía siendo tan esbelta, que Bella se había convertido en el sueño de cualquier hombre.
Incluido él mismo.
Había permanecido a propósito en el despacho hasta las tres de la mañana contestando e-mails y llamadas de teléfono referentes a su contrato de Australia. Había estado a punto de dormirse sobre el ordenador antes de entrar en el dormitorio para acostarse en el sofá.
Incluso dormido, no había dejado de soñar con que le hacía el amor a Bella. Se había despertado con una erección.
Lanzó una maldición y trató de estirar el cuello. Le dolía por todas partes. Entró en el cuarto de baño y abrió el grifo de la ducha. Siempre había sabido que Bella era superficial y egoísta, pero le habían intrigado profundamente todas sus contradicciones, que fuera virgen, que jamás le hiciera preguntas ni revelara ninguno de sus sentimientos. Al contrario de otras mujeres, había disfrutado en la cama sin emoción alguna.
Edward se había sentido completamente cautivado por ella. Cuando, en la cama, la empujaba hasta llegar al clímax, los ojos chocolate le habían brillado con repentina vulnerabilidad. Ese hecho le había llevado a pensar que había algo más dentro de su alma. Un misterio que sólo él podía resolver. Había seguido creyendo aquello hasta el día en el que ella se levantó de la cama, rebuscó en su caja fuerte y robó información financiera de gran importancia, que le entregó a Jake Skinner durante un romántico desayuno.
Aquella noche, las acciones del grupo Cullen bajaron casi medio punto, lo que provocó que Edward perdiera casi su empresa entera. Si él no hubiera tenido el recurso de su fortuna personal para respaldar a su empresa, lo habría perdido todo. En vez de comprar pequeñas empresas en apuros, habría pasado a ser uno de los pobres diablos que se veían obligados a vender.
Lanzó una maldición.
Y, a pesar de todo eso, había estado a punto de besarla aquella noche. Había querido poseerla contra la pared de un pequeño callejón una y otra vez, hasta que se hubiera saciado de ella.
Apretó los puños y se metió en la ducha. Dejó que el agua caliente le cayera por su cuerpo desnudo y se enjabonó. ¿Tan malo sería ceder a la tentación? ¿Tan malo sería tomar lo que tanto deseaba?
Recordó la primera vez que saboreó un carísimo whisky escocés.
Sólo tenía diecinueve años y acababa de llegar a Nueva York. Había trabajado muy bien para su jefe, pero aquél era una ciudad nueva. Un nuevo mundo. Llevaba esperando más de media hora en el despacho de Charlie Swan y cada vez estaba más nervioso.
Al final, decidió servirse una copa de whisky. Acababa de dar un sorbo cuando se dio cuenta de que Charkie lo estaba observando desde la puerta.
Mientras se preguntaba si lo iban a despedir en su primer día de trabajo, levantó la barbilla y había observado con gesto desafiante:
—Está muy bueno.
—Es cierto —replicó Charlie—. Bébetelo todo.
—¿Todo? —preguntó Edward, mirando horrorizado la botella. Estaba casi llena.
—Sí. Ahora mismo o márchate de aquí.
Edward se bebió la botella entera como si fuera agua. Sin embargo, su arrogancia se vio castigada cuando se pasó casi toda la mañana vomitando en el cuarto de baño de la oficina, consciente de que el resto de sus compañeros se estaban riendo de él en el pasillo. Cuando por fin regresó al despacho de su jefe, tenía el rostro enrojecido y sudoroso y se sentía profundamente humillado.
—Ahora, ya sabes que no debes robarme —le dijo Charlie—. Ahora, ponte a trabajar.
Edward aún se echaba a temblar cuando recordaba aquel día. No había podido volver a tocar el whisky. Casi veinte años después, sólo el olor lo ponía enfermo.
Así era como deseaba sentirse sobre BellaDeseaba poder liberarse de su obsesión de una vez por todas hasta que no pudiera ni verla.
Hasta que el hecho de pensar en que podía acostarse con ella le resultara tan desagradable como una botella de whisky.
Cerró el grifo y se secó. Sacó la ropa necesaria del armario y se vistió.
Mientras se miraba en el espejo, se juró que jamás se dejaría llevar por la lujuria. No dejaría que Bella volviera a seducirlo. Lo único que quena de ella era su hijo. No descansaría basta verlo sano y salvo entre sus brazos. Hasta que Bella desapareciera de sus vidas para siempre después de que el niño naciera.
Se abotonó la camisa blanca y se miró en el espejo. Se juró que jamás volvería a ser el estúpido necio que había sido meses atrás. No volvería a bajar la guardia. No perdería nunca más el control. Tenía que convencerla de que se casara con él tan pronto como fuera posible.
Aquel mismo día, si podía. No podía arriesgarse a que recuperara la memoria antes de haberla convertido en su esposa. Entonces, la ayudaría a recordar. Cuando naciera el niño, le haría elegir entre dinero o su hijo. No le cabía la menor duda de lo que ella elegiría.
Por ello, aquel día, se comportaría como un enamorado amante. La tentaría. Le susurraría dulces palabras al oído. Poesía. Flores. Joyas. Lo que fuera.
En aquel momento, oyó que la puerta de la habitación se abría y se cerraba. En menos de un segundo, vio a Bella de pie detrás de él. Se quedó boquiabierto por lo que vio en el espejo. Ella le dedico una serena sonrisa.
—Buenos días.
—Bella —dijo él dándose la vuelta sin poder creer lo que veía—. ¿Qué has hecho?
es gusto tatattatatatatatata
soy mala lo se esperen al aprosimo cap chaooooooooooo
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