La noche se había ceñido a Villa Ruiseñor tanto como lo había hecho la tragedia de la tarde. La casa ahora vacía contrastaba tanto con aquella llena de gente horas antes cuando todo había sido felicidad y festejo.

Dejó el vaso de agua a un lado y se miró las manos. A veces, muy a veces, renegaba de haber llegado a aquel lugar que hasta parecía maldito, pero toda idea de marchar o ni siquiera haber puesto un pie allí desaparecía al recordar que no hubiese conocido a Mercedes si no hubiera seguido a Nicanor hasta allí. Y eso no se lo perdonaría nunca. Mercedes era su felicidad, su única razón de despertarse con ganas día tras día y eso no iba a encontrarlo con nadie más. Era ella, simplemente era ella y siempre lo sería.

El teléfono sonó y oyó pasos en la escalera que la distrajeron. Mercedes bajó con el cabello ya recogido y se dirigió hacia el aparato, descolgando y contestando.

- Aló… Hola, sí. ¿Quiere que lo comunique con ella?... Ya, espere – se mordió el interior de la mejilla y suspiró antes de asomarse tras el marco de la puerta –. Bárbara, es Nicanor.

La mujer mayor se puso de pie con prisas y tomó aquel aparato, viendo cómo Mercedes se alejaba y tomaba asiento en el sofá, dándole privacidad. Sin muchas ganas y con algo de nervios aún, contestó.

- Nicanor, hola… Sí, todo está bien. No, yo estoy con Mercedes aún… ¿Tú vas a volver? Ah, no… Bueno – se mordió el labio y observó a Mercedes acomodarse un mechón tras la oreja –. No, yo tampoco voy a volver a la casa. Estoy muy asustada y además Mercedes está sola… - rodó los ojos algo fastidiada y jugó con el cable entre sus dedos – Sabes que no me gusta quedarme sola cuando tú no estás, peor por cómo está la situación últimamente – el pequeño tic de nerviosismo apareció en su boca y trató de calmarse –. Mejor me pasas a buscar mañana, ¿ya? Don Ernesto se fue con la mamá de Isabel y no hay nadie. Los hermanos de Mercedes tampoco están… Ya, nos vemos – y el te quiero que su marido pronunció habrá llegado en algún punto entre que ella alejó el teléfono de su oreja y colgó.

Con pasos algo indecisos volvió donde Mercedes y tomó asiento junto a ella, acariciando su hombro y tomando el vaso con agua otra vez.

- ¿Está todo bien? – los ojos verdes se posaron en ella y tragó el líquido antes de contestar.

- Sí, me quedo contigo – se volvió hacia ella y le tomó las manos, acariciando su piel en busca de traerle tranquilidad –. ¿Estás mejor?

- Sí, estoy bien – asintió y se lamió los labios, mirando alrededor –. ¿Me ayudas a cerrar las puertas y ventanas? No quiero sorpresas y quiero que vayamos a dormir tranquilas.

- Como quieras – le pasó las manos por las mejillas y besó su frente.

Cada una salió por su lado, asegurando las cerraduras y fijándose en que nada quedara afuera. Mercedes subió al primer piso a cerrar las ventanas de los cuartos y cuando volvió Bárbara estaba en la puerta trasera mirando hacia afuera.

- Oye, ¿estás bien?

- Sí, no te preocupes – le sonrió y la castaña se acercó a ella, rodeándola con los brazos y apoyando su cabeza en su hombro –. ¿Quieres cenar algo?

- No, aún no. Tengo el estómago cerrado. ¿Tú quieres?

- No, estoy bien así – le besó la frente y rastrilló sus dedos entre los bucles atados. –. Te queda muy bonito el cabello atado.

- ¿Sí?

- Muy bonito – Mercedes levantó la cabeza y le besó el mentón.

- Si tú lo dices, lo creo.

Bárbara sonrió y le tomó de la barbilla, besando su nariz y bajando hacia su boca con dulzura. Algo en el beso era nuevo, una especie de necesidad de saber que la otra estaba bien. Quizás sólo fuera el susto, pensó la morena mientras mordía suavemente su labio inferior y se apartaba.

- ¿Quieres ir a recostarte un rato? ¿Quieres que ponga música?

- Lo de la música me gusta.

Bárbara la soltó y se dirigió a los discos que estaban acomodados debajo del tocadiscos. Uno que otro le llamó la atención hasta que llegó a uno en particular. Mercedes pasó los dedos por la mesa mientras acomodaba las sillas y sonrió cuando la dulce melodía comenzó a sonar levemente en el aire.

Bárbara se acercó por detrás y la rodeó con las manos, rozando su oreja con la nariz. Mercedes puso sus manos sobre aquellas en su vientre y cerró los ojos, sonriendo envuelta en su calor y la melodía del fondo.

- Quiero tenerte muy cerca, mirarme en tus ojos… - susurró la morena y ambas sonrieron, meciéndose suavemente en el mismo lugar. – Te amo, Mercedes.

- Y yo a ti – volteó el rostro y la miró, encontrándose con su rostro muy pegado –, mucho.

El beso fue suave, despacio, como siguiendo el ritmo de la canción que llenaba el ambiente. Las manos de Bárbara subieron por su pecho y Mercedes levantó la mano, sujetándola desde la cabeza. Un suspiro se oyó cuando se separaron y Bárbara acarició su nariz antes de dejarla voltearse entre sus brazos.

- No va a venir nadie, ¿cierto?

- Y si viene nos metemos a la cocina – susurró con complicidad.

Bárbara corrió la silla y la ayudó a subirse sobre la madera, sus manos descansando en la cintura de aquella que la dejaba encontrar su lugar entre sus piernas. La boca de la castaña buscó la suya y le permitió tomarla, viviendo de su calor y su suavidad. Subió las manos por las caderas y buscó el cierre del vestido, rozándolo con los dedos de la misma manera que Mercedes acariciaba su rostro al besarla. Hacerle el amor era su actividad favorita desde aquella tarde donde descubrieron cómo se sentía amar con el alma y el cuerpo. Echó la cabeza hacia un lado y sonrió al sentir su boca redescubrir su cuello, los dedos de la castaña apretándose ahora en sus brazos.

- Te amo…

- Y yo, pequeña – tomó el cierre con cautela y fue bajándolo tranquilamente.

Mercedes sonrió con el labio entre los dientes, rozando el cuello expuesto con la nariz y el aliento. Las manos de Bárbara se metieron dentro del vestido y poco a poco fue abriéndolo, dejando su espalda expuesta. El broche del sostén fue abierto, los dedos acariciando la piel donde ya se marcaba el elástico.

Los besos y mimos siguieron por varios minutos, el calor subiendo de manera calma. No había necesidad de apurar el asunto, tenían toda la noche para hacerlo al ritmo que quisieran. Mercedes tomó su lóbulo entre los dientes y ella besó su hombro desnudo, ambas estremeciéndose ante las sensaciones. Bajó las manos por sus costados y se quedaron en sus muslos, levantando poco a poco la falda. Mercedes sonrió contra su boca y ella la besó antes de bajar hacia los muslos expuestos.

- Me vuelves loca…

- ¿Loca?

- Loquita, Mercedes – volvió a besarla, metiendo sus manos debajo de la tela y levantándola sobre sus caderas.

Mercedes se sujetó a sus hombros y mordió su labio cuando los dedos de la mujer rozaron el interior de su entrepierna, presionando fantasmalmente la tela de la ropa interior. La otra mano de Bárbara se apoyó en su cintura, atrayéndola más al borde. Sus bocas volvieron a buscarse y Mercedes gimió contra ella, las caricias provocando más estremecimientos que hacían que sus piernas se sintieran sin fuerzas. Bárbara arrastró sus labios por su mentón y sus dedos hicieron más presión, frotando, subiendo y bajando. Otro gemido de la joven Möller se oyó y sus dedos se aferraron más fuertes a su cintura; por su lado las manos de Mercedes se sostenían a sus hombros mientras intentaba mantener la compostura. Levantó la mano por su espalda desnuda y tomó el costado del vestido, haciendo que bajara la manga para al fin liberarse de tanta tela.

El pezón erecto fue guardado entre sus labios y Mercedes acarició su cabello, meciéndose levemente contra sus dedos. El calor era dulce, tan lento y abrasador como las caricias que aquellas manos prodigaban. Bárbara presionó la lengua contra la carne sensible y luego le dio un leve golpecito con la lengua, haciendo que siseara entre dientes apretados.

Y una mano se unió a otra debajo de la falda, abandonando su entrepierna para tomar los lados de la prenda interior y tirar de ella. Se alejó de ella lo justo y necesario para deslizar la tela fuera de sus piernas, arañando sus muslos en el camino. Dejando que aquel estorbo cayera a sus pies, tiró de Mercedes más cerca y la ayudó a tumbarse sobre la mesa, levantando la falda y acomodándola sobre su vientre para tener espacio y una vista más cómoda. Inclinándose sobre ella llenó de besos su rostro y su cuello, arrastrándose de nuevo hasta el pecho desatendido. La otra manga tuvo el mismo final que la primera y pronto el vestido entero era una especie de cinturón que se encontraba sobre su estómago y caderas.

Besó sus clavículas y sus dedos buscaron su entrepierna de nuevo; los muslos de la joven se abrían junto a ella como dándole permiso, como pidiéndole que la tocara. Sus ojos se fijaron en cómo los labios de Mercedes se abrían y sus ojos se cerraban cuando comenzaba a estimularla otra vez, lento y agonizante. Estaba húmeda y resbaladiza, tanto como a ella le gusta – tanto para lo poco que llevaban jugando. Apoyó una mano junto al hombro de Mercedes y se mantuvo algo erguida sobre ella mientras los dedos de la castaña se prendían a sus costillas, gemidos agudos escapando de su boca en tanto que las caricias seguían allí abajo, donde parecía ser el punto de inicio del placer que la estaba consumiendo.

Un pequeño grito se oyó cuando los dedos presionaron más fuerte, haciendo círculos rápidos sobre su clítoris hinchado. Sus pliegues cantaban al son de su necesidad derramada, esa que pronto fue de ayuda para que Bárbara se deslizara en su interior.

Clavó las uñas en las costillas de la morena y la miró a los ojos, sus labios imposibles de cerrarse mientras le dejaba oír cuánto le gustaba aquello. Bárbara se inclinó y la besó, manteniendo su boca cerca de la suya. Su aliento se mezclaba con el de Mercedes, los gemidos de la joven danzando en el aire haciendo parte de la orquesta de la canción que se repetía una y otra vez.

- Sí… - murmuró perdida en el vaivén entre sus piernas, Bárbara meciéndose con ella en cada estocada. – sí… - se mordió el labio y sintió la mano de la morena subir hasta tomar la cinta que mantenía sujeto a su cabello, tirando de ella y liberándolo.

Esos mismos dedos se metieron entre sus cabellos y se dejó levantar, apoyándose en los codos mientras se derretía en el beso caliente y húmedo que la mujer le ofrecía. Pero pronto el fuego entre sus bocas se vio opacado por aquel que ardía entre sus pliegues, alrededor de los dedos de Bárbara que ya habían perdido las riendas. Bajó la mano entre sus cuerpos y rozó su clítoris con los dedos, presionando y tratando de mantener un ritmo constante que fue en vano.

Apoyó la cabeza en la madera y Bárbara bajó la frente contra su pecho, respirando contra su piel. Sus pies se entrelazaron tras la cintura de la mujer, casi gritando ante la forma en que sentía a Bárbara desde ese ángulo. La tomó de la muñeca con fuerza, la boca de Bárbara dejando besos en su pecho para dejarle sentir que estaba en todos lados, que estaba con ella. Sus dedos se entrelazaron junto a la cabeza de Mercedes que estaba al borde.

Presionó el pulgar contra su clítoris, moviendo tanto como podía. Los dedos en su muñeca hicieron más presión y la boca rosa sin carmín se abrió, gimiendo desesperada. Mercedes se encorvó contra ella, sus caderas apretándose contra la mesa. El gemido fue agudo y duradero, sus muslos temblando en el alargue que sucedió a la llegada del orgasmo, los dedos moviéndose perezosos dentro de ella en tanto que su clítoris era mimado por un pulgar inquieto. Besó sus clavículas y la base de su cuello, manteniéndose pegada al cuerpo de la castaña. No quería separarse de la fiebre que vibraba en la piel clara pintada con lunares que ella había recorrido con besos muchas veces.

Los dedos de Mercedes soltaron su muñeca y subieron a su espalda, apretándola más contra su pecho. Su respiración era fuerte y agitada, sentía cómo el calor escapaba de su cuerpo y chocaba con el suyo. Lentamente se retiró de ella y arrastró los dedos mojados entre sus pliegues y sobre su pubis, descansando la mano allí mientras levantaba la cabeza y besaba sus labios.

- Vámonos…, vamos a mi cuarto – pidió la castaña, soltando sus dedos para tomarle el rostro. Tenía los labios y las mejillas rojas y las pupilas dilatadas, todo en su rostro mostrando la vulnerabilidad de sus barreras derribadas –, por favor.

- Sí…, que tenemos toda la noche – recordó, bajando la mano sobre su cintura y levantándola en andas.

Entre besos y caricias furtivas, Bárbara se las apañó para llevarla escaleras arriba. Nadie molestaría esa noche, dio por seguro luego de cerrar la puerta de la castaña y apoyarla contra la misma. Nadie iba a impedir que se amaran hasta desgastar sus labios en la piel de la otra.