Los Slytherins y la confianza.


La mayoría de los ambientes, nombres y personajes mencionados en la historia que suenen conocidos pertenecen a la grandiosa mente de JKR. El resto es de mi invención. Por favor, no copiar, adaptar, ni basarse en la historia sin mi permiso.

Disfruten.


Las clases de la tarde solían ser las más abrumadoras. Luego de todo el día recibiendo información, cuando llegaba la última clase realmente se encontraban todos desganados. A pesar de las comparaciones con su madre, Rose Weasley no era la excepción. El sonido de sus pasos se entremezclaba con el gran bullicio que existía en aquellos momentos como usualmente había en ese horario, pues terminaban las clases. Se encontraba algo nerviosa y también muy enojada, no con el rubio, claro que no, pero sí con ella misma. Con ella y sus estúpidas ideas acerca del perdón y las segundas oportunidades. Se había maldecido a sí misma más de cien veces en lo que llevaba del día luego de haber hablado con Scorpius.

Una vez se encontraba fuera del claustrofóbico castillo sus fosas nasales inhalaron el aire fresco. Su bolso se encontraba en uno de sus hombros y se arrepintió de no haberlo dejado en su habitación, pues comenzaba a dolerle por el peso del mismo. No habían acordado un lugar de encuentro pero supuso que su amigo comprendería dónde debían hacerlo. Aunque su mente se encontrara a miles de kilómetros de allí sus pies seguían moviéndose casi por inercia, sabiendo el camino de memoria y recorriéndolo automáticamente.

Se detuvo a varios metros del lago cuando comenzó a verlo más cerca. Sus ojos se movieron hacia uno de los árboles que había casi a las orillas de este. Su vista se oscureció durante unos segundos al cerrar los ojos, tomó un largo respiro y luego soltó todo el aire junto. En menos de dos minutos ya estaba junto a él. Descolgó su bolso de su hombro y lo colocó junto a ella cuando tomó asiento sobre el suave césped. Llevó sus rodillas al pecho, los brazos sobre las rodillas y el rostro sobre los brazos.

Se mantuvo esperando cerca de media hora hasta que finalmente sintió unos pasos casi silenciosos a su espalda. No quiso voltear. No quería verlo. Por Merlín, ni siquiera sabía por qué estaba allí. Scorpius se sentó junto a ella, adoptando la misma posición, y así se quedaron durante bastante tiempo.

Ninguno de los dos miró al otro, ni siquiera de reojo, ninguno emitió palabra alguna y allí quedaron perdiéndose en sus pensamientos. Los dos eran conscientes de que las palabras que dirían, la conversación que tendrían, definirían por completo su relación. Una vez que comenzaran a hablar sería a todo o nada. Estaban por jugarse una relación de años que mucho les había costado mantener debido a los prejuicios que incluso sus propias familias creaban sobre ellos.

Por un momento todo fue como antes. Dos amigos que iban allí a pasar el tiempo. Dos amigos que no necesitaban hablarse porque sus gestos y miradas lo decían todo.

Hasta que él habló.

— ¿Por qué? — preguntó al aire, aunque los dos sabían que la pregunta iba dirigida a ella.

La pelirroja se quedó en silencio unos segundos antes de responder.

—No lo sé —mintió.

Scorpius por primera vez desde que llevaban sentados allí volteó su rostro hacia ella. Se agachó apenas para acercarse más a ella, estudiando su expresión con cuidado, sabiendo que no eran ciertas sus palabras.

—No sabes por qué has dejado de hablarle a tu mejor amigo —afirmó con incredulidad y soltó una risa corta y seca antes de volver a preguntar—: ¿por qué, Rose?

—Sí, lo sé —afirmó ella y tras un suspiro agachó su mirada—, pero simplemente… No lo sé.

El astro sol comenzaba a descender lentamente en el punto justo donde estaba perdida la mirada de ambos. Más allá del horizonte.

—Lo sabes pero, lógicamente, no lo sabes —volvió a hablar el rubio añadiendo esta vez un poco de sarcasmo.

Rose suspiró audiblemente y sus mejillas se encendieron imperceptiblemente.

—Bien, lo sé pero no puedo decirlo —concluyó.

Scorpius volvió a soltar otra risa fría y seca, notablemente enfadado.

— ¿Y por qué demonios no puedes hacerlo? —le preguntó volviendo a voltearse hacia ella.

—Porque no volverás a hablarme luego de eso…

Él levantó una ceja viendo la expresión entre enfadada y avergonzada que llevaba su mejor amiga.

—De todos modos no volveremos a hablar si no solucionamos este… problema ahora —le informó.

Nuevamente ambos se quedaron en silencio. El sol seguía descendiendo a lo lejos, tiñendo el cielo de tonos rojizos y anaranjados, y creando fabulosas sobras en el rostro de ambos.

—Bien, porque no hablaré.

oOoOoOoOoOo

La cena en el Gran Comedor había transcurrido como cada día, tranquila, hogareña y con bastante bullicio debido a las conversaciones y las risas. Sin embargo, para Lily Potter, había pasado entre susurros y explicaciones sin una conclusión concreta. Su hermano la había interceptado cuando había bajado de la sala común hacia el Gran Comedor para cenar. A Albus le habría gustado poder sacarle algo a su hermana para mantenerse informado y aun así sabía que su hermana no mentía cuando le aseguraba que no tenía idea de cómo había llegado a la enfermería. Mucho menos qué había sucedido. Tras casi dos horas de conversaciones variadas, Lily había dejado a su hermano a un lado para salir de la enorme habitación dónde se encontraba la mayor parte del alumnado, no sin antes llevarse un pastelito de chocolate con ella.

Al caminar, sus pasos eran lentos, su cuerpo se hallaba casi pegado a la pared y su brazo estaba estirado con la mano rozando la pared. Sus dedos índice y medio se movían de forma intercalada sobre la pared al mismo tiempo que ella avanzaba, simulando una personita caminando. La mano restante sostenía el pastelito a medio terminar. Su rostro se mostraba de una manera bastante graciosa y peculiar al denotarse a simple vista una expresión algo ida y algunas migas oscuras pegadas de manera aleatoria alrededor de sus labios.

Su mano derecha se desprendió de la pared al mismo tiempo que dejaba caer su brazo junto a su cuerpo, doblaba hacia la izquierda y tomaba un bocado del postre en su mano. Al levantar la vista del suelo se encontró a Lysander conversando con varios alumnos del mismo curso del rubio. Cuando Scamander la divisó, Lily pudo notar que les dirigió unas palabras a sus amigos y luego se colocó a su lado. Pasó el brazo izquierdo sobre los hombros de la castaña antes de comenzar a caminar junto a ella. Minutos más tardes ambos se encontraban charlando amenamente como lo hacía cada día.

—Entonces simplemente me abofeteó y salió corriendo —le contaba el rubio a su amiga, asegurándose de hacerlo con expresiones exageradas y gesticular los hechos con su mano restante.

Lily se carcajeó y negó con la cabeza suavemente, lamentando que la adolescente numero ciento y tantos tuviese el corazón roto por culpa de su amigo.

Abrió la boca para realizar una acotación, más fue interrumpida por una voz grave a sus espaldas.

—Veo, Potter, que ya has conseguido compañía.

Ambos se giraron para encarar a la persona que había hablado, sin separar su cuerpo del otro, quedando Lysander casi pegado a la pared a su derecha. El rubio observó la expresión de la adolescente, bastante confundida y algo ofuscada por la intromisión de un Slytherin, y luego la dirigió hasta la serpiente frente a ellos. Erik se hallaba estacado en el suelo con los brazos cruzados sobre su pecho y una expresión de suficiencia entremezclada con la satisfacción y la arrogancia que caracterizaban su personalidad.

—No es que me interese saberlo, al contrario…

—Entonces vete, Horst —sentenció el gemelo con cansancio.

Lily, tan sólo días atrás, se habría defendido tanto a ella como a Lysander del Slytherin, pero sólo podía sentir una súbita opresión en el pecho que le dificultaba levemente el respirar. Sus ojos se encontraban fijos en los de la serpiente, sin embargo no eran sus ojos verdes los que veía, sino unos oscuros como la noche más tenebrosa imaginable.

Pequeños flashes de la noche en que había desaparecido llegaron a la mente de la castaña como un torbellino de ideas que se acumularon en su cabeza, aturdiéndola momentáneamente y casi mareándola. Por inercia llevó una mano a su cabeza intentando detener la punzadas de dolor que la atacaban.

— ¿Qué me has hecho? —preguntó abruptamente Potter mientras se centraba en la mirada casi macabra del adolescente.

Las cejas de Erik se elevaron y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en su rostro.

— ¿Qué te he hecho? —respondió a su vez con actitud desentendida, evadiendo la pregunta por el momento.

Antes de que ninguno pudiera notarlo habían avanzado varios pasos hacia el otro, quedando a un metro de distancia, y sus miradas chocaban constantemente en una guerra que parecía no querer acabar incluso antes de comenzar. Lysander había pasado a segundo plano, ninguno de los dos le prestaba atención al contrario de lo que hacía el gemelo con la situación a pesar de no desear intervenir. Lily indagaba más allá de lo que intentaba mostrar el castaño por fuera. Erik estudiaba con sumo detalle la expresión de la chica, notando que, aparentemente, no mentía al demostrar que no recordaba lo sucedido. No era de extrañar luego de recordar lo ebria que había estado cuando la encontraron con Thomas.

Unos segundos más tarde, Erik soltó una carcajada sonora que poco tenía de diversión.

—No recuerdas nada —aseguró finalmente el castaño viendo a Lily con una posición más que arrogante, él tenía el control de la situación ahora, el mando que jamás había perdido—. Descuida, nena, no hemos hecho nada que no te haya gustado —mintió Erik sin permitir que su mentira se notara.

La conexión que habían creado ambos jóvenes se vio quebrada debido a la interrupción del tercero.

— ¿Hemos…? —preguntó Lysander al Slytherin decidiendo que, por el rumbo que la conversación llevaba, era hora de intervenir en el diálogo.

—Thomas.

—Flint.

Las voces de Lily y Erik se oyeron al mismo tiempo y, de no ser porque ambos pronunciaron diferentes palabras, podrían haber creado un nuevo tono de voz ante la sincronización.

Una sonrisa cínica y desafiante se extendió en los labios de Horst mientras seguía manteniendo su mirada fija en la de la castaña, como si sólo ella estuviera allí, como si no hubiera nadie más a quién joderle la vida. Lily le devolvió la mirada con la expresión seria, intentando recordar lo que había sucedido, sin embargo todo se volvía negro luego de que resbalara. Lo siguiente eran los ojos oscuros que no sabía a quién pertenecían.

— ¿Qué han hecho? —demandó la castaña con dureza.

La sonrisa del chico decayó un poco sin desaparecer por completo.

—Repito, nada que no hayas deseado —respondió él con sorna en la voz—. De hecho, creo recordar que te ha gustado bastante.

El Slytherin avanzó dos pasos, moviéndose con elegancia, casi parecía deslizarse por el suelo. Lily volteó la cabeza, buscando la compañía de su amigo, sin embargo el pasillo se encontraba tan vacío detrás de ella como lo estaba detrás del castaño frente a ella. Volvió la mirada una vez más hacia el adolescente. Dentro de su mente era un caos de emociones donde la confusión, el enojo y el miedo reinaban sobre el resto de los sentimientos, junto a un importante dolor de cabeza que no parecía querer detenerse.

—La hija del gran héroe del mundo mágico tan… puta.

El rostro de la castaña cambió en un segundo. El enojo le ganó. Sus labios de fruncieron junto a su ceño, las mejillas se sonrojaron con furia y su mirada chispeaba de un enojo casi insano.

—Vuelve a repetir lo que has dicho.

La voz de Lily había sonado demandante y forzada logrando sacarle una nueva sonrisa al de ojos verdes.

— ¿El qué? ¿Qué eres una puta?

La mano de ella se estampó contra la mejilla de Erik, provocando un eco en el solitario pasillo. La expresión del chico cambió tan súbitamente como momentos antes había sucedido con la de Lily quien, a su vez, ahora esbozaba una sonrisa satisfecha. Sabía que tratándose de un Slytherin arriesgaba más que su vida dándole la espalda, aun así lo hizo y, tras un último vistazo, se encaminó a su sala común dejando allí al Slytherin.

Un Slytherin que no sólo se encontraba aturdido, sino también enojado. Y no era una buena combinación.

oOoOoOoOoOo

Los días comenzaron a transcurrir con rapidez y antes de que pudieran notarlo el mes de Septiembre ya había finalizado y el de Octubre ya iba a mitad de proceso. Para el cuartel de aurores las cosas no eran mucho más sencillas que para el resto de los departamentos del Ministerio. Al contrario, últimamente se había vuelto un trabajo bastante pesado y James era una de las tantas personas que podían notar eso.

El otoño había llegado más frío que otros anteriores aquel año, y aunque no llegara a parecerse ni por asomo al clima invernal, el frío igualmente se sentía. James había aprovechado la hora del almuerzo para tomarse un descanso, no sin antes ser autorizado, e ir a almorzar con su primo.

— ¿Cómo va todo, Jamie? —preguntó trivialmente su primo mientras devoraba un trozo de carne que había pedido en el local muggle que habían encontrado.

El pelinegro se encogió de hombros y llevó una patata a su boca. Ambos habían escogido una mesa junto al ventanal, desde allí podía apreciarse casi toda la calle que llevaba a la entrada del Ministerio. El día estaba ligeramente gris pero, por el frío patente, ambos dedujeron que no llovería. Luego de tragar el bocado finalmente James miró a su primo.

—Pues bastante agotador, las jornadas se están volviendo algo pesadas y no me dan tantas misiones como me gustaría —le contó el ojiazul al chico de ojos marrones que tenía frente a él—- Ya sabes cómo es el sistema…

Fred soltó una risotada.

—Claro que lo sé, cabeza de gnomo, nos dan prácticamente el mismo trabajo —dijo el morocho con tono obvio mientras miraba a su primo con expresión divertida—. Me refiero a ti, a tu vida, tú sabes…

—Ya, no empieces con eso que, cuando te pones en niña, luego no paras —concluyó Potter antes de agregar—: y para nenas ya tengo suficiente con Dorotha.

La expresión de Fred se acentuó visiblemente y James se regañó internamente.

—Eso es, ¿qué tal va todo con la rubia?

Aquella pregunta desencadenó una conversación que finalizó con una risa de Freddie y varios bufidos molestos de James varios minutos luego de comenzarla. Los platos aún se encontraban a medio terminar, o al menos el de James, puesto que Fred, como buen Weasley, tenía un apetito voraz.

—Está bien, ya me calmé —aseguró el hijo de George mientras levantaba sus manos a la altura de sus hombros en son de paz—. ¿Cómo está tía Ginny?

James suspiró por milésima vez, intentando calmarse y masticó un buen bocado de su plato de comida antes de responder.

—Allí está, la última vez que hablamos me ha dicho que se siente sola, los enanos están en Hogwarts, papá trabaja, yo estudio, a tío Ron no puede verlo sin terminar en una pelea y a tía Hermione no la ve seguido porque al parecer tiene el doble de trabajo que papá —explicó con una sonrisa algo dolida.

Fred estudió su mirada unos segundos antes de esbozar una mueca, las cosas se estaban complicando un poco en el Ministerio, sabía a qué se refería respecto a Hermione, pues a ella manejaba un alto cargo en el Departamento de Seguridad Mágica.

—Hablando del trabajo… Tengo una amiga que tiene un primo que es conocido de…

James suspiró.

— ¿Puedes ir al grano? —interrumpió con cara de pocos amigos.

—Vale, vale… Al parecer han habido varios magos o brujas que se han aparecido de forma ilegal en Inglaterra y no sólo en traslador, lo que al parecer también involucra menores de edad —finalizó con una sonrisa satisfecha al ver que James ahora tenía toda su atención puesta en él.

— ¿Cómo lo sabes? —preguntó James luego de beber un poco de su copa y enfocando su mirada hacia su primo.

—Un conocido, es fuente confiable, créeme —puntualizó esta vez el moreno.

James asintió una sola vez lentamente mientras bajaba la mirada a su plato pensando en la situación.

—Es raro que papá no haya mencionado nada acerca de esto, él siempre…

—Él siempre está trabajando, James —le interrumpió con un tono suave que pocas veces mostraba el enérgico Fred—. Es lógico que cuando está en casa no quiera hablar sobre eso —explicó como si su primo fuera un niño pequeño—. Además conoces a tu padre, es demasiado… Él, como para darles un motivo de preocupación a ti o a tu madre. Sobre todo a tu madre —finalizó con expresión divertida.

James también sonrió.

El pelinegro se levantó, dejó algo de dinero sobre la mesa y luego de hacerle un gesto a la mesera que los había atendido se dirigió a la salida con su primo siguiéndole el paso. Colocó sus manos dentro de los bolsillos de su túnica de prácticas en busca de calor. Fuera del local el frío se sentía por completo y una considerable corriente de aire acentuaba el frío de aquel día. Fred se colocó enseguida junto a su primo con dos simples zancadas.

— ¿Qué tal van los enanos? —preguntó luego de unos segundos el morocho sin poder soportar mucho más tiempo en silencio.

El otro simplemente se encogió de hombros aunque Fred pudo ver que su expresión mutaba ligeramente.

—Albus es… Albus —comenzó a responder Potter—. Me alegra de haber dejado Hogwarts en buenas manos —bromeó refiriéndose a sus años de merodeador en el castillo—, quién me preocupa es Lily.

El joven de piel oscura a su lado puso los ojos en blanco a lo que James se carcajeó al notarlo.

—No me refiero a eso, idiota —mencionó antes de que Fred lo interrumpiera y luego volvió a poner una expresión inmutable—. En las últimas dos cartas ha mencionado a alguien llamado Erik y creo que es el hermano de Caleb —continuó hablando, viendo que, finalmente, su primo se encontraba tan serio como él—. He hablado con los gemelos y con Al, me han prometido cuidarla, pero tú sabes que la familia de Caleb es algo… oscura.

Freddie asintió comprendiendo a qué se refería.

—Lily será más pequeña que nosotros pero tú sabes qué tan fuerte y hábil es —intentó tranquilizarlo—. James, tú lo sabes —repitió al ver que la expresión seria no se borraba del rostro de su primo y mejor amigo.

—Claro que lo sé, Freddie, pero sigue siendo mi hermanita… Dime, ¿qué harías tú si Roxanne es perseguida por el tal Erik? —preguntó James a su primo.

—Oh, tú sabes que Roxy no es como tu hermana —se defendió a sabiendas que, probablemente, no estaría allí con su primo sino golpeando a un chiquillo menor que él.

Ambos llegaron a la entrada del Ministerio y luego de ingresar, ambos se despidieron con un saludo masculino antes de dirigirse cada uno a su puesto del día. Sin embargo James, a pesar de encontrarse frente a una gran torre de papeles y carpetas confidenciales, tenía su mente trabajando a mil por hora planeando una excusa creíble para colarse en el Departamento de Seguridad Mágica. De algo debía servir pertenecer a la familia que le había tocado.

oOoOoOoOoOo

Mediodía del lunes, al fin había finalizado la clase de Historia de la Magia y, consecuentemente, el peor martirio de Albus Severus Potter. A penas el profesor había dado el visto bueno a sus alumnos para que se marcharan, todos se habían largado del aula como una manada descontrolada, incluido el profesor. Warner no había sido la excepción y lo había abandonado sin dudarlo dos veces aunque sus motivos eran diferentes a los de sus compañeros, al parecer estaba saliendo con una de las amigas de su prima.

Cuando el adolescente de ojos color cielo terminó de introducir sus útiles de estudios dentro del bolso que llevaba diariamente se dirigió a la salida para seguir los pasos de sus compañeros e ir a almorzar algo. Al llegar hasta la puerta, antes de que pudiera salir, alguien más la abrió.

— ¡Lo siento! —exclamó una voz femenina al otro lado de la puerta.

Albus se tomó con una mano el lugar donde había sido golpeado, justo en la nariz y una parte de su frente. El chico de cabellos oscuros soltó una maldición entre dientes soltando su bolso sobre la mesa más cercana. Detrás de la puerta de madera que funcionaba como entrada del aula de Historia de la Magia apareció una joven con el cabello de un tono castaño oscuro y grandes ojos celestes. Albus al verla pensó fugazmente en el hecho de que parecía una Potter más por su apariencia física. Su altura era promedio, algo más alta que su hermana menor pero no tan alta como James o él mismo. Su expresión estaba completamente llena de un sentimiento que reconoció como culpa y eso casi logró hacerlo reír.

—No hay problema —aseguró aun tocándose la frente y brindándole una sonrisa forzada a la chica debido al dolor.

—Claro que sí, estás sangrando…

La voz de la chica sonaba preocupada y también algo asustada, más su expresión había cambiado ligeramente. La chica comenzó a acercarse a Albus y él sólo rogó por que no se tratara de alguna típica adolescente hormonal intentando retrasarlo. Sin embargo la chica subió la varita hacia el rostro de Potter y susurró unas palabras que el pelinegro no llegó a oír completamente. Una leve brisa fresca chocó contra el rostro del moreno, causándole escalofríos en todo su cuerpo. Unos que, por suerte, pudo disimular.

— ¿Qué haces? —indagó Albus cuando reaccionó un par de segundos luego.

—Ya no sangras —respondió la castaña sin despegar la mirada del chico mientras tomaba un asiento frente al escritorio del profesor. Albus nuevamente llevó una mano a su rostro y comprobó que la chica no mentía, su mano estaba limpia—. Soy Anthea…

—Nott, lo sé —completó él asintiendo una vez—. Tus padres y los de Scorpius se conocen, creo.

La adolescente soltó una risa.

—Somos primos, mi madre es la tía de Scorp —explicó con una sonrisa demasiado dulce para tratarse de la hija de dos serpientes, sin embargo Albus no hizo ningún comentario al respecto, le había enseñado a no juzgar a las personas bajo ningún aspecto. No sin pruebas.

—Entonces, Anthea —volvió a hablar Albus mientras tomaba su bolso y lo colgaba en su hombro—, supongo que nos veremos por ahí —mencionó el chico para no sonar descortés aunque en el fondo le diera igual si el hecho sucedía o no.

—Claro, Albus Potter —mencionó con una voz que al chico le pareció algo extraña.

Albus se quedó unos segundos observando a la chica que ya se había volteado hacia el frente y comenzaba a sacar las cosas que necesitaría en su clase. Sacudió la cabeza y finalmente salió de la habitación en dirección al Gran comedor.

oOoOoOoOoOo

La biblioteca estaba completamente vacía a excepción de tres personas. Madame Pince se encontraba leyendo un libro que parecía muy interesante en el mismo escritorio en el que siempre se encontraba, justo al entrar a la biblioteca. Al final del pasillo a la izquierda se encontraba una adolescente de ojos azules, cabello entre rojo y anaranjado, y la piel blanca manchada con pecas.

Rose Weasley había obtenido un permiso para faltar a las clases de la mañana con la condición de que fuera sólo por motivos académicos. La hija de los héroes de guerra había asegurado que así sería y, en cierto modo, no había mentido.

Sin embargo, si te dirigías al final del pasillo a la izquierda, podías notar que un joven de cabellera corta y muy rubia se encontraba allí sentado con una gran cantidad de libros abiertos sobre la mesa que había elegido. Scorpius Malfoy había obtenido el mismo permiso que la pelirroja gracias a la clase de pociones en la que ambos fueron castigados con el doble de tarea que el resto al interrumpir la clase con sus risas y comentarios inapropiados.

Si entrabas e ignorabas el primer pasillo, solo verías la biblioteca vacía. Pero allí estaban, enfrentados, observándose con una complicidad que sólo ellos tenían entre sí. Los ojos de la pelirroja chispeaban de diversión y en sus labios se dibujaba una sonrisa pequeña. Los ojos del rubio rebalsaban de alegría momentánea y sus labios estaban fruncidos en un complejo intento de no permitir que la risa escapara de sus labios.

Antes de que pudieran notarlo ambos se encontraban corriendo en dirección a la salida del lugar. Las carcajadas escapaban de sus labios como consecuencia de una broma jamás dicha en voz alta pero que, al parecer, ellos se sabían de memoria.

— ¡Weasley, Malfoy! —oyeron la voz de Madame Pince a sus espaldas al abandonar la biblioteca.

No se detuvieron.

A través de los pasillos podían oírse las risas de ambos y los pasos avanzando con fuerza y rapidez. El estómago les dolía y la garganta les dolía. Sus pensamientos estaban completamente nublados, si era que aún podían pensar en aquellos momentos. Cuando se dieron cuenta ya se encontraban con el sentimiento de que su aparato digestivo había desaparecido dejando un gran hueco en sus estómagos, el corazón se encontraba en sus gargantas, casi impidiéndoles respirar, y la pelirroja tenía dos lágrimas solitarias en una esquina de sus ojos a punto de ser derramadas. Las expresiones de ambos habían cambiado súbitamente y ninguno lo había notado.

A medida que iban acercándose al comedor del castillo iban encontrándose con más alumnos del colegio. Todo el mundo estaba acostumbrado a la carrera que hacían dos veces a la semana por lo que cuando los veían o los sentían cerca se apartaban del camino o simplemente tomaban otra dirección para no interrumpir la carrera. Nadie sabía a qué se debía, ni siquiera Albus, sólo ellos dos. Era su eterno secreto.

Al doblar el último pasillo pudieron ver la puerta del Gran comedor al final del camino. Ambos aumentaron la velocidad queriendo hechizar al otro para poder ganar y sabiendo que no podían hacerlo. Scorpius se había golpeado una costilla contra una armadura y Rose se había doblado el pie izquierdo al bajar unas escaleras.

Tan sólo un poco más y podrían saborear la victoria de haber ganado la batalla contra el otro. O la pérdida.

Scorpius se adelantó solo un paso y Rose al ver eso dio una zancada que la hizo chocar de pleno contra una de las esquinas de la mesa de Gryffindor.

Había ganado.

A pesar del dolor que sentía principalmente en su pie y estómago soltó una carcajada sintiendo el sabor de la victoria. Un metro más allá se encontraba Scorpius inclinado sobre sus rodillas recuperando la respiración y observándola reírse de él. Quiso soltar una sarta de hechizos hacia la pelirroja pero, como buen Malfoy, decidió ignorar el mismo dolor que sentía la chica y adoptar una expresión inescrutable mientras se dirigía camino a su lugar en la mesa de Slytherin. Al recuperarse de las risas Rose imitó a quien solía ser su mejor amigo, dirigiéndose a su lugar entre Albus y Hugo.

La adolescente limpió justo a tiempo con el dorso de su mano el sudor de su frente y con los pulgares las lágrimas que habían descendido por sus mejillas sin que se diera cuenta. Volteó a su derecha, hacia su primo, y pudo apreciar que éste llevaba un semblante distraído.

— ¿Qué sucede, Al? —preguntó mientras se servía una ensalada mixta y huevos.

Su primo seguía con la mirada perdida, jugando con la comida que había en su plato.

—Albus… —volvió a llamarlo Rose.

— ¿Conoces a Nott? —respondió finalmente Albus sin expresión en su rostro.

— ¿Anthea? —Preguntó la colorada—. No mucho, sé que está en el sexto curso y es de Ravenclaw. Su hermana iba con Jamie y el resto, tengo entendido que estaba algo… Loca —respondió luego de recibir un asentimiento por parte del ojiazul.

Albus se quedó en silencio unos segundos y finalmente le dirigió una sonrisa forzada a su prima en forma de agradecimiento. Se inclinó un poco hacia adelante y llamó a Hugo. El delgado adolescente le hizo una seña con la mano para que esperara unos segundos. Rose cerró los ojos con una expresión de asco sabiendo lo que vendría. Hugo dejó soltar el aire acumulado en su estómago a través de sus labios. Más allá se podía oír fácilmente las quejas de las féminas y las risotadas de los varones.

—Ahora sí, ¿decías primo? —habló el joven hacia su primo con fingido tono serio.

El pelinegro puso los ojos en blanco y rápidamente prosiguió a hablar.

— ¿Has visto a mi hermana?

— ¿Cuál hermana…?

Albus Potter era un chico que adoraba a su familia con su alma, una persona que por ellos daría su vida sin dudarlo. Pero, en momentos como este, no podía evitar las ganas de estrangular a su primo. A veces era simplemente insoportable.

—Pregúntale a Lysander, a mí no me habla hace algunos días, está algo… loca —respondió al ver la expresión de su primo, haciendo una seña en su sien referido al comentario que hizo sobre Lily.

Potter se limpió los labios con una servilleta y, tras darle un beso en la frente a la pelirroja a modo de saludo, se dirigió hacia la salida en busca del gemelo o de su hermana. A quien encontrara primero. Tenía un favor que hacerle a su hermano y a sí mismo.

oOoOoOoOoOo

Las clases del día habían finalizado hacía casi una hora y algunos alumnos habían aprovechado para disfrutar los últimos resquicios calurosos que se presentaban aquel día. Entre ese pequeño grupo de alumnos se encontraba una joven delgada de reconocida cabellera castaña casi negra y grandes ojos azules. En la zona de su nariz y mejillas se podían apreciar algunas pecas de un marrón muy suave, casi imperceptibles.

Lily Potter se encontraba sentada en el césped con el cuerpo recostado sobre un árbol y la cabeza echada hacia atrás. Sus aclamados ojos azules por la población masculina no podían apreciarse debido a que los tenía cerrados. Una brisa refrescante hacía del clima uno más que perfecto. Uno de sus brazos se encontraba descansando sobre su estómago, el otro estaba a un costado de su cuerpo. Su mano cumpliendo la función de mantenerla despierta mientras arrancaba el césped en el proceso. El árbol que había elegido se encontraba apartado del resto en una especie de isla introducida al borde del lago, pegado a la orilla. Nadie iba allí puesto que si te quedabas dormido corrías el riesgo de mojarte al subir la marea, pero Lily no era la clase de personas que se preocupaba por mojarse un poco.

O eso pensó.

Sintió una brisa momentánea algo diferente a la que venía sintiendo y por unos segundos sintió una sombra impidiéndole sentir el Sol. Cuando abrió los ojos pudo notar que algunas gotas de agua la habían mojado. Su vista se dirigió al lago, unos dos o tres metros de donde se encontraba sentada. Alguien se había zambullido. Un cuerpo flotó hacia la superficie, dándole la espalda. Alcanzó a ver que se trataba de un chico, sus manos estaban en su rostro intentando quitarse el agua de allí para poder ver bien y cuando se volteó Lily pudo notar el peligro en los ojos verdes del joven de cabellos castaños.

Tan rápido como pudo la ojiazul se levantó del suelo y comenzó a correr colina arriba para buscar refugio en el castillo, reprendiéndose por haber dejado la varita en su bolso. Sin embargo el chico era por mucho más rápido que ella. Sintió unos fuertes brazos rodearla por la cintura para luego elevarla en el aire. En unos segundos toda la atención estaba centrada en ellos aunque nadie se atrevía a intervenir a pesar de los gritos de ayuda que Lily soltaba.

—No lo hagas, Horst —pedía la castaña con la voz aguda.

El Slytherin parecía no poder escucharla, simplemente seguía adentrándose al lago. Los alumnos se habían acercado hacia ellos pero se detuvieron al llegar al borde. El agua le llegaba a las rodillas y Lily se las había apañado para no mojarse. Sus brazos se encontraban alrededor del cuello de él y, consecuencia de sus movimientos, habían terminado en la posición de marido y mujer.

—Por favor… —pidió la castaña al ver que el agua comenzaba a llegarle a la cadera al chico.

Erik se volteó hacia el 'público' en busca de un veredicto, sabiendo que la decisión final sólo sería de él. Algunos de ellos, en su mayoría hombres de la misma casa que el castaño, aullaban entre risas que la arrojara el agua. Algunas chicas tenían el semblante entre enojado y preocupado, comprendiendo la situación de la chica de cabello marrón oscuro. El resto simplemente se encontraba allí para luego correr la voz de lo sucedido, simples cotillas.

—Di que lo lamentas —dijo él en voz baja—. Di que lamentas haberme golpeado y me aseguraré de sacarte de aquí seca —le prometió.

—Lo lamento tanto…

Las palabras salieron de su boca sin que pudiera evitarlo. El castaño iba a dirigirse a tierra firme pero una voz entre los adolescentes en el borde del lago lo interrumpió antes de que siquiera pudiera moverse. Allí, en el centro, se encontraba el hermano de la chica que llevaba en brazos, Albus Potter.

— ¡Demonios, Horst! —exclamó el pelinegro con expresión furiosa—. Suelta a mí hermana, maldito depravado.

Erik y Lily voltearon a verse al mismo tiempo. Los ojos azules expresando miedo, los verdes mostrando una mezcla amarga de satisfacción y diversión. Él se encogió de hombros.

—Jamás confíes en las serpientes —alcanzó a escuchar ella en su oído antes de caer al agua.


Tengo que hacer una gran acotación final y es que este capítulo se me ha borrado dos veces y lo rescribí tres, porque la primera vez no me gustó como había quedado. Así que espero que finalmente haya quedado bien (a mí me ha gustado).

Mil gracias a los comentarios, realmente me animan.

Saludos, Alexa.