Cuatro meses después…
Sábado. 16 de agosto de 1890, apretando la frente contra sus rodillas para que su madre pudiera restregarle la espalda, Orihime articuló esta palabra con sus labios exactamente como había visto a su madre pronunciarla e intentó imaginarse cómo debía sonar. Algunas palabras eran fáciles, pues ella podía recordar haberlas oído o dicho cuando era una niña. Pero sábado era más difícil. No recordaba haber oído decir esta palabra nunca en su vida. No era que importase mucho que imaginara mal los sonidos. Su madre le pegaba en la boca cada vez que ella trataba de hablar. Orihime no sabía por qué, y hacía ya mucho tiempo que había dejado de preguntárselo. Las reglas que le imponían a ella eran diferentes de las que seguían todas las demás personas, y había llegado a aceptar que había muchas cosas que no le permitían hacer.
La verdad era que no le importaba. Ya no. Cuando subía al ático a jugar en su rincón secreto, podía hacer todo lo que quería. Además de sus ratones, allí arriba no había nadie que pudiera verla ni acusarla de nada. En el ático podía vestirse tan elegantemente como una dama, con las ropas viejas que sacaba de los baúles. Podía hacer reuniones para tomar el té, tal y como lo hacía su madre, y fingir que podía hablar. Algunas veces incluso se ponía a bailar. Y, cuando se aburría de hacer todo esto, podía dibujar con los lápices y los papeles que había sacado a escondidas del estudio de su padre. Se divertía mucho en el ático, y poder hacer allí todas las cosas prohibidas compensaba la pena de no poder hacerlas el resto del tiempo.
Sábado. Ahora la recordaba. Orihime volvió a articular silenciosamente esta palabra contra sus rodillas, y se prometió a sí misma que, la próxima vez que fuese al ático, practicaría su pronunciación frente al espejo. Cuando era más pequeña, antes de que hubiera llegado a dominar por completo la lectura de labios, creía que la palabra sábado significaba «baño»; pues su madre siempre la decía con gran énfasis al meterla a empellones en la bañera. Orihime ya había aprendido que sábado era el día anterior al de la misa y, como parte de los preparativos, toda la familia tenía que bañarse.
Dado que hacía mucho tiempo que a Orihime no le permitían ir a la iglesia, pensaba que no era justo que tuviera que bañarse como todos los demás. A la mañana siguiente, no le permitirían ponerse un vestido bonito, tal y como siempre hacían su madre y sus tres hermanas; y, cuando llegaba la hora de ir al oficio religioso, ella tenía que quedarse en casa con los sirvientes. ¿Quién iba a darse cuenta de que sus oídos estaban limpios? ¿A quién le importaría? A ella no, desde luego.
Como si adivinara sus pensamientos, su madre la agarró del lóbulo de la oreja y le dio un fuerte tirón. Como una tortuga, Orihime escondió la cabeza entre los hombros y apretó los ojos con fuerza. Odiaba aquella parte. La odiaba, la odiaba. Para lavarle las orejas, su madre siempre se envolvía la yema de un dedo en una toallita y luego se la metía en el agujero de la oreja. Aun cuando estos cuidados sólo le hacían daño en muy raras ocasiones, eran sumamente irritantes. Orihime hubiese querido que le permitieran lavarse las orejas sin ayuda de nadie, pero por alguna razón su madre no creía que ella pudiera hacerlo bien. Orihime había aprendido hacía mucho tiempo a no oponer resistencia. Esto sólo servía para ganarse un bofetón, y, al final, su madre le metía la toallita en la oreja de todos modos.
Pum, pum. Los fuertes golpes que le dio su madre en la cabeza con los nudillos hicieron que Orihime abriera los ojos. Sabiendo perfectamente qué esperaba ella que hiciera, alzó la cara y soportó con resignación la agobiante experiencia de dejar que se la lavara. Luego, obedeciendo las órdenes que su madre le dio mediante señas, se levantó, chorreando agua, para que ella pudiera restregarle el torso y las piernas. Orihime conocía este ritual de memoria, y se volvió hacia uno y otro lado.
De repente, su madre dejó de restregar. Orihime la miró detenidamente a través de los mechones naranjas mojados que caían sobre su rostro, preguntándose qué habría pasado. Los ojos de su madre se habían salido de las órbitas y tenía la boca abierta, como si alguien le hubiese dado un golpe que la hubiera dejado sin aliento. Orihime bajó la cabeza para mirarse, esperando ver algo espantoso. Pero le pareció que todo estaba perfectamente bien. Volvió a dirigir la mirada hacia su madre, interrogándola en silencio.
A manera de respuesta, los labios de su madre formaron estas palabras:
—¡Ay, Dios mío! Te estás hinchando.
¿Hinchando? Esta era una palabra que Orihime no conocía. Mientras se esforzaba por repetirla en su cabeza y establecer su posible significado, vio que su madre le estaba mirando fijamente el vientre. Avergonzada, Orihime intentó meter barriga para ocultar la ligera protuberancia. Últimamente había notado que la cintura le estaba creciendo mucho, y aquella misma tarde había decidido empezar a comer menos. Como pasaba tanto tiempo deambulando por el bosque, había observado con mucha frecuencia a los animales salvajes preparándose para invernar, y dedujo por sí misma que comer demasiado hacía que las criaturas engordaran. Supuso que había estado cogiendo demasiadas galletas de la cocina.
Orihime pensaba que su protuberante vientre era un problema de poca importancia, algo que podría remediar con facilidad. Pero su madre parecía creer que era mucho más grave. Después de mirarla fijamente durante un momento, dejó caer la toallita mojada al suelo y se cubrió la cara con las manos. Por los movimientos bruscos de sus hombros, Orihime se dio cuenta de que estaba sollozando. No sabía qué hacer, y, antes de que se le ocurriera algo, su padre irrumpió en la habitación, con los faldones de la camisa de dormir ondeando alrededor de sus velludos tobillos.
Orihime cubrió con sus manos cruzadas el punto de unión de sus muslos y volvió a meterse en el agua. Su padre nunca entraba en su dormitorio cuando se estaba bañando.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó.
Orihime clavó la mirada en su madre, esperando ver en sus labios la respuesta a esta pregunta. Pero las manos de ella seguían cubriendo su rostro. Lo que le dijo a su padre, fuera lo que fuese, lo hizo palidecer. Él volvió sus afligidos ojos hacia Orihime.
—¡Dios mío, eso no puede ser!
Se dirigió lentamente hacia la bañera. Agarrando el brazo de Orihime con fuerza, la obligó a ponerse de pie. Ella no recordaba cuál fue la última vez que su padre la vio desnuda, y la invadió una horrible sensación de rubor. Se inclinó hacia adelante y volvió a cubrir con las manos sus partes íntimas. Su padre la sacudió con fuerza. Ella alzó la vista justo a tiempo para verlo decir:
—¡Basta ya! Enderézate, mujer, para poder verte bien.
Orihime no quería que la mirara, pero esto fue precisamente lo que él hizo. La desgraciada joven agradeció que esta humillación hubiera durado apenas un instante. Su padre le soltó el brazo enseguida y, llevándose una mano a los ojos, giró sobre los talones para alejarse.
Cada vez más alarmada por el comportamiento de sus padres, Orihime sujetó su vientre con las dos manos. Rara vez había visto a sus padres tan alterados. ¡No podía estar tan gorda!
Mirando por encima de su hombro, el padre de Orihime dijo algo que ella no logró entender. Su madre se secó las mejillas con manos temblorosas. Luego, levantó la toalla, haciéndole señas a Orihime para que saliera de la bañera.
Temblando, ella se metió en los cálidos pliegues del paño y envolvió con él su cuerpo. Su madre señaló el camisón limpio que había dejado para ella sobre la cama. Luego, a todas luces esperando que Orihime se secara y vistiera sola, salió rápidamente del dormitorio.
Después de ponerse el camisón, Orihime se dirigió con sigilo a la puerta y la abrió ligeramente. Sintió las vibraciones de los pasos de su padre en el suelo antes de verlo acercarse por el pasillo. Para su gran sorpresa, se había puesto la ropa de nuevo y estaba abotonándose la camisa precipitadamente. Los cordones de sus zapatos se arrastraban por el suelo, pero al parecer no se había dado cuenta de que había olvidado atarlos. Lo miró bajar las escaleras. Un momento después, sintió las paredes temblar cuando, al salir, el juez cerró la puerta principal de un portazo.
Orihime no podía imaginar adonde se dirigía. Los sábados por la noche siempre se acostaba temprano y leía en la cama hasta quedarse dormido. Que ella recordara, nunca había salido de casa después de haberse retirado a sus aposentos, a menos que hubiera pasado algo grave.
Temerosa de que su madre la sorprendiera espiando, cerró la puerta con cuidado. Apretando la espalda contra la madera, se rodeó la cintura con los brazos y repasó todo lo que había sucedido. No era posible que sus padres estuvieran así de alterados sólo porque su vientre estaba creciendo.
Sin poder entender lo que estaba pasando, apagó las lámparas e, iluminada por el agonizante brillo de las mechas, corrió a meterse en la cama. Aunque era una cálida noche de verano, las sábanas estaban frías. Se puso a temblar y se acurrucó bajo el edredón. Cuando la oscuridad se adueñó de la habitación, cerró los ojos, resuelta a quedarse dormida. El enfado de su padre, fuesen cuales fuesen sus motivos, no era asunto suyo. ¡No era posible! Muchas personas estaban más gordas que ella, y nadie se sulfuraba tanto por ello.
-o-
Ichigo tomó un sorbo de coñac, saboreándolo lentamente. Aquél era su momento preferido de la noche: ya había terminado la jornada laboral, había cenado, y las tranquilas horas que antecedían el momento de acostarse se extendían delante de él. El fuego crepitaba alegremente. Sus llamas de color ámbar y casi todo el calor que despedían ascendían precipitadamente por el tiro abierto de la chimenea. Sin importar que fuese invierno o verano, a Ichigo siempre le gustaba encender un fuego por las noches, para calentarse durante los meses fríos o para mejorar su disposición de ánimo cuando las temperaturas alcanzaban extremos sofocantes. Las llamas emitían muy poco calor, pero su apacible resplandor parpadeaba tranquilizadoramente hasta en los más remotos rincones de su estudio.
Después de hacer un poco de trabajo administrativo, esperaba poder dedicarse a sus lecturas. Los periódicos de Portland de toda la semana se encontraban amontonados junto a su silla. Ninguno de ellos había sido siquiera desdoblado.
Tanto en el criadero de caballos como en la cantera, la primavera y el verano eran las épocas del año de mayor trabajo: empezaban con la temporada de partos y terminaban en septiembre, en el tiempo de cosecha. Entremedias, las agitadas semanas transcurrían entre infinidad de trabajos agotadores: entregar pedidos de piedra triturada, ocuparse de las yeguas durante el parto, cuidar los potros, labrar los campos, y además sembrar y regar. Las faenas parecían no tener fin, y las horas de descanso eran escasas. Las raras ocasiones en las que tenía un poco de tiempo libre, normalmente las pasaba en la cantera hablando con su capataz.
Tras estirar sus largas piernas, Ichigo cruzó los tobillos. Deleitándose con el resplandor del fuego, se sintió perezoso en grado sumo. El sopor se deslizó sobre él como un edredón sedoso, y se permitió cerrar los ojos, sosteniendo la copa de coñac en su mano ahuecada, contra el pecho.
—Señor...
Al oír la voz del mayordomo, Ichigo se incorporó sobresaltado. Derramó un poco de coñac sobre su camisa, y maldijo entre dientes.
—Siento tener que molestarlo, señor, pero el señor Kenpachi se encuentra en el recibidor, e insiste en que tiene que verlo para tratar con usted un asunto de suma urgencia.
Ichigo puso la copa de coñac sobre la mesa de mármol que se encontraba junto a la silla y se frotó la cara con las manos. ¿Kenpachi? Le echó un vistazo al reloj de la chimenea y vio que apenas eran las siete y diez. Sacudiéndose para quitarse el sopor, se puso de pie y empezó a meterse la camisa dentro del pantalón.
—Hazlo pasar, Gin.
Con los faldones negros de su chaqueta flotando detrás de él, el mayordomo giró sobre los talones y salió del estudio. Un momento después, la reluciente puerta de caoba se abrió de nuevo y Kenpachi entró en la habitación. Con sólo echarle un vistazo, Ichigo supo que algo había pasado. El cordón del zapato izquierdo del juez estaba desatado, su calcetín derecho arrugado alrededor del tobillo y la pernera del pantalón metida en él. La camisa estaba bien abotonada, pero sólo uno de sus faldones se encontraba dentro del pantalón.
—Dios mío, ¿qué ha pasado, juez?
El hombre mayor se fue derechito al aparador, andando a zancadas hasta atrapar con una mano la botella de coñac. Sin siquiera pedir permiso, se sirvió una generosa cantidad de licor en una copa y se la bebió de un trago. Dado que el juez sólo había ido a su casa una vez —la noche en que violaron a su hija—, a Ichigo le pareció que su comportamiento era bastante extraño, por no decir otra cosa. Se quedó mirando al hombre con cara de asombro mientras se servía más coñac.
Después de beberse otro trago, finalmente se volvió hacia Ichigo.
—Está embarazada.
Estas palabras cogieron a Ichigo completamente desprevenido. Habían pasado cuatro meses sin que tuviera noticia alguna de los Inoue, y pensó que ya no había ninguna posibilidad de que la joven estuviese encinta. Se le doblaron las rodillas y tuvo grandes dificultades para llegar a su silla. Los ojos le escocían, y la conmoción le paralizó la garganta. Todo lo que podía hacer era mirar fijamente al hombre mayor. Después de unos segundos que se le hicieron infinitamente largos, dijo al fin:
—¿Y ahora te has dado cuenta de ello?
El juez agitó la mano, derramando sin querer un poco de licor. Sin embargo, no pareció notar que había dejado caer coñac sobre la alfombra persa.
—Su madre no me había dicho nada. —Dejó de hablar y cerró los ojos por un momento—. Ella esperaba que la interrupción de su flujo menstrual no significara nada. —Abrió los ojos para clavar en Ichigo una mirada de angustia—. Estaba equivocada. Orihime está encinta, no cabe la menor duda.
Ichigo se dejó caer en su silla.
—¡Maldición!
—Ahora el asunto es qué vamos a hacer. Creo que el embarazo está demasiado avanzado para interrumpirlo sin poner en peligro su vida.
Ichigo sabía que había algunos médicos de dudosa reputación que, por una suma considerable de dinero, hacían esa clase de cosas; pero la sola idea le asqueaba.
¿Matar al hijo de su hermano? ¿A su propio sobrino o sobrina? Aunque todavía fuese posible interrumpir el embarazo, él no lo permitiría. Para él, los niños eran un sueño inalcanzable y un tesoro sin precio.
Como si leyera sus pensamientos, el juez se bebió rápidamente el resto del coñac y dijo con voz trémula:
— Orihime no puede criar a un niño, Kurosaki, y mi esposa y yo ya estamos demasiado viejos para asumir una responsabilidad semejante. Seremos unos viejos estúpidos antes de que él alcance la mayoría de edad. —Negó con la cabeza—. Si su embarazo no estuviese tan avanzado, haría que mi hija lo interrumpiese sin pestañear. Quizás ésta sea la razón por la que Unohana no quiso contarme lo que estaba pasando.
—Estás olvidando mi responsabilidad en todo este asunto. ¿Se te ha ocurrido pensar que yo podría estar dispuesto a criar a ese niño?
—Ésa no es una alternativa.
—¿Por qué diablos no ha de serlo? ¿A causa de tu carrera política? —Ichigo, furioso, había alzado la voz—. Hay muchas maneras de evitar un escándalo, Kenpachi. —Aunque era muy difícil para él confesarlo, Ichigo sabía que no era el momento de andar con rodeos—. Estoy seguro de que has oído los rumores que circulan por ahí acerca de mi esterilidad. Pues son ciertos. Sufrí paperas cuando tenía poco más de veinte años. —Para fingir una tranquilidad que no sentía en absoluto, Ichigo se encogió de hombros—. Como no puedo engendrar hijos, no tengo ninguna intención de contraer matrimonio. Si no hay otra solución, estaría dispuesto a casarme con Orihime y a asegurar que ese niño es mío.
El juez negó vehementemente con la cabeza. Ichigo se apresuró a defender su propuesta.
—Además de los jóvenes que presenciaron la violación, y dudo de que ellos se atrevan a hablar, nadie sabrá que esa criatura no es mía. Debido al mal que sufre Orihime, es muy posible que se especule sobre la razón que me llevó a casarme con ella, pero esto sólo me perjudicaría a mí, no a ti. Después de un periodo de tiempo razonable, yo podría alegar diferencias insalvables y pedir el divorcio. Orihime podría regresar a casa para estar junto a su madre. Esta sería la solución perfecta para todos. Estamos hablando del hijo de mi hermano, después de todo. Tengo la responsabilidad de procurar su bienestar, y también el de Orihime.
—No.
Tras pronunciar su veredicto, el juez puso la copa sobre el aparador. Como un ciego, se dirigió a la chimenea, buscando con las manos los espaldares de las sillas que se encontraban en su camino para apoyarse en ellos. Al llegar a la chimenea, se agarró a la repisa y apretó la frente contra la dura piedra. Ichigo se quedó conmocionado al oír a aquel hombre sollozar.
—Si alguna vez le cuentas algo de esto a alguien —dijo con voz entrecortada—, estaré perdido. Jura que nada de lo que te diga saldrá de esta habitación.
Ichigo le echó un vistazo a la puerta para cerciorarse de que estuviera bien cerrada.
—Desde luego que te doy mi palabra.
—Sé qué piensas que soy un cabrón despiadado por desear que pudiéramos deshacernos de esa criatura, pero tú no conoces todos los hechos. Orihime... —Se interrumpió y dejó escapar un suspiro entrecortado—. Bueno, tú ya habrás oído la historia acerca de la fiebre que la atacó en su infancia y que afectó a su salud mental.
—Sí.
El juez se frotó la mejilla con el hombro de su chaqueta.
—Le dio una fiebre muy alta. Eso no es mentira. Cuando tenía cinco o seis años, poco más o menos, y su rareza empezó después de eso. Comenzó despacio, y fue empeorando progresivamente con el paso del tiempo, hasta que se convirtió en lo que es ahora.
Ichigo no sabía qué decir, ni tampoco si el juez esperaba algún tipo de respuesta.
—El caso es que no estoy completamente seguro de que la fiebre haya sido la causa de su mal —prosiguió él—. Unohana insiste en que sí lo fue. Y, dado que el hecho de difundir esta historia ha permitido que nuestra hija se quede en casa sin perjudicar demasiado a la familia, yo he fingido creer lo mismo. Pero la verdad es que uno de los tíos de Unohana se volvió loco. Loco de atar. Su desequilibrio mental empezó en la niñez, tal y como el de Orihime, y fue empeorando progresivamente hasta que tuvo que ser controlado físicamente e ingresado en un hospital psiquiátrico.
Ichigo apretó los dientes. No quería oír aquella historia.
El juez se enderezó lentamente y se volvió hacia él. Las lágrimas hacían brillar sus ojos y su rostro estaba muy pálido.
—Hasta ahora, la verdad no era tan importante. Yo estaba a la expectativa y rogaba porque Orihime no empeorara tanto como para que yo me viera obligado a mandarla a un hospital psiquiátrico. Esto acabaría con su madre. Incluso los mejores hospitales son lugares absolutamente espantosos.
Ichigo también había oído toda clase de historias al respecto. El juez alzó las manos.
—Pero ahora... bueno, no puedo seguir enterrando la cabeza en la arena, y menos aún cuando hay un niño de por medio. El mal de Orihime podría ser hereditario. Sabiendo esto, no puedo permitir que ni tú ni cualquier otra persona adopte a su hijo. Él también podría volverse loco en unos pocos años.
Ichigo bajó la vista, avergonzado hasta la médula de no expresar ninguna objeción. Loco. Dios santo. Ni siquiera él querría correr el riesgo de tener que cargar con un niño así.
—Ahora entiendes el problema.
Ichigo se levantó de la silla y empezó a caminar inquieto de un lado para otro. Deseaba con todas sus fuerzas que Shiro estuviera allí en aquel momento para presenciar el dolor tan grande que había ocasionado, no sólo a Orihime, sino también a todos sus allegados.
El juez se pellizcó el puente de la nariz.
—Tal y como veo las cosas, sólo tengo una opción: sacar a Orihime de casa hasta que nazca el niño y lo podamos llevar a un orfanato. Yo me ocuparé de que las personas a su cargo entiendan que nunca debe ser entregado en adopción.
Ichigo asintió con la cabeza. Él también pensaba que ésta era la única alternativa.
—¿Adonde mandarás a Orihime? ¿Tienes parientes que puedan recibirla?
El juez negó con la cabeza.
—Dos tías ancianas que ya están demasiado achacosas para poder ayudar. Mis hermanos murieron de gripe en los años setenta, y Unohana fue hija única, concebida en el momento en que se produjo un cambio en la vida de su madre al pensar que había quedado estéril. Por causa de lo sucedido con el tío, sus padres pensaron que lo mejor sería no tener más hijos, pues temían que la locura pudiera ser hereditaria.
A la luz de esta historia, Ichigo se moría de ganas de saber por qué el juez y la señora Unohana habían tenido cuatro hijas, pero se abstuvo de preguntar. Después de todo, eso no era asunto suyo.
—¿Entonces tendrás que llevar a Orihime a algún tipo de residencia?
—Sí, y es justamente para eso para lo que te necesito. Requiero un poco de ayuda económica. Cuidar de ella será caro, especialmente durante un periodo de tiempo tan largo.
—Dime cuánto necesitas. Te dije desde un principio que estaba dispuesto a ayudar en todo lo que fuese posible, y lo dije en serio. Sabes bien que el dinero no es un problema para mí, y pagaré con gusto todos los gastos.
El juez se frotó la cara con una mano.
—Yo tengo una posición desahogada, pero, contrariamente a lo que la gente cree, mis recursos económicos no son inagotables.
Sintiendo gran compasión por aquel hombre, derrotado y viejo, Ichigo lo cogió del hombro.
—Kenpachi, no quisiera poner en duda tu criterio, pero ¿no sería aconsejable dejar que el doctor Urahara confirmara el embarazo de Orihime para no actuar precipitadamente?
—Está embarazada, sin duda alguna. La barriga ya ha empezado a crecerle.
Ichigo recordó que infinidad de veces había pensado que una yegua estaba preñada, y que luego descubría que se había equivocado.
—A veces, las apariencias engañan. Créeme. Podríamos estar dejándonos llevar por el pánico sin motivo alguno. Existe la posibilidad de que la chica esté engordando un poco, y nada más.
—Cómo me gustaría que ése fuese el caso. Dios mío, ojalá fuera así.
Ichigo compartía ese sentir. Sería mejor para todos que Orihime no estuviese esperando un hijo de Shiro, especialmente para el bebé. Un orfanato. La sola idea de que metieran en una institución como ésta a un niño que era de su propia sangre y que prohibieran su adopción lo afligía enormemente.
El juez se puso de pie y respiró hondo.
—Muy bien, supongo que lo mejor será que vaya a buscar al doctor Urahara.
— ¿Esta misma noche?
Ichigo no pudo ocultar su sorpresa. Le parecía que el juez debería esperar hasta el día siguiente para llamar al médico, al menos por el bien de Orihime.
—Unohana está muy alterada. Quiero resolver esto lo más pronto posible.
—Entiendo.
—A propósito de Unohana... —El juez pasó un dedo debajo del cuello de su camisa, a todas luces incómodo por lo que iba a decir—. Te agradecería que no mencionaras nada de lo que hemos hablado esta noche delante de ella. Me refiero a lo de su tío. Yo, esto... bueno, puedes imaginar que, en fin... la locura de su familia es un tema del que preferimos no hablar.
¿Era un tema del que preferían no hablar? Teniendo en cuenta que su hija podría estar loca, a Ichigo le pareció que esto era sumamente extraño.
