CAPITULO 4

-Lo lamento señorita ciudad, pero aquí no tenemos absolutamente nada que envidiarles en cuanto a sensacionalismo – me comentó Matt con una carcajada que le produjo arruguitas en los ojos.

Me acomodé en la silla, reconocía ese tono, el de una de mis fuentes comenzando a relajarse para darme información.

-¿Ah si? ¿Y exactamente a qué te refieres? – pregunté realmente interesada.

-Crees que este es un pueblo normal, y corriente ¿no? – ante eso, asentí con la cabeza – Pues me encantaría alejarme de tanta "normalidad" – finalizó meneando la cabeza con pesar.

Fruncí el seño y en un impulso busqué reconfortarlo pasando una mano por su hombro.

-Matt, ¿qué te pasó? – inquirí con preocupación, aproximándome hacia él para que nadie oyera lo que me contase. ¿Por qué ese chico lleno de vitalidad hablaría así? Era como si hubiese sufrido bastante.

-¡Elena! – exclamó de improviso saludando con la mano a una chica que se dirigía a la puerta, y evitando contestarme.

Ella volteó a mirarlo con sorpresa, y sonrió con evidente cariño. Me observó con curiosidad mientras se acercaba.

Era alta, bastante delgada, de aspecto frágil; su tez era morena, cabello marrón oscuro al igual que sus ojos, nariz alargada y puntiaguda, además de labios gruesos. Se veía agradable.

-Hey Matt, ¿atiborrándote de comida tan temprano? – dijo alborotándole el cabello, a lo cual él se agachó tratando de esconder la sonrisa.

-Este cuerpecito no se mantiene a base de brócoli - respondió haciendo una mueca de asco – Horrible – me dijo en un susurro como si fuese secreto de Estado, logrando que me riera.

Elena también se reía, sin embargo trataba de parecer severa. De pronto se fijó más en mí y me sonrió.

-Elena Gilbert – alzó su mano para presentarse.

-Elizabeth Fens, es un placer conocerte – Dejé mi papa a medio comer y le correspondí el saludo.

-Lizzie es una periodista que viene de San Francisco y necesita un lugar para quedarse – señaló Matt – Creo que le vendría bien la pensión de la Sra. James, es una anciana verdaderamente adorable.

-Eso sería estupendo, a decir verdad – contesté - ¿Cómo podría llegar?

-Ah no, eso no, nosotros – dijo Elena enfatizando el plural – te llevaremos hasta allá – su tono no admitía réplicas.

-No quiero molestar, seguramente preguntando llego – era muy gentil de su parte lo que intentaban hacer, no obstante, debían tener asuntos pendientes.

-¿Terminaste? – me preguntó Matt levantándose del asiento y limpiándose con una servilleta.

Hacía rato que lo hice, pero estaba cómoda con ellos.

-Entonces te llevamos – dijeron al unísono.

-Esta bien, pero yo pago – Matt ya iba a replicarme pero me le adelanté, y le di el dinero a la chica detrás de la barra.

-Gracias, estaba delicioso – comenté con sinceridad, a lo que la joven de largo cabello rubio sonrió, guardó el efectivo en la caja registradora, y se encaminaba a servirle más café a un señor moreno con resaca.

-Un caballero siempre paga la cuenta - Matt parecía ofendido, mientras que Elena me miraba con diversión.

-Ya has sido lo suficientemente caballero por hoy, es lo menos que puedo hacer – respondí encogiéndome de hombros, para que lo dejara pasar.

Lo siguiente que hicimos fue volver a montarnos en los autos, Elena iba conmigo, y me daba detalles sobre los lugares que pasábamos.

-Ese es la estación de policía, la cual dirige la Sheriff Forbes, la madre de Caroline – señaló un edificio blanco más ancho que alto, en la que se veían a varias personas caminando de aquí para allá, a través de las ventanas.

Tras eso, Matt ya daba una curva hacia una zona llena de árboles de los que caían las hojas, alborotándonos el cabello a ambas. Un poco más adelante se hallaba una casa de dos pisos, sencilla, de aspecto colonial, en la que estaba una anciana sentada en una mecedora, acariciando a un Field Spaniel castaño.

Cuando abrimos las puertas, el perro me saltó encima buscando lamerme la cara.

-¡Wow, calma bonito! – dije en medio de la risa, casi cayéndome por sus enormes patas en mi abdomen – Que lindo eres – le decía rascándole las orejas a lo que él movía la colita feliz y me pasaba el hocico por la ropa.

-Frank, no molestes a la chica – lo regañaba la anciana de ojos azules, después de alzarse de la silla y agitando un bastón.

Lleve a Frank hasta donde su dueña, aún jugando con él.

-No es molestia señora, es encantador – respondí sonriéndole.

Le explicamos mi caso, y en cuestión de segundos ya tenía una habitación propia. Me inquietaba que alguien tan mayor anduviese sola en esa casota, quién sabe cuantas veces se habrá caído.

Mientras durara mi estancia en la pensión, la ayudaría en lo que pudiera.

La última cosa que me dijeron mis nuevos amigos fue:

-Y no invites a pasar a ningún extraño.

El chevy se alejaba en medio del humo del tubo de escape, dejándome confusa.