CAPÍTULO IV:

BROKEN HOPE

Disclaimer:He de aclarar que los personajes no me pertenecen, son y serán de la franquicia de cómics Marvel, así como la interpretación de sus personalidades, poderes, virtudes, debilidades, historia, entre otra información ha sido sacada tanto de los cómics como de las películas producidas por la cadena directiva de Disney. Cabe aclarar que lo único que me pertenece es la historia, personajes originales como pequeños cambios en los personajes. Sí fuese dueña de ellos —cosa que no soy—, sería rica; no tanto como Stark, pero tendría lo mío.

Título: Rolling in the deep [Rodando en la profundidad]

Parejas: Stony [Steven G. Rogers and Anthony E. Stark] — Thorki [Thor Odinson and Loki Laufeyson] — Hulkeye [Clinton F. Barton and Bruce R. Banner] — Peppertasha [Virgina Potts and Natasha Romanoff] — Rumbuck [Brock Rumlow and James B. Barnes] — Spideypool [Wade W. Wilson and Peter B. Parker] — Maxicest [Pietro Maximoff and Wanda Maximoff] — Sarhelia [Ophelia Sarkissian and Sarah E. Rogers]

Roce de parejas: Pepperony [Anthony E. Stark and Virgina Potts] — Stucky [Steven G. Rogers and James B. Barnes] — Fosterson [Thor Odinson and Jane Foster] — Stanner [Anthony E. Stark and Bruce R. Banner] — Rumrogers [Steven G. Rogers and Brock Rumlow] — Stoki [Steven G. Rogers and Loki Laufeyson] — Sambucky [Samuel Wilson and James B. Barnes]

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—Hablan los personajes.

–intervención para agregar detalles posiblemente relevantes–

Hablan por teléfono, radio u otro tipo de comunicación (aquí incluimos a J.A.R.V.I.S.)

« Recuerdos de diálogos pasados y/o recuerdos de algún personaje »

» Mensajes de textos, cartas escritas o escritos misteriosos en alguna pared «

Pensamiento de los personajes

Otro idioma(traducción al español)

Advertencias: Lamentablemente para vosotros, amigos. Nada es lo que parece. +18, contiene material pornográfico (lemon), escenas eróticas (no detalladas exactamente como tal), pero existen, entre adultos y, menores de edad.

DISFRUTEN DE LA LECTURA

Sí no lo estás disfrutando,HULK SMASH algunas cabezas.

[Universo alterno]

Capitán América nunca se unió a The Avengers: trabaja para H.Y.D.R.A.

África, Desconocido | Wakanda.

[Base de H.Y.D.R.A. — Habitaciones privadas | 0200]

— ¡Más! —La voz jadeante exigió más—. ¡Ah!, sí… me gusta ahí… ¡ah!

Gemidos salvajes hacían eco en toda la habitación, esta provocaba una extraña ilusión, ¿eran ideas nuestras que los sonidos vibraran contra las paredes? Cómo sí estás, así como recibían las vibraciones, detuvieran el sonido y, sin problema alguno, regresaban las ondas hacía su emisor. El sujeto que se encontraba en brazos del placer, recibiendo estas sin pudor alguno. No eran las paredes, eran sus propios sentidos, en resonancia con su voz, recibía aquellos vergonzosos sonidos que se escapaban de sus labios. La oscuridad era palpable a simple vista, no se veía nada más que las sábanas tiradas en el suelo a un costado de la gran cama matrimonial dónde una pareja de hombres compartían aquella velada nocturna que tanto los volvía locos. La ventana, aquel único objeto que permitía la entrada de la luz de la luna llena que lucía sobre el cielo, era ovalada, alargada hacía arriba, reflejando así, las luces de edificios adyacentes que se colaba poco a poco en las habitaciones superiores.

Gracias a la poca luz de la luna se lograban observar grandes manos, la oscuridad lograba ocultarlas bastante bien, pero eran callosas, tenían quemaduras bastante graves y parecía que su piel poco a poco caería en la cama, estas articulaciones recorrían sin pudor alguno un delgado y juvenil cuerpo, el chico no tenía más de dieciséis años, que se movía de forma profesional sobre la entrepierna de su pareja. Relamió sus labios al sentir el aliento de su chico golpear contra su oído, su nombre, dicho de forma tan sensual, jadeante, asquerosamente excitante le volvía irremediablemente loco; su espalda curvada, la frente sobre la almohada de la cama pidiendo un descanso sin soltar palabra alguna, solo pequeños jadeos que se escondían en la tela húmeda a raíz de su saliva. Llevaban alrededor de dos horas de estar disfrutando del cuerpo del otro, era poco el tiempo que pasaban juntos, qué, cuando lo tenían, no querían soltar aquellas fuertes emociones que se aferraban tan fieramente a ellos.

Ese cuerpo poco trabajado, pero jamás débil de su pareja, había estado disfrutando de su miembro minutos atrás, le prohibió tocarlo más de lo necesario, volviéndolo loco con aquellas cabalgatas que deseaba, con toda su alma, dominarlo. Salvajes, sus manos comenzaron a bajar por su cintura hasta sus caderas, apoderándose, de esas invisibles estocadas que habían muerto, pidiendo en clemencia, un descanso. Comenzando a penetrarle, poco a poco, tan lento que su glande atravesaría sin pudor alguno el recto de su pareja… sí lo hiciera, tal vez podría sentir aquello milagroso de la existencia masculina.

—Wa…Wade, espera —pidió en un jadeo desesperado. Aferrándose a la almohada que estaba bajo la cabeza de su pareja.

— ¿Quieres descansar ahora, Pet-Pet? —Le preguntó con aquel tono burlón que tanto cabreaba a su pareja, sabía que lo odiaba, ese descarado y maldito…

—Cállate de una maldita vez, Wade Wilson.

— ¡Uh! —La voz ronca escapó de su garganta—, ¿besas a tú papá con esa boca? —Cuestionó divertido al ver cómo levantaba su rostro lentamente de la almohada dedicándole una profunda mirada, sin lugar a dudas, estaba enojado—. Tú papá no tiene la boca más limpia, Bebé. No te enojes —besó sus labios—, ¿eso me ibas a decir? —Deslizó sus manos por el trasero de su novio—. ¿No? Lentamente, comenzó a abrirlo.

Peter sintió como entraba más el miembro de su pareja, apretó sus dientes, encorvándose de golpe al sentir aquello… ¡le había tomado por sorpresa!

» ¿Te gusta?

— ¡Por el amor de H.Y.D.R.A.! ¡¿Qué es eso, Wade?! —Casi escupió con estupor.

—Uhmm… —realmente parecía que estuviera pensando—. ¿Un vibrador? —Se burló, contestándole con esa asquerosa naturalidad—. Tienes un atractivo ano… no me pude resistir a comprar uno, ¿te gusta? ¿Qué se siente tener el pene de tu pareja junto a un vibrador de vibranium que tiene casi el mismo tamaño?

— ¿Qué? —Fue su turno de sonreír con burla—. ¿Te ganó por centímetros?

—Golpe bajo —Peter iba a soltar una carcajada pero se quedó callado de golpe, tragándose un fuerte gemido que amenazaba con salir de sus labios, la vibración comenzó, no solamente eran los movimientos profundos de su pareja, también era ese maldito juguete.

—Por un demonio… apaga eso, Wade… —exigió sin aire.

— ¿Debería hacerlo? —Se cuestionó—. Peter me está diciendo que lo haga… ¿Qué? —Entrecerró los ojos, de todos los momentos en los cuales tenía que sumergirse en su estúpida charla intelectual debía de ser en ese momento. Fue tanto el tiempo que sintió que el orgasmo estaba llegando a él con tan solo sentir esos dos miembros dentro de su cuerpo—. No, decidimos que no deberíamos.

—Te odio… —gruñó.

— ¿A mí? ¿A Daniel? O a... —Peter le tapó la boca de golpe.

—Cierra la puta boca, Wade. Muévete o te obligo a comerte mis telarañas —amenazó—, junto a una tarántula wakandiana.

Tragó seco, bien, su rehabilitación era realmente rápida que parecía inmortal, el veneno prácticamente le haría cosquillas; pero personalmente no querría saber lo que era tragarse una tarántula wakandiana… ¡¿es qué las habían visto?! ¡Miden como 50 centímetros! Y, probablemente toda su garganta quedaría despedaza. No, lo peor de todo –no era la recuperación que tardarían horas, probablemente–. ¡Peter no dejaría besarle durante meses! Eso era aún más doloroso. Sonrió, deslizó más el vibrador cuando comenzó a moverse, sus manos estaban detrás de su pareja impidiendo que aquel objeto saliera del cuerpo del chico sí, por culpa de sus impulsos, golpeaba más profundo.

— ¡Wa-Wade! —Jadeó. Levantaba mucho más su trasero al sentir como dentro de él parecía querer romperse, la excitación era tan grande que no podía contenerla dentro de su pequeño cuerpo, sus piernas se tensaban, así, como sus manos no podían sostenerle más. Iba a caer encima del pecho de su amante.

—Pet —jadeó contra su oído—. Deberías moverte más —susurró cegado de placer, sintió como el aparato se deslizó entre sus dedos cuando sus manos tomaron la cabeza del adolescente obligándole a juntar ambos labios para besarse en una necesidad insana que provocaba aquel encuentro fogoso.

Las lenguas de ambos comenzaron una lucha dentro de sus áreas bucales, era una guerra para ver quien dominaba la otra, no era falso decir que el adulto lo estaba haciendo, pero de tanta práctica, el adolescente no se quedaba atrás. Las manos de ambos comenzaron a recorrer el cuerpo contrario, Peter envolvió las suyas en el cabello de su pareja, sentía la calidez del cuerpo contrario en el suyo, lo quería más, más y cada vez más cerca. Wade por su parte, seguía teniendo la fuerza suficiente para mover sus caderas hacía arriba, golpeando lentamente la entrada del chico, ¿cuántas veces habían sido?, ¿nueve, diez? No recordaba exactamente cuántas veces había llegado al orgasmo, tenía fuerzas. Las suficientes para seguir toda la noche.

Peter maldijo en su interior, maldita sea el día que vino a meterse con el demonio.

— ¿Peter, Bebé?

El adolescente arrugó el rostro—. ¿Escuchaste una voz?

—No —contestó su pareja, deslizando sus labios hasta su cuello, mordiéndole con posesividad.

—Te lo juro, Wade. Escuche mi nombre.

—Es Juice, está disfrutando de nuestro encuentro donde quiera que este… ¿en la esquina de la habitación? —Peter frunció los labios, Wade no le dejó quejarse, atrapó sus labios segundos después, comenzando a jugar con ellos. La voz fue poco a poco cegándose por la canción de fondo que sonaba dentro de la habitación, su nombre se transformó en el coro de Angel of the Morning cantado por Juice Newton.

Just touch my cheek before you leave me, Darling —Wade le cantó en su oído, la risa de Peter sonó suave, delicada; deslizó sus dedos encima de las mejillas de su amante y, antes del último beso el equipo de sonido explotó en pedazos—. ¡SANTA MIERDA, ESTAMOS SIENDO ATACADOS! ¡CÓDIGO ROJO! ¡CÓDIGO ROJO!

—Luces —exigió la voz femenina.

—Oh, sólo es la… dios, ¡a tú hermana también me la follo! —Peter arrugó el entrecejo, golpeándole en el abdomen, obligándole que cayese de la cama con todo y sábanas. Él, se cubrió tranquilamente con una de las almohadas.

— ¿No crees que le falta un golpe más para que comience a funcionar? —Sugirió amablemente la hermosa mujer que se encontraba delante de la cama.

—Probablemente lo estropee —contestó con una voz bastante suave, cómo sí estuviera realmente pensando en esa sugerencia. Había sido la mejor del día.

— ¿Qué haces aquí, Señorita Castra Hombres? —La mujer le dedicó una mirada de arriba hacia abajo—. Mrs. Rogers —se corrigió.

Sarah Elizabeth Rogers, una hermosa mujer de no más de cuarenta años –probablemente sí, a una mujer no se le pregunta la edad–, de largos cabellos marrones con reflejos de color rubio que le hacían lucir increíblemente atractiva, traía el cabello amarrado en una alta coleta dónde sus puntas onduladas caían rebelde por su espalda. Sus brillantes orbes eran de un extraño color dorado, para la época actual, ese color no se veía en muchas personas y, era tanta la maravilla que brillaba como el mismísimo oro. La mujer era atractiva, bella e increíblemente seductora. Vestía un pantalón de color negro que llegaba hasta el suelo, una blusa de color blanca bajo una chaqueta del mismo color del pantalón con el símbolo de H.Y.D.R.A. a un costado, portaba varios cinturones en su cadera, y, con ellos, varias pistolas cargadas. A diferencia de muchas mujeres de H.Y.D.R.A. ella vestía un par de tacones altos de color blanco.

Ella suspiró—. Han terminado las últimas pruebas de laboratorio, se hará el respectivo abordaje e iremos de regreso a New York.

— ¿Ahora? —Peter lucía sorprendido. ¿No eran las casi tres de la mañana?

—Papá lo ha ordenado —Peter no pudo evitar emocionarse—. Sí, han levantado el castigo. Lo veremos después de seis meses —Wade sudó frío—. Te esperaré afuera, es hora de marcharnos de esta isla.

— ¡Sí!

Sarah le dedicó una larga mirada a Wade, el hombre se sintió observado y, le dedicó una sonrisa de comercial, atractiva, que, con su aspecto anterior podría haber seducido hasta la arrugada vieja de Inglaterra—. Muévete tú también, Agente Wilson.

[—]

—Contestame con sinceridad —es que acaso cinco segundos de silencio era asesinarle lentamente—, ¿me odia?

—Sí, te odia —le contestó con la naturalidad más grande del mundo, ¿hace cuánto estaban juntos que no se había dado cuenta?—. Piensa realmente que existe una posibilidad de revertir tú factor inhumano de regeneración curativa.

— ¿Y eso significa, Genio?

—Cree ciegamente que puede matarte algún día —se levantó de hombros—, sólo no la saques de quicio, la odias; pero es mi hermana.

—No la odio, yo no odio a nadie… ¡¿a quién crees que podría odia?! Soy un mercenario adorable, puedes abrazarme mientras te acuchillo por la espalda —Peter giró los ojos en señal de fastidio—. A ti no te acuchillaría, eres mi amor, Pet-Pet.

—No me llames así —bufó, lanzó uno de los zapatos del contrario en dirección a su rostro—. Punto para Peter.

—Eso fue trampa —se limpió la sangre que se deslizó de su nariz—. ¿Sabes dónde está mi ropa interior? —Le preguntó mientras tiraba su uniforme en la cama, Peter recorrió rápidamente con la mirada la habitación en busca de ella, la verdad, no recordaba exactamente por dónde la había lanzado, era tanta la urgencia que incluso pensó que la había roto, se avergonzó ocultando su rostro de la mirada atenta de su pareja sobre él. La habitación antes había estado tan oscura que podrían estar en cualquier parte, de cosa, su ropa estaba bajo las sábanas que estaban en el suelo.

»Probablemente bajo la cama —se contestó después de largos minutos de observarle.

Hijo de puta, sólo lo hizo para avergonzarme—pensó, subiendo su ropa interior por sus piernas mientras ignoraba a su pareja. Giró su cuerpo hacía un costado, una de sus medias que habían sido lanzadas por su novio quedaron un poco lejos de él, pero al observar un punto en específico quedo a medio camino de su trabajo—. Wade.

—Dime, Amor.

—Mi hermana lo hizo trizas —apuntó hacía el equipo de sonido dónde pedazos de tela se deslizaban por las tuercas rotas y el objeto ardiendo en un apagado humeral de fuego.

— ¡ERAN MIS NUEVOS BÓXERES DE SPIDER-MAN!

Peter alcanzó a suspirar, alguna parte de él quería burlarse de su pareja, al verlo de rodillas frente a lo que era un equipo de sonido besando las cenizas de lo que anteriormente era un bóxer. Pero por el bien de su salud mental, prefirió simplemente comenzar a colocarse su ropa sin decir palabra alguna. Le lanzó la parte superior del uniforme que encontró entre sus cosas mientras se dedicaba a ignorarle –en serio, iba a acabar peor sí seguía prestándole atención–. Deslizó su mirada hacía un costado, distrayéndose en aquella piel quemada que cubría todo su cuerpo, la inexistente cantidad capilar que poseía y, la fealdad que su pareja consideraba como evidente. Una suave risa escapó de sus labios, su novio era un completo idiota.

— ¿Te ríes de mi desgracia? —Le preguntó.

Peter estaba listo, giró su mirada hacía el contrario encarándole con la máscara de su pareja entre sus manos. Le alcanzó, tenía el pantalón a medio poner, la parte superior del uniforme en sus dedos y, una mueca de disconformidad. ¿Fingida? Probablemente, Peter no pensó demasiado en eso. Se puso de puntas para alcanzar bien el rosto contrario, con sus dedos libres tocó el rostro de su pareja, lo deslizó desde sus pómulos hasta sus labios, lentamente comenzó a colocarle la máscara con una sonrisa bastante sincera entre sus labios.

—Me rio de lo idiota que eres —susurró. Besó sus labios encima de la máscara antes de girar para salir de aquella habitación.

— ¿Estás seduciéndome, Peter? —Le preguntó al aire, el menor giró los ojos colocándolos en blanco ante la evidente acción—. ¿Eso es un sí? No tengo ropa interior, ¿y si llego a tener una erección con tan solo verte en esos pantalones ajustados?

Esto es lo que me gano por ser tan amable con él—pensó con fastidio.

Wade observó el pequeño trasero contrario salir de la habitación, para su mala suerte, no vestía ese famoso traje de Spider-Man que tanto lo volvía loco. Traía uno de los tantos uniformes de H.Y.D.R.A. al igual que su exótica hermana mayor, un pantalón negro junto a una chaqueta del mismo color; una musculosa azul bajo esta mientras que la chaqueta se encontraba cerrada y, remangada para el gusto del adolescente hasta sus codos. Intentaba arreglar su cabello color marrón hacía arriba, le hacía ver más adulto y maduro. Entrecerró sus ojos marrones cuando su hermana removió sus cabellos, se quedó cinco minutos más, tener pensamientos eróticos en esos momentos no era una buena idea.

Pensaré en mutilaciones—bien, esa tampoco era una brillante solución.

Peter comenzó a desesperarse—. ¿Wade?

—Creo que tengo una erección.

Suspiró con fastidio, ¿cuántas veces había ocurrido esa noche? —. ¿De nuevo pensaste en mutilaciones?

—Lo siento… —se disculpó—. Es imposible no hacerlo cuando los imagino a ustedes dos desnudos mientras me esperan en una gran cama matrimonial: « ¡Oh, Wade! ¡Ven y devorame, no sabes cuánto envidiaba a Peter! » —Intentaba imitar la voz de Sarah con total fracaso—. « ¡Te permitiré tocarme todo lo que quieras, Pooly, no me abandones jamás por un par de tetas que a los cuarenta se caerán como la Torre de Pisa! » —Deberían darle un premio a ese cabrón.

—Lo mataré —susurró tétrica. En segundos desvainó las dos mejores armas que tenía en su cinturón, no tardó en quitarle el seguro y entrar después a la habitación. Peter sólo escuchó fuera de esta: disparos, contó exactamente treinta. Vio el rostro satisfecho de su hermana al salir del cuarto.

— ¿Hermana?

—Muévete, Pet.

Peter tardó dos minutos en alcanzarla, ese tiempo se lo dedicó a inhalar el aire suficiente antes de asomarse en la habitación para ver cómo había quedado su pareja. Cuándo tuvo la valentía de observarlo, tragó seco—. Te veo a bordo del avión.

Wade se demoró exactamente un minuto para volver a hablar—. Da-dame… —escupía sangre—. Ci-cinco mi-minutos —Peter sonrió, tal vez fue demasiado pronto—. Ok-Okey, qué sean diez.

—Deberías intentar curar otras cosas primero que no sean tus cuerdas vocales —su pareja volvió a sonreír—. Intentaré que no despegué antes —le lanzó un beso al aire—. Y, le diré a unos agentes para enjuagar tu traje.

—Agua carbonatada con limón.

—Sí, lo recuerdo perfectamente —giró su rostro un momento y, antes de comenzar a trotar para alcanzar a la mujer de largos cabellos castaños volvió a abrir sus labios—. Te amo.

—También te amo, Pet.

Al menos no lo había lanzado del edificio hacía la calle cómo había ocurrido otras veces. Cincuenta pisos, Peter. Hubieran sido cincuenta malditos pisos —esto podría ser un punto a favor al tener un novio prácticamente inmortal y, una familia que lo odia a muerte, tanto así, que intentaron asesinarlo tantas veces.

Masoquista o no, debía de admitir que a veces era divertido.

[—]

EEUU, New York | Manhattan.

[Torre The Avengers — Salón de fiestas | 2330]

Una corriente eléctrica cruzó su espalda, había comenzado a sudar; eso, era malo para su situación actual. Los nervios estaban crispándole no sólo sus emociones, sino, la punta de sus cabellos –metafóricamente hablando–. La mano extendida del rubio detrás de su cintura le permitieron volver a tomar asiento, sus movimientos eran suaves, delicados. ¿Estaba intentando evitar que volviera a tropezar? Debía de saber que una toxina midgardiana no le haría ni cosquillas. Inhaló el aire suficiente, sí estaba jugando con él pronto iba a ver sus verdaderas intenciones, humedeció sus labios. El telón estaba cayéndose detrás de él, la burla de cada uno de los espectadores no tardarían en llegar a él, no entendía lo que estaba ocurriendo, era un excelente mago; un hechicero que incluso los más poderosos del mundo tendrían miedo de él. ¿Por qué? La duda volvería a presentarse, aquella magia que le permitía transformarse en una persona inexistente desaparecería, volvería a ser él mismo, aquel hechicero que fue derrotado por una bestia verde, aquel; que fue traicionado por su propio hermano.

No quería volver a Asgard.

—Hey —la voz se escuchaba tan lejos, tan monótona—. ¿Te encuentras bien? —Thor cuestionó esta vez un poco más cerca que la anterior, quería asegurarse que la cuenca de los ojos contrarios estuvieran sanos. La chica se sobresaltó de la sorpresa al sentir la mano del rubio deslizarse lentamente por su rostro, fue delicado, cómo sí estuviera tocando una frágil pero a la vez hermosa joya; una entre un millón. La reacción delicada poco a poco se convirtió en el suave viento besando sutilmente su piel.

Los ojos del hechicero siguieron la mano de su hermano hasta que quedó en su rodilla —. Lo estoy, gracias —contestó de forma tímida, intentaba evitar cruzar su mirada con su hermano; seguro que leería una burla en estos, pero ver los labios del más alto no le permitían disimular lo tranquilo –mentira– que se encontraba.

— ¿Cómo te llamas, Dama? —Loki casi se ahogaba con aquella pregunta.

— ¿Qué? —Ella parpadeó confusa, levantó finalmente su rostro para observar a su hermano cara a cara, aquella figura de adonis que tanto volvía loca a las mujeres que se toparan en su camino, aquella sonrisa tan sincera, humana; le causaba urticaria: tan midgardiana —pensó. Inmediatamente giró su rostro, observó a Black Widow, en el segundo piso del salón hablando con un grupo de hombres –probablemente agentes de H.Y.D.R.A.–, cerca del balcón de la misma habitación se encontraba la Bestia Verde, ¿cómo era su nombre? Hulk, estaba viendo las luces de los edificios continuos, sin duda, estaba gozando de la fiesta. El Hombre de Hierro había desaparecido hace un buen rato con su amigo; no estaba por los alrededores y, en toda la noche, no había visto al Loco de las Flechas… ¿estaba acaso en una trampa?

— ¿Estoy molestándote?

—Lo siento —desvió la mirada—, sigo algo alterada —confesó. Tan sólo había una razón, sí no se trataba de una trampa de Los Vengadores para atraparlo de nuevo; su hermano le había mentido a ese hombre, no sabía quién era él en realidad—. Kim.

— ¿Kim?

—Hwa Kim Hyun —completó, recordó que en la supuesta invitación de la fiesta ese fue el nombre con el cual asistió junto al Hombre del Tiempo—. Puedes decirme Kim, cómo lo hace mi hermano —sonrió.

—Soy Thor —se presentó. Ella soltó una risita de su garganta, fue una hermosa melodía para quienes estaban a su alrededor. La tensión en el aire estaba desvaneciéndose, eso, era excelente—. Pero eso lo sabías, ¿no?

—Lo sabía —contestó—. Eres bastante famoso, Thor —elevó sus cejas al aire antes de proseguir con lo que estaba diciendo—: es un placer.

Thor pareció distraerse durante segundos, pensó, que en ese tiempo; su hermano aparecería—. ¿Dónde está? —Ella elevó sus cejas con curiosidad—. Tú hermano, ¿no está?

Kim paseó su mirada por todo el salón buscándole—. Sé que vino a hacer algunos negocios —mintió, su voz parecía tan real que incluso durante segundos él se creyó lo que estaba diciendo—. Es obvio que esté ocupado…

—Pero no debió haberte dejado sola, ese idiota intentó… —ella colocó suavemente su mano encima de la del rubio, quien, en un afán de tranquilizar la ira que comenzaba a sentir, apretaba su rodilla—. ¿Kim?

—Está bien, no bebí mucho del vino —sonrió—, fue un mareo repentino; me salvaste. Gracias —la vergüenza no tardó en aparecer incluso por las palabras dichas por ella misma, las mejillas de Thor adquirieron un profundo color carmín que le hizo tartamudear en lo que iba a decir; fue tanto que causó una risa divertida de los labios de la mujer de largos cabellos negros, que, en una verdadera y vivida vergüenza se sonrojó igual al verlo girar lentamente su mirada hacia dónde ella se encontraba.

» Eres un verdadero héroe, Thor —susurró.

Tartamudeó—. Es mi trabajo —finalmente, mencionó las palabras que tanto había esperado escuchar.

Kim cruzó su pierna encima de la otra, sí era cierto que ese hombre todavía no sabía que ella era en realidad él y, que para llenar el vaso de la sorpresa era su hermano El Príncipe de las Mentiras que debía de estar encerrado en una cárcel en Asgard, podría jugar con él, al menos, hasta que sea la hora de marcharse. Inhaló el aire suficiente, desviando su mirada hacia atrás, en dónde, alcanzó a localizar con su mirada los ocelos de Zoe que estaban observándole atentamente. La situación era cómica, ese hombre todavía no confiaba en él, a diferencia del resto de H.Y.D.R.A. que podría besarle sus pies en cualquier minuto, sonrió al momento de leer en sus labios que faltaban algunos minutos para que la fiesta terminara, pocos, realmente. Levantó una de sus manos tocando sutilmente sus labios: entendido —trasmitió. La diversión, probablemente comenzaría dentro de poco.

—Thor —le llamó suavemente, la forma inocente como lo dijo le hizo comportarse como una niña pequeña buscando la atención de un sujeto realmente mayor. Apoyó su mano libre que había tocado con anterioridad la rodilla contraria en el hombro del rubio, acercándose cada vez más y más hasta que rozó su aliento en el oído ajeno—. ¿Te importaría acompañarme? —Cuestionó con un hilo de voz lo suficientemente atractivo—, realmente me siento tan sola…

Thor tragó seco—, por supuesto —al girar su rostro no pudo evitar bajar la mirada hasta el borde del escote de la mujer—. Tengo tiempo de sobra —Loki sonrió divertido, levantó suavemente la barbilla del rubio con su índice hasta toparse con sus ocelos azules: era una fiera batalla entre cristales contra jades.

—Mis ojos están arriba, Tigre —mordió su labio de forma lenta y sensual. Thor intentó apoyarse hacia adelante para acercarse más a ella—. Y mis labios fuera de tu alcance —susurró, golpeando su aliento a rosas cerca de los contrarios. Ella se acomodó mejor en el sofá, comenzando una charla demasiado casual con el asgardiano.

[—]

La incapacidad de protegerse en ese momento era lo que más odiaba, no era una mujer y, sí lo fuese, no sería esa especie de mujeres pasivas que se dejarían dominar fácilmente por un hombre; quien, con toda la tranquilidad del mundo tomaba las riendas de las acciones que les rodeaban en esos momentos. Era aquel sentimiento de incompetencia, de desesperación que le hacía recordar que, aunque tuviera toda la fuerza necesaria para golpearlo con el traje de Ironman puesto, simplemente no podría llamarlo, porque colocaría en riesgo la vida de muchas personas. Tomó una gran bocanada de aire cuando se permitió en la libertad de separarse de aquellos labios ajenos que dominaron durante mucho tiempo el beso, había estado golpeando el pecho del rubio de forma desenfrenada cinco minutos antes… ¡iba a matarle sí seguía privándole de aire durante tiempos largos y prolongados! A veces se olvidaba de respirar por lo bueno que era, otras veces, se obligaba a intentar hacerlo con la intensidad de aquellos besos que le hacían volver a sumergirse en un extraño sueño, uno en dónde no recordaba nada más que aquella extraña sonrisa. Sentía su piel erizada, sus rodillas temblaban de forma errática, ¿por qué era tan malditamente bueno?, ¿qué era lo que le impulsaba a él a corresponder de forma automática? Tan sólo esa sonrisa podría ser capaz de derretir a quienes la observaran, los labios que se abrían antes de acercarse a los suyos, el aliento golpeando contra su rostro, sus manos temblando hasta tomarle del cuello de la camisa, hasta que por fin, volvían a caer en esa extraña danza dónde intentaba con todo lo que tenía dominarle.

Aquella extraña máscara que cubría la mitad de su rostro le colocaba los nervios de punta, debía de quitársela de una buena vez, abrió sus ojos, los contrarios estaban observándole sin pena alguna, los ocelos azules de su captor estaban sobre los suyos, sin temblor en sus pupilas, detallando cada una de sus facciones, cada vez más y más cerca. Era aterrador, podría retroceder las veces que quisiera al observarlo, pero la pared tras él le impedía huir, lo sabía, perfectamente entendía su situación: atrapado en las fauces del lobo.

Sí se lo proponía, en cualquier momento podría extender su mano y palpar la tensión en el aire. No sólo era el cuerpo del castaño que con cada uno de sus roces se tensaba hasta el punto de convertirse en una maldita cría de borrego recién nacida. También eran los pensamientos del contrario que lo colocaban en esa posición, le molestaría intentar penetrarlo sí no se relajaba: debía de hacerlo, maldita sea. El sexo duro era una de sus actividades preferidas, pero sin nada que le excitara ese encuentro se volvería en otro trauma para el castaño y, lo que menos quería en esos momentos es que huyera cada vez más de él. Colocó la correa, tan sólo tenía que tirar de ella para que el animal comenzará a seguirle. Quería obsesionarle, que sólo reaccionara a su cuerpo, que se volviera loco: convertirlo en su propiedad. Por lo tanto, besarle era lo único que se le ocurrió para calmarlo –aunque esto por algún motivo lo tensaba más–, robarle el aliento, provocar que suplicara cada vez más por sus maravillosos besos, humedecer sus labios, rozar ambas entrepiernas todavía con la ropa puesta: tentarle. Disfrutaba ver cómo sus ojos lloraban en suplica, su mano aferrándose a su camisa. Pidiendo en una inexistente voz por más.

Había disfrutado de muchos placeres, mentiría si dijese que no; H.Y.D.R.A. le permitía muchas cosas, a través de los años se había ganado grandes reputaciones, un equipo estable en misiones y, a parte de sus constantes amantes, grandes lazos con fuertes naciones neutras y, líderes astutos. Lo que permitía que su trabajo fuese incluso mucho más sencillo, tenía a gente a su control que moriría por él y, aunque muchos pensaran que él sobrevivía a todo aquello día a día gracias a su personalidad la realidad era otra. H.Y.D.R.A. le abrió muchas puertas, pero también, le cerró otras. La cruda verdad golpeó su cara cuando despertó, los sueños que alguna vez deseó fueron arrasados por la realidad. Él no existía en ese mundo y, aunque ninguno lo venía venir: lo olvidaron.

El Capitán América murió el día que nació Capitán H.Y.D.R.A. Cuestionarse si alguna vez el verdadero Steven Grant Rogers vivió es algo que nadie podría explicar. Ni siquiera se consideraba Steve, probablemente lo único que quedaba eran las cenizas de este. La sonrisa que apareció en sus labios fue aquella que definió exactamente la razón de sus acciones, debía de cambiar de parecer en sus decisiones, no podría ser realmente complaciente con uno de los culpables de su destino, a decir verdad: del hijo de uno de ellos. Cómo se arrepintió de no haberlo matado cuando todavía era un niño. No tendría… estos malditos sentimientos encontrados.

—Tony —el castaño levantó su mirada al escuchar su nombre, los labios del Capitán mostraban una extraña sonrisa que jamás había visto en los dos únicos encuentros que ambos habían tenido. Le estaba asustando, él era honesto, no le gustaba ninguna de las sonrisas de ese hombre, pero esas tenían motivos: no era aquella psicótica que mostraba cuando planeaba algo, mucho menos –y para más tensión–, aquella sonrisa falsa que quería parecer sincera para engatusar a quienes no le conocían, quienes estaban a su alrededor caían en ella uno tras otro. Está, esa extraña sonrisa… sentía que podría matarlo en cualquier momento.

» Masturbate.

Tardó en procesar la información que había acabado de escuchar—. ¿Qué? —Parpadeó incrédulo al verlo retroceder.

—Quiero ver cómo te masturbas —volvió a repetir mucho más tranquilo, la sonrisa había desaparecido de sus labios pero sus intenciones no. Caminó hasta la larga mesa de reuniones, recorrió con la palma de su mano una de las sillas que estaba organizada perfectamente en su posición, la giró segundos después, sentándose en ella con las piernas cruzadas—. Permíteme disfrutar de un espectáculo privado, Tony.

Humedeció sus labios, observó como el castaño deslizó sus manos hasta la hebilla de su cinturón, temblaba, lo notó al escuchar el sonido del metal al chocar en los botones de su pantalón. La sonrisa de sus labios que había desaparecido regresó de golpe, los botones fueron soltados segundos después, seguido de la corredera que deslizó hacía abajo, logró ver cómo estaba de excitado, un poco húmedo gracias al pre-seme que lograba ver a través del bóxer que tenía puesto y, sin lugar a dudas: había sido culpa de sus besos. Le indicó a través de un movimiento con su cabeza que se deshiciera del pantalón, así lo hizo. Lo bajó lentamente por sus piernas. Tony se movía mecánicamente, como una de sus creaciones, parecía un novato en su primer día de gigoló, a muchos ese ritmo de acciones podrían bajarle la erección o quitarle las ganas de acosarse con alguien, no era nada sensual, nulo atractivo. Cómico, aburrido; pero él se estaba divirtiendo. Observaba las lágrimas que se deslizaban de las mejillas del castaño, le indicaban lo bajo que estaba llegando por proteger a todos quienes estaban en la torre o lo bien que se estaba sintiendo al volver a acostarse con él. No lo podría decir con seguridad, pero su compañero tampoco tenía esa respuesta.

Levantó la mirada, observó cómo el contrario no le quitaba los ojos de encima. Eso le estaba cohibiendo, cada movimiento, paso e incluso ese intervalo de tiempo en que tardaba en quitarse las cosas las estaba midiendo. Tragó seco, ¿qué era lo que estaba pensando aquel sujeto? No podía decirlo con total claridad y, eso le estaba molestando bastante. Él era un genio, uno de los sujetos más brillantes del mundo –era el único–, se sentía orgulloso de sus hazañas; de lo que había logrado desde la muerte de sus padres. ¿Por qué? ¿Por qué estaba cayendo tan bajo por personas que seguramente lo tomaban como un completo charlatán? ¿Quién le aseguraba que ese sujeto delante de él realmente tenía una bomba? Cuándo sus manos deslizaron su chaleco de sus hombros le permitieron tener totalmente acceso a la armadura de emergencia, sí apretaba ese botón, aún, sin la ayuda totalitaria de J.A.R.V.I.S. tendría acceso de inmediato al Mark 36. ¿Qué estaba esperando? ¿Por qué estaba perdiendo demasiado el tiempo en despertar a su última armadura? Estaba construida con la tecnología más nueva, diseñada, para derrotar al hombre que estaba delante de él.

—Yo cómo tú no haría eso, Tony —el castaño sudó frío. ¿Le había descubierto? Estaba perdido, mucha gente moriría por su culpa—. Déjate la camisa, quiero que la sostengas con tus dientes —levantó su mirada observándole. La sonrisa del rubio le hizo soltar el chaleco, lo sabía, esa mirada estaba diciéndole que conocía cada uno de sus movimientos.

Trató de hablar, pero su voz se cortó

» No me hagas esperar, Tony.

Así lo hizo, escuchó como el chaleco caía al suelo, el botón estaba cada vez más lejos de él y sus esperanzas de detenerle se habían ido a las alcantarillas de New York junto a aquella dignidad de la que tanto estaba orgulloso de presumir. Apretó el borde de la camisa con sus dientes, estaba remangada, se lograba ver su abdomen ahora delgado de tanto tiempo que había evitado comer, el reactor arc en su pecho seguía brillando con tanta intensidad. Una de sus manos sacaron su miembro de su bóxer, la mirada del rubio le había indicado que sería realmente aburrido sí se lo quitaba. ¿No era mejor mancharlo también de su propia esencia?

—Lento.

Mordió su labio inferior, ¿se había vuelto loco? Tocó con la punta de sus dedos su glande, se sentía húmedo, pegajoso; estaba increíblemente excitado. No descartaba las posibilidades que el beso hubiera ayudado bastante a su estado actual, sin embargo, su cuerpo estaba contrayéndose desde que se encontraban en el salón principal, cuándo el roce de entrepiernas en el baile se hacía increíblemente palpable, el aliento del rubio contra sus labios, las manos del contrario deslizándose… su voz. Masoquista, se había vuelto uno peligroso. Una corriente eléctrica cruzó su espalda cuando sintió como su prepucio descendía por su falo, tuvo pavor de levantar la mirada, pero, cuando lo hizo, notó de inmediato que aquella que recibía era distinta a la que antes estaba llenándole. Las emociones que desprendía era incapaz de descifrarlas, estaba devorándole con la mirada, entendió, desde ese momento, que se podía desvestir a alguien más allá de la ropa. Leyéndole por dentro, manipulándole. Había caído en sus brazos una vez más. Apretó sus dientes con mucha fuerza, envolvió su miembro con su mano, comenzó a bajarla, lentamente: tal y cómo había sido ordenado que lo hiciera, una auto-tortura que divertía sin lugar a dudas a su espectador. Lo sentía en la piel, como le comía con la mirada, su estómago comenzó a revolverse, quería vomitar, sentía que su cuerpo cada vez se volvía débil ante sus propias caricias, de nuevo, se vio extendiendo sus piernas para dejarse tomar por él: otra vez.

—No te detengas, Tony —la sonrisa del rubio creció sobre sus labios—. Vas bien.

FLASHBACK

» comienza «

EEUU, New York | Manhattan.

[Mansión Stark — Habitación del único hijo Stark | 1982]

Observó el oso de felpa que tenía entre sus manos, se veía tranquilo, igual a un niño pequeño que recibe el mejor regalo el día de sus cumpleaños y lo era, recién había cumplido ocho años de edad y, su pulgar metido en su boca le indicaba que todavía no había madurado lo suficiente para dormir como un hombre en su cama. Las persianas se encontraban cerradas, la luz de la luna no era lo suficientemente brillante para descubrir que su corpulento cuerpo se escondía detrás del armario de madera en dónde la ropa del niño se encontraba, mirando a aquel estúpido mocoso que dormitaba en su cama. Espero que el silencio de los pasillos se hiciera eterno, comenzó a caminar hasta el borde de la litera, se sentó a un costado de está observando al niño que entre murmullos lograba decir algo cómo: « No quiero más postre, Patricia… es asqueroso » curvó sus labios en una mueca, sabía quién era Patricia, su niñera, vivía en Queens, su mayor debilidad era la cocina, reprobó el curso de gastronomía; vive con sus padres y, para su desgracia, recibía constantemente bromas pesadas del castaño en las cuales algo tarde o temprano acababa explotando.

Estiró una de sus manos hasta rozar con sus largos dedos las mejillas del pequeño, apretó una de ellas y, de forma inconsciente, hizo un puchero en su boca. Sabía que iba a ser peligroso sí crecía, dejar que ese niño observara lo que el mundo era de verdad ampliaría sus conocimiento, era un genio y no tenía más de ocho años; no quería verlo con veintiuno. El hombre se sobresaltó un poco al sentir como un manoteo suave golpeó su mano, bajó la mirada al ver que se acomodaba mejor sobre la cama dejando al aire su estómago. No era una mala forma de dormir, ¿no eran las madres las que se encargaban de cubrirnos hasta el cuello para no pescar una enfermedad por dormir con el estómago al aire libre?

—Di tus últimas palabras, Anthony Edward Stark.

El susurró se escuchó en toda la habitación, pareció cómo la muerte llegaba en la penumbra de la vida dispuesta a arrebatarla en cuestión de segundos. La mano del pequeño que permaneció encima de la del hombre se sacudió, apretó automáticamente la mayor al sentir que no se encontraba solo en la habitación: alguien estaba con él. ¿Quién? Logró observar en la oscuridad que los ojos del niño se comenzaron a abrir, sería realmente malo sí lanzaba un grito, sí suplicaba en la oscuridad que le soltara o le gritara exigiéndole su identidad. No le favorecía que guardias de seguridad llegaran a la habitación interrumpiendo un asesinato, las gruesas manos del sujeto se envolvieron en el delicado cuello del niño quitándole tanto la respiración como las fuerzas para gritar que pudo haber tenido sí ese hombre dejaba pasar mucho más el tiempo. No logró lanzar una bocanada de aire, cuándo toda fuente de recolectar para sus pulmones fue cerrada de golpe.

Los ojos del niño se abrieron de golpe al verse expuesto en esas circunstancias y, lo único que logró observar del homicida fueron aquellos brillantes ojos celestes que resplandecían con intensidad dentro de la oscura habitación gracias a los hermosos rayos que desprendía la luna llena esa noche. El soldado sintió como las pequeñas uñas del chico intentaban rasguñarlo o herirlo para quitárselo de encima, cómo sus ojos comenzaron a lagrimear en suplicas silenciosas que le soltara –era eso, o su aire estaba llegando a su fin–, le iba a matar: no había duda. Estaba en ese lugar por esa razón, lo haría, porque ese era el destino de ese niño.

¿Había sido enviado por H.Y.D.R.A.? NO, no estaba obedeciendo a nadie más que su propio deseo de venganza, de querer desaparecer del mundo aquello que comenzó a modificar el suyo, iba a matar a una criatura inocente por el engaño de su progenitor, quien se suponía que había sido su amigo, todo, por los fragmentos del pasado que todavía se clavaban en su oscuro corazón.

Pero no estaba preparado para lo que ocurrió un segundo después, las manos del pequeño niño habían dejado de hacer fuerza para que lo soltaran, no habían caído a los costados de la cama muertos, sino, subieron lentamente hasta su rostro, haciéndole despertarse de golpe de la venganza ciega en la que había caído minutos atrás. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué estaba haciendo cómo sí secara lágrimas falsas? Lo soltó de inmediato, fue tanto el impulso que se cayó de la cama por el pánico, estaba temblando, sintió que una de esas gotas cayó en su mano y luego, seguían humedeciendo todo su rostro. ¿Había comenzado a llorar? ¿Qué estupidez era esa? Levantó su rostro, estaba temblando, como un niño pequeño, sentía que las lágrimas que estaban brotando realmente eran las que ese pequeño quería dejar salir porque era su muerte, porque él le estaba matando…

Intentó recuperar la respiración, tranquilizarse, terminar el trabajo. Pero al levantar su rostro al borde de la cama ese pequeño estaba observándole con sus grandes ojos de color marrón que tanto le recordaron su pasado, no estaban viéndole como un maldito villano, era lastima, vergüenza. Ese mocoso debía de haber muerto, no detenerse a secar sus lágrimas, viviría más tiempo, tal vez, unos segundos.

— ¿Por qué estás vivo? —Le exigió saber, pero su voz no sonaba autoritaria, quería entender el motivo por el cual no fue capaz de levantarse segundos después de proponerse el final del menor de edad. Todavía estaba dudando de proseguir con ese estúpido trabajo, no estaba dejando de llorar, seguía llorando, por todos esos años en los cuales estuvo congelado y, despertó para que su corazón fuese bañado por la oscuridad.

Anthony le observó sin decir palabra alguna, miró hacia la puerta de su habitación, luego, hacía su ventana. Tragó seco, estaba temblando, ese hombre le daba miedo, intentó matarlo anteriormente, pero entre los dos, entendía más que nadie el dolor que estaba sintiendo. Colocó los pies en el suelo, frío, cómo hubiese estado su cuerpo horas después de su fallecimiento. Caminó a tropezones hasta colocarse delante del hombre, agachándose hasta quedar casi a su altura por estar sentado en ese frío suelo, pero sus rodillas jamás llegaron a tocar el piso de su habitación.

—Porque eres como yo —le contestó con sinceridad—. Entiendo ese dolor, estas solo en este mundo, ¿verdad?

Los labios del Capitán América se abrieron con sorpresa e intentó musitar algo pero no salió nada más que un conjunto de frases inconclusas, un ahogado jadeo y luego: silencio. Observó como el pequeño estiraba sus manos, envolviendo sus mejillas entre sus dedos, acomodando sus rodillas entre sus piernas cómo sí estuviera a punto de abrazarle en aquella posición. Todo lo hacía con cautela, cómo sí estuviese a un centímetro de embestirlo contra el suelo.

» No tienes que sentirte más solo —le abrazó—, sí estamos los dos juntos nunca más te sentirás solo —el niño se alejó de él para ver su rostro, le sonrió, la poca luz de la luna le permitió ver esa hermosa sonrisa que pudo, en segundos, conmover su corazón—. ¿Verdad?

Tembló, cuando estiró su mano libre tocando con la punta de sus dedos el cuello de aquel chico de ocho años, dónde antes, sus manos estuvieron apretándole hasta quitarle todo el aire que pudo haber tenido en su pequeño cuerpo, como las marcas iban a permanecer allí hasta que su circulación volviera a la normalidad, cómo… ¿iba a explicarle eso a sus padres sin tener que involucrar a un extraño asesino que lloraba en su intento de homicidio?

—Todo está bien —las manos del niño se envolvieron en la cabeza del contrario para bajarlo y, en una posición de consolación colocarlo en su pecho suavemente—. No estaremos solos nunca más.

Lo último que recuerda de ese extraño suceso, eran las lágrimas de un hombre adulto en el pecho de un niño de no más de ocho años de edad. Ese fue uno de los mejores regalos de cumpleaños que Stark pudo haber recibido: su futuro asegurado.

EEUU, New York | Manhattan.

[Central Park — Cafetería | 1982]

Acomodó por octava vez la gorra que traía en su cabeza, los anteojos oscuros que cubrían su rostro llamaban la atención de las madres que paseaban con sus hijos por los alrededores. Ese hombre era el centro de todas las miradas, no solamente era por su físico, tenía una belleza envidiable, pero también, había estado sólo por alrededor de unas tres horas y, ese chaleco con capucha incluida no traía buena espina para nadie. Algunos vigilantes se habían atrevido a verlo durante largos minutos, él, les dedicaba una mirada sonriéndoles segundos después, estaba a punto de volverse loco, en serio, jamás haría planes con un mocoso. No, otra vez.

— ¡Tío!

Esa chillona voz no podría ser de nadie más que de él. Giró su rostro automáticamente, seguido de algunas madres curiosas que también giraron. El hombre se levantó de la banca para recibir con sus brazos extendidos al niño de ocho años que se lanzó en dirección a sus piernas, traía un bolso del Capitán América en su espalda, y, con una gran sonrisa, se limpió la cara sucia con el chaleco del hombre.

—Te tardaste, Mocoso.

—Lo siento, tuve que escaparme de los guardianes.

La ceja elevada del hombre le hicieron querer preguntarse realmente sí los guardias de seguridad serían tan idiotas de perder a un mocoso de ocho años, pero luego, en su mala suerte, recordaba que se trataba del genio Stark. Podría incluso volar la seguridad del Pentágono en algunos años más.

— ¿Tienes hambre?

—Sí, quiero —movió su mano encima de su estómago. El hombre le tomó de la mano, el niño comenzó a parlotear un sinfín de historias sobre sus padres, la última broma que le había hecho a la niñera e incluso, la que le hizo a sus supuestos guardianes. La idea era que las miradas se despegaran de ellos, le gustaba caminar en el parque con su supuesto tío, pero, sin llamar la atención.

[—]

LUNE era una singular cafetería que se ubicaba al borde del gran lago de Central Park, cómo bien conocían todos los neoyorkinos el parque era tan grande que incluso tenía un zoológico dónde los niños podrían ir a disfrutar de todos los animales que estos poseían. La cafetería, por muy extraño que parecía, no era demasiado concurrida, probablemente porque su posición no era para nada segura ante los ojos de muchos padres sobreprotectores o porque la extraña aura que la cubría era extremadamente peligrosa, de hecho, las pocas familias que llegaban allí solamente era para comprar algo de agua e hidratar a sus pequeños hijos o aperitivos para que sus niños comieran lejos de ese lugar, mucho más cerca de ellos, mucho más lejos del profundo lago. No era un lugar exclusivamente elegante, podría tener las cenas más hermosas de todas a la luz de la luna pero los dueños se satisfacían con cerrarlo a las cinco de la tarde. A sorpresa de la extraña pareja que comúnmente concurría allí es que no era pobre, pequeña sí, pero tenía una decoración preciosa, se sentían en casa. Esas pocas mesas que cubrían casi la salida al patio del local dónde los dejaba con la vista directamente al lago eran las más limpias de todas, para el gusto de ambos, cómodas. La comida era simplemente deliciosa, sí esos padres se detuvieran un poco más durante minutos podrían probar lo que era tener en su paladar una tentempié insuperable. Y, lo que más le gustaba al adulto era aquel fuerte olor a café que embriagaba todo el lugar, demasiado para que niños entren a jugar, pero no lo suficiente para que su compañero se retracte de acompañarlo, ese café espresso que lo servían en horas específicas de la tarde para disfrutar de la maravillosa vista que el lago les brindaba.

Por ende, aquella pareja extraña formada por un adulto y un niño de no más de ocho años lo suficientemente maduro para entender el ambiente de esa cafetería se sintieran de lo más normal disfrutando de la comida que esta servía, incluso, estando cómodos en un mundo en dónde ninguno de los dos pertenecía en lo más mínimo. Uno de ellos era un asesino de una organización criminal nazi, mientras que el otro, el futuro superhéroe que traería la paz a la tierra: Ironman. A medida que se acercaban veían a padres solteros junto a sus hijos, niñeros, tíos, sobrinos, nietos caminando de un lado a otro –o en el peor de los casos, corriendo detrás de los mocosos–, eso era tan normal dentro del parque y, ese pequeño que observaron tomar posición más cerca de la ventana para observar el lago hablaba sin parar, disfrutando de la extraña compañía del adulto que, a pesar de no decir nada, demostraba en su rostro diversión. No, la verdadera palabra era tranquilidad.

La orden no tardó en llegar a la mesa, Anthony solía pedir diferentes cosas, desde deliciosos pasteles hasta galletas con chispas de chocolate o tortas frías en los días más calurosos, al contrario del siempre recto hombre rubio que su espresso no tardaba en aparecer en la mesa. La mesera que siempre los atendía con una gran sonrisa llevaba el siempre entusiasmado pedido del chico –que comúnmente pedía el postre recomendado del día– y, al hombre, el café acompañado de un chocolate amargo envuelto en un lazo de color carmín que podría ser un regalo de la casa para disfrutar con una bebida tan fuerte. No necesitaban palabras que le dieran un cambio a las conversaciones que solían tener, mucho menos, utilizaban absurdas anécdotas para comenzar la discusión, el menor desde que llegaba hasta dónde él hasta finalizar su postre parloteaba sobre todo lo que hacía en casa, desde las bromas a sus sirvientes, anexando todo lo que había hecho en la mañana, desde inventos nuevos, lecturas innovadoras hasta lo que había aprendido de los profesores privados –o presumir de lo que sabía a estos–. Los clientes regulares solían dejar aquel puesto vacío, sabían que ese animado chico amaba sentarse cerca de la ventana observando los botes de agua navegar en el lago, las personas del otro lado sentándose y, algunas de ellas saludándole.

Fácilmente observaban a parejas tan extrañas como ellos caminando por todas partes, con frecuencia, conversaban sobre lo entretenido que sería participar en uno de aquellos concursos que hacían cerca del borde del lago, sin embargo, dada la condición de ambos, lo único que les evitaba meterse en serios problemas era aquella para nada concurrida cafetería, dónde un dueño anciano solía entretenerlos con historias de guerra, a pesar de que uno de ellos la vivió en persona.

— ¿Cómo está tú garganta? —Le interrumpió, había dejado de escucharle desde la parte dónde Patricia caía por decimoctava vez en la broma del limpiador automático, se preocupó al escucharlo toser al beber aquel granizado helado.

Anthony tardó exactamente un minuto con treinta y siete segundos en contestar, probablemente la respuesta a aquella pregunta planteada por el ex soldado de guerra traería consigo la misma discusión de todos los encuentros. Estaba totalmente consciente que era él quien obligaba constantemente al adulto en encontrarse algunos días de la semana, a veces los fines de semana en pequeñas ferias de pueblos o localidades escasas que las personas no solían conocer; desde ese extraño encuentro en su habitación y, por muy perturbador que suene, la trágica puerta entreabierta hacía su muerte no se lo había podido sacar de su cabeza. Pensó, en su cabeza infantil, que eran iguales: demasiado para el gusto del mayor. Atrapados en aquella cruel soledad que los volvía inferiores, los recuerdos que aferraban los deseos de vivirlos con alguien, pero, por mucho que suene bien, por alguna razón era diferente, no podría simplemente olvidarlo o denunciarlo con su padre para que lo atraparan, se había encariñado con el hombre que trató de matarlo: así de simple.

—Tengo gripa —mintió—, me ha estado doliendo desde ayer, pero Patricia me dio un analgésico para eso… pienso que estaré bien.

Todavía es un niño—se recordó—. Anthony.

—No, no, no. No quiero escucharlo —esta vez fue mucho más firme que otras veces—. No dejaré de verte —infló sus mejillas en un mohín infantil, declarando, con voz firme, su capricho. Bajó su mirada de la contraria, evitando volver a encontrarla, no quería enojarse, no ese día; el sabor de su malteada fue mucho más interesante que una mirada de reproche de una discusión inexistente. El soldado permaneció en aquella posición segundos más, desvió la mirada de los ojos hasta el cuello del castaño hasta que finalmente centrarla en el lago que se levantaba delante de él… ¿cuándo fue que la marca de sus dedos desapareció junto a la venda que usualmente le cubría? ¿Cuándo volverían esos deseos de venganza que le cegaron?

Estaba seguro que sería la última vez que la mano de ese niño le alcanzaría—. Deberías dejar de juntarte conmigo —declaró.

Esa vez fue la única vez que Stark jamás contestó.

EEUU, New York | Brooklyn.

[Canarsie — Edificio Abandonado | 1983]

En definitiva, estaba maldito. ¿Por qué la celebración de su cumpleaños había terminado de esa trágica forma? Al sentir como se cortaba su respiración, intentó inhalar todo el aire que pudo cuando el mayor se detuvo a inspeccionar el terreno dónde se encontraban; no podía correr más, estaba exhausto. La verdad, había pasado sus límites desde hace mucho tiempo, sus piernas gritaban de dolor y sentía como poco a poco su corazón latía tan rápido como sí quisiera escapar de su tórax. ¿Por qué? ¿Por qué todo tenía que terminar tan mal? ¿Es que acaso no podía tener un cumpleaños como cualquier niño de su edad? Ese día sus padres ni siquiera se tomaron la molestia de felicitarlo, un simple desayuno; a pesar de la cantidad de alimento ninguno de los adultos se molestó en cuestionar a los sirvientes a que se debía la exótica comida, el regalo fue preguntarle al niño cómo habían estado las clases de la semana y, en un silencio estoico, se marcharon con urgencias de casa por un viaje que salió en los pocos minutos que estuvieron como familia. Y, a pesar que encontró la oportunidad para pasarla con su único amigo, todo se acabó en pocos segundos.

En sus reflexiones matutinas, decidió enviarle un mensaje de texto que fue contestado una hora después, escapó con éxito de su casa sin que ninguno de los sirvientes o guardaespaldas se dieran cuenta –estos estaban emocionados por una estúpida fiesta sorpresa–, la verdad él no estaba para nada interesado, era aburrido. Tomó un taxi y, en minutos –gracias trafico neoyorkino– llegó al lugar de encuentro, tenía entendido que cerca de allí se encontraba el barrio dónde ese hombre vivió y, cómo usualmente lo hacían, entraron a uno de los tantos parques del condado a comprar un helado por el cumpleaños del menor. Pero no esperó ser abordados por una camioneta segundos después, poco a poco la conversación se apagó hasta que no fue más que murmullos incoherentes del mayor, el menor no entendió nada hasta que el adulto se levantó de golpe y, con su mano envuelta en la suya le obligó a correr detrás de él.

Giró la mirada al notar que estaban totalmente solos—. Es hora de irnos, ¿ya recuperaste el aliento? —La voz del soldado le erizó la piel.

— ¿Qué? ¡YA! —Anthony terminó desperdiciando todo el aire que había inhalado con aquel grito, eso le cansó más—. ¡ERES UN MONSTRUO!

El pavor que sintió el niño cuando le escuchó hablar le hizo temblar, no le tenía miedo, ese insulto fue más para suavizar el ambiente, sabía que estaba tenso, ¡él más! ¡Había escuchado disparos detrás de ellos! Los escalofríos y el terror eran porque pensaba que le abandonaría por ser un inútil, ¡pero era un niño de nueve años!, ¡¿qué más querría de él?! ¡¿Así eran todos los adultos?! ¡Ni siquiera estaba sudando!

Escuchó un disparo que hizo eco en toda la edificación, las paredes vibraron—. Están aquí.

Anthony se tensó aún más, no fue que sus piernas no pudieran moverse más, podrían, pero el terror le invadió—. S-Steven —tartamudeó, el mayor despegó la mirada de la ventana en dirección hacia el chico de nueve años; iba a comenzar a correr con la esperanza que este le siguiera. No había más opciones, lo tomaría y saltarían del tercer piso a la calle.

» No-no me pu-puedo mo-mover —un hilo de voz se escapó de sus labios.

Fue en esos momentos en dónde se dio cuenta de manera abrupta que estaba tratando con un niño de nueve años embriagado por el pánico, estaba haciéndose el fuerte para no incomodarle, siguiendo los pasos suyos aunque le ganaba por mucho, agitado, sin quejarse ni una sola vez inhalaba todo el aire que podía cuando tenía tiempo de detenerse y, tragándose las palabras, volvía a correr con todas las fuerzas que su pequeño cuerpo presentaba –e incluso con más fuerzas, un niño no correría todo esos kilómetros sin caer desplomado en cuestión de minutos–, aguantando las ganas de llorar, las lágrimas que escapaban mezclándose con el sudor para no atrasarles en su escape, intentando, por todos los medios, relajar un ambiente que él, como adulto, no había sido capaz de prestarle atención, dándole así, demasiada carga para ese pequeño cuerpo. Precisamente, ese niño no era un soldado de guerra que podría educar con mano dura o hacerlo pasar las mismas penurias que él, era tan sólo un mocoso. ¿Por qué se dejó llevar por la situación? ¿No pudo voltear hacia atrás? ¿Tomarlo entre sus manos? Debió de cargarlo y llevarlo personalmente a la policía para que se hicieran cargo de él, no envolverlo más en ese problema. ¿Qué era lo que estaba pensando? ¿Protegerlo? ¿De quién? Torció sus labios, estaba enojado consigo mismo, la opción de saltar por el tercer piso no era viable, él niño podría traumarse, su última opción fue la salida de emergencia, sí los perseguidores no conocían el estado de ese edificio podrían ignorarla por completo.

Lo sacaría de allí.

No tardó en acercarse al niño, lo tomó entre sus brazos para cargarlo con mayor facilidad, corrió hasta la puerta de emergencia, debía de terminar eso rápido para hacerle frente a quienes estaban detrás de ellos y luego, alcanzarlo.

—Vete —ordenó—. Los distraeré, ¿de acuerdo? Te alcanzaré en la estación de policías que está al sur de este edificio, no regreses —casi fue una súplica.

— ¿Qué? ¡Ven conmigo! ¡Tienen armas!

Las manos del mayor se enredaron en el cabello del chico—. Anthony, lo sabes, ¿no? Las armas no van a detenerme, vete —el pequeño estaba temblando en aquella posición, no sabía qué hacer, entendía que no podría convencerlo, la lógica de ese hombre era tan absurda, tan tonta—. ¿Qué esperas? —Tomó el cuello de la camisa del adulto y, con una fuerza que sacó de su interior lo bajó hasta su altura para tocar con sus labios los ajenos.

Fue un beso casto, puro. Inocente en palabras mundanas, un regalo de cumpleaños inolvidable.

—Es una promesa, ¿cierto? —La sonrisa temblorosa del castaño le hizo sonreír por primera vez con sinceridad.

—Lo es —la puerta se cerró.

[—]

Observaba a través de la ventana las calles que se distribuían a los alrededores de aquella vieja edificación, no veía a nadie sospechoso o que se moviera en dirección al callejón en dónde –sí recordaba bien– daba la salida de emergencias, de hecho, era bastante casualidad que ese antiguo edificio fuese a ser derrumbado en una zona bastante concurrida, muchas personas se detenían a los alrededores mientras otras hablaban entre ellas en grupos o parejas, sí él lograba escapar se vería envuelto en tanta calidez que por un grito cualquiera muchas personas se involucrarían al tratarse de un solo niño, lo llevarían a salvo a la policía. Debía de dejar de preocuparse por ese tipo de cosas y concentrarse de una vez por toda en los pasos que se acercaban cada vez más hacía él. Desvió su mirada hacía un lado, viendo desde su posición las personas que entraban por la gran puerta que daba a esa sala de reuniones, divisando con la luz del sol que se colaba gracias a las ventanas rotas un uniforme que conocía lo suficientemente bien para su propio gusto.

—Capitán —no se tragó en ningún momento la sorpresa que expresó la voz que lideraba al grupo—, ¿qué hace usted aquí?

Tardó un minuto en contestar, observaba el traje impermeable de color amarillo que vestían, aquellos cascos que protegían su rostro le daban un aspecto extremadamente tétrico a su gusto, personalmente, le gustaban más los uniforme de H.Y.D.R.A. contó veinte agentes, ¿era una broma?, ¿enviaban personalmente a miembros de A.I.M. (Advanced Idea Mechanics) para capturarle? ¿A él? Las armas que portaban encima no iban a detenerle sí lograba ponerse serio, ¿qué era lo que estaban pensando los superiores?

—Científico Supremo —bramó, pensó bastante tiempo que tenía lógica que le fuesen a buscar, usualmente lo hacían, tardaba demasiado tiempo fuera de la base adaptándose a una época distinta, empero, no era él.

Lo buscan a él—pensó.

—Últimamente había escuchado de soldados que te reunías de forma clandestina con un niño —la sonrisa del adulto creció al verlo tensarse en el lugar dónde estaba sentando, se sentía satisfecho al sacar reacciones de esa máquina asesina—. Jamás pensé que se trataba de Anthony Edward Stark. Me ha sorprendido enormemente, mi colega, ¿te importaría darme al niño?

— ¿Por qué debería? —Cuestionó levantándose de dónde estaba sentado, había comenzado a impacientarse, se volvería loco en esa situación.

— ¿No es obvio? —Casi se carcajeaba dónde estaba a medida que lo veía avanzar—. Quiero jugar con él, me gustaría ver cuánto tiempo demora armando un cubo rubik.

Frunció el ceño—. Déjate de bromas, Supremo.

— ¿Por qué tendría que contestarle eso a un simple soldado de la facción de asesinatos? —Cuestionó, lo que más odiaba el Capitán era que no respondieran a todas sus preguntas, esos líderes de otras facciones le hacían enojar hasta el punto de querer arrancarle cada uno de sus órganos.

Inhaló el suficiente aire, los mataría—. ¿Facción de asesinatos? —La pregunta fue hecha nada más ni nada menos que por una delicada voz que se escuchó tras de él, giró su rostro de golpe hacía atrás, observando con pavor con el pequeño niño de nueve años estaba mirándole con sus ojos totalmente abiertos—. ¿Eres-eres malo? —Cuestionó, lo debía de saber, conocía perfectamente lo malo que era, lo había repetido muchas veces. No era de confianza—. Eres de H.Y.D.R.A. —sin lugar a dudas eso fue lo que más le traumó.

—Totalmente malo —contestó el Científico Supremo al darse cuenta que el Capitán no fue capaz de organizar una frase coherente entre murmullos inconscientes—. De hecho, más que nosotros —se levantó de hombros—. Un hombre sin escrúpulos, a quien no le importa la vida de nadie, es feliz arrebatándole la existencia a cualquiera, ¿quieres escuchar más? —La sonrisa de Supremo no tardó en crecer más al ver el rostro lleno de pavor del adulto, estaba tan excitado en esos momentos, ese sujeto jamás mostraba sus emociones, pero en esos momentos, era tan interesante. Era mucho más humano que él.

—Suficiente —ordenó, los minutos que tardó en proseguir la conversación llevaron a los soldados a prepararse para proceder—. Te-te lo dije, Anthony —sintió que su voz al final iba a cortarse, pero con fuerza, empujando sus palabras, logró soltarla con tanta sinceridad que causó una estupefacción en todos los presentes—. Mi misión era asesinarte, estás vivo porque no la he podido cumplir —susurró, tuvo ganar de ponerle fin a ella misma pero se contuvo al verlo temblar, tenía tantas ganas de decir: mentí.

— ¿Me-me… engañaste? ¿Nu-nuestra ami-amistad fue fin-fingida? —La pregunta le tomó por sorpresa, no fue capaz de verle a los ojos, no podía, caería de nuevo, como la primera vez que lo hizo. Ese niño tenía un gran poder sobre él.

—Lo hice.

La sonrisa del Científico Supremo no tardó en crecer sobre sus labios al ver con orgullo como uno de los soldados que alguna vez llamaron la esperanza de América acababa con la confianza y el futuro de un niño brillante. Las lágrimas que el pequeño trató de retener con anterioridad comenzaron a fluir con una libertad insana, los sollozos no tardaron en convertirse en gritos desesperados, aullidos de dolor al enterarse de todo el tiempo que pasaron juntos fue una mentira más. Tembló, la sinceridad del llanto de ese niño le hacían retorcerse de dolor, no lloró el día que intentó matarlo, ¿por qué ahora? Lo volvería loco, rompería toda su cordura, ¿Por qué todo debía de acabar de esa forma? Debía de haber una mejor forma de romper con su amistad, no acabaría así, podría seguir viéndolo sonreír, emocionarse como un niño al escuchar sus travesuras, volver a tocarle… ¿Por qué?

—Retrocede, Soldado —la orden fue clara—, procederé con la captura —pero dudó, los segundos que vio al chico llorar le hicieron plantearse una mejor posibilidad de conseguir una mejor vida: un futuro—. Eres un soldado de H.Y.D.R.A. —iba a tocarlo—. Mataré a Barnes sí no obedeces —la mano quedó en el aire—, obedece de una maldita vez, Rogers.

Comenzó a alejarse del niño, caminó con la cabeza en dirección al suelo bajo la atenta mirada de los miembros de A.I.M. pero en esos momentos, fue corto, pero su alma se quebró en pedazos, sintió una pequeña manito intentando aferrarse a su ropa, impidiendo que se alejara, ¿por qué todavía confiaba en él? ¡LO HABÍA ENGAÑADO, MALDITA SEA! La soltó implicando fuerza en aquella acción, su pierna la movió hacía adelante con la suficiente para sentir como aquel agarre se volvió el viento golpeando contra su ropa, sí lo volvía a tocar o a pensar en ello se arrepentiría de hacerlo, lo salvaría, lo volvería a hacer. No faltaba mucho para que girara su rostro, era demasiado para que corriese a abrazarlo, protegerlo, saltar del tercer piso, cerró con fuerza sus ojos al escuchar esta vez un grito mucho más fuerte que los anteriores, no eran de dolor, estaba aterrado, lleno de pavor, intentaba retenerse de los brazos de uno de los soldados de la facción de Ideas Mecánicas Avanzadas de H.Y.D.R.A. los gritos, las lágrimas.

— ¡STEVEN!

Escuchó como su nombre fue bramado con fuerza, había sido suficiente, estuvo demasiado tiempo conteniéndose.

— ¡CIERRA LA MALDITA BOCA DE UNA VEZ! —su pie jamás tocó el suelo en dirección a la salida, giró su rostro lentamente hacia atrás al escuchar la fuerte voz liberada por uno de los soldados, el arma golpeando un costado de la cabeza del niño rompiéndola en pedazos, su pequeño cuerpo cayendo al suelo y, sus ojos sin consciencia observándole.

¿Anthony?—Le llamó, observaba como el pequeño cuerpo comenzaba a convulsionar delante de él—. No es una broma —susurró—, levántate, es hora de que vayas a casa.

Silencio.

— ¡ROGERS SUELTA EL ARMA! —Lo último que su mente logró escuchar fueron los disparos que salieron del arma que portaba en sus manos, la sangre de cada uno de los científicos caer al suelo, las piernas temblorosas del Científico Supremo protegiéndose detrás de las columnas del viejo edificio, sus piernas acercándose al pequeño cuerpo de un niño de nueve años, agachándose hasta el suelo tomándolo entre sus brazos y, al saltar del tercer piso una mujer de tez oscura que recibió al chico con pavor obedeciendo de inmediato.

— ¡Tú necesitas una ambulancia igual! — ¿En dónde estaba el tipo de cabello rubio que saltó desde el tercer piso de ese abandonado edificio? Por más que lo buscó, no lo vio más.

[—]

EEUU, New York | Queens.

[Whitestone — Base de H.Y.D.R.A. | 1983]

Observaba sin emoción alguna en su rostro las luces de la enfermería en una de las tantas bases de H.Y.D.R.A. escuchaba el ruido que hacían los científicos al entrar y salir de la sala, las voces de varios superiores que se encontraban detrás del gran ventanal esperando que comenzara la operación que cambiaría como veía el mundo al Capitán América. Había pospuesto ese experimento desde que conoció a ese niño hace un año, sin embargo, después que la división de A.I.M. se retirara de H.Y.D.R.A. al escuchar que esta no respondería por la muerte de los soldados aceptó, la única condición que puso fue que jamás tocaran al heredero de la familia Stark, seguir con las investigación para salvar a Barnes y, proteger a esa niña. Los superiores aceptaron, ese niño no era ningún problema, salvar al otro podría abrirles el camino a una tecnología médica superior mientras que el futuro de esa niña presentaba un gran futuro para H.Y.D.R.A. jamás habían visto tantas habilidades en un niño de casi nueve años.

Cerró sus ojos, se arrepentiría toda su vida de aceptar que experimentaran con él –otra vez–, escuchó una risita que le obligó a volverlos a abrir—. Todavía puedes retroceder, sabes.

—No, ha sido una decisión personal —suspiró al notar como el hombre no le creía ni una sola palabra—, sí no lo hago los lastimaran; a quienes son importantes para mí —contestó con honestidad. El hombre que estaba a cargo del experimento no pudo más que sonreír ante la estúpida sinceridad que demostraba el Capitán América.

—Me gustas, Rogers —deslizó su mano por la mejilla del chico de cabellos rubios—, no te dejaré morir, cuándo despiertes no olvides jugar un poco conmigo —el soldado no apartó la mirada de él hasta que sintió como aquella medicina comenzaba a dormir todo su cuerpo.

—Tienes una hija.

Jones sonrió divertido—. Tú también —el experimento comenzó.

FLASHBACK

» termina «

La sensación de vomitar llegó a él de golpe, secándole tanto la garganta como sus labios, no pudo apartar la mirada de lo que estaba delante de él, un niño, con mocos en su rostro mientras lloraba con tanto dolor. Había perdido la noción del tiempo en segundos, no recordaba las órdenes que había dado con anterioridad, eran erráticas, las memorias en su cabeza estaban perdiéndose como la sensación de satisfacción que había ganado al ver el rostro avergonzado y humillado de ese sujeto. Inconscientemente movía su mano que envolvía su miembro, ¿cuándo lo había sacado de sus pantalones?, ¿la demostración había estado tan buena que verlo auto penetrarse con tres dedos en aquella posición incómoda le trajo éxtasis? Los recuerdos no tardaban de fluir como cataratas dentro de su cabeza, las lágrimas, los gritos, las risas, la voz; extraños recuerdos que pensó que no eran nada más que sueños productos de sus estúpidas ideas de convencerse que todavía tenía algo de corazón dentro de él. La risa que no tardó en aparecer en su garganta comenzó a perturbarlo incluso a sí mismo, sí seguía así perdería totalmente la cordura, estaría caminando al borde de ese maldito abismo que tanto le temía, ese que prefería estar a punto de morir antes de volver a presenciar como su mundo se derrumbaba para dejarle paso a esa personalidad mucho más vivida que él, caería de nuevo: la primera vez que sentía como esa personalidad lo dominaba con su pura consciencia activa.

Al elevar su mirada se topó con algo que jamás pensó encontrar, nunca imaginó que con sólo una mirada iba a ser capaz de llegar a un clímax, sin embargo, literalmente le hizo mojar los pantalones. Lo sintió en la piel, en los tuétanos; aquella postura que había tomado, aquella sonrisa provocaba que todas sus alertas en su cabeza despertaran, se había vuelto mucho más peligroso en tan solo cuestión de minutos. Por primera vez los vio, aquellos ojos rojos que no apartaban la mirada de él, le hacían sentir mucho intimidado, volvió a ser un niño que en alguna distracción suya la oscuridad le devoraría por completo. Ahogó un grito de pavor cuando lo vio levantarse lentamente acercándose a él como un depredador, quitándole poco a poco algo de su vida al apretar con tanta fuerza su cuello. Deseó en esos momentos volver a ver aquellos ojos azules.


NOTAS DESPUÉS DE LA LECTURA:

» Les recuerdo que es un mundo alternativo, por lo tanto, puedo jugar con la edad y los personajes tanto como quiera, no se cuestionen porque en el año 1983 el Científico Supremo está al mando de A.I.M.

Para quienes no sepan quién es el Científico Supremo búsquenlo en wiki :v

» Con respecto a las edades, me base en la poca información que me dan del mundo cinematográfico (del cual me he inspirado para hacer esta versión de la historia). El pequeño esquema es para que entiendan un poco la perspectiva de la situación, al Capitán no lo encontraron en el año que se muestra en la película, lo despertaron un poco antes para que conecte con mi historia.

—Steven Rogers se estrelló en el año 1945, ese mismo año quedó congelado bajo el hielo.

—H.Y.D.R.A. gracias a la tecnología que creó A.I.M. en la segunda guerra mundial lograron encontrar el avión veintiocho años después (1973)

Ese mismo año lograron lavarle el cerebro.

—En 1974 nació Anthony Edward Stark.

—En 1982 este conoce al Capitán América (ver la fecha de los flashback).

Hasta la fecha Anthony tiene aproximadamente 41 años de edad (¿por qué? Porque amo a los hombres adultos, maduros y me gustan).

Les recuerdo que el suero de supersoldado es capaz de controlar el proceso de envejecimiento de Steven, por lo tanto, a pesar de haberse despertado en 1973 no ha cambiado realmente mucho, tal vez se ve un poco más adulto que cuándo estaba en Soldado de Invierno (o en las últimas películas).

» No me arrepiento de haberlos dejado sin lemon (STONY) al menos tienen lemon (SPIDEYPOOL), he de admitir que en este capítulo es que la historia realmente comienza a desarrollarse, nunca pensé que pasaría todo esto, se me ocurrió de un momento a otro y, las lagunas comenzaban a llenarse poco a poco. La verdad es que esta historia tiene demasiados misterios que incluso a mí me sorprenden (ame este capítulo, cuándo lo terminé me sentí satisfecha).

» ¿Ahora me odian? Espero que sí.

» Espero que hayan disfrutado del capítulo, no creo tener más notas que agregar. Cualquier pregunta déjenla en los comentarios.

» Un reviews, es una galleta para mí. Amo las galletas.

» ¡Anímense! La cosa se empieza a poner buena :v